cazador

El gran cuervo blanco

Ilustración: Checanty

En remotos tiempos, cuando la tierra y la gente eran todavía jóvenes, todos los cuervos eran blancos como la nieve.

En aquellos tiempos pasados, para sobrevivir, las gentes dependían de la caza de los grandes búfalos. Aquellos cazadores no tenían caballos, ni armas de hierro y muchísimo menos aún tenían armas de fuego. Salían de caza a pie y con armas de piedra y flechas de madera. Aquel era un trabajo arduo y duro, incierto y muy peligroso. A todo eso, además, se sumaba que los cuervos dificultaban la tarea de los cazadores, puesto que por aquel entonces eran los mejores amigos de los búfalos.

Sobrevolaban la pradera y vigilaban todo lo que sucedía. En cuanto descubrían que se acercaban los cazadores, se dirigían raudos hacia las manadas de búfalos, se posaban entre sus cuernos y los avisaban del inminente peligro:

—Cra, cra, cra, hermanos, ¡huid! Los cazadores se acercan. Llegan a través de aquel barranco.

O les advertían:

—¡Corred, corred!, acechan cazadores tras aquellas colinas. iCra, cra, cra!

Al oírlos, los búfalos iniciaban la estampida y el hombre, sin poder cazar, se moría de hambre.

Ante esta desesperada situación, los indios wintu se reunieron en consejo alrededor de una gran fogata para decidir qué hacer.

El anciano y sabio jefe habló así:

—De entre todos los cuervos, hay uno que es dos veces más grande que los demás. Ese cuervo es el gran jefe, así que debemos capturarlo a él y darle un buen escarmiento para que los otros aprendan. De lo contrario, moriremos  pronto de hambre.

—Cierto, gran jefe —respondieron todos los guerreros al unísono— Pero ¿cómo lo haremos? ¡Son demasiado astutos los cuervos!

En silencio, el anciano jefe se levantó de la piedra en la que estaba sentado, se dirigió a su tienda y, al poco, regresó con una gran piel de búfalo que aún conservaba la cabeza y los cuernos. La colocó sobre la espalda del más valiente de los guerreros y le ordenó:

—Ve en busca de los búfalos vestido con esta piel, pensarán que eres uno de ellos. Los cuervos tampoco sospecharán y así tú podrás capturar al gran cuervo blanco.

Disfrazado de búfalo, el joven se fue acercando al rebaño, como si estuviese pastando. Las grandes y peludas bestias no le prestaron atención.

Entretanto, los cazadores siguieron con sigilo al joven armados con sus arcos. Cuando ya estuvieron muy cerca del ganado, los cuervos, como siempre, llegaron volando para advertir a los búfalos:

-—Cra, cra, cra, hermanos, se acercan los cazadores para daros caza. ¡Huid de sus flechas!, cra, cra, cra.

Y también como siempre, los búfalos desaparecieron a la estampida. Todos excepto el joven disfrazado con la piel peluda, que fingía no haberse enterado de nada y seguía pastando tranquilamente.

Al verlo, el gran cuervo blanco, se acercó planeando, se posó sobre los hombros del cazador y sacudiendo sus alas, le dijo:

—Cra, cra, cra, hermano, ¿estás sordo? Los cazadores están cerca, sobre aquella loma. ¡Sálvate!

Justo en ese instante, el joven sacó el brazo de debajo de la piel y agarró al cuervo por las patas. Con una cuerda se las ató bien fuerte y sujetó el otro extremo a una gran piedra. Aunque el cuervo forcejeó, no pudo escapar y el muchacho cargó con él hasta la aldea.

Otra vez los hombres se reunieron en consejo alrededor del fuego.

—¿Qué haremos con este gran cuervo blanco que nos ha hecho pasar tanta hambre?

—¡Si por mi fuera, lo freiría y me lo comería! —respondió un cazador hambriento. Y antes de que alguien pudiese detenerlo, arrancó de un tirón el cuervo de manos de su captor y lo echó al fuego del consejo, con piedra y cuerda incluidos—. ¡Así aprenderás a no meterte donde no te llaman! —afirmó enojado.

Como era de esperar, la cuerda que sostenía la piedra ardió y el gran cuervo se las ingenió para salir volando de entre las llamas. Pero ya estaba chamuscado y muchas de sus plumas se habían carbonizado. Seguía siendo grande, pero ya no era blanco, sino más negro que la noche.

—Cra, cra, cra —graznaba desesperado, volando tan rápido como podía— ¡Dejadme tranquilo! No lo haré nunca más; no avisaré más a los búfalos, y prometo que tampoco lo hará el resto de los cuervos. ¡Lo prometo! ¡Lo prometo!, cra, cra, cra.

Así fue como el gran cuervo consiguió escapar. Pero desde aquel día, todos los cuervos del mundo son negros.

FIN

Caperucita, Ramiro y el colgante

Ilustración: poubelle-de-dav

Érase una vez un lobo llamado Ramiro, siempre sonriente y siempre dispuesto a ayudar al resto de animales del bosque. Un día, salió triste de su casa; había perdido el colgante que le había regalado su abuela. Era muy especial para él, porque le daba suerte y le permitía sentirse cerca de su abuela y pedirle consejo si lo necesitaba.

—¿Qué te pasa, Ramiro? —le preguntó su amigo Roberto, el pájaro carpintero, al verlo aparecer con cara compungida.

—He perdido el colgante que me regaló mi abuela. Lo he buscado por todos sitios, pero no logro encontrarlo.

—Yo sé quién lo tiene. La semana pasada, vi a una niña vestida con un traje rojo que recogía fruta; lo encontró al pie de un árbol y se lo llevó.

—¿Y sabes dónde podría encontrar a esa niña?

—Alguna vez la he visto visitando una casa en medio del bosque. Pregunta allí.

—Gracias, Roberto.

Tras caminar un rato, Ramiro escuchó que alguien cantaba:

—La, la, la, la…

—Hola, soy Ramiro. ¿Cómo te llamas?

—Hola Ramiro, soy Caperucita. Voy a casa de mi abuelita a llevarle esta cesta de comida —dijo la niña, que vestía una capa roja.

Ramiro se dio cuenta de que lucía en el cuello su colgante.

—¿Te puedo acompañar? El bosque es peligroso.

—Sí, gracias, Ramiro.

—Caperucita, ¿estuviste hace unos días en el bosque? —le preguntó poco después.

—Yo ando mucho por el bosque. Me gusta recoger flores y frutas para mi abuela.

—¿No encontrarías, por casualidad, un colgante? Perdí uno hace poco.

—¿Yo? —Caperucita escondió con disimulo la joya dentro de su blusa, pero Ramiro se dio cuenta—. No, yo no me llevo las cosas de los demás.

Triste, Ramiro pensó hablar con la abuela de Caperucita para que convenciera a su nieta de que le devolviese su colgante.

—Caperucita, ¿vive muy lejos tu abuelita?

—No, muy cerca, justo al lado del pantano.

—Como esta zona ya es segura, ¿te puedo dejar sola? Se me ha hecho tarde y tengo que volver a casa.

—Claro. Gracias por tu compañía.

—Por cierto, para ir a casa de tu abuela, te recomiendo que sigas el camino de la derecha en la bifurcación que hay más adelante, está lleno de flores y frutas.

Ramiro se marchó y fue por el camino de la izquierda, el más directo para llegar a casa de la abuelita. Cuando Ramiro llegó allí, a Caperucita aún le quedaba un buen trecho por recorrer.

—Buenos días, abuelita. Hace unos días, su nieta Caperucita se encontró un colgante que yo había perdido. He estado con ella hace un rato y aunque se lo he visto puesto, ella me ha dicho que no lo tenía. ¿Puede pedirle usted que me lo devuelva?

—¡No seas mentiroso! Mi nietecita es demasiado buena como para mentir así.

—¡Pero le digo la verdad!

—Bueno, tranquilo. Hablaré con ella. Te traeré algo de beber mientras la esperamos.

La abuelita fue a la cocina, descolgó un rodillo y, con él en las manos, se abalanzó sobre Ramiro, que asustado abrió la boca para gritar, pero en vez de eso, lo que hizo fue comerse a la abuela de un solo bocado sin querer.

En ese preciso instante, el lobo oyó el lejano canturreo de Caperucita, que se acercaba. Se puso nervioso y se metió en la cama de la abuelita temblando.

Al entrar en la casa, Caperucita vio el rodillo tirado en el suelo y lo recogió. Eso la hizo sospechar, porque su abuela era muy ordenada.

—Abuelita, ya he llegado —gritó desde el salón la pequeña.

—Pasa, pasa. Estoy en la habitación —dijo el lobo intentando suavizar la voz.

Al ver al animal entre las sábanas, Caperucita exclamó:

—Abuelita, abuelita. Te noto un poco rara, ¿qué te ocurre?

—E… esto… estoy un poco enferma.

—Abuelita, abuelita. Qué ojos más grandes tienes.

—Em… pues… ¡Es que son para verte mejor! —improvisó Ramiro.

—Abuelita, abuelita… qué nariz más grande tienes.

—Pues… es que… ¡Es para olerte mejor! —disimuló olisqueando su cabello.

Caperucita sabía que esa no era su abuelita.

De pronto, Ramiro vio reflejado en el espejo del armario el rodillo que la niña escondía a su espalda.

—Abuelita, abuelita… qué boca tan grande tienes.

—Es… ¡para comerte mejor! —gritó Ramiro intentando asustar a Caperucita para que no lo atacase.

La pequeña dio un salto hacia atrás y Ramiro aprovechó para quitarle el colgante. La niña gritó pidiendo socorro, mientras no dejaba de repetir que el lobo se la quería comer. Ramiro aullaba para intentar calmarla. Los gritos de ambos alertaron a un cazador que se acercó con cautela y observó desde la ventana cómo Caperucita corría hacia Ramiro. El pobre, arrinconado y temeroso, cerró los ojos y abrió su enorme boca para gritar y, justo entonces, Caperucita se metió sola en la boca del lobo.

Ramiro se sentó en un sillón para pensar en qué podía hacer y ahí se quedó dormido.

Mientras, el cazador, que había juntado muchas piedras en la entrada de la casa, entró sigiloso y con un enorme cuchillo le abrió la tripa a Ramiro para sacar a Caperucita y a la abuelita y meter las piedras en su lugar. Luego lo cosió y los tres se escondieron para ver qué ocurría.

Ramiro despertó y decidió ir a dar un paseo para seguir meditando. Caperucita, la abuelita y el cazador lo siguieron. En el pequeño pantano cercano, el lobo se paró para beber agua y, al inclinarse sobre el borde, el peso de las piedras lo precipitó hacia el fondo. Todos pensaron que aquel era el fin.

Pero, poco después, Ramiro salió a la superficie a lomos de un hipopótamo, al cual le agradeció que le hubiese salvado la vida. Por suerte, el agua había deshecho el hilo con el que el cazador había cosido la barriga del lobo y las piedras se habían hundido en el pantano. Preocupado, por si también había perdido el colgante, Ramiro se echó la mano al bolsillo, pero al comprobar que lo tenía, respiró tranquilo.

Volvió, muy enfadado, a casa de la abuelita para pedir explicaciones por lo mal que lo habían tratado, pero al acercarse, oyó música y risas. Se escondió tras unos arbustos y vio que Caperucita y los demás habían organizado una gran fiesta. Prefirió no pensar en lo que celebraban, simplemente se puso el colgante, sonrió y regresó, feliz, a su casa.

FIN

La tortuga cantora

yellow_ringed_tortoise_by_sethfitts-d5erf2s

Ilustración: SethFitts

Cuando los humanos aún comprendían el lenguaje de la naturaleza, vivió, en una remota aldea del centro de África, un gran cazador.

Cierto día, yendo tras las huellas de un león, se alejó más que de costumbre y se adentró en las profundidades de un espeso bosque, en un paraje en el que jamás antes había estado.

Miraba a su alrededor intentando ubicarse, cuando, de pronto, se quedó petrificado al oír una melodiosa voz que cantaba:

—El hombre es quien se obliga a las cosas. No son las cosas las que lo obligan a él.

El sosegado canto, acompañado por las suaves notas de un violín, dejó al cazador tan ensimismado, que se olvidó por completo del león y en su corazón sintió una gran paz.

Cuando la música se terminó, lleno de curiosidad, empezó a buscar entre los arbustos.

Intentaba orientarse por algún ruido, como solía hacer cuando cazaba. Le había parecido que aquella dulce tonada provenía de la derecha y allí se dirigió, para descubrir con asombro, al apartar una mata, que la intérprete era una tortuga gigante, que lo miraba con tranquilidad:

—Te deseo buenos días, cazador.

El hombre no salía de su asombro. Nunca en su vida había presenciado algo tan maravilloso.

Tal fue el efecto que provocó sobre él aquel encuentro que, sin poder resistirse, recorría cada día el largo camino desde su casa hasta el lejano bosque para escuchar la melodía de la criatura mágica.

Tras muchos días y muchos ruegos, consiguió que la tortuga cantora accediera a marcharse con él para vivir juntos en su choza. De este modo, no tendría que desplazarse a diario tan lejos para poder oír su canto.

Sin embargo, la tortuga puso una condición para emprender el camino. Le advirtió que únicamente cantaría para él y que nunca, nunca, bajo ningún concepto, debía pedirle que interpretara su canción en presencia de otros humanos. El cazador estuvo de acuerdo y prometió que respetaría el acuerdo.

Durante una larga temporada vivieron juntos y la tortuga entonaba su canto para él, tal y como le había prometido. Pero llegó un día en el que el cazador, no contento con escuchar a solas la maravillosa canción, empezó a imaginar lo mucho que podría presumir ante el mundo de aquel don mágico que el animal poseía y de los beneficios que aquel arte único le podía reportar.

Decidió, entonces, contar su secreto a una persona, y esa persona se lo contó a otra, y esa otra a otra y a otra más. Hasta que, finalmente, el secreto, que ya no era secreto, llegó a oídos del jefe de la tribu, el cual ordenó al cazador que se presentara ante él para oír, directamente de sus labios, aquella increíble historia.

Él cazador le describió con todo lujo de detalles cómo era la tortuga, cuál era el tono de aquella voz que enamoraba, e incluso se atrevió a tararear la canción que entonaba, pero ni el jefe ni nadie en el pueblo creyeron lo que les contaba. Se burlaban del que, en otro tiempo, había sido el mejor cazador del poblado y que ahora, decían, era solo un loco.

Tanto se mofaron, tanto porfiaron, que el cazador acabó por decir indignado:

—Os demostraré que no estoy loco. Mañana vendré acompañado de la tortuga y vosotros mismos comprobaréis que todo lo que cuento es cierto. Ya veremos quién ríe entonces. Si os he mentido, si no es cierto lo que cuento, me marcharé para siempre de aquí y nunca me volveréis a ver.

—De acuerdo —le contestaron—. Te damos todo el día de mañana, desde la salida hasta la puesta del sol, para demostrarnos que dices la verdad. Si es cierto que tu tortuga canta, podrás pedirnos lo que quieras.

El cazador regresó a su casa, contento del modo en que se habían desarrollado los acontecimientos y feliz, porque les daría una lección a todos por no haber creído sus palabras.

Cuando el primer rayo de sol entró por la ventana de la choza, se levantó y puso rumbo al lugar en el que se celebraban las asambleas del poblado. Junto a él, despacio, caminaba la tortuga.

El pueblo al completo lo esperaba para escuchar el milagro.

El cazador pidió a la tortuga que cantara, pero ella permaneció impávida, mirando hacia delante, como si no hubiera oído nada.

Una y otra vez, el cazador solicitó, ordenó, imploró y suplicó de mil formas distintas que interpretase su canción, pero fueron pasando los minutos, que se convirtieron en horas, sin que la tortuga se moviera. Permanecía muda; con la vista clavada al frente.

Primero avergonzado y después temeroso, el cazador seguía intentando, por todos los medios, convencerla, pero de nada sirvieron ruegos o amenazas. Todo fue en vano.

Con el último rayo de sol, el humillado cazador recogió todas sus pertenencias y se marchó para siempre del poblado. Entre burlas, se alejó río abajo con su canoa y nunca más se volvió a saber de él.

Justo en el momento en que ya solo era un puntito en la lejanía, para sorpresa de los habitantes de la aldea, la tortuga cantó:

Se miraron unos a otros y uno de ellos dijo con voz triste:

—Era verdad. Pero por culpa de la tortuga, que no ha cantado y por nuestra culpa, por no creer lo que decía, se ha tenido que marchar. Ahora nunca lo volveremos a ver.

—Él se lo ha buscado —aclaró la tortuga—. Yo vivía tranquilamente en el bosque, pero insistió tanto, que accedí a venir aquí con él. Solo puse una condición: que guardara mi secreto y que no me pidiera jamás que cantara ante otros. Si hubiera cumplido su palabra, no habría pasado nada.

Dicho esto, la tortuga se puso en marcha y se alejó del pueblo entonando su canción:

—El hombre es quien se obliga a las cosas. No son las cosas las que lo obligan a él.

FIN

Ve a No sé dónde y trae No sé qué

a_russian_summer_by_tieneke-d4b6cpu

Ilustración: Tieneke

En un remoto imperio a orillas de un mar azul, vivió un zar que tenía a su servicio a cien arqueros, los cuales salían cada día a cazar para proveer de carne su mesa. De entre todos, Fedot era el mejor, pues siempre acertaba en el blanco.

Una mañana, muy de mañana, Fedot salió de caza. Justo cuando el alba teñía de rojo las mejillas de las nubes, penetró en un bosque espeso y lóbrego. No había avanzado mucho, cuando frente a él vio, en la rama de un abedul, una paloma que zureaba aún con el sueño pegado a sus plumas. Tensó el arco, apuntó y disparó. La paloma, herida en un ala, cayó a tierra. El tirador la recogió y cuando ya estaba a punto de retorcerle el pescuezo y colocarla en su escarcela, oyó que la paloma hablaba:

—¡Déjame vivir, por favor! Te diré lo que has de hacer para ser un hombre afortunado. Llévame a tu casa y en el preciso instante en que veas que el sueño se apodera de mí, arráncame con tu mano derecha el ala herida.

El sorprendido cazador, que jamás había oído hablar a un pájaro, hizo lo que la paloma le decía. La llevó a su casa y no tuvo que esperar mucho a que el ave conciliara el sueño. En el justo instante en que se durmió, el arquero levantó su diestra y arrancó el ala herida. Por arte de magia, la paloma se transformó en la mujer más hermosa que ojos nunca vieran, ni lengua expresara, ni imaginación representara, ni siquiera en sueños. Abrió los ojos y dirigió la palabra al arquero del zar:

—Hola Fedot, soy Milenka. Tú que has tenido talento para cazarme, tenlo también para vivir conmigo.

En un momento estuvieron de acuerdo y se casaron. Fedot siguió cazando para el zar y cada día, antes de salir el sol, se colgaba el arco a la espalda, iba al bosque, atrapaba algunos animales y los llevaba a la cocina real. Sin embargo, a Milenka no le gustaba que cazara, así que un día le dijo:

—Cada día vas al bosque a matar animales y no por eso comemos mejor o vivimos mejor. ¿Qué trabajo es este? Yo, en cambio, tengo un plan que mejorará nuestra existencia: dame cien monedas de oro y lo demás corre de mi cuenta.

Fedot fue a ver a sus compañeros y les pidió a cada uno una moneda, después añadió él una y se apresuró a entregárselas todas a su mujer.

—Con estas monedas compraré seda de varios colores. Tú no te preocupes por nada, échate a dormir que yo me ocuparé de todo.

Cuando Fedot se quedó dormido, Milenka abrió su libro de encantamientos y de él salieron dos jóvenes que le dijeron:

—¿Qué deseas?

—Deseo que tejáis con estas sedas de colores la más admirable alfombra que el mundo haya contemplado y que en ella bordéis todas las ciudades, pueblos, ríos, montes y lagos de este reino.

Los dos jóvenes se pusieron a trabajar y bordaron una alfombra que era la maravilla de las maravillas. Al día siguiente, la mujer entregó la alfombra al marido, diciéndole:

—Lleva la alfombra al mercado y véndela, pero no regatees; toma lo que te ofrezcan por ella.

Fedot se fue al mercado y no tardó en acercarse un comerciante:

—¿Cuál es el precio de esta alfombra?

—No lo sé. Fíjalo tú mismo, ya que entiendes de esto.

El comprador empezó a pensar, pero fue incapaz de fijar un precio para la alfombra y se marchó.

Pasó otro comprador y luego otro y otro, hasta que se formó un corrillo de compradores que contemplaba admirado la alfombra sin lograr fijar un precio. Acertó en aquel momento a pasar el mayordomo real y al ver el grupo se acercó:

—¿Qué ocurre aquí? —inquirió.

—No sabemos qué precio poner a esta alfombra —le contestaron.

Entonces, el mayordomo real miró la alfombra y quedó también maravillado.

—¡Escucha, arquero! ¿De dónde has sacado esta alfombra?

—Mi mujer la tejió.

—¿Cuánto pides por ella?

—No sé cuánto vale, ella me encargó que aceptase lo que me ofrecieran sin regatear.

—Entonces te doy 1.000 monedas de oro.

El arquero tomó el dinero y el mayordomo se llevó la alfombra y se presentó ante el zar.

—Majestad, ¿me haríais el honor de mirar esta alfombra que he comprado?

El zar, al ver la alfombra en la que estaba bordado todo su reino, suspiró y dijo:

—¡Qué maravilla! ¿Cuánto quieres por ella?

El mayordomo pidió 10.000 monedas de oro que el zar se apresuró a pagar sin regatear para, acto seguido, colgar la alfombra en una pared del palacio.

«Esto no es nada comparado con el negocio que haré», pensó el mayordomo. Y fue en busca del arquero. Pero cuando entró en su casa y vio a la mujer del cazador, se olvidó por completo de por qué había ido allí y volvió cabizbajo a su casa.

Desde aquel día, no hacía nada a derechas, solo podía pensar en la prodigiosa hermosura de Milenka y tan mal hacía su trabajo, que el propio zar le preguntó:

—¿Te ocurre algo?

—¡Ay! ¡No puedo vivir! He contemplado una belleza como nunca se ha visto ni se verá en este mundo.

Tanto y tanto ponderó la beldad de Milenka, que el mismo zar quiso conocerla y al hacerlo sintió que ya no podría vivir sin tenerla a su lado: «¡Es demasiado hermosa para un pobre arquero! ¡Merece ser reina!» –se dijo.

Volvió a su palacio y ordenó al mayordomo:

—Quiero casarme con esa mujer y su marido es un estorbo. Si tú no me dices cómo deshacerme de él, yo te diré cómo me desharé de ti.

El mayordomo, después de meditar, contestó:

—Ordenad al arquero que vaya a No sé dónde y os traiga No sé qué. No podrá cumplir vuestro encargo jamás.

El zar ordenó a Fedot que se presentara ante él y le habló así:

—Tú, el mejor de mis arqueros, debes ir a No sé dónde y traerme No sé qué. Si no cumples mis deseos, te encerraré para siempre en mis mazmorras.

El arquero regresó a su casa muy triste.

—¿Qué quería el zar? —preguntó Milenka— ¿Ha ocurrido alguna desgracia?

-Me ha mandado que vaya a No sé dónde y le traiga No sé qué. Si no lo hago, me encerrará para siempre en sus mazmorras.

-Es un encargo en verdad muy difícil. Pero tú no te preocupes de nada, échate a dormir que yo me ocuparé de todo.

Cuando Fedot se quedó dormido, la mujer abrió su libro de encantamientos y de él salieron los mismos dos jóvenes que le dijeron:

—¿Qué deseas?

—Deseo que vayáis a No sé dónde y me traigáis No sé qué.

Ambos la miraron compungidos:

—Bien quisiéramos servirte, pero lo que nos pides es imposible.

Al día siguiente, Milenka despertó a Fedot y le dijo:

—Realmente, el encargo del zar es terriblemente difícil de cumplir. Por lo que dicen, se necesitan diez años para ir y otros diez para volver… en total veinte años… y el camino es tan peligroso, que es casi seguro que no podrás cumplir con el encargo y es posible que jamás regreses… pero solo te queda obedecer. Preséntate ante el zar y dile que irás, pero que necesitas oro suficiente para tan largo periplo. Cuando tengas el oro en tu poder, vuelve para despedirte de mí…

FIN

Si quieres, también puedes escuchar “Ve a No sé dónde y trae No sé qué” con la voz de Angie Bello Albelda

logoAngie

Los dos reyes de Gondar

african_by_blasterkid

Ilustración: Blasterkid

Era un día como los de antaño… y un pobre campesino, tan pobre, que no tenía más que la piel sobre los huesos y tres gallinas que picoteaban algún grano de teff que hallaban en el polvoriento suelo, estaba sentado a la entrada de su vieja cabaña como cada atardecer. De súbito, en la lejanía divisó a un cazador montado sobre su caballo que se acercaba galopando.

Al llegar frente a su casa, el forastero refrenó la montura, se acercó a él, desmontó y le dijo:

—Paz para ti en esta tarde, me he perdido en la montaña y estoy buscando el camino que conduce a la ciudad de Gondar.

—¿Gondar? Gondar está a dos días de camino de aquí —le contestó el campesino—. Pero el sol ya se está poniendo y sería más sensato que pasaras aquí la noche y te marcharas bien temprano mañana por la mañana.

El cazador aceptó la oferta y el campesino eligió la más hermosa de sus tres gallinas y con ella preparó un guiso para agasajar a su invitado.

Después de cenar juntos, pero sin apenas hablar, el campesino le cedió su cama al cazador para que pudiera descansar y él se acostó en el suelo, junto al fuego.

Al día siguiente, poco antes de amanecer, cuando el cazador se hubo levantado, el campesino le explicó cómo llegar hasta Gondar:

—Debes adentrarte en el bosque hasta dar con un río, que deberás cruzar montado en tu caballo, pero con mucho cuidado de no desviarte hacia la parte más profunda, la cual reconocerás porque en ella hay unas rocas muy grandes; acto seguido, toma el camino de la izquierda, el que bordea el precipicio y sigue hasta desembocar en una carretera muy ancha y después…

El cazador, que escuchaba con atención, repuso:

—Creo que volveré a perderme. No conozco esta región… ¿Tú podrías acompañarme hasta Gondar? Podrías montar tras de mí en el caballo…

—De acuerdo —dijo el campesino—, pero con una condición: cuando lleguemos allí, me dirás adónde debo dirigirme para poder conocer al rey. ¡Me haría tanta ilusión verlo! ¡Aunque fuera desde lejos!

—No hay problema en eso. Lo verás. ¡Te lo prometo!

El campesino cerró la puerta de su cabaña, montó en el caballo detrás del cazador y emprendieron la marcha.

Pasaron horas y horas atravesando montañas y montañas y bosques y ríos… y, después, pasó otra noche entera más.

Si atravesaban caminos sin sombra, el campesino abría su sombrilla negra y los dos se protegían del sol. Si pasaban por lugares fríos, se cubrían los dos con la misma manta vieja que el campesino había tenido la precaución de llevar consigo.

Cuando al fin divisaron la ciudad de Gondar recortada sobre el horizonte, el campesino le preguntó al cazador:

—¿Cómo se reconoce a un rey?

—No te preocupes, es muy fácil: cuando todo el mundo hace lo mismo, el rey es aquel que hace las cosas de forma diferente. Solo tienes que observar qué hace la gente que te rodea y lo reconocerás de inmediato.

Poco después, los dos hombres llegaron a la ciudad y el cazador enfiló el camino hacia palacio.

Al llegar a la entrada, se encontraron con muchísima gente que hablaba y se contaba historias, hasta que vieron a los dos jinetes sobre el caballo; entonces todos guardaron silencio, se apartaron para dejarles el paso libre y se fueron arrodillando a medida que pasaban ante ellos.

El campesino no entendía nada. Todo el mundo estaba arrodillado, excepto el cazador y él, que montaban el corcel.

—¿Dónde estará el rey? —preguntó el campesino— Mira a la gente… Debe andar cerca, pero yo no lo veo.

—Ahora entraremos en el palacio y lo verás. ¡Te lo aseguro!

Y los dos hombres entraron en el recinto del palacio montados en el caballo.

El campesino estaba inquieto. Veía de lejos una larga fila de gente y de guardias montados a caballo que los esperaban ante las puertas de entrada.

Al pasar delante de ellos, los guardias desmontaron y solo ellos dos siguieron sobre el caballo.

El campesino se empezó a poner nervioso:

—Me dijiste que cuando todo el mundo hiciera lo mismo… Pero sigo sin saber quién es el rey…

—Paciencia. Ya lo reconocerás. Tu solo recuerda que cuando todo el mundo hace exactamente lo mismo, el rey es el que actúa diferente al resto.

Los dos hombres desmontaron y entraron juntos a una inmensa sala del palacio. Nobles, cortesanos y consejeros reales, todos a una, se sacaron sus sombreros e hicieron una genuflexión cuando los vieron. Todos se quedaron con el sombrero en la mano, excepto el cazador y el campesino.

El campesino, entonces, se acercó al cazador y murmuró en su oído:

—Aún no sé quién es el rey…

—No seas impaciente —lo interrumpió el cazador—, acabarás por reconocerlo. Ven, siéntate conmigo.

Y ambos se instalaron en un amplio y cómodo sillón mientras toda la gente que había allí seguía de pie.

El campesino, cada vez más inquieto, empezó a observar con atención todo lo que lo rodeaba. Se giró hacía el cazador y le preguntó:

—Vamos a ver… ¿Quién es el rey?, ¿eres tú o lo soy yo?

El cazador se echó a reír y contestó:

—El rey soy yo, pero tú también eres un gran rey porque supiste acoger en tu casa a un extranjero que necesitaba ayuda y lo trataste bien.

Y desde entonces, el campesino y el cazador conservaron su amistad durante toda su vida.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar “Los dos reyes de Gondar” con la voz de Angie Bello Albelda

logoAngie

El cazador y el pájaro

5489033222_e4a1d8b142_o

Ilustración: Claudia Bordin

 

Un día, un cazador cazó un pájaro. De repente, el pájaro habló y le dijo al cazador:

—Si me liberas, te daré tres sabios consejos.

El cazador contestó:

—¡Soy un cazador! Yo cazo pájaros, no los libero.

El pájaro insistió:

—Te convendría liberarme. Si me dejas libre, te daré tres consejos que te ayudarán a lo largo de tu vida.

El cazador preguntó:

—¿Y por qué motivo debería creerte?

—Para empezar, ¿no te parece asombroso que siendo un pájaro pueda hablar como un humano?

—Mmmmm, ¡eso es cierto! Está bien, pero si quieres que te libere, te pondré una condición.

—¿Qué condición?

—Antes de soltarte, quiero escuchar tus consejos. Después decidiré si vale o no la pena liberarte.

—¡Muy bien! —dijo el pájaro—. Primero: si decides hacer algo, nunca debes arrepentirte de la decisión que has tomado. Segundo: si te cuentan cosas absurdas, no debes caer en la tentación de creer en ellas.  Y tercero: nunca, pero nunca,  trates de alcanzar aquello que no está a tu alcance.

—Es muy hermoso todo lo que me has dicho.

—¿Y bien? —preguntó el pájaro.

—Tus consejos son, en verdad, muy sabios. -dijo el cazador- y diciendo esto, abrió las manos y dejó al pájaro en libertad.

Una vez libre,  el ave voló a lo más alto de un alto ciprés y, desde allí, habló así al cazador:

—¿Y tú te llamas a ti mismo cazador? Lo que tú eres, en realidad, es un tonto y un crédulo. ¿Cómo has podido creerte mis tonterías? Para que lo sepas, mi estómago está repleto de diamantes y esmeraldas, ¡y tú me has liberado!

—¿¿¡¡Cómo!!??

Exclamó enfurecido el airado cazador, y empezó a trepar rápidamente por el alto tronco del árbol.

De pronto, una de las ramas se partió  y el cazador se dio un tremendo golpe contra el duro suelo.

—¡Ay, ay, ay! —gritaba mientras se retorcía de dolor.

—¡Qué crédulo eres! —gritó el pájaro desde la copa del árbol—. Ni durante un minuto has comprendido mis consejos. Te dije que no debías lamentar tus decisiones y enseguida lamentaste haberme liberado. Te dije que no creyeras en cosas absurdas y tú has creído que en mi diminuto estómago hay esmeraldas y diamantes.  Y, finalmente, te aconsejé que no intentaras alcanzar aquello que está fuera de tu alcance y tú te has empeñado en trepar a este alto ciprés.

El pájaro miró al cazador, extendió sus alas y se alejó de allí volando.

—¡Ah! —suspiró el cazador mientras miraba cómo se alejaba.

Por fin había comprendido los tres sabios consejos que le había dado el pájaro.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar “El cazador y el pájaro” con la voz de Angie Bello Albelda

logoAngie

Caperucita Roja

Ilustración: mikemaihack

Había una vez una niña pequeña y dulce a la que todo el mundo quería mucho. Incluso aquellos que solo la habían visto una vez, decían que era una niña encantadora.

La niña tenía una abuelita que, por supuesto, también la quería mucho. Como a la abuelita le gustaba coser, confeccionó para su nieta preferida un abrigo de terciopelo rojo con capucha. Tan bien le quedaba a la niña el abrigo rojo, que todo el mundo empezó a llamarla Caperucita Roja.

Un día, su mamá la llamó y le dijo:

—Caperucita, quiero que le lleves a la abuela este pastel de manzana que he horneado para ella y esta jarra de miel. La abuela está enferma y estas cosas buenas la ayudarán a curarse. Date prisa, que después hará mucho calor.

Ve directamente a casa de la abuela, sin desviarte ni a la derecha ni a la izquierda del camino; no hables con extraños; no corras, no vaya a romperse la jarra de miel; sé educada y si te cruzas en el pueblo con algún conocido lo saludas. ¿Lo has entendido?

—Sí, mamá. Haré todo lo que me has dicho —contestó la niña.

Y después de despedirse, emprendió el camino. El trayecto desde la aldea a casa de la abuela cruzaba en medio del bosque y era bastante largo, tenía que andar durante media hora.

Justo al entrar en el bosque, se le acercó el Lobo, pero Caperucita Roja no tenía ni la menor idea de que los lobos son animales salvajes, así que no tuvo miedo de él.

—Muy buenos días, Caperucita —dijo el Lobo.

—Hola, muy buenos días, señor Lobo —contestó educadamente Caperucita.

—¿Adónde vas tan temprano? —preguntó el Lobo.

—A ver a mi abuelita que está enferma —contestó la niña—. Mi mamá horneó ayer un pastel de manzana y me envía a su casa para que se lo lleve y también una jarra de miel, porque estas cosas buenas la ayudarán a curarse.

—¿Y dónde vive tu abuelita? —preguntó el Lobo.

—Al otro lado del bosque, bajo los tres robles grandes. ¡Todo el mundo sabe dónde es!

«¡Bueno —pensó el Lobo—, «esta niñita, sin duda, estará muy sabrosa. Más dulce y tierna que su abuela, pero es tan pequeña que me quedaré con hambre. No tengo elección. ¡Tendré que comerme a las dos!».

Siguió andando junto a Caperucita Roja hasta que llegaron a un lugar tapizado de flores silvestres de todos los colores.

—¡Mira, Caperucita! —dijo el Lobo dulcemente—. Mira que flores tan lindas hay aquí. Escucha el canto de los pajaritos. ¿Por qué tienes tanta prisa? ¡Ni que tuvieras miedo de llegar tarde a la escuela! Es una pena que no disfrutes de este lugar tan precioso. ¿Por qué no recoges unas cuantas florecillas y haces un lindo ramo para tu abuelita?

Caperucita Roja miró a su alrededor y hacia arriba y vio los destellos de los rayos del sol bailando entre las copas de los árboles y los intensos y brillantes colores de las flores silvestres.

—Tiene razón, señor Lobo —respondió Caperucita Roja—. Este es un precioso lugar y todavía es muy temprano. ¡Recogeré algunas flores para hacerle un gran ramo a la abuelita!

Y dicho esto, Caperucita Roja se apartó de su camino y empezó a recoger flores. Pero cada vez que parecía que ya había suficientes, veía una de preciosa, y otra, y otra y así se fue internando en lo más profundo del bosque.

Entretanto, el Lobo se apresuró hacia casa de la abuela y, al llegar allí, llamó a la puerta: “toc, toc, toc”.

—¿Quién es? —preguntó la abuela.

—Soy yo, Caperucita Roja —respondió el Lobo imitando la dulce voz de la niña—. Mamá te envía un pedazo de tarta de manzana y una jarra de miel para que te pongas buena. ¡Ábreme la puerta, abuelita!

—No tengo fuerzas para levantarme —contestó la abuela—. Levanta tú misma el pestillo y entra.

El Lobo levantó el pestillo y abrió la puerta de par en par, se abalanzó sobre la abuelita y se la comió de un solo bocado. Después, cerró el pestillo, se puso un camisón y una cofia y se acostó en la cama a esperar a Caperucita Roja.

Mientras ocurría esto, Caperucita Roja recogía tantas flores que apenas podía con ellas. Regresó al sendero, se dirigió a casa de su abuelita y llamó a la puerta.

—¿Quién es? —preguntó el Lobo con voz ronca, tratando de imitar a la abuela.

Al oír aquella voz tan áspera, Caperucita Roja se asustó un poco, pero después recordó que la abuela estaba enferma y debía estar algo afónica.

—Soy yo, Caperucita Roja —respondió la niña—. Mamá te envía tarta de manzana y una jarra de miel para que te pongas buena. Ábreme la puerta, abuelita.

—Levanta el pestillo y entra —le indicó el Lobo.

Caperucita Roja abrió el pestillo y entró en la casa. Se acercó a la cama y vio la cabeza de la abuela cubierta por la cofia.

—Buenos días, abuelita —dijo Caperucita Roja.

Pero no obtuvo respuesta.

—Abuelita, ¿por qué tienes esas orejas tan grandes?

—Porque así te escucho mejor, querida.

—Abuelita, ¿por qué tienes esos ojos tan grandes?

—Porque así puedo verte mejor, querida.

—Abuelita, ¿por qué tienes esos brazos tan largos?

—Porque así puedo abrazarte mejor, querida.

—Abuelita, ¿por qué tienes esos dientes tan largos? —preguntó Caperucita Roja llorando porque ya estaba muy asustada.

—¡Porque así puedo comerte entera! —gritó el Lobo, saltando de la cama, abalanzándose sobre Caperucita Roja y engulléndola de un solo bocado.

Ahora el Lobo ya estaba harto. Se tumbó en la cama, se quedó dormido y empezó a roncar tan ruidosamente, que sus ronquidos se podían oír desde muy lejos.

Acertó a pasar por allí un cazador que lo oyó y pensó: “¿Qué le pasará a la abuela que ronca tan fuerte? ¿Estará enferma? ¿Necesitará algo?” Y entró en la casa. Sobre la cama de la abuela vio al Lobo que descansaba.

—¡Ajá! —dijo el cazador—- ¡Por fin te encuentro despreciable bicho! ¡Hacía mucho tiempo que te buscaba!

Ya levantaba su rifle para matar al Lobo cuando, de pronto, se dijo: “¡Un momento!, ¿dónde está la abuela? ¡Quizás este Lobo se la ha zampado!”

Dejó el rifle y abrió la barriga del Lobo. Caperucita Roja saltó rápidamente de allá dentro y exclamó:

—¡Uf! ¡Qué miedo he pasado! ¡Estaba tan oscuro dentro de la panza del Lobo!

Después, entre los dos sacaron a la abuela, que ya casi no podía respirar, de la barriga del Lobo.

¿Y el Lobo? El cazador no tuvo piedad de él. Lo mató y se hizo un abrigo con su piel.

Cuando todo acabó, se sentaron los tres: el cazador, la abuelita y Caperucita Roja, se comieron la tarta de manzana y la miel y, cuando terminaron, el cazador acompañó a Caperucita Roja a su casa.

—Nunca más me desviaré del camino, ni a derecha ni a izquierda —se dijo Caperucita Roja—. No desobedeceré ni haré lo que está prohibido nunca más y siempre haré caso de lo que me diga mi mamá.

Hay que decir, que después de que pasara todo esto, Caperucita Roja siguió llevando cosas buenas a la abuelita y otros lobos intentaron desviarla del camino. Pero Caperucita Roja sabía cuidarse sola e iba derecha a casa de la abuela, sin desviarse, sin hablar con desconocidos, sin distraerse y sin apartarse de su camino. Sin embargo, los peligros seguían existiendo y un día, al llegar a casa de la abuela, Caperucita Roja le contó:

—¡Ay! abuelita —dijo— me he encontrado con un Lobo que parecía bueno pero, cuando lo he mirado a los ojos, me he dado cuenta de que era muy malo. Estoy segura de que quería comerme.

—Pues vamos a cerrar las puertas —dijo la abuela— no sea que venga hasta aquí.

No había pasado mucho rato, cuando el Lobo llegó.

—¡Abuelita, ábreme, soy Caperucita Roja! —gritó el Lobo con dulce voz— Te traigo pastel y miel.

Pero ellas no contestaron y tampoco abrieron la puerta.

Entonces, el malvado Lobo subió al tejado con la intención de esperar a que Caperucita Roja saliera de casa de la abuela para abalanzarse sobre ella. Pero la abuela, que era muy lista, adivinó lo que tramaba.

—Caperucita, querida, —dijo la abuela— ayer cocí una gran salchicha en la cacerola y no tuve fuerza para tirar el agua, así que todavía está hirviendo en el fuego de la chimenea. ¿Podrías tirarla tú en el fregadero de piedra grande del jardín?

Caperucita Roja vació el agua de la cacerola dentro del gran fregadero de piedra del jardín.

Cuando el olor de la salchicha cocida llegó a la nariz del malvado Lobo este empezó a olfatear y a olfatear el aire hasta que, al final, resbaló del tejado, se cayó dentro del agua hirviendo y se murió.

Aquel día, Caperucita Roja regresó a casa tranquila y feliz, sin que ningún otro lobo intentara molestarla por el camino

FIN