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El joven erudito y el barquero ignorante

Ilustración: Kristopher Engel

Érase una vez un joven muy erudito, pero arrogante y engreído. Había pasado la mayor parte de su vida estudiando en los libros y había adquirido una amplia cultura, sin embargo, durante todo ese tiempo no había aprendido a respetar a los demás, así que despreciaba a todas aquellas personas que no tenían tantos conocimientos como él y no perdía ocasión de dejarlas en evidencia demostrando lo mucho que él sabía.

Un día tuvo necesidad de viajar a la capital, para lo cual debía cruzar un caudaloso río y, para hacerlo, pagó los servicios de un humilde barquero, que se ganaba la vida traspasando a los viajeros de una orilla a la otra. Silencioso y discreto, el barquero aceptó el encargo y comenzó a remar con diligencia.

No hacía mucho que remaba cuando, de repente, una bandada de aves surcó el cielo y el joven, señalándola, preguntó al barquero con aires de suficiencia:

—Barquero, ya que te cruzas con ellas a diario, ¿habrás estudiado la vida de las aves en los libros?

—No, señor —repuso el barquero—, yo de aves no sé nada.

—Entonces, amigo mío, has perdido la cuarta parte de tu vida.

Pasaron unos minutos, la barca se deslizaba ahora junto a unas exóticas plantas que flotaban en las aguas del río. El joven, señalándolas, le preguntó al barquero:

—Dime, barquero, ¿habrás estudiado botánica y podrás indicarme qué plantas son esas?

—No, señor, yo no sé nada de plantas.

—Pues debo decirte que has perdido la mitad de tu vida —comentó el petulante joven.

El barquero seguía remando pacientemente. El sol del mediodía se reflejaba luminosamente sobre las aguas del río. Entonces el joven preguntó:

—Sin duda, barquero, debes llevar muchos años deslizándote por este río, debes saber, por tanto, algo de la naturaleza de sus aguas.

—No, señor, no sé nada al respecto; ni de estas aguas ni de otras.

—¡Ay, amigo mío! —exclamó el joven con una sonrisa burlona—-, de verdad que has perdido las tres cuartas partes de tu vida.

De súbito, la vieja barca comenzó a hacer agua; no había forma humana de achicar tanto líquido y la embarcación empezó a hundirse. El barquero, entonces, preguntó al joven:

—Señor, ¿supongo que sabrás nadar?

—¡No! —repuso el joven asustado.

—Pues me temo, amigo mío, que como no aprendas rápido vas a perder toda tu vida.

FIN

El viejo marinero

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Ilustración: pesare

Más cerca de allá que de acá, en un pequeño pueblo a orillas de un inmenso mar azul, vivieron hace tiempo dos hermanos a los que les gustaba mucho navegar y pescar. Un día, decidieron visitar al pescador más experimentado de toda la aldea para pedirle que les enseñara el oficio.

Al llegar a la playa, se acercaron hasta el marinero que, sentado en una silla de mimbre frente a su casita, contemplaba en silencio el vaivén de las olas mientras hacía nudos en una gruesa cuerda que sostenía entre sus callosas manos.

—Muy buenos días, señor —saludaron al unísono los dos hermanos.

—Muy buenos días ¿Qué tal estáis? ¿Qué os trae por aquí? —les preguntó sonriente el anciano.

—Estamos muy bien, gracias —respondieron ambos.

—Hemos venido a verlo—continuó el hermano mayor— porque dicen en el pueblo que usted es un gran capitán, el más experimentado de toda la comarca y que su embarcación es la mejor. Como a mi hermano y a mí nos gusta mucho el mar y queremos dedicarnos a la pesca, habíamos pensado que quizá usted pudiera enseñarnos el oficio. Quisiéramos navegar a su lado para aprender a echar las redes y a gobernar la embarcación. ¡Es lo que más deseamos en el mundo! ¡Subir a su barca y surcar las aguas!

—Me parece muy bien, pero poco a poco. Cada cosa a su tiempo —respondió el viejo—. En este momento estoy muy atareado, quizás, en cuanto termine de preparar todas las cosas, pueda llevarme a uno de vosotros conmigo. Pero solo me llevaré a uno: el que yo crea que tiene más deseos de navegar. Entretanto, podéis ayudarme. Aquí tenéis estas cuerdas, mientras esperáis a que yo apareje la barca, terminad vosotros de anudarlas. Las necesitaremos cuando embarquemos.

El marinero enseñó a los dos hermanos cómo debían hacer los nudos y se alejó para disponer la embarcación.

Cuando el anciano ya solo era un puntito sobre la arena, el mayor de los pequeños dejó la cuerda, se levantó de la arena, corrió hacia la orilla y miró hacia el azul horizonte.

—¡Es precioso el mar! —dijo emocionado—. Las olas llegan hasta la playa y mojan la punta de mis dedos. Es como si estuvieran vivas, llenas de espuma blanca. Parece que quieran jugar conmigo, se levantan como para darme un susto, pero luego me acarician con mucha suavidad. ¡Acércate y lo verás!

—Ahora no puedo — contestó el hermano menor —Este nudo está casi listo.

—¿No oyes? ¡Es como si el agua te llamará! ¡Ven a escucharla!

—¡No puedo! Este nudo no me sale.

—Mmmmm, y este olor a sal que te hace cosquillas en la nariz. ¡Te estás perdiendo toda esta belleza! ¡Deja de hacer nudos y acércate!

—Ahora no, ya casi lo tengo…

—¡Ohhhhh! —gritó de nuevo el hermano mayor—, ¡desde aquí veo la barca! Flota sobre el agua. Se mece como si fuera una bailarina. Sube y baja y su perfil se recorta sobre el cielo celeste. En mi vida he visto algo tan precioso. ¡Ven a verlo!

—¡No puedo! —respondió el hermano—. Estoy terminando otro nudo.

—Tengo muchas ganas de navegar. Será maravilloso estar en la barca —afirmó entusiasmado el primer niño—. Yo soy el mayor y estoy seguro de que el marinero me llevará a mí con él ¡Me gusta tanto el mar! ¡Tengo tantas ganas de navegar y pescar! No quiero perder el tiempo aprendiendo a hacer nudos ¡ya sé hacerlos! Tú, en cambio, ni siquiera te has movido de la arena. Ni siquiera has levantado la vista para mirar el agua.

Al poco, regresó el pescador.

—Hola, muchachos —saludó—. La barca ya está preparada. ¿Qué habéis hecho mientras esperabais?

—Yo he contemplado el mar —dijo el mayor de los niños—. ¡Es precioso! Me he mojado los pies con el vaivén de las olas. Después, he admirado cómo la barca se mecía sobre el agua. ¡Tengo tantas ganas de subirme en ella y surcar las aguas! ¿Tardaremos mucho? ¡Ya estoy preparado!

—Yo solo he hecho nudos… —susurró el segundo hermano, bajando los ojos un poco avergonzado.

El marinero los observó a los dos un buen rato en silencio y, al fin, habló.

—Tú vendrás conmigo —dijo el hombre tendiendo su bronceada mano al más pequeño —. Embarcarás junto a mí. Te enseñaré a gobernar la barca y a pescar. Surcaremos las olas y te contaré todos los secretos de este oficio. Desplegaremos las velas y descubriremos nuevos puertos…

—¡Pero eso no es justo! ¡Yo soy el mayor! —gritó el otro—. ¡Yo sé mucho más que él! ¡Tengo más fuerza! ¡Tengo muchas ganas! ¡A mí me gusta más el mar!

—Es posible —respondió el viejo marinero—, pero antes de poder navegar, hay que aprender a hacer bien los nudos.

FIN