campesino

La venta de la vaca

Ilustración: hockeychick

En un pequeño pueblo vivían un campesino y una campesina. Lo único que poseía la pareja era su cabaña, una vaca y una cabra. El hombre, que se llamaba Abundio, era muy limitado, tanto, que sus vecinos lo apodaban el Tonto. Pero su esposa, Petronila, era muy inteligente y con frecuencia remediaba las tonterías que hacía su marido.

Una mañana Petronila le dijo a su marido:

—Abundio, hoy hay feria en la aldea y he pensado en vender nuestra vaca. La pobre es muy vieja y da poca leche.

Abundio, después de pensar un rato, le dio la razón a su mujer:

—Petronila, creo que lo mejor será que vendamos la vaca. La pobre es muy vieja y da poca leche.

Se puso el traje de domingo y se fue al establo a recoger la vaca para llevarla al mercado.

—Abundio, atento y no te dejes engañar —le advirtió Petronila.

—Tranquila, mujer. Mucho tiene que madrugar el que me quiera engañar —contestó el tonto campesino, que se creía muy inteligente.

Abundio fue al establo pero, una vez allí, no sabía distinguir claramente cuál era la vaca y cuál era la cabra.

—¡Ya sé! —se dijo para sí después de cavilar largo rato—. Una vaca es más grande que una cabra, así que me llevaré el animal más grande al mercado y problema solucionado.

Dicho esto, desató la vaca y se la llevó.

No había andado mucho Abundio cuando tres jóvenes, que también iban a la feria, le echaron el ojo. Los tres pícaros, al ver al lugareño con la vaca, decidieron engañarlo. Acordaron que uno de ellos se adelantaría para tratar de comprarle el animal. Poco después, el segundo haría lo mismo y, por último, el tercero.

—¡Hola, amigo! —saludó el primero—. ¿Me vendería su cabra? ¿Cuánto vale?

—¿Cabra? —replicó el aldeano atónito—. ¿Cabra, dice? —Y con expresión incrédula, miraba, alternativamente, al comprador y al animal.

—Véndamela, por favor —continuó el joven muy serio—. Le doy seis monedas por ella.

—¿Venderle la cabra? —continuó repitiendo el lugareño, moviendo la cabeza de un lado a otro—. Yo pensaba que llevaba una vaca a la feria.  Y después de mirarla bien, sigo creyendo que es una vaca y no una cabra.

—¡No diga disparates! Lo que lleva a vender es la cabra más flaca que he visto en mi vida. Es mejor que guarde mis monedas. ¡No la quiero! ¡Adiós!

A continuación el segundo joven alcanzó a Abundio.

—Buenos días, buen hombre —le dijo afablemente—. ¡Qué día tan bonito hace! ¿Va usted al mercado? ¡Pero si lleva una cabra! Yo iba a la feria, precisamente, a comprar una cabra. ¿Me vende la suya? Le doy cinco monedas por ella.

El campesino, rascándose una oreja, dijo para sus adentros: «¡Pero qué raro! Este también dice que llevo una cabra. ¿Será posible? El bicho, en todo el camino, no ha abierto el hocico. Si hiciera ruido, podría saber si es la cabra o la vaca. ¡Maldita sea! La próxima vez, antes de salir, preguntaré a mi mujer».

—Pues vale —continuó el pícaro joven—, si no me quiere vender la cabra por cinco monedas, compraré otra en el mercado. Aunque creo que cinco monedas es mucho a cambio de una cabra tan flaca. Adiós.

Finalmente, llegó el tercer joven.

—Feliz día, caballero ¿Querría venderme su cabra?

El pobre campesino ya no sabía qué pensar. Al cabo de un momento de silencio contestó:

—Es la tercera persona que me dice que esto que llevo es una cabra, pero este animal es una vaca.

—¿Cómo dice? Está claro que está ciego o que me toma el pelo —repuso el chico mentiroso— ¡Pero si hasta un niño puede decirle que este animal no es una vaca, sino una cabra. Y por cierto, muy flaca.

—Recuerdo que el animal que estaba atado cerca de la puerta, el que yo traigo aquí, era una vaca. Además, puede ver que este animal tiene la cola larga y las cabras tienen la cola corta —contestó el tonto aldeano.

—Solo dice tonterías —contestó el tunante—. Pero, aun así, le ofrezco cuatro monedas por su cabra.

El pobre hombre, que ya dudaba hasta de sí mismo, vendió el animal por cuatro monedas y regresó a su casa. Mientras, los jóvenes siguieron su camino hacia el mercado.

Al llegar a casa, Petronila se indignó mucho cuando Abundio le entregó las cuatro monedas.

—¡Tonto! ¡Más que tonto y sin remedio! —exclamó colérica—. Te llevaste una vaca que vale, al menos, cincuenta monedas.

—Pero ¿qué podía hacer yo? Tres personas, una después de otra, me aseguraron que llevaba una cabra y…

—¿Tres? —interrumpió la mujer—. Seguro que fueron los mismos que pasaron por aquí y me preguntaron por el camino de la aldea. Habrán vendido nuestra vaca en el mercado y ahora lo estarán celebrando en alguna posada. ¡No perdamos tiempo! Ponte un sombrero grande para que no te reconozcan. Vamos a pagar a esos pícaros con la misma moneda.

Al llegar al mercado, visitaron varias fondas y, tal y como lo había sospechado la mujer, encontraron a los tres estafadores celebrando su triunfo en una de ellas.

La mujer habló con el posadero y le refirió, en pocas palabras, lo que le había pasado a su marido:

—Si nos ayuda —dijo la mujer al posadero, —podremos recobrar nuestro dinero. Mi plan es este: yo le pediré bebida y usted nos servirá. A la hora de pagar, me levantaré, revolveré dentro de mi sombrero y, a continuación, usted sacará de su bolsillo estas monedas que yo le doy ahora y dirá, bien alto, que la cuenta está pagada.

En su mesa, los tres pícaros seguían comiendo y bebiendo alegremente sin prestar atención a nada. Pero cuando Petronila se levantó por tercera vez y revolvió en su sombrero, uno de ellos le preguntó al posadero la causa de tan extraña conducta y este, haciéndose el misterioso, respondió:

—¡Es increíble lo de esa mujer! —respondió—. Tiene un sombrero mágico. Muchas veces había oído hablar de ese sombrero, pero esta es la primera vez que veo tal maravilla con mis propios ojos. Esa señora me pide bebida, se la llevo, revuelve su sombrero y, al momento, en mi bolsillo suena el dinero. Al principio no me parecía posible, pero usted mismo es testigo: los hechos son más seguros que las palabras.

El bribón se reunió con sus camaradas y les refirió la conversación.

—Debemos apoderarnos de ese sombrero a cualquier precio —dijeron los tres al unísono.

Fueron a sentarse con la pareja de campesinos y empezaron a hablar:

—Señora, su sombrero es muy bonito y me gustaría comprarlo. ¿Cuánto vale? —dijo el primero.

La mujer lo miró desdeñosamente y repuso:

—No lo vendo. No es un sombrero cualquiera. ¡Posadero! —gritó con voz firme—, ¡más bebida!

Cuando la bebida fue servida, Petronila se levantó, revolvió su sombrero y el posadero sacó al instante dinero de su bolsillo.

Los tres bribones estaban cada vez más pasmados de asombro y tanto importunaron y rogaron a la mujer, que esta acabó por exclamar:

—¡Está bien! No me molesten más. Les vendo el sombrero por cincuenta monedas.

Esta era la suma exacta que habían obtenido por la venta de la vaca. Muy alegres, entregaron el dinero a Petronila, que tan pronto como lo tuvo en el bolsillo se marchó a su casa del brazo de Abundio.

Los tres bribones también se fueron hacia otra fonda para probar el sombrero. Después de haber pedido varias bebidas, llamaron a la dueña para pagarle. El primero se levantó, revolvió el sombrero, y todos esperaron el efecto. Pero no sucedió nada. La dueña, extrañada por tal conducta, les dijo:

—Estoy esperando a que me paguen.

—Solo tiene que meter la mano en su bolsillo. Ahí está su dinero.

La mujer así lo hizo, pero no encontró nada.

—¡Qué raro! —dijo el segundo joven, un poco alarmado—. Dame el sombrero. Probaré yo.

El joven revolvió dentro del sombrero, a derecha e izquierda. Pero en balde. Los bolsillos de la posadera seguían tan vacíos como antes.

—¡No sabéis hacerlo! —gritó el tercero con impaciencia— Veréis cómo se debe hacer.

Y diciendo esto, revolvió el sombrero despacio y con cuidado. Pero no tuvo más éxito que sus compañeros.

Al fin, comprendieron que los habían engañado. Su indignación fue tanta, que es mejor no repetir lo que dijeron de Petronila.

Esta, entretanto, había llegado a su casa junto a su marido, que más contento que unas pascuas contaba las cincuenta monedas:

—¿Lo ves, Petronila? Ya te lo dije esta mañana: «Mucho tiene que madrugar el que me quiera engañar».

Su mujer prefirió no decirle nada porque era muy juiciosa y sabía que, muchas veces, el silencio es oro.

FIN

La gallina de los huevos de oro

Ilustración: gillendil

Érase una vez un campesino tan pobre, tan pobre, tan pobre que ni siquiera poseía una azada y tenía que pedirla prestada a su vecino para poder labrar el trocito de campo que circundaba su choza. Aquel hombre era el más pobre de toda la aldea.

Un día estaba el labrador plantando unos granitos de maíz mientras, con voz lastimera, se lamentaba de su mala suerte cuando se le apareció un pequeño duende, de largas barbas blancas y ojos traviesos, que le dijo:

—Hace rato que oigo tus tristes quejas y como me das mucha pena, haré que tu suerte cambie ahora mismo. Toma, te regalo esta gallina.

—¡Pobre de mí! ¿Y para qué quiero yo una gallina? ¡Soy tan pobre, que no podré alimentarla y se morirá de hambre! Y cuando muera, no podré hacer ni un caldo con ella… ¡Soy tan pobre, que no tengo olla para cocinarla!

—¡Bajo ningún concepto debes matar esta gallina!  Aunque parezca una vulgar ave de corral, aquí donde la ves, es una gallina extraordinaria. Cada mañana, justo al salir el sol, esta gallina cacarea y pone un huevo.

—¡Vaya maravilla! Cacarear y poner huevos… ¡Eso es lo normal en una gallina!

—Cierto. Pero lo que ya no es tan normal es que los huevos puestos sean de oro macizo…

El duendecillo desapareció sin añadir nada más y el incrédulo labrado tomó en sus brazos aquella gallina, que parecía de lo más vulgar con sus plumas y su pico, y se dirigió a su choza.

A la mañana siguiente, tal y como anunciara el duende, cuando el primer rayo de sol asomaba por el horizonte, la gallina abrió sus ojillos, cacareó y, ¡oh, sorpresa! puso un reluciente huevo de oro.

El labrador, contentísimo, recogió aquel valioso huevo que la gallina había puesto, lo envolvió en un paño y se dirigió a la ciudad. Allí lo vendió a un joyero, que le pagó una extraordinaria suma de dinero por él, el cual le aseguró que le compraría todos los que le llevara.

Loco de alegría, gastó todas las ganancias que había obtenido y, sin dinero, pero muy feliz, regresó a su choza.

Al día siguiente se repitió la misma historia: el sol salió, la gallina se despertó y después de atusarse las plumas puso otro huevo de oro. ¡Por fin la fortuna sonreía al pobre labrador!

Fueron pasando los días y la gallina, puntualmente, con la primera luz del alba, ponía un reluciente huevo de oro. El labrador lo recogía, se dirigía a la ciudad y lo vendía. Así que, poco a poco, con el producto de la venta de los huevos, fue convirtiéndose en el más rico de la comarca… pero también se convirtió en el más despilfarrador.

Aquel hombre, que además de ser lelo y poco previsor, porque todo el dinero que ganaba lo derrochaba en lugar de invertir una parte en la granja, tenía también muy poca paciencia, pensó: «¿Por qué tengo que esperar a que cada día la gallina ponga un huevo? Lo mejor que puedo hacer es matarla, abrirle la barriga y sacar todos los huevos de una sola vez».

Y, ni corto ni perezoso, eso hizo, pero para su disgusto, en el interior de la gallina no encontró nada de nada. Ni un solo huevo de oro halló en la panza del animal y aunque intentó coserle la herida a la pobre gallina y resucitarla haciéndole el boca a pico, sus intentos fueron por completo inútiles. La gallina no resucitó.

Fue así como aquel labrador tonto, por culpa de su impaciente avaricia, perdió su mágica gallina, perdió los huevos de oro que esta ponía y con ello, perdió toda su fortuna.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar «La gallina de los huevos de oro» con la voz de Angie Bello Albelda

El hombre, el oso y el zorro

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Ilustración rusa del siglo XIX para el cuento «El hombre, el oso y el zorro»

Un día que un campesino estaba labrando su campo, se acercó a él un oso y le anunció:

—¡Campesino, te voy a comer!

—¡No me comas! —suplicó el hombre—. Si me perdonas la vida, prometo que trabajaré para ti. Sembraré nabos y los repartiremos entre los dos. Yo me quedaré con las raíces, pero las hojas te las daré a ti.

Al oso le pareció conveniente aquel trato, así que regresó satisfecho al bosque.

Llegó el tiempo de la recolección y el campesino empezó a escarbar la tierra para desenterrar los nabos.

No tardó en aparecer el oso para reclamar su parte.

—¡Hola, campesino! Veo que ha llegado el tiempo de recoger la cosecha. Dame mi parte —exigió el oso.

—Con mucho gusto lo haré. Yo mismo te la llevaré a tu casa —contestó el campesino.

Y cuando ya lo hubo recogido todo, condujo su carro repleto de hojas de nabo hasta el bosque.

El oso quedó muy satisfecho con el que pensó que era un ventajoso reparto.

Al día siguiente, el campesino cargó de nuevo el carro con los nabos y puso rumbo a la ciudad para vender su mercancía.

Por el camino, tropezó con el oso, el cual le preguntó:

—¡Hola, campesino! ¿Adónde vas?

—A la ciudad, a ver si puedo vender estas raíces de nabo —contestó el hombre.

—Muy bien, pero antes de seguir adelante quiero probarlas.

No tuvo más remedio el labrador que darle al oso un nabo para que lo probase.

Apenas el oso se lo hubo comido, gruñó furioso:

—¡Miserable! ¿Pretendías engañarme?¡Las raíces están mucho más buenas que las hojas! Si no quieres que te coma, la próxima vez que siembres me darás a mí las raíces y las hojas te las quedarás tú.

—Bien —respondió el campesino.

En la época de la siembra, el hombre, en lugar de nabos, plantó trigo.

Al llegar el tiempo de la recolección, desgranó las espigas, las molió y con la harina que obtuvo, amasó y coció ricos panes y al oso le dio las raíces del trigo.

Antes de llevarse las raíces, el oso exigió probar el pan y viendo que, de nuevo, el campesino se había burlado de él, gruñó colérico:

—¡Campesino! ¡Estoy más que enfadado contigo! ¡Ni se te ocurra aparecer por el bosque a buscar leña, porque, en cuanto te vea, te daré un zarpazo!

Pasaron lo días sin que el campesino se atreviera a acercarse a los dominios del oso, pero llegó un momento en el que ya no pudo esperar más. La leña le hacía mucha falta, así que fue quemando sus sillas, los toneles y todo lo que encontró en su casa fabricado con madera. Una vez ardió todo, no tuvo más remedio que armarse de valor y dirigirse al bosque.

Entró tan sigilosamente como pudo, pero un zorro que lo oyó, salió a su encuentro.

—¿Por qué te mueves tan despacito? ¿Qué te pasa?

—Vengo a cortar leña, pero tengo miedo de encontrarme con el oso. Está muy enfadado conmigo y amenazó con comerme si me veía por aquí.

—Si me pagas bien, te puedo proteger. Si no me pagas, lo aviso ahora mismo.

El campesino, muy apurado, le dijo al zorro:

—¡No me delates! No soy avaro y si me ayudas, te daré una docena de gallinas.

—De acuerdo. Corta la leña que quieras y, entre tanto, yo daré gritos. Si el oso te pregunta qué es lo que ocurre, dile que hay cazadores en el bosque persiguiendo lobos y osos.

El campesino se puso a cortar leña y, al poco, vio que llegaba el oso a la carrera.

—¡Oye, hombre! ¿Sabes qué ocurre? ¿Qué son esos gritos? –preguntó el animal.

—¡Ah! Eso… Son cazadores persiguiendo lobos y osos.

—¡Por favor, no me descubras! Escóndeme bajo tu carro —suplicó el oso aterrorizado.

El zorro, que lo observaba todo escondido tras unos matorrales, gritó:

—¡Campesino!, ¿has visto un oso por aquí?

—No, yo no he visto nada —respondió el hombre.

—¿Seguro? ¿Qué es eso que escondes bajo tu carro?

—Solo es un tronco de árbol.

—Si fuese un tronco, estaría sobre el carro y atado con una cuerda, no debajo de él.

El oso que oyó esto, suplicó al campesino:

—¡Pronto!, súbeme al carro y átame.

El campesino no se lo hizo repetir. Cargó el oso en el carro, lo ató y cuando ya lo tuvo inmovilizado, lo molió a golpes mientras repetía:

—Vete de este bosque y no vuelvas jamás si no quieres que te entregue a los cazadores.

Cuando el oso, más muerto que vivo, se hubo marchado, apareció el zorro para reclamar sus honorarios:

—Y ahora, págame lo que me debes.

—Con mucho gusto lo haré. Acompáñame a casa y podrás escoger las gallinas que más te gusten.

El campesino en el carro y el zorro corriendo delante emprendieron el camino.

Cuando ya estaban cerca de la granja, el hombre silbó y enseguida acudieron sus perros, que al ver al zorro, se pusieron a perseguirlo.

Muerto de miedo, el animal echó a correr hacia el bosque y, una vez allí, se escondió en su guarida.

Después de recuperar el aliento, empezó a preguntar:

—Ojos míos, ¿qué habéis hecho mientras corría?

—¡Estábamos atentos al camino para que no tropezaras!

—Orejas mías, ¿qué habéis hecho mientras corría?

—¡Escuchábamos por si los perros se acercaban demasiado!

—Pies míos, ¿qué habéis hecho mientras corría?

—¡Correr a todo correr para que no te alcanzaran los perros!

—Y tú, rabo mío, ¿qué has hecho mientras corría?

—Yo —dijo el rabo— como estaba asustado, me metía entre tus piernas para que tropezases conmigo, te cayeses y los perros te mordiesen con sus dientes.

—¡Cobarde! —gritó furioso el zorro—. ¡Ahora vas a recibir tu merecido!

Y sacando el rabo fuera de la cueva, exclamó:

—La culpa ha sido de este rabo traidor. ¡Comedlo, perros!

Los perros agarraron con sus dientes el rabo y tiraron y tiraron de él, hasta conseguir sacar al zorro entero de su cueva y no pararon hasta darle, a dentelladas, un buen escarmiento.

FIN

La nave voladora

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Ilustración: pixelarg

En una fría aldea de Rusia vivía un chico tan pobre, que muchos días no podía ni comer.

Un día, llegó al pueblo un pregonero enviado por el Zar y la Zarina y leyó un bando que decía:

Nuestra hija, la Zarevna, ha tenido un sueño y anuncia que solo se casará con aquel que le regale una nave voladora.

Al oír aquello, el chico, decidido a encontrar la nave, puso en su zurrón un pedazo de pan seco y una botella de agua y partió.

Tres días anduvo sobre la fría nieve hasta que, por fin, se encontró con una viejecita que, al verlo, le preguntó:

—¿Adónde vas por estos solitarios parajes?

—La Zarevna ha prometido casarse con aquel que le regale una nave que vuele.

—¿Y tú sabes cómo conseguirla?

—No, pero espero hallar a alguien, en algún lugar, que me la construya.

—¿Y dónde está ese lugar?

—¡Quién sabe!

—Entonces no tienes prisa. Siéntate a mi lado y come. Saca lo que tienes en la alforja.

—Es tan poco, que me da vergüenza enseñarlo.

—¡Tonterías! ¡Sácalo!

El chico abrió su talega y se quedó atónito. En lugar de pan duro y agua, encontró exquisitos manjares y deliciosas bebidas que compartió con la anciana.

Al terminar, la mujer le dijo:

—Ve a ese bosque y clava esta estaca en el suelo, junto al primer árbol que encuentres; después, échate a dormir. Al despertarte, hallarás la nave que buscas, sube a ella y vuela hacia donde quieras pero, durante el camino, recoge a todos los que vayas encontrando.

El chico, dio las gracias, se encaminó al bosque; clavó la estaca junto al primer árbol que vio y se echó a dormir.

Al despertarse, vio un barco y, sin pensarlo ni poco ni mucho, se subió a él. Apenas pisó la cubierta, la nave empezó a navegar por los aires.

Vuela que vuela, no tardó mucho en divisar a una mujer tendida en medio del camino, con la oreja derecha pegada al suelo.

—¡Buenos días! ¿Qué haces ahí?

—Buenos días. Escucho lo que pasa en el mundo.

—Sube a mi nave.

La mujer no se hizo rogar, subió a la nave y siguieron volando; y vuela que vuela, encontraron a un hombre que brincaba sobre una de sus piernas, mientras la otra permanecía atada a su cuello.

—¡Buenos días! ¿Por qué andas así?

—Porque si ando con las dos piernas, con cuatro pasos doy la vuelta al mundo.

—Sube con nosotros a la nave.

El hombre subió y siguieron volando; y vuela que vuela, encontraron a una mujer apuntando con su arco.

—¡Buenos días! ¿Adónde apuntas?

—Solo hago prácticas de poca distancia, cincuenta kilómetros de nada. Lo que a mí me gusta es disparar cuatrocientos kilómetros lejos, ¡a eso llamo yo apuntar!

—Ven con nosotros.

La arquera subió a la nave y siguieron volando; y vuela que vuela, encontraron a un hombre cargado con un saco de pan.

—¡Buenos días! ¿Adónde vas con ese saco de pan?

—A ver si encuentro un poco de pan para comer.

—¿Pero no es pan lo que llevas en el saco?

—¡Con esto no tengo ni para un bocado!

—Sube a la nave con nosotros.

El tragón se sentó en la nave, que siguió volando; y vuela que vuela, vieron a un hombre que andaba alrededor de un lago.

—¡Buenos días! ¿Qué haces?

—Tengo sed, pero no encuentro agua.

—Junto a ti hay un lago, ¿por qué no bebes en él?

—¡Con un lago no tengo ni para un sorbo!

—Pues, ven con nosotros.

Se sentó y la nave siguió volando; y vuela que vuela, encontraron a una mujer cargada con un haz de leña.

—¡Buenos días! ¿Para qué coges leña?

—Esta leña no es como las otras. Es de una clase que si la lanzas al aire de ella sale un ejército entero.

—Pues ven con nosotros.

Una vez que se hubo sentado, la nave siguió volando; y vuela que vuela, vieron a un hombre que llevaba un saco de paja.

—¡Buenos días! ¿Adónde llevas esa paja?

—A la aldea.

—¿Hay poca paja en la aldea?

—No, pero esta es de una clase especial; cuando se extiende llega el invierno, con nieves y heladas, aun en pleno verano.

—¿Nos quieres acompañar?

—Con mucho gusto.

Al poco llegaron al Palacio real y al ver el Zar y la Zarina que el que pilotaba la nave no era más que un mísero campesino, no les gustó la idea de que su hija se casara con él, así que empezaron a pensar en cómo podrían desembarazarse de aquel yerno indeseable y planearon pedirle que hiciera unas cuantas cosas imposibles.

Lo primero que hicieron, fue pedirle al muchacho que al finalizar la imperial comida les llevase agua viva y cantante de la Fuente del Fin de Mundo para lavarse las manos.

—¿Qué puedo hacer yo? —se preguntó— Ni en un año podría llegar a esa fuente.

—No te apures —le dijo Pierna Ligera—, yo lo arreglaré.

Y desatándose la pierna del cuello, emprendió tan veloz carrera, que en un abrir y cerrar de ojos llegó al fin del mundo, donde encontró el agua viva y cantante. Como había ido muy deprisa y aún era temprano, decidió echar una siesta bajo un manzano y se quedó dormido.

La comida del Zar estaba llegando a su fin y todos los de la nave esperaban impacientes. Oído Fino puso la oreja en tierra y escuchó.

—¡Se ha quedado dormido bajo un árbol!

Entonces, Disparo Certero cogió su arma, apuntó al árbol e hizo caer una manzana sobre la nariz de Pierna Ligera, que echó a correr y en un segundo llegó con el agua.

La orden del Zar y la Zarina se había cumplido. Pero de poco sirvió, porque impusieron otra condición:

—Eres muy rápido y eso te habrá abierto el apetito. Ve a descansar a tu nave, ahora mismo te enviaremos veinte bueyes asados y veinte hogazas de pan. ¡No debes dejar ni las migas!

El chico se asustó, pero Tragón le susurró:

—Esto es cosa mía.

Y, en efecto, Tragón devoró en un momento los veinte bueyes asados y las veinte hogazas.

Al ver que se lo había terminado todo, la Zarina le dijo al chico:

—Con tanta comida, tendrás sed.

Y ordenó que le llevaran a la nave cuarenta barriles de vino de cuarenta litros cada uno.

—¡No hay problema! —dijo el Bebedor—, yo me lo beberé todo y será poco para mí.

Después, el Zar ordenó al muchacho que se vistiera para la boda, pero le advirtió que antes debía darse un baño. La bañera, que era de hierro colado, la calentaron hasta que quedó al rojo vivo. De tal manera, que si el pobre chico entraba en ella quedaría frito sin remedio.

Del cuarto de baño salía un espeso humo, así que cuando el chico entró, el hombre del saco de paja se coló tras él sin que nadie lo advirtiera y esparció sobre el suelo unos manojos de su carga. La temperatura bajó tanto, que el muchacho apenas pudo bañarse porque el agua del baño se heló.

Una vez que se hubo aseado, se presentó ante el Zar y la Zarina, que ya estaban desesperados porque no sabía cómo librarse de aquel campesino. Así que, después de mucho reflexionar, le ordenaron que reclutase un ejército, pensando que sería imposible para un campesino triunfar en tal misión.

La mujer del haz de leña le dijo al chico que ella se ocupaba del asunto, pero que advirtiera al Zar y a la Zarina que si después de aquella prueba no se celebraba la boda, ese mismo ejército se lanzaría contra la ciudad y la conquistaría entera.

Al caer la noche, la mujer diseminó en todas direcciones la leña e inmediatamente apareció un ejército incontable.

Cuando al salir el sol, el Zar y la Zarina vieron aquella numerosa hueste acampada ante su palacio, se asustaron tanto, que se apresuraron a celebrar la boda.

La joven Zarevna cumplió su sueño y se casó con el chico que le había regalado la nave voladora. Los dos se amaron más que nada en el mundo y pasaron el resto de sus vidas volando por todo el planeta.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar «La nave voladora» con la voz de Angie Bello Albelda

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Los dos reyes de Gondar

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Ilustración: Blasterkid

Era un día como los de antaño… y un pobre campesino, tan pobre, que no tenía más que la piel sobre los huesos y tres gallinas que picoteaban algún grano de teff que hallaban en el polvoriento suelo, estaba sentado a la entrada de su vieja cabaña como cada atardecer. De súbito, en la lejanía divisó a un cazador montado sobre su caballo que se acercaba galopando.

Al llegar frente a su casa, el forastero refrenó la montura, se acercó a él, desmontó y le dijo:

—Paz para ti en esta tarde, me he perdido en la montaña y estoy buscando el camino que conduce a la ciudad de Gondar.

—¿Gondar? Gondar está a dos días de camino de aquí —le contestó el campesino—. Pero el sol ya se está poniendo y sería más sensato que pasaras aquí la noche y te marcharas bien temprano mañana por la mañana.

El cazador aceptó la oferta y el campesino eligió la más hermosa de sus tres gallinas y con ella preparó un guiso para agasajar a su invitado.

Después de cenar juntos, pero sin apenas hablar, el campesino le cedió su cama al cazador para que pudiera descansar y él se acostó en el suelo, junto al fuego.

Al día siguiente, poco antes de amanecer, cuando el cazador se hubo levantado, el campesino le explicó cómo llegar hasta Gondar:

—Debes adentrarte en el bosque hasta dar con un río, que deberás cruzar montado en tu caballo, pero con mucho cuidado de no desviarte hacia la parte más profunda, la cual reconocerás porque en ella hay unas rocas muy grandes; acto seguido, toma el camino de la izquierda, el que bordea el precipicio y sigue hasta desembocar en una carretera muy ancha y después…

El cazador, que escuchaba con atención, repuso:

—Creo que volveré a perderme. No conozco esta región… ¿Tú podrías acompañarme hasta Gondar? Podrías montar tras de mí en el caballo…

—De acuerdo —dijo el campesino—, pero con una condición: cuando lleguemos allí, me dirás adónde debo dirigirme para poder conocer al rey. ¡Me haría tanta ilusión verlo! ¡Aunque fuera desde lejos!

—No hay problema en eso. Lo verás. ¡Te lo prometo!

El campesino cerró la puerta de su cabaña, montó en el caballo detrás del cazador y emprendieron la marcha.

Pasaron horas y horas atravesando montañas y montañas y bosques y ríos… y, después, pasó otra noche entera más.

Si atravesaban caminos sin sombra, el campesino abría su sombrilla negra y los dos se protegían del sol. Si pasaban por lugares fríos, se cubrían los dos con la misma manta vieja que el campesino había tenido la precaución de llevar consigo.

Cuando al fin divisaron la ciudad de Gondar recortada sobre el horizonte, el campesino le preguntó al cazador:

—¿Cómo se reconoce a un rey?

—No te preocupes, es muy fácil: cuando todo el mundo hace lo mismo, el rey es aquel que hace las cosas de forma diferente. Solo tienes que observar qué hace la gente que te rodea y lo reconocerás de inmediato.

Poco después, los dos hombres llegaron a la ciudad y el cazador enfiló el camino hacia palacio.

Al llegar a la entrada, se encontraron con muchísima gente que hablaba y se contaba historias, hasta que vieron a los dos jinetes sobre el caballo; entonces todos guardaron silencio, se apartaron para dejarles el paso libre y se fueron arrodillando a medida que pasaban ante ellos.

El campesino no entendía nada. Todo el mundo estaba arrodillado, excepto el cazador y él, que montaban el corcel.

—¿Dónde estará el rey? —preguntó el campesino— Mira a la gente… Debe andar cerca, pero yo no lo veo.

—Ahora entraremos en el palacio y lo verás. ¡Te lo aseguro!

Y los dos hombres entraron en el recinto del palacio montados en el caballo.

El campesino estaba inquieto. Veía de lejos una larga fila de gente y de guardias montados a caballo que los esperaban ante las puertas de entrada.

Al pasar delante de ellos, los guardias desmontaron y solo ellos dos siguieron sobre el caballo.

El campesino se empezó a poner nervioso:

—Me dijiste que cuando todo el mundo hiciera lo mismo… Pero sigo sin saber quién es el rey…

—Paciencia. Ya lo reconocerás. Tu solo recuerda que cuando todo el mundo hace exactamente lo mismo, el rey es el que actúa diferente al resto.

Los dos hombres desmontaron y entraron juntos a una inmensa sala del palacio. Nobles, cortesanos y consejeros reales, todos a una, se sacaron sus sombreros e hicieron una genuflexión cuando los vieron. Todos se quedaron con el sombrero en la mano, excepto el cazador y el campesino.

El campesino, entonces, se acercó al cazador y murmuró en su oído:

—Aún no sé quién es el rey…

—No seas impaciente —lo interrumpió el cazador—, acabarás por reconocerlo. Ven, siéntate conmigo.

Y ambos se instalaron en un amplio y cómodo sillón mientras toda la gente que había allí seguía de pie.

El campesino, cada vez más inquieto, empezó a observar con atención todo lo que lo rodeaba. Se giró hacía el cazador y le preguntó:

—Vamos a ver… ¿Quién es el rey?, ¿eres tú o lo soy yo?

El cazador se echó a reír y contestó:

—El rey soy yo, pero tú también eres un gran rey porque supiste acoger en tu casa a un extranjero que necesitaba ayuda y lo trataste bien.

Y desde entonces, el campesino y el cazador conservaron su amistad durante toda su vida.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar «Los dos reyes de Gondar» con la voz de Angie Bello Albelda

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Tomás Tomasevich

Hace mucho tiempo, vivía en una aldea rusa un pobre campesino llamado Tomás Tomasevich. A trabajador no había quien lo ganara, pero a chulo y fanfarrón todavía menos.

Un día, como cada mañana, se dirigió al campo a labrar con su yegua, un jamelgo tan escuálido que apenas podía con el arado. Estaban en plena labor cuando, atraídos por el sudor de ambos, acudieron verdaderos enjambres de tábanos y mosquitos, que los acribillaron a picaduras.

Para librarse de los molestos insectos que se los estaban comiendo vivos, Tomás sacudió con fuerza en el aire un haz de ramas secas, y tábanos y mosquitos cayeron a puñados. El campesino quiso saber a cuántos había matado y contó siete tábanos, pero de mosquitos había tantos, que fue incapaz de contarlos y, entonces, con cara de satisfacción exclamó:

—¡He hecho algo grande! ¡He matado de un solo golpe siete tábanos y a incontables mosquitos! ¿Quién dirá que no soy un gran guerrero? Ahora mismo dejo de arar y, en adelante, buscaré aventuras.

Arrojó lejos la hoz, se ciñó la alforja, colgó de su cinto la guadaña y montado en su escuálida yegua, emprendió el camino en busca de lances.

Hacía ya un día que cabalgaba, cuando llegó a un cruce de caminos señalizado con un poste de madera. Como en aquel poste los más famosos héroes que por allí pasaban dejaban inscrito su nombre, él no quiso ser menos y, antes de seguir su camino, talló en la madera:

«El valiente Tomás, el que mató de un solo golpe a siete de los grandes y a incontables de los pequeños, pasó por aquí».

Poco se había alejado, cuando dos jóvenes campeones en busca de aventuras acertaron a pasar por allí y al leer la inscripción se preguntaron:

—¿Quién será este héroe desconocido? No hemos oído hablar de su brioso corcel, ni tampoco tenemos noticia de sus hazañas.

Picaron espuelas y no tardaron en dar alcance a Tomás, a cuya vista quedaron sorprendidos.

—¿Pero qué rocín monta ese hombre? —exclamaron—. ¡Si no es más que un jamelgo trasijado! ¿Querrá eso decir que su fuerza no estriba en el caballo sino en el propio caballero?

Convencidos de ello, se acercaron a Tomás y lo saludaron respetuosamente:

—¡Que tengas un bien día, caballero!

Sorprendido, Tomás preguntó:

—Y vosotros, ¿quiénes sois?

—Somos Alexandra Ivanovich e Iván Alexandrovich y estaríamos orgullosos de seguirte en tus aventuras.

—Bien, si tal es vuestro deseo, seguidme.

Llegaron juntos a los dominios del Zar y en los prados reales levantaron sus tiendas para descansar y dejaron que sus caballos paciesen libremente.

Al percatarse de la intrusión, el Zar mandó a su infantería con la orden de expulsar a los forasteros, pero al verlos acercarse, Alexandra Ivanovich e Iván Alexandrovich preguntaron a Tomás:

—¿Quieres pararles tú los pies o vamos nosotros?

—¿De verdad pensáis que voy a ensuciarme las manos luchando contra esa basura? Anda tú, Iván Alexandrovich y dales una lección.

Iván Alexandrovich, montado en su brioso corcel, cargó contra la infantería del Zar y los exterminó sin dejar a uno en pie.

Enfurecido el Zar, reunió a la caballería y ordenó a sus capitanes que expulsaran de su vedado a los forasteros.

El ejército del Zar ya avanzaba al son de trompetas, levantando nubes de polvo, cuando, de nuevo, Alexandra Ivanovich e Iván Alexandrovich se acercaron a Tomás y le preguntaron:

—¿Quieres pararles tú los pies o vamos nosotros?

Tomás que estaba haciendo la siesta, ni siquiera se giró para responder:

—¿De verdad os figuráis que voy a ensuciarme las manos luchando contra esa basura? Ve tú, Alexandra Ivanovich, y enséñales cómo pelamos. Yo te observaré desde aquí para comprobar si tienes el valor que aparentas.

Alexandra cayó como un huracán sobre las huestes del Zar. Derribó jinetes a diestro y siniestro y al ver los capitanes que era imposible impedirlo, mandaron tocar retirada y buscaron refugio en la ciudad. Uno de ellos, dirigiéndose a Alexandra, inquirió: «Dinos, invencible campeona, cómo te llamas y qué nos exiges a cambio de abandonar nuestra tierra.»

—¡No es a mí a quien debéis preguntar! —contestó Alexandra—. No soy más que una subordinada y hago lo que me manda el famoso campeón Tomás Tomasevich. Con él habéis de tratar, que os perdonará si quiere; y si no quiere, arrasará vuestro reino.

El Zar, informado de estas palabras, envió a Tomás los más ricos presentes con el ruego de que fuera a vivir a la corte real y prestara su ayuda en la guerra contra el Emperador de la China. «Si logras derrotarlo —le dijo— después de mi muerte, serás tú el Zar».

Aceptó Tomás la invitación y seguido de sus dos ayudantes se dirigió al palacio real, donde los agasajaron con una suculenta cena.

Aún no habían terminado los exquisitos manjares, cuando llegó un mensajero con una misiva del Emperador de la China en la que exigía todo el reino.

—Decid a vuestro Emperador —replicó el Zar— que se marche, porque ya no le temo, que ahora me protege Tomás Tomasevich, capaz de matar a siete de los grandes de un golpe y a un sinnúmero de los pequeños.

En pocas horas, la ciudad del Zar estuvo sitiada por el ejército chino, innumerable como la arena del mar. El Emperador de la China mandó un nuevo mensaje al Zar:

—Para evitar derramar sangre, manda a Tomás Tomasevich para que luche cuerpo a cuerpo contra mi campeón invencible. Si gana tu héroe, tú serás el soberano y yo te pagaré tributo, pero si gana el mío, tú me pagarás tributo a mí.

Aceptado el reto, Tomás no tuvo más remedio que salir a pelear. Montó su yegua y sin más armadura que su sayo, ni más armas que su guadaña, se dirigió al campo de batalla a trote ligero.

Entretanto, el Emperador de la China, que había armado a su campeón hasta los dientes, le advirtió:

—Escucha lo que te digo y no olvides mis palabras. Cuando un campeón ruso no puede vencer por la fuerza, recurre a la astucia, así que ten cuidado y si no presenta batalla tú no luches y limítate a hacer todo lo que haga él.

Los dos campeones salieron a campo abierto. Tomás vio como el chino se le acercaba, enorme como una montaña y cubierto con una armadura como si fuera una tortuga en su concha, de manera que apenas podía moverse. Tomás bajó de la yegua, se sentó en una piedra y se puso a afilar su guadaña. Al ver esto, el chino saltó de su caballo, lo ató a un árbol y se puso a amolar también su espada.

Al terminar Tomás se acercó y le dijo al chino:

—Como valientes héroes que somos y antes de asestarnos el primer golpe, tenemos que saludarnos, tal y como es costumbre en mi país.

Dicho esto se inclinó profundamente ante el chino. «¡Ajá! —pensó éste—. Este héroe es muy astuto, pero su estratagema no le valdrá, porque yo me inclinaré aún más profundamente que él».

Y si el ruso se había inclinado hasta la cintura, el chino se inclinó hasta el suelo y como tardó tanto en levantarse por lo mucho que le pesaba la armadura, Tomás blandió su guadaña y de un tajo le cortó la cabeza. Hecho esto, cogió su espada y montó sobre el corcel del chino que estaba atado a un árbol, pero como no sabía montar un animal tan brioso, se agarró como pudo a las crines. El fogoso animal, asustado, empezó a tirar y a forcejear al sentir que le tiraban del pelo y, arrancando el árbol de cuajo, emprendió veloz carrera hacia donde estaba el ejército chino, arrastrando el tronco tras de sí.

Tomás Tomasevich, aterrorizado, gritaba: «¡Socorro! ¡Socorro!» Pero el ejército chino, muerto de miedo, entendió: «¡Corred!, ¡Corred!», y así lo hicieron, como alma que lleva el diablo, sin mirar atrás. Pero el veloz caballo los alcanzó y se abrió paso entre ellos, derribando con el árbol a cuantos encontraba a su paso y cambiando a cada momento de dirección, fue dejando el campo sembrado de soldados.

Antes de desaparecer por completo, los chinos juraron que no volverían jamás a retar a aquel hombre terrible, algo que secretamente agradeció Tomás.

Montado en su yegua, volvió a la ciudad, donde lo esperaba la corte entera, llena de admiración por el arrojo y valor demostrados. Celebraron su victoria con banquetes y festejos durante un mes entero.

Yo estuve allí y fui testigo de todo lo que os he contado y, si aún vive, ahora debe de ser ya Zar.

FIN

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