cabra

El lobo y las siete cabritillas

Ilustración: Stevan55

Érase una vez una vieja cabra que tenía siete cabritas, a las que quería tan tiernamente como una madre puede querer a sus hijos. Un día quiso salir al bosque a buscar comida y llamó a sus pequeñuelas.

—Hijas mías —les dijo—, me voy al bosque; mucho ojo con el lobo, pues si entra en la casa os devorará a todas sin dejar ni un pelo. El muy bribón suele disfrazarse, pero lo conoceréis enseguida por su bronca voz y sus negras patas.

Las cabritas respondieron:

—Tendremos mucho cuidado, mamaíta. Márchate tranquila.

Se despidió la vieja cabra con un balido y, confiada, emprendió su camino.

No había transcurrido mucho rato cuando llamaron a la puerta y una voz pidió:

—Abrid, hijitas. Soy vuestra madre, que estoy de vuelta y os traigo algo para cada una.

Pero las cabritas comprendieron, por lo ronco de la voz, que era el lobo.

—No te abriremos —exclamaron— no eres nuestra madre. Ella tiene una voz suave y cariñosa, y la tuya es bronca: eres el lobo.

El lobo se fue a la tienda y se compró un buen trozo de yeso, que se comió para suavizarse la voz. Volvió a la casita y llamó nuevamente a la puerta:

—Abrid hijitas —dijo—  vuestra madre os trae algo a cada una.

Pero el lobo había puesto una de sus negras patas en la ventana, y al verla las cabritas, exclamaron:

—No, no te abriremos, nuestras mamá no tiene las patas negras como tú. ¡Eres el lobo!

Corrió entonces, el muy bribón, a un molinero:

—Échame harina blanca en el pie —le dijo.

El molinero comprendió que el lobo tramaba alguna tropelía, así que se negó, pero la fiera lo amenazó:

—Si no lo haces, te devoro.

El hombre, asustado, le blanqueó la pata.

Volvió el rufián por tercera vez a la puerta y, llamando, dijo:

—Abrid, pequeñas; es vuestra mamíta querida, que está de regreso y os trae buenas cosas del bosque.

Las cabritas replicaron:

—Enséñanos la patita; queremos asegurarnos de que eres nuestra madre.

La fiera puso la pata en la ventana, y, al ver ellas que era blanca, creyeron que eran verdad sus palabras y se apresuraron a abrir. Pero fue el lobo quien entró. ¡Qué sobresalto, Dios mío! ¡Y qué prisas por esconderse todas!

Una se metió debajo de la mesa; la otra, en la cama; la tercera, en el horno; la cuarta, en la cocina; la quinta, en el armario; la sexta, debajo del fregadero, y la más pequeña, en la caja del reloj.

Pero el lobo fue descubriéndolas una tras otra y, sin gastar cumplidos, se las engulló a todas menos a la más pequeñita que, oculta en la caja del reloj, no la pudo encontrar.

Ya harto, el lobo se alejó a un trote ligero y en un prado verde que encontró se  tumbó a dormir a la sombra de un árbol.

Al cabo de poco regresó a casa la vieja cabra. ¡Lo que vio! La puerta, abierta de par en par; la mesa, las sillas y bancos, todo volcado y revuelto; la jofaina, rota en mil pedazos; las mantas y almohadas, por el suelo.

Buscó a sus hijitas, pero no aparecieron por ninguna parte; las llamó a todas por sus nombres, pero ninguna contestó. Hasta que le llegó el turno a la última, la cual, con vocecilla queda, dijo:

—Mamá querida, estoy en la caja del reloj.

La fue a buscar la cabra  y, entonces, la pequeña le explicó que había venido el lobo y se había comido a las demás. ¡Imaginad con qué desconsuelo lloraba la madre la pérdida de sus hijitas!

Cuando ya no le quedaban más lágrimas, salió al campo en compañía de su pequeña, y, al llegar al prado, vio al lobo dormido debajo del árbol, roncando tan fuertemente que hacía temblar las ramas.

Se acercó y al observarlo de cerca, le pareció que algo se agitaba en su abultada barriga. «¡Válgame el cielo! —pensó la cabra—, ¿serán mis pobres hijitas, que se las ha merendado y que están vivas aún? Y envió a la pequeña a casa, a toda prisa, en busca de tijeras, aguja e hilo.

Abrió la panza al monstruo, y apenas había empezado a cortar, cuando una de las cabritas asomó la cabeza. Al seguir cortando saltaron las seis afuera, una tras otra, todas vivitas y sin daño alguno, pues la bestia, en su glotonería, las había engullido enteras sin masticar.

¡Que contentas se pusieron! ¡Con cuánto cariño abrazaron a su mamaíta!

Pero aún no había terminado. La cabra dijo:

—Traedme piedras, que ahora que el lobo duerme, aprovecharemos y llenaremos su panza con ellas.

Las siete cabritas corrieron en busca de piedras y las fueron metiendo en la barriga, hasta que ya no cupieron más. La madre cosió la piel con tanta presteza y suavidad, que la fiera no se dio cuenta de nada ni hizo el menor movimiento.

Terminada su siesta, el lobo se despertó  y, como los guijarros que le llenaban el estómago le habían dado mucha sed, se encaminó a un pozo cercano para beber.

Mientras andaba, los guijarros de su panza se movían de un lado a otro y chocaban entre sí con gran ruido, por lo que exclamó:

—¿Qué será este ruido que suena en mi barriga? Creí que eran cabritas, pero parecen chinitas.

Al llegar al pozo e inclinarse sobre el brocal, el peso de las piedras lo arrastró y lo hizo caer al fondo y no pudo volver a salir y si nadie lo ha ayudado, ahí debe seguir.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar «El lobo y las siete cabritillas» con la voz de Angie Bello Albelda

La princesa, el pañuelo y la cabra

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Ilustración: pepperin

Esta historia la hemos inventado especialmente para Der Ketzer, que nos escribió hace un tiempo y, entre otras cosas, nos dijo: 
«Cuando era pequeña mi madre nos contaba un cuento, uno de muchos, que a grandes rasgos contaba… […] cuando le he preguntado a ella, ni recuerda el cuento ni de dónde lo sacó. Es posible que incluso se lo hubiera inventado […]  Es un cuento que siempre me gustó, pero el tiempo ha hecho que se vaya borrando de mi memoria y no querría perderlo para siempre».
Aunque de momento aún no hemos podido localizar el cuento que nos pidió, esperamos que, mientras tanto, disfrutéis leyendo este.
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Pasó o no pasó, ¡quién sabe!, en un remoto reino muy cerca de aquí, una historia poco cierta, aunque ciertamente muy verídica, que con el paso de los años se fue borrando de la memoria de un desmemoriado hasta que, un buen día, cansada de que nadie la recordara, se enganchó en las alas del viento y voló hasta nosotros. Prestad atención, que ahora empieza…

En un país a medio camino entre el mar azul y las verdes montañas, vivió el Gran Sultán Mehmed Abd-ul-Hajmed en un irisado palacio de cristal de roca, con puertas y ventanas de oro macizo.

Junto a él vivía su hija Zaida, una inteligente joven cuyas únicas pasiones eran leer y estudiar y en eso ocupaba casi todas las horas del día, encerrada en sus aposentos.

Mehmed Abd-ul-Hajmed amaba a su hijita sobre todo y sobre todos y el más mínimo deseo de la joven era satisfecho de inmediato, antes incluso de que ella lo pidiera en voz alta. Pero aquella vez…

Faltaba menos de un mes para el cumpleaños de la princesa y su padre todavía no sabía qué regalarle. Su hija poseía una inmensa biblioteca, un fastuoso vestuario, las más ricas joyas, caballos, perros, juguetes, incluso un dragón amaestrado… En fin, que tenía todo lo que existía en este mundo que a una muchacha se le pudiera antojar. Pero aun así, el Gran Sultán deseaba sorprender a su hija, por lo que confió a su mejor espía, Ipsum Garrula, un moscardón que hablaba siete idiomas, la delicada misión de descubrir qué era lo que deseaba la joven heredera.

Raudo y veloz, el bicho aleteó hasta los aposentos donde Zaida pasaba largas horas inclinada ante sus libros y allí permaneció durante todo el día, atento a lo que sucedía en la real estancia…

Las sirvientas entraron y salieron con primorosos ropajes con los que vistieron a Zaida; pero Zaida ni se miró en el espejo y siguió absorta en sus libros.

El jardinero entró y salió con exóticas y coloridas flores, que fue colocando en todos los jarrones; pero Zaida no parecía percibir el dulce aroma que se desprendía de ellas, ni apreciar sus vivos colores.

La cocinera entró y salió con exquisitas viandas, pero Zaida comió sin apartar los ojos del libro, sin saborear aquellos deliciosos manjares elaborados especialmente para ella…

Fue pasando el día y ella continuaba concentrada en su lectura, como si el resto del mundo no existiera.

Ya creía el moscardón que no podría cumplir el encargo del Gran Sultán Mehmed Abd-ul-Hajmed, cuando Zaida lo sobresaltó al exclamar enfadada:

—¡Qué pelo tan molesto!, ¡necesito atarlo con un pañuelo que no resbale!

Y es que la larga y sedosa melena de la princesa se soltaba continuamente y corría una oscura cortina sobre sus ojos azabache que le impedía leer sus libros.

Al oír aquello, el moscardón no espero ni un segundo más. Emprendió un vertiginoso vuelo y fue a zumbar la noticia al oído del gran Sultán:

—Bzzzzzzzzzz, bzzzzzzzzz, la princesa necesita un pañuelo, bzzzzzzz, bzzzzzzz.

—¡¿Un pañuelo?! –Se extrañó Mehmed Abd-ul-Hajmed— ¡Por Alá! ¿Acaso está acatarrada? ¡A mí la guardia!, ¡llamad a los médicos! —añadió alarmado.

—Bzzzzzzzz, ¡Calma majestad! Zaida está sana como una rosa, ¡no necesita un médico!, lo que necesita es un pañuelo para el pelo; pero tiene que ser un pañuelo que no resbale bzzzzzzzzzzzzz.

Al Gran Sultán le faltó tiempo para enviar a todos sus mensajeros a buscar lo que deseaba la princesa. Zocos, mercados y tiendas. Sastres, modistas y talleres. Buhoneros, casas, baúles, ropavejeros… Se registró hasta el más recóndito rincón del reino, pero sin éxito.

Cuando faltaba solo un día para el cumpleaños de Zaida y ya se había perdido toda esperanza, vieron, por fin, lo que habían estado buscando con tanto ahínco sujetando la barba de cuatro metros y veintisiete centímetros de un marinero que acababa de atracar su goleta en la ciudad.

Pagaron por aquel pañuelo un precio desorbitado y regresaron a toda prisa al palacio. Allí, la prenda fue lavada, almidonada, planchada y primorosamente envuelta para ofrecerla como regalo de cumpleaños a la joven princesa.

Al día siguiente, cuando Zaida abrió el paquete, quedó deslumbrada al contemplar el precioso pañuelo, que era de un color verde tan intenso, que podía creerse que había sido tejido con hierba recién regada por la lluvia. Sin demora, se ató el largo pelo con él, se marchó a su habitación y se puso a leer.

Tanto le gustaba su pañuelo, que no se lo quitaba ni para dormir y el precioso color verde, como de hierba recién regada por la lluvia, se fue oscureciendo hasta acabar siendo más negro que las negras plumas de un cuervo en plena noche.

Finalmente, Zaida no tuvo más remedio que admitir que ser tan cochina no era propio de una princesa, así que se soltó el pelo y mandó lavar su preciado regalo de cumpleaños. Sus sirvientes se dirigieron al río y frotaron y frotaron y frotaron hasta que el pañuelo recuperó su color verde, como el verde de la hierba recién regada por la lluvia. Después, lo extendieron sobre unos matorrales de jara para que se secara al sol.

No lejos de allí, pastaba una cabra, que al ver aquel verde trozo de lo que a ella se le antojó suculento césped, se abalanzó sobre el pañuelo y, de un solo bocado, se lo comió, sin que nadie pudiera hacer nada por impedirlo.

Los criados, muy compungidos, regresaron al palacio y le contaron a Zaida lo sucedido y esta, del disgusto, enfermó de tristeza. Dejó de comer, dejó de dormir, ¡y hasta dejó de leer! La princesa solo lloraba, lloraba y suspiraba por su pañuelo perdido.

El Gran Sultán Mehmed Abd-ul-Hajmed, desesperado porque no podía ver a su hija tan infeliz, mandó publicar un bando en el que se ordenaba que todas las cabras del reino fueran conducidas al palacio antes del amanecer. Con el primer rayo de sol, se empezaría a buscar el pañuelo verde en la tripa de cada una de ellas y no se pararía hasta encontrarlo.

Aterrorizada al conocer la cruel decisión de su padre, la princesa le suplicó que no siguiera adelante con su terrible plan, pero ya era demasiado tarde…

Todo el mundo sabe, que un sultán no puede desdecirse de una orden una vez que la ha dado, a no ser que el problema se solucione o que el sultán muera y, lo cierto es que no parecía que fuera a ocurrir ni una cosa, ni la otra. Porque también sabe todo el mundo que una cabra, una vez que se ha tragado un bocado apetitoso no lo devuelve jamás, y que los sultanes de cuento viven más de ciento veinte años.

Aunque la situación era terriblemente complicada, Zaida pidió a su padre que aplazara la dura sentencia durante veinticuatro horas, pasadas las cuales, si no había podido encontrar una solución al problema, se avendría a que todas las cabras del reino fueran sacrificadas. Mehmed Abd-ul-Hajmed aceptó y la princesa se retiró a sus aposentos para meditar.

Pasado el plazo establecido, Zaida se presentó ante el sultán con unas enormes tijeras en la mano:

—Padre mío, tienes razón, ¡hay que cortar por lo sano!

Y dicho y hecho, ante la sorpresa de todos los presentes, ella misma empezó a cortar, tris-tras, tris-tras, tris-tras…

Sus largos cabellos cayeron al suelo formando una gran cascada negra.

—Ya no hay que matar a las cabras, porque ya no necesito mi pañuelo verde.

Gracias a la sabía decisión de Zaida, se solucionaron dos problemas a la vez: las cabras siguieron pastando felices en los verdes prados y la princesa, con su nuevo corte de pelo, pudo leer con más comodidad.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar “La Princesa, el pañuelo y la cabra” con la voz de Angie Bello Albelda

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