cariño

Un bonito sueño

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Ilustración: Claudia Tremblay

Beatriz corrió alegre hacia su madre, llevaba el pelo recogido en dos largas coletas que saltaban al compás de sus movimientos.

—¡Mamá! ¡Mamá!

—Hola, cariño.

—Mamá, mira qué vestido más bonito llevo, es el que me compraste tú.

—Estás muy guapa, hija mía.

—¿Adónde iremos hoy?

—¿Qué te parecería ir a un lugar mágico, donde el sol brilla y el cielo es de un azul claro precioso?

—¡Sí! ¡Vamos mamá!

Beatriz le dio la mano a su madre y juntas avanzaron por un camino cubierto de flores de muchos colores.

Al pasar un río, vieron un bancal de naranjos; los frutos desprendían una suave fragancia que envolvía el aire.

—Mamá, ¿qué sitio es este?

—«El bancal del río». Es del abuelo, pero todos ayudamos para que crezcan las naranjas. Y cuando ya están maduras, las recogemos.

—¿Puedo comerme una?

—¡Claro que sí! Toma.

Beatriz peló la naranja y la mordió. Estaba muy jugosa y el dulce sabor le llenó la boca. Era deliciosa.

Guardaron algunas para el camino y siguieron adelante.

El paisaje se llenó de árboles frutales, de los que pendían limones, manzanas, peras y muchas más frutas de delicioso aspecto.

—Mamá, ¿por qué hay tantos árboles y por qué todo es tan bonito?

—Porque es un lugar mágico. Aquí todo crece libremente y sus habitantes pueden coger todo aquello que deseen, siempre y cuando respeten la naturaleza y no le hagan daño.

—¡Mira mamá!, también hay animalitos. ¿Has visto ese perrito tan bonito que viene hacia nosotras?

—Se llama Pulgarcito; es mi perro. Te gustará jugar con él.

—¿Tú tienes un perro?

—¡Claro!, lo tuve hace tiempo, y ahora nos hemos vuelto a encontrar.

Pulgarcito se acercó retozando, muy contento de verlas. Beatriz lo acarició y los dos se pusieron a jugar. La madre los miraba contenta, sintiéndose dichosa de tenerlos cerca y de disfrutar de aquel momento.

Juntos se dirigieron a un hermoso paraje, en el que había fuentes de aguas cristalinas y en ellas contemplaron cómo nadaban los peces.

Cantarinas cascadas daban frescura y sofocaban el calor del sol. Los animalitos jugaban mientras Pulgarcito corría de un lado a otro, moviendo el rabo sin parar. Todo el mundo era feliz y sonreía contento y alegre.

Realmente, aquel era un lugar mágico, en el que la dicha y la felicidad envolvían cada instante, llenándolo todo de luz.

Justo aquel día, había una feria y Beatriz montó cuantas veces quiso en los caballitos. Comieron algodón de azúcar y caramelos con sabor a macedonia. Todo era muy divertido. Beatriz no se separaba de su madre y en su cara se dibujaba una permanente sonrisa de felicidad.

—Mamá ¿vendremos más veces aquí?

—Cariño, este lugar no es siempre el mismo. Ya te he dicho que es mágico; por eso cada día es diferente.

—¿Cómo de diferente?

—Eso nunca se sabe. Cada mañana, cuando amanece, todo cambia y aparece un lugar nuevo, lleno de nuevos rincones que has de descubrir.

—No lo entiendo. Explícamelo, mamá, ¡por favor!

—Beatriz, todavía no te lo puedo explicar; pero cuando llegue el momento, tú también lo descubrirás. Aunque eso será dentro de mucho, mucho tiempo. Aún te queda un largo camino que recorrer para llegar aquí.

—Pero es que yo quiero quedarme contigo. Te echo mucho de menos.

—Yo también te hecho mucho de menos, por eso te he traído hasta aquí, para compartir este momento especial y diferente. Y aunque no puedas quedarte, recuerda que sigo a tu lado. No olvides que este camino lo empezamos juntas, pero ahora debes seguir adelante tú sola; yo te acompañaré desde aquí.

—Mamá, dame un beso. ¡Pero corre!, dámelo antes de que suene el despertador.

Su madre se acercó con ternura y, abrazándola, la llenó de besos cálidos y dulces.  Esos besos que jamás se olvidan.

—Te quiero mucho, mamá.

—Yo también te quiero mucho, bonita mía. Pero debes marcharte ya, es hora de despertar. Nos veremos en tu próximo sueño.

El despertador sonó, como cada mañana, pero aquel día, Beatriz se despertó envuelta en una sensación de felicidad.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar «Un bonito sueño» con la voz de Angie Bello Albelda

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Kitete, el hijo de Shindo

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Ilustración: Mónica Pereiro

Había una vez, una mujer chagga, llamada Shindo que vivía en un pueblo al pie del monte Kilimanjaro. Era viuda y no había tenido hijos y como vivía sola, siempre estaba muy cansada, ya que tenía que encargarse de todo. A diario limpiaba su casa y barría el patio, daba de comer a las gallinas; iba al río a lavar la ropa; acarreaba agua del pozo; cortaba la leña; cocinaba…

Cada noche, al ocultarse el sol, Shindo elevaba su vista hacia el monte y rogaba:

—¡Gran Espíritu de la montaña!, estoy cansada. ¡Envíame ayuda!

Cierto día en el que Shindo limpiaba el huerto de malas hierbas, apareció a su lado, de repente, un hombre que habló así a la sorprendida mujer:

—Soy mensajero del Gran Espíritu de la Montaña. Siembra estas semillas de calabaza y cuídalas, porque ellas son la respuesta a tus plegarias.

Dicho esto, desapareció.

Shindo se preguntó: “¿Cómo podrán ayudarme unas semillas de calabaza?», pero igualmente las sembró y las cuidó con esmero.

Asombrada, veía cómo crecían día a día. Tanto, que una semana más tarde, las calabazas ya habían madurado.

La mujer las cortó y se las llevó a su casa, les quitó la pulpa y las dejó huecas. Una vez preparadas, las colgó de una viga. Allí se secarían y se endurecerían y, cuando ya estuvieran listas, las vendería en el mercado para ser usadas como cuencos o jarras.

Separó y reservó para ella la calabaza más pequeña y la colocó junto al fuego para que se secara más rápidamente.

A la mañana siguiente, Shindo se marchó al campo a sembrar y mientras ella no estaba, las calabazas empezaron a cambiar. Les crecieron cabezas, brazos y piernas y, en poco tiempo, aquellas calabazas se habían trasformado en niños.

También la calabaza que Shindo había dejado junto al fuego, era ahora un niño y oyó como los otros lo llamaban desde la viga de la que pendían:

¡Kitete, hermano, bájanos de la viga!

Ayudaremos a mamá.

Bájanos de aquí, Kitete,

¡nuestro hermanito favorito!

Kitete ayudó a bajar a sus hermanos y hermanas de las vigas y ya en el suelo, los niños salieron de la casa y todos empezaron a cantar y a jugar en el patio…

Todos menos Kitete, que como había estado tan cerca del fuego, ahora era un niño débil y enfermizo, al que le costaba entender las cosas. Así, que mientras sus hermanos y hermanas cantaban y jugaban, Kitete los observaba sonriente, sentadito en la puerta de la casa.

Al poco, los niños dejaron de divertirse y pusieron manos a la obra: limpiaron la casa, barrieron el patio, alimentaron a las gallinas, lavaron la ropa en el río, acarrearon el agua del pozo, cortaron leña y cocinaron para que Shindo tuviera la comida preparada al regresar.

Cuando todo estuvo hecho, Kitete ayudó a sus hermanos a colgarse de la viga y poco después, todos eran de nuevo calabazas.

Al llegar Shindo aquella tarde, los vecinos le preguntaron:

—¿Quiénes eran esos niños que estaban hoy en tu casa? ¿De dónde han salido? ¿Por qué te ayudan con el trabajo de casa?

—¿Qué niños? ¿Os reís mí?» —contestó Shindo muy enojada.

Pero al entrar en su casa, se quedó atónita. ¡Todo el trabajo estaba hecho y su comida preparada! ¿Quién podía haber hecho aquello?

Al día siguiente, la historia se repitió. En cuanto Shindo se marchó, las calabazas se convirtieron en niños y gritaron a coro:

¡Kitete, hermano, bájanos de la viga!

Ayudaremos a mamá.

Bájanos de aquí, Kitete,

¡nuestro hermanito favorito!

Kitete los descolgó, jugaron un rato, terminaron las labores de la casa de la casa, subieron a la viga, y todos se convirtieron en calabazas de nuevo.

Una vez más, Shindo quedó desconcertada y decidió descubrir quién la estaba ayudando.

Al tercer día, Shindo fingió que se marchaba, pero en lugar de dirigirse al campo, se escondió para observar qué sucedía. Entonces vio a las calabazas convertirse en niños, y oyó como gritaban:

¡Kitete, hermano, bájanos de la viga!

Ayudaremos a mamá.

Bájanos de aquí, Kitete,

¡nuestro hermanito favorito!

Salieron de la casa, jugaron, hicieron los trabajos caseros y después, con la ayuda de Kitete, empezaron a encaramarse a la viga.

—¡No, no! —les dijo Shindo llorando— ¡No os transforméis de nuevo en calabazas! Seréis mis hijitos y os cuidaré y os querré.

Desde ese día, los niños se quedaron con Shindo, como sus hijos y ella ya nunca más estuvo sola. Todos juntos trabajaron tanto, que pronto mejoró la economía de la casa, y pudieron comprar un campo y un gran rebaño de ovejas y cabras. Todos hacían algo, excepto Kitete, que se quedaba junto al fuego sonriendo.

A Shindo esto no le importaba. De hecho, Kitete era su favorito, porque era como un tierno bebé. Pero en ocasiones, cuando ella estaba cansada o triste, pagaba su mal humor con él.

—¡Eres un niño inútil! —le decía— ¿Por qué no puedes ser inteligente como tus hermanos y hermanas, y trabajar como ellos?

Y Kitete la miraba y sonreía.

Un día que Shindo llevaba una gran olla a la cocina, tropezó con Kitete y se cayó al suelo. La olla de arcilla se hizo añicos y el guiso se esparció por todas partes.

—¡Muchacho tonto! —gritó Shindo— ¡Te tengo dicho que no te cruces en mi camino! Pero, ¿qué puedo esperar de ti si no eres un niño de verdad? ¡Solo eres una calabaza hueca!

En ese mismo instante, Kitete desapareció y en su lugar quedó la pequeña calabaza.

—¿Qué he hecho? —se lamentaba Shindo acariciando la anaranjada superficie— ¡No quería decir eso! Tú no eres una calabaza, tú eres mi hijito querido.

Los hermanos y hermanas de Kitete se miraron entre ellos, y todos subieron de un salto a la viga y al unísono gritaron:

¡Kitete, hermano, bájanos de la viga!

Ayudaremos a mamá.

Bájanos de aquí, Kitete,

¡nuestro hermanito favorito!

Pasó el rato y nada sucedía. Hasta que, de repente, la pequeña calabaza empezó a cambiar: le creció una cabeza, luego unos brazos, y finalmente unas piernas. ¡De nuevo era Kitete!

Shindo aprendió la lección, Kitete era distinto, pero no por ello menos valioso que el resto de sus hijos. A partir de entonces, tuvo mucho cuidado en repartir su amor entre todos por igual y ellos, a su vez, le ofrecieron consuelo y felicidad, durante el resto de sus días.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar «Kitete, el hijo de Shindo» con la voz de Angie Bello Albelda

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