cocina

La Pequeña Hada y las magdalenas flotantes

Ilustración: nicolas-gouny-art

La Pequeña Hada estaba muy contenta, había terminado su tercer año en la Academia de Hadas Buenas y le habían entregado una nueva varita mágica.

Por supuesto que no había terminado sus estudios, así que, aunque su varita no tenía un poder infinito, sí podía efectuar pequeños encantamientos con ella, siempre y cuando fueran para aliviar tristezas y penares; mejorar la vida de algún ser; facilitar entuertos o causar divertimentos inocentes.

Era tan bonita, que no se cansaba de mirarla. Estaba coronada por una estrella y cuando el sol la tocaba, despedía miles de resplandecientes rayos de colores, como si estuviera hecha de diminutos espejos.

Así iba nuestra amiguita, saltando de alegría y feliz, dibujando figuras en el aire con su varita, como si fuera una imaginaria batuta. Dirigiendo una orquesta de mariposas, pajarillos y abejas en una brillante sinfonía inventada.

Tanta emoción había llegado hasta su tripa, que empezaba a reclamar la merienda. Por lo que nada más llegar a casa, se puso manos a la obra y en un plis plas tenía una bandeja de magdalenas dorándose en el horno:

—¡Mmmm! ¡Estoy deseando que se enfríen para comérmelas todas! —se decía relamiéndose al pensar en lo ricas que estarían con esa costra azucarada por encima, cuando, «toc, toc, toc», una llamada en su puerta la interrumpió:

—Hada, soy Osito, ¡abre!

—Hola Osito, ¿qué haces por aquí?

—Mamá, papá y yo perseguíamos a Ricitos de Oro, que se ha comido toda nuestra sopa, cuando me ha traído hasta aquí un aroma delicioso.

—Es de las magdalenas que se están horneando. Si te esperas, te regalaré una.

—Sí, muchas gracias, Pequeña Hada, ¡tengo tanta hambre! ¿Y podrías también regalarme una para mamá y otra para papá?

—¡Por supuesto!

La Pequeña Hada era generosa y como Osito había sido muchas veces su compañero de juegos, estaba encantada de compartir con él sus magdalenas.

De pronto, les llegó desde la calle un pequeño alboroto; un elefante y una vaca porfiaban.

—¡Te digo que es pastel!, vaca ignorante.

—¡Y yo te digo que es bizcocho!, elefante tragón.

—¿Crees que tu nariz chata puede competir con mi trompa?

—¡Pues claro!, porque en tu larga trompa el olor se pierde.

La Pequeña Hada y Osito se miraban asombrados ante tan absurda discusión.

—A ver, a ver, ¿por qué discutís? —preguntó La Pequeña Hada.

—Venimos siguiendo el rastro de un aroma dulce y delicioso, pero no nos ponemos de acuerdo en si es pastel de limón o bizcocho de chocolate. En lo que sí estamos de acuerdo es en que proviene de tu cocina. ¿Puedes decirnos qué estás cocinando y así saldremos de dudas?

De este modo hablaron el elefante y la vaca, y se quedaron aguardando la respuesta.

—Pues ya podéis dejar de reñir porque ninguno de los dos ha acertado ¡Son magdalenas! —dijo la Pequeña Hada.

—¡Ohhhhhh! —exclamaron al unísono los dos animales— ¡Magdalenas! ¿Nos dejarás probar una? —rogaron.

La Pequeña Hada no podía negarse.

—¡Claro!, en cuanto salgan del horno.

La vaca le pidió también una para su ternerito y el elefante otra para una leona desdentada, a la que el dulce le encantaba.

El barullo atrajo a más vecinos, que también querían magdalenas para ellos mismos, para sus hermanos, vecinos, compañeros… Y a todos, la Pequeña Hada dijo que sí. ¿Qué otra cosa podía hacer? Les pidió que regresaran al cabo de una hora y se encerró en su cocina.

—¡Menudo lío! ¡No hay magdalenas para todos! ¿Qué haré? ¡No tengo tiempo de hornear más! Y, para colmo, se me ha terminado la harina. Tengo que pensar en algo rápido…

En estas cavilaciones andaba, cuando vio sobre la mesa de la cocina su varita nueva y decidió que era la ocasión perfecta para estrenarla. Inventaría un encantamiento y multiplicaría las magdalenas para que todos sus amigos tuvieran la suya ¡Qué magnífica idea!

Sin perder ni un instante, empuñó la varita y, al mismo tiempo que pronunciaba las palabras mágicas, dio unos golpecitos con ella en la puerta del horno:

¡Magdalín, magdalán!,
pocas magdalenas en el horno hay.
Varita, me has de ayudar y por cien multiplicar.
Una, dos y tres, ¡magdalenas por doquier!
¡Que todos puedan comer!

Se quedó mirando el horno esperando a que el hechizo surtiera efecto.

Pasaron dos minutos y nada.

Impaciente, pensó que no había pronunciado las palabras mágicas con suficiente fuerza y entonación, así que repitió el encantamiento con voz más grave y potente y golpeó de nuevo la puerta del horno con su varita:

¡Magdalín, magdalán!,
pocas magdalenas en el horno hay.
Varita, me has de ayudar y por cien multiplicar.
Una, dos y tres, ¡magdalenas por doquier!
¡Que todos puedan comer!

¡No pasaba nada! Habían trascurrido tres minutos más y empezaba a desesperarse, cuando se oyó un extraño ruido. Era como si mil pompas de jabón explotaran una tras otra, ¡plaf! ¡plaf! ¡plaf!

¡Zooooommmm!, la puerta del horno salió disparada y de su interior empezaron a salir magdalenas ¡Cientos de magdalenas! Flotaban por la cocina y escapaban por la ventana, como si de una bandada de parajillos se tratara.

La Pequeña Hada, del susto, se cayó al suelo y al instante las magdalenas la rodearon. ¡Vaya si había funcionado la varita!

Se abrió paso como pudo entre los apetitosos proyectiles y salió a la calle, donde cientos de magdalenas flotaban por el aire, como si la tierra hubiera perdido su gravedad.

Los habitantes de Isla Imaginada se afanaban tras ellas intentando atraparlas. Unos con cazamariposas, otros con capazos o cestas y los más, con las manos. Llenaban bolsillos y sombreros y el elefante tragón corrió a buscar una sábana de su cama —de tamaño elefante, claro— para recoger más magdalenas que nadie.

La calle era una fiesta. Todos reían, corrían y saltaban, tropezando unos con otros intentaban alcanzar el esponjoso dulce, pero a nadie le preocupaba, porque desde la ventana de la casita de la Pequeña Hada seguían saliendo más y más magdalenas ¡Habría rica merienda para todos durante muchos días!

Poquito a poco, el hechizo se deshizo y la Pequeña Hada fue felicitada por sus vecinos, que empezaban a marcharse a sus casas:

—¡Que idea tan bonita has tenido, hadita! —le dijo El Patito Feo.

—¡Otro día puedes hacer pastel de chocolate! —le pidieron Hansel y Gretel.

—No, no, ¡fresas con nata! —le rogó una Princesa encantada.

—¿Os imagináis miles de fresas envueltas en nubes de nata? ¡Mmmmmm! —Se relamió Osito.

Todos tenían la tripa llena, los cestos y bolsillos repletos y, lo mejor de todo, habían pasado una tarde estupenda disfrutado juntos, que era lo que más les gustaba.

Cuando todos se fueron, la Pequeña Hada se quedó pensativa. Sabía que algo en su encantamiento no había salido bien. Volvió a coger su varita y mirándola fijamente le preguntó:

—Dime, varita maravillosa, ¿qué hice mal? ¿Qué pasó?

—Yo te diré lo que pasó, Pequeña Hada —La interrumpió la Gran Hada Buena, que había presenciado en silencio todo el espectáculo—. Debes aprender a ser paciente. La varita es mágica, pero necesita tiempo para que el encantamiento se produzca. Cinco minutos son suficientes, pero tú no has sabido esperar y con cada golpe de tu varita, el hechizo ha comenzado de nuevo, así que se ha multiplicado cientos de veces.

—¡Vaya! Siento muchísimo todo este embrollo de magdalenas flotando ¡Estoy muy arrepentida! –Trató de disculparse.

—Bueno, no ha sido tan grave. Gracias a ti hemos pasado un rato memorable. Se hablará durante mucho tiempo de la tarde en la que flotaron las magdalenas, Y además, ¡qué caramba!, ha sido tan divertido… Aunque te daré un consejo: cuando cocines, cierra la ventana, no me gustaría que escaparan por ella fideos, garbanzos o calabacines.

Y sonriendo, la Gran Hada Buena enfiló camino adelante con un gran cesto repleto de magdalenas colgando de su brazo.

Más tranquila, la Pequeña Hada guardó la varita en un cajón. Pero se cuidó mucho, ¡muchísimo!, de no golpearla para evitar un nuevo tropiezo…  ¡Al menos de momento!

FIN

La cocina de los abrazos

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Ilustración: Neko-Hana

Dedicado a los magos que transforman una receta de cocina en arte, en especial a Maribel, de Picoteando ideas 

Cocinar un abrazo es lo más sencillo del mundo. Incluso aquellos que no tienen ni idea de freír un huevo son capaces, si se lo proponen, de hacer un sabroso guiso de abrazos.

Los abrazos se pueden tomar solos, combinados con besos, aderezados con caricias, salteados con cosquillas, untados con sonrisas, pochados con amor… Hay recetas para todos los gustos. Y lo mejor de todo es que, se cocinen como se cocinen, nunca sientan mal, ¡ni siquiera los abrazos muy picantes! Eso sí, algunos abrazos repiten, aunque al contrario de lo que ocurre con otros manjares, cuando lo hacen, suelen mejorar su gusto.

Seguro que cada uno de vosotros cocina los abrazos de un modo distinto y también seguro que cada uno tiene algún abrazo preferido del que nunca se harta. Aquel que le gusta más que nada en el mundo y del que jamás tiene bastante. Porque con los abrazos pasa como con el chocolate, que cuando empiezas ya no puedes parar… ¡Vale!, de acuerdo, hay personas que odian el chocolate, pero es infinitamente más difícil encontrar a alguien que odie los abrazos.

Los abrazos son muy energéticos, pero no engordan aunque se tomen kilos y kilos. Si se consumen antes de ir a dormir, previenen el insomnio; si se toman al levantarse, el día transcurre sobre ruedas; y como tentempié, a cualquier hora, provocan sonrisas.

Aunque hay quien aconseja no abusar de ellos, lo cierto es que es mejor la abundancia que la escasez, puesto que al abrazar el corazón se alegra y bombea la sangre con más fuerza, la salud mejora y el sistema inmunológico se refuerza. En cambio, se ha constatado que en épocas de escasez hay terribles epidemias de tristeza y de ira y que la gente puede incluso morir de congoja si pasa grandes temporadas sin consumir abrazos.

Es por eso que en remotos tiempos, cuando la sabiduría del mundo aún se atesoraba en libros, después de haber pasado un periodo de terrible penuria, alguien decidió empezar a recopilar las mejores recetas de abrazos en un libro mágico que hoy se custodia en Isla Imaginada.

En la portada de ese grueso ejemplar de tapas verdes, escrito en kjidsituinko, el idioma de los shkrimtar de los Lagos Pálidos, se puede leer:

La cocina de los abrazos. Las mejores recetas.

En él hay miles y miles de recetas en miles y miles de idiomas, pero lo más increíble es que cada vez que se inventa un nuevo abrazo… ¡la nueva receta se escribe sola!

Este ejemplar único contiene recetas de abrazos de todos los tiempos y lugares como, por ejemplo, el de sapo, el de mamá en invierno, el tierno de Luna, el sin brazos de papá, el enfadoso, el rápido con luz verde, el quejicoso, el apretado sombreado, el con cuento de abuela, el de pantalla de ordenador…

Como sería imposible nombrar todas las recetas incluidas en él, solo os dejamos un par, pero si necesitáis cocinar un abrazo para una ocasión especial decídnoslo, que intentaremos complaceros.

Abrazo salado de oso loco

—Ingredientes:

  • Veintitrés pelos de oso loco.
  • Agua pura de manantial.
  • Tres kilos de sal de Uyuni.
  • Dos brazos macerados durante siete minutos.

—Tiempo de preparación: según temporada y osos.

—Dificultad: muy, muy, pero que muy difícil.

—Indicaciones: relaja los músculos.

Esta receta es mejor prepararla en invierno, cuando los osos están hibernando, porque es mucho más fácil conseguir los pelos que nos hacen falta. ¡Advertencia!, si no sabes tratar con osos locos, es mejor que no te arriesgues.

En un recipiente no muy hondo extenderemos la sal de Uyuni e iremos vertiendo sobre ella, muy despacio, agua de manantial hasta que quede totalmente empapada. A continuación, tomaremos en la mano izquierda veinte pelos de oso loco y en la derecha tres y pondremos a macerar durante siete minutos las manos y los antebrazos en la mezcla. Pasado ese tiempo, el abrazo ya está listo para consumir y solo hay que abrazar con toda la fuerza de un oso loco, hasta que se corte casi la respiración.

Este abrazo es muy intenso, por lo que recomendamos reducirlo con risas y cosquillas. Es preferible tomarlo antes de ir a dormir, puesto que favorece los sueños divertidos.

No es aconsejable su consumo en cuerpos frágiles, ni tampoco en personas menores de tres años o mayores de noventa y nueve. En estos casos, es mejor cocinar un «Abrazo de mariposa tartamuda».

Abrazo de algodón de azúcar

—Ingredientes:

  • Una bolita de algodón.
  • Un terrón de azúcar.
  • Tres sonrisas.
  • Seis o siete caricias.
  • Dos brazos.

—Tiempo de preparación: casi nada.

—Dificultad: requetefácil.

—Indicaciones: eleva la autoestima y consuela las penas.

Adecuado para cualquier época del año, cualquier edad y cualquier hora. Es una de las recetas de abrazos más versátil y fácil de hacer y siempre hace quedar bien con los invitados, sobre todo si se sirve salteada con calidez y aderezada con cariño.

Tomaremos una bolita de algodón y durante el tiempo que tarda en deshacerse un terrón de azúcar dentro de nuestra boca, la iremos frotando con suavidad por los brazos, desde la punta de los dedos hasta los hombros. ¡Muy importante! No se debe morder nunca el azúcar, porque el abrazo perdería parte de su dulzura.

Una vez que solo quede el dulce sabor del azúcar en la lengua, nos sentaremos junto a la persona triste y pasaremos, con suavidad, nuestro brazo izquierdo por encima de sus hombros al mismo tiempo que alargamos la mano derecha y acariciamos su mejilla. Sabremos que el abrazo está en su justo punto de cocción si su cabeza se apoya en nuestro hombro. Entonces podemos hacer una reducción de sonrisas y decirle lo mucho que la queremos. Las sonrisas son importantes porque, aunque no se vean, se escuchan y el abrazo queda más suculento.

Como es un abrazo muy, muy, muy dulce, recomendamos no cocinarlo a menudo, ya que puede empalagar. Consumido en exceso puede producir alergia, sobre todo a los huraños. En caso de detectar erupciones de cualquier tipo, deberemos sustituir el azúcar por una pizca de canela.

***

Esperamos que estas recetas os sean de utilidad. Si os animáis a prepararlas, ya nos contaréis cómo os han quedado. En el libro se asegura que en caso de que sea muy difícil conseguir alguno de los ingredientes, se puede sustituir por una pizca de imaginación; la receta resultará igual de sabrosa.

Cocinad muchos abrazos, porque son muy sanos, mejoran el carácter, desarrollan la inteligencia y afinan el humor. ¡Tened presente el refrán!:

Cura su tontería el que abraza cada día.

FIN

Un matrimonio muy bien avenido

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Ilustración: Luigi Lucarelli

Don Pepe y Doña Fina vivían juntos y felices desde ya nadie era capaz de recordar cuándo, pero debía de hacer muchísimo tiempo, porque casi todas las fotos de su álbum de recuerdos eran en blanco y negro.

Los dos ancianitos formaban un matrimonio perfecto y en su pueblo eran famosos por lo mucho que se querían y por lo bien que se llevaban. Ambos eran, como se suele decir, un matrimonio muy bien avenido.

Una fría tarde de invierno, estaban los dos acurrucados bajo la mantita azul de cuadros que compartían, sentados en el sofá de terciopelo verde que colocaban frente a la chimenea del salón cuando empezaban los primeros fríos. Contemplaban, medio adormecidos, el chisporroteo de la chimenea cuando Don Pepe, de repente, abrió mucho los ojos y, muy excitado, se dirigió a su esposa:

—Fina de mi vida, ¡mañana es nuestro aniversario de boda! En un día tan señalado y especial, no puede faltarnos tu rico bizcocho, dulce y calentito, para celebrarlo.

—Pepe de mi alma, ¡es verdad! ¡Mañana es nuestro aniversario! ¡No puede faltar mi bizcocho!

—¿Harás ese bizcocho tan rico que solo tú sabes hacer?

—¡Ay, Pepe!, con gusto te lo haría, pero el caso es que no queda ni una pizca de harina.

—¿Harina? ¡No hay problema! ¡Ahora mismo voy a comprar harina!

Y dicho y hecho. Se sacó el batín, se calzó sus botas, se abotonó el abrigo, se caló el sombrero, cogió su bastón y se dirigió a la panadería.

Con el paquete de la mejor harina bajo el brazo, regresó rápidamente a su casa.

—¡Finaaaaaaaaaaaaa, mi amor! Aquí traigo harina para que hagas tu bizcocho, dulce y calentito, para celebrar nuestro aniversario.

—Pepe, ¡qué bien que has traído la harina! Con gusto te haría el bizcocho que me pides, pero el caso es que tampoco queda azúcar.

—¿Azúcar? ¡No hay problema! ¡Ahora mismo voy a comprar azúcar!

Y dicho y hecho. Se sacó el batín, se calzó sus botas, se abotonó el abrigo, se caló el sombrero, cogió su bastón y se dirigió al supermercado.

Con la bolsa del azúcar más refinado bajo el brazo, regreso rápidamente a su casa.

—¡Finaaaaaaaaaaaaa, mi amor! Aquí traigo azúcar para que hagas tu bizcocho, dulce y calentito, para celebrar nuestro aniversario.

—Pepe, ¡qué bien que has traído el azúcar! Con gusto te haría el bizcocho que me pides, pero el caso es que no queda ni un solo huevo.

—¿Huevos? ¡No hay problema! ¡Ahora mismo voy a comprar huevos!

Y dicho y hecho. Se sacó el batín, se calzó sus botas, se abotonó el abrigo, se caló el sombrero, cogió su bastón y se dirigió a la huevería.

Con los huevos más gordos y frescos bajo el brazo, regreso rápidamente a su casa.

—¡Finaaaaaaaaaaaaa, mi amor! Aquí traigo huevos para que hagas tu bizcocho, dulce y calentito, para celebrar nuestro aniversario.

—Pepe, ¡qué bien que has traído los huevos! Con gusto te haría el bizcocho que me pides, pero el caso es que tampoco queda ni una pizca de levadura.

—¿Levadura? ¡No hay problema! ¡Ahora mismo voy a comprar levadura!

Y dicho y hecho. Se sacó el batín, se calzó sus botas, se abotonó el abrigo, se caló el sombrero, cogió su bastón y se dirigió a la tienda de la esquina.

Con la levadura bajo el brazo, regreso rápidamente a su casa.

—¡Finaaaaaaaaaaaaa, mi amor! Aquí traigo levadura para que hagas tu bizcocho, dulce y calentito, para celebrar nuestro aniversario.

—Pepe, ¡qué bien que has traído la levadura! Con gusto te haría el bizcocho que me pides, pero con tanto viaje arriba y abajo estoy completamente agotada y, como ya se ha hecho muy tarde, ahora mismo me voy a la cama. ¡Mañana será otro día! ¡Que tengas muy buena noche!

—¿Agotada? ¡No hay problema! ¡Tú vete a dormir, que yo ya me encargo de todo!

Y dicho y hecho. Se sacó el batín, se puso un largo delantal, entró en la cocina y allí se puso a amasar la harina, junto a los huevos, la levadura y el azúcar. Después, puso la masa a hornear.

A la mañana siguiente, el bizcocho estaba listo. Don Pepe lo colocó en una bandeja, junto a dos cafés recién hechos, y se dirigió al dormitorio.

—¡Finaaaaaaaaaaaaa, mi amor! ¡Muy buenos días! Abre los ojos, esposa de mi alma!, que aquí traigo tu bizcocho recién salido del horno, dulce y calentito, para celebrar nuestro aniversario.

—Pepe, de mi corazón, ¡feliz aniversario!

Y muy juntitos, arrebujados bajo las mantas, Don Pepe y Doña Fina, disfrutaron de un suculento desayuno para celebrar su aniversario. Tal y como debe hacerlo un matrimonio muy bien avenido.

FIN

 Receta del bizcocho de Doña Fina:

Ingredientes:

  • 400g de harina
  • 320g de azúcar
  • 4 huevos
  • Un sobre de levadura
  1. Separar las yemas de las claras de los huevos y batir muy bien las yemas. Seguidamente, incorporar, poco a poco, el azúcar, hasta conseguir una masa sin grumos.
  2. Mezclar bien la harina con la levadura y unirlo a la masa anterior, sin parar de remover, para que el bizcocho quede bien esponjoso.
  3. Batir las claras del huevo a punto de nieve, en un recipiente aparte, y añadirlas, muy despacio, a la masa anterior.
  4. Colocar el bizcocho en el horno, previamente precalentado a 180º, y dejar hornear entre 40 y 45 minutos.
  5. Pasado ese tiempo, entreabrir el horno durante 10 minutos para que el aire frío entre poco a poco. De este modo, evitaremos que la masa baje de golpe a causa de la diferencia brusca de temperatura. Pasados los diez minutos, se saca del horno y se deja enfriar, a ser posible sobre una rejilla.
  6. ¡A comer! y ¡Buen provecho!

Si quieres, también puedes escuchar “Un matrimonio muy bien avenido” con la voz de Frederick Engel y Angie Bello Albelda

 logoAngie

Garbanzo Ivanovich

La cocina de la Montse

Ilustración: Emma Pumarola

Este cuento y esta ilustración han sido posibles gracias a: 

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Al despertar Garbanzo Ivanovich una mañana, tras un sueño intranquilo, encontróse, de pronto, dentro de una bolsa de plástico, apretujado e incómodo, compartiendo su espacio con otros muchos garbanzos.

– ¿Qué hago yo aquí? –se preguntó.

¡Garbanzo Ivanovich no era un garbanzo cualquiera! ¡Él provenía de una larga estirpe garbancera! Sus orígenes se remontaban a la noche de los tiempos.

El primer antepasado que había llevado el nombre de Garbanzo en la familia, había sido Garbanzo Ikshvâku, del que se hablaba en las “Crónicas Leguminosas”. Había nacido en una hermosa planta de flores blancas aunque, en el libro, no se aclaraba si había sido en Grecia, en Turquía o en Siria, pero lo que sí decía es que había vivido en la lejana India, donde acabó sus días al ser elegido, entre otros muchos candidatos, como regalo de boda de la hija pequeña del Marajá de Kanchipuram. Le habían dado un baño de oro y, después, lo habían engarzado en una sortija; junto a una esmeralda y dos brillantes. ¡Glorioso fin para un garbanzo convertirse en joya!

Ahí empezó la larga lista de nombres ilustres que habían pertenecido a su familia.

Los descendientes de Garbanzo Ikshvâku, se desperdigaron y fundaron cultivos en las ciudades costeras más importantes del Mediterráneo.

Garbantonio conquistó amplios territorios y llegó hasta las pirámides de Egipto, donde conoció a Garbanpantra, con la que tuvo una numerosa prole.

Uno de sus tataranietos, Garbanzo Agas, se trasladó a Ghana para explorar el bosque Atiwa y allí fundó, también, una gran familia. Su historia pasó a las Crónicas porque murió trágicamente en Abisinia, mientras luchaba valerosamente para no ser engullido por un fiero león negro.

Una de sus hijas, Garbanzo América, abrumada por la pena de tal desgracia, decidió embarcarse en el barco de un tal Cristóbal Colón para ver mundo. Descubrió nuevos territorios, y en el valle de Anáhuac entabló relaciones con Tomatoatl, que le enseñó a hablar náhuatl con fluidez. Junto a él, vivió muy feliz ejerciendo de intérprete y guía turística por todo el territorio americano. Pasó a las “Crónicas Leguminosas” porque le dio su nombre al continente que había descubierto.

En América, dejaron su huella numerosos garbanzos. Por ejemplo, Garbanzo Eastwood, uno de los garbanzos más duros de los que se tiene noticia, nacido en las tierras yesosas de Fort Dodge y Garbanzo Monroe, que fue aplastada accidentalmente por un pie en Hollywood Boulevard y todavía sigue allí, porque se quedó enganchada, con el cuerpo plano como el de una estrella de mar, en el cemento recién puesto de la acera. Después, muchos la imitaron y ahora es difícil dar con ella porque la avenida está llena de estrellas.

Las “Crónicas Leguminosas” hablan de otros americanos famosos: Garbanzo Guevara, Garbanzita Perón, Garbanzo Borges, Garbanzo Kennedy… nombrarlos a todos sería arduo.

Y ahora, él, Garbanzo Ivanovich, que siempre había soñado con correr aventuras, estaba allí, en una bolsa roja y transparente, viendo el mundo a través de una diminuta ventanita y preguntándose adónde habían ido a parar todos sus anhelos. ¡¡¡Así era imposible pasar a la historia!!!

Hubiera querido inscribir su nombre en las “Crónicas Leguminosas” como gran científico. Ser como Garbanzo Pasteur, que había conseguido alargar la vida de los garbanzos con sus experimentos de pasteurización, o como Garbanzo Curie, la primera que había conseguido, tras infinidad de mezclas fallidas, combinarse en el justo punto con una salsa de tomate y hierbas provenzales.

¡Qué pena la suya! ¡Terminar sus días encerrado en una vulgar bolsa amontonado con vulgares garbanzos!

Estaba Garbanzo Ivanovich desesperándose con tan nefastos pensamientos, cuando una mano tomó el paquete, lo abrió y echo todos los garbanzos al agua.

En una cazuela, remojado e incómodo, pasó una noche entera y se arrugó, claro está, como un garbanzo.

Después, la misma mano lo puso a hervir, junto con un bacalao muy resalado que contó a todos sus aventuras marinas en el Cantábrico; con una cebolla que no paraba de llorar; y con algunos ingredientes más y, todos juntos, estuvieron haciendo chup-chup un buen rato en la cocina de la Montse, una afamada cocinera, que lo enalteció gracias a una de sus suculentas recetas.

Porque, amigos, lo que nunca supo Garbanzo Ivanovich es que, al fin y al cabo, su nombre sí quedó inscrito para siempre en las “Crónicas Leguminosas” y se hizo famosísimo gracias a la Montse, que se encargó de inmortalizarlo, dejando constancia del proceso completo que había seguido el ilustre garbanzo para convertirse en una nutritiva delicia.

Y para mayor gloria de Garbanzo Ivanovich,

aquí tenéis la prueba.

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FIN

Un dragón en la cocina

01_Fru_Castellano

Bartolomé Adalberto Fructuoso del Churrusco y Quequemo VI era, como su nombre indica, el sexto de su linaje que llevaba este nombre. Solo los primogénitos más feroces de esta saga de dragones, que desde hacía siglos aterrorizaban la región de Pantagualago, lo habían llevado. La familia de dragones Churrusco y Quequemo era la última que quedaba en la tierra.

Al pobre dragón le pesaba tanto su nombre, que había decidido, en contra de la voluntad de toda su familia, que lo llamaran Fru.

Fru vivía con su madre, su padre, sus cuatro abuelos, sus ocho bisabuelos y catorce de sus dieciséis tatarabuelos, ya que dos de ellos habían decidido mudarse a la playa. Eran ya muy ancianos y el clima húmedo de Pantagualago era muy perjudicial para su reuma. Habitaban todos juntos en un inmenso castillo que había pertenecido a la familia desde ya nadie recordaba cuándo.

Como único heredero de tan rancia estirpe, Fru era educado por los mejores maestros de la zona, que le enseñaban las técnicas más depuradas del control del fuego, de los bramidos más espantosos, del vuelo en picado y, en fin, de todas aquellas habilidades en las que se espera que destaque un buen dragón.

Pero aunque Fru se esforzaba muchísimo por contentar a su familia, no había forma de que aprendiera a ser un dragón perfecto. En lugar de una terrible llamarada, de su nariz solo salía un pequeño chorro de fuego, claramente insuficiente para reducir a cenizas un bosque o un pueblo entero; en lugar de un bramido terrorífico, de su garganta salían alegres gorgoritos que más que aterrorizar a la gente la hacía reír. Y el más grande de los problemas: se mareaba al volar. En cuanto empezaba a alejarse del suelo y miraba hacia abajo, su piel pasaba del verde brillante al rosa pálido, a su alrededor todo daba vueltas y lo máximo que había conseguido era elevarse cuatro palmos del suelo antes de caer.

Y es que eso de ser un dragón normal, a Fru no le hacía ni fú ni fa. Él no quería quemar ni aterrorizar y muchísimo menos aún quería volar, por mucho que todos los Bartolomés Adalbertos Fructuosos del Churrusco y Quequemo de su estirpe lo hubieran hecho durante siglos antes que él. Lo que más deseaba en el mundo Fru era ser cocinero.

Cuando la noticia llegó a oídos de la familia, se armó un jaleo espantoso y más de una nariz empezó a echar llamaradas de indignación. Su madre, su padre, sus cuatro abuelos, sus ocho bisabuelos y catorce de sus dieciséis tatarabuelos trataron de convencerlo de que su idea era peregrina. Incluso los dos tatarabuelos que vivían en la playa fueron a visitar a Fru para intentar razonar con él. Nada de lo que le dijeron sirvió de nada. Después de haberlo meditado mucho, Fru había tomado una decisión y nada ni nadie podían hacerlo cambiar de idea.

A la mañana siguiente, después de despedirse de toda la familia, se dirigió hacia la ciudad y allí pidió trabajo en una salchichería. Con el fuego que salía de su nariz, en lugar de quemar bosques y pueblos, asaba las más deliciosas salchichas con queso y lechuga que nadie hubiera probado jamás. Y aquella salchichería, con su súper fruchicha especial, se convirtió en la más famosa del mundo.

Su madre, su padre, sus cuatro abuelos, sus ocho bisabuelos y sus dieciséis tatarabuelos no tuvieron más remedio que reconocer que Fru había tomado una decisión muy acertada, así que, siguieron su ejemplo y dejaron de aterrorizar a los habitantes de la región de Pantagualago, se trasladaron con Fru a la ciudad y todos se pusieron a asar salchichas.

A partir de entonces, no se han vuelto a ver dragones sobre la faz de la tierra, pero sabemos que aún existen porque hay salchicherías y en cada una de ellas se esconde un dragón cocinero.

FIN