caza

El reparto de la caza

Ilustración: harryett

Érase una vez, hace muchos, muchos años, que en un lejano pueblo vivían dos vecinos; el primero de ellos se pasaba de listo y el segundo no llegaba ni a tonto de lo tonto que era. Por este motivo, el listo no perdía ocasión de aprovecharse de la simpleza del tonto.

Un día, los dos vecinos decidieron que, en adelante, saldrían juntos de cacería cada domingo y así lo hicieron durante un tiempo. Después de muchos días de caza, el resultado era siempre el mismo: el listo salía siempre mejor parado en el reparto de las piezas.

El vecino tonto, que aunque muy tonto alguna luz tenía, llegó un momento en el que se dio cuenta de que el otro le tomaba el pelo, ya que siempre regresaba con menos piezas en su zurrón, mientras que su vecino lo llevaba repleto, así que decidió hablar seriamente con su compañero de caza. Discutieron y discutieron y, por fin, convinieron en que, en lo sucesivo, repartirían todo lo que cazaran a medias obtuviera quien obtuviera la pieza.

Ya de acuerdo, salieron el siguiente domingo de caza y se cobraron dos piezas: una perdiz y un mochuelo.

El listo, como siempre, se dio prisa en repartir las presas:

—Bueno, vecino, ya ves que hemos cobrado dos piezas, así que, para hacer las cosas bien, y tal y como dijimos, será una para ti y otra para mí. ¿Estás conforme?

—Claro, ese fue el acuerdo al que llegamos —contestó el tonto.

—Pues toma. Para ti el mochuelo y para mí la perdiz.

El hombre se aguantó con lo que le había tocado y pensó que otro día sería para él la mejor pieza.

Al domingo siguiente volvieron a salir y cazaron, exactamente, lo mismo: una perdiz y un mochuelo.

El listo volvió a repartir:

—Veamos, son dos piezas, así que será una para cada uno…Y para que el reparto sea justo, esta vez lo haremos al revés.

—Me parece estupendo –dijo el tonto. ¿Cómo lo repartiremos hoy?

—Pues muy fácil, vecino, la perdiz para mí y el mochuelo para ti.

El tonto, que era un rato tonto, se quedó pensativo y después de un buen rato le dijo a su vecino:

—Oye, vecino, ¿no te parece un poco raro que, lo hagamos como lo hagamos, siempre me toque a mí el de los ojos grandes?

FIN

El gran cuervo blanco

Ilustración: Checanty

En remotos tiempos, cuando la tierra y la gente eran todavía jóvenes, todos los cuervos eran blancos como la nieve.

En aquellos tiempos pasados, para sobrevivir, las gentes dependían de la caza de los grandes búfalos. Aquellos cazadores no tenían caballos, ni armas de hierro y muchísimo menos aún tenían armas de fuego. Salían de caza a pie y con armas de piedra y flechas de madera. Aquel era un trabajo arduo y duro, incierto y muy peligroso. A todo eso, además, se sumaba que los cuervos dificultaban la tarea de los cazadores, puesto que por aquel entonces eran los mejores amigos de los búfalos.

Sobrevolaban la pradera y vigilaban todo lo que sucedía. En cuanto descubrían que se acercaban los cazadores, se dirigían raudos hacia las manadas de búfalos, se posaban entre sus cuernos y los avisaban del inminente peligro:

—Cra, cra, cra, hermanos, ¡huid! Los cazadores se acercan. Llegan a través de aquel barranco.

O les advertían:

—¡Corred, corred!, acechan cazadores tras aquellas colinas. iCra, cra, cra!

Al oírlos, los búfalos iniciaban la estampida y el hombre, sin poder cazar, se moría de hambre.

Ante esta desesperada situación, los indios wintu se reunieron en consejo alrededor de una gran fogata para decidir qué hacer.

El anciano y sabio jefe habló así:

—De entre todos los cuervos, hay uno que es dos veces más grande que los demás. Ese cuervo es el gran jefe, así que debemos capturarlo a él y darle un buen escarmiento para que los otros aprendan. De lo contrario, moriremos  pronto de hambre.

—Cierto, gran jefe —respondieron todos los guerreros al unísono— Pero ¿cómo lo haremos? ¡Son demasiado astutos los cuervos!

En silencio, el anciano jefe se levantó de la piedra en la que estaba sentado, se dirigió a su tienda y, al poco, regresó con una gran piel de búfalo que aún conservaba la cabeza y los cuernos. La colocó sobre la espalda del más valiente de los guerreros y le ordenó:

—Ve en busca de los búfalos vestido con esta piel, pensarán que eres uno de ellos. Los cuervos tampoco sospecharán y así tú podrás capturar al gran cuervo blanco.

Disfrazado de búfalo, el joven se fue acercando al rebaño, como si estuviese pastando. Las grandes y peludas bestias no le prestaron atención.

Entretanto, los cazadores siguieron con sigilo al joven armados con sus arcos. Cuando ya estuvieron muy cerca del ganado, los cuervos, como siempre, llegaron volando para advertir a los búfalos:

-—Cra, cra, cra, hermanos, se acercan los cazadores para daros caza. ¡Huid de sus flechas!, cra, cra, cra.

Y también como siempre, los búfalos desaparecieron a la estampida. Todos excepto el joven disfrazado con la piel peluda, que fingía no haberse enterado de nada y seguía pastando tranquilamente.

Al verlo, el gran cuervo blanco, se acercó planeando, se posó sobre los hombros del cazador y sacudiendo sus alas, le dijo:

—Cra, cra, cra, hermano, ¿estás sordo? Los cazadores están cerca, sobre aquella loma. ¡Sálvate!

Justo en ese instante, el joven sacó el brazo de debajo de la piel y agarró al cuervo por las patas. Con una cuerda se las ató bien fuerte y sujetó el otro extremo a una gran piedra. Aunque el cuervo forcejeó, no pudo escapar y el muchacho cargó con él hasta la aldea.

Otra vez los hombres se reunieron en consejo alrededor del fuego.

—¿Qué haremos con este gran cuervo blanco que nos ha hecho pasar tanta hambre?

—¡Si por mi fuera, lo freiría y me lo comería! —respondió un cazador hambriento. Y antes de que alguien pudiese detenerlo, arrancó de un tirón el cuervo de manos de su captor y lo echó al fuego del consejo, con piedra y cuerda incluidos—. ¡Así aprenderás a no meterte donde no te llaman! —afirmó enojado.

Como era de esperar, la cuerda que sostenía la piedra ardió y el gran cuervo se las ingenió para salir volando de entre las llamas. Pero ya estaba chamuscado y muchas de sus plumas se habían carbonizado. Seguía siendo grande, pero ya no era blanco, sino más negro que la noche.

—Cra, cra, cra —graznaba desesperado, volando tan rápido como podía— ¡Dejadme tranquilo! No lo haré nunca más; no avisaré más a los búfalos, y prometo que tampoco lo hará el resto de los cuervos. ¡Lo prometo! ¡Lo prometo!, cra, cra, cra.

Así fue como el gran cuervo consiguió escapar. Pero desde aquel día, todos los cuervos del mundo son negros.

FIN