bosque

El pajarito

winter_robin_by_nynjakat-d8xf2cb

Ilustración: NynjaKat

Hace mucho, muchísimo tiempo, cuando la Tierra era un lugar muy frío, muy frío; tanto, que parecía que no había estaciones, una bandada de pájaros que vivía en las tierras norteñas decidió emigrar a parajes más cálidos en busca de temperaturas benignas y, antes de que llegaran las crudas heladas del invierno, emprendió el vuelo con la intención de no regresar hasta la siguiente primavera.

Un pajarito del grupo, que tenía el ala medio rota y no podía volar, fue incapaz de emprender el vuelo para seguir a sus amigos. Muy triste, se quedó contemplando cómo sus compañeros se alejaban y se iban convirtiendo en un puntito cada vez más diminuto en el cielo azul, hasta que se perdieron completamente de vista.

Cuando se quedó solo, miró a su alrededor, quería encontrar un lugar calentito y seguro en el que poder guarecerse.

No muy lejos de donde estaba, había un espeso bosque lleno de imponentes árboles y pensó: «tal vez ellos puedan protegerme del frío durante las heladas, pues ya no tardarán en llegar». Y aleteando lo mejor que pudo, llegó hasta el lindero del bosque.

El primer árbol que encontró fue un imponente álamo blanco, de hermosas hojas plateadas:

—Álamo, ¿me dejarías vivir este invierno en tus ramas? Sería solo hasta la llegada del buen tiempo —le dijo el pajarillo.

—¡Vaya idea absurda que has tenido! ¡Claro que no te dejaré vivir en mis ramas! ¿Acaso no ves que ya tengo bastante trabajo con cuidar de mis hojas? ¡Lárgate!

El pajarito, con el ala medio rota, se fue volando como pudo y se dirigió hasta el árbol siguiente, un castaño robusto y frondoso:

—Castaño, ¿puedo hacer mi nido en tus ramas hasta que llegue el buen tiempo? Mi ala está herida y casi no puedo volar  —imploró el avecita.

—¡Naturalmente que no te dejo! Si te permitiera hacer un nido, picotearías mis ramas y mis castañas y eso es algo que no soporto. ¡Mis ramas y mis castañas son mías y solo mías! ¡Fuera de aquí ahora mismo!

Casi sin fuerzas, el pájaro voló como pudo hasta la orilla del río, donde un enorme sauce estiraba sus brazos hacia la fría corriente:

—Sauce, amigo, tengo el ala medio rota y necesito guarecerme del frío y de las heladas que ya no tardarán en llegar. ¿Podrías protegerme entre tus ramas hasta que vuelva el buen tiempo?

—¡No! ¡De ninguna de las maneras! Yo jamás doy cobijo a desconocidos y a ti no te conozco de nada. No eres como los pájaros que vienen a visitarme cada primavera. ¡Esos sí que tienen clase! Pero tú… —dijo mirándolo con desprecio— ¡Vete!

Desanimado, el pobre pájaro ya no sabía hacia dónde dirigirse y desorientado siguió volando como pudo, con su alita medio rota, pensando que moriría vagando por aquel inmenso bosque, sin recibir ayuda de nadie.

Un abeto, que hacía rato que lo veía volar, le preguntó cuando pasó por su lado:

-Pajarito, ¿adónde vas?

—No lo sé. Estoy tiritando de frío. No he podido seguir a mis amigos en su vuelo porque tengo el ala herida. He pedido a tus hermanos, los otros árboles del bosque, que me cobijaran; solo sería hasta que llegue el buen tiempo, pero ninguno de ellos me ha dejado que hiciera un nido en sus ramas y yo ya no puedo apenas volar con mi ala medio rota.

—Ven a mis ramas —le dijo el amable abeto—, puedes elegir la que más te guste. En este lado, reguardado del viento helado del norte, estarás más caliente.

—¡Muchas gracias! —dijo agradecido el pajarito— ¿Me dejarás quedar durante todo el invierno?

—¡Naturalmente! —respondió el abeto—, nos haremos compañía mutuamente.

Un pino, que estaba muy cerca del abeto y lo había oído todo, le dijo al ave:

—Pajarito, yo puedo ayudar también. Aunque mis ramas no son frondosas, puedo defender un poco del frío a mi primo el abeto. Haz tu nido en este lado; yo pararé el viento y os protegeré a los dos.

Contento, el pajarito construyó su nido en la rama más grande del abeto, muy cerca del pino, que lo amparaba también con sus ramas.

Bajo los dos árboles crecía un arbusto de enebro, que al oír lo que ocurría le dijo al pajarito:

—Yo también puedo ayudarte si quieres. Puedes alimentarte de mis bayas cuando tengas hambre. ¡Seguro que te gustarán!

El pajarito era feliz en su casa, tan caliente y confortable, y con su nueva familia. Cada día bajaba a visitar al enebro, que le ofrecía gustoso sus frutos para que se alimentara.

Los árboles que no habían querido ayudar al pajarillo no dejaban de murmurar.

—Yo jamás le prestaría mis ramas a un pájaro extranjero que no conozco de nada —decía el sauce.

—A mí me daría miedo perder mis castañas —añadía horrorizado el castaño.

—Mis hojas son lo más importante para mí —sentenciaba el álamo.

Y los tres, muy altivos, retiraron la palabra a sus primos, los árboles que habían cobijado al pajarito herido.

Poco después, llegó el Rey Invierno al bosque. Majestuoso y frío, apareció seguido de sus revoltosas hijas Nieve y Escarcha y de sus traviesos hijos Viento y Hielo, que corrían por todos los rincones del bosque, jugando a perseguirse. Les encantaba jugar al escondite entre los árboles. Soplaban sus alientos gélidos sobre las hojas y estas se estremecían y caían al suelo muertas de frío:

—¡Te encontré!

—Papá, ¿podemos ir a jugar entre aquellos árboles? —preguntó Escarcha a su padre Invierno, señalando hacia el lugar en el que el pajarito tenía su casa.

—No, no juguéis allí. Aquellos árboles han sido buenos y generosos con quien les pidió ayuda; por eso voy a hacerles un regalo: les permitiré conservar sus hojas siempre verdes.

Y así fue como aquel invierno al abeto, al pino y al enebro no se les cayeron las hojas como al resto de los árboles del bosque. Las conservaron hasta la primavera siguiente, cuando les nacieron nuevos brotes. Y, desde entonces, ha seguido siendo así.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar «El pajarito» con la voz de Angie Bello Albelda

logoAngie

Hänsel y Gretel (La casita de chocolate)

5612900089_a43c2e7323_b

Ilustración: Margaret Tarrant

Este cuento está dedicado a Julie Sopetrán, la poeta que descubrió la PALABRA, de la mano de Hänsel y Gretel, en un trocito de chocolate.

Junto a un espeso bosque, vivía un leñador con su mujer y con los dos hijos que había tenido con su primera esposa: un niño llamado Hänsel y una niña llamada Gretel.

La familia era tan pobre, que apenas tenía qué comer y en una época de carestía, la situación empeoró tanto, que más de un día se iban a dormir sin probar bocado.

Una noche, el leñador daba vueltas en la cama sin poder conciliar el sueño a causa del hambre y las preocupaciones cuando, finalmente, le dijo a su mujer:

—¿Qué será de nosotros? ¿Cómo daremos de comer a los niños?

—La única solución —respondió ella— es que mañana, de madrugada, nos los llevemos a lo más profundo del bosque y los abandonemos allí. Como no sabrán encontrar el camino de vuelta, ya no tendremos que preocuparnos por darles de comer.

—¡¿Pero qué dices?! ¡No podemos hacer algo así! Las fieras no tardarían en devorarlos.

—Eso tú no lo sabes. Quizá tengan suerte y salgan adelante. Piensa que si se quedan aquí, sí que es seguro que morirán.

Tan convincentes fueron sus argumentos que el hombre, de personalidad débil, aceptó el plan.

Los dos niños, despiertos a causa del hambre, oyeron la conversación y Gretel le dijo a Hänsel sollozando:

—¡Estamos perdidos!

—No llores, Gretel —la consoló su hermano—. Pensaré en algo.

Cuando todos se quedaron dormidos, Hänsel salió de la casa sigilosamente. La luz de la Luna hacia relucir los blancos guijarros del camino como si fueran de plata y el pequeño tuvo una idea. Se llenó los bolsillos con ellos, regresó a casa y se acostó.

Antes de que saliera el sol, la mujer despertó a los niños:

—¡Levantaos! Hoy vendréis con nosotros al bosque a recoger leña.

Y tras darles a cada uno un trocito de pan les aconsejó:

—No lo malgastéis; esta será vuestra comida para todo el día.

Se encaminaron los cuatro hacia el bosque. Hänsel iba el último y de vez en cuando, sin que los demás se dieran cuenta, sacaba de su bolsillo una piedrecita blanca y la dejaba caer para señalar el camino.

Al llegar a lo más profundo del bosque, prepararon una hoguera y el padre y la madrastra advirtieron a los niños:

—Poneos junto al fuego y esperad nuestro regreso. Cuando terminemos de cortar la leña, vendremos a recogeros.

Pasaron las horas y los niños se quedaron profundamente dormidos a causa del cansancio. Cuando se despertaron ya era negra noche. Gretel, asustada, preguntó a su hermano:

—¿Cómo saldremos de aquí?

Hänsel la tranquilizó:

—Espera un poco a que brille la Luna, entonces encontraremos el camino de regreso.

Y en efecto, cuando la Luna estuvo en lo alto del cielo, las piedrecitas que el niño había ido soltando con disimulo, empezaron a relucir y les indicaron por dónde debían regresar a casa.

Anduvieron toda la noche y al despuntar el alba llegaron a su hogar. La madrastra los recibió con disgusto, pero el padre se alegró al verlos, pues estaba arrepentido de haberlos abandonado.

Noches después, los niños oyeron cómo la madrastra le decía a su marido:

—Otra vez se ha terminado todo. Solo queda un trocito de pan. No podemos alimentar a los niños. Los llevaremos de nuevo al bosque, pero esta vez más adentro para que no puedan regresar.

Al padre le dolía abandonar a los niños, pero como no encontraba otra solución, estuvo de acuerdo.

Hänsel, que estaba aún despierto, oyó la conversación y pensó en hacer lo mismo que la vez anterior, pero cuando quiso salir, encontró la puerta de la casa cerrada, así que no pudo recoger guijarros.

Por la mañana, la mujer dio sendos pedacitos de pan a los niños y Hänsel, al ver el suyo, pensó que sería buena idea dejar caer, de trecho en trecho, miguitas para marcar el camino.

Los cuatro se pusieron en marcha, llegaron hasta lo más profundo del bosque, a un lugar en el que nunca habían estado. Después de encender una hoguera, los padres advirtieron a los niños:

—Cuando hayamos terminado, volveremos a recogeros.

Los niños no tardaron en quedarse dormidos. Se despertaron cuando ya reinaba la más absoluta oscuridad:

—Esperaremos un poco a que salga la Luna, entonces, las miguitas de pan nos mostrarán el camino de regreso —le dijo Hänsel a Gretel.

Pero cuando salió la Luna, no encontraron ni una sola miga; se las habían comido los pajaritos del bosque. Y por más que buscaron, no encontraron el camino para volver a casa.

Anduvieron y anduvieron. La noche entera y todo el día siguiente, sin conseguir salir del bosque. Tenían hambre y estaban agotados. Al amanecer del tercer día, reanudaron la marcha, pero cada vez se extraviaban más en el bosque.

Cuando ya habían perdido casi la esperanza y creían que morirían allí, vieron un pájaro blanco como la nieve que cantaba dulcemente posado sobre la rama de un árbol y se detuvieron a escucharlo. Al terminar su canción, extendió las alas y emprendió el vuelo. Ellos lo siguieron.

Vuela que te vuela, el pájaro se fue a posar sobre el tejado de una casa y cuando los niños se acercaron, vieron con asombro que las tejas eran de chocolate, las paredes de bizcocho y las ventanas de azúcar.

—¡Qué bien! —exclamó Hänsel—. Yo comeré un pedacito del tejado.

—Yo probaré una ventana —añadió Gretel.

Estaban mordisqueando las golosinas, cuando oyeron una voz muy dulce procedente del interior:

Alguien roe mi casita…
Tal vez sea una ratita…
a

Pero los niños se apresuraron a responder:

No es ratita sino el viento,
que sopla muy violento.
a

Y siguieron comiendo hasta que la puerta se abrió y de la casa salió una mujer viejísima, apoyada en su bastón:

—Hola, pequeñines, entrad, entrad que no os haré daño. Dentro hay leche, bollos azucarados, manzanas y nueces. Después de comer, podréis dormir y descansar.

Y Hänsel y Gretel entraron, comieron y se acostaron felices y confiados.

La vieja parecía buena y amable pero, en realidad, era una malvada hechicera que cazaba niños para comérselos y había construido aquella dulce casita para atraerlos.

Una vez dormidos, cogió a Hänsel en brazos, lo llevó al establo y lo encerró en una caja de madera en la que solo había una pequeña rendija. El niño gritó y protestó con todas sus fuerzas, pero todo fue inútil.

Después, la bruja despertó a Gretel y le ordenó:

—¡Levántate!, guisa un pollo para tu hermano, que quiero que se engorde para comérmelo cuando esté cebado como un lechón.

Todas las mañanas, la vieja bajaba al establo y ordenaba:

—¡Hänsel!, saca el dedo, por la rendija, que quiero saber si ya estás gordo.

Pero Hänsel, en vez del dedo, sacaba siempre un huesecito de pollo y la vieja, que tenía la vista muy mala, se extrañaba de que no engordara.

Al cabo de cuatro semanas, al ver que Hänsel continuaba flaco, perdió la paciencia:

—Estés gordo o flaco, mañana te comeré.

De madruga, ordenó a Gretel encender el horno y cuando ya ardían las llamas le dijo a la niña:

—Acércate a comprobar si ya está listo.

Su intención era empujar a la niña y cerrar la puerta del horno, asarla y comérsela también. Pero Gretel lo adivinó y dijo desde lejos:

—¿Qué debo hacer para saber si ya está listo?

—¡Criatura tonta! —replicó la bruja—. ¡Esto tienes que hacer! —dijo acercándose a la puerta del horno y metiendo su cabeza dentro.

Gretel, entonces, la empujó con todas sus fuerzas, cerró la puerta y corrió hacia el establo, donde estaba prisionero Hänsel. Abrió la puerta de la caja y exclamó:

—¡Hänsel, ya estamos a salvo!

Se abrazaron emocionados y como ya no había nada que temer, recorrieron la casa. En todos los rincones encontraron monedas de oro y piedras preciosas, con las que se llenaron los bolsillos. Después, huyeron de allí.

Tras un par de horas de camino, un gran río interrumpió su marcha.

—¡Estamos perdidos!, no podremos atravesarlo, no hay puente ni barca —sollozó Hänsel.

—No llores, hermano, —lo tranquilizó Gretel—; allí nada un cisne blanco, le pediré que nos ayude a pasar a la otra orilla:

Bello cisne, bello cisne,
necesitamos cruzar
dinos si sobre tu espalda
tú nos podrías llevar.
a

El cisne se acercó, los niños subieron sobre su espalda y al alcanzar la otra orilla reconocieron aquella parte del bosque. Se pusieron en marcha y, poco después, descubrieron su casa a los lejos. Echaron a correr, entraron y se abrazaron a su padre, que estaba solo porque la madrastra, harta de pasar hambre, hacía tiempo que se había marchado.

El padre estaba muy arrepentido de lo que había hecho y llorando les pidió perdón. Como respuesta, Gretel vació sus bolsillos y las perlas y piedras preciosas se esparcieron por el suelo. Hänsel hizo lo propio. Con aquel tesoro, sus penas se acabaron y, en adelante, los tres vivieron muy felices.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar «Hänsel y Gretel» con la voz de Angie Bello Albelda

logoAngie

El tesoro del bosque

pr_01_7171_max

Ilustración: Dianne Dengel

Érase que una vez, en la última casa de una aldea muy pequeña, junto a un espeso bosque de hayas y robles, vivía plácidamente un matrimonio de ancianos. Su jardín lindaba con el de unos vecinos que, sin ser malas personas, tenían el grave defecto de fisgar continuamente lo que hacían y decían los demás. Para colmo de males, como no sabían sujetar la lengua, contaban todo lo que veían y escuchaban al primero con el que se cruzaban, así que en aquel pueblo todo el mundo sabía lo que sucedía en las casas ajenas. Pero es que además, no satisfechos con esto, exageraban de tal modo las cosas, que muchas veces acababan contando sucesos que no eran ciertos.

Un día, mientras los dos ancianos daban su paseo vespertino por el bosque, notaron que sus pies se hundían en el camino y extrañados, decidieron remover la tierra para ver qué era lo que había allí debajo.

Hurgaron durante un rato y hallaron un gran caldero lleno hasta arriba de monedas de oro y plata.

—¡Qué suerte la nuestra! Pero, ¿qué haremos con esto? No podemos llevarlo a casa, porque todo el mundo se enterará, gracias a nuestros vecinos, de que tenemos un tesoro y, al final, nos arrepentiremos hasta de haberlo visto.

Tras largas reflexiones tomaron una determinación. Volvieron a enterrar el tesoro, echaron encima unas cuantas ramas y regresaron al pueblo. Corrieron hacia el mercado y compraron una liebre y un besugo y, acto seguido, se dirigieron de nuevo al bosque y colgaron el besugo en lo más alto de un árbol y colocaron la liebre en una nasa que echaron al río.

Inmediatamente, la mujer se apresuró a regresar sola a la cabaña y esperó a que llegara su marido, el cual apareció al poco rato gritando tan fuerte como pudo:

—¡Esposa mía! ¡Esposa mía! ¡Sal a la puerta! ¡Escucha lo que te contaré! ¡Acabo de tener una suerte loca! ¡Somos ricos!

—¿Qué ha pasado? ¡Cuenta, cuenta! —exclamó la mujer con toda la fuerza de su voz, para asegurarse de que sus vecinos no se resistirían a escuchar la conversación—. ¿Cómo es eso de que ahora somos ricos?

—¡He encontrado en el bosque un caldero lleno de monedas de oro y plata! ¡Ven!, te mostraré dónde está. ¡Vamos!

Y ambos se dirigieron al bosque, no sin antes asegurarse de que sus vecinos los seguían subrepticiamente.

El hombre, entonces, empezó a hablar casi a gritos:

—Pues si es raro hallar un tesoro en medio del bosque, más extraño es todavía lo que me contaron el otro día. Por lo que me dijeron, parece que ahora es habitual que en los árboles crezcan peces.

—¿Pero qué estás diciendo? Seguramente oíste mal o te mintieron. ¡Mira que la gente hoy día no hace más que mentir!

—Pues fíjate, mira allá arriba ¿A eso le llamas tú mentir? ¡Convéncete tú misma de que lo que me dijeron es cierto!

Y señaló al árbol del que colgaba el besugo.

—¡Extraordinario! ¡Inaudito! —exclamó la mujer—. ¿Cómo habrá podido trepar ahí ese besugo? ¿Será verdad lo que afirma la gente?

El anciano, parado y con los brazos en jarras, no dejaba de mirar hacia donde estaba el besugo, negando con la cabeza y encogiéndose de hombros, como si no pudiera dar crédito a lo que estaba viendo.

—¡No te quedes ahí parado! Ya que estamos, podemos coger el besugo y asarlo para cenar —dijo la mujer.

Y así lo hicieron. Guardaron el besugo en su bolsa y siguieron andando.

Al poco, llegaron al río, el hombre se detuvo y su esposa le preguntó:

—¿Por qué te paras? ¿Qué ocurre? ¿Qué estás mirando?

—Veo que algo se mueve dentro de la nasa. ¡Quizá haya caído un pez! Voy a ver.

Miró dentro de la cesta y llamó muy excitado a su mujer:

—¡Ven y mira! ¡He pescado una liebre!

—¡Asombroso! ¡Inusitado! ¡Te dijeron la verdad! Sácala enseguida, mañana haremos un buen estofado con ella.

El marido cogió la liebre y puso rumbo al lugar donde estaba el tesoro; lo desenterraron, cargaron con él y con grandes muestras de entusiasmo, regresaron a su casa.

Los dos ancianos, ricos desde aquel día, vivieron alegremente y sin preocuparse por nada durante algún tiempo. Sin embargo, un buen día, sus vecinos, envidiosos de la suerte ajena, acudieron a los tribunales para denunciar el hallazgo.

—Venimos a ponernos en manos de la justicia y a presentar demanda contra nuestros vecinos. Encontraron un tesoro en el bosque que hay detrás de nuestra casa, y en lugar de repartirlo con nosotros, se lo quedaron entero para ellos solos.

El juez envió a su secretario para comprobar la denuncia y al llegar este a casa de los ancianos ordenó:

—En nombre de la Ley, entregadme ahora mismo el tesoro. Queda confiscado hasta que se aclaren los hechos.

Los ancianos se encogieron de hombros con extrañeza y preguntaron:

—¿Qué tesoro?

—Sus vecinos acaban de denunciar ante el juez que ustedes han encontrado un tesoro.

—¿Nosotros?, tal vez nuestros vecinos lo hayan soñado.

—¡No hemos soñado nada! Vimos el caldero lleno de plata y oro con nuestros propios ojos.

—Por favor, señor secretario, ¿puede interrogarlos con detalles? Si puede probar lo que dicen contra nosotros, responderemos con todos nuestros bienes.

—¡Pero que se han pensado! ¡Claro que podemos probarlo! Señor secretario, le diremos cómo sucedió todo. Lo recordamos a la perfección. Los seguimos hasta el bosque y primero paramos porque de un árbol colgaba un besugo…

—¿Un besugo? —interrumpió el secretario—. ¿Se burlan de mí?

—No, señor, decimos la verdad.

—Pero, por favor —dijo el anciano—, ¿quién puede dar crédito a tamaño desatino?

—¡No son desatinos! ¡Es la verdad! Y usted lo sabe muy bien. Y también sabe muy bien que después pescó una liebre con su nasa…

El secretario se alisó la barba e intentó aguantar la risa sin conseguirlo. La anciana, dirigiéndose a sus vecinos, les aconsejó:

—Será mejor que no sigan, ¿o es que acaso no ven como se está riendo de ustedes el señor secretario? Y usted, señor secretario, ¿aún no se ha convencido de que todo lo que están contando no son más que disparates?

—Realmente, aunque en los juzgados se oyen toda clase de historias raras, en la vida nos llegó noticia de que en los árboles crecieran besugos, ni de que en los ríos se pescaran liebres. Así que, como este asunto me parece una insensatez, doy por terminada esta investigación.

Esa vez, fueron los dos ancianos y el secretario los que extendieron la noticia por el pueblo. Todo el mundo se rió tanto de los dos fisgones, que estos optaron por cerrar la boca durante algún tiempo.

Los dos ancianos se trasladaron a una gran mansión de la ciudad y allí siguen, viviendo a cuerpo de rey, disfrutando felices y contentos del tesoro del bosque.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar «El tesoro del bosque» con la voz de Angie Bello Albelda

logoAngie

Ricitos de oro y los tres osos

goldilocks_by_alyssatallent-d5szprt

Ilustración: AlyssaTallent

 Este cuento lo dedicamos a una Pequeña Emperatriz poblada por duendes.

Hace mucho, mucho tiempo, en lo más profundo de un espeso bosque habitaba una familia de osos compuesta por mamá osa, papá oso, y el pequeño osito.

Los tres vivían felices y contentos, lejos de los humanos, en una preciosa cabaña de madera, en la que tenían todas las comodidades que un oso pueda desear.

Un día de primavera, estaba toda la familia sentada alrededor de la mesa y a punto de comer una rica y humeante sopa, cuando al llevarse la cuchara a los labios papá oso exclamó:

—¡Ay! ¡Me he quemado!…

—Como la sopa está muy caliente, ¿qué os parece si nos acercamos al río a recoger moras para el postre? —propuso mamá osa.

—¡Sí, sí! ¡Vayamos a buscar moras! —aplaudió entusiasmado el pequeño osito.

Los tres salieron de la cabaña y se dirigieron al río.

No lejos de allí, una niña muy traviesa, a la que todos llamaban Ricitos de oro porque tenía el pelo ensortijado y muy rubio, correteaba en busca de mariposas. Tan entusiasmada estaba persiguiendo a una de brillantes alas rojas que, sin darse cuenta, se internó en la espesura y fue a parar al claro donde estaba la cabaña de los tres osos.

Como Ricitos de oro era muy curiosa, se acercó sigilosamente hasta la casa, miró a través de una de las ventanas y al no ver a nadie, se dirigió a la entrada y empujó la puerta con suavidad. Los osos jamás cierran sus puertas con llave, así que la puerta se abrió y Ricitos de oro, olvidándose de la buena educación, entró sin haber sido invitada.

En el amplio salón, un alegre fuego danzaba en la chimenea y, sobre la amplia mesa de caoba se veían tres platos: uno grande, uno mediano y uno pequeño.

Ricitos de oro se acercó al plato más grande y probó la sopa:

—¡Ay! ¡Quema mucho!

Luego probó la sopa del plato mediano:

—¡Puaj! ¡Está demasiado fría!

Finalmente, probó la del plato más pequeño:

—Mmmmmmmmmmm, ¡está deliciosa!

La encontró tan rica que no dejó ni una gota en el plato.

Al terminar de comer, Ricitos de oro siguió curioseando.

Frente al hogar, vio tres sillas alineadas y se sentó en la más grande:

—¡Demasiado ancha!

Luego se sentó en la mediana:

—¡Demasiado alta!

Después, se sentó en la más pequeña:

—¡Qué cómoda es esta!

Acababa de sentarse cuando, ¡paf!, la silla se rompió en mil pedazos. Ricitos de oro se llevó un susto de muerte, pero no escarmentó y sin detenerse a recoger lo que había roto, siguió fisgando.

Al cabo de un rato, a Ricitos de oro le entró mucho sueño y decidió buscar un lugar confortable en el que poder dormir.

Subió las escaleras y entró en una gran habitación. En ella había tres camas, una junto a otra, cubiertas con preciosas colchas de colores.

Se acostó en la cama más grande:

—¡Demasiado dura!

Luego se acostó en la mediana:

—¡Demasiado blanda!

Cuando se acostó en la más pequeña exclamó:

—¡Esta es perfecta!

Y se quedó dormida como un lirón.

Al poco, regresó la familia de osos, muy contenta y cargada con moras para el postre.

Cuando los tres iban a sentarse a comer, papá oso gruñó enfadado:

—¡Alguien ha comido de mi sopa!

Mamá osa gruñó enfadada:

—¡Alguien ha comido también de mi sopa!

El pequeño osito se quejó:

—¡Alguien ha comido de mi sopa y se la ha terminado!

Los tres osos no sabían qué pensar. Se miraban unos a otros muy extrañados, hasta que mama osa propuso:

—Sentémonos junto al fuego a ver si se nos ocurre algo, porque todo esto es muy misterioso.

Y se dirigieron hacia las tres sillas que se alineaban junto a la chimenea:

—¡Alguien se ha sentado en mi silla! —gruñó  papá oso.

—¡Alguien se ha sentado también en la mía! —gruñó mamá osa.

—Alguien se ha sentado en la mía y la ha roto! —se lamentó el pequeño osito.

Y empezaron a buscar al intruso por toda la casa.

Al entrar en la habitación papá oso gruñó furioso:

—¡Alguien se ha acostado en mi cama!

Mamá osa gruñó furiosa:

—¡Alguien se ha acostado también en la mía!

Llorando, el pequeño osito gruñó tristemente:

—¡Pues alguien está ahora mismo durmiendo en mi cama!

La familia miraba a Ricitos de oro, que en ese preciso instante abrió los ojos y al ver a tres osos que la observaban con severidad, saltó por la ventana abierta de la habitación y no paró de correr hasta llegar a su casa.

Tanto se asustó Ricitos de oro que, desde aquel día, no volvió a entrar en casa de nadie sin ser invitada y muchísimo menos se atrevió a tocar aquello que no era suyo sin antes pedir permiso.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar «Ricitos de oro y los tres osos» con la voz de Angie Bello Albelda

logoAngie

Caperucita Roja

Ilustración: mikemaihack

Había una vez una niña pequeña y dulce a la que todo el mundo quería mucho. Incluso aquellos que solo la habían visto una vez, decían que era una niña encantadora.

La niña tenía una abuelita que, por supuesto, también la quería mucho. Como a la abuelita le gustaba coser, confeccionó para su nieta preferida un abrigo de terciopelo rojo con capucha. Tan bien le quedaba a la niña el abrigo rojo, que todo el mundo empezó a llamarla Caperucita Roja.

Un día, su mamá la llamó y le dijo:

—Caperucita, quiero que le lleves a la abuela este pastel de manzana que he horneado para ella y esta jarra de miel. La abuela está enferma y estas cosas buenas la ayudarán a curarse. Date prisa, que después hará mucho calor.

Ve directamente a casa de la abuela, sin desviarte ni a la derecha ni a la izquierda del camino; no hables con extraños; no corras, no vaya a romperse la jarra de miel; sé educada y si te cruzas en el pueblo con algún conocido lo saludas. ¿Lo has entendido?

—Sí, mamá. Haré todo lo que me has dicho —contestó la niña.

Y después de despedirse, emprendió el camino. El trayecto desde la aldea a casa de la abuela cruzaba en medio del bosque y era bastante largo, tenía que andar durante media hora.

Justo al entrar en el bosque, se le acercó el Lobo, pero Caperucita Roja no tenía ni la menor idea de que los lobos son animales salvajes, así que no tuvo miedo de él.

—Muy buenos días, Caperucita —dijo el Lobo.

—Hola, muy buenos días, señor Lobo —contestó educadamente Caperucita.

—¿Adónde vas tan temprano? —preguntó el Lobo.

—A ver a mi abuelita que está enferma —contestó la niña—. Mi mamá horneó ayer un pastel de manzana y me envía a su casa para que se lo lleve y también una jarra de miel, porque estas cosas buenas la ayudarán a curarse.

—¿Y dónde vive tu abuelita? —preguntó el Lobo.

—Al otro lado del bosque, bajo los tres robles grandes. ¡Todo el mundo sabe dónde es!

«¡Bueno —pensó el Lobo—, «esta niñita, sin duda, estará muy sabrosa. Más dulce y tierna que su abuela, pero es tan pequeña que me quedaré con hambre. No tengo elección. ¡Tendré que comerme a las dos!».

Siguió andando junto a Caperucita Roja hasta que llegaron a un lugar tapizado de flores silvestres de todos los colores.

—¡Mira, Caperucita! —dijo el Lobo dulcemente—. Mira que flores tan lindas hay aquí. Escucha el canto de los pajaritos. ¿Por qué tienes tanta prisa? ¡Ni que tuvieras miedo de llegar tarde a la escuela! Es una pena que no disfrutes de este lugar tan precioso. ¿Por qué no recoges unas cuantas florecillas y haces un lindo ramo para tu abuelita?

Caperucita Roja miró a su alrededor y hacia arriba y vio los destellos de los rayos del sol bailando entre las copas de los árboles y los intensos y brillantes colores de las flores silvestres.

—Tiene razón, señor Lobo —respondió Caperucita Roja—. Este es un precioso lugar y todavía es muy temprano. ¡Recogeré algunas flores para hacerle un gran ramo a la abuelita!

Y dicho esto, Caperucita Roja se apartó de su camino y empezó a recoger flores. Pero cada vez que parecía que ya había suficientes, veía una de preciosa, y otra, y otra y así se fue internando en lo más profundo del bosque.

Entretanto, el Lobo se apresuró hacia casa de la abuela y, al llegar allí, llamó a la puerta: “toc, toc, toc”.

—¿Quién es? —preguntó la abuela.

—Soy yo, Caperucita Roja —respondió el Lobo imitando la dulce voz de la niña—. Mamá te envía un pedazo de tarta de manzana y una jarra de miel para que te pongas buena. ¡Ábreme la puerta, abuelita!

—No tengo fuerzas para levantarme —contestó la abuela—. Levanta tú misma el pestillo y entra.

El Lobo levantó el pestillo y abrió la puerta de par en par, se abalanzó sobre la abuelita y se la comió de un solo bocado. Después, cerró el pestillo, se puso un camisón y una cofia y se acostó en la cama a esperar a Caperucita Roja.

Mientras ocurría esto, Caperucita Roja recogía tantas flores que apenas podía con ellas. Regresó al sendero, se dirigió a casa de su abuelita y llamó a la puerta.

—¿Quién es? —preguntó el Lobo con voz ronca, tratando de imitar a la abuela.

Al oír aquella voz tan áspera, Caperucita Roja se asustó un poco, pero después recordó que la abuela estaba enferma y debía estar algo afónica.

—Soy yo, Caperucita Roja —respondió la niña—. Mamá te envía tarta de manzana y una jarra de miel para que te pongas buena. Ábreme la puerta, abuelita.

—Levanta el pestillo y entra —le indicó el Lobo.

Caperucita Roja abrió el pestillo y entró en la casa. Se acercó a la cama y vio la cabeza de la abuela cubierta por la cofia.

—Buenos días, abuelita —dijo Caperucita Roja.

Pero no obtuvo respuesta.

—Abuelita, ¿por qué tienes esas orejas tan grandes?

—Porque así te escucho mejor, querida.

—Abuelita, ¿por qué tienes esos ojos tan grandes?

—Porque así puedo verte mejor, querida.

—Abuelita, ¿por qué tienes esos brazos tan largos?

—Porque así puedo abrazarte mejor, querida.

—Abuelita, ¿por qué tienes esos dientes tan largos? —preguntó Caperucita Roja llorando porque ya estaba muy asustada.

—¡Porque así puedo comerte entera! —gritó el Lobo, saltando de la cama, abalanzándose sobre Caperucita Roja y engulléndola de un solo bocado.

Ahora el Lobo ya estaba harto. Se tumbó en la cama, se quedó dormido y empezó a roncar tan ruidosamente, que sus ronquidos se podían oír desde muy lejos.

Acertó a pasar por allí un cazador que lo oyó y pensó: “¿Qué le pasará a la abuela que ronca tan fuerte? ¿Estará enferma? ¿Necesitará algo?” Y entró en la casa. Sobre la cama de la abuela vio al Lobo que descansaba.

—¡Ajá! —dijo el cazador—- ¡Por fin te encuentro despreciable bicho! ¡Hacía mucho tiempo que te buscaba!

Ya levantaba su rifle para matar al Lobo cuando, de pronto, se dijo: “¡Un momento!, ¿dónde está la abuela? ¡Quizás este Lobo se la ha zampado!”

Dejó el rifle y abrió la barriga del Lobo. Caperucita Roja saltó rápidamente de allá dentro y exclamó:

—¡Uf! ¡Qué miedo he pasado! ¡Estaba tan oscuro dentro de la panza del Lobo!

Después, entre los dos sacaron a la abuela, que ya casi no podía respirar, de la barriga del Lobo.

¿Y el Lobo? El cazador no tuvo piedad de él. Lo mató y se hizo un abrigo con su piel.

Cuando todo acabó, se sentaron los tres: el cazador, la abuelita y Caperucita Roja, se comieron la tarta de manzana y la miel y, cuando terminaron, el cazador acompañó a Caperucita Roja a su casa.

—Nunca más me desviaré del camino, ni a derecha ni a izquierda —se dijo Caperucita Roja—. No desobedeceré ni haré lo que está prohibido nunca más y siempre haré caso de lo que me diga mi mamá.

Hay que decir, que después de que pasara todo esto, Caperucita Roja siguió llevando cosas buenas a la abuelita y otros lobos intentaron desviarla del camino. Pero Caperucita Roja sabía cuidarse sola e iba derecha a casa de la abuela, sin desviarse, sin hablar con desconocidos, sin distraerse y sin apartarse de su camino. Sin embargo, los peligros seguían existiendo y un día, al llegar a casa de la abuela, Caperucita Roja le contó:

—¡Ay! abuelita —dijo— me he encontrado con un Lobo que parecía bueno pero, cuando lo he mirado a los ojos, me he dado cuenta de que era muy malo. Estoy segura de que quería comerme.

—Pues vamos a cerrar las puertas —dijo la abuela— no sea que venga hasta aquí.

No había pasado mucho rato, cuando el Lobo llegó.

—¡Abuelita, ábreme, soy Caperucita Roja! —gritó el Lobo con dulce voz— Te traigo pastel y miel.

Pero ellas no contestaron y tampoco abrieron la puerta.

Entonces, el malvado Lobo subió al tejado con la intención de esperar a que Caperucita Roja saliera de casa de la abuela para abalanzarse sobre ella. Pero la abuela, que era muy lista, adivinó lo que tramaba.

—Caperucita, querida, —dijo la abuela— ayer cocí una gran salchicha en la cacerola y no tuve fuerza para tirar el agua, así que todavía está hirviendo en el fuego de la chimenea. ¿Podrías tirarla tú en el fregadero de piedra grande del jardín?

Caperucita Roja vació el agua de la cacerola dentro del gran fregadero de piedra del jardín.

Cuando el olor de la salchicha cocida llegó a la nariz del malvado Lobo este empezó a olfatear y a olfatear el aire hasta que, al final, resbaló del tejado, se cayó dentro del agua hirviendo y se murió.

Aquel día, Caperucita Roja regresó a casa tranquila y feliz, sin que ningún otro lobo intentara molestarla por el camino

FIN