belleza

Bella y Bestia

Ilustración: TottieWoodstock

Érase una vez un rico mercader que tenía tres hijas. De todas, la más joven era tan inteligente, hermosa y buena que desde pequeña todo el mundo la llamaba Bella y ese nombre le quedó.

Un día, a causa de una terrible tempestad, todos los barcos del mercader se hundieron y el comerciante lo perdió casi todo. Únicamente le quedó una pequeña casita en el campo y la familia no tuvo más remedio que mudarse allí y trabajar la tierra para poder subsistir.

Pasado un año, el comerciante recibió una carta; en ella se le anunciaba que uno de sus barcos, con toda la mercancía, acababa de ser recuperado. El hombre se dispuso a partir y, antes de irse, preguntó a sus hijas que regalo deseaban. Las mayores expresaron sus deseos: vestidos, joyas, golosinas…. La pequeña Bella pidió un rosa.

El comerciante viajó a la ciudad para intentar recuperar su barco, pero fue del todo imposible, así que tomó el camino de regreso tan pobre como antes. Ya le faltaba poco para llegar a su casa, solo lo separaba de ella un espeso bosque, pero nevaba sin parar y, desorientado, se perdió en la espesura. El huracanado viento lo arrojó dos veces del caballo y el hombre pensó que moriría de frío o que se lo comerían los lobos, a los que oía aullando a su alrededor.

De repente, vio una intensa claridad y se dirigió hacia ella. Al poco, descubrió que provenía de un gran palacio por completo iluminado. Cuando entró, se sorprendió de no encontrar a nadie, aunque en el gran salón ardía un alegre fuego y una mesa recién puesta, repleta de comida, aguardaba a los comensales. Mojado y aterido, se sentó junto al fuego para entrar en calor y allí aguardó a los dueños de la casa. Esperó y esperó, pero cuando en el reloj sonaron las doce, no pudo resistir más y comió y bebió en abundancia. Saciado, sintió sueño y buscó una cama para dormir.

Por la mañana, al despertarse, se sorprendió mucho al encontrar un traje nuevo en lugar del suyo, que había quedado destrozado la noche anterior; se vistió y bajó al salón, donde lo esperaba una humeante taza de chocolate.

Después de agradecer en voz alta a sus invisibles anfitriones las atenciones recibidas, abandonó el castillo. Iba a montar su caballo, cuando descubrió en el jardín un macizo de rosas y recordó lo que Bella le había pedido. Se disponía a cortar una de las flores, cuando una horrible Bestia salió de la nada:

—¡Ingrato! —bramó la terrible fiera—. Te salvé la vida dándote refugio, te di de comer, te dejé dormir, te vestí…, ¿y me pagas robando mis rosas? ¡Te encerraré como ladrón que eres!

El mercader se arrodilló y le rogó a la Bestia:

—Perdóname, no quería ofenderte. La rosa es un regalo para una de mis hijas.

—Mi decisión está tomada. Ve a despedirte de tu familia. Si mañana a esta misma hora no estás aquí, iré a buscarte y entonces, además de a ti, encerraré en mi prisión también a los que amas .

El buen hombre se alejó montado en su caballo y al cabo de poco llegó a su pequeña casa. Llorando, contó a sus hijas lo que había sucedido:

—Esta rosa me costará muy cara —Bella, sintiéndose culpable por lo sucedido, tomó la decisión de ir al palacio de la Bestia en lugar de su padre. Pero el buen hombre no quiso ni oír hablar de aquello—. Yo ya soy viejo, solo perderé algunos años de vida, tú, en cambio, tienes toda la vida por delante.

—Te aseguro, padre, que no te irás sin mí —dijo Bella.

Tanto insistió la muchacha, que padre e hija partieron juntos hacia el palacio. Era tarde cuando entraron en el gran salón. Allí los esperaba una mesa magníficamente servida y Bella pensó estremecida: «La Bestia quiere engordarnos antes de comernos».

Al acabar la cena, se presentó la Bestia y ordenó al padre:

—Vete mañana al amanecer y no vuelvas jamás por aquí.

Dicho esto, se retiró.

Por la mañana, cuando el anciano se hubo marchado, Bella decidió visitar el hermoso castillo. Se sorprendió mucho al encontrar una puerta, en la que había un letrero que decía: «Habitación de Bella». Abrió y quedó deslumbrada por la magnificencia que reinaba dentro. Lo que más le gustó fue la gran biblioteca y el hermoso piano de cola.

—La Bestia no quiere que me aburra —dijo—. Si quisiera comerme, no habría preparado todo esto —Siguió deambulando por la estancia y se paró ante un gran espejo que había colgado de la pared y mirándose en él le preguntó—: ¿Qué hará mi padre ahora?

Cuál no sería su sorpresa, cuando la superficie del espejo le mostró su casa y, en ella, a su padre llorando. Al cabo de un momento, todo desapareció y Bella pensó que la Bestia era muy considerada y que no tenía nada que temer de ella.

A la hora de la cena, cuando Bella se disponía a sentarse, escuchó que llegaba la Bestia, y no pudo evitar estremecerse.

—Buenas noches, Bella, si te incomodo, solo tienes que decirme que me vaya.

—Aunque eres feo, creo que eres bueno. No me importan si te quedas.

—No soy malo, es cierto, pero tienes razón: soy muy feo y, además, no tengo inteligencia; sé que no soy más que una Bestia.

—Uno no es del todo estúpido cuando cree que lo es, porque un tonto nunca reconoce que es tonto. Te prefiero sincero y con de Bestia, que con bella cara humana pero escondiendo un corazón falso, corrupto e ingrato.

Tres meses pasó Bella en el palacio. Cada noche, la Bestia la visitaba y ambos charlaban durante la cena. A fuerza de verlo, se había acostumbrado a su fealdad, y lejos de temer el momento de su visita, a menudo miraba el reloj para ver si eran las nueve; la hora a la que siempre llegaba la Bestia. Un día la Bestia le preguntó:

—Bella, ¿quieres ser mi esposa?

Ella no respondió; temía excitar la ira del monstruo rechazándolo, pero al fin dijo:

—No. Desearía poder decirte que quizá algún día, pero soy demasiado sincera para hacerte creer que eso sucederá. No obstante, siempre seré tu amiga, trata de conformarte con eso.

—Con eso tengo suficiente. Seré feliz si te quedas para siempre conmigo

—Podría prometerte —le dijo Bella— que nunca te abandonaré; pero tengo tantas ganas de volver a ver a mi padre, que moriré de dolor si no vuelvo a abrazarlo.

—No quiero causarte dolor. Márchate. Si decides no regresar, tu pobre Bestia morirá de pena.

—¡No! —dijo Bella—. Te aprecio demasiado como para desear tu muerte. Prometo volver en ocho días.

—Ve a dormir. Estarás en casa de tu padre al despertar. Cuando quieras regresar, pon este anillo sobre la mesita de noche al acostarte y despertarás aquí. Adiós, Bella.

Al abrir los ojos por la mañana, Bella estaba en su vieja cama, en casa de su padre. Cuando el hombre la vio, casi se vuelve loco de alegría.

Durante su ausencia, sus hermanas se habían casado, pero eran infelices. La mayor se había desposado con un caballero muy hermoso, pero tan enamorado de su propio rostro, que solo se ocupaba de sí mismo de la mañana a la noche y ni miraba a su esposa. La segunda se había casado con un hombre muy ingenioso; pero que solo usaba su ingenio para enojar a los demás, a su esposa la primera. Aun así, cuando Bella les contó que era feliz junto a la Bestia, sin belleza y sin ingenio, no la entendieron.

—Hermana, esa Bestia te ha hechizado.

Tan convencidas estaban de ello, que las mayores trazaron un plan para retener a la pequeña. A los seis días, una de ellas se hizo la enferma y tan grave parecía, que Bella prometió que permanecería a su lado hasta el fin.

Sin embargo, Bella pensaba en su Bestia; deseaba con todo su corazón volver a verlo. La décima noche que pasó en casa de su padre, soñó con él; estaba tendido en el jardín, a punto de morir. Bella se despertó sobresaltada en mitad de la noche.

—¡Pobre Bestia! Si es tan bueno, ¿por qué no vivir junto a él? Ni la belleza ni el ingenio de las personas es lo que nos hace felices, sino su bondad, su paciencia y su generosidad y Bestia tiene todo eso.

Bella colocó su anillo sobre la mesita y se durmió. Al despertarse, comprobó con alegría que estaba de nuevo en el palacio. Impaciente, esperó a que el reloj marcara las nueve de la noche; pero la Bestia no apareció. Bella, temía haberle causado la muerte. Recorrió todo el palacio, llamándolo desesperada y, de pronto, recordó su sueño. Corrió hacia el jardín, y allí encontró a la pobre Bestia; parecía muerto. Lo abrazó, sin pensar en su feo rostro, y sintió que su corazón todavía latía. La Bestia abrió los ojos:

—Bella, olvidaste tu promesa y tu ausencia me está matando, pero moriré feliz por haberte visto de nuevo.

—No, mi querida Bestia, no morirás —dijo Bella—, vivirás para convertirte en mi esposo. Pensé que no te quería, pero el dolor que siento al estar lejos de ti me hace comprender que no podría vivir sin verte.

Al pronunciar estas palabras, el castillo brilló con luz de fuegos artificiales y la música resonó. Al mirar a su querida Bestia, Bella vio a un hermoso príncipe:

—Gracias, Bella, por haber vencido el encantamiento. Un hada me condenó a ser una Bestia hasta que alguien descubriera lo bueno que hay en mí y consintiera en casarse conmigo. Ahora yo te ofrezco mi amor y mi corona. Recibe la recompensa por tu sabia elección: has preferido la bondad a la belleza.

Bella dio la mano al príncipe y juntos se dirigieron al castillo, donde los esperaba toda la familia de la nueva princesa.

Bella y Bestia unieron sus vidas y fueron felices para siempre.

FIN

Riquete el del copete

riquet-perrault-amour

Ilustración: Libou

Cierta reina tuvo un hijo tan feo y deforme que, al verlo, dudó de que fuera humano. Un hada que estaba presente consoló a la madre diciéndole que la inteligencia del pequeño sería aún más grande que su fealdad y, además, le concedió el don de poder convertir en inteligente a la persona a quien más amara.

Y ciertamente, cuando el niño empezó a hablar, era tanta su gracia que todo el mundo deseaba estar cerca de él para escucharlo. Olvidé decir que nació con un mechón en la cabeza, por lo que se lo conocía como Riquete el del copete, ya que era Riquete el apellido familiar.

En el reino vecino, al cabo de siete años, la reina dio a luz a dos hijas gemelas. La primera era preciosa, pero la misma hada que había asistido al nacimiento de Riquete el del copete, advirtió a la reina de que la princesa sería tan estúpida como bella. Esto dolió mucho a la madre, que poco después aún se entristeció más porque su segunda hija era fea como no es posible describir.

—No te aflijas —le dijo el hada— que, aunque no es bella, será tan inteligente que nadie advertirá su fealdad.

—Eso espero. Y dime, ¿no podrías hacer algo para que la mayor fuera menos guapa pero un poco inteligente?

—Nada puedo hacer con su inteligencia, pero sí con su belleza. Le concedo el don de transformar en hermosa a la persona que ame.

Las princesitas fueron creciendo y las perfecciones de ambas aumentaban y en todo el reino solo se hablaba de la belleza de la mayor y de la inteligencia de la pequeña. Pero, ciertamente, sus carencias también aumentaron y tomaron mayores proporciones, pues la fealdad de una era comparable a la estupidez de la otra, que era incapaz de contestar a lo que se le preguntaba o respondía una majadería.

Aunque la belleza es una cualidad muy apreciada, lo cierto es que la inteligencia la aventaja, y eso pasaba con las princesas. Primero, las personas se acercaban a la más guapa, pero después de un rato, se iban a charlar con la inteligente, porque su conversación era amena. Así que la mayor se quedaba sola porque todo el mundo prefería estar con la menor. La guapa, aunque era muy estúpida, entendía lo que ocurría y hubiera dado toda su belleza por tener un poquito del talento de su hermana.

Un día, se marchó al bosque a llorar su pena y mientras así estaba, se le acercó un joven muy feo. No era otro que Riquete el del copete, que se había enamorado de ella contemplando los retratos de la princesa que se encontraban por todas partes y había decidido ir a conocerla en persona. Muy contento al reconocerla, la saludó con respeto y finura y al ver que lloraba, le preguntó:

—¿Cómo es posible que alguien tan guapo pueda estar tan triste?

—Eso lo dices porque sí —contestó la princesa, sin añadir nada más.

—La belleza —continuó Riquete el del copete— es un don tan precioso que suple todos los demás, así que no entiendo que estés triste.

—Preferiría ser fea como tú y tener talento, a ser guapa y tonta.

—Una de las señales de tener inteligencia es creer que no se tiene. Y cuanto más tonto te crees, en realidad, más listo eres.

—Pues será así; pero soy muy tonta y por eso lloro.

—Si solo es eso, yo puedo solucionarlo.

—¿Cómo?

—Porque puedo conceder inteligencia a la persona que más ame; y como estoy enamorado de ti, te daré inteligencia si te casas conmigo.

La princesa no supo qué contestar.

—Veo que mi proposición te disgusta; normal, porque soy muy feo, así que puedes pensarlo durante un año antes de decidirte.

La princesa deseaba tanto dejar de ser tonta que aceptó la proposición y en cuanto le dijo a Riquete el del copete que se casaría con él al cabo de un año, se sintió completamente diferente y pudo expresar sus ideas con facilidad y acierto. Empezaron a conversar y Riquete el del copete pensó que le había concedido a la princesa un talento mayor que el que tenía él.

Cuando la princesa volvió al palacio, la corte entera quedó atónita. No sabía cómo explicarse aquel cambio tan repentino y extraordinario, pues tan grande como era antes su necedad, era ahora su sabiduría. Tal era su prudencia, que en los asuntos de estado se empezó a contar con su consejo.

La noticia de su transformación corrió como la pólvora y jóvenes príncipes de todos los reinos le pidieron matrimonio, pero no halló uno que tuviera suficiente talento y aunque habló con todos, con ninguno se comprometió. Necesitaba reflexionar.

Se fue a pasear al mismo bosque donde un año antes había encontrado a Riquete el del copete y mientras estaba sumida en sus pensamientos, oyó un ruido; como de personas moviéndose de un lado a otro y voces que decían:

—Trae la bandeja.

—Abrillanta las copas.

—Enciende el fuego.

La tierra se abrió y, a sus pies, vio una larga escalera que conducía a una cocina inmensa, en la que cocineros, pinches y lacayos preparaban un gran festín. Una larga fila de sirvientes subió fuentes con frutas y flores para colocarlas sobre una larguísima mesa colocada en un claro del bosque.

Asombrada, la princesa les preguntó para quién trabajaban:

—Para el príncipe Riquete el del copete, que mañana se casa.

Recordó, de pronto, su promesa de hacía un año y se quedó petrificada. Aún no se había recuperado, cuando se acercó a ella Riquete el del copete, vestido con sus mejores galas.

—Cumplo mi palabra y tengo la seguridad de que tú vienes a cumplir la tuya.

—Te seré sincera, creo que no podré cumplirla.

—Me sorprendes.

—Lo comprendo y si fueras mala persona estaría en un aprieto, porque las personas no deben faltar a su palabra, pero espero que me entiendas. Prometí casarme contigo cuando era estúpida, pero con la inteligencia que me diste, mi gusto también mejoró, así que si deseabas casarte conmigo, debiste dejarme tonta.

—Prescindiendo de mi fealdad, ¿hay algo en mí que te disguste?

—No, al contrario, el resto es perfecto.

—Entonces, si es así, está bien, porque tienes el poder de hacerme el más guapo de los hombres.

—¿Cómo?

—Quiéreme bastante para desear que lo sea, porque el hada que el día de mi nacimiento me concedió el don de poder convertir en persona inteligente a quien yo amara, te concedió a ti el poder de hacerla hermosa.

—Si es así, exclamó la princesa, deseo de todo corazón que te conviertas en el hombre más guapo del mundo. —Apenas lo hubo dicho, Riquete el del copete se trasformó en un agraciado príncipe.

Al día siguiente, se celebró la boda y los dos vivieron felices durante mucho tiempo.

Dicen que, en realidad, no fueron los dones del hada los que operaron la metamorfosis, sino que fue el cariño de ambos el que los cambió a los dos, porque el amor, cuando es verdadero, tiene el poder de transformar las cosas.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar “Riquete el del copete” con la voz de Angie Bello Albelda

logoAngie