coatí

Sobre lluvias y sapos

Ilustración: Onyana

La sequía no terminaba nunca aquella vez, y todos los animales tuvieron que hacer largos caminos para encontrar un poco de agua.

Cuando al fin aparecía un pozo o una lagunita, al día siguiente ya no tenía ni una gota. Y de nuevo a empezar.

De nada servía que entre el tatú, la iguana, la paloma y el coatí agarraran al sapo de las patas y lo tuvieran horas enteras panza arriba, como decía la abuelita del coatí que había que hacer para que lloviera.

Nada. Lo único que lograban eran las protestas del sapo:

—¡Pero no, chamigo! ¡Eso es puro cuento! ¡Es mentira que los sapos panza arriba podamos hacer llover!

Al final le creían, pero más porque se cansaban de tanto tenerlo cada uno por una pata a ese sapo que no se quedaba quieto, y lo soltaban.

Pero al otro día andaba de nuevo el sapo a los saltos, con todos los bichos atrás, que al final siempre lo alcanzaban. Y otra vez horas y horas panza arriba.

—¡No sean supersticiosos! —gritaba el sapo.

—¡Pero que había sido protestón! —decía sorprendido el coatí.

—¡No hay caso! —decía el tatú—. ¡Nunca queda conforme!

—Compadre sapo —le hablaba con amabilidad la iguana—, le puede hacer mal a la garganta si grita tanto.

—¡Qué sapo inquieto! —decía la paloma.

Cuando al final lo soltaban, el sapo salía a los saltos, estirándose y echando maldiciones.

—¡No hay caso! —decía el tatú—. ¡Nunca queda conforme!

Así andaban las cosas. Cada cual intentaba a su manera conseguir un poco de agua. Pero no había caso. Ni arriba de los árboles, ni detrás de las hojas secas, ni pegando arañazos en la tierra con la pata izquierda.

—¡Qué vivos! —gritaba el sapo estaqueado—. ¿Por qué no prueban con un tatú panza arriba?

—¡No chamigo —decía el tatú—, tengo la panza muy dura!

—¡Entonces con un coatí!

—¡No y no! —decía el coatí—. ¿A quién se le ocurre que un coatí panza arriba pueda hacer llover?

—¡Entonces con el yacaré, que tiene la panza mucho más grande!

Esa idea les pareció buena y aflojaron por un segundo las patas del sapo, que aprovechó para desaparecer en el monte de un solo salto.

Pero ahí nomás se dieron cuenta de que no solamente la panza del yacaré era muy grande, sino todo el yacaré, y de nuevo todo el bicherío salió corriendo detrás del sapo.

Así seguían las cosas. El sapo a los saltos, protestando. La iguana, el tatú, la paloma y el coatí, corriendo y gritándole:

—¡Pará, chamigo sapo! ¡Dejate agarrar!

Y la lluvia que no caía.

Pero como decía la abuelita del coatí: «no hay mal que dure cien años», apenas noventa y nueve años después cayó una enorme lluvia y se acabaron los problemas. El coatí, la paloma, la iguana y el tatú estaban más contentos que víbora con pelecho nuevo.

—¡El método dio buen resultado! —dijo con orgullo la iguana meneando la cola.

—¡Tenemos que felicitar al sapo! —añadió la paloma esponjando las plumas lavadas y brillantes.

Y ahí nomás se fueron a buscarlo. Pero cuando los vio venir el sapo, que no se había olvidado de tanto tiempo panza arriba al santo botón, salió disparando a más no poder.

—¡Pará chamigo, queremos conversar! Pero el sapo tenía demasiada desconfianza y siguió disparando hasta perderse de vista.

—¡Pucha con este sapo! —dijo el tatú—. ¡Nunca va a dejar de ser un protestón!

FIN