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El patito guapo

Ilustración: TurtleSunday

Érase una vez un patito muy, muy guapo… pero muy, muy presumido. Se llamaba Max. Todos los días, en su granja, se paseaba delante del resto de los animales hablándoles de lo bonitas que eran sus plumas, su pico o su cola.

—Mirad, mirad —les decía a las gallinas–, ¿habéis visto alguna vez unos andares tan estilosos como los míos?

Las gallinas lo miraban en silencio, pensando: «¡Será presumido! Cómo si nosotras no los tuviéramos».

Otras veces comentaba con los conejos:

—¿A que nunca habíais conocido a nadie con esta mirada tan hermosa?

Los conejos se miraban callados, con la misma idea en la cabeza: «¡Vaya prepotente!».

En cuestión de diez meses, los animales se cansaron de él y una noche se reunieron en una asamblea de urgencia, sin avisarlo.

—Os hemos convocado —decía el gallo Juan en voz baja, intentando ser escuchado por los demás animales— para decidir qué hacer con Max. Es inaguantable y cada día que pasa es peor. Yo no lo soporto más.

—Es cierto, es un pesado —decían unos.

—¡Un cansino! —se agitaban otros.

—Calmaos, o se despertará —tranquilizaba Juan.

La familia de Max, avergonzada, abandonó la reunión.

—Hay que solucionarlo de alguna forma —prosiguió Juan—. Solo se me ocurre echarlo de la granja. Quien esté a favor, que se quede callado. Si alguien está en contra, que hable.

Ninguno de los asistentes dijo nada.

—Mañana lo echaremos —zanjó Juan.

A la mañana siguiente, Juan fue a darle la noticia a Max.

—Max, quiero decirte algo en nombre de todos.

—¡No me lo digas, no me lo digas, me habéis votado como el animal más guapo de la granja!

—¿Quéééé? ¡No! Lo que vengo a decirte es que no queremos verte más por aquí. Te expulsamos de la granja.

Max se quedó boquiabierto y dijo:

—Pero ¿por qué me echáis?, ¡si soy muy guapo!

—Porque también eres muy presumido —contestó Emilio, el anciano perro.

—Demasiado —se quejó María, la cerda.

—Sí, muy pesado. Te crees que los demás somos peores que tú –replicó Manuel, el caballo–. Queremos que te vayas.

Max fue a buscar a sus amigos Charlie, Ana, Óscar y Chris, pero también estaban contra él. Cuando los encontró intentó hablar con ellos:

—Amigos, ¿habéis visto lo que me han hecho?

Los cuatro lo miraron con indiferencia, sin responderle.

—Venga chicos, uno para todos y… –dijo extendiendo la mano.

Pero sus «amigos» tampoco dijeron nada. Ni se acercaron a él.

Entonces, Max pensó en su familia: «Mamá, papá… ¡Claro, ellos seguro que me ayudan!». Fue corriendo a llamarlos. Pero ellos, que eran unos sinvergüenzas y listillos, sabían que iba a llegar ese momento y no querían seguir sintiendo vergüenza por su culpa. Así que se marcharon a pasear en cuanto lo vieron y lo abandonaron.

—¡¡Mamá, papá!! —gritaba Max— ¡No me dejéis solo!

Cuando vio que no volvían, decidió que lo mejor para todos sería desaparecer de allí. Durante semanas, Max aprendió a vivir solo en la soledad del bosque que circundaba la granja. Sin amigos, sin familia, sin animales a los que poder hablar de su bonito plumaje, de su pico estilizado o de su dulce graznido. Max se alimentaba como podía. Perdió peso y su plumaje cambió. Pasado un año, su aspecto era diferente, pero todavía era presumido. Cuando se vio reflejado en un lago decidió volver a la granja. Quizá tan cambiado lo readmitirían. Cuando llegó, un gato se puso ante él.

—¿P-p-puedo entrar? —preguntó tartamudeando.

Max estaba nervioso. El gato miró a Manuel y a un perro nuevo que había llegado en lugar de Emilio. Se observaron durante unos instantes y asintieron.

—¡Claro, aquí eres bienvenido! —dijo Manuel.

Max sonrió.

—¿Me b-b-buscáis una familia? —agregó con timidez.

—Claro, ¡pero entra ya! —lo apremió Manuel.

—¡¡¡Gracias!!! —exclamó contento.

Cuando pasó ante Manuel, este se lo quedó mirando. Algo en él le resultaba familiar. «Se parece al patito guapo». Sin embargo, observó que las patas eran más largas, sus plumas de un color distinto, tenía un pico grande y un lunar bajo el ojo derecho. No recordaba que el patito fuera así. «No, seguro que no es él», pensó.

Como no lo habían reconocido, decidió cambiarse el nombre para no levantar sospechas. Delante de todos, se presentó:

—Hola a todos, me llamo Mario.

—Bienvenido Mario —corearon los animales.

—Esta es tu nueva familia —le dijo Juan, señalando a los patos con los que iba a vivir.

Eran dos patos recién instalados en la granja, hacía solo una semana que habían llegado buscando un hogar tras haber perdido el suyo en una gran tormenta. Mario los abrazó, agradeciéndoles que lo aceptaran con ellos, y se fue a casa de su nueva familia. Los días pasaron y Mario volvió a las andadas, alardeando de las cualidades que tenía. Sus nuevos padres pronto notaron lo presumido que era.

—Oye, David, nuestro hijo es presumido, tenemos que hacer algo o lo echarán de la granja —dijo preocupada Lucía, la mamá.

—Sí, tienes razón —contestó—. ¿Qué podemos hacer?

—No lo sé… Mario es un patito bueno y noble, pero como siga así, los demás lo empezarán a odiar. Yo lo quiero, porque es el hijo que nunca pudimos tener, pero entiendo que no es fácil soportar a alguien así.

—¿Y si hablamos con María? He escuchado que tiene experiencia tratando a animales con problemas.

—¡Me parece una gran idea! —dijo Lucía.

Al día siguiente, fueron los tres a ver a María.

—Querida María —dijo David—, necesitamos tu ayuda. Resulta que Mario tiene un problema. A veces… Cómo decírtelo… Es demasiado presumido.

—Uy, qué me vas a contar —dijo María indignada—. Me recuerda tanto a Max… Era un patito que echamos de aquí hace un año porque era inaguantable.

—Por eso estamos aquí —interrumpió Lucía—. Queremos que nos ayudes a que deje de ser tan presumido.

Mario estaba cabizbajo. Sentía que otra vez iba a ocurrir lo mismo.

—Lo que pasa es que solo puedo hacerlo si él colabora —dijo mirando a Mario—. ¿Lo harás?

—S-sí –dijo nervioso.

—Muy bien, ¡entonces solo será cuestión de tiempo que lo logremos! —dijo María con ilusión.

Y así fue. Poco a poco, con la ayuda de María, Mario mejoró su actitud. Cinco meses más tarde, ya no era presumido. Los demás animales de la granja festejaron que Mario se hubiera convertido en un animal agradable y simpático con los demás. Así que tuvo una vida buena para siempre.

FIN