caballo

Los doce primeros

Ilustración: Kitakutikula

Cuando el mundo era nuevo y todavía se comprendía el lenguaje secreto de plantas, nubes y mares, el Emperador de Jade, soberano del cielo y de la tierra, quiso ordenar el tiempo, así que envió emisarios por el mundo para convocar a todos los animales que vivían en él:

—Animales, os he reunido en mi palacio porque he decidido dividir el tiempo en periodos de doce años. He construido un zodíaco y a cada uno de esos doce años le asignaré el nombre de uno de vosotros —Los animales murmuraron emocionados, pero enseguida enmudecieron para seguir escuchando lo que decía el Augusto de Jade—. No obstante, hay dos pequeños problemas. El primero, es que solo doce de vosotros podrán presidir los años de forma cíclica. Y el segundo, es que debo decidir el orden con el que lo haréis. Por tanto, he organizado una carrera, para que sea la llegada a la meta la que resuelva la disposición. El ganador presidirá el primer año, el segundo el segundo… y así, sucesivamente, hasta llegar al decimosegundo, el cual completará el ciclo de doce años y después volveremos a empezar.

Casi todos se apuntaron para participar en la competición, excepto el perezoso y la tortuga, que sabían que lo tenían muy difícil y se rindieron antes de empezar.

Los participantes, en la línea de salida, aguardaron la señal del Emperador de Jade para ponerse en marcha:

—Uno, dos y… ¡tres!

El dragón y el tigre se situaron en cabeza desde el primer momento. No en vano eran los animales más poderosos de toda China. Luchaban el uno contra el otro para obtener el triunfo. El dragón lanzaba su letal fuego para retrasar al tigre, pero este, con sus poderosas patas, evitaba con ágiles saltos las hogueras.

Muy de cerca, los seguía la serpiente, que se aprovechaba del camino que abría el fuego del dragón para deslizarse con más facilidad sin encontrar obstáculos a su paso. Todo le fue bien hasta que el dragón tuvo que retirarse momentáneamente de la carrera reclamado por sus hermanos para resolver un asunto urgente.

El buey, de zancada lenta y pesada, también se valió de la disputa entre dragón y tigre para obtener ventaja y, contra todo pronóstico, logró instalarse en cabeza de carrera, puesto que conservó hasta el último momento, cuando fue adelantado.

Lo que pasó es que, sin él saberlo, transportaba sobre su cuerpo a dos polizones, uno de los cuales aprovechó su esfuerzo para arrebatarle, en el último segundo de carrera, la primera posición.

Los dos animales que viajaban cómodamente a lomos del buey eran un gato y una rata, ambos buenos amigos hasta que pasó lo que pasó… Pero, antes de descubrirlo, deberemos seguir el curso de la competición…

A poca distancia del tigre y del dragón, el conejo saltaba como nunca lo había hecho en su vida, deseoso de alzarse con la victoria.

También un mono y un gallo corrían jadeantes para conseguir inscribir su nombre en el zodíaco chino, hasta que el mono, de repente, detuvo su carrera. Al pasar junto a un espeso bosque decidió que tendría más ventaja si se movía de árbol en árbol, donde su agilidad le haría adelantar muchos puestos.

Al verlo, el gallo, que no tenía ni idea de trepar, pensó por un momento en abandonar la carrera, pero cambió de opinión y decidió que también él explotaría sus habilidades y en lugar de seguir corriendo con sus cortas patitas, empezó a aletear y consiguió, con varios golpes de ala, adelantar de golpe a cuatro de sus competidores: caballo, cabra, cerdo y perro, que quedaron a la zaga. Esta ventaja no le duró demasiado al pobre gallito…

El cerdo, que sudaba a mares, frenó en seco al olfatear unas apetitosas trufas. Se desvió y empezó a escarbar bajo un roble plantado al borde del camino. Enterró su morro en la tierra y no lo levantó hasta acabar con todas. Su decisión le costó llegar el último y si hubiera encontrado una trufa más, hoy ni siquiera estaría en la lista de los doce del zodíaco.

La carrera tocaba a su fin. En la línea de llegada aguardaba ya el Emperador de Jade. Solo un caudaloso río separaba a los animales de la meta.

El buey hundió las pezuñas en el barro y buscó un lugar para vadear la corriente. Sobre su lomo la rata y el gato se sujetaban con fuerza.

Ya hemos dicho que ambos animales habían sido buenos amigos hasta entonces, pero se enemistaron para siempre cuando ya estaban a punto de alcanzar la orilla. Fue entonces cuando la rata, para asegurarse la victoria, saltó a tierra dándose impulso con sus patas sobre el lomo del gato. Este perdió el equilibrio y cayó con estrépito al río.

La rata fue la primera en tocar tierra.

El buey quedó segundo.

El tigre sorteó el río de un ágil salto y llegó el tercero.

Llegó el turno del conejo, que brincó de una orilla a otra, seguido del dragón, que cruzó volando la meta el quinto, a escasos centímetros.

Sexta fue la serpiente, que se valió de un tronco que flotaba en el agua para alcanzar la orilla y, desde allí, se arrastró hasta la meta.

El caballo trotó hasta la línea de llegada el séptimo y, después de él, mojados y titiritando, llegaron juntos la cabra, el mono y el gallo, que cruzaron la meta con una diferencia de segundos.

El perro, que hasta llegar el río iba tercero, llegó en undécimo lugar, porque al cruzar las aguas no pudo resistirse y se entretuvo buceando.

Cerró el desfile ganador el cerdo, que al llegar aún masticaba un trocito de trufa.

El gato, magullado y empapado por culpa de la rata, cruzó la meta en decimotercer lugar, por lo que no obtuvo su puesto en el zodíaco chino.

Aquel desgraciado incidente fue el origen del odio que separa a los dos animales y la causa de que, todavía hoy, los mininos quieran vengar la ofensa dando caza a cualquier roedor que se cruce en su camino. También, como consecuencia de aquel penoso suceso, los gatos no quieren acercarse al agua.

El resto de los animales fue llegando después del felino, pero, ninguno consiguió inscribir su nombre entre los vencedores.

Los doce triunfadores rodearon al Emperador de Jade y aguardaron en respetuoso silencio. El Augusto habló así:

—El tiempo ya tiene nombre. A partir de hoy, los años seguirán cíclicamente este orden: el primero llevará el nombre de la rata, la vencedora. El año siguiente será el año del buey. A continuación, llegarán, sucesivamente, los años del tigre, del conejo, del dragón, de la serpiente, del caballo, de la cabra, del mono, del gallo y del perro. Cerrará el ciclo el año del cerdo. Después, volveremos a empezar, de nuevo, con la rata.

De este modo, el Emperador de Jade asignó el nombre que ostentan los años del zodiaco chino.

Y si tú aún no sabes bajo qué signo naciste, haz clic sobre un interrogante…

Ilustración: freepik

FIN

El clavo

Ilustración: shanyar

Un mercader había realizado buenos negocios en la feria. Había vendido todas sus mercancías y regresaba con la bolsa bien repleta de oro y plata. Como quería estar en casa antes de que anocheciera, metió el dinero en su valija, la ató en la parte de atrás de su silla de montar y se puso en camino, cabalgando sobre su caballo.

A mediodía se detuvo a descansar en una ciudad y dejó el caballo en el establo. Ya se disponía a continuar su ruta, cuando el mozo de la posada, al devolverle el caballo, le dijo:

—Señor, en el casco izquierdo de detrás falta un clavo en la herradura. Descansad diez minutos más, que yo llevaré el caballo al herrero para que ponga un clavo nuevo.

—No importa —respondió el comerciante—. La herradura aguantará bien sin ese clavo las seis horas que me quedan de viaje. Tengo prisa. Quiero llegar a casa antes de que anochezca.

Por la tarde, el comerciante paró en otra posada; tras otro descanso y tras pedirle al posadero que le diera pienso al animal, este le dijo:

—Señor, vuestro caballo ha perdido la herradura del casco izquierdo de atrás. ¿Queréis que lo lleve al herrero? Le pondrá una nueva herradura en media hora.

—No, déjalo —respondió el mercader—. El animal aguantará sin herradura el par de horas que quedan hasta casa. Llevo mucha prisa. Se hace tarde y quiero llegar a casa antes de que se ponga el sol.

Y continuó su camino.

Mas, al poco rato, el caballo empezó a cojear, luego a tropezar continuamente y, por fin, se cayó y se rompió una pata. El comerciante no tuvo más remedio que abandonarlo en medio del camino, cargar con la valija y recorrer a pie el resto del trayecto. Llegó a su casa cansado, sin caballo y de muy mal humor.

—Quería llegar a casa antes de que anocheciera y ya es noche cerrada… ¡Y de esto ha tenido la culpa un maldito clavo!

Si quieres llegar pronto a tu destino, apresúrate, pero con calma.

FIN

¡No me jorobes!

cabubi_by_stefanogesh-d32rd12

Ilustración: stefanogesh

Al principio del mundo, cuando todo era joven y nuevo y los animales empezaban a repartirse los trabajos para ayudar al hombre, había un dromedario muy holgazán, habitante del desierto Bramante, en el que siempre bramaba el viento, que se negaba a trabajar. Se pasaba el día tendido en la arena, tomando el sol y masticando palitos. Cada vez que alguien le dirigía la palabra, contestaba invariablemente:

—¡No me jorobes!

Solo contestaba eso, «¡No me jorobes!». Nada más. Después, seguía durmiendo o masticando ramitas, sin hacer caso de nada ni de nadie.

Un lunes por la mañana llegó hasta el desierto en el que habitaba el dromedario un caballo. Llevaba una silla de montar y un freno en la boca.

—Dromedario, dromedario ya tengo trabajo. Ven a trotar conmigo.

—¡No me jorobes!

El caballo se alejó de allí y fue a contarle al hombre lo que le había dicho el dromedario.

Después, recibió la visita de un perro con un palo en la boca que le dijo:

—Dromedario, dromedario ven a atrapar cosas con la boca para devolvérselas al hombre.

—¡No me jorobes!

El perro se marchó y fue a contarle al hombre lo que había dicho el dromedario.

Tras el perro, llegó un buey con su yugo al cuello:

—Dromedario, dromedario ven conmigo a arar los campos.

—¡No me jorobes!

El buey se marchó y le contó al hombre lo que había dicho el dromedario.

Aquella misma noche, el hombre convocó al caballo, al perro y al buey y les comunicó lo siguiente:

—¡Ay!, amigos míos, lo siento muchísimo, pero está visto que ese jorobador del desierto Bramante no sirve para nada, de lo contrario, ya estaría aquí colaborando con nosotros. Es terriblemente perezoso y no puedo hacer otra cosa que dejarlo en paz; pero entended que alguien tendrá que hacer su trabajo, así, que lo repartiré entre vosotros tres para compensar. A partir de mañana, tendréis que trabajar el doble.

Aquello enfureció mucho al trío, que celebraron enseguida, al borde del desierto, una larga reunión, un panchayat. un powwow y una indaba.

El dromedario, que merodeaba por allí cerca masticando hierbajos, se acercó con parsimonia hasta donde estaban y dijo indolente:

—¡No me jorobes!

Y dicho esto, se marchó por donde había venido.

Así estaban las cosas, cuando apareció un genio rodando en una nube de polvo (los genios del desierto se trasladan de este modo) y se detuvo ante los tres que celebraban la tediosa conferencia.

—Genio del desierto, ¿te parece justo que en un mundo tan nuevo habite un ocioso?

—¡Claro que no! —respondió el genio.

—Pues bien —prosiguió el caballo—, que sepas que en medio de tu desierto vive alguien de largas patas y cuello largo que desde el lunes no ha hecho nada de nada. Ni siquiera quiere trotar.

—¡Fiuuuuuuuu! —Silbó el genio a modo de respuesta—. Seguro que te refieres al dromedario. ¿Y él qué dice?

—Dice «¡No me jorobes!» —contestó el perro— Y tampoco quiere recoger un palo y llevarlo de vuelta al hombre.

—¿Dice alguna otra cosa?

—Solo «¡No me jorobes!», y tampoco quiere arar —añadió el buey.

—Bien —afirmó el genio—, esperad un minuto y veréis cómo lo jorobo yo a él.

El genio, en su polvoriento transporte, se fue a buscar al dromedario y le dijo:

—Larguirucho y haragán amigo, ¿es cierto que te niegas a entrar en el reparto de tareas de este mundo nuevo?

—¡No me jorobes! —respondió el dromedario.

El genio se sentó frente a él con la barbilla apoyada en su mano y empezó a pensar en un poderoso encantamiento. Mientras tanto, el dromedario admiraba su estilizado reflejo en un charco de agua.

Por fin, habló el genio:

—Desde el lunes no trabajas y, por tu culpa, hay tres que han de repartirse tu trabajo.

—¡No me jorobes! —exclamó el dromedario.

—Yo, de ti, no volvería a decir eso —le advirtió el genio— y me pondría a trabajar ahora mismo.

Y entonces, el dromedario repitió:

—¡No me jorobes!

Nada más pronunciarlo, su recta espalda, de la que estaba tan orgulloso, se hinchó y se hinchó, hasta que se formó sobre ella una enorme joroba.

—¿Te das cuenta? —dijo el genio— Tú mismo te has jorobado por haragán. Hoy es jueves, y desde el lunes, cuando se empezaron a repartir los trabajos, tú has estado ocioso. Ahora vas a tener que hacer algo.

—¡No me jorobes!, ¿cómo pretendes que haga algo con esta joroba en la espalda? —replicó el dromedario.

—Esa joroba tiene un propósito: con ella podrás vivir tres días sin comer ni beber, los mismos días que no has trabajado. No podrás decir que no he hecho nada por ti. ¡Joróbate! Y ahora únete al trío y cumple con tu parte.

Desde aquel día y hasta hoy, el dromedario, cargado con su joroba —aunque es mejor decir «giba», para no herir sus sentimientos—, trabaja, aunque nunca ha podido recuperar los tres días que perdió al principio del mundo ni tampoco, según cuentan caballo, perro y buey, ha aprendido a comportarse.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar «De cómo al dromedario le salió su joroba».

La mala suerte. La buena suerte

nuevodocumento-28

Ilustración obtenida del libro Tao Te King

Esta historia ocurrió hace muchos siglos, al norte de la China, allí donde se construyó la Gran Muralla.

Para los habitantes de aquellas vastas regiones, tener un buen caballo era una de las mayores fortunas. Los usaban para cultivar la tierra, como medio de transporte y también para cargar las cosechas que llevaban al mercado para vender.

Allí, en una pequeña granja, habitaba un granjero, paciente y sabio, junto a su único hijo. Ambos vivían de lo que producían sus tierras, que araban con la ayuda de su rocín, un magnífico ejemplar de color bayo, fuerte y trabajador.

Una mañana, antes de que el sol saliera, el granjero se levantó para ir al mercado, pero cuando entró en el establo para aparejar al caballo, se encontró con que este había desaparecido. El buen hombre, sin saber si el animal había escapado o se lo habían robado, decidió cargar sobre su espalda las verduras y, andando, se marchó al mercado para venderlas.

Al llegar a la plaza, se dirigió hacia el lugar que tenía asignado y montó su tenderete, junto al de los otros granjeros, tal y como siempre hacía. Al verlo, sus compañeros le preguntaron extrañados:

—¿Dónde has dejado tu caballo? ¿Le ha pasado algo? ¿Está enfermo?

—No lo sé —respondió el granjero—, esta mañana, cuando fui a buscarlo, no estaba en el establo. Quizá ha escapado. Quizá me lo han robado. ¡Quién sabe!

Todo esto lo dijo sin pesar ni tristeza, con la misma expresión serena que tenía siempre y que lo caracterizaba.

No tardó en extenderse por todo el mercado la noticia de la desaparición del caballo del buen granjero. Todos lo compadecían por su desgracia.

—Pobre hombre, no se queja, pero ahora no podrá trabajar la tierra.

—Es cierto. No podrá cosechar ni vender en el mercado y él y su hijo se morirán de hambre.

—Parece que no le afecta, pero está claro que está destrozado, aunque quiera disimularlo.

Así comentaban entre ellos y acercándose a él le dijeron:

—Aunque sonríes como siempre, sabemos que estás destrozado y que perder tu caballo es una de las peores cosas que podían sucederte. ¡Qué mala suerte!

El granjero, sin dejar de sonreír, contestó:

—¿Quién sabe si esto que ha sucedido es mala suerte? Esperemos a ver qué pasa, porque nunca se puede saber por qué ocurren las cosas, ni tampoco que vendrá después.

Pasaron las semanas y cuando ya hacía más de un mes que el caballo del granjero había desaparecido, una mañana, al levantarse para ir a vender su cosecha, oyó relinchos que provenían del establo y, cuando entró, se encontró con que el animal había regresado a casa y que no venía solo; una magnífica yegua lo acompañaba.

Montó y se fue al mercado. Al verlo, los mismos aldeanos que tiempo atrás lo habían compadecido, le preguntaron qué había ocurrido y él les refirió la historia. Asombrados, lo felicitaban por su buena suerte:

—Tan preocupados que estábamos por tu desgracia y resulta que eres el hombre más afortunado de toda China. No solo has recuperado tu caballo, sino que ha regresado acompañado de una magnífica yegua y, sin duda, pronto tendrás potrillos. ¡Qué buena suerte!

Con la sonrisa que nunca lo abandonaba, el granjero contestó:

—¿Quién sabe si esto que ha sucedido es buena suerte? Esperemos a ver qué pasa, porque nunca se puede saber por qué ocurren las cosas, ni tampoco que vendrá después.

Regresó el granjero a casa y allí se encontró que su hijo había sufrido un accidente. Había intentado arar el campo con la yegua, pero esta se había resistido y había golpeado al muchacho. Lo había lanzado con tanta fuerza contra el suelo, que el pobre chico se había roto una pierna.

—¡Ay, padre! Esta yegua es muy asustadiza y no se deja domar. Me ha empujado, con tal mala fortuna, que me he caído y me he roto la pierna. ¿Cómo podré ayudarte ahora? ¡Qué mala suerte!

El granjero, sin dejar de sonreír, le dijo a su hijo:

—¿Quién sabe si esto que ha sucedido es mala suerte? Esperemos a ver qué pasa, porque nunca se puede saber por qué ocurren las cosas, ni tampoco que vendrá después.

No había pasado ni una semana, cuando vientos de guerra llegaron al pueblo. El ejército del emperador recorría todo el territorio para llevarse a los jóvenes en edad de luchar. Al llegar al pueblo, todos los chicos fueron reclutados, excepto el hijo del granjero, que al tener la pierna rota no podía montar.

Los habitantes del pueblo al conocer la noticia, corrieron a felicitarlo:

—Al menos tu hijo se ha librado de ir a la guerra y no morirá en ella. Podrá casarse, tener hijos y se hará cargo de ti cuando envejezcas ¡Qué buena suerte!

Con la misma sonrisa de siempre pintada en su cara, el granjero contestó:

—¿Quién sabe si esto que ha sucedido es buena suerte? Esperemos a ver qué pasa, porque nunca se puede saber por qué ocurren las cosas, ni tampoco que vendrá después.

***

La buena y la mala suerte
nunca se puede saber;
lo que puede parecer
sin darte cuenta se invierte.
Lo malo se reconvierte
en el mejor suceder;
y sin más, o sin querer
entre riqueza has de verte.
Viendo qué pasa o no pasa
vivir es expectativa
de un éxito que fracasa,
y estés abajo o arriba
sonríe como payasa…
lo importante: es estar viva.
Julie Sopetrán

FIN

Si quieres, también puedes escuchar «La mala suerte. La buena suerte» con la voz de Angie Bello Albelda

logoAngie

Rita, la escobita

Rita la escobita

Ilustración: Israel Campos

Era Rita una linda escobita que vivía feliz en casa de Ana y Ramón. Cierto es que trabajaba mucho, porque ya se sabe que una casa con tres niños, un perro grandullón y peludo y dos pequeñas gatitas se ensucia muchísimo.

Cada día, muy de mañana, la sacaban para barrer toda la casa de arriba abajo. Pelusas, miguitas, restos de goma de borrar, papelitos y, sobre todo, los pelos de Max, el perro, y los de Lula y Lili, las gatitas.

Cuando no estaba barriendo, Rita vivía en el cuarto de la limpieza junto a sus amigos: la fregona Ona, el plumero Baldomero y los trapos de polvo gemelos Serafín y Agustín, además de multitud de botes y envases con detergentes varios.

Allí habitaba también la lavadora Eleonora, que se creía la reina de la casa porque era la más grande de todos, aunque su vida era la más aburrida, ya que nunca salía del cuartito y, por eso, la pobre se quejaba amargamente:

—¡Hay que ver! ¡Vaya trajín! ¡Todo el día trabajando! ¡Es que no me dejan descansar ni los domingos!

—¡No te quejes tanto, Eleonora! —le contestaban entonces los trapos del polvo—. Míranos a nosotros, ¡con la alergia nos pasamos el día estornudando! Al fin y al cabo, tú estás siempre limpita y hueles muy bien a jabón.

—¡Y mírame a mí! —le decía Ona, la fregona—, cada vez que me escurren, la cabeza me da vueltas y vueltas y acabo mareada como una peonza.

Rita, la escobita, en cambio, no se quejaba nunca. Le gustaba pasear por la casa, aunque se las tuviera que ver con Max y con las gatitas, que solían perseguirla mientras trabajaba, y siempre querían jugar a peleas con ella.

La hora que más le gustaba a Rita era la de la tarde, cuando los niños, Pol, Daniel y Sergio merendaban y después hacían sus tareas escolares. Porque seguro, seguro, que entonces la volvían a sacar para recoger las migas de los bocadillos, los recortes de papel, las virutas de sacar punta a los lápices, la arena que dejaban los zapatos…

También le gustaba la tarde pastelera de los sábados, porque en el suelo de la cocina siempre quedaba harina, azúcar, canela y, en ocasiones, hasta algún huevo juguetón que se escapaba de las manos de los niños e iba a parar al suelo.

Así transcurría la vida de Rita hasta que un día…

Era un jueves por la mañana, cuando un desconocido y ensordecedor ruido dejó a todos los habitantes del cuarto de la limpieza asombrados. Sonaba algo así como ¡¡¡Zuuuuuummmmmm!!!

—Chicas, ¿habéis oído? —preguntó Eleonora a Ona y Rita

—¡Vaya susto más grande! ¿Qué puede ser? —contestaron la fregona y la escobita al unísono.

El ruido no paraba, parecía como si un tornado se hubiera colado por una de las ventanas y anduviera visitando todas las habitaciones de la casa. Incluso pasó como una exhalación ante la puerta del cuarto de la limpieza, dándoles un susto tan monumental, que Serafín y Agustín se pusieron a estornudar, Eleonora hizo un centrifugado rápido y Ona y Rita entrechocaron sus palos asustadas.

Cuando por fin cesó aquel escándalo, se abrió la puerta de cuartito de la limpieza y entró Ramón con un extraño artefacto. Parecía la pieza de un platillo volante. Andaba sobre ruedas, como un patín, pero era más grande. De él salía un tubo largo, ¡como la trompa de un elefante! Y tenía un montón de botones e interruptores.

Le hicieron un hueco junto a la lavadora, que lo miró de reojo, intentando adivinar para qué serviría tan raro aparato y si se iba a quedar para siempre.

Apenas se cerró la puerta del cuarto de la limpieza cuando, muertos de curiosidad, empezaron a hacerle preguntas, todos a la vez:

—Dinos, ¿tú quién eres? ¿Eras tú quién hacía ese espantoso ruido? ¿Cómo te llamas?

—Soy Ninacor, el robot aspirador —les contestó el recién llegado.

—¿Robot aspirador? ¿Y para qué sirves, además de para hacer tanto ruido? —replicaron, porque ninguno de ellos había oído hablar de semejante cosa.

Nicanor les aclaró muy ufano:

—Soy imprescindible en cualquier hogar moderno. Aspiro toda la casa y no dejo ni rastro de polvo ni de sustancia indeseable alguna y, si es necesario, también dejo los suelos como un espejo con mi chorro de vapor.

Rita y Ona se miraron asustaditas mientras Eleonora seguía hablando:

—¡Pero ese trabajo ya lo hacen la escoba y la fregona! ¡Y muy bien, por cierto!

A lo que Nicanor replicó:

—¡Nadie lo duda!, pero hay que modernizarse, yo soy más eficiente, tengo más poder de limpieza y voy más rápido. Me trago todo lo que no debe estar en el suelo y lo guardo en mi tripa. ¡Las escobas y las fregonas pasaron a la historia!

Esa noche fue muy triste para todos, en especial para Rita y Ona que ya se imaginaban abandonadas en un basurero.

Sus compañeros las intentaron animar y consolar:

—¡Ya veréis como no os abandonan! ¡Ana y Ramón son buenas personas!

Pero lo cierto, es que durante los días siguientes ninguna de las dos salió a realizar su tarea por la casa; el robot aspirador las sustituyó. Y aunque eso les causaba gran tristeza, también es cierto que tampoco nadie fue a buscarlas para tirarlas a la basura.

El domingo siguiente, temprano, Ramón sacó a Rita y Ona del cuartito y las dejó en un rincón de la cocina. Desde allí, solo podían ver la mesa de la cocina y, sobre ella, distinguieron unas enormes tijeras, varias madejas de distintas lanas, cintas de colores, cola, pegatinas, cordel…

Nuestras amigas, la fregona y la escoba, estaban muy asustadas, no sabían qué pensaban hacer con ellas y, mientras, esperaban temblando, intentaban imaginar que podría pasarles.

Ramón, que era muy amante de los trabajos manuales y disfrutaba reciclando y dando una nueva vida a los objetos que ya parecían inservibles, cogió a Rita y a Ona y empezó a pegar sobre ellas largas tiras de lana, coloridas cintas y tornasoladas pegatinas, hasta que, ¡por arte de magia!, las dos quedaron convertidas en lindos caballitos.

Con el cordel rojo hizo las riendas, con lana amarilla, azul y lila preciosas crines y los ojos y las bocas con relucientes pegatinas. Adornó sus palos, ya muy viejecitos, con lindas cintas de colores y así de preciosas las llevó al cuarto de los niños.

¡Rita y Ona se habían convertido en juguetes! Estaban muy felices, y los niños, Pol, Daniel y Sergio, encantados con sus nuevos amigos.

Pasaron muchas horas juntos, cabalgando por el pasillo de la casa, jugando a indios y vaqueros, caballeros medievales o guerreros vikingos.

Cuando Nicanor, el aspirador, llevó la noticia al cuarto de la limpieza, los antiguos compañeros de Rita y Ona se alegraron mucho por ellas ¡Ahora vivían en el mejor lugar de la casa! Allí donde toda aventura es posible: ¡la habitación de los niños!

FIN

Si quieres, también puedes escuchar «Rita, la escobita» con la voz de Angie Bello Albelda

logoAngie