Charles Perrault

Pulgarcito

Ilustración: Carl Offterdinger

Érase una vez un leñador y una leñadora que tenían siete hijos, todos varones. El mayor tenía diez años y el menor siete. Quizá os parezca sorprendente que tuvieran tantos hijos en tan poco tiempo; pero es que todos, excepto el menor, habían llegado a pares. La familia era muy pobre y siete hijos eran una pesada carga, ya que todos comían y ninguno trabajaba. Además el pequeño era algo delicado y casi no hablaba. Era tan chiquitín, que al nacer no era más grande que un dedo pulgar y, por ese motivo, lo llamaron Pulgarcito. En la casa siempre le echaban la culpa de todo y, sin embargo, era el más listo de todos y aunque hablaba poco, escuchaba mucho.

Llegó un año de tanta hambruna, que la pobre pareja ya no sabía qué hacer. Una noche, cuando ya los niños dormían, el leñador, sentado con su mujer junto al fuego, dijo:

—Ya no podemos alimentar a nuestros hijos y no quiero verlos morir de hambre. He decidido que mañana los abandonaremos a su suerte en el bosque.

—¡No serás capaz! —exclamó la leñadora.

La pobre madre no quería ni oír hablar de abandonarlos, pero al pensar que aún sería más triste verlos morir de hambre, aceptó y se acostó llorando.

Pulgarcito, escondido debajo del taburete de su padre, había oído toda la conversación sin ser visto. Cuando se quedó solo, volvió a la cama, pero no podía conciliar el sueño dando vueltas a lo que había oído y se le ocurrió una idea… Se levantó, fue a la orilla del río, donde se llenó los bolsillos con guijarros blancos, y en seguida regresó a casa.

A la mañana siguiente, la familia partió. Pulgarcito nada dijo a sus hermanos de lo que sabía. Se internaron en el bosque, tan espeso que a diez pasos de distancia no se veían unos a otros. El matrimonio se puso a cortar leña y los niños a recoger astillas. El padre y la madre, al verlos ocupados, aprovecharon para alejarse de ellos sigilosamente y luego echaron a correr.

Cuando los niños vieron que estaban solos, se pusieron a llorar a mares. Pulgarcito nada decía; sabía muy bien por dónde regresarían a casa. En el trayecto de ida, había ido dejando caer, a lo largo del camino, las piedrecitas blancas que llevaba en los bolsillos:

—No tengáis miedo, hermanos; yo os guiaré de vuelta a casa —dijo—. ¡Seguidme!

Fueron tras él y al poco estaban en casa. Al principio, no se atrevían a entrar, y se pusieron a escuchar tras la puerta la conversación de sus padres:

—¡Ay!, ¿qué será de nuestros pobres hijos? ¿Qué estarán haciendo en el bosque? ¡Ay!, ¡ay!, ¡ay!, ¡quizás los lobos ya se los han comido! ¿Dónde estarán ahora?

Los niños, agolpados tras la puerta, se pusieron a gritar al unísono:

—¡Estamos aquí!, ¡estamos aquí!

Los padres abrieron la puerta y los abrazaron y los besaron:

Se sentaron a la mesa y se repartieron la poca comida que tenían mientras los niños contaban el miedo que habían pasado al creerse perdidos en el bosque.

Poco duró la alegría de los padres, el hambre y la preocupación los obligó, de nuevo, a pensar en abandonar en el bosque a sus hijos. Pero esta vez, para no fracasar, se internarían en el bosque mucho más que la primera vez.

Pulgarcito, escondido bajo el taburete, oyó los nuevos planes de sus padres y pensó en hacer lo mismo que en la ocasión anterior. Sin embargo, al levantarse de madrugada para ir a recoger los guijarros, no pudo salir, pues encontró la puerta cerrada con llave. No sabía qué hacer.

A la mañana siguiente, la leñadora dio a cada uno un pedazo de pan para desayunar y a Pulgarcito se le ocurrió que podía guardar su mendrugo en el bolsillo y utilizarlo en lugar de los guijarros. Dejaría caer miguitas de pan a lo largo del recorrido y, de ese modo, podría encontrar el camino de regreso.

Después de mucho andar, llegaron al lugar más lóbrego y alejado del bosque y allí, los leñadores abandonaron a los niños.

Pulgarcito no se preocupó, porque creía que podría encontrar la senda gracias a las miguitas de pan que había ido dejando caer durante el camino, pero cuando quiso volver, cuál no sería su sorpresa al comprobar que no había ni una sola miguita; ¡los pájaros se las habían comido!

Empezaron entonces a caminar, pero cuanto más andaban, más se extraviaban en el bosque. Cayó la noche. Por todas partes creían oír los aullidos de los lobos, acercándose para comérselos. Una lluvia torrencial los caló hasta los huesos. Muertos de hambre y frío, no sabían qué hacer.

Pulgarcito trepó a un árbol para ver si descubría algo y divisó una lejana lucecita. Después de caminar un rato, llegaron a una casa iluminada. Golpearon la puerta; una mujer abrió y les preguntó qué querían. Pulgarcito le contó que se habían extraviado en el bosque y que necesitaban cobijo. La mujer les dijo:

—Este lugar es peor que el bosque. Esta es la casa de un ogro come niños.

—-¿Y qué podemos hacer? —-respondió Pulgarcito—. También los lobos, con toda seguridad, nos comerán esta noche si no nos da cobijo en su casa, así que preferimos que sea el ogro quien nos coma; quizás se compadecerá de nosotros, si usted se lo pide.

La mujer del ogro creyó poder esconder a los niños de su marido hasta la mañana siguiente. Los dejó entrar y los llevó a calentarse a la orilla de la chimenea, en la que se asaba un cordero entero para la cena del ogro.

Al poco, se oyeron fuertes golpes en la puerta: era el ogro que regresaba de su cacería. En el acto, la mujer ocultó a los niños debajo de la cama y abrió la puerta. El ogro entró y se sentó a la mesa sin dejar de olfatear a derecha e izquierda:

—Huelo carne fresca…

—Tiene que ser —le dijo su mujer—, el ternero que estoy asando.

—No es el ternero. Huelo carne fresca… —repitió el ogro, observando de reojo a su mujer—. Aquí hay algo que no comprendo…

Y al decir estas palabras, se levantó de la mesa y fue derecho a mirar bajo la cama.

—¡Ahhhh! —rugió el ogro a su mujer—. Si me vuelves a engañar, te comeré a ti también.

Y sacó de un tirón a los niños de debajo de la cama; uno tras otro.

Los pobres se arrodillaron pidiendo clemencia, pero estaban ante el más cruel de los ogros come niños, el cual, lejos de sentir compasión, los devoraba ya con los ojos.

Cogió un enorme cuchillo y mientras lo afilaba, se acercaba a los infelices niños. Ya había cogido a uno de ellos cuando su mujer exclamó:

—Es muy tarde, ¿no es mejor esperar a mañana por la mañana?

—¡Cállate! —repuso el ogro.

—Pero todavía queda mucha comida —replicó la mujer—Hay un ternero asándose y aún queda la mitad de un puerco de ayer. Si los matas ahora, mañana no tendrás carne fresca.

—Tienes razón —aceptó el ogro—. Dales bien de cenar para que engorden y luego que se acuesten.

Este ogro tenía siete hijas ogresas que, como su padre, se alimentaban de carne fresca. Aún no eran malvadas del todo, pero prometían serlo, pues ya mordían a los niños que encontraban perdidos en el bosque.

Las siete estaban durmiendo en una gran cama, cada una con una corona de oro en la cabeza. En el mismo cuarto había otra cama del mismo tamaño y en ella la mujer del ogro puso a dormir a los siete niños.

A Pulgarcito, que no podía dormir porque temía que el ogro se arrepintiera de no habérselos comido esa misma noche, se le ocurrió una idea. Cuando todos dormían, se levantó e intercambió los gorros de sus hermanos y el suyo por las coronas de oro que las ogresas llevaban en la cabeza. Si el ogro entraba a oscuras, tomaría a sus hijas por los muchachos y se las comería a ellas.

La cosa resultó tal como había pensado. El ogro se despertó con hambre a medianoche, arrepentido de haber dejado para el día siguiente el trabajo, se levantó y cogió su enorme cuchillo. Subió al cuarto y se acercó a la cama donde estaban los muchachos; todos dormían, menos Pulgarcito, que tuvo mucho miedo cuando sintió la mano del ogro que tocaba su cabeza, tal y como había hecho antes con las de sus hermanos. Al notar el tacto de las coronas, el ogro se dirigió a la cama de las niñas, que llevaban los gorros y exclamó:

—¡Ajá!,¡aquí están estos tiernos niños!

Y diciendo estas palabras, clavó el enorme cuchillo en sus hijas las ogresas. Satisfecho, volvió a acostarse junto a su mujer.

Apenas Pulgarcito oyó los ronquidos del ogro, despertó a sus hermanos y les ordenó que lo siguieran. Corrieron durante toda la noche sin saber adónde se dirigían.

Al despertarse, el ogro ordenó a su mujer:

—¡Guísame a los niños!

La mujer, sin sospechar nada, subió a buscarlos y cuál no sería su disgusto al ver a sus siete hijas muertas y a los niños desaparecidos. Loca por el disgusto, empezó a llorar y a lamentarse. El ogro, al oír los gritos, subió para ver qué ocurría y su disgusto no fue menor que el de su mujer al ver lo ocurrido. Fuera de sí, exclamó:

—¡Esos desagraciados me las pagarán!

Y calzándose sus botas de siete leguas, se puso en camino.

Los niños estaban a solo cien pasos de la casa de sus padres cuando vieron como el ogro se acercaba a toda velocidad a ellos atravesando sin esfuerzo montañas y ríos.

Pulgarcito descubrió una roca hueca y todos se metieron dentro, pero sin perder de vista al ogro. Éste, agotado de tanto caminar (las botas de siete leguas cansan muchísimo), quiso reposar y, por casualidad, se fue a sentar sobre la roca donde estaban escondidos los niños y allí se durmió.

Pulgarcito les dijo a sus hermanos que huyeran deprisa y que no se preocuparan por él. Todos obedecieron y partieron raudos a casa y él se acercó al ogro con cautela, le sacó suavemente las botas de siete leguas y se las calzó él. Como las botas eran mágicas, tenían el don de adaptarse al tamaño de quien las calzara, de modo que se le ajustaron como si hubiesen sido hechas a su medida. Partió derecho a casa del ogro donde estaba la mujer.

—Su marido —le dijo Pulgarcito— está en grave peligro; ha sido capturado por una banda de malhechores que han jurado matarlo si no les da oro y dinero. En el momento de apresarlo, me vio y me pidió que me calzara sus botas para venir a avisarla de que me entregue todas las riquezas que tenga, sin guardar nada, porque de otro modo lo matarán sin misericordia.

La mujer, asustadísima, le dio en el acto todos los tesoros. Pulgarcito, cargado con ellos, volvió a casa de sus padres, donde fue recibido con la mayor alegría.

FIN

Las hadas

Ilustración: coda-leia

Había una vez una viuda que tenía dos hijas. La mayor era muy parecida a la madre, tanto en físico como en carácter; de modo que el que conocía a una, conocía a la otra. Ambas eran tan desagradables y orgullosas, que nadie podía vivir en paz con ellas. La menor era una copia de su padre en su dulce temperamento, en su inteligencia y en sus virtudes, y era, además, también parecida en su agraciado aspecto. Y como por naturaleza solemos amar a quien se nos parece, la madre sentía locura por su hija mayor en la misma medida que aborrecía a la pequeña. A esta la hacía trabajar sin descanso y la obligaba a comer en la cocina.

Entre las obligaciones impuestas, la desafortunada niña tenía que ir dos veces al día a buscar agua a una fuente que distaba dos kilómetros de la casa y transportarla en una gran jarra.

Un día, cuando estaba en la fuente, se acercó a ella una pobre mujer y le rogó que le diera de beber.

—Naturalmente, buena señora —contestó la niña.

Puso la jarra bajo el chorro que manaba, la llenó con un poco de agua fresca y, sonriendo, se la ofreció a la señora, sosteniéndole la vasija todo el tiempo, para que pudiera beber más cómodamente.

Una vez hubo saciado su sed, la mujer le dijo:

—Eres lista y cortés; lo tienes todo. Así que te concederé un don especial —porque la anciana era, en realidad, un hada, que tomaba la figura de pobre campesina para probar a las personas—. El don que te concedo hará que con cada palabra que pronuncies salga de tu boca una flor o una joya.

De regreso a casa, la madre reprendió a la niña por haber tardado:

—Perdón, mamá, por haberme retrasado tanto —dijo la pobre muchacha. Y al pronunciar las seis palabras, de su boca salieron dos rosas, dos perlas y dos grandes diamantes.

—¿Qué es lo que estoy viendo? —dijo la madre llena de asombro—. De tu boca han salido rosas, perlas y diamantes. ¿Cómo has hecho eso, hija mía?

Aquella era la primera vez que la llamaba «hija mía».

La niña le fue contando todo lo que había ocurrido y junto con cada palabra, de su boca, salían flores y joyas.

 —¡Maravilloso! —gritó la madre—, debo enviar a mi hija mayor allí. ¡Mira, hijita, ven a ver lo que sale de la boca de tu hermana cada vez que habla! ¿No te gustaría, querida, recibir un don semejante? Basta con que vayas a la fuente a buscar agua y cuando una pobre campesina te pida que le des de beber, le ofreces la jarra muy gentilmente.

—¡Qué te crees tú eso! —dijo la grosera niña— ¡¿Yo a la fuente?! ¡Ni soñarlo!

—Pues yo te digo que irás —le ordenó la madre—, ¡de inmediato!

La hija mayor tomó de mala gana una jarra de plata que había en la casa y, refunfuñando, tomó el camino para ir a buscar agua.

No había hecho más que llegar a la fuente, cuando del bosque salió una dama magníficamente ataviada que se acercó a ella y le pidió de beber.

La dama era la misma hada que se había presentado ante su hermana, pero ahora venía con la apariencia y vestiduras de una princesa, para comprobar hasta dónde llegaba la maldad de aquella niña.

—¿Te crees que he venido aquí para darte de beber? —dijo altanera la joven— A ver si te has creído que esta jarra de plata es para que la uses tú, majestad. Si tienes sed, ¡amórrate a la fuente!

—No eres muy amable, ni tampoco muy lista —contestó el hada, sin enojarse—. A tu insolencia, sin embargo, le falta algo, así que te concederé un don especial: junto a cada palabra que pronuncies, saldrán de tu boca sapos y culebras.

Tan pronto como la madre la vio regresar, le gritó:

—¿Y bien, hija?

—¿Y bien qué, madre? —contestó la infeliz. Y de su boca salieron dos culebras y dos sapos.

—¡Cielo santo! —exclamó la madre— ¿Qué es esto? ¡Tú hermana es la culpable de todo y me las pagará!  —y corrió para darle un escarmiento.

La hija pequeña, al ver a su madre tan furiosa, se alejó corriendo y fue a buscar refugio en el bosque cercano.

El hijo de los reyes de aquel lugar, que andaba por aquellos parajes, se encontró con ella. Al verla tan triste, le preguntó qué hacía allí y cuál era el motivo de su llanto.

—¡Ay!, he tenido que huir de mi casa porque mi madre estaba muy enojada.

El príncipe, lleno de asombro ante las perlas, diamantes y flores que salían de la boca de la niña con cada una de sus palabras, le rogó que le explicara cómo conseguía  hacer aquello y ella le relató toda la historia.

Mientras escuchaba, el hijo del rey se enamoró de ella y al darse cuenta de que el don de la niña era mucho más valioso que el más valioso tesoro que pudiera encontrar jamás, la llevó al palacio y allí le pidió que se casara con él.

En cuanto a la otra hermana, se hizo cada vez más despreciable y odiosa. Tanto, que su madre terminó por echarla de casa. La infeliz, después de mucho deambular, se refugió en lo más profundo del bosque y en él sigue; sola, sin pronunciar ni una sola palabra.

FIN

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Riquete el del copete

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Ilustración: Libou

Cierta reina tuvo un hijo tan feo y deforme que, al verlo, dudó de que fuera humano. Un hada que estaba presente consoló a la madre diciéndole que la inteligencia del pequeño sería aún más grande que su fealdad y, además, le concedió el don de poder convertir en inteligente a la persona a quien más amara.

Y ciertamente, cuando el niño empezó a hablar, era tanta su gracia que todo el mundo deseaba estar cerca de él para escucharlo. Olvidé decir que nació con un mechón en la cabeza, por lo que se lo conocía como Riquete el del copete, ya que era Riquete el apellido familiar.

En el reino vecino, al cabo de siete años, la reina dio a luz a dos hijas gemelas. La primera era preciosa, pero la misma hada que había asistido al nacimiento de Riquete el del copete, advirtió a la reina de que la princesa sería tan estúpida como bella. Esto dolió mucho a la madre, que poco después aún se entristeció más porque su segunda hija era fea como no es posible describir.

—No te aflijas —le dijo el hada— que, aunque no es bella, será tan inteligente que nadie advertirá su fealdad.

—Eso espero. Y dime, ¿no podrías hacer algo para que la mayor fuera menos guapa pero un poco inteligente?

—Nada puedo hacer con su inteligencia, pero sí con su belleza. Le concedo el don de transformar en hermosa a la persona que ame.

Las princesitas fueron creciendo y las perfecciones de ambas aumentaban y en todo el reino solo se hablaba de la belleza de la mayor y de la inteligencia de la pequeña. Pero, ciertamente, sus carencias también aumentaron y tomaron mayores proporciones, pues la fealdad de una era comparable a la estupidez de la otra, que era incapaz de contestar a lo que se le preguntaba o respondía una majadería.

Aunque la belleza es una cualidad muy apreciada, lo cierto es que la inteligencia la aventaja, y eso pasaba con las princesas. Primero, las personas se acercaban a la más guapa, pero después de un rato, se iban a charlar con la inteligente, porque su conversación era amena. Así que la mayor se quedaba sola porque todo el mundo prefería estar con la menor. La guapa, aunque era muy estúpida, entendía lo que ocurría y hubiera dado toda su belleza por tener un poquito del talento de su hermana.

Un día, se marchó al bosque a llorar su pena y mientras así estaba, se le acercó un joven muy feo. No era otro que Riquete el del copete, que se había enamorado de ella contemplando los retratos de la princesa que se encontraban por todas partes y había decidido ir a conocerla en persona. Muy contento al reconocerla, la saludó con respeto y finura y al ver que lloraba, le preguntó:

—¿Cómo es posible que alguien tan guapo pueda estar tan triste?

—Eso lo dices porque sí —contestó la princesa, sin añadir nada más.

—La belleza —continuó Riquete el del copete— es un don tan precioso que suple todos los demás, así que no entiendo que estés triste.

—Preferiría ser fea como tú y tener talento, a ser guapa y tonta.

—Una de las señales de tener inteligencia es creer que no se tiene. Y cuanto más tonto te crees, en realidad, más listo eres.

—Pues será así; pero soy muy tonta y por eso lloro.

—Si solo es eso, yo puedo solucionarlo.

—¿Cómo?

—Porque puedo conceder inteligencia a la persona que más ame; y como estoy enamorado de ti, te daré inteligencia si te casas conmigo.

La princesa no supo qué contestar.

—Veo que mi proposición te disgusta; normal, porque soy muy feo, así que puedes pensarlo durante un año antes de decidirte.

La princesa deseaba tanto dejar de ser tonta que aceptó la proposición y en cuanto le dijo a Riquete el del copete que se casaría con él al cabo de un año, se sintió completamente diferente y pudo expresar sus ideas con facilidad y acierto. Empezaron a conversar y Riquete el del copete pensó que le había concedido a la princesa un talento mayor que el que tenía él.

Cuando la princesa volvió al palacio, la corte entera quedó atónita. No sabía cómo explicarse aquel cambio tan repentino y extraordinario, pues tan grande como era antes su necedad, era ahora su sabiduría. Tal era su prudencia, que en los asuntos de estado se empezó a contar con su consejo.

La noticia de su transformación corrió como la pólvora y jóvenes príncipes de todos los reinos le pidieron matrimonio, pero no halló uno que tuviera suficiente talento y aunque habló con todos, con ninguno se comprometió. Necesitaba reflexionar.

Se fue a pasear al mismo bosque donde un año antes había encontrado a Riquete el del copete y mientras estaba sumida en sus pensamientos, oyó un ruido; como de personas moviéndose de un lado a otro y voces que decían:

—Trae la bandeja.

—Abrillanta las copas.

—Enciende el fuego.

La tierra se abrió y, a sus pies, vio una larga escalera que conducía a una cocina inmensa, en la que cocineros, pinches y lacayos preparaban un gran festín. Una larga fila de sirvientes subió fuentes con frutas y flores para colocarlas sobre una larguísima mesa colocada en un claro del bosque.

Asombrada, la princesa les preguntó para quién trabajaban:

—Para el príncipe Riquete el del copete, que mañana se casa.

Recordó, de pronto, su promesa de hacía un año y se quedó petrificada. Aún no se había recuperado, cuando se acercó a ella Riquete el del copete, vestido con sus mejores galas.

—Cumplo mi palabra y tengo la seguridad de que tú vienes a cumplir la tuya.

—Te seré sincera, creo que no podré cumplirla.

—Me sorprendes.

—Lo comprendo y si fueras mala persona estaría en un aprieto, porque las personas no deben faltar a su palabra, pero espero que me entiendas. Prometí casarme contigo cuando era estúpida, pero con la inteligencia que me diste, mi gusto también mejoró, así que si deseabas casarte conmigo, debiste dejarme tonta.

—Prescindiendo de mi fealdad, ¿hay algo en mí que te disguste?

—No, al contrario, el resto es perfecto.

—Entonces, si es así, está bien, porque tienes el poder de hacerme el más guapo de los hombres.

—¿Cómo?

—Quiéreme bastante para desear que lo sea, porque el hada que el día de mi nacimiento me concedió el don de poder convertir en persona inteligente a quien yo amara, te concedió a ti el poder de hacerla hermosa.

—Si es así, exclamó la princesa, deseo de todo corazón que te conviertas en el hombre más guapo del mundo. —Apenas lo hubo dicho, Riquete el del copete se trasformó en un agraciado príncipe.

Al día siguiente, se celebró la boda y los dos vivieron felices durante mucho tiempo.

Dicen que, en realidad, no fueron los dones del hada los que operaron la metamorfosis, sino que fue el cariño de ambos el que los cambió a los dos, porque el amor, cuando es verdadero, tiene el poder de transformar las cosas.

FIN

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Los deseos ridículos

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Érase un pobre leñador tan harto de su dura vida que, según cuentan, lo único que deseaba ya era morirse para ir a descansar a orillas del Aqueronte, puesto que ni uno solo de sus anteriores deseos se había cumplido.

Cierto día se fue al bosque, y como era su costumbre, comenzó a quejarse y a lamentar su suerte. Así estaba, cuando se le apareció Júpiter con su rayo en la mano. Fue tan grande el espanto del leñador, que se arrojó al suelo, sin atreverse a mirar al dios, y murmuró:

—No quiero nada. No deseo nada.

—No temas —le dijo Júpiter—. Son tantas tus quejas, que quiero convencerte de que no tienen fundamento. Escúchame, puesto que soy el soberano del mundo, y no olvides mis palabras: verás realizados tus primeros tres deseos, sea lo que sea lo que desees. Elige bien lo que pueda hacerte dichoso; elige bien lo que pueda dejarte completamente satisfecho, y ya que tu felicidad depende de esos tres deseos, reflexiona muy bien lo que quieres antes de pedirlo.

Pronunciadas estas palabras, Júpiter regresó al cielo; y el leñador, loco de contento, cargó su haz de leña, que esta vez no le pareció tan pesado, y regresó a su casa, diciéndose mientras tanto:

—He de reflexionar mucho antes de pedir un deseo. El caso es muy importante y quiero que mi esposa me aconseje en esto.

Al llegar a su cabaña, entró saltando y gritando:

—Esposa mía, enciende una buena lumbre y prepara abundante cena pues somos ricos, pero que muy ricos. Y tanta es nuestra dicha que todos nuestros deseos se verán cumplidos.

Y le contó a su mujer lo que le había pasado en el bosque.

Cuando oyó la historia, la leñadora empezó a hacer proyectos, pero enseguida advirtió a su marido:

—Cuidado con que nuestra impaciencia nos perjudique. Procedamos con calma. Pensemos muy bien y consultemos antes con la almohada, que siempre es buena consejera.

—Sabias son tus palabras; opino lo mismo. Pero antes de acostarnos, comamos alguna cosa.

Encendieron la lumbre y se sentaron frente a la chimenea, dispuestos a celebrar su feliz suerte comiendo y bebiendo.

Tan a gusto estaban, que el leñador exclamó:

—¡Qué maravilla! Tenemos lumbre, pan, queso y vino. Lo único que falta ahora es una buena salchicha para asar. ¡Cómo me apetecería comerme una!

No bien hubo pronunciado estas palabras, cuando su mujer vio, con gran sorpresa, como una enorme salchicha salía de una de las esquinas de la chimenea y serpenteando se dirigía hacia ellos. Lanzó un grito de espanto pero, de repente, cayó en la cuenta de que aquella aparición se debía al ridículo deseo formulado por su marido:

—¡Pero mira que eres tonto! —exclamó—, pudiendo conseguir un Imperio entero, oro, perlas, rubíes, diamantes, ropa fina… Solo a ti se te ocurre desear tamaña tontería.

—¡De acuerdo, me he equivocado!, reconozco que he sido un tonto; procuraré enmendar mi error y hacerlo mejor la próxima vez.

—¡A buenas horas dices esto!; se necesita ser muy imbécil para hacer lo que tú has hecho.

Tanto y tanto dijo la mujer, y tanto y tanto le recriminó, que el hombre perdió la paciencia y exclamó furioso:

—¡Maldita salchicha que te hace hablar más de la cuenta! ¡Ojalá se te quedara colgada de la nariz! ¡Así te callarías de una vez!

Dicho y hecho. El Cielo escuchó sus palabras y la salchicha quedó colgando de la nariz de la esposa del leñador.

El deseo se había realizado. Ella se quedó muda de asombro, y él con la boca abierta y rascándose el cogote. Se restableció el silencio hasta que, por último, la mujer que había perdido los bríos y no apartaba la mirada de la salchicha, murmuró:

—¿Y bien?

Por un segundo, a él se le pasó por la cabeza dejar las cosas como estaban:

—Solo falta formular el tercer deseo… Puedo transformarme en rey… Pero entonces tú serías una reina con tres palmos de narices. Elige: reina con una nariz más larga que un día sin pan, o leñadora con tu antigua nariz.

Mucho discurrió la mujer antes de decidirse, al fin y al cabo, una vez fuera coronada reina a todo el mundo le gustaría su nariz, ya que querrían congraciarse con ella, pero sus ojos no podían apartarse de la salchicha que con cada movimiento se balanceaba como una rama mecida por el viento, así que la leñadora prefirió quedarse sin trono y recuperar su antiguo aspecto.

El leñador formuló el último deseo y su esposa volvió a quedarse como antes. Aunque para convencerse de que realmente su nariz era la de siempre y que la salchicha había desaparecido, se palpó la cara con las dos manos para comprobarlo.

No mejoró su posición, no se convirtieron en reyes y su bolsa no se llenó de monedas de oro pero, a partir de entonces, aprendieron a ser dichosos el uno junto al otro con lo que tenían.

Moraleja

¡Cuántos hay que de lamentos

llenan los cielos y tierra

y sin cesar de sus labios

solo salen duras quejas!

¡Cuán dichoso yo sería,

—van diciendo— si pudiera

hacer esto o bien aquello!

—¡Hazlo!, la suerte contesta,

y en vez de crecer su dicha,

crecen a veces sus penas,

que solo es dichoso el hombre

que con poco se contenta,

a su suerte se acomoda

y delirios no alimenta.

FIN

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Pellejo de asno

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Ilustración: Black Fury

Érase un maravilloso reino, el más poderoso de la tierra, en el que se vivía con la mayor tranquilidad. Su prosperidad no dejaba nada que desear, pues con las cualidades de los ciudadanos brillaban las artes, la industria, y el comercio. La reina era encantadora y tanto atractivo tenía su ingenio e inteligencia, que el rey no podía soñar con ser más dichoso con otra persona a su lado. Además, ambos tenían una hija que aunaba en sí las cualidades de sus progenitores.

El palacio que habitaban era magnífico y sus cuadras estaban llenas de briosos caballos enjaezados con oro y con bordados. Pero no eran los corceles, por cierto, los que atraían las miradas de los que visitaban las caballerizas, sino un asno; que en el centro del gran recinto erguía con arrogancia sus largas orejas. Bien merecía tal preeminencia, puesto que tenía el don de que todo lo que comía salía después de su cuerpo transformado en relucientes monedas de oro.

Pero esta paz y alegría, se vio turbada a causa de una terrible enfermedad que contrajo la reina y que se fue agravando a pesar de probar todos los remedios de la ciencia y de consultar a los médicos más afamados. Al comprender la enferma que se aproximaba su última hora, llamo al rey y le dijo:

—Antes de morir quiero suplicarte que si cuando yo muera quieres volver casarte, lo hagas solo con una mujer que me supere en todos los aspectos.

Anegado en llanto, el rey lo juró y poco después la reina exhaló el último suspiro en sus brazos.

El dolor enloqueció de tal forma al monarca que poco tiempo después anunció que se casaría con la mujer que superara en todos los aspectos las cualidades de su difunta esposa. Mandó comparecer ante él a todas las jóvenes solteras de la corte, pero ninguna le pareció mejor que su amada perdida y a todas rechazó.

Cierto día, el rey acabó de dar evidentes muestras de su locura al afirmar que la princesa que vivía en su palacio superaba, en todos los aspectos, a la reina desaparecida y que ella sería su nueva esposa. Los cortesanos intentaron hacerle comprender que tal boda era imposible, ya que la princesa era su propia hija, pero como es difícil de hacer entrar en razón a un loco, el rey vociferó que él no tenía hijas.

La pobre princesa, al saber lo que ocurría, consultó a su madrina, la más poderosa de las hadas:

—Por desgracia, tu padre ha perdido la razón y no conviene que le lleves la contraria abiertamente. Dile que antes de acceder a ser su esposa, quieres un vestido más azul que el cielo y no podrá dártelo.

La princesa siguió el consejo del hada, pero el rey convocó a todas las modistas de la corte y, bajo pena de muerte, les ordenó que cosieran un vestido más azul que el cielo. Azuzadas por el miedo, se pusieron manos a la obra y a los dos días ya habían confeccionado el vestido. La princesa, con lágrimas en los ojos, se vio obligada a reconocer que su deseo había quedado satisfecho.

Su madrina, le dijo entonces:

—Pide un vestido más brillante que la luna y no podrá dártelo.

Apenas la princesa hizo la demanda, el rey dio órdenes para que se cumpliera el mandato y en el plazo señalado la princesa tuvo un vestido que eclipsaba el brillo de la luna.

Al verlo, la madrina murmuró al oído de su ahijada:

—Pide un vestido más deslumbrante que el sol y no podrá dártelo.

Apenas la princesa hizo la demanda, el rey dio órdenes para que se cumpliera el mandato y antes de finalizar la semana, el reluciente vestido estuvo listo.

La princesa estaba ya desesperada. La madrina le dijo entonces:

—Mientras posea el asno que llena sus arcas de monedas de oro, podrá satisfacer todos tus deseos, así que pídele el pellejo de ese asno y como de él saca sus riquezas, no te lo dará.

La princesa hizo lo que el hada le aconsejaba, pero el rey, sin vacilar ni un instante, mandó sacrificar el animal, despellejarlo y llevar la piel a la joven que, completamente abatida, ya no supo qué pedir.

Animada por su madrina, se disfrazó y huyó de palacio:

—Aquí tienes —le dijo el hada—, un baúl mágico que te seguirá bajo tierra y en el que caben todas tus pertenencias. También te doy mi varita mágica. Llévala siempre contigo y cuando necesites el baúl, toca el suelo con ella para que aparezca. Y para que nadie te reconozca, cúbrete con el pellejo del asno; no podrán sospechar que bajo tan horrible disfraz se oculta una princesa.

En cuanto el rey se enteró de su ausencia, envió mensajeros por todo el planeta, pero ninguno pudo averiguar su paradero.

Entretanto, la princesa continuaba su camino. Se detenía en todas las casas para preguntar si necesitaban una criada, pero nadie quería tomarla a su servicio, tan terrible era su aspecto con aquel pellejo de asno. Siguió andando y andando, y se fue lejos, muy lejos, hasta que, al fin, llegó a una alquería, propiedad de un poderoso rey, en la que necesitaban a alguien que barriera, fregara y limpiara la pocilga y allí empezó a servir.

Trabajaba sin descanso y el día que tenía fiesta, entraba en el cuartucho que le habían destinado en la pocilga, cerraba la puerta, se quitaba el pellejo de asno y se engalanaba con su vestido de luna, con el de sol o con el de cielo y, mirándose en el espejo, recordaba su vida anterior.

El hijo del rey iba con frecuencia a la alquería al regresar de caza, y allí descansaba antes de seguir el viaje a palacio. Un día, Pellejo de asno lo vio y se enamoró de él:

—¡Ay! Ojalá me hubiese regalado él un vestido, que aunque hubiera sido del más basto tejido, me hubiera parecido mejor que el cielo, la luna y el sol.

Pasaron los días, y volvió el príncipe a la alquería. Paseaba por su propiedad, cuando al pasar ante el cuartucho miserable de Pellejo de asno, que aquel día tenía fiesta, un reflejo atrajo su atención y se le ocurrió mirar por el ojo de la cerradura; entonces vio a una joven vestida con un traje de sol, que lo dejó deslumbrado y el príncipe sintió que se enamoraba.

Tres veces levantó el brazo para abrir la puerta, pero otras tantas lo contuvo el miedo de hallarse ante un hada. Se marchó pensativo y triste y desde aquel día perdió el apetito. Al final, se decidió y preguntó el nombre de aquella criatura admirable que vivía en el fondo del corral y le dijeron que la llamaban Pellejo de asno, a causa de la piel con la que siempre iba vestida. Y le advirtieron que de admirable no tenía nada y que más parecía una horrible fiera.

Por más que lo advirtieron, no lo quiso creer, pues tenía grabada la imagen de la princesa en su corazón. Lloraba sin cesar y languidecía. En vano le preguntaron qué le ocurría, pues el príncipe permanecía mudo y se negaba a comer; solo dijo que si Pellejo de asno le hacía la comida comería. Así que se dio la orden.

Pellejo de asno se encerró en su habitación, se puso sus mejores galas y un delantal de plata y empezó a cocinar Mientras trabajaba, uno de los anillos que se había puesto se le cayó del dedo, no se sabe si por casualidad o expresamente, pero el caso es que fue a parar dentro del plato y cuando le sirvieron la cena al príncipe, este estuvo a punto de tragárselo. Lleno de alegría guardó la sortija, de la que no volvió a separarse.

Pasaron los días y el mal del príncipe iba en aumento. Se consultó a los más eminentes médicos, que diagnosticaron que estaba enfermo de amor y aconsejaron casarlo. El príncipe estuvo de acuerdo, pero añadió:

—Solo me casaré si me acepta la joven en cuyo dedo se ajuste este anillo a la perfección.

Grande fue la sorpresa del rey y de la reina al oír tan extraña exigencia, pero como el príncipe estaba muy grave, no se atrevieron a contrariarlo e inmediatamente anunciaron por todo el reino tan extravagante demanda.

Todas las chicas se dispusieron a hacer la prueba. Se empezó por las princesas, después las duquesas, marquesas, condesas y baronesas, pero el anillo era demasiado estrecho para todos los dedos.

Después fueron compareciendo las demás jóvenes, pero todos los intentos resultaron inútiles.

Llegó el turno de las criadas y fregonas, pero el anillo seguía sin encontrar dedo.

Ya no quedaba nadie que pudiera probárselo y todos creyeron que el príncipe acabaría muriendo de pena. Pero este, cuando ya no quedaba ni una chica dijo que faltaba Pellejo de asno y aunque le advirtieron que era imposible que a un monstruo semejante le pudiera ir bien la delicada sortija, el insistió.

Se enviaron mensajeros a la alquería para que Pellejo de asno se probara el anillo, y cuando comprobaron que se ajustaba perfectamente a su dedo, los cortesanos no acertaban a salir de su asombro.

Le dijeron entonces que debía presentarse ante el rey y le aconsejaron, con una sonrisa burlona, que intentara arreglarse un poco. Pellejo de asno se mudó y las caras burlonas se trocaron en exclamaciones de admiración cuando la vieron lucir aquel vestido que brillaba más que el sol.

Inmediatamente se dieron las órdenes para que se celebrara la boda, a la que fueron invitados todos los monarcas de los países vecinos, entre los que se contaba el padre de Pellejo de asno, que ya había recobrado la razón y no cabía en sí de alegría al encontrar a su hija, a la que ya creía perdida para siempre.

Desde aquel día, el reino de la princesa y el reino del príncipe, quedaron felizmente unidos para siempre.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar «Pellejo de asno» con la voz de Angie Bello Albelda

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Barbazul

Había una vez un hombre dueño de extraordinarias riquezas. Además de varios palacetes en la ciudad, poseía un gran castillo y extensas heredades en el campo. En su casa, escondía cofres repletos de oro y joyas preciosas. Pero a pesar de todos los tesoros que acumulaba, le era difícil encontrar esposa.

Había pedido la mano de varias muchachas y todas lo habían rechazado a causa de su desagradable aspecto, sobre todo, debido al color de su barba, que era extrañamente azul, lo que le había valido el sobrenombre por el que todos lo conocían: Barbazul.

En la ciudad, cerca de una de sus casas, vivía una gran dama que tenía dos hijas y dos hijos. Era viuda, y aunque en otros tiempos había tenido una posición acomodada, lo había perdido todo y ahora estaba completamente arruinada. La dama consideró que para asegurar el porvenir de toda la familia, lo mejor que podía hacer era casar a uno de sus descendientes con alguien que tuviera una gran fortuna y enseguida pensó que Barbazul podía ser la solución.

Llegó a oídos de Barbazul el deseo de la mujer y, sin tardanza, pidió la mano de una de las hijas, sin especificar a cuál de las dos prefería. La respuesta se demoró, porque la dama, después de hablar de la proposición a las chicas, les dio tiempo para que reflexionaran, advirtiéndoles que lo pensaran muy bien antes de rechazar la propuesta, ya que una de ellas podría llegar a ser la dueña de grandiosas riquezas.

Ni una ni la otra se animaba a casarse con el hombre, pues, aunque era inmensamente rico, su terrible aspecto daba miedo. Además, ya se había casado varias veces y nadie sabía qué había sucedido con sus anteriores esposas.

Para conseguir su objetivo, Barbazul llenó de regalos a la dama y a sus dos hijas: flores, joyas, vestidos… incluso invitó a toda la familia a pasar una semana entera en el castillo que poseía en el campo.

Pasados los siete días, la hija menor comunicó que quería casarse con Barbazul.

La boda se celebró con gran pompa y la joven estaba muy orgullosa de poder presumir ante todo el mundo de sus posesiones.

Días después, Barbazul anunció a su esposa que debía partir para solucionar algunos negocios, y la animó a que hiciera una gran fiesta e invitara a quien quisiera para divertirse durante su ausencia.

—Te dejó las llaves de todos los cuartos, de todas las salas, de las despensas, de los cofres… Eres dueña de todo lo que hay en este castillo: vajillas, cristalerías, libros, cuadros, vestidos, joyas…Dispón de todo y entra donde quieras. Solo una puerta debe permanecer cerrada, aquella pequeña que ves allí. Se abre con esta llave. Quiero que la guardes mientras estoy ausente, ¡y no se te ocurra, bajo ningún concepto, entrar! Si te vence la curiosidad, estás perdida; te aseguro que te arrepentirás de no haberme hecho caso.

Y diciendo esto, le entregó un pesado llavero del que colgaban las llaves de todas las dependencias; también le entregó una llave de oro, que era la que abría la puerta de la estancia prohibida.

La joven, después de asegurarle que cumpliría lo que le había dicho, guardó en un cajón de su dormitorio la llave de oro, pero no podía dejar de pensar en ella y en el misterio que encerraba:

—¡Es extraño! ¡Si pudiera ver qué hay en ese cuarto…!

Para olvidarse de tan extraña prohibición, organizó una gran comida. Sus dos hermanos contestaron que, a causa de ciertos compromisos, no podrían asistir, pero que irían a visitarla a la mañana siguiente.

La recién casada, su hermana mayor y los amigos pasaron todo el día recorriendo el castillo. Los invitados no dejaban de asombrarse ante la ingente cantidad de riquezas que iban encontrando a cada paso.

Al llegar ante la pequeña puerta, uno de los convidados quiso saber qué había dentro:

—No lo sé —contestó la dueña del castillo.

—Entonces, después de todo, no eres la dueña de absolutamente todas las riquezas que hay aquí…

Al anochecer, cuando los amigos se hubieron marchado y las dos hermanas se quedaron solas, cansadas como estaban del ajetreo del día, se retiraron a dormir, cada una a su aposento.

En su dormitorio, la recién casada volvió a pensar en las advertencias de Barbazul:

—¿Qué habrá en ese cuarto…?

Daba vueltas y vueltas en la cama, sin poder conciliar el sueño, hasta que su curiosidad venció el temor a las posibles consecuencias y, al rayar el alba, se levantó, abrió el cajón, cogió la llave de oro y se dirigió hacia el cuarto prohibido.

Al abrir la pequeña puertecita, ¡horror!, en el centro de la estancia vio un cepo y un hacha y en un rincón, amontonados, varios cuerpos sin cabeza.

—¡Las anteriores esposas de Barbazul! —murmuró aterrorizada.

Temblando de miedo por tan espeluznante espectáculo, se tapó la boca para no gritar y, al hacerlo, la llave resbaló de sus manos; con tan mala suerte, que fue a caer, justo, en el gran charco que teñía de rojo el suelo. Al recogerla, vio que estaba manchada. Cerró rápidamente la puerta y corrió a su habitación; frotó la llave con un paño para limpiarla, pero, por mucho que insistió, la mancha no salía.

Alarmada, pensó en abandonar el castillo, pero su marido llegaba justo en aquel momento. Al verla, lo primero que le dijo fue:

—¡Entrégame las llaves!

Ella, temblando, le entregó el llavero.

—¿Y la llave de oro?

—Aquí la tienes —dijo quedamente.

—¡Está manchada de sangre! ¿Qué ha pasado?

—Yo, yo… yo no sé nada…

—¡Pues yo sí lo sé! ¡No me has hecho caso! ¡Has abierto la puerta! ¡Ahora entrarás allí y ya no volverás a salir jamás!

La chica, asustada y llorando, rogaba por su vida:

—¡Perdóname! ¡Guardaré el secreto! ¡Jamás sabrá nadie lo que he visto!

—¡No hay perdón! Me has demostrado que no puedo confiar en ti. Solo estaré a salvo si te corto la cabeza.

—¡No puedes matarme así, de pronto! Al menos déjame que me prepare. Por favor, déjame un rato a solas en mi habitación.

El gigante de barba azul titubeó, pero accedió a lo que le pedía:

—Te concedo un cuarto de hora. Te espero en el cuarto —dijo mientras se dirigía hacia la siniestra estancia para afilar el hacha.

Entretanto, la joven corrió hasta el cuarto de su hermana y la despertó diciendo:

—¡Hermana! ¡Sube deprisa a la torre y dime si vienen nuestros hermanos! ¡Barbazul ha regresado y quiere matarme!

La hermana subió a lo alto de la torre, pero nada se divisaba.

—¿Estás segura de que no llega nadie por el camino?

—No, nadie.

Mientras, desde abajo, tronaba la voz de Barbazul:

—¡Baja!

—¡Un momento!

De repente, la mayor dijo:

—Veo una gran nube de polvo que se acerca.

—¿Son nuestros hermanos?

—No, era un pastor con su rebaño de ovejas.

De nuevo tronó Barbazul:

—¡Baja de una vez!

—¡Enseguida bajo!

En lo alto de la torre, la hermana mayor volvió a exclamar:

—¡Veo a dos caballeros que se acercan!

—¡Ve corriendo a la entrada a ver si son nuestros hermanos y diles que se den prisa y que vengan a salvarme! ¡Barbazul quiere matarme!

En efecto, Barbazul, impaciente, subía profiriendo gritos de rabia.

Al llegar arriba, agarró a su mujer por el pelo y la arrastró escaleras abajo. Ella se resistía con fuerza, para dar tiempo a que sus hermanos llegaran para ayudarla.

Ya en la planta baja; aquel energúmeno entró en la habitación secreta y arrojó sobre el suelo a la pobre desdichada; tomó el hacha entre sus manos y cuando ya la levantaba para descargar el golpe mortal sobre la garganta de su esposa, dos espadas atravesaron el cuerpo del gigante de barba azul, que cayó, mortalmente herido, sobre el ensangrentado suelo.

Los cuatro hermanos, volvieron a la ciudad para contar lo que había sucedido y al saber la gente el desgraciado destino de las anteriores esposas de Barbazul, celebraron haberse librado, para siempre, de aquel monstruo.

La joven viuda, única heredera de todos los bienes de su malvado esposo, vivió feliz el resto de sus días rodeada de comodidades.

FIN

Cenicienta

cenicienta (2)

Érase una vez un caballero que tenía una hija buena, gentil y agraciada. Se había quedado viudo y decidió casarse, en segundas nupcias, con una dama, también viuda, que tenía dos hijas que se parecían a ella en todo, pero especialmente en el carácter: presumidas y egoístas.

Al poco de casarse, el hombre murió y la mujer empezó a mirar con malos ojos a su hijastra, porque la gracia y hermosura de esta hacían parecer más feas y antipáticas a sus dos hijas. En la distribución de las tareas de la casa le destinó los quehaceres más pesados: lavar los platos, limpiar la cocina, barrer las escaleras, sacudir las alfombras, y otras muchas más que sería largo enumerar.

La pobre chica dormía en la buhardilla, sobre un duro lecho de paja vieja, mientras las hermanastras dormían en blandos colchones de plumas, en cuartos luminosos, llenos de espejos y cortinas de tul, como en el mejor palacio de la tierra.

La niña soportaba todo esto sin decir nada, pero sufría mucho, sobre todo por la falta de cariño que había en la casa.

Cuando terminaba sus tareas, se acurrucaba junto a la chimenea para leer y allí permanecía horas y horas, hasta que las cenizas del hogar le cubrían los vestidos y el pelo. Por eso, todos empezaron a llamarla Cenicienta.

Un día, el hijo del rey decidió organizar un baile al que fueron invitados todos los jóvenes de la comarca. Como el príncipe estaba en edad de casarse, la noticia causó un gran revuelo en todas las familias. No había hogar en el que hubiera una joven que no soñara con que la niña llegara a ser reina algún día.

Todas las muchachas comenzaron a preparar los mejores vestidos con las más preciosas telas. Una buscaba joyas valiosísimas en los antiguos cofres de la familia; otra se hacía pruebas de complicadísimos peinados; otra se maquillaba los ojos y las uñas para encontrar el color que más la favoreciera… En fin, de norte a sur, por todo el reino, no se hablaba de otra cosa que no fuera el baile del príncipe.

Las dos hermanastras de Cenicienta no comían ni dormían, tanta era su preocupación por la fiesta de palacio. No paraban de ir y venir de tienda en tienda en busca de telas y cintas, encajes y puntillas, joyas y otros adornos.

Llegado el día del baile, las dos hermanas se bañaron, se perfumaron, se vistieron con trajes de seda y, finalmente, pidieron a Cenicienta que las peinara. Mientras terminaban de acicalarse, una de ellas preguntó:

—Dime, Cenicienta, ¿te gustaría ir al baile con nosotras para poder admirar desde un rincón los trajes de las damas más distinguidas de la región?

—Iría con gusto —respondió la niña— pero comprendo que el palacio real no es mi lugar. Yo debo haber nacido para barrer, fregar, cocinar, y lavar y no para asistir a los bailes del rey.

—Tienes razón. ¡Imagina la risa de los invitados si te vieran entrar en palacio! Así que mejor ponte a limpiar porque, la verdad, todo esto lo tienes muy sucio. ¡A trabajar mientras nosotras nos divertimos!

La mayor llevaba un vestido de terciopelo rojo cuajado de estrellitas de oro, y la menor uno de terciopelo azul bordado con hilos de plata. Las dos subieron a una carroza y se dirigieron al palacio real.

Cenicienta las despidió en el jardín y les deseo buena suerte. Parecía contenta, pero al quedarse sola se le llenaron los ojos de lágrimas. Fue a sentarse junto al fuego y allí, mirando el baile de las llamas, suspiraba y suspiraba.

De repente, junto a ella, apareció una hermosa dama. Ante el gesto de sorpresa de la joven, le habló con dulzura:

—No temas, Cenicienta, soy tu hada madrina. ¿Por qué estás tan triste? Dime qué puedo hacer por ti.

—Quisiera… Quisiera… —Pero los sollozos interrumpieron sus palabras.

—Quisieras asistir al baile, ¿no es cierto?

Cenicienta asintió con la cabeza.

—No llores, querida. Irás al baile. Vamos al jardín. En el fondo hay una planta de calabazas. Buscaremos la más grande.

La chica no entendía para qué necesitaban una calabaza; pero el hada, después de vaciarla, la tocó con su varita mágica y la dura corteza abierta se transformó en una espléndida carroza.

Seis ratoncitos, que acudieron desde el granero, al ser tocados por la varita mágica se convirtieron en briosos caballos.

Un ratón de la cocina se asomó, curioso, y la varita del hada lo transformó en un cochero vestido con elegante librea.

De las piedras del muro del jardín asomaron la cabeza seis lagartijas verdes que, por voluntad del hada, se transformaron en lacayos.

—He aquí la carroza y los servidores que te llevarán a palacio. ¿Estás contenta?

Cenicienta no sabía qué contestar. Bajó los ojos, miró su vestido y sus zapatos y murmuró:

—¿Al palacio? Pero es que voy con harapos y zuecos…

El rostro del hada se iluminó con una sonrisa. La varita mágica tocó las ropas de la joven y su ropa vieja se convirtió en un vestido blanco entretejido con hilos de plata.

—Y ahora el calzado. Para tus pequeños pies he traído un par de zapatitos de cristal. Sube a la carroza, te conducirá al baile. No digas a nadie tu nombre, ni siquiera al príncipe. Todos supondrán que eres una princesa recién llegada de un lejano país. Te advierto que el hechizo solo durará hasta la medianoche; a esa hora, tu carroza se convertirá en calabaza, tus servidores volverán a ser animales y tus trajes humildes ropas. ¡No lo olvides! Debes regresar a casa antes de que suenen las doce campanadas.

Cenicienta escuchó con atención, prometió no olvidar los consejos del hada y subió a la espléndida carroza. Cuando entró en el gran salón de baile todos quedaron maravillados. Su porte, su distinción y sus ricos vestidos dejaron a todos con la boca abierta. El hijo del rey solo tenía ojos para ella y aunque bailaron varias veces no consiguió saber el nombre de su pareja de baile.

Entretanto, las hermanastras de Cenicienta no salían de su asombro:

—¡Sí es ella! ¡Te digo que es ella!

—Pero, ¿quién la trajo hasta aquí? ¿De dónde sacó ese vestido?

—¡No lo sé! ¡Parece imposible!…

—¿No será una princesa extranjera que se parece a Cenicienta?

—Acerquémonos a ella, a ver si nos reconoce.

Las dos hermanas recorrieron las salas en busca de Cenicienta, pero esta no aparecía por ninguna parte. Cenicienta había abandonado el palacio un poco antes de medianoche. En cuanto la carroza llegó a casa, volvió a ser una calabaza, y ratoncitos y lagartijas, de nuevo en su verdadera forma, corrieron a refugiarse, cada uno en su escondrijo. La joven, con sus harapos, iba ya a subir a la buhardilla, cuando oyó que golpeaban la puerta. Fingiendo estar medio dormida, preguntó entre bostezos a sus hermanastras:

— ¿Qué tal en palacio? ¿Os habéis divertido? ¿Habéis bailado con el príncipe?

—La verdad es que nada interesante. Una dama desconocida atrajo la atención del príncipe y de todos los asistentes al baile. Tenía un aire a ti, pero ella era muchísimo más interesante. Debía ser una princesa extranjera.

—¿No se hizo anunciar? ¿Nadie le preguntó cómo se llamaba?

—Nadie consiguió averiguar quién era. Desapareció antes de la medianoche y el príncipe quedó muy contrariado, porque parece que se ha enamorado de ella. Espera que vaya al baile de mañana.

—Hermana —dijo Cenicienta a la mayor— ¿me prestarías tu viejo vestido amarillo para ir al baile de mañana y ver a la misteriosa princesa?

—¿Estás loca? ¿Prestarte mi vestido? ¿Ir nosotras con una sirvienta al baile? ¡Ni soñarlo!

Estas palabras hirientes no pudieron ofender a Cenicienta; por dentro, estaba loca de alegría al recordar las atenciones del hijo del rey. Se sentía inmensamente feliz.

Al día siguiente, las dos hermanas se emperifollaron todavía más para asistir al baile. Cuando se quedó sola, Cenicienta recibió, de nuevo, la visita del hada madrina. La varita mágica repitió los prodigios de la noche anterior y, esta vez, la joven llegó a palacio con un vestido de tul blanco y púrpura.

El príncipe esperaba ansioso. Bailó con ella toda la noche, pero a pesar de su insistencia, no obtuvo respuesta sobre el nombre y el domicilio de la bella desconocida. Esta, perdida la noción del tiempo, que pasaba veloz en medio de la alegría de la fiesta, se dio cuenta, de pronto, de que ya estaban a punto de sonar las campanadas de medianoche. Hizo una rápida reverencia al hijo del rey y corrió escaleras abajo.

—¡Detente! ¡Espera un momento, por favor!

Pero ella siguió corriendo y, en su precipitación, perdió uno de los zapatitos de cristal. En ese momento empezaron a sonar las campanadas del reloj de palacio, y los soldados vieron salir corriendo a una niña andrajosa. El príncipe, que se había detenido a recoger el zapatito de cristal, preguntó cuál era la carroza de la princesa que acababa de salir. El jefe de guardia lo miró asombrado:

—Alteza, no ha salido ninguna princesa de palacio. Hace un momento pasó corriendo una joven mendiga. Nada más.

El joven se quedó pensativo. Aquella misteriosa dama le interesaba cada vez más. Guardó el zapatito en uno de los bolsillos y subió lentamente la escalinata de mármol pensando en cómo descubrir la identidad de la desconocida valiéndose de aquel zapato.

Cenicienta llegó a casa sola, mal vestida y agotada por la carrera y se sentó junto a la chimenea a esperar el regreso de sus hermanastras. Estas llegaron muy tarde y le contaron la extraña fuga de la desconocida.

A la mañana siguiente, un bando real anunciaba que un cortesano llevaría un zapato de cristal de casa en casa para que todas las muchachas se lo probaran, la que consiguiera calzarlo, se casaría con el príncipe.

El cortesano, con el zapato de cristal sobre un cojín de raso azul, llegó a casa de Cenicienta. Ninguna de las dos hermanas pudo ponerse el zapato. El funcionario real estaba desesperado:

—Esta es la última casa del reino y no hemos conseguido dar con la joven propietaria de este zapatito de cristal.

Cenicienta, entonces, se adelantó y preguntó:

—¿Puedo probármelo yo también?

A pesar del fastidio de las dos hermanastras, el cortesano accedió y ¡oh!, sorpresa.

—¡No puede ser! —exclamaron todos a la vez— ¡La propietaria del zapato no puede ser esta harapienta!

En ese momento, apareció el hada madrina, que entregó el otro zapatito a Cenicienta y le pidió que lo calzara. Tocó con su varita mágica las ropas de la niña y estas se convirtieron en un elegante vestido.

La madrastra y las hermanastras no salían de su asombro:

—¡Cenicienta se casará con el príncipe!

—¡Pobres de nosotras! Ahora se vengará por todos los malos momentos que le hemos hecho pasar.

Así se lamentaban las tres, pero Cenicienta no había cambiado y aunque ahora era una princesa, su corazón seguía siendo bueno y generoso, como cuando era una humilde sirvienta. Ni odio ni rencor cabían en él y cuando celebró sus bodas con el príncipe, invitó a palacio a sus hermanastras y a su madrastra.

El zapatito que Cenicienta había perdido se conservó en una vitrina de palacio como la joya más preciada del tesoro real y uno de los ratoncitos que había vivido en la buhardilla con la muchacha fue el encargado de custodiarlo y

con un látigo en la mano,

aquel ratón, muy ufano,

cuida todavía hoy,

en el palacio real,

el zapato de cristal.

 

FIN

La Bella Durmiente

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Ilustración: Fabulandia

Este cuento nos lo pidió Amparo y a ella se lo dedicamos.

Había una vez un rey y una reina que estaban muy tristes porque no tenían hijos. Por fin, después de mucho tiempo, la reina dio a luz a una niña.

Como era costumbre en tan lejana época, para celebrar el nacimiento de la heredera, fueron invitadas todas las hadas del reino para que pudieran otorgar sus dones a la pequeña princesa, pero se olvidaron de invitar a una de ellas; un hada malvada de la que no se tenían noticias desde hacía muchísimo tiempo, porque vivía encerrada en su lejano castillo.

No se sabe de qué modo, la noticia del nacimiento de la princesa llegó a oídos de la malvada hada, pero el caso es que acudió a la fiesta sin haber sido invitada.

Al terminar la comida, una a una, las hadas pasaron ante la cuna de la recién nacida y, tocando su frente con sus varitas mágicas, le fueron otorgando sus dones:

—Serás la más inteligente.

—Serás la más alegre.

—Serás la más hermosa.

—Serás la más constante.

—Serás la más paciente.

— …

Al llegar su turno, el hada malvada se situó frente a la cuna de la pequeña y, al mismo tiempo que apoyaba su varita mágica en la frente de la princesita, pronunció con rabia su espantoso conjuro:

—¡El día que cumplas dieciséis años, te pincharás con un huso y morirás!

El hada más joven, al oír tan terrible maleficio, realizó un encantamiento para mitigar el funesto destino de la pequeña:

—El día de tu decimosexto cumpleaños, te pincharás con un huso, pero no morirás, sino que permanecerás dormida durante cien años, hasta que un beso de amor te despierte de tu profundo sueño.

Inmediatamente, los reyes enviaron mensajeros por todo lo largo y ancho del reino con la orden de quemar todos los husos que hubiera en él para evitar que el maleficio pudiera cumplirse.

Fueron pasando los años y en la princesita iban aumentando los dones que le habían otorgado las hadas el día de su nacimiento. Y, por fin, llegó el día en el que cumplía dieciséis años.

Mientras se paseaba por el inmenso palacio pensando en la fiesta que debía celebrarse en su honor aquella noche, la princesa se desorientó y, sin darse cuenta, fue a parar a una zona del castillo que todos creían que estaba deshabitada.

Al entrar en una de las estancias, encontró a una vieja sirvienta que desconocía la prohibición del rey y estaba hilando. La princesa, que no había visto jamás un huso, sintió curiosidad y le preguntó a la anciana mujer:

—¿Qué haces buena mujer?

—Estoy hilando.

—¿Me dejarías probar?

—No es fácil hilar, hija mía, -respondió la sirvienta – pero, si quieres, puedo enseñarte.

La princesa, muy contenta, aceptó el ofrecimiento sin sospechar que, al hacerlo, la maldición del hada malvada estaba a punto de cumplirse.

Justo al tomar el huso entre sus manos, se pinchó en el dedo índice y antes de que la diminuta gota de sangre que brotó de su dedo llegara al suelo, la princesita se desvaneció y allí se quedó, como si estuviera muerta.

Los mejores médicos, las más afamadas brujas y los más competentes magos y hechiceras fueron llamados a consulta. Lo probaron absolutamente todo, sin embargo, nadie fue capaz de vencer el terrible maleficio. El hada más joven, al enterarse de lo ocurrido, corrió también hacia palacio y al encontrarse a toda la corte llorando, rodeando la cama en la que yacía inmóvil la princesa, les dijo:

—No lloréis, que cien años dormirá, pero luego despertará.

Pero los reyes no tenían consuelo posible y se lamentaban diciendo:

—¡Ay! ¡Qué triste día! Todos deberíamos dormir cien años. No queremos seguir despiertos si la princesita duerme.

El hada, al oír la queja de los reyes, quiso cumplir su deseo y decidió que mediante un encantamiento dejaría dormida a toda la corte, para que al cabo de cien años, al despertar, la princesa lo encontrara todo tal y como estaba aquel día. Movió su varita mágica y en ese mismo instante, todos los habitantes del castillo cerraron los ojos. Y, para que nadie pudiera alterar su sueño, hizo crecer una espesa hiedra por las paredes del castillo hasta dejarlo completamente oculto de la vista de todos.

—Dormid tranquilos. Dentro de cien años regresaré.

En el castillo todo dormía. Los relojes no hacían tic tac; los soldados roncaban sobre sus lanzas; el fuego estaba petrificado en las chimeneas; en la cocina, el agua detuvo su hervor y los cocineros, que preparaban la fiesta de cumpleaños de la princesa, dejaron de pelar patatas y de batir huevos para los pasteles; los perros enmudecieron su ladrido. Todo quedó inmóvil. El tiempo se detuvo en palacio.

En el exterior se sucedían los años y alrededor del castillo crecía un frondoso bosque que formaba una verde barrera, cada vez más impenetrable, que impedía el paso. Los habitantes del reino se fueron olvidando del castillo dormido y de su historia.

Pasado un siglo, un príncipe que paseaba cerca del bosque vio a lo lejos, entre los árboles, un extraño destello, que no era otra cosa que el sol de la mañana reflejado en el vidrio de una de las ventanas del palacio. Para descubrir qué era y de dónde procedía aquel fulgor, se abrió paso con su espada por entre la espesura de plantas que rodeaba el castillo.

Paso a paso, fue avanzando. Estaba ya a punto de desistir y dar la vuelta, cuando descubrió, al cortar unas altas ramas, el puente levadizo de un enorme palacio. Con mucha precaución, entró en el castillo y cuál no sería su asombro al descubrir que todos los habitantes de aquel lugar estaban durmiendo, tendidos cuan largos eran, en las escaleras, en los pasillos y en el patio.

—¡Hola! ¿Hay alguien despierto? – gritó el príncipe sin obtener respuesta.

Fue vagando de estancia en estancia, cada vez más extrañado, y no tardó en llegar a la habitación donde yacía la princesa dormida.

Al verla, su corazón dio un vuelco dentro de su pecho y se quedó contemplando largo rato y en arrobado silencio aquel rostro dormido, sereno y bello; mientras sentía cómo nacía el amor que tanto había esperado. Emocionado, se acercó a la princesa dormida y besó, delicadamente, su mejilla.

Al contacto del beso, la princesa despertó de su largo sueño, abrió los ojos, miró al príncipe y le dijo sonriendo:

—Te he esperado mucho tiempo ¡Por fin has llegado!

El encantamiento se había roto.

Justo en aquel instante todo el castillo despertó. La corte entera abrió los ojos y, mirándose muy sorprendidos los unos a otros, se preguntaban qué había sucedido.

El hada joven, que presenciaba la escena, les contó lo que había pasado y les dijo que habían dormido durante cien años.

Locos de alegría, siguieron haciendo lo que estaban haciendo justo antes de quedarse dormidos y aquella misma noche celebraron la gran fiesta de cumpleaños de la princesa.

Poco tiempo después, el castillo, hasta entonces dormido e inmerso en el silencio, se llenó de cantos, de música y de alegres risas para celebrar la boda del príncipe y la princesa.

FIN

El gato con botas

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Murió un viejo molinero y no dejó más bienes que su molino, su asno y su gato.

Sus tres hijos hicieron las particiones con gran facilidad, sin notario ni abogado, que se hubieran comido tan exiguo patrimonio.

El mayor de los tres hermanos se quedó el molino. El mediano el asno. Y el pequeño no tuvo otra herencia que el gato.

El pobre chico, al recibir tan pobre heredad, se quedó muy desconsolado.

—Mis hermanos —decía— podrán ganarse la vida trabajando, pero yo, como no me coma al gato y luego venda su piel, me moriré de hambre. ¿Qué haré con él? ¡Ni tan solo puedo alimentarlo!

El gato, que escuchaba lo que el muchacho decía, subió de un salto al regazo de su amo, restregó la cabeza contra su pecho, y lo consoló diciendo:

—No estés triste, amo; cómprame un par de botas y un saco que se cierre con cordones, y ya verás como no es tan mala la parte de herencia que te ha correspondido.

El chico depositó toda su confianza en el astuto gato. Había sido testigo del ingenio del animal, cuando lo observaba cazar pájaros y ratones, así que pensó que tal vez el felino podría socorrerlo de su miseria. Pidió prestado algo de dinero a sus hermanos y compró lo que le pedía.

El gato se calzó inmediatamente las botas, se colgó el saco al hombro y andando sobre sus dos patas traseras se dirigió a un bosque cercano en el que sabía que había cientos de conejos.

Colocó el saco al pie de un árbol y en su interior puso un poco de tomillo y se dispuso a esperar a que algún gazapo, inexperto y poco instruido en los peligros del mundo, se sintiera atraído por la olorosa hierba.

Al poco de estar apostado, un joven conejillo se acercó, olisqueó y entró en el saco dando saltitos. El gato dio un fuerte tirón de los cordones y atrapó al conejo dentro del saco.

Con la caza obtenida, se dirigió al palacio del rey de aquellas tierras y solicitó audiencia.

Después de esperar un buen rato, lo condujeron a la cámara real y haciendo una profunda reverencia, le dio el conejo al monarca diciendo:

—Majestad, mi amo el señor marqués de Carabás se sentiría muy honrado si os dignarais a probar su caza. Por eso os envía este conejo que él mismo ha cazado esta mañana en los bosques que posee.

—Di a tu amo —respondió el rey— que con mucho gusto acepto su regalo. Transmítele mi agradecimiento.

Días después, volvió al bosque, calzado con sus botas y con el saco al hombro, y no tardó en dar caza a un par de perdices.

Acto seguido, corrió a presentarlas al rey, como había hecho con el conejo, y el monarca recibió con tanto entusiasmo las dos perdices, que mandó se le diese al gato unas monedas de oro de propina.

Durante los siguientes meses, el gato le fue llevando al rey una parte de lo que cazaba, hasta el día que corrió la voz de que el rey saldría a pasear por la orilla del río en compañía de su hija, la princesa más hermosa del mundo. Entonces, el astuto gato le dijo a su amo:

—Si sigues mis consejos, tu fortuna ya está hecha. Solo tienes que bañarte desnudo en el río, exactamente, en el lugar que yo te indicaré. El resto, déjamelo a mí.

El hijo del molinero hizo lo que el gato le aconsejaba, aunque sin comprender cuáles eran sus intenciones.

Mientras se estaba bañando llegaron el rey, la princesa y la comitiva real a la orilla del río y justo en ese momento, el gato se puso a gritar con todas sus fuerzas:

—¡Socorro! ¡Socorro! ¡El señor marqués de Carabás se está ahogando!

Al oír los gritos, el rey asomó la cabeza por la ventana de la carroza y, al reconocer al gato que tantas veces lo había obsequiado con la caza, mandó a sus guardias que fuesen de inmediato a socorrer al marqués de Carabás.

Mientras sacaban del río al pobre marqués, el gato, se aproximó a la carroza y le contó al rey que, mientras su amo se bañaba en el río, unos ladrones habían robado sus ropas, y aunque había intentado impedirlo, no había podido hacer nada. El rey inmediatamente hizo traer de palacio los mejores trajes de su guardarropa para el marqués de Carabás.

Cuando estuvo vestido, se presentó ante el monarca, que lo recibió con deferencia. Era tan guapo el muchacho y las ropas le sentaban tan bien, que la princesa, al verlo, se prendó del joven y él de ella.

El rey, al notar que los dos jóvenes se miraban con buenos ojos, invitó al marqués a acompañarlos en su paseo y el gato, al ver que sus planes empezaban a funcionar, tomó la delantera.

No tardó en encontrar a unos campesinos que segaban la yerba de unos prados y les dijo:

—Buena gente, si no decís al rey que los prados que estáis segando pertenecen al señor marqués de Carabás, ordenaré que os hagan picadillo.

Al pasar el rey, preguntó a los segadores quién era el dueño de aquellos prados y, asustados por la amenaza del gato, los labriegos contestaron a una voz:

—Son del señor marqués de Carabás.

—Tenéis unos terrenos magníficos -dijo el rey al hijo del molinero.

—Ciertamente, Majestad, esta tierra no deja de producir con abundancia cada año.

El gato, que iba siempre delante, encontró luego unos labriegos y les dijo:

Buena gente, si no decís al rey que las tierras que estáis labrando pertenecen al señor marqués de Carabás, ordenaré que os hagan picadillo.

El rey, que pasó un momento después, quiso saber a quién pertenecían aquellas tierras y al preguntar, le contestaron a coro:

—Son del señor marqués de Carabás.

Y el rey felicitó de nuevo al hijo del molinero.

El gato, siempre delante de la carroza, iba repitiendo lo mismo a todas las gentes que encontraba a su paso y el rey no pudo menos que admirarse de las grandes riquezas del señor marqués de Carabás.

Por fin llegó el gato a un hermoso castillo, que pertenecía a un sanguinario ogro. El más rico de la comarca, dueño de todos los prados, las tierras y los bosques por donde habían pasado, y después de tener la precaución de informarse acerca de quién era este ogro y de lo que sabía hacer, solicitó hablar con él para presentar sus respetos ya que, dijo, no quería abandonar los dominios de tan gran señor sin haberlo saludado.

El ogro, halagado, lo recibió con gran amabilidad y lo hizo reposar en un gran diván.

—Me han asegurado -le dijo el gato- que tenéis el don de convertiros en el animal que se os antoje. Por ejemplo, en elefante, en león, en tigre…

Cierto es -respondió el ogro-

Y para demostrarle sus habilidades al gato, tomó la forma de un león.

—También me han asegurado, aunque eso no me lo creo, que tenéis la facultad de transformaros en un animal pequeño. Por ejemplo, en un simple ratoncito. Aunque eso sí que me parece imposible.

—¡Para mí no hay nada imposible! —rugió el ogro muy ofendido— ¡Ahora vais a convenceros!

Y diciendo esto, se trasformó en un diminuto ratón. El gato, sin esperar ni un segundo, se abalanzó ágilmente sobre él y le dio caza.

Entretanto, el rey, que ya estaba cerca, al ver el magnífico castillo del ogro, quiso dirigirse allí para descansar. Al oír el ruido de la carroza, el gato salió corriendo para recibir a la comitiva:

—¡Excelencia! Sed bienvenido al castillo de mi noble amo el señor marqués de Carabás.

—¡Cómo, señor marqués!, —dijo el rey al hijo del molinero— ¿¡Es vuestro este castillo!? ¡No hay otro tan hermoso en todo mi estado! ¡Enseñádnoslo, si gustáis!

El marqués tomó del brazo a la joven princesa y todos entraron al castillo.
En el interior encontraron servida una copiosa comida que el ogro había hecho preparar para sus amigos, que aquella noche debían ir a solazarse al castillo y que no se atrevieron a entrar al enterarse de que el rey estaba allí.

El soberano, encantado de las buenas cualidades del marqués y sabiendo que a su hija no le había sido indiferente, le dijo después de haber dado cuenta de la opípara cena:

—Me sentiría muy honrado, amigo mío, si aceptarais ser mi yerno.

El hijo del molinero, haciendo grandes reverencias, aceptó tan honrosa proposición y pocos días después se celebró la fastuosa boda.

El gato, convertido en gran señor, dejó de cazar y solo corría tras los ratones por pura diversión. Jamás se separó de su amo y algunas veces le recordaba:

—Ya ves que el ingenio y la imaginación son más valiosos que cualquier herencia.

FIN

Caperucita Roja

Ilustración: mikemaihack

Había una vez una niña pequeña y dulce a la que todo el mundo quería mucho. Incluso aquellos que solo la habían visto una vez, decían que era una niña encantadora.

La niña tenía una abuelita que, por supuesto, también la quería mucho. Como a la abuelita le gustaba coser, confeccionó para su nieta preferida un abrigo de terciopelo rojo con capucha. Tan bien le quedaba a la niña el abrigo rojo, que todo el mundo empezó a llamarla Caperucita Roja.

Un día, su mamá la llamó y le dijo:

—Caperucita, quiero que le lleves a la abuela este pastel de manzana que he horneado para ella y esta jarra de miel. La abuela está enferma y estas cosas buenas la ayudarán a curarse. Date prisa, que después hará mucho calor.

Ve directamente a casa de la abuela, sin desviarte ni a la derecha ni a la izquierda del camino; no hables con extraños; no corras, no vaya a romperse la jarra de miel; sé educada y si te cruzas en el pueblo con algún conocido lo saludas. ¿Lo has entendido?

—Sí, mamá. Haré todo lo que me has dicho —contestó la niña.

Y después de despedirse, emprendió el camino. El trayecto desde la aldea a casa de la abuela cruzaba en medio del bosque y era bastante largo, tenía que andar durante media hora.

Justo al entrar en el bosque, se le acercó el Lobo, pero Caperucita Roja no tenía ni la menor idea de que los lobos son animales salvajes, así que no tuvo miedo de él.

—Muy buenos días, Caperucita —dijo el Lobo.

—Hola, muy buenos días, señor Lobo —contestó educadamente Caperucita.

—¿Adónde vas tan temprano? —preguntó el Lobo.

—A ver a mi abuelita que está enferma —contestó la niña—. Mi mamá horneó ayer un pastel de manzana y me envía a su casa para que se lo lleve y también una jarra de miel, porque estas cosas buenas la ayudarán a curarse.

—¿Y dónde vive tu abuelita? —preguntó el Lobo.

—Al otro lado del bosque, bajo los tres robles grandes. ¡Todo el mundo sabe dónde es!

«¡Bueno —pensó el Lobo—, «esta niñita, sin duda, estará muy sabrosa. Más dulce y tierna que su abuela, pero es tan pequeña que me quedaré con hambre. No tengo elección. ¡Tendré que comerme a las dos!».

Siguió andando junto a Caperucita Roja hasta que llegaron a un lugar tapizado de flores silvestres de todos los colores.

—¡Mira, Caperucita! —dijo el Lobo dulcemente—. Mira que flores tan lindas hay aquí. Escucha el canto de los pajaritos. ¿Por qué tienes tanta prisa? ¡Ni que tuvieras miedo de llegar tarde a la escuela! Es una pena que no disfrutes de este lugar tan precioso. ¿Por qué no recoges unas cuantas florecillas y haces un lindo ramo para tu abuelita?

Caperucita Roja miró a su alrededor y hacia arriba y vio los destellos de los rayos del sol bailando entre las copas de los árboles y los intensos y brillantes colores de las flores silvestres.

—Tiene razón, señor Lobo —respondió Caperucita Roja—. Este es un precioso lugar y todavía es muy temprano. ¡Recogeré algunas flores para hacerle un gran ramo a la abuelita!

Y dicho esto, Caperucita Roja se apartó de su camino y empezó a recoger flores. Pero cada vez que parecía que ya había suficientes, veía una de preciosa, y otra, y otra y así se fue internando en lo más profundo del bosque.

Entretanto, el Lobo se apresuró hacia casa de la abuela y, al llegar allí, llamó a la puerta: “toc, toc, toc”.

—¿Quién es? —preguntó la abuela.

—Soy yo, Caperucita Roja —respondió el Lobo imitando la dulce voz de la niña—. Mamá te envía un pedazo de tarta de manzana y una jarra de miel para que te pongas buena. ¡Ábreme la puerta, abuelita!

—No tengo fuerzas para levantarme —contestó la abuela—. Levanta tú misma el pestillo y entra.

El Lobo levantó el pestillo y abrió la puerta de par en par, se abalanzó sobre la abuelita y se la comió de un solo bocado. Después, cerró el pestillo, se puso un camisón y una cofia y se acostó en la cama a esperar a Caperucita Roja.

Mientras ocurría esto, Caperucita Roja recogía tantas flores que apenas podía con ellas. Regresó al sendero, se dirigió a casa de su abuelita y llamó a la puerta.

—¿Quién es? —preguntó el Lobo con voz ronca, tratando de imitar a la abuela.

Al oír aquella voz tan áspera, Caperucita Roja se asustó un poco, pero después recordó que la abuela estaba enferma y debía estar algo afónica.

—Soy yo, Caperucita Roja —respondió la niña—. Mamá te envía tarta de manzana y una jarra de miel para que te pongas buena. Ábreme la puerta, abuelita.

—Levanta el pestillo y entra —le indicó el Lobo.

Caperucita Roja abrió el pestillo y entró en la casa. Se acercó a la cama y vio la cabeza de la abuela cubierta por la cofia.

—Buenos días, abuelita —dijo Caperucita Roja.

Pero no obtuvo respuesta.

—Abuelita, ¿por qué tienes esas orejas tan grandes?

—Porque así te escucho mejor, querida.

—Abuelita, ¿por qué tienes esos ojos tan grandes?

—Porque así puedo verte mejor, querida.

—Abuelita, ¿por qué tienes esos brazos tan largos?

—Porque así puedo abrazarte mejor, querida.

—Abuelita, ¿por qué tienes esos dientes tan largos? —preguntó Caperucita Roja llorando porque ya estaba muy asustada.

—¡Porque así puedo comerte entera! —gritó el Lobo, saltando de la cama, abalanzándose sobre Caperucita Roja y engulléndola de un solo bocado.

Ahora el Lobo ya estaba harto. Se tumbó en la cama, se quedó dormido y empezó a roncar tan ruidosamente, que sus ronquidos se podían oír desde muy lejos.

Acertó a pasar por allí un cazador que lo oyó y pensó: “¿Qué le pasará a la abuela que ronca tan fuerte? ¿Estará enferma? ¿Necesitará algo?” Y entró en la casa. Sobre la cama de la abuela vio al Lobo que descansaba.

—¡Ajá! —dijo el cazador—- ¡Por fin te encuentro despreciable bicho! ¡Hacía mucho tiempo que te buscaba!

Ya levantaba su rifle para matar al Lobo cuando, de pronto, se dijo: “¡Un momento!, ¿dónde está la abuela? ¡Quizás este Lobo se la ha zampado!”

Dejó el rifle y abrió la barriga del Lobo. Caperucita Roja saltó rápidamente de allá dentro y exclamó:

—¡Uf! ¡Qué miedo he pasado! ¡Estaba tan oscuro dentro de la panza del Lobo!

Después, entre los dos sacaron a la abuela, que ya casi no podía respirar, de la barriga del Lobo.

¿Y el Lobo? El cazador no tuvo piedad de él. Lo mató y se hizo un abrigo con su piel.

Cuando todo acabó, se sentaron los tres: el cazador, la abuelita y Caperucita Roja, se comieron la tarta de manzana y la miel y, cuando terminaron, el cazador acompañó a Caperucita Roja a su casa.

—Nunca más me desviaré del camino, ni a derecha ni a izquierda —se dijo Caperucita Roja—. No desobedeceré ni haré lo que está prohibido nunca más y siempre haré caso de lo que me diga mi mamá.

Hay que decir, que después de que pasara todo esto, Caperucita Roja siguió llevando cosas buenas a la abuelita y otros lobos intentaron desviarla del camino. Pero Caperucita Roja sabía cuidarse sola e iba derecha a casa de la abuela, sin desviarse, sin hablar con desconocidos, sin distraerse y sin apartarse de su camino. Sin embargo, los peligros seguían existiendo y un día, al llegar a casa de la abuela, Caperucita Roja le contó:

—¡Ay! abuelita —dijo— me he encontrado con un Lobo que parecía bueno pero, cuando lo he mirado a los ojos, me he dado cuenta de que era muy malo. Estoy segura de que quería comerme.

—Pues vamos a cerrar las puertas —dijo la abuela— no sea que venga hasta aquí.

No había pasado mucho rato, cuando el Lobo llegó.

—¡Abuelita, ábreme, soy Caperucita Roja! —gritó el Lobo con dulce voz— Te traigo pastel y miel.

Pero ellas no contestaron y tampoco abrieron la puerta.

Entonces, el malvado Lobo subió al tejado con la intención de esperar a que Caperucita Roja saliera de casa de la abuela para abalanzarse sobre ella. Pero la abuela, que era muy lista, adivinó lo que tramaba.

—Caperucita, querida, —dijo la abuela— ayer cocí una gran salchicha en la cacerola y no tuve fuerza para tirar el agua, así que todavía está hirviendo en el fuego de la chimenea. ¿Podrías tirarla tú en el fregadero de piedra grande del jardín?

Caperucita Roja vació el agua de la cacerola dentro del gran fregadero de piedra del jardín.

Cuando el olor de la salchicha cocida llegó a la nariz del malvado Lobo este empezó a olfatear y a olfatear el aire hasta que, al final, resbaló del tejado, se cayó dentro del agua hirviendo y se murió.

Aquel día, Caperucita Roja regresó a casa tranquila y feliz, sin que ningún otro lobo intentara molestarla por el camino

FIN