colaboración

El sueño de Lucy

Ilustración: boum

Era Lucy una modesta y sencilla bombilla que vivía en la casa de los señores González; su trabajo consistía en alumbrar el sótano. Pasaba la mayor parte del día a oscuras y aburrida, esperando que alguien de la familia bajara a buscar algo de lo que allí almacenaban.

Algunos de sus compañeros en aquel sótano eran los miembros itinerantes de la despensa. Por allí pasaban latas de conserva, botellas de leche, cajas de galletas, aceites y un sinfín de víveres y productos de limpieza. Se quedaban poco, porque en la casa vivían dos jovenzuelos que comían por diez y ensuciaban por veinte. Apenas Lucy empezaba a intimar con una lata de atún, alguien se la llevaba para preparar una ensalada y la pobre bombilla se quedaba, otra vez, esperando que alguno de los González accionara el interruptor para poder lucir su luz clara y sentir el calorcillo de su filamento iluminando el sótano.

Allí, además de algunos viejos cachivaches, herramientas de bricolaje y enseres de jardín, había un rincón especial en el que guardaban a los más queridos compañeros de Lucy. Era la estantería de las cosas de Navidad. Varias cajas que contenían los muchos adornos que, año tras año, engalanaban la casa y el jardín de la familia González.

Unas semanas antes de las fiestas, los habitantes de esas cajas empezaban a ponerse nerviosos. Lucy oía el murmullo que provenía del fondo del sótano. Eran los espumillones y las bolas del árbol, deseosos de salir de las cajas y vivir otra Navidad en el salón. Se empujaban entre ellos y se hacían cosquillas. La estrella que siempre ponían en lo más alto del árbol los llamaba al orden:

—¡Silencio! ¡Quietos! Tened paciencia, que pronto saldremos de aquí.

—¡Seguro que ya está nevando, Estrella! ¡Nos lo vamos a perder! –decía un ángel de cerámica impaciente.

—Tranquilos, ya veréis como pronto bajarán a por nosotros. Mientras, ¡a callar todos! –remataba la estrella.

Lucy escuchaba estas conversaciones y su corazón transparente sentía un poquito de envidia. Su sueño era salir algún año del sótano para formar parte de las luces del árbol, o brillar fuera, en el jardín, iluminado la casa junto a cientos de sus pequeñas hermanas bombillas ¡Solo una Navidad! ¡Sería tan bonito!

Y es que Lucy disfrutaba escuchando a los adornos cuando, cansados, volvían a ser guardados en sus cajas. Le encantaba el modo en que narraban lo que habían vivido fuera: los niños correteando en la nieve, el olor de las deliciosas viandas que se preparaban en la cocina, las canciones que entonaba, desafinadas, el señor González, el trasiego de vecinos y parientes que compartían la Navidad en aquella casa… ¡Y tantas otras cosas!

—¡Qué suerte, chicas! Con lo bonita que estará la calle con tantos adornos. Y el árbol, que lucirá espléndido. ¡Ay!, ¡cómo me gustaría poder salir de este oscuro sótano!

—¡Oh!, Lucy, querida —tintineó una campanita dorada—, no pierdas la esperanza. ¡Tal vez este año te saquen de aquí!

—¡Ojalá!, ¡Es lo que más deseo en el mundo!

Todos los adornos conocían el deseo de la bombilla, pero no sabían cómo ayudarla:

—Nosotros no podemos hacer nada –susurró una de las bolas plateadas a la campanilla dorada.

—Pobre Lucy, nunca conseguirá salir de aquí —murmuró el angelito.

Todo esto lo escuchó un ratoncillo, vecino del sótano, que había salido de su escondite para ver si pillaba algo de la despensa. El ratoncillo se sintió conmovido por la pena de la bombilla y corrió a su casita, donde esperaban sus papás, los señores Roedor, y sus cinco hermanos. Les contó lo que había oído y les propuso ayudar a Lucy.

—Papá, mamá, por favor, vamos a ayudar a la pobre bombilla ¡se lo merece! Ha estado mucho tiempo ahí colgada, sola y aburrida ¡Porfi, porfi! ¡Es Navidad!

—¡Sí, mami, papi! ¡Vamos a ayudarla! –los pequeños ratoncillos se unieron a su hermano.

—Pero, hijos, ¿qué podemos hacer nosotros, unos pequeños ratones? – les contestó papá ratón.

—Pues la única forma de llevar a Lucy fuera del sótano es desenroscarla y cambiarla por otra bombilla—así habló mamá ratona, que había estado callada hasta entonces.

—¡Difícil empresa! Pero ¡lo intentaremos! –dictaminó papá ratón—. Lo primero será encontrar una bombilla que no quiera trabajar esta Navidad y ceda su puesto a Lucy.

Imaginaban que esto iba a ser un trabajo difícil, pero, aunque los ratones eran pequeños, su corazón era tan grande como un elefante y su determinación de ayudar a Lucy, firme. Así que papá ratón encargó a sus hijos que recorrieran las estanterías de los adornos y vocearan para que los oyeran bien todas las bombillas:

—¡Atención, atención!, bombillas de Navidad, ¿cuál de vosotras haría un favor a una compañera?

Las bombillas, alborotadas, preguntaban:

—¿Qué pasa? ¿Qué es ese griterío, ratones?

Cuando los pequeños les explicaron su idea para cumplir el sueño de Lucy, todas coincidieron:

—¡La bombilla Comodona! ¡No puede ser otra!

Y es que, según explicaron las otras bombillas, Comodona era la más holgazana de todas ellas. Cada año se quejaba de que la hacían trabajar demasiado en Navidad. Al empezar las fiestas, la colocaban en el árbol del salón y permanecía encendida tardes y noches, hasta que la familia se iba a dormir. Y la noche de Navidad incluso la dejaban encendida toda la noche para que Papá Noel no diera un traspiés. Comodona se pasaba todo el tiempo enfurruñada.

—¡Figuraos! –dijo una bombilla azul—, es tan comodona, que ni siquiera se ha asomado para ver qué pasa. ¡Con todo el revuelo que habéis montado!

—La iremos a despertar y seguro que acepta el cambio de mil amores —apostilló una bombilla verde.

¡Y claro que aceptó! Así, que la familia de ratoncillos y los adornos navideños trazaron el plan y cuando se lo contaron a Lucy, esta se puso tan nerviosa, que se encendía y se apagaba sin ton ni son de lo contenta que estaba.

El primer paso era desenroscar a Lucy, llevarla a la caja donde aguardaba Comodona y efectuar el cambio. Se pusieron manos a la obra. Todos a una, la familia Roedor empujó una escalera que se guardaba en el sótano y la colocaron justo debajo de Lucy. Papá ratón subió el primero, arrastrando varias cintas de espumillón. Tras él, tres de sus hijitos hicieron lo mismo y, con mucho cuidado, envolvieron la bombilla para que no se dañara.

Desde abajo, mamá ratona se encargó de dirigir la delicada operación:

—A la de tres, girad con fuerza. Una, dos y… ¡tres! ¡Otra vez! Una, dos y… ¡tres!

Cuando por fin Lucy estuvo desenroscada y acomodada sobre un gran lazo rojo de terciopelo, los ratoncillos la arrastraron hasta la caja de las bombillas. Allí fue recibida, con gran alegría, por todos los adornos, porque compartía con ellos el deseo de vivir la Navidad con la familia. Las campanitas repicaron en su honor y las bolas giraron contentas. Organizaron tal revuelo, que la gran estrella del árbol tuvo serios problemas para acallarlos.

Ahora había que transportar a Comodona, que encantada se dejaba hacer, hasta lo alto de la escalera y enroscarla para que nadie notara el cambio. Pasaría allí el invierno, sin alborotos ni ruidos, durmiendo la mayor parte del tiempo.

De nuevo, con la ayuda de los espumillones y el lazo rojo, los ratones llevaron a cabo su tarea con éxito. Solo quedaba esperar a que la familia González bajara al sótano a buscar toda la decoración navideña. Y eso fue lo que sucedió.

Después de mucho trabajo, las ventanas quedaron muy bonitas con sus guirnaldas luminosas; en las mesas se colocaron velas y plantas de Navidad; los barrotes de la escalera se adornaron con los espumillones; y el gran lazo rojo presidía la chimenea.

También fuera, la casa quedó impresionante. De la puerta pendía una corona de ramas que daría la bienvenida a todos los invitados cuando llegaran a celebrar las Fiestas; decenas de ciervos, ardillas, corderos y otros animalillos de madera, cerámica y paja quedaron esparcidos por el jardín para disfrute de los niños; cientos de bombillas de colores recorrían la fachada de la casa e iluminaban la calle casi, casi, como si fuera de día. Incluso hicieron un muñeco de nieve, que adornaron con un viejo sombrero y al que pusieron una gran zanahoria por nariz.

Pero, sin duda, el rey de los adornos era el árbol del salón, cuyas ramas llegaban hasta el techo. Era tan alto, que papá González tuvo que subirse a una escalera para colocar la gran estrella en lo alto. La familia estuvo adornándolo una tarde entera para dejarlo precioso, con sus bolas plateadas, sus campanitas y los angelitos. Y lo mejor fue cuando se iluminó con todo su esplendor.

—¡Ohhhhhh! ¡Qué bonito! –exclamaron a la vez.

¿Y a que no sabéis dónde estaba nuestra amiga Lucy? ¡Pues claro! En lo más alto del árbol la colocó papá González. Al sacarla de la caja, preguntó extrañado:

—¿De dónde ha salido esta bombilla? Es más grande que las otras ¿La recordáis del año pasado?

Mamá González sonrió divertida:

—Yo no la recuerdo… ¡Pero ya sé lo que ha pasado! ¡Ha venido aquí caminando ella sola desde otro sitio y se ha metido en la caja de las bombillas de Navidad! —dijo burlona—. Una bombilla tan valiente merece estar en lo más alto del árbol, junto a la gran estrella, para iluminarla bien.

Y así fue como se cumplió el sueño de Lucy, la modesta bombilla, que aquel año pasó los días más felices de su vida compartiendo con el resto de adornos la alegría que llenaba el hogar de los González.

¿Y qué fue de los Roedor? La familia al completo, escondida bajo el sofá, observaba orgullosa y feliz el resplandor que desprendía Lucy. Ellos, mejor que nadie, sabían que no hay nada más bonito en Navidad que ayudar a cumplir los sueños de los demás.

FIN

El Pequeño Marinero y la rosa triste

A nuestro amiguito Mario, el Pequeño Marinero, lo arrojó a la orilla de la playa Grande de Isla Imaginada una gran ola una noche de tormenta. En este último año, Mario se ha convertido en un jovencito intrépido y aventurero. ¡Nada le da miedo! Ha convencido a Popeye, el Marino, para que lo lleve con él a explorar el mundo, mejor dicho, los océanos, y prepara con mucho entusiasmo su primer largo viaje.

Hace unos días, estaba muy atareado haciendo el equipaje cuando llamó a la puerta su vecino el conejito, un chismoso de cuidado que se pasa el día dando vueltas por el barrio para luego llevar las novedades a unos y otros.

—¡Ehhh! ¡Mario, vecino!, ¿quieres saber qué pasa en el prado del granjero Pepe?

El Pequeño Marinero, un poco enfurruñado con el conejo por haber interrumpido su tarea, contestó:

—Mira, conejito, ahora estoy muy ocupado, vuelve otro rato.

—¡Ohhhh, qué pena! Te quedarás sin saber por qué la rosa no hace más que llorar…

—¿Que la rosa está llorando? ¿Por qué? —A Mario le picó la curiosidad.

La rosa es una preciosa flor que solo vive en los prados de Isla Imaginada, su perfume es único, dulce como una gominola, y sus pétalos suaves como terciopelo.

—¡Si no vienes, no lo sabrás! ¡Vamos! —apremió el conejito.

Mario dejó el equipaje a medio hacer y siguió al conejo.

Faltaba poco para llegar al prado del granjero Pepe, cuando empezaron a oír los tristes lamentos:

—¡Ayyyyyy! ¡Pobre de mí! ¡Nadie me puede ayudar!

La pobre rosa lloraba resignada; las lágrimas caían de sus pétalos como si de rocío se tratara.

Mario y el conejito se acercaron curiosos y, preocupados, se sumaron al círculo que alrededor de la triste rosa habían formado varias familias de hormigas, dos lagartijas, un pato y tres gallinas. En silencio, contemplaban el rosal del que brotaba una única rosa, aún un capullo, del color rojizo del cielo cuando el sol se va a dormir.

—¡Ayyyyyyyyyy! –seguía quejándose la flor.

El Pequeño Marinero se sintió conmovido con su tristeza y le habló así:

—A ver, preciosa rosa, ¿por qué estás tan triste? ¿Cuál es la pena que te aflige?

—Nadie me comprende, marinerito ¡No sabéis la suerte que tenéis todos los que aquí estáis! Nadie me puede ayudar —replicó la rosa.

—Explícate, pues, amiga. Si no compartes con nosotros lo que te apena, seguro que no podremos ayudarte. ¡Cuéntanos!

—Está bien. Veréis, me gusta mucho ser flor. Sé que mi perfume os encanta, que gozáis con mi belleza y, al pasar por mi lado, procuráis no pisarme. Si la tierra está seca, me regáis y cuando el invierno llega y me voy a dormir, esperáis con ansia a que brote de nuevo anunciando la primavera. Pero yo os envidio a vosotros porque sois libres. Vais de un lado a otro cuando queréis. El conejo salta por el prado; el pato se baña en el estanque; las hormigas entran y salen de su hormiguero; las gallinas se pasan el día picoteando de aquí para allá, cacareando; y las lagartijas buscan el sol para calentarse. Sin embargo, yo estoy atada a la tierra. Llueva o haga sol no puedo moverme. No conoceré jamás otras tierras que no sean las que veo a mi alrededor. No puedo ir de visita a otras granjas ni buscar refugio para las tormentas ¿Por qué las flores no tenemos patas? ¡Ayyyyyyyyyyyyy!

Ni los animalitos allí reunidos ni y el Pequeño Marinero supieron qué decirle a la rosa triste. Jamás se les hubiera ocurrido que una flor tan hermosa pudiera ser tan desgraciada y sabían que era muy difícil poder ayudarla.

Mario la comprendía perfectamente, él mismo estaba deseando salir de su país, Isla Imaginada, para conocer otros mundos. No quería rendirse y habló por todos:

—Amiga rosa, ¡te vamos a ayudar! Esta noche consultaremos con la almohada y encontraremos una solución para que no te sientas triste nunca más. ¡Mañana vendremos a verte!

Cuando se hubieron alejado lo suficiente para que la flor no los escuchara, los animalitos, alborotados, replicaron a Mario:

—Pero, Pequeño Marinero, ¡es imposibleeeeee ayudar a la rosa! –se lamentaba el conejito fisgón.

—¡Coc,coc, coc!, las flores no tienen patas ¡Es imposible! –cacareaban las gallinas.

—¡Vaya lío!, ¡vaya lío! —repetían hormigas y lagartijas.

—¡Cuac, cuac! ¿Qué le diremos mañana a la rosa triste? —apostilló el pato.

Pero Mario estaba convencido de que, entre todos, encontrarían el modo de ayudar a la flor.

—No seáis pesimista, procurad poner todo vuestro empeño e inteligencia en encontrar una solución. ¡No podemos consentir que la rosa siga tan triste! Así, que ¡a pensar! Mañana temprano nos reunimos aquí.

La noche fue larga. Poco a poco, cansados de tanto cavilar sin hallar solución, el sueño los fue venciendo a todos… A todos menos a Mario, que seguía dando vueltas, pensando y pensando, hasta que, rendido y con los pies doloridos de tanto andar arriba y abajo, se sentó en su sillón favorito para quitarse sus botas marineras. Al quitarse la izquierda, observó que en la suela había quedado pegado un pequeño terrón de tierra; de él sobresalían, por un extremo, las hojas de una pequeña plantita de hierba y por el otro, las raíces.

—¡Viva, viva!¡Encontré la solución! —El Pequeño Marinero brincaba contento porque ya sabía cómo ayudar a la rosa triste.

A la mañana siguiente, se reunieron como habían convenido. Los animalitos desanimados, porque no habían sido capaces de dar con solución alguna y Mario muy contento, porque tenía un plan.

—Escuchad, ya sé lo que haremos, es muy sencillo: arrancaremos el rosal, que es la casa de la rosa, con mucho cuidado para no dañar las raíces, y lo plantaremos en un recipiente donde quepa suficiente tierra para alimentar a la rosa; yo la regaré cada día para que esté siempre fresca.

—Pero, Mario, la rosa lo que quiere es ver otros paisajes y moverse como si tuviera patas —argumentó el conejito.

—¡Y lo hará! ¡Vaya si lo hará! La llevaré conmigo en mis viajes en el barco de Popeye. ¡Allí dónde yo vaya, irá ella también! ¿Qué os parece?

Los animalitos estuvieron de acuerdo en que era una magnífica idea y corrieron a explicarle a la rosa el plan.

—¡Qué gran idea! ¡Me encantará viajar contigo Pequeño Marinero!, aunque me da miedo que podáis hacerme daño al arrancarme de la tierra —dijo la rosa preocupada.

Entre todos la convencieron de que no sufriría ningún daño y aquella misma mañana empezaron la tarea de buscar un recipiente adecuado, que se convertiría en el nuevo hogar de la rosa. Se les ocurrió ir a ver a la Pequeña Hada, siempre dispuesta a ayudar en lo que fuera, y ella, generosa, les regaló un gran cubo de latón casi nuevo que ellos se encargaron de convertir en una linda casita. Las lagartijas lo pintaron con sus rabitos y las gallinas hicieron agujeritos para el agua sobrante con sus piquitos.

Mientras, las hormigas, el conejo y el pato, con gran cuidado para no dañar las raíces, se atareaban en sacar el rosal de la tierra. Las hormigas excavaron túneles alrededor de la planta y el conejo y el pato sacaron la tierra despacito. Una vez libre, Mario, con mimo, colocó la planta en el cubo que les había regalado la Pequeña Hada, que, pintado de colorines, había quedado precioso.

Cuando el trabajo estuvo terminado, cansados pero contentos, vieron que la rosa lloraba, pero ahora de alegría.

—¡Gracias a todos, amigos, al fin podré ver mundo!

Ahora, el Pequeño Marinero y la rosa son inseparables. Los dos están muy ilusionados y deseando emprender su primer largo viaje. Han decidido que allí adonde vayan, la rosa viajera dejará su simiente para que nazcan nuevas rosas y sean admiradas por su belleza y aroma. Gracias a la generosidad de los animalitos y al ingenio del Pequeño Marinero, en todos los jardines del mundo se podrá contemplar la más hermosa de las flores: la rosa de Isla Imaginada.

FIN

Mediopollo

mediopollo-copy1

Ilustración: Yolanda Cabrera

Había una vez una robusta gallina española que empolló una bonita y numerosa familia. Todos sus pollitos eran graciosos y finos, excepto uno, que resultó ser solo un medio pollo. Tenía un solo ojo, un ala, una pata, media cabeza y medio pico.

—¡Qué atrocidad! —cloqueó mamá gallina—. ¡Mi benjamín es solo un medio pollo! ¡Jamás servirá para nada!

Pero por raro que parezca, Mediopollo estaba muy lejos de ser un inútil; brincaba de un lado para otro sobre su única patita y se mostraba mucho más valiente y audaz que sus hermanos. Pero era también muy orgulloso y difícil de complacer, por lo que mamá gallina no se sintió excesivamente triste, cuando, un día, Mediopollo le dijo:

—Estoy hasta la media cresta de este viejo corral. ¡Me voy a Madrid a ver al rey!

—Solo eres un medio polluelo tonto —lo regañó mamá gallina—. Incluso un gallo hecho y derecho lo pensaría dos veces antes de emprender un viaje como ese.

—De todas maneras, voy —se obstinó Mediopollo—. Nada gano quedándome en este miserable gallinero contigo y con los demás. Yo soy especial y cuando llegue a Madrid, el rey me dará un corral para mí solo. Cuando esté instalado, tal vez os invite a pasar unos días conmigo.

—Vete, pues —contestó mamá gallina—. Pero no olvides ser amable y educado con todo el mundo y quizá tengas suerte, aunque no seas más que un medio pollo.

—¡Ya veremos! —exclamó Mediopollo y se alejó, dando rápidos brinquitos sin mirar hacia atrás ni una sola vez.

Al poco, llegó a un arroyo, cubierto de hierbas.

—¡Mediopollo, ayúdame, por favor! —suplicó el agua del riachuelo—. Saca estas hierbas que me aprisionan para que pueda correr libremente.

—¿Que te ayude? —contestó enojado Mediopollo—. ¿Crees que no tengo cosa mejor que hacer, que perder mi tiempo sacando hierbas? ¡Voy a Madrid a ver al rey!

Y, renqueando, se alejó.

Encontró, más tarde, una hoguera que alguien había encendido, pero cuyas llamas eran ya tan débiles que no tardarían mucho en extinguirse por completo.

—¡Por favor, ayúdame, Mediopollo! —imploró el fuego de la hoguera—. ¡Lánzame unas ramas o me ahogaré en unos minutos!

—¿Que te ayude? —Se indignó Mediopollo—. ¿Crees que no tengo nada mejor que hacer, que perder mi tiempo lanzándote ramas? ¡Voy a Madrid a ver al rey!

Y dando la espalda a la hoguera siguió su camino.

A la mañana siguiente, pasó junto a un enorme nogal en cuyas ramas se había enredado el viento.

—¡Por favor, ayúdame a desenredarme de estas ramas que me atrapan, Mediopollo! —rugió el viento.

—¿Que te ayude? —gritó furioso Mediopollo—. ¿Crees que no tengo nada mejor que hacer, que perder mi tiempo liberándote? ¡Voy a Madrid a ver al rey!

Continuó dando brincos con su única patita y a primera hora de la noche llegó a Madrid. Sin perder ni un minuto, se dirigió al Palacio Real.

—Esperaré aquí afuera —murmuró para sí—.  Seguro que el rey no tardará en salir a recibirme como merezco.

Pero mientras recorría los jardines esperando, se asomó el cocinero real por la ventana de la cocina y al ver a Mediopollo, exclamó:

—¡Qué casualidad! El rey acaba de pedirme consomé de pollo para la cena.

Bajó corriendo el cocinero, atrapó a Mediopollo por su única ala y lo arrojó a la olla que tenía ya preparada sobre el fuego.

—¡Agua, agua! —suplicó Mediopollo, desesperado—. ¡Apiádate de mí y no me mojes tanto!

—¿Apiadarme, Mediopollo? —contestó el agua—. ¿Por qué, si tú no quisiste ayudarme cuando yo era arroyo que corría por el campo?

Al poco rato, dentro de la olla hacía un terrible calor y Mediopollo gritó:

—¡Fuego, fuego, por favor, no ardas tanto que me quemas con tu calor!

—¿Qué no arda, Mediopollo? —contestó el fuego—. ¿Por qué, si cuando estaba a punto de morir en el bosque me diste la espalda?

De pronto, el cocinero levantó la tapa de la olla y al ver que solo era un medio pollo lo que hervía dentro, exclamó:

—¡Qué barbaridad, un medio pollo! ¡Esto no sirve para el consomé del rey!

Y sacándolo de la olla, lo arrojó por la ventana justo en el momento en que pasaba el viento.

El viento levantó en volandas a Mediopollo. Lo agitó de aquí para allá, y de allá para acá, sobre tejados y azoteas, como si fuera una pluma.

—¡Viento, viento! —suplicó Mediopollo—. ¡Por favor, no me sacudas así!

—¿Qué no te sacuda, Mediopollo? —contestó el viento—. ¿Por qué, si no me ayudaste cuando me enredé en el nogal?

Y con toda su furia, el viento lo elevó hasta un tejado y lo dejó clavado en la punta, donde todavía sigue.

Si vas a Madrid fíjate bien, porque verás a Mediopollo sobre su única pata, con una sola ala, un ojo, media cabeza y medio pico. ¡La veleta más alta de toda la ciudad!

FIN

Si quieres, también puedes escuchar “Mediopollo” con la voz de Angie Bello Albelda

logoAngie

Los dos reyes de Gondar

african_by_blasterkid

Ilustración: Blasterkid

Era un día como los de antaño… y un pobre campesino, tan pobre, que no tenía más que la piel sobre los huesos y tres gallinas que picoteaban algún grano de teff que hallaban en el polvoriento suelo, estaba sentado a la entrada de su vieja cabaña como cada atardecer. De súbito, en la lejanía divisó a un cazador montado sobre su caballo que se acercaba galopando.

Al llegar frente a su casa, el forastero refrenó la montura, se acercó a él, desmontó y le dijo:

—Paz para ti en esta tarde, me he perdido en la montaña y estoy buscando el camino que conduce a la ciudad de Gondar.

—¿Gondar? Gondar está a dos días de camino de aquí —le contestó el campesino—. Pero el sol ya se está poniendo y sería más sensato que pasaras aquí la noche y te marcharas bien temprano mañana por la mañana.

El cazador aceptó la oferta y el campesino eligió la más hermosa de sus tres gallinas y con ella preparó un guiso para agasajar a su invitado.

Después de cenar juntos, pero sin apenas hablar, el campesino le cedió su cama al cazador para que pudiera descansar y él se acostó en el suelo, junto al fuego.

Al día siguiente, poco antes de amanecer, cuando el cazador se hubo levantado, el campesino le explicó cómo llegar hasta Gondar:

—Debes adentrarte en el bosque hasta dar con un río, que deberás cruzar montado en tu caballo, pero con mucho cuidado de no desviarte hacia la parte más profunda, la cual reconocerás porque en ella hay unas rocas muy grandes; acto seguido, toma el camino de la izquierda, el que bordea el precipicio y sigue hasta desembocar en una carretera muy ancha y después…

El cazador, que escuchaba con atención, repuso:

—Creo que volveré a perderme. No conozco esta región… ¿Tú podrías acompañarme hasta Gondar? Podrías montar tras de mí en el caballo…

—De acuerdo —dijo el campesino—, pero con una condición: cuando lleguemos allí, me dirás adónde debo dirigirme para poder conocer al rey. ¡Me haría tanta ilusión verlo! ¡Aunque fuera desde lejos!

—No hay problema en eso. Lo verás. ¡Te lo prometo!

El campesino cerró la puerta de su cabaña, montó en el caballo detrás del cazador y emprendieron la marcha.

Pasaron horas y horas atravesando montañas y montañas y bosques y ríos… y, después, pasó otra noche entera más.

Si atravesaban caminos sin sombra, el campesino abría su sombrilla negra y los dos se protegían del sol. Si pasaban por lugares fríos, se cubrían los dos con la misma manta vieja que el campesino había tenido la precaución de llevar consigo.

Cuando al fin divisaron la ciudad de Gondar recortada sobre el horizonte, el campesino le preguntó al cazador:

—¿Cómo se reconoce a un rey?

—No te preocupes, es muy fácil: cuando todo el mundo hace lo mismo, el rey es aquel que hace las cosas de forma diferente. Solo tienes que observar qué hace la gente que te rodea y lo reconocerás de inmediato.

Poco después, los dos hombres llegaron a la ciudad y el cazador enfiló el camino hacia palacio.

Al llegar a la entrada, se encontraron con muchísima gente que hablaba y se contaba historias, hasta que vieron a los dos jinetes sobre el caballo; entonces todos guardaron silencio, se apartaron para dejarles el paso libre y se fueron arrodillando a medida que pasaban ante ellos.

El campesino no entendía nada. Todo el mundo estaba arrodillado, excepto el cazador y él, que montaban el corcel.

—¿Dónde estará el rey? —preguntó el campesino— Mira a la gente… Debe andar cerca, pero yo no lo veo.

—Ahora entraremos en el palacio y lo verás. ¡Te lo aseguro!

Y los dos hombres entraron en el recinto del palacio montados en el caballo.

El campesino estaba inquieto. Veía de lejos una larga fila de gente y de guardias montados a caballo que los esperaban ante las puertas de entrada.

Al pasar delante de ellos, los guardias desmontaron y solo ellos dos siguieron sobre el caballo.

El campesino se empezó a poner nervioso:

—Me dijiste que cuando todo el mundo hiciera lo mismo… Pero sigo sin saber quién es el rey…

—Paciencia. Ya lo reconocerás. Tu solo recuerda que cuando todo el mundo hace exactamente lo mismo, el rey es el que actúa diferente al resto.

Los dos hombres desmontaron y entraron juntos a una inmensa sala del palacio. Nobles, cortesanos y consejeros reales, todos a una, se sacaron sus sombreros e hicieron una genuflexión cuando los vieron. Todos se quedaron con el sombrero en la mano, excepto el cazador y el campesino.

El campesino, entonces, se acercó al cazador y murmuró en su oído:

—Aún no sé quién es el rey…

—No seas impaciente —lo interrumpió el cazador—, acabarás por reconocerlo. Ven, siéntate conmigo.

Y ambos se instalaron en un amplio y cómodo sillón mientras toda la gente que había allí seguía de pie.

El campesino, cada vez más inquieto, empezó a observar con atención todo lo que lo rodeaba. Se giró hacía el cazador y le preguntó:

—Vamos a ver… ¿Quién es el rey?, ¿eres tú o lo soy yo?

El cazador se echó a reír y contestó:

—El rey soy yo, pero tú también eres un gran rey porque supiste acoger en tu casa a un extranjero que necesitaba ayuda y lo trataste bien.

Y desde entonces, el campesino y el cazador conservaron su amistad durante toda su vida.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar “Los dos reyes de Gondar” con la voz de Angie Bello Albelda

logoAngie

El árbol que daba pena

01_árbol

Ilustración: Alessandra Fusi

El huerto de la señora Nicolasa era la envidia de todo el pueblo. Sus lechugas alineadas semejaban soldaditos a punto para desfilar. Las calabazas eran como naves espaciales de color naranja, ¡tan grandes se hacían! Las tomateras bien ordenadas, con sus orondos frutos rojos colgando. Pepinos y pimientos de un verde brillante… E igual de hermosas y relucientes eran todas las demás hortalizas, que hasta daba lástima tener que comérselas.

Pero el orgullo de la señora Nicolasa eran sus árboles frutales. En primavera, cuando florecían, parecía que una lluvia de algodón dulce hubiera caído sobre ellos de tan bonitos como lucían. Y cuando llegaba el verano, la señora Nicolasa recogía sus frutos riquísimos y los repartía entre los niños del pueblo, que acostumbraban a pasar por allí al salir de la escuela.

Pero, ¡ay!, la señora Nicolasa estaba triste porque el árbol más frondoso de su huerto hacía dos primaveras que no florecía y sus hojitas eran escasas y pequeñas.

El árbol, grandote como un gigante bueno y generoso, había dado siempre frutos y sombra. Aquel era su árbol preferido desde que era niña; a sus pies acostumbraba a merendar las tardes de verano y, después, se encaramaba por su tronco, imaginando ser un pirata en el mástil de su barco o una exploradora en medio de la selva.

La señora Nicolasa ya no sabía qué hacer para que el árbol floreciera de nuevo, porque su marido, que era un poquito gruñón y marimandón, le repetía cada día la misma cantinela:

—Tenemos que quitar de ahí ese árbol inútil ¡No quiero en el huerto un árbol que en vez de dar fruta, da pena! Si esta primavera no florece, haremos leña de él.

La señora Nicolasa pensaba que no era justo librarse de las cosas porque se hubieran hecho viejecitas y ya no pudieran servir como antes. ¡Bien que se habían refugiado a su sombra y habían comido su fruta durante muchos años! Así, que reunió a los niños y niñas del pueblo y les pidió ayuda.

—Hay que pensar en alguna solución o no quedará otro remedio que talar el árbol.

Todos se sentaron pensativos alrededor del gran tronco para intentar dar con la respuesta cuando, ¡zas!, la ayuda les llegó del cielo. Sí, sí, ¡del cielo!

Lo que ocurrió, fue que en un árbol cercano había posada una bandada de pajaritos que se estaba dando un banquete de cerezas cuando, de pronto, un ruido los asustó y salieron todos volando. En aquél instante, a algunos pajaritos se les cayeron del pico las cerezas, que fueron a quedar colgadas de las ramas del árbol que daba pena.

Uno de los niños, al darse cuenta, empezó a gritar:

—¡Señora Nicolasa! ¡Señora Nicolasa! ¡Mire! ¡Mire! ¡El árbol sí que tiene frutos! ¡Tiene frutos!

—¡Caramba! —exclamó la señora Nicolasa— ¡Ya tenemos la solución!

En su cabeza se encendió la bombillita de las ideas y les explicó a los niños su plan para salvar al árbol:

—Cada mañana, bien tempranito, colgaremos de las ramas de nuestro árbol frutas de los otros árboles. Lo haremos con cuidado, para que parezca que son suyas.

Y así lo hicieron. Todos colaboraban, muy contentos.

De este modo, el marido de la señora Nicolasa ya no podía decir que el árbol daba pena y no daba frutos y aunque los miraba de reojo y sospechaba lo que pasaba, nunca vio cómo la señora Nicolasa y los niños colgaban los frutos del árbol, así que no podía decir nada.

El viejo árbol ya no daba pena. Ahora estaba precioso, con distintas frutas colgando de sus ramas parecía una gran macedonia de muchos colores. Además, era un árbol de lo más original: en verano, daba cerezas, nísperos, ciruelas y albaricoques; en otoño, membrillos y granadas; y en invierno, dulces naranjas, mandarinas y manzanas.

Pero lo mejor era, que al llegar la Navidad, cuando ningún árbol tenía hojas, la señora Nicolasa y los niños se esmeraban en adornarlo con bolas de colores, estrellitas plateadas y guirnaldas brillantes.

Entonces sí que lucía deslumbrante ¡No había en el pueblo otro igual! Todos los vecinos pasaban por allí para admirar la decoración.

La señora Nicolasa estaba aún más orgullosa de su huerto, porque su árbol seguía allí y los niños se columpiaban en él, jugaban a su alrededor al pilla-pilla, al escondite y, cuando estaban cansados, se sentaban a su alrededor a contar bonitas historias y cuentos con final feliz.

¡Anda! ¡Como este!

FIN

¡Qué cochinada!

01_Celso

La mayor parte del tiempo, Celso estaba solo. Deseaba tener amigos, pero era imposible invitar a nadie a su casa.

¿Por qué?

La verdad es que se sentía avergonzado. Su familia era muy holgazana y muy sucia. No limpiaban nunca la casa, no barrían nunca el suelo, no fregaban los platos y no hacían las camas. Se bañaban solo una vez al año; ¡y eso si no tenían más remedio!

La casa estaba tan sucia que era incluso peligroso andar por ella. Celso siempre resbalaba con los juguetes, que nunca estaban en su lugar. En la familia siempre había alguien enfermo o herido.

Los padres de Celso no se ocupaban de nada. La mayor parte del tiempo se la pasaban durmiendo.

Cada mañana, Celso se levantaba temprano y se marchaba al colegio. Sus hermanos todavía dormían, se levantaban siempre muy tarde y luego, en el último momento, saltaban de la cama y corrían detrás de Celso hacia la escuela, sin ducharse y sin coger el desayuno.

El maestro siempre les decía a los hermanos de Celso que se sentaran aparte. Eran, simplemente, sucios y malolientes, incluso podría decirse que eran unos puercos. A Celso le hubiera gustado que sus hermanos cambiaran, aunque solo fuera un poco, pero eso parecía imposible.

Un día, en clase tenían que pintar un dibujo. Podían pintar lo que quisieran y Celso decidió pintar un arcoíris.

Trabajó mucho en el dibujo y al terminar, el arcoíris de Celso era el dibujo más bonito de todos. El maestro lo enseñó a toda la clase y le dio el primer premio.

—¡Lo has hecho muy bien!

Celso no estaba acostumbrado a los premios y sintió un poco de vergüenza.

—No es tan bueno -dijo, intentando no darle importancia.

Pero estaba muy contento de su éxito. «¿Qué dirán mamá y papá?», se preguntó mientras caminaba con su dibujo hacia casa.

Para su sorpresa, en casa quedaron muy impresionados:

—¡Mirad esto! ¡Tenemos un auténtico artista en la familia! -dijo su papá con orgullo.

—Es el arcoíris más bonito que he visto nunca —añadió la mamá de Celso.

El abuelo asintió con la cabeza y dijo que aquel dibujo era obra de un artista.

—Lo colgaremos aquí, en esta pared —dijo el padre.

—¡Mmmm!… no sé… —intentó decir Celso, pero su papá añadió con firmeza:

—No seas vergonzoso, hijo mío, ¡todo el mundo tiene que ver el dibujo!

Cuando el dibujo ya estuvo colgado, Celso lo miró:

—¿No creéis —dijo bajito— que quedaría mucho mejor si la pared estuviera un poco más limpia?

—Probablemente, hijo mío, —dijo el padre— Tal vez tengas razón. Intentaré limpiar la pared.

El papá de Celso empezó a fregar la sucia pared con agua y jabón.

—¡Mirad! —exclamó— ¡Hay papel pintado debajo!

—Y es muy bonito —dijo la mamá.

Después, Celso le dijo a su padre:

—Gracias por limpiar la pared. La verdad es que ahora el cuadro se ve mejor.

—¡Cierto! Y es que un cuadro bonito como este, necesita un lugar bonito. Pero ahora que la pared ya está limpia, no está bien que el suelo esté sucio. Tal vez deberíamos hacer algo con esta paja vieja.

—¡Dejadme a mí! —interrumpió el abuelo— hace ya cincuenta años que quiero cambiar la paja y no encontraba el momento. Ahora tengo un buen motivo para hacerlo.

Y sacó la paja vieja y puso de limpia por todos sitios.

Toda la familia estuvo de acuerdo en que el cuadro de Celso lucía mejor en un entorno limpio.

—¡Pero nos hemos olvidado de las cortinas! —dijo la mamá de Celso— ¡No podemos dejarlas así! Las limpiaré.

Las descolgó y las llevó al lavadero para lavarlas. Necesitaron mucha agua y mucho jabón y, como había tanta espuma, algunas burbujas los salpicaron. Esto gustó tanto a la familia que, de repente, todos se metieron en el lavadero para tomar un baño de espuma. Pasaron toda la tarde bañándose y jugando, gritando y riendo.

Ahora Celso se sentía bien. Incluso invitó a algunos de sus amigos de clase a su casa. Su mamá les dio galletas y su papá sacó su vieja armónica y tocó bonitas canciones. También el abuelo jugó con ellos. Los amigos de Celso quedaron encantados con la familia y Celso estuvo de acuerdo con ellos.

Desde ese momento, la vida de Celso y de su familia fue muy agradable. Animado por sus padres, fue a clases de dibujo para desarrollar su talento. La madre, el padre el abuelo, e incluso sus hermanos mantuvieron la casa limpia y ordenada – y ellos también se mantuvieron limpios. Solo, de vez en cuando, retozaban en el barro y Celso también retozaba con ellos.

FIN