bailarina

La extraña aventura de Liú

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En el gran lago Tung-Ting habitan, como se sabe, genios de las aguas. Estos seres son alegres y juguetones. Se burlan de los pescadores y asustan a los marineros, pero no hacen daño a nadie.

A menudo, los genios del lago se apoderan de las barcazas ancladas en los puertos y las utilizan para sus fiestas. Estas barcas, llamadas juncos, se sueltan misteriosamente de las amarras que las mantienen atadas a los muelles y, sin que nadie lo advierta, empiezan a navegar a la deriva. Los marineros aconsejan entonces a los viajeros que se escondan en el fondo de la embarcación y que cierren los ojos. Si se hace esto, nadie sufre daño alguno, porque los genios, una vez terminada la fiesta, conducen de nuevo el junco a sus amarras. La presencia de los genios se advierte porque se oye una música suave y deliciosa.

Una noche, a bordo de un junco se encontraba un estudiante llamado Liú, volvía de la ciudad vecina, muy triste y preocupado porque los exámenes para ser poeta de la corte no le habían ido como esperaba. Estaba sentado en la proa, pensando en su fracaso, cuando empezó a oírse una música suave que provenía de las olas. Todos corrieron a esconderse y se taparon los ojos con las manos, pero Liú no se movió. Inútiles fueron los consejos de los marineros de que se escondiese y se tapase los ojos. El joven estaba tan amargado, que no le importaban los peligros. Estaba dispuesto a desafiar no solo a los genios del agua, sino a todos los genios del mundo. Se escondió detrás de un rollo de cables y se dispuso a mirar el espectáculo de la fiesta de los genios, de la cual tanto había oído hablar. La música se oía cada vez más cercana y el aire se iba cargando de dulces perfumes. Sobre la cubierta del junco se iban delineando las figuras de los danzarines. En torno a ellos, se veía un cortejo de gente que vestía de gala. Todos llevaban vistosos trajes de terciopelo, sombreros con grandes plumas y calzaban zapatos que relucían como espejos.

El joven miraba asombrado el espectáculo que se desarrollaba ante sus ojos. Una de las bailarinas, que llevaba un traje de color del ave del paraíso y escarpines rojos, pasó tan cerca de Liú, que este no pudo contenerse. Se había quedado prendado del arte de la muchacha y, sin poder evitarlo, alargó la mano y tomó por el brazo a la joven.

—Dime, ¿cómo te llamas? ¿De dónde eres?

Sin responder, la danzarina trató de desasirse, y en el forcejeo se desgarró el vestido. Un trozo de la manga de seda roja quedó en la mano de Liú, que solo en ese momento pudo apreciar la gravedad de su imprudencia.

Cesó el baile. Todos se quedaron mudos. Se produjo un silencio de muerte. Nadie se movía. Todos miraban al intruso. Liú no sabía qué hacer. Había cometido una doble falta. En primer lugar, por haber permanecido sobre la cubierta en lugar de refugiarse en el fondo de la nave, como le habían aconsejado los marineros, y en segundo lugar, por haberse atrevido a tocar a una de las bailarinas.

¿Qué sucedería ahora? ¿Cuál sería su castigo? ¿Lo arrojarían al mar? ¿Y si eso llegaba a ocurrir, se atreverían los marineros a socorrerlo?

—No hay duda de que la mala suerte me persigue hoy —dijo el joven, con evidente pesadumbre.

En ese instante, aparecieron veinte guardias y el que parecía el jefe ordenó:

—¡Llevadlo ante el Rey!

Con las manos atadas, el joven fue conducido al pie de un trono, desde el cual un imponente personaje le gritó:

—Has osado tocar el vestido de una de las bailarinas. ¿Sabes la pena que te espera? Prepárate a morir. Serás arrojado a las aguas por atrevido.

Liú no se turbó en lo más mínimo. Con calma respondió:

—Si no me equivoco, eres el rey del lago Tung-Ting. He oído hablar de ti. Sé que eres un genio amable y generoso. Pero si has decidido ser cruel conmigo, acepto mi destino. Está visto que hoy es el día más desgraciado de mi vida. Quizá sea mejor que acabe mi triste existencia.

Lleno de curiosidad, el genio del lago preguntó:

—¿Es posible que a tu edad sufras tanto?

—Todos los poetas sufrimos.

—¡Ah! ¿Así que eres poeta? Bien, entonces te someteré a una prueba. Si compones un poema que me haga reír, perdonaré tu falta.

Con un fino pincel mojado en tinta china el joven se puso a escribir inspiradamente. Cuando terminó, el rey empezó a leer y una sonrisa iluminó su rostro. A medida que leía, su sonrisa se acentuaba, y al acabar de leer el poema ya se reía a carcajadas.

—Tienes razón —dijo el genio del lago—, eres un gran poeta. Y como premio por tu ingenio, no solo perdono tu falta, sino que recibirás un regalo.

Dos servidores pusieron a los pies de Liú diez kilos de oro puro y una escuadra de carpintero de cristal de roca.

Antes de despedirse y desaparecer  con toda su corte, el genio del lago le dijo al joven:

—Si en medio del lago estás en peligro, esta escuadra te salvará.

Cuando al fin cesó la música, todos abrieron los ojos y subieron a cubierta. Los genios se habían marchado y sobre las aguas reinaba el más absoluto silencio. La nave reanudó su viaje rumbo al norte.

Liú permanecía sentado en la proa pensado en la bailarina. No contó a nadie lo que le había sucedido.

El día siguiente amaneció nublado. En vez de aclarar, el cielo se oscurecía cada vez más y más. Las aguas del lago se agitaban con furia e iban adquiriendo un color plomizo. Empezó a soplar un viento que se volvía cada vez más violento.

—¡Pobres de nosotros! -exclamó el capitán-; no podremos librarnos de la tormenta.

La terrible tempestad se desencadenó con tanta violencia que casi todos los juncos que navegaban en el lago fueron engullidos por las olas.

Liú, siempre en la proa, apretaba con ambas manos la escuadra de cristal que le había regalado el Genio del Lago y la alzaba contra el viento. El prodigio no se hizo esperar. Las ráfagas de viento amainaban en cuanto se acercaban al junco, y las olas furiosas se detenían antes de golpear contra el casco. De este modo, la embarcación pudo llegar al puerto.

Cuando desembarcó, Liú guardó en un cajón la escuadra y ya no se preocupó de los exámenes ni se acordó de su fracaso. Se olvidó por completo de su poesía y, con el oro que le había regalado el genio, se dedicó al comercio y obtuvo grandes éxitos, sin embargo, no era feliz.

Un día, mientras se encontraba haciendo negocios en la ciudad de Wuchang, oyó hablar del extraño caso de una muchacha de la que estaban enamorados todos los jóvenes de la región, pero si alguno le pedía matrimonio, la respuesta era que solo concedería su mano al pretendiente que poseyese un objeto igual al que ella poseía.

—¿Y qué objeto es? —preguntó Liú.

—Una escuadra de carpintero hecha de cristal de roca.

Al oír tal respuesta, Liú viajó hasta su casa, tomó la escuadra que le había regalado el Genio del Lago y regresó a toda prisa a Wuchang; se dirigió al palacio y pidió audiencia.

La joven lo recibió con una sonrisa, que reflejaba en su hermoso rostro una alegría incomparable. En su mano llevaba una escuadra idéntica a la del joven. Se acercó a él y le dijo:

—¿Por qué has tardado tanto, Liú?

Con gran asombro, el joven vio que aquella chica que le sonreía vestía un traje del color del ave del paraíso y llevaba  escarpines  rojos. Una de las mangas del vestido estaba desgarrada; le faltaba un trozo de seda.

Liú creía estar soñando. La joven, al notar su asombro, sonrió burlonamente.

—¿Por qué me miras así? ¿Me reconoces? ¿Crees haberme visto alguna vez?

Cuando el joven pudo finalmente responder, exclamó jubiloso:

—¡Eres la danzarina que bailaba sobre el junco aquella noche!

—Sí, soy yo, Loto Naciente. La danzarina a quien desgarraste el vestido cuando intentaste atraparla. Quedé tan impresionada de tu ingenio de poeta que me enamoré de ti. Para poder encontrarte, el Genio del lago me dio una escuadra igual a la que te regaló a ti.

Liú pensó en todo lo que había ocurrido en su vida. Durante sus años de estudiante había pasado muchos días angustiado. No podía comprender los complicados libros de ciencia; él era poeta. Le gustaba componer versos en los que cantaba al cielo, a las nubes, a la luna, al mar y a los prados floridos en primavera y luego había abandonado la poesía y había sido muy infeliz. Pero ahora, la poesía lo recompensaba con la aparición de la bella Loto Naciente.

Liú no pudo pronunciar palabra. El estupor lo había enmudecido. Solo atinó a besar la mano de su amada. Felices, se dirigieron al puerto para regresar a su hogar y desplegaron las velas para la partida.

Durante la travesía, el lago permaneció sereno y la nave llegó a buen puerto. Ninguna nube empañó el cielo aquellos días, y la vida de aquella pareja también continuó así, como un cielo limpio y despejado, durante muchos, muchísimos años.

FIN

El firme soldadito de plomo

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Ilustración: Jordi Goy

Había una vez veinticinco soldaditos de plomo, todos hermanos, fundidos de un mismo cucharón. Fusil al hombro, mirando de frente. El uniforme, rojo y azul era precioso.

Lo primero que escucharon los soldaditos en cuanto se levantó la tapa de la caja en la que estaban fue:

—¡Soldaditos de plomo!

Lo dijo un niño, mientras daba palmadas de contento. Eran su regalo de cumpleaños. Los sacó de la caja y los alineó sobre la mesa. Todos eran exactamente iguales. Todos excepto uno, que era diferente porque le faltaba una pierna. Había sido fundido el último y no hubo plomo suficiente. Pero aunque solo tenía una pierna, se sostenía tan firme como los demás. Y es precisamente de este soldadito del que queremos contar la historia.

En la mesa donde los alinearon había otros muchos juguetes, y entre ellos destacaba un precioso palacio de papel, por cuyas ventanas se veían las salas interiores. Enfrente, unos arbolitos rodeaban un espejo que semejaba un lago, en el cual nadaban y se reflejaban unos cisnes de cera. Todo era en extremo encantador, pero lo más lindo era una muchacha que estaba ante la puerta abierta del castillo. De papel también ella, llevaba una preciosa falda de tul azul  y alrededor de sus hombros una cinta, también azul, que tenía en el centro una gran estrella de oropel. Como era una bailarina, tenía los brazos extendidos y una pierna levantada, tanto, que el soldadito de plomo, desde donde estaba colocado, no podía verla y creyó que tenía una sola pierna como él.

—He aquí a la compañera que necesito -pensó-. Pero es una aristócrata. Vive en un palacio, y yo en una caja de madera junto a otros veinticuatro soldados; no es lugar para ella. Sin embargo, debo tratar de conocerla.

Y se colocó detrás de una tabaquera que había sobre la mesa, desde donde, sin que nadie lo molestara, podía observar a tan distinguida dama, que se sostenía sobre una sola pierna sin perder el equilibrio.

Por la noche, guardaron los soldaditos de plomo en su caja y los habitantes de la casa se fueron a dormir. Este es el momento en que los juguetes aprovechan para jugar por su cuenta y así lo hicieron también en aquella casa.

El cascanueces empezó a dar volteretas, el yeso pintaba en la pizarra y los soldaditos de plomo alborotaban en su caja, porque también querían jugar, pero no podían levantar la tapa.

Con tanto jaleo, se despertó el canario, y se sumó al alboroto recitando versos.

Los únicos que no se movieron de su sitio fueron el soldadito de plomo que, firme sobre su pierna, miraba embelesado a la bailarina y la bailarina, que se seguía sosteniendo sobre la punta de su pie.

El reloj dio las doce y la tapa de la tabaquera saltó por los aires. En su interior no había tabaco, sino un duendecillo negro. Era una caja sorpresa.

—¡Soldado! —dijo el duende—, ¡deja de mirar a la bailarina!

Pero el soldado se hizo el sordo.

—¡Ya verás mañana! —exclamó el duende.

Cuando los niños se levantaron, pusieron al soldado en la ventana  y fuera por obra del duende o del viento, esta se abrió de repente y el soldadito cayó de cabeza desde el tercer piso. Fue una caída terrible. Quedó clavado entre los adoquines con su bayoneta, cabeza abajo y con su única pierna estirada.

La criada y el niño bajaron enseguida y a pesar de que estuvieron a punto de pisarlo, no lo vieron. Si él hubiera gritado “¡Estoy aquí!”, lo habrían encontrado, pero al soldadito no le pareció apropiado dar gritos yendo de uniforme.

Empezó a llover. Las gotas caían cada vez más seguidas, hasta que se convirtieron en un auténtico aguacero. Cuando aclaró, pasaron por allí dos niños.

—¡Anda! —exclamó uno—. ¡Un soldadito de plomo! ¡Lo haremos navegar!

Hicieron un barquito de papel, embarcaron en él al soldado y lo pusieron en el agua. El barquichuelo fue arrastrado por la corriente, mientras los niños lo seguían batiendo palmas.

¡Qué olas! ¡Qué corriente! Claro, con el diluvio que había caído. El pequeño barquito tropezaba y se tambaleaba continuamente, girando bruscamente, pero el valiente soldadito seguía firme; sin pestañear, mirando siempre al frente, con su arma al hombro.

De pronto, el barquito entró en un lugar oscuro. “¿Adónde iré a parar? — pensaba-. La culpa de todo esto es del duende. ¡Ay!, si al menos en este viaje me acompañara la bailarina. ¡No me importaría esta oscuridad!”

De repente, una rata enorme le gritó:

—¿Pasaporte? ¡A ver el pasaporte!

Pero el soldadito de plomo no respondió y siguió firme, sujetando con más fuerza su fusil.

El barquito siguió su camino y la rata fue tras él, rechinando los dientes y gritando:

—¡Que alguien lo detenga! ¡No ha pagado peaje! ¡No me ha enseñado su pasaporte!

La corriente se volvía cada vez más impetuosa. El soldadito veía ya la luz del sol al final de aquella oscuridad. Entonces, oyó un estruendo que hubiera asustado al más valiente y vio que el arroyo por el que navegaba se precipitaba como una catarata en un gran canal.

Estaba ya tan cerca que era imposible detenerse. El barquito salió disparado, pero el soldadito siguió tan firme como pudo. ¡Nadie podía decir que hubiera pestañeado siquiera!

La barquita giró sobre sí misma con un ruido sordo y empezó a hundirse. Al soldadito ya le llegaba el agua al cuello. La barca se hundía por momentos. El papel se deshacía. El agua cubría la cabeza del soldado…

En aquel momento, se acordó de la linda bailarina y pensó que ya nunca más volvería a ver su rostro. Y le pareció oír una voz que decía:

—¡Adiós, valiente soldado!

El papel se deshizo por completo y el soldado empezó a hundirse; pero en ese mismo instante, se lo tragó un gran pez.

¡Aquello sí que estaba oscuro! Muchísimo más oscuro que en la alcantarilla y, además, ¡era tan estrecho! Sin embargo, el soldadito seguía firme, tendido cuan largo era y sin soltar su fusil.

El pez seguía moviéndose, hasta que, de repente, se quedó inmóvil. De pronto, se hizo una gran claridad, y alguien exclamó:

—¡El soldadito!

El pez había sido pescado, llevado al mercado y vendido; y ahora estaba en la cocina, donde la cocinera lo estaba limpiando. Cogió al soldadito y lo llevó a la sala. Todos querían ver a aquel valiente soldado que había viajado en la barriga de un pez.

Lo pusieron de pie sobre la mesa y —¡qué cosas más extrañas suceden a veces en la vida!— se encontró en el mismo cuarto, con los mismos niños y con los mismos juguetes sobre la mesa.

Ahí estaba el soberbio palacio y la linda bailarina, sosteniéndose sobre la punta del pie y con la otra pierna en el aire. Aquello emocionó tanto al soldadito que a punto estuvo de llorar lágrimas de plomo. Miró a la bailarina y la bailarina lo miró a él, pero no se hablaron.

Uno de los niños, cogió con la punta de los dedos al soldadito y lo tiró a la chimenea sin dar explicaciones. No había duda: el duende de la caja tenía la culpa.

El soldado de plomo sintió un intenso calor, pero no sabía si a causa del fuego o del amor. Había perdido su color, aunque nadie podría decir si a consecuencia de la pena o del viaje.

Miró a la bailarina, y sus miradas se encontraron. Él sintió que se derretía, pero siguió firme, con su fusil al hombro.

La puerta se abrió, y una ráfaga de viento levantó por los aires a la bailarina, que volando fue a caer en la chimenea; junto al soldado, y allí se inflamó con una llamarada y desapareció.

Al día siguiente, cuando la criada barrió las cenizas de la chimenea encontró, muy juntitos, un trocito de plomo en forma de corazón y una estrella de oropel.

FIN