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cocodrilo

El elefante curioso

Ilustración: hollietree

En tiempos remotos, los elefantes no tenían trompa, solo una nariz negra y redonda, grande como una bota, que movían de un lado a otro, pero con la que no podían agarrar nada.

En ese tiempo, vivía en África un elefantito curioso que quería saberlo todo y nunca se cansaba de preguntar a todo el mundo.

Una vez, preguntó a su tía el avestruz por qué tenía plumas en la cola, pero su tía le dio un coscorrón con su larga pata.

Preguntó a su otra tía, la jirafa, cómo le habían salido las manchas en la piel, pero su tía le dio un coscorrón con su pezuña.

También preguntó a su rechoncho tío el hipopótamo por qué tenía los ojos tan rojos, pero su tío le dio un coscorrón con su enorme pata.

Preguntó igualmente a su peludo tío el babuino por qué los melones eran dulces, pero su tío le dio un coscorrón con su mano peluda.

Aun así, el elefantito seguía sintiendo una curiosidad insaciable y hacía preguntas sobre todo aquello que veía, oía, olía o tocaba.

Una espléndida mañana de verano, el elefantito hizo una pregunta que hasta entonces nunca había formulado:

—¿Qué come el cocodrilo?

Pero dándole un coscorrón, le gritaron todos a la vez:

—¡Cállate!

Se marchó, muy triste, en busca de su amigo el pájaro Kolokolo.

—Mi padre me ha dado un coscorrón, mi madre me ha dado un coscorrón, y todos mis tíos y tías me han dado un coscorrón —se quejó el pobre elefantito—. Y todo por preguntar. Pero a pesar de los coscorrones, yo quiero saber qué come el cocodrilo.

El pájaro Kolokolo le contestó con su triste voz:

—Ve a orillas del río Limpopo, el de aguas verdosas y grises, y allí descubrirás lo que quieres saber.

A la mañana siguiente, el elefantito cargó cincuenta kilos de plátanos y diecisiete melones para el viaje y se despidió de toda su familia.

—Adiós —les dijo—. Me voy al río Limpopo, el de aguas verdosas y grises, para averiguar qué come el cocodrilo.

Todos le dieron un coscorrón para desearle buena suerte, y él se puso en marcha.

El camino era largo. Subió montañas, atravesó valles y dirigiéndose siempre hacia la salida del sol llegó, por fin, a la orilla del río Limpopo, el de aguas verdosas y grises, tal y como el pájaro Kolokolo le había dicho.

Debéis comprender que hasta esa misma semana, día, hora y minuto, el elefantito nunca había visto un cocodrilo y no tenía ni idea de cómo era.

A la primera que encontró fue a una serpiente boa bicolor enroscada sobre una roca, y le preguntó:

—Hola, ¿has visto un cocodrilo por aquí?

—¿Qué si he visto un cocodrilo? —preguntó a su vez, la serpiente boa bicolor—¿Y qué querrás saber luego?

—Luego quiero saber qué come.

La serpiente boa de dos colores se desenroscó rápidamente y le dio al elefante un coscorrón con la punta de la cola.

—¡Ay!. mi padre, mi madre y mis tías y tíos siempre me dan coscorrones por preguntar demasiado, y tú haces lo mismo.

El elefantito se despidió de la serpiente y prosiguió su camino.

Por fin, llegó al río Limpopo, el de aguas verdosas y grises, y en la orilla tropezó con lo que le pareció un tronco caído. Pero aquello era, nada más y nada menos, que el cocodrilo, y el cocodrilo guiñó un ojo.

—Hola —le dijo el elefante cortésmente—, ¿has visto por aquí un cocodrilo?

El cocodrilo, entonces, guiñó el otro ojo y levantó media cola del barro. Al ver lo que hacía, el elefantito dio un salto atrás, pues no quería recibir otro coscorrón.

—¿Por qué te alejas? —preguntó el cocodrilo.

—Disculpa, pero es que todo el mundo me da coscorrones cuando pregunto y no quiero recibir otro.

—Pues no preguntes más —dijo el cocodrilo—, porque el cocodrilo soy yo.

Y se puso a llorar lágrimas de cocodrilo para demostrar que era cierto.

—¡Por fin! Te he estado buscando durante muchos días. ¿Me puede decir qué comes?

—Claro, chiquitín. Acércate, te lo susurraré al oído.

El pequeño elefante acercó la cabeza a la boca dentuda del cocodrilo y el cocodrilo lo agarró por la nariz, que hasta ese misma semana, día, hora y minuto no había sido más grande que una bota, aunque mucho más útil.

—Creo —dijo el cocodrilo entre dientes—, que hoy empezaré… ¡comiendo un elefante!

El elefantito, muy molesto, le dijo hablando con la nariz tapada:

—¡Suéltabbe, que be hace’ dallo!

La serpiente boa bicolor, que lo había visto todo, se acercó a la orilla:

—Amigo elefante, si no tiras hacia atrás enseguida con todas tus fuerzas, creo que ese pedazo de piel —Se refería al cocodrilo— se te llevará antes de que puedas decir esta nariz es mía.

El elefantito clavó sus patas traseras en el suelo y tiró y tiró y volvió a tirar con todas sus fuerzas, hasta que su nariz empezó a estirarse.

Mientras tanto, el cocodrilo daba coletazos en el agua haciendo espuma, y seguía tirando y tirando y la nariz del elefantito seguía alargándose más y más.

Poco a poco, el elefante empezó a resbalar y, entonces, la serpiente boa bicolor se acercó a él y se enroscó con doble vuelta en sus patas traseras y lo ayudó a tirar. Y como el elefantito y la serpiente juntos tiraban más fuerte, el cocodrilo, al fin, soltó la nariz del elefante.

El elefantito agradeció la ayuda a la boa bicolor y después envolvió la nariz en piel de plátano y la puso en remojo en las aguas del río.

—¿Qué haces? —le preguntó la boa.

—Quiero encoger mi nariz.

—Algunos no saben lo que les conviene… —suspiró la boa.

Tres días pasó el elefante con la trompa en remojo, pero la nariz no se le acortó ni un poquito, solo consiguió que se le arrugara.

Al tercer día, un tábano picó al elefantito en el hombro y, sin darse cuenta, levantó la trompa y lo espantó.

—¡Primera ventaja! —dijo la boa.

El elefantito sintió hambre, alargó la trompa, arrancó un buen manojo de hierbas y se lo llevó a la boca.

—¡Segunda ventaja! —dijo la boa.

El elefantito tenía calor, tomó agua del río Limpopo con su trompa y la derramó sobre su cabeza.

—¡Tercera ventaja! —dijo la boa— Y hay más. Piensa, que con la trompa podrás defenderte y ya nadie se atreverá a darte coscorrones…

—Gracias, lo recordaré. Ahora me vuelvo a casa.

Y regresó a su hogar balanceando feliz su trompa.

Cuando quería comer fruta, la arrancaba del árbol en vez de esperar a que se cayera. Si tenía calor, se daba una ducha. Y si se sentía solo, barritaba con su trompa y hacia más ruido que varias orquestas juntas.

En una noche oscura, llegó a casa con la trompa enrollada y saludó:

—¿Cómo estáis?

—¡Estábamos muy preocupados! Ven aquí, que te daremos un coscorrón por ser tan preguntón.

—¡Vosotros no sabéis nada de coscorrones!

Y desenroscando su trompa, fue él el que repartió coscorrones por doquier.

—¡Plátanos! ¿Quién te ha enseñado ese truco? ¿Cómo has conseguido esa nariz?

—Me la dio un cocodrilo que vive en el río Limpopo después de preguntarle qué comía.

—¡Qué fea! —dijo su tío el babuino.

—Será fea, pero es muy útil.

El resto de elefantes, al ver todo lo que podía hacer aquella trompa, se apresuraron a ir al río Limpopo para pedir una igual al cocodrilo.

Desde entonces, todos los elefantes —los que verás en tu vida y los que no verás— tienen una trompa exactamente igual a la de aquel elefantito curioso y con ella entonan esta canción:

Tengo seis ayudantes honestos

—me enseñaron cuanto sé—,

sus nombres son  Dónde, Cómo, Cuándo,

Qué, Quién y Por qué.

Los mando por tierra y mar;

los mando de este a oeste

y después de trabajar para mí,

los dejo descansar.

Los dejo descansar de nueve a cinco,

cuando estoy ocupado,

pero les doy desayuno, almuerzo y té,

porque siempre tienen hambre.

Aunque otra gente tiene puntos de vista distintos.

Conozco a una personita

que mantiene a diez millones de ayudantes,

¡y no descansan jamás!

Los envía a todas partes con asuntos personales

desde el momento en que abre los ojos.

¡Un millón de Cómos, dos millones de Dóndes,

y siete millones de Porqués!

FIN

El chico y el cocodrilo

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Ilustración: Camelid

Un chico se adentró en la selva para recoger leña. Al mediodía ya había recogido un buen montón, la ató bien y tomó el camino de regreso hacia su aldea.

Al subir una colina, vio a poca distancia un lago que nunca antes había visto y pensó: «Iré a beber. Tengo mucha sed». Mientras estaba bebiendo, se encontró cara a cara con un cocodrilo y empezó a correr, pero el cocodrilo lo llamó:

—Niño, no corras, ¡ayúdame, por favor! Hace tres días que estoy aquí sin comida y si te vas, moriré.

El cocodrilo, que se llamaba Bambo, pensó que aquel tierno muchachito sería un bocado exquisito y añadió:

—Vine a este lago por un afluente del río, pero ahora el afluente se ha secado y yo no me puedo mover. Debes ayudarme a regresar de nuevo al río, prometo que no te haré nada.

El muchacho empezó a llorar.

—No llores —dijo Bambo— no pienso comerte.

—Aunque no me comas, tú eres más grande que yo, y más fuerte, y más largo. ¿Cómo podré transportarte? —preguntó el niño

—Esto no es ningún problema. Coge tu hacha y corta dos palos largos —respondió Bambo.

El chico cortó los palos y siguió las instrucciones del cocodrilo: puso uno de ellos en el suelo, el cocodrilo se puso encima y después el niño puso el otro palo sobre la espalda del cocodrilo. A continuación, ató palos y cocodrilo juntos desde la cabeza hasta los pies, lo levanto por la cola y lo arrastró hasta el río y durante todo el camino, lloraba y cantaba:

El cocodrilo me da miedo,

porque me comerá.

¡Ay!, miedo me da.

Bambo le repetía:

—No pienso comerte, porque si lo hiciera, significaría que recompenso tu buena acción con maldad.

Pero el chico no hizo caso y continuó llorando y cantando su canción.

Al llegar al río, el muchacho quiso poner al cocodrilo de espaldas antes de desatarlo, pero Bambo le dijo:

—Si me dejas aquí, patas arriba, moriré igualmente. ¿Me has traído a través de toda la colina para esto? Por favor, no me dejes tan cerca del río así.

El chico introdujo al cocodrilo en el río hasta que el agua le llegó a la cintura.

—Un poco más, un poco más —imploró Bambo.

—El agua me llega ya a la cintura y yo no sé nadar —contestó el chico—. Deja que te suelte aquí mismo.

—Por favor, muchacho, solo un poco más lejos.

El chico continuó hasta que el agua le llegó al cuello.

—Te soltaré aquí —dijo el muchacho.

El cocodrilo estuvo de acuerdo y una vez libre, se dio la vuelta y apresó con sus enormes fauces al chico.

—¿Cómo puedes hacerme esto? —sollozó el muchacho— ¿Has olvidado tu promesa?

—Debiste suponer que no hablaba en serio. Después de todo, lo dije porque estaba atrapado en el lago, pero llevo tres días sin comer y si te dejo escapar quizá no tendré fuerza para cazar e igualmente moriré. Es un poco desafortunado para ti, pero comprende mi situación.

—Sabía que me comerías. Por esto he estado llorando todo el rato. Sabía que recompensarías mi buena acción con maldad.

En la orilla del río había un árbol y el chico propuso al cocodrilo:

—Antes de comerme, expongamos nuestro caso al árbol a ver qué dice.

Al cocodrilo le pareció bien y contaron su historia al árbol. Al terminar, el árbol sacudió sus ramas y habló:

—Cocodrilo, creo que tienes razón. Nosotros, los árboles, sabemos lo ingratos que pueden ser los humanos. Se sientan bajo nuestra sombra para protegerse del sol abrasador. Les proporcionamos frutos y medicamentos, los ayudamos a que llueva para su bien y el de sus tierras, pero tan pronto como somos grandes y fuertes, vienen y nos cortan para sus egoístas propósitos. Son locos y desagradecidos. Cocodrilo, ¡cómete tu presa! —sentenció solemne el árbol.

—Ya lo has oído —dijo Bambo encantado—. Te voy a comer porque todo el mundo sabe lo ingratos que sois los humanos.

Justo en ese momento, una vaca se acercó a beber al río y el chico le dijo al cocodrilo:

—Pidamos una segunda opinión. Expongamos el caso a la vaca. Estoy seguro de que ella no estará de acuerdo con el árbol.

Llamaron a la vaca y cuando terminaron de contar su historia, esta levantó la cabeza y dijo:

—Cocodrilo, puedes comértelo. Los humanos son las criaturas más ingratas que existen. Mientras fui joven y los humanos podían beber mi leche, me daban comida y agua, pero ahora que soy vieja y mi leche se ha secado me han abandonado y no me dan ni siquiera de beber. Por lo tanto, cocodrilo, creo que tienes razón —sentenció la vaca.

Ya se disponía el cocodrilo a comerse al niño cuando un asno fue a beber.

—¡Espera! —gritó el chico—. Contemos nuestras historias al asno.

—¡Chico! —gritó enfurecido Bambo—, no importa lo que él diga, te voy a comer de todos modos.

—Aun así, pidamos una tercera opinión, por favor —rogó el joven.

Contaron su historia al asno y este, después de escuchar atentamente dijo:

—Cocodrilo, escucha, cuando yo era joven los humanos ponían sobre mi lomo todo tipo de cargas y me pegaban, pero ahora soy viejo y casi no puedo cargar ni conmigo mismo, por esta razón me han abandonado. Dejaron de darme hierba para comer y me negaron incluso el agua. Los humanos son los seres más ingratos de este mundo. Así que puedes comértelo —sentenció el asno.

—¡Ya lo has oído! —exclamó Bambo—. No pienso dejarte libre, no hay nada que te pueda salvar.

Pero antes de hincarle el diente, un conejo pasó corriendo hacia el río.

—Por favor, por favor, contemos también nuestra historia al conejo —suplicó de nuevo el muchacho.

—¡Chico! Tengo hambre y empiezo a estar aburrido de este juego —exclamó el cocodrilo.

—¡Oh! ¡Por favor! Sólo una vez más —insistió el chico.

—De acuerdo, pero el conejo va a ser el último al que vamos a consultar.

Llamaron al conejo y el niño empezó a contar la historia, pero el conejo lo interrumpió:

—¡Cállate! He oído hablar de lo mentirosos que son los humanos. ¡Que hable primero el cocodrilo!

Bambo empezó a hablar, pero el conejo lo interrumpió:

—Perdona, amigo, mis orejas son muy grandes pero no oigo muy bien. ¿Podrías acercarte un poco?

El cocodrilo y el chico avanzaron unos pasos hasta que el agua llegó al pecho del muchacho. El cocodrilo empezó de nuevo a hablar y el conejo volvió a decir:

—Perdona de nuevo, cocodrilo, pero aún no puedo oírte. Por favor acércate hasta la orilla.

El chico y el cocodrilo así lo hicieron y primero uno y después el otro, contaron su versión de la historia al conejo. Después de oír al muchacho, el conejo exclamó:

—¡Ya sabía yo que los humanos sois todos unos mentirosos! ¿Esperas que crea que siendo tan pequeño y el cocodrilo tan grande lo has podido cargar desde la colina hasta aquí? ¡Demuéstrame cómo lo has hecho!

El chico cogió los dos palos, puso al cocodrilo encima de uno de ellos y el otro sobre su lomo. Después lo ató desde la cabeza hasta la cola. ¡El cocodrilo estaba atrapado! No podía moverse. Entonces el conejo preguntó:

—Niño, ¿le gusta la carne de cocodrilo a tu gente?

—Es la carne que más les gusta.

—Bien, entonces aquí tienes tu presa —dijo el conejo.

El chico cargó con el cocodrilo y lo llevó hasta su casa. Mientras, el cocodrilo lloraba y cantaba:

El chico me da miedo,

porque me comerá.

¡Ay!, miedo me da!

Al llegar a la aldea, todos empezaron a gritar:

—¡Mirad! ¡Nuestro muchacho fue a por leña y nos trae un cocodrilo!

—Y esto no es todo —dijo el chico—, también hay un conejo entre los matorrales. ¡Tenemos que cazarlo!

Al oír aquello, el conejo exclamó:

—¡Debo huir y ocultarme! Realmente, los humanos son los seres más ingratos que existen.

Y aunque buscaron al conejo hasta el anochecer, no pudieron dar con él. Cuando finalmente desistieron y estaban volviendo a casa, el conejo llamó al chico y le dijo:

—Lo que afirmaron el árbol, la vaca y el asno sobre los seres humanos es totalmente cierto. Fui yo quien te salvó la vida, y ahora tú quieres comerme del mismo modo como el cocodrilo quiso hacer contigo. ¡No quiero volver a saber nada más de ti!

Se dice, que es por este motivo que los conejos corren tan rápido al ver a un ser humano. Cuentan, que antes de que esto sucediera, si alguien se perdía en la selva, un conejo siempre salía para indicarle el camino de regreso.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar “El chico y el cocodrilo” con la voz de Angie Bello Albelda

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El conejo y el cocodrilo

Hace mucho tiempo, el conejo y el cocodrilo eran amigos. Un día, la madre del cocodrilo se puso muy enferma y su hijo la llevó al hospital. Después de atenderla, el médico le dijo al cocodrilo:

—La cura de la enfermedad de su madre es el corazón del conejo.

Al oír eso, el cocodrilo salió desesperado y atravesó el río en busca del conejo. Cuando éste lo vio venir con una gran cara de tristeza, le preguntó:

—¿Amigo estás bien? ¿Qué ocurre?

—No, no estoy bien, mi madre está enferma y no consigo llevarla al médico por eso vengo a pedirte ayuda —le contestó el cocodrilo.

El conejo, sin desconfiar, aceptó ayudar a su amigo y se fueron juntos. Pero al rato, el cocodrilo le dice al conejo:

—Discúlpame amigo mío. La verdad es que vine a sacarte de tu casa para matarte porque el médico dice que tu corazón sirve para curar la enfermedad de mi madre.

Y el conejo, espabilado y listo, le contesta:

—Si es así, ¿por qué no me lo dijiste en mi casa? Tenemos que volver porque a mí no me gusta andar por ahí con mi corazón y siempre lo dejo en casa. Pero no te preocupes, que te daré no uno sino dos corazones.

Y así volvieron juntos a la casa del conejo.

Cuando llegaron este le advierte:

—Amigo mío aquí en casa tengo muchos corazones y nadie tiene que saber dónde los guardo, así que tendrás que esperarme aquí fuera.

El conejo entró dentro y escapó y nunca más volvieron a encontrarse. Y no sabemos si la madre del cocodrilo se murió o no, pero lo que sí sabemos es que colorín colorado este cuento ha terminado.

O casi ha terminado…
¡Sigue leyendo, por favor!

 –

Esta preciosa historia la ha escrito e ilustrado un alumno de 7º curso de la Escuela Primaria de Wimbe, situada en Pemba (Mozambique), y es solo una pequeña muestra de lo que encontrarás en el libro Cuentos de los Niños del Mañana. Fábulas tradicionales de Mozambique.

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Si alguna vez te has preguntado cómo aportar tu granito de arena para conseguir que el mundo sea un lugar mejor para todos, la respuesta es tan sencilla como invertir 7€ para adquirir el libro completo en formato pdf, o invertir 10 € y adquirir el libro completo en formato impreso, como el que ya tenemos nosotros y del que, con el permiso de Lara Ripoll, la persona que lo ha hecho posible, hemos copiado el cuento de este martes.

Pincha sobre la imagen para saber más cosas sobre estos pequeños artistas y de cómo puedes ayudar a construir un futuro mejor para muchos niños.

¡Comparte cultura!

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FIN