boda

Tranquila Tragaleguas, la tortuga cabezota

Ilustración: Alejandra Romero

Una hermosa mañana se encontraba la tortuga Tranquila Tragaleguas ante su pequeña y agradable madriguera tomando el sol y comiendo sosegadamente una hoja de llantén.

Por encima de ella, en las ramas de un vetusto olivo, estaba la paloma Sulaica Silvestre, que lustraba su brillante plumaje. En esto llegó volando el palomo Sebulón Silvestre, hizo varias reverencias y exclamó:

—¡Oh!, Sulaica, alegría de mi corazón, ¿te has enterado ya? El Gran Sultán de todos los animales, Leo Vigésimo-Octavo, va a celebrar su boda. Así que vayámonos juntos volando a su guarida, luz de mis ojos.

—¡Oh!, mi dueño y señor —zureó la paloma—, ¿es que estamos invitados?

—No te preocupes, estrella de mi vida —le contestó Sebulón Silvestre volviendo a hacer varias reverencias—, todos los animales, grandes y pequeños, viejos y jóvenes, gordos y delgados, mojados y secos, están invitados; así que nosotros también. Va a ser la fiesta más hermosa que jamás haya habido. Pero tenemos que darnos prisa, pues el camino hasta la guarida del león es muy largo y la fiesta es ya pronto.

Sulaica asintió y las dos palomas se alejaron volando.

Tranquila Tragaleguas, que lo había oído todo, se sumió en una meditación tan profunda que incluso se le olvidó terminar de desayunar.

«Si todos los animales, grandes y pequeños, viejos y jóvenes, gordos y delgados, mojados y secos, están invitados a la boda», se dijo a sí misma, «entonces yo también lo estaré. Así que, ¿por qué no voy a ir yo también a la fiesta más hermosa que jamás haya habido?».

Después de pasarse el día entero y toda la noche siguiente dándole vueltas, su decisión estaba tomada. Apenas se había levantado el sol se puso en marcha, paso a paso, despacito, sí, pero sin parar.

Cuando ya llevaba vagabundeando así casi todo el día, pasó junto a una zarza. Allí vivía la araña Fátima Fabricatelas en el centro de su magnífica tela.

—¡Eh, Tranquila Tragaleguas! —exclamó la araña—, ¿a dónde vas tan aprisa, si puede saberse?

—Buenas tardes, Fátima Fabricatelas —contestó la tortuga, y se detuvo a tomar aliento—. Como sabes, nuestro Gran Sultán, Leo Vigésimo-Octavo, ha invitado a su boda a todos los animales. Y por eso voy yo también allá.

Fátima Fabricatelas cruzó sus largas patas delanteras sobre su cabeza y comenzó a soltar tales risitas que toda su telaraña comenzó a temblar sensiblemente.

—¡Oh!, Tranquila —pudo balbucir al fin—, tú, la más lenta de los lentos…, ¿cómo quieres llegar jamás allá?

—Paso a paso —dijo Tranquila.
—¿Y te has parado a pensar —exclamó Fátima Fabricatelas— que la boda será ya dentro de catorce días?

Tranquila miró llena de confianza sus cortas y robustas patitas y contestó:

—Ya llegaré a tiempo.

—¡Tranquila! —le dijo la araña compasivamente—. ¡Tranquila Tragaleguas! Incluso para mí sería el camino demasiado largo y yo no solo tengo patas más ligeras, sino también el doble de ellas que tú. ¡Sé razonable! ¡Déjalo y vete a casa!

—Lo siento, pero no puede ser —le contestó amablemente la tortuga—; mi decisión está tomada.

—¡No hay peor sordo que el que no quiere oír! —dijo la araña y comenzó, enfadada, a tejer en su tela.

—Es verdad —respondió Tranquila—, así que adiós, Fátima Fabricatelas.

Y con eso se echó a andar lenta y pesadamente. La araña soltó una risita maliciosa y murmuró:

—No vayas a correr demasiado, que si no al final llegarás incluso demasiado pronto.

Pero Tranquila Tragaleguas siguió caminando por campos y pedregueras, por páramos y arboledas, bajo el sol y las estrellas.

Al pasar un día junto a una pequeña laguna hizo un alto para beber.

Sobre una hoja de hiedra se encontraba el caracol Bassam Baboso, que examinó a la tortuga con ojos desorbitados.

—¡Buenos días! —dijo Tranquila amablemente.

Transcurrió un buen rato hasta que el caracol se rehizo y pudo contestarle.

—¡Cielos! —balbució muy despacito—, ¡tú sí que corres! Le da a uno vueltas la cabeza solo de mirarte.

—Voy a la boda de nuestro Gran Sultán, Leo Vigésimo-Octavo —le explicó Tranquila.

Esta vez transcurrió aún más tiempo hasta que Bassam pudo reorganizar sus viscosos pensamientos y consiguió balbucear con gran esfuerzo:

—¡Caracoles, qué horror! ¡Si has ido en una dirección completamente equivocada!

Se puso a señalar con sus tentáculos confusamente a su alrededor:

—¡Allínoalládeallíoseaaquí…! ¡Aquínoahíaaláamíacánonorteallíallítúallí…! —y se enredó sin remedio en su difícil explicación.

—No importa —dijo Tranquila—, al menos ahora ya lo sé. ¿Hacia dónde, dijiste, debo ir?

El caracol estaba tan liado que se coló en su casa y no reapareció hasta pasada media hora.

Tranquila esperó pacientemente hasta que Bassam volvió a recuperar el habla.

—¡Cielos! —gimió el caracol—, ¡qué desgracia! Debías haber ido hacia el sur y no hacia el norte. Justo al revés tendrías que haber ido.

—Muchas gracias por la indicación —le contestó Tranquila, y se dio la vuelta poquito a poco en dirección contraria.

—Pero si la fiesta es ya pasado mañana —exclamó lloroso el caracol.

—Ya llegaré a tiempo —dijo Tranquila.

—¡Jamás! —sollozó el caracol, y miró con desconsuelo a la tortuga—. ¡Jamás de los jamases! Bueno, si desde el principio hubieses ido en la dirección correcta, puede. Pero ya está todo perdido. Todo fue inútil. ¡Caracoles, qué horror!

—Puedes sentarte sobre mi caparazón, si quieres venir conmigo —le invitó Tranquila.

Bassam Baboso bajó resignadamente los ojos.

—No vale la pena. Es tarde, demasiado tarde. Nunca llegaríamos.

—Claro que sí —dijo Tranquila—, paso a paso.

—Estoy tan triste —balbució el caracol—, ¡quédate conmigo y consuélame!

—Lo siento, pero no puede ser —dijo Tranquila amablemente—: mi decisión está tomada.

Y con esto volvió a ponerse en marcha, solo que en dirección contraria.

Bassam Baboso se quedó aún mucho tiempo mirándola con los ojos llenitos de lágrimas y haciéndole continuos ademanes de súplica con sus tentáculos.

La tortuga volvió a caminar durante muchos días en la otra dirección por campos y pedregueras, por páramos y arboledas, bajo el sol y las estrellas.

Finalmente se encontró con el lagarto Zacarías Zanguango, que estaba dormitando sobre una piedra soleada. Sus escamas verde esmeralda centelleaban lujosamente.

Al acercarse la tortuga, abrió un ojo, parpadeó y dijo adormilado:

—¡Alto! ¿Identidad? ¿Procedencia? ¿Destino?

—Me llamo Tranquila Tragaleguas —dijo la tortuga—, vengo del vetusto olivo y quiero ir a la guarida del león.

Zacarías Zanguango bostezó:

—Vaya, vaya, ¿y qué se le ha perdido a uno por allí?

—Voy a la boda de nuestro Gran Sultán, Leo Vigésimo-Octavo, pues él ha invitado a todos los animales, así que a mí también —le contestó Tranquila.

Entonces, Zacarías Zanguango, asombrado, abrió también su otro ojo y contempló aliviado a la tortuga.

—¿Y cómo se imagina un vulgar tragapolvo —gangueó al rato— que aún va a llegar allí?

—Paso a paso —dijo Tranquila.

Zacarías Zanguango se apoyó en los codos y tamborileó con los dedos.

—Vaya, vaya, ¿con tanta calma quiere uno ir a una boda que ya habría sido hace una semana?

—¿Es que no ha sido hace una semana? —preguntó Tranquila.

—No —contestó Zacarías Zanguango con desgana.

—Estupendo —dijo Tranquila satisfecha—, pues entonces aún llegaré a tiempo.

—¡Segurísimo que no! Como alto funcionario de la corte del león tengo el gusto de explicar: la boda queda provisionalmente aplazada. Leo Vigésimo-Octavo tuvo que marchar repentinamente a la guerra contra el tigre Sebulón Sableador. Así que puede uno volver de nuevo a casa con toda confianza.

—Lo siento, pero no puede ser —contestó Tranquila Tragaleguas—, mi decisión está tomada.

Y con esto dejó al lagarto tumbado a su izquierda, y siguió caminando lenta y pesadamente.

Zacarías Zanguango, sin embargo, se quedó absorto mirando hacia adelante, murmurando una y otra vez:

—Uno se pregunta realmente si… desde luego, uno se pregunta realmente si…

La tortuga volvió a caminar durante muchos días por campos y pedregueras, por páramos y arboledas, bajo el sol y las estrellas.

Al atravesar un desierto pedregoso, se encontró con un grupo de cuervos que estaban acurrucados sobre un árbol seco y que parecían sumidos en sombrías reflexiones. Tranquila Tragaleguas se detuvo para preguntar por el camino.

—¡Hachís! —graznó uno de los cuervos antes de que ella hubiese dicho nada.

—¡Salud! —exclamó Tranquila amablemente.

—No he estornudado —gruñó malhumorado el cuervo—, solo me he presentado. Soy el sabio Hachís Halef Habacuc.

—¡Oh, perdón! —dijo ella—, yo me llamo Tranquila Tragaleguas y solo soy una tortuga normal y corriente. ¿Puedes, por favor, decirme sabio Habacuc, si por aquí se va a la guarida de nuestro Gran Sultán, Leo Vigésimo-Octavo? Es que estoy invitada a su boda.

Los cuervos se lanzaron unos a otros significativas miradas y soltaron unas tosecillas.

—Bien podría decírtelo —explicó Habacuc y se rascó la cabeza con la garra—, pero ya no te serviría de nada. Pues el dónde está ahora nuestro Gran Sultán no podemos alcanzarlo ni siquiera nosotros los sabios. Y tú, pobre e ignorante animal que se arrastra, ¿cómo podrías encontrarlo nunca con tus pocas luces?

—Paso a paso —dijo Tranquila.

Los cuervos volvieron a intercambiar significativas miradas y soltaron unas tosecillas.

—¡Oh, ciega criatura! —graznó solemnemente Habacuc—, aquello de lo que hablas, hace tiempo que pasó. Y el pasado nadie puede recuperarlo.

—Ya llegaré a tiempo —dijo Tranquila llena de confianza.

—¡Imposible! —le contestó Habacuc con voz sepulcral—, ¿no ves que estamos de luto? Hace pocos días hemos enterrado a nuestro Gran Sultán, Leo Vigésimo-Octavo. Fue herido tan gravemente en la lucha contra el tigre Sebulón Sableador, que murió sin remedio.

—Ah —dijo tranquila—, pues de veras que lo siento.

—Así que vuelve a casa —le aconsejó Habacuc—, o quédate aquí y llora con nosotros.

—Lo siento, pero no puede ser —contestó Tranquila amablemente—; mi decisión está tomada.

Y con eso volvió a ponerse en camino.

Los cuervos se quedaron mirándola con reproche, luego juntaron sus cabezas y graznaron:

—¡Qué persona más obstinadas! Quiere ir realmente a la boda de alguien que hace tiempo que ha muerto.

Tranquila Tragaleguas volvió a caminar lenta y pesadamente durante muchos días por campos y pedregueras, por páramos y arboledas, bajo el sol y las estrellas.

Y por último llegó a un bosque lleno de árboles en flor. En el centro del bosque había un gran prado cuajadito de flores. Y en ese prado estaban reunidos muchos animales, grandes y pequeños, viejos y jóvenes, gordos y delgados, mojados y secos, todos muy contentos y en alegre espera.

—Ah, por favor —preguntó Tranquila Tragaleguas a un pequeño tití que brincaba junto a ella y tocaba las palmas—, ¿por dónde se va a la guarida de nuestro Gran Sultán?

—¡Pero si ya estás ante ella! —exclamó el monito (que dicho sea de paso se llamaba Yussuf Yomerrasco, pero esto ya no tiene aquí importancia)—. ¡Ahí enfrente está la entrada!

—¿Y es esta, quizá —preguntó discretamente Tranquila Tragaleguas—, la boda de nuestro Gran Sultán, Leo Vigésimo-Octavo?

—¡Qué va! —exclamó el monito—. ¡Realmente debes venir de muy lejos! ¡Sí, hoy celebra su boda, como todo el mundo sabe, nuestro nuevo Gran Sultán, Leo Vigésimo-Noveno!

En este momento apareció a la entrada de la guarida un magnífico y joven león con una majestuosa melena que brillaba como el sol. Y junto a él estaba una hermosa y joven leona.

Y todos los animales gritaron: «¡Viva!» y «¡Vivan los novios!», y luego se bailó y se jugó y se comió en abundancia y se cantó hasta altas horas de la madrugada. Y las luciérnagas alumbraron y los ruiseñores y los grillos se encargaron de la música. En una palabra, fue realmente la fiesta más hermosa que jamás haya habido.

Y entre los invitados estaba Tranquila Tragaleguas, un poco soñolienta, eso sí, pero muy feliz, y manifestó:

—Ya lo dije yo siempre, que llegaría a tiempo.

FIN

La Ratita presumida

Victoria Assanelli 1

Ilustración: Victoria Assanelli

Había una vez una Ratita que cada día barría su casita y un día se encontró una moneda de oro.

—¡Oh! ¡Qué suerte he tenido! ¿Con qué la gastaré?

Y pensaba y pensaba:

—Si me compro caramelos, los dientes se me pondrán feos… Y si me compro avellanas, las muelas se me pondrán malas…. ¡Ay! ¡No sé qué hacer!… ¿Y si me comprara un lacito para la punta del rabito? Un gran lacito, para que luzca bien bonito. ¡Sí, sí! ¡Eso haré!

Y eso hizo. Se dirigió a la mercería de Doña Corneja y allí estuvo mirando y revolviendo muchos lazos. Al final, se decidió por uno precioso de seda de color rojo.

—¡Este me gusta! —dijo mientras pensaba— «Todo el mundo me envidiará en el barrio. Todos los vecinos se girarán para admirar mi lazo»—. ¡Quiero este! No me lo envuelva, que me lo llevo puesto.

Con el lacito anudado en la punta de su rabito, se fue a su casa y se colocó ante la puerta para lucirlo y para que todo el mundo pudiera admirar lo bien que le quedaba.

Así estaba, cuando acertó a pasar por allí el señor Pato, que al verla tan linda le dijo:

—¡Ay!, Ratita, mi Ratita, tú que eres tan bonita, ¿no querrías casarte conmigo? Soy formal, buen mozo y muy estudioso. ¡Juntos aprenderíamos mucho!

—No sé, no sé. A ver, dime algo para que pueda escuchar tu voz.

—¡Cuac, cuac, cuac!

—¡Uy! ¡No, no! ¡Qué horror! Si me casara contigo me dejarías sorda. ¡No te quiero por marido!

Y Don Pato se alejó triste y cabizbajo, con sus libros bajo el ala.

Al poco rato, se acercó un hermoso gallo con la cresta muy roja y le dijo a la Ratita:

—¡Ratita preciosa!, tú que eres tan bonita, ¿te quieres casar conmigo? Soy buen mozo y tengo una gran casa.

—No sé, no sé. A ver, dime algo para que pueda escuchar tu voz.

—¡Kikirikí, Kikirikí!

—¡Uy! ¡No, no! ¡Qué alboroto! Si me casara contigo no podría dormir en toda la noche. ¡No te quiero por marido!

Y Don Gallo muy ofendido, se marchó de casa de la Ratita con la cresta muy alta y sin volver la vista atrás, seguido por siete gallinas.

También se acercaron a casa de la Ratita un perro de aguas, un cerdo y un cordero. Pero al escuchar sus voces, a todos rechazó.

Ya caía la tarde y de vuelta a su establo, después de trabajar todo el día, se acercó a casa de la Ratita un burrito:

—¡Ratita guapa!, tú que eres tan preciosa, ¿te quieres casar conmigo? Soy muy buen mozo, fuerte y trabajador. Conmigo nunca ha de faltarte de nada.

Y la Ratita, haciéndose de rogar, le dijo:

—No sé, no sé. A ver, dime algo para que pueda escuchar tu voz.

—¡¡Iiiiaaaa, Iiiiiaaaaaa!!

—¡Ahhhhhhhhhh! ¡Que espanto de voz! ¡Lárgate ahora mismo, que por tu culpa me dolerán los oídos tres días enteros!

Muy triste se marchó Don Burrito por la negativa de la linda Ratita, arrastrando su pesado carro.

Ya empezaba ella a pensar que jamás encontraría a nadie hecho a su medida, cuando pasó por allí un gatito que le dijo:

—¡Marramiaumiaumiau, Ratita! En ninguna de mis siete vidas he visto ni veré a una dama igual que tú. ¿Te quieres casar conmigo? Soy buen mozo y conmigo correrás aventuras sin fin y te divertirás de día y de noche.

Y la Ratita, haciéndose de rogar le dijo:

—No sé, no sé. A ver, dime algo para que pueda escuchar tu voz.

—¡Miauu, Miauuu! –maulló Don Gato con voz melodiosa.

—¡Qué voz tan dulce que tienes! ¡Contigo me he de casar!

Al poco tiempo, celebraron una gran boda, a la que todo el mundo fue invitado. Aquel día, todos los que asistieron a la gran fiesta advirtieron a la Ratita:

—¡Ve con cuidado con este gato! No vayas a despistarte y te dé un bocado.

—Cuidado, Ratita, no vayas a ser tú su cena.

Al terminar la fiesta, cada animal regresó a su casa y, por fin, el Gato y la Ratita se quedaron solos:

—Ratita, Ratita, ¿puedo darte un besito?

Y acercándose mucho a ella abrió tanto la boca que ¡casi se la come de un bocado! La Ratita, dando un gran salto se alejó de allí gritando:

—¡Socorroo, socorro! ¡Que el gato me come!

Al oír los gritos, pato, gallo, perro de aguas, cerdo, cordero y burro acudieron corriendo:

—¡Cuac, cuac, cuac!

—¡Kikirikiiiiiiii!

—¡Guau, guau, guau!

—Oinkkkk, oinkkkkk!

—¡Beeeeee, beeeeeeee!

—¡Hiaaaaaaaaaaa hiaaaaaaaaa!

Y el gato, espantado con tanto alboroto, huyó por los tejados y jamás regresó.

Por eso dicen que, desde aquel día, ratones y gatos dejaron de tener amistad y cuando un ratón ve a un gato huye despavorido.

FIN

El gato con botas

Nothing_but_the_cat_by_Aguaplano

Murió un viejo molinero y no dejó más bienes que su molino, su asno y su gato.

Sus tres hijos hicieron las particiones con gran facilidad, sin notario ni abogado, que se hubieran comido tan exiguo patrimonio.

El mayor de los tres hermanos se quedó el molino. El mediano el asno. Y el pequeño no tuvo otra herencia que el gato.

El pobre chico, al recibir tan pobre heredad, se quedó muy desconsolado.

—Mis hermanos —decía— podrán ganarse la vida trabajando, pero yo, como no me coma al gato y luego venda su piel, me moriré de hambre. ¿Qué haré con él? ¡Ni tan solo puedo alimentarlo!

El gato, que escuchaba lo que el muchacho decía, subió de un salto al regazo de su amo, restregó la cabeza contra su pecho, y lo consoló diciendo:

—No estés triste, amo; cómprame un par de botas y un saco que se cierre con cordones, y ya verás como no es tan mala la parte de herencia que te ha correspondido.

El chico depositó toda su confianza en el astuto gato. Había sido testigo del ingenio del animal, cuando lo observaba cazar pájaros y ratones, así que pensó que tal vez el felino podría socorrerlo de su miseria. Pidió prestado algo de dinero a sus hermanos y compró lo que le pedía.

El gato se calzó inmediatamente las botas, se colgó el saco al hombro y andando sobre sus dos patas traseras se dirigió a un bosque cercano en el que sabía que había cientos de conejos.

Colocó el saco al pie de un árbol y en su interior puso un poco de tomillo y se dispuso a esperar a que algún gazapo, inexperto y poco instruido en los peligros del mundo, se sintiera atraído por la olorosa hierba.

Al poco de estar apostado, un joven conejillo se acercó, olisqueó y entró en el saco dando saltitos. El gato dio un fuerte tirón de los cordones y atrapó al conejo dentro del saco.

Con la caza obtenida, se dirigió al palacio del rey de aquellas tierras y solicitó audiencia.

Después de esperar un buen rato, lo condujeron a la cámara real y haciendo una profunda reverencia, le dio el conejo al monarca diciendo:

—Majestad, mi amo el señor marqués de Carabás se sentiría muy honrado si os dignarais a probar su caza. Por eso os envía este conejo que él mismo ha cazado esta mañana en los bosques que posee.

—Di a tu amo —respondió el rey— que con mucho gusto acepto su regalo. Transmítele mi agradecimiento.

Días después, volvió al bosque, calzado con sus botas y con el saco al hombro, y no tardó en dar caza a un par de perdices.

Acto seguido, corrió a presentarlas al rey, como había hecho con el conejo, y el monarca recibió con tanto entusiasmo las dos perdices, que mandó se le diese al gato unas monedas de oro de propina.

Durante los siguientes meses, el gato le fue llevando al rey una parte de lo que cazaba, hasta el día que corrió la voz de que el rey saldría a pasear por la orilla del río en compañía de su hija, la princesa más hermosa del mundo. Entonces, el astuto gato le dijo a su amo:

—Si sigues mis consejos, tu fortuna ya está hecha. Solo tienes que bañarte desnudo en el río, exactamente, en el lugar que yo te indicaré. El resto, déjamelo a mí.

El hijo del molinero hizo lo que el gato le aconsejaba, aunque sin comprender cuáles eran sus intenciones.

Mientras se estaba bañando llegaron el rey, la princesa y la comitiva real a la orilla del río y justo en ese momento, el gato se puso a gritar con todas sus fuerzas:

—¡Socorro! ¡Socorro! ¡El señor marqués de Carabás se está ahogando!

Al oír los gritos, el rey asomó la cabeza por la ventana de la carroza y, al reconocer al gato que tantas veces lo había obsequiado con la caza, mandó a sus guardias que fuesen de inmediato a socorrer al marqués de Carabás.

Mientras sacaban del río al pobre marqués, el gato, se aproximó a la carroza y le contó al rey que, mientras su amo se bañaba en el río, unos ladrones habían robado sus ropas, y aunque había intentado impedirlo, no había podido hacer nada. El rey inmediatamente hizo traer de palacio los mejores trajes de su guardarropa para el marqués de Carabás.

Cuando estuvo vestido, se presentó ante el monarca, que lo recibió con deferencia. Era tan guapo el muchacho y las ropas le sentaban tan bien, que la princesa, al verlo, se prendó del joven y él de ella.

El rey, al notar que los dos jóvenes se miraban con buenos ojos, invitó al marqués a acompañarlos en su paseo y el gato, al ver que sus planes empezaban a funcionar, tomó la delantera.

No tardó en encontrar a unos campesinos que segaban la yerba de unos prados y les dijo:

—Buena gente, si no decís al rey que los prados que estáis segando pertenecen al señor marqués de Carabás, ordenaré que os hagan picadillo.

Al pasar el rey, preguntó a los segadores quién era el dueño de aquellos prados y, asustados por la amenaza del gato, los labriegos contestaron a una voz:

—Son del señor marqués de Carabás.

—Tenéis unos terrenos magníficos -dijo el rey al hijo del molinero.

—Ciertamente, Majestad, esta tierra no deja de producir con abundancia cada año.

El gato, que iba siempre delante, encontró luego unos labriegos y les dijo:

Buena gente, si no decís al rey que las tierras que estáis labrando pertenecen al señor marqués de Carabás, ordenaré que os hagan picadillo.

El rey, que pasó un momento después, quiso saber a quién pertenecían aquellas tierras y al preguntar, le contestaron a coro:

—Son del señor marqués de Carabás.

Y el rey felicitó de nuevo al hijo del molinero.

El gato, siempre delante de la carroza, iba repitiendo lo mismo a todas las gentes que encontraba a su paso y el rey no pudo menos que admirarse de las grandes riquezas del señor marqués de Carabás.

Por fin llegó el gato a un hermoso castillo, que pertenecía a un sanguinario ogro. El más rico de la comarca, dueño de todos los prados, las tierras y los bosques por donde habían pasado, y después de tener la precaución de informarse acerca de quién era este ogro y de lo que sabía hacer, solicitó hablar con él para presentar sus respetos ya que, dijo, no quería abandonar los dominios de tan gran señor sin haberlo saludado.

El ogro, halagado, lo recibió con gran amabilidad y lo hizo reposar en un gran diván.

—Me han asegurado -le dijo el gato- que tenéis el don de convertiros en el animal que se os antoje. Por ejemplo, en elefante, en león, en tigre…

Cierto es -respondió el ogro-

Y para demostrarle sus habilidades al gato, tomó la forma de un león.

—También me han asegurado, aunque eso no me lo creo, que tenéis la facultad de transformaros en un animal pequeño. Por ejemplo, en un simple ratoncito. Aunque eso sí que me parece imposible.

—¡Para mí no hay nada imposible! —rugió el ogro muy ofendido— ¡Ahora vais a convenceros!

Y diciendo esto, se trasformó en un diminuto ratón. El gato, sin esperar ni un segundo, se abalanzó ágilmente sobre él y le dio caza.

Entretanto, el rey, que ya estaba cerca, al ver el magnífico castillo del ogro, quiso dirigirse allí para descansar. Al oír el ruido de la carroza, el gato salió corriendo para recibir a la comitiva:

—¡Excelencia! Sed bienvenido al castillo de mi noble amo el señor marqués de Carabás.

—¡Cómo, señor marqués!, —dijo el rey al hijo del molinero— ¿¡Es vuestro este castillo!? ¡No hay otro tan hermoso en todo mi estado! ¡Enseñádnoslo, si gustáis!

El marqués tomó del brazo a la joven princesa y todos entraron al castillo.
En el interior encontraron servida una copiosa comida que el ogro había hecho preparar para sus amigos, que aquella noche debían ir a solazarse al castillo y que no se atrevieron a entrar al enterarse de que el rey estaba allí.

El soberano, encantado de las buenas cualidades del marqués y sabiendo que a su hija no le había sido indiferente, le dijo después de haber dado cuenta de la opípara cena:

—Me sentiría muy honrado, amigo mío, si aceptarais ser mi yerno.

El hijo del molinero, haciendo grandes reverencias, aceptó tan honrosa proposición y pocos días después se celebró la fastuosa boda.

El gato, convertido en gran señor, dejó de cazar y solo corría tras los ratones por pura diversión. Jamás se separó de su amo y algunas veces le recordaba:

—Ya ves que el ingenio y la imaginación son más valiosos que cualquier herencia.

FIN