carácter

El dragón y la mariposa

Ilustración: Luis de Horna

PRIMER ACTO

 

En un oscuro torreón

vivía en tiempos un dragón,

que Plácido se llamaba

y todo lo destrozaba:

lleno de pinchos y malas artes

escupía fuego por todas partes.

 

Pero un día vino un profesor

con un libraco, y sin temor

al fiero dragón se acercó,

y de cabo a rabo lo examinó.

Midió al bicho con interés:

¡treinta metros de largo es!

 

Ingrato, el monstruo se tragó

el metro, y al que lo midió.

No le dolió su mala acción,

Pues bien le supo al muy glotón.

 

Pero el libro se le empachó

y una indigestión le dio,

y vomitó con desagrado

a sabio y libro antes tragado.

 

El sabio sus gafas agarró

y se marchó sin un adiós.

Mas, ¡mira!, el libro se ha dejado

a mala idea u olvidado.

 

El dragón se puso a leer,

¡nunca lo hubiera debido hacer!

Pues apenas el libro abrió

su nombre escrito se encontró,

Y conoció el significado

de un nombre tan inapropiado.

“PLACIDO”: manso y apacible,

dulce, tranquilo, muy sensible.

 

Gritó el dragón el alma en vilo.

“¡Yo no soy dulce ni tranquilo!”

Y para demostrarnos lo contrario,

Rompió en seguida su diccionario.

Y se pasó quinientos días

Haciendo mil y una fechorías.

 

Pero aunque trágico le pareciera,

Plácido su nombre era.

Enfermó de la tristeza,

¡le dolía la cabeza!

En la cama se metió

Y ya nunca más salió.

 

SEGUNDO ACTO

 

Sobre la hierba frondosa

danzaba una mariposa.

Se llamaba BÁRBARA, y como ves,

es dulce, bella y muy cortés.

Bailaba el vals que era un primor

revoloteando de flor en flor.

 

Tan delicada y tan sensible

que cualquier ruido era insufrible.

Nunca podía dormir la siesta

con aquella autopista tan molesta,

y corrió a buscar por eso

sosiego en un bosque espeso.

 

Apenas se hubo instalado

Zumbó un abejorro a su lado.

«¡Bárbaro!», dijo ella, «¡ruidoso!,

me estás estorbando el reposo».

Zumbó el abejorro: «¡Buuu,

la única “Bárbara” eres tú!»

Bárbara perdió el color:

«¡Cielos, mi nombre es un horror!».

 

Ya nunca más volvió a bailar,

y de puntillas se puso a andar;

pero con eso nada consiguió

pues su nombre tampoco varió.

Decidió, desesperada,

vivir sola y retirada

y en el desierto y en soledad

expiar su «barbaridad».

 

Pero un día una serpiente

pasó en zig-zag por allí enfrente:

«Qué risa me da», le contó,

«a un dragón conozco yo

que se ha metido en la cama

porque Plácido se llama.

Y ahora te encuentro a ti.

Ja, ja la vida es así».

Guiñó un ojo insinuante

y de allí se fue reptante.

 

Ella conservó en su mente

lo que dijo la serpiente.

Tras doce días de reflexión,

gritó: «Hallé la solución».

 

Y con ligero equipaje

emprendió su largo viaje

hasta llegar, de un tirón,

a la torre del dragón.

 

Blancos huesos había en la entrada

y ella llamó muy asustada.

 

Entró por fin al torreón

y en la cama halló al dragón

quejándose a voz en grito;

mas ella le habló bajito:

«Sé qué es lo que te enfermó,

pues Bárbara me llamo yo.

¿Cambiamos ya que son nuestros

esos nombres tan mal puestos?».

 

Al pronto, él no la entendió,

pero al rato se aclaró,

y le estrechó entusiasmado,

la mano (¡con mucho cuidado!).

Y muy contentos, en suma,

cogieron papel y pluma,

y por escrito dejaron

el acuerdo que tomaron.

 

Se fue contenta y gozosa

Plácida la mariposa,

y Bárbaro, el fiero dragón,

la despidió con emoción.

FIN

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