cartero

La carta

Ilustración: Arnold Lobel

Sepo estaba sentado en el porche.

Sapo pasó por allí y dijo:

—¿Qué te pasa, Sepo? Pareces triste.

—Sí —dijo Sepo—. Este es mi rato triste del día. Es el momento en que espero que venga el correo. Me hace siempre muy desgraciado.

—¿Y eso por qué? —preguntó Sapo.

—Porque nunca tengo carta —dijo Sepo.

—¿Nunca? —preguntó Sapo.

—No, nunca —dijo Sepo—. Nadie me ha enviado nunca una carta. Todos los días mi buzón está vacío. Es por lo que esperar el correo es un momento triste para mí.

Sapo y Sepo se sentaron en el porche, sintiéndose tristes juntos.

Luego Sapo dijo:

—Tengo que irme a casa ya, Sepo. Hay algo que debo hacer.

Sapo se marchó a su casa rápidamente.

Encontró un lápiz y un trozo de papel.

Escribió en el papel.

Metió el papel en un sobre.

En el sobre escribió: “CARTA PARA SEPO”

Sapo salió corriendo de su casa.

Vio un caracol al que conocía.

—Caracol —dijo Sapo—, por favor, toma esta carta para Sepo y ponla en el buzón de su casa.

—De acuerdo —dijo el caracol—. Ahora mismo.

Luego Sapo volvió corriendo a la casa de Sepo. Este estaba en cama, durmiendo la siesta.

—Sepo —dijo Sapo—, creo que debes levantarte y esperar el correo un poco más.

—No —dijo Sepo—, estoy cansado de esperar el correo.

Sapo miró por la ventana el buzón de Sepo.

El caracol no había llegado todavía.

—Sepo —dijo Sapo—, nunca se sabe cuándo puede enviarte alguien una carta.

—No, no —dijo Sepo—. Creo que nadie me enviará nunca una carta.

Sapo miró por la ventana.

El caracol todavía no había llegado.

—Pero, Sepo —dijo Sapo—, alguien puede enviarte una carta hoy.

—No seas bobo —dijo Sepo—. Nadie me ha enviado nunca una carta antes y nadie me enviará una carta hoy.

Sapo miró por la ventana.

El caracol todavía no había llegado.

—Sapo, ¿por qué te quedas mirando por la ventana? —preguntó Sepo.

—Porque ahora estoy esperando el correo —dijo Sapo.

—Pero no habrá nada —dijo Sepo.

—¡Oh!, sí que habrá —dijo Sapo—, porque yo te he enviado una carta.

—¿De verdad? —dijo Sepo—. ¿Qué has escrito en la carta?

Sapo dijo:

—Escribí: “Querido Sepo, estoy contento de que tú seas mi mejor amigo. Tu mejor amigo, Sapo.”

—¡Oh! —dijo Sepo—, es una carta preciosa.

Entonces Sapo y Sepo salieron al porche de la entrada a esperar el correo.

Se sentaron allí, sintiéndose felices juntos.

Sapo y Sepo esperaron mucho rato.

Cuatro días más tarde el caracol llegó a la casa de Sepo y le dio la carta de Sapo.

Sepo se alegró mucho de recibirla.

FIN

rainbow_pencil_avatar_by_shirokuro_chan¿Quién ha escrito y quién ha ilustrado este cuento?

Un tesoro bajo el sofá

 

No podéis ni imaginar la de cosas maravillosas que se esconden bajo un sofá. Solo hay que ser lo bastante valiente para alargar el brazo y no hacer ascos a lo que podáis encontrar.

Irene tiene una caja llena de tesoros encontrados bajo el sofá: una punta de lápiz de color verde manzana, un encendedor que no funciona, tres tapones de bolígrafo medio roídos y un alfiler.

Hace unos días, también encontró dos pelusas de Miula. Estaban pegadas al trocito de mortadela que se le cayó mientras merendaba. Pero las pelusas no las guardó.

Después de la limpieza del domingo, en casa no se encuentran demasiados tesoros bajo el sofá y, por eso, hoy Irene ha tenido que poner los dos brazos bajo la butaca. Se ha estirado cual larga es y casi se habría colado por el agujero a ras del suelo si su madre no la hubiera enganchado por los pies como quien atrapa una lagartija.

Pero la «lagartija» lleva el puño bien cerrado y una sonrisa de oreja a oreja. «Esta vez he pescado algo grande», piensa, y abre la mano delante de su madre muy orgullosa.

—¿Aún has encontrado porquerías? —le ha dicho mamá—Anda, dame que lo tiro.

Irene ha huido de las «garras todolotiran» de mamá.

—Pero, ¿qué dices? ¡¿Una porquería?! —grita indignada—. Pero, si es el cuadro más chiquito y bonito que he visto en toda mi vida. Una obra de arte en miniatura. ¡Y qué colores! Esto lo tiene que ver papá…

Lo encuentra doblando la colada y bostezando.

—Papá, ¿verdad que esto es un tesoro de un valor que no se puede ni contar?

—Será «de valor incalculable», Irene…—la corrige su padre.

—¡Eso! ¡Un tesoro de valor incalculable! —sonríe ella satisfecha— ¡Si ya sabía yo que tenía razón!

Segura de que Marcos se morirá de envidia, corre a la habitación de su hermano. La puerta está cerrada —para variar— y ella grita para hacerse oír:

—¡Marcos, mira que he encontrado!, ¡soy rica!

—Sí, lo más seguro —contesta su hermano desde dentro.

—¡Te lo prometo! Abre y verás…

Marcos abre la puerta solo a medias y estira la mano. Irene duda, pero, finalmente, le alarga su tesoro de valor incalculable.

—¿Esto? ¡Esto ya no vale para nada, pedazo de chorlito! Ahora hay ordenadores —se burla Marcos y le devuelve su tesoro.

Cabizbaja sale al jardín. Al otro lado de la valla está la vecina, Josefina, que le pellizca cariñosamente la mejilla.

—¿Qué te pasa, Irene, preciosa? Tienes una cara de pescado hervido que asusta.

—Es que Marcos dice que esto no vale para nada —Y le enseña su tesoro de valor incalculable, que ya no tiene ningún valor.

La vecina lo mira y, de repente, es ella la que pone ojos de pescado hervido. Y le cuenta no sé qué de un antiguo novio, que siempre le escribía y perfumaba las cartas. Cartas larguísimas llenas de «terroncitos de azúcar», de «miradas de caramelo», de «besos de café con leche», de «caricias de miel»…

Irene, empachada, se marcha a dar una vuelta. ¡Ahora sí que ya no entiende nada! Su tesoro de valor incalculable, que ya no vale para nada, resulta que es más dulce que una piruleta de pastel de chocolate blanco. ¡Ecs!

—¿Qué llevas en la mano, Irene? —pregunta Pedro, el cartero.

—No mucho. Un tesoro de valor incalculable, que ya no vale para nada y que es más dulce que una piruleta de pastel de chocolate blanco.

—¿Me lo dejas ver? —pide curioso Pedro.

Irene abre la mano, ya sin muchas esperanzas. Pedro sonríe. Sonríe tanto, que su boca parece un buzón boquiabierto.

—¡Caramba, Irene! ¡Pero si esto es una varita mágica!, ¡un pozo de los deseos!, ¡la lámpara de Aladino! ¡Qué hallazgo!

Irene lo mira dubitativa, pero Pedro, muy serio, le explica que aquel cuadradito tan pequeño es un teléfono directo que la comunicará con su hada madrina, pero que solo él es capaz de hacerlo funcionar, así que se lo tendrá que dar. Y entonces le pregunta quién es su hada madrina.

—Hombre, hada, hada no sé si es, pero mi madrina es la abuela Mercedes, la que vive en el pueblo —le aclara Irene.

—¡Ah!, ya sé. Vamos bien. Y ahora el deseo. Toma, escribe lo que más te gustaría tener en el mundo en este papel…

Al cabo de cinco días, suena el timbre. Irene sale volando, directa hacia la entrada.

—¡Ya abro yo! ¡Ya abro yo!

—Antes pregunta quién es —dice la madre.

Pero ya es demasiado tarde, Irene ha abierto la puerta y encuentra a la abuela Mercedes plantada en el jardín. De su mano, cuelgan unas riendas y las riendas tiran de un caballo que lleva un gran lazo en la cola.

—¡Es mi deseo, es mi deseo! —grita sin parar Irene mientras brinca.

Miula, mamá, papá y Marcos, al oír sus gritos, se asoman para ver qué ocurre y se encuentran a Irene y a la abuela en el porche, sentadas en el viejo balancín. Además del caballo, la abuela le ha llevado otra sorpresa: una cajita llena a rebosar de sellos de correo.

—¡Oh!, son todos como el tesoro que encontré bajo el sofá—Se maravilla Irene.

—Sí —sonríe la abuela Mercedes— Son tesoros. Y valen tanto como tú los quieras hacer valer.

Y mientras acaricia su cabeza le dice:

—Escríbeme a menudo, linda, y cuéntame todos tus deseos.

FIN