ballena

Cómo tío Conejo les jugó sucio a tía Ballena y a tío Elefante

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Ilustración: WilsonWJr

Pues señor, allá una vez tío Conejo se fue a cambiar de clima a la orilla del mar.

Un día que andaba dando brincos por la playa se va encontrando con tía Ballena y tío Elefante que estaban en gran conversona (1).

Tío Conejo se escondió entre unos charrales y paró la oreja para ver en qué estaban.

Y en lo que estaban era en que el uno al otro no hallaban donde ponerse:

—Que, tía Ballena, a usté sí que no hay quien le gane en fuerzas y eso de que ya se tomara usté tener las mías, es hablar por el hueso de la nuca (2).

—Que, adió (3) tío Elefante, no me salga con eso. Usté sí que es ñeque. Sí, sí, donde se llora está el muerto…

Y que esto, y que lo otro, y que por aquí y que por allá.

Bueno, para no cansarlos con el cuento, llegaron a convenir en que los dos tenían fuerzas y que lo mejor que podían hacer era unirse para gobernar toda la Tierra.

Pero a tío Conejo no le hicieron naditica de gracia aquellos planes y se puso a pensar: «Pues lo que soy yo, les voy a dar una buena chamarreada (4) a ese par de monumentos, ¡Ay! ¡Y la enredada de pita que les voy a dar!

Y no fue cuento sino que enseguida se puso en funcia (5): se fue a buscar una coyunda muy fuerte, muy fuerte y muy larga, muy larga; después yo no sé de dónde se hizo de un tambor que escondió entre unos matorrales y corrió a buscar a tía Ballena. Por fin dio con ella.

—Tía Ballenita de Dios. ¡Qué a tiempo me la encuentro! ¡Viera qué caballada me ha pasado! ¿Pues no se me metió la única vaquita que tengo entre un barrial como a media legua de aquí?

—No diga esa niño, ¿y eso cómo?

—¡Sepa Judas! El caso es que allí me la tiene en ese atolladero y como es tan poquita, está llora y llora, con el barro hasta el pescuezo. Por vida suyita, tía Ballena, sáqueme de este apuro, usté que es la más fuerte de todos los animales y además tan noble.

Tía Ballena se volvió muy chiquiona (6) al oír estos pericos y al momento se puso a las órdenes de tío Conejo.

¡No faltaba más, sino que se le fuera a ahogar en barro su vaquita, estando ella allí!

—¡Quién otra lo podía hacer! —dijo tío Conejo—. Bien me lo habían dicho, que no la vieran tan grande que hasta que da miedo, pero con un corazón que es un alfeñique! Lo que vamos a hacer es que yo voy a amarrarle una punta de esta coyunda de la cola y la otra voy a ver cómo se la amarro a mi vaquita. Cuando todo esté listo toco en mi tambor. Al oír el redoble, se me pone usté a jalar con toda alma.

—Ni diga más, tío Conejo, no me llamo tía Ballena si no se la saco aunque esté hundida hasta los cachos (7).

De veras, tío Conejo amarró la coyunda de la cola de tía Ballena y después el muy papelero, cogió tierra adentro haciéndose el afanado. Apenas calculó que la otra no lo veía se puso a bailar en una pata y a cantar.

Después se fue a buscar a tío Elefante y cuando lo divisió se hizo el encontradizo:

—¡Ay, tío Elefante, solo Dios pudo habérmelo reparado! ¡Viera en las que ando!

—¿Qué es la cosa hombré? —preguntó tío Elefante.

—¿Pues qué me había de pasar? Qué le parece que tengo una novillita chúcara que se me ha metido entre un barrial a media legua de aquí y no hay modo de sacarla. Allí estoy desde buena mañana sudando la gota gorda y la confisgada (8) cada vez se hunde más. Mire, tío Elefante, usté que es tan fuerte y tan noble, que dicen que nadie le gana, por qué no hace una gracia conmigo y de un tironcillo con su trompa, como quien no quiere la cosa, me la saca.

Tío Elefante le dijo que bueno, que le explicara lo que tenía que hacer.

Tío Conejo contestó:

—Pues nada más que dejarse amarrar el extremo de esta coyunda de su trompa. Enseguida iré yo y con mil y tantos trabajos amarraré mi novillita de la otra punta. Cuando todo esté listo redoblaré en mi tambor y entonces usté se pone a jalar con toda alma porque está muy metida.

—No tengás cuidado y aunque fuera más pesada que mil vacas juntas yo la saco. Si eso es un juguete para mí. Amarrá bien, hombré.

Tío Conejo le requintó bien la coyunda en la trompa y luego se alejó en una pura micada (9) como si fuera muy agradecido.

Así que estuvo a la mitad de la distancia entre los dos, sacó el tambor y se puso a redoblar.

Tía Ballena comenzó a tirar, pero la vaquita no tenía trazas de salir. Tío Elefante jalaba y jalaba y nada.

—¡Demontres con la vaquita para pesar!

—¡Carasta! Si la novillita chúcara pesa más de lo que yo pensaba.

Y siguieron cada uno por su lado a más y mejor.

En una de tantas, como tío Elefante se iba arrollando la coyunda en la trompa, se trajo a tía Ballena a tierra; pero tía Ballena se calentó tanto, que no supo a qué horas se tiró al agua y fue a dar al fondo y ya me tienen al otro patas arriba, corriendo hacia la playa sobre el espinazo.

Del colerón (10) dió tal jalonazo que se volvió a traer a tía Ballena a la superficie.

—¿Quién es el atrevido que está en ese juguete conmigo? ¡Conque esa era la vaquita?

—¿Quién es el tal por cual que no me respeta? ¡Miren la novillita chúcara! —gritó tío Elefante que había hecho a un lado su cachaza y estaba más caliente que un avispero alborotado.

¡En esto se van viendo!

¡Ave María, Gracia Plena! ¡Aquello sí que era contento! ¡Qué bocas y lo que se dijeron!

—¡Yo te contaré, trompudo, labioso, poca pena! ¿No te da vergüenza ver que te cogí la maturranga? ¡Creyó que yo me iba a dejar, como soy una triste mujer, para quedarse gobernando solo!

–¡Callate, vieja bocona! ¡A vos sí que no se te puede creer! ¡Quería salir de mí para quedarse reinando…! ¡Convidándome para que gobernáramos juntos y ya con su tortón entre la jupa!

Y no fue cuento, sino que se pusieron otra vez a tirar de la coyunda cada uno por su lado. Por fin la coyunda no resistió y ¡traca! reventó, y tía Ballena bien acardenalada y con la cola desollada fue a parar a los profundos, y tío Elefante fue a dar por allá, otra vez patas arriba, con la trompa bien luyida. Y Tío Conejo que ya no aguantaba el estómago de tanto reír, escondido entre los charrales.

No hay para qué decir que tío Elefante y tía Ballena quedaron enemigos y se quitaron el habla para siempre. Y cabalmente eso era lo que tío Conejo andaba buscando, para que no volvieran a hacer planes de gobernar ellos dos la Tierra.

FIN

La ballena Elena

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Ilustración: Sabinerich

Era Elena una joven ballena que nadaba por los mares inmensos, siempre al lado de su mamá, que la protegía y cuidaba porque era un poquito tímida.

Hacía poco que su mejor amiga, una ballenita como ella llamada Marina, había emigrado con su familia a mares lejanísimos y Elena se había quedado muy, muy triste porque, seguramente, nunca se volverían a encontrar.

Aunque a su mamá esto le daba mucha pena, pensó que lo mejor que podía hacer su hija era intentar buscar nuevos amigos, así que un día habló seriamente con ella:

—Mira Elenita, tú ya eres toda una señora ballena, tienes edad suficiente para nadar sola por los océanos, encontrar amigos nuevos y más adelante, si así lo deseas, formar tu propia familia.

—Pero mami, yo estoy muy bien contigo, ¿por qué no podemos seguir juntas?

—Hija, para mí también es muy doloroso tener que separarme de ti, pero así es la ley de la vida oceánica. Los hijos se hacen mayores y deben vivir sus propias experiencias. Verás cómo, pasado un tiempo, me lo agradecerás.

Elena no entendía lo que su mamá quería decir, pero como era una hija obediente, se despidió con tristeza. Madre e hija se abrazaron, lloraron un poquito y prometieron volver a encontrarse pronto.

Así empezó el viaje en solitario de la ballena Elena por la vida marina.

Cada vez que veía un grupo de peces, se acercaba despacio para no asustarlos e intentaba hacer amigos, pero ellos, al ver la sombra gigante de la joven ballena, se alejaban lo más rápido que podían, pensando que iban a ser engullidos por ella o que serían aplastados por su enorme cuerpo.

¡Pobre Elena! Lenguados, rapes, merluzas, doradas, bacalaos… todos huían sin dejar siquiera que se les acercara. Así que nunca podrían comprender que era una buena ballenita y que lo único que quería era hacer amigos.

Ella intentaba, en idioma balleno, explicarse desde lejos:

—¡Eeeeeeehhh, holaaaa! ¡Soy Elena, la ballena, y me gustaría jugar con vosotros! ¡Eeeeeehhhhh! ¡No os vayáis, por favorrrrrrrrr!

Pero todo era inútil, los pobres peces, aterrorizados, huían sin ni siquiera pararse a escucharla.

—¿Qué voy a hacer? ¡Voy a pasarme la vida sola! ¡Nadie quiere acercarse a mí!

Muy apenada, se escondió lo mejor que pudo entre dos grandes rocas y unos enormes corales y no pudo evitar ponerse a llorar.

Ya os podéis imaginar que cuando una ballena llora, sus suspiros y sollozos crean un remolino a su alrededor que viene a ser, más o menos, como un pequeño maremoto.

Así estaban las cosas, cuando la sardinita Pepita, que se había despistado momentáneamente de su grupo sardinero y nadaba entretenida admirando los rojos corales, se vio de repente engullida por la formidable fuerza de aquel torbellino, que le hizo dar tres volteretas hacia atrás y una hacia adelante, para ir a parar, finalmente, justo ante los ojos de la ballena.

—¡Madre mía! ¡Qué susto tan grande! ¿Pero tú quién eres? ¡No me comas por favor! ¡Soy demasiado pequeña para llenar tu panza enorme!

Elena se quedó asombrada de que la pequeña sardina se atreviera a hablarle, pero es que no conocía a Pepita, la sardina más valiente, curiosa y atrevida de todos los mares.

—Hola, soy la ballena Elena, y naturalmente que no te voy a comer. Solo estoy llorando…

—¿Llorando? ¿Por qué? Un animal tan bonito, tan fuerte y tan grande como tú no tiene motivos para llorar.

—Es que mi problema, precisamente, es ese. Soy tan grande que todos los habitantes del mar, al verme, se asustan, así que nadie quiere ser mi amigo. Os veo a vosotras nadando tan contentas, siempre juntas, divirtiéndoos y me gustaría hacer lo mismo.

La sardinita Pepita, conmovida por lo que la ballena le contaba, la quiso consolar.

—Pues mira tú por donde, ¡acabas de encontrar una amiga!  Y si vienes conmigo, te presentaré a mis compañeras, las otras sardinas, y a los demás vecinos. Yo les explicaré que no te quieres comer a nadie. ¡Vamos! ¡Nadando!

Pepita guió a Elena a través de las corrientes marinas y le presentó a todas sus amigas, además de a un nutrido grupo de habitantes del mar que la ballena desconocía. A saber: almejas y caracolas, que según dijo Pepita, eran muy aburridas porque nunca salían de sus casas; pulpos, que eran muy serios y siempre iban a la suya; estrellas de mar, ¡qué bonitas!; y veloces caballitos de mar.

Elena se convirtió en la novedad de aquella temporada. Todos querían ser sus amigos y ella, contenta, dejaba que se deslizaran por su lomo como si de un gran tobogán de parque acuático se tratara.

También le encantaba hacer de autobús. Subían sobre ella y Elena nadaba siguiendo las indicaciones Así los peces no se cansaban nunca.

Elena asistía a todas las fiestas, pero prefería no cantar ni bailar para no generar maremotos y remolinos. Aunque disfrutaba igualmente viendo a sus amigos tan felices.

Lo que Elena no sabía es que su mamá sabía todo lo que ella hacía, porque enviaba a medusas detective, que como son transparentes pasan desapercibidas, que la mantenían al corriente de las penas y alegrías de la joven ballenita.

Así que, una tarde, la mamá de Elena se presentó en la fiesta que se había organizado para celebrar la boda de dos peces espada.

Cuando la ballenita vio a su mamá, nadó tan deprisa para abrazarla que hizo tambalear la tarta nupcial. Y hasta la orquesta, «Los Mejillones Molones», dejó de tocar, pues los instrumentos salieron disparados dando vueltas y a los músicos les costó un buen rato encontrarlos y volver a ponerlos en marcha.

—¡Mami! ¡Qué contenta estoy de verte! ¡Mira cuántos amigos tengo!

—Lo sé, pequeña, ¿no pensarías que te iba a abandonar? Siempre estuve pendiente de ti.

Elena era, por fin, una ballena feliz. Rodeada de todos sus amigos y con su mamá cerca. Y lo que ella no sabía es que, escondido tras una gran roca, un joven ballenato la contemplaba embelesado.

Pronto nuevas emociones saldrían a su encuentro.

FIN

El niño y la ballena

01YUKO

Yuko vivía en una aldea japonesa cuyos habitantes capturaban ballenas.

También el papá de Yuko las capturaba.

Un día, Yuko le preguntó a su papá:

—Papá, ¿por qué matas ballenas?

—Porque capturar ballenas es la única cosa que sé hacer —le contestó su padre.

Pero Yuko no lo entendió, así que fue a ver a su abuelo y le preguntó:

—¿Por qué mi papá mata ballenas?

—Tu padre hace lo que debe —contestó el abuelo—. Déjalo en paz y pregunta al mar.

Entonces, Yuko, se fue al mar. Allí, pequeñas criaturitas de diferentes especies se pusieron a nadar entre sus piernas.

De pronto, vio una ballena varada sobre la arena, entre las piedras. La ballena estaba muy asustada y sin fuerzas; solo podía girar los ojos, grandes como las manos de Yuko…

Yuko comprendió que la ballena no podría vivir mucho tiempo fuera del agua.

—Intentaré ayudarla —dijo el niño.

¿Pero cómo? ¡La ballena era grande como una montaña!

Yuko corrió hacia el agua. En la orilla, llenó su cubo y empezó a echar agua sobre la enorme cabeza de la ballena.

—¡Tú eres tan grande y yo soy tan pequeño y débil! —se quejó— ¡Pero te echaré mil cubos de agua y no pararé!

Yuko iba y venía con los cubos llenos. Echaba cubos de agua sobre el cuerpo de la ballena, cuatro sobre la cola y tres sobre la cabeza.

Muchas, muchas veces llenó Yuko el cubo. Le dolían los brazos y la espalda, pero siguió echando agua sobre la ballena hasta que, finalmente, se cayó y ya no pudo levantarse porque las piernas no lo sostenían.

De repente, sintió como su abuelo lo recogía y lo ponía a la sombra de una roca.

—Ya has trabajado bastante, pequeño, ahora deja que te ayudemos.

Y en aquel momento, Yuko escuchó unas voces. Era su padre y la gente del pueblo, que llegaban corriendo a la orilla. Todos llevaban cubos, baldes, barreños, o cualquier otra cosa que sirviera para transportar agua.

Algunos cogieron su ropa, la empaparon y la pusieron sobre el cuerpo de la ballena. Muy pronto, el cuerpo de la ballena estuvo completamente mojado.

Poco a poco, el nivel del mar fue subiendo hasta que cubrió por completo la gran cabeza de la ballena y Yuko, entonces, supo que estaba a salvo.

El padre de Yuko estaba a su lado:

—Gracias, papá, por haber traído a todos los habitantes del pueblo para ayudarme —le dijo Yuko.

—Eres un chico fuerte y valiente —contestó su padre— pero para salvar una ballena, se necesitan muchas manos.

Mientras tanto, la ballena esperaba a que las olas avanzaran. Una gran ola cubrió la roca. La ballena aguardó pacientemente hasta que, por fin, sacudió la cola y nadó hacia el mar.

En silencio, los pescadores la observaron hasta que se alejó de la costa. Después, todos regresaron al pueblo.

En el camino de vuelta a casa, el pequeño Yuko se quedó dormido en brazos de su padre. Había transportado mil cubos de agua y estaba muy cansado.

FIN