buey

Los doce primeros

Ilustración: Kitakutikula

Cuando el mundo era nuevo y todavía se comprendía el lenguaje secreto de plantas, nubes y mares, el Emperador de Jade, soberano del cielo y de la tierra, quiso ordenar el tiempo, así que envió emisarios por el mundo para convocar a todos los animales que vivían en él:

—Animales, os he reunido en mi palacio porque he decidido dividir el tiempo en periodos de doce años. He construido un zodíaco y a cada uno de esos doce años le asignaré el nombre de uno de vosotros —Los animales murmuraron emocionados, pero enseguida enmudecieron para seguir escuchando lo que decía el Augusto de Jade—. No obstante, hay dos pequeños problemas. El primero, es que solo doce de vosotros podrán presidir los años de forma cíclica. Y el segundo, es que debo decidir el orden con el que lo haréis. Por tanto, he organizado una carrera, para que sea la llegada a la meta la que resuelva la disposición. El ganador presidirá el primer año, el segundo el segundo… y así, sucesivamente, hasta llegar al decimosegundo, el cual completará el ciclo de doce años y después volveremos a empezar.

Casi todos se apuntaron para participar en la competición, excepto el perezoso y la tortuga, que sabían que lo tenían muy difícil y se rindieron antes de empezar.

Los participantes, en la línea de salida, aguardaron la señal del Emperador de Jade para ponerse en marcha:

—Uno, dos y… ¡tres!

El dragón y el tigre se situaron en cabeza desde el primer momento. No en vano eran los animales más poderosos de toda China. Luchaban el uno contra el otro para obtener el triunfo. El dragón lanzaba su letal fuego para retrasar al tigre, pero este, con sus poderosas patas, evitaba con ágiles saltos las hogueras.

Muy de cerca, los seguía la serpiente, que se aprovechaba del camino que abría el fuego del dragón para deslizarse con más facilidad sin encontrar obstáculos a su paso. Todo le fue bien hasta que el dragón tuvo que retirarse momentáneamente de la carrera reclamado por sus hermanos para resolver un asunto urgente.

El buey, de zancada lenta y pesada, también se valió de la disputa entre dragón y tigre para obtener ventaja y, contra todo pronóstico, logró instalarse en cabeza de carrera, puesto que conservó hasta el último momento, cuando fue adelantado.

Lo que pasó es que, sin él saberlo, transportaba sobre su cuerpo a dos polizones, uno de los cuales aprovechó su esfuerzo para arrebatarle, en el último segundo de carrera, la primera posición.

Los dos animales que viajaban cómodamente a lomos del buey eran un gato y una rata, ambos buenos amigos hasta que pasó lo que pasó… Pero, antes de descubrirlo, deberemos seguir el curso de la competición…

A poca distancia del tigre y del dragón, el conejo saltaba como nunca lo había hecho en su vida, deseoso de alzarse con la victoria.

También un mono y un gallo corrían jadeantes para conseguir inscribir su nombre en el zodíaco chino, hasta que el mono, de repente, detuvo su carrera. Al pasar junto a un espeso bosque decidió que tendría más ventaja si se movía de árbol en árbol, donde su agilidad le haría adelantar muchos puestos.

Al verlo, el gallo, que no tenía ni idea de trepar, pensó por un momento en abandonar la carrera, pero cambió de opinión y decidió que también él explotaría sus habilidades y en lugar de seguir corriendo con sus cortas patitas, empezó a aletear y consiguió, con varios golpes de ala, adelantar de golpe a cuatro de sus competidores: caballo, cabra, cerdo y perro, que quedaron a la zaga. Esta ventaja no le duró demasiado al pobre gallito…

El cerdo, que sudaba a mares, frenó en seco al olfatear unas apetitosas trufas. Se desvió y empezó a escarbar bajo un roble plantado al borde del camino. Enterró su morro en la tierra y no lo levantó hasta acabar con todas. Su decisión le costó llegar el último y si hubiera encontrado una trufa más, hoy ni siquiera estaría en la lista de los doce del zodíaco.

La carrera tocaba a su fin. En la línea de llegada aguardaba ya el Emperador de Jade. Solo un caudaloso río separaba a los animales de la meta.

El buey hundió las pezuñas en el barro y buscó un lugar para vadear la corriente. Sobre su lomo la rata y el gato se sujetaban con fuerza.

Ya hemos dicho que ambos animales habían sido buenos amigos hasta entonces, pero se enemistaron para siempre cuando ya estaban a punto de alcanzar la orilla. Fue entonces cuando la rata, para asegurarse la victoria, saltó a tierra dándose impulso con sus patas sobre el lomo del gato. Este perdió el equilibrio y cayó con estrépito al río.

La rata fue la primera en tocar tierra.

El buey quedó segundo.

El tigre sorteó el río de un ágil salto y llegó el tercero.

Llegó el turno del conejo, que brincó de una orilla a otra, seguido del dragón, que cruzó volando la meta el quinto, a escasos centímetros.

Sexta fue la serpiente, que se valió de un tronco que flotaba en el agua para alcanzar la orilla y, desde allí, se arrastró hasta la meta.

El caballo trotó hasta la línea de llegada el séptimo y, después de él, mojados y titiritando, llegaron juntos la cabra, el mono y el gallo, que cruzaron la meta con una diferencia de segundos.

El perro, que hasta llegar el río iba tercero, llegó en undécimo lugar, porque al cruzar las aguas no pudo resistirse y se entretuvo buceando.

Cerró el desfile ganador el cerdo, que al llegar aún masticaba un trocito de trufa.

El gato, magullado y empapado por culpa de la rata, cruzó la meta en decimotercer lugar, por lo que no obtuvo su puesto en el zodíaco chino.

Aquel desgraciado incidente fue el origen del odio que separa a los dos animales y la causa de que, todavía hoy, los mininos quieran vengar la ofensa dando caza a cualquier roedor que se cruce en su camino. También, como consecuencia de aquel penoso suceso, los gatos no quieren acercarse al agua.

El resto de los animales fue llegando después del felino, pero, ninguno consiguió inscribir su nombre entre los vencedores.

Los doce triunfadores rodearon al Emperador de Jade y aguardaron en respetuoso silencio. El Augusto habló así:

—El tiempo ya tiene nombre. A partir de hoy, los años seguirán cíclicamente este orden: el primero llevará el nombre de la rata, la vencedora. El año siguiente será el año del buey. A continuación, llegarán, sucesivamente, los años del tigre, del conejo, del dragón, de la serpiente, del caballo, de la cabra, del mono, del gallo y del perro. Cerrará el ciclo el año del cerdo. Después, volveremos a empezar, de nuevo, con la rata.

De este modo, el Emperador de Jade asignó el nombre que ostentan los años del zodiaco chino.

Y si tú aún no sabes bajo qué signo naciste, haz clic sobre un interrogante…

Ilustración: freepik

FIN

¡No me jorobes!

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Ilustración: stefanogesh

Al principio del mundo, cuando todo era joven y nuevo y los animales empezaban a repartirse los trabajos para ayudar al hombre, había un dromedario muy holgazán, habitante del desierto Bramante, en el que siempre bramaba el viento, que se negaba a trabajar. Se pasaba el día tendido en la arena, tomando el sol y masticando palitos. Cada vez que alguien le dirigía la palabra, contestaba invariablemente:

—¡No me jorobes!

Solo contestaba eso, «¡No me jorobes!». Nada más. Después, seguía durmiendo o masticando ramitas, sin hacer caso de nada ni de nadie.

Un lunes por la mañana llegó hasta el desierto en el que habitaba el dromedario un caballo. Llevaba una silla de montar y un freno en la boca.

—Dromedario, dromedario ya tengo trabajo. Ven a trotar conmigo.

—¡No me jorobes!

El caballo se alejó de allí y fue a contarle al hombre lo que le había dicho el dromedario.

Después, recibió la visita de un perro con un palo en la boca que le dijo:

—Dromedario, dromedario ven a atrapar cosas con la boca para devolvérselas al hombre.

—¡No me jorobes!

El perro se marchó y fue a contarle al hombre lo que había dicho el dromedario.

Tras el perro, llegó un buey con su yugo al cuello:

—Dromedario, dromedario ven conmigo a arar los campos.

—¡No me jorobes!

El buey se marchó y le contó al hombre lo que había dicho el dromedario.

Aquella misma noche, el hombre convocó al caballo, al perro y al buey y les comunicó lo siguiente:

—¡Ay!, amigos míos, lo siento muchísimo, pero está visto que ese jorobador del desierto Bramante no sirve para nada, de lo contrario, ya estaría aquí colaborando con nosotros. Es terriblemente perezoso y no puedo hacer otra cosa que dejarlo en paz; pero entended que alguien tendrá que hacer su trabajo, así, que lo repartiré entre vosotros tres para compensar. A partir de mañana, tendréis que trabajar el doble.

Aquello enfureció mucho al trío, que celebraron enseguida, al borde del desierto, una larga reunión, un panchayat. un powwow y una indaba.

El dromedario, que merodeaba por allí cerca masticando hierbajos, se acercó con parsimonia hasta donde estaban y dijo indolente:

—¡No me jorobes!

Y dicho esto, se marchó por donde había venido.

Así estaban las cosas, cuando apareció un genio rodando en una nube de polvo (los genios del desierto se trasladan de este modo) y se detuvo ante los tres que celebraban la tediosa conferencia.

—Genio del desierto, ¿te parece justo que en un mundo tan nuevo habite un ocioso?

—¡Claro que no! —respondió el genio.

—Pues bien —prosiguió el caballo—, que sepas que en medio de tu desierto vive alguien de largas patas y cuello largo que desde el lunes no ha hecho nada de nada. Ni siquiera quiere trotar.

—¡Fiuuuuuuuu! —Silbó el genio a modo de respuesta—. Seguro que te refieres al dromedario. ¿Y él qué dice?

—Dice «¡No me jorobes!» —contestó el perro— Y tampoco quiere recoger un palo y llevarlo de vuelta al hombre.

—¿Dice alguna otra cosa?

—Solo «¡No me jorobes!», y tampoco quiere arar —añadió el buey.

—Bien —afirmó el genio—, esperad un minuto y veréis cómo lo jorobo yo a él.

El genio, en su polvoriento transporte, se fue a buscar al dromedario y le dijo:

—Larguirucho y haragán amigo, ¿es cierto que te niegas a entrar en el reparto de tareas de este mundo nuevo?

—¡No me jorobes! —respondió el dromedario.

El genio se sentó frente a él con la barbilla apoyada en su mano y empezó a pensar en un poderoso encantamiento. Mientras tanto, el dromedario admiraba su estilizado reflejo en un charco de agua.

Por fin, habló el genio:

—Desde el lunes no trabajas y, por tu culpa, hay tres que han de repartirse tu trabajo.

—¡No me jorobes! —exclamó el dromedario.

—Yo, de ti, no volvería a decir eso —le advirtió el genio— y me pondría a trabajar ahora mismo.

Y entonces, el dromedario repitió:

—¡No me jorobes!

Nada más pronunciarlo, su recta espalda, de la que estaba tan orgulloso, se hinchó y se hinchó, hasta que se formó sobre ella una enorme joroba.

—¿Te das cuenta? —dijo el genio— Tú mismo te has jorobado por haragán. Hoy es jueves, y desde el lunes, cuando se empezaron a repartir los trabajos, tú has estado ocioso. Ahora vas a tener que hacer algo.

—¡No me jorobes!, ¿cómo pretendes que haga algo con esta joroba en la espalda? —replicó el dromedario.

—Esa joroba tiene un propósito: con ella podrás vivir tres días sin comer ni beber, los mismos días que no has trabajado. No podrás decir que no he hecho nada por ti. ¡Joróbate! Y ahora únete al trío y cumple con tu parte.

Desde aquel día y hasta hoy, el dromedario, cargado con su joroba —aunque es mejor decir «giba», para no herir sus sentimientos—, trabaja, aunque nunca ha podido recuperar los tres días que perdió al principio del mundo ni tampoco, según cuentan caballo, perro y buey, ha aprendido a comportarse.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar «De cómo al dromedario le salió su joroba».

Garbancito

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Ilustración: Ethanael

 Este cuento nos lo pidió Marisa Alonso y a ella se lo dedicamos.

Érase una vez que un hombre y una mujer tuvieron un hijo. El niño era tan pequeño, tan pequeño, tan pequeño que parecía un garbanzo y, por eso, decidieron ponerle por nombre Garbancito.

Pasó el tiempo, y a pesar de que Garbancito seguía sin crecer, cada día era más listo. Además, era muy bueno y trabajador y siempre estaba dispuesto a ayudar a sus padres.

Un día, su mamá estaba cocinando y se dio cuenta de que se había quedado sin azafrán:

—iVaya, qué contratiempo! No tengo ni una hebra de azafrán y el guiso no me quedará tan bueno como siempre.

El niño, que no andaba lejos, le respondió enseguida:

—¡No pasa nada! ¡Ahora mismo voy corriendo a comprarlo!

—iNi pensarlo, Garbancito! Eres demasiado pequeño para salir solo a la calle. La gente no te vería y alguien, sin darse cuenta, podría pisarte.

Pero Garbancito insistió:

—Mamá, tú no te preocupes, que Iré cantando todo el rato y aunque la gente no me vea, me oirá. Así que nadie me pisará.

Finalmente, aunque muy preocupada, la mamá de Garbancito accedió. Le dio una moneda y le advirtió:

—Ve directamente a la tienda sin dejar de cantar durante todo el camino. ¡Y ándate con mucho ojo para que nadie te pise!

Garbancito cogió la moneda, que casi abultaba más que él, se la cargó a la espalda y salió de su casa entonando su canción:

¡Pachín, pachín, pachín!

¡A Garbancito no piséis!

¡Pachín, pachín, pachín!

¡Mucho cuidado con lo que hacéis!

Todos los que pasaban junto a él se quedaban admirados, porque como no veían a Garbancito, creían que era la moneda la que cantaba y andaba sola.

Sin parar de cantar, llegó por fin a la tienda y gritó bien fuerte para que lo oyeran:

—iBuenos días! Mi mamá me manda para comprar azafrán.

El tendero miraba sorprendido a su alrededor sin ver a nadie, hasta que se dio cuenta, por fin, de que en el suelo había una moneda y que bajo ella estaba Garbancito. Preparó la bolsita con azafrán y se la dio al niño, que salió de la tienda y de nuevo empezó a cantar:

¡Pachín, pachín, pachín!

¡Mucho cuidado con lo que hacéis!

¡Pachín, pachín, pachín!

¡A Garbancito no piséis!

Cuando lo vio llegar, su mamá respiró aliviada al comprobar que estaba sano y salvo.

Con el azafrán que Garbancito le había comprado, terminó de preparar la comida y cuando ya se disponía a salir con ella para llevársela a su marido, que labraba la tierra en un huerto cercano, su hijito le dijo:

—Mamá, ya has visto que he ido a la tienda y no me ha ocurrido nada. ¿Por qué no me dejas que lleve yo la comida a papá?

—Pero Garbancito, ¿no ves que la cesta es demasiado pesada y no podrás tú solo con ella?

Pero Garbancito, que aunque era pequeño era muy fuerte, cargó la cesta a su espalda y le dijo a su madre:

—¿Lo ves mamá?, puedo con ella. Tú no te preocupes, que iré cantando para que nadie me pise.

Así que la madre se dejó convencer de nuevo y Garbancito se marchó cantando a llevar la comida a su padre:

¡Pachín, pachín, pachín!

¡A Garbancito no piséis!

¡Pachín, pachín, pachín!

¡Mucho cuidado con lo que hacéis!

Estaba a mitad de camino, cuando lo sorprendió un terrible aguacero. La lluvia caía con furia y para que la comida no se mojara, Garbancito se escondió bajo una gran col, decidido a esperar a que amainara la tormenta. Cómodo como estaba y arrullado por el ruido que hacían las gotas de agua sobre la col, Garbancito se quedó dormido.

Muy cerca de allí, pastaba un gran buey que al ver la hermosa col, y sin saber que alguien dormía bajo ella, se acercó y se la comió de un solo bocado y con ella se tragó también al pequeño niño.

Entretanto, el papá de Garbancito, que hacía rato que esperaba hambriento, decidió ir a ver qué ocurría. Al llegar a casa, preguntó a su mujer por su comida y su esposa, muy asustada, le contó que Garbancito había ido a llevársela hacía ya un buen rato. Muy preocupados, salieron a buscar a Garbancito:

—¡Garbancitooooooooo!, ¿dónde estaaaás?

Pero nadie respondió.

Caminaron y caminaron, sin dejar de llamar a su hijito. Buscando y rebuscando por todos los lugares:

—¡Garbancitooooooooo!, ¿dónde estaaaás?

Ya salían del pueblo, camino del huerto, cuando al atravesar el sembrado en el que el gran buey pastaba volvieron a llamar:

—¡Garbancitooooooooo!, ¿dónde estaaaás?

Fue entonces cuando oyeron una voz muy lejana que decía:

¡Estoy como un reeeey,

sin lluvia ni nieve,

en la panza del bueeeey!

Los padres de Garbancito pensaron y pensaron en cómo sacarían a su hijito de la panza del buey, hasta que se les ocurrió hacer cosquillas al animal en el hocico con unas briznas de hierba.

El buey estornudó sonoramente y Garbancito salió disparado por uno de los agujeros de la nariz y, sano y salvo, aterrizó sobre una gran col.

Contento y espabilado, como si nada hubiera pasado, abrazó a sus papás y los tres, felices de estar juntos de nuevo, regresaron a su casa cantando:

¡Pachín, pachín, pachín!

¡Mucho cuidado con lo que hacéis!

¡Pachín, pachín, pachín!

¡A Garbancito no piséis!

FIN