color

¿Quién pinta el mundo?

Ilustración: Deevad

 Este cuento lo dedicamos a todos nuestros amigos ilustradores, pintores, dibujantes, diseñadores… que llenan nuestros cuentos y nuestra vida de color.  ¡Gracias por vuestras creaciones!

 

En el principio, cuando los antiguos dioses empezaron a inventarse la Tierra, y el mundo era oscuro y sin colores, he aquí que cuatro divinidades hermanas, hijas del Tiempo, llamadas Primavera, Verano, Otoño e Invierno, pensaron que sería fantástico dar color a las cosas.

Se pusieron manos a la obra y empezaron, las cuatro a la vez, a pintar todo lo que había a su alrededor, cada cual con su paleta.

Primavera era dulce y tierna y con sus suaves tonos pastel, pintaba florecillas silvestres multicolor aquí y allá, esparcidas en las verdes praderas y pajaritos rojos, lila y amarillos que piaban sobre perezosos árboles cargados de fruta. Cuando Primavera andaba, esparcía en el aire un dulce perfume a vainilla y con sus movimientos pausados, era como si flotara sobre las aguas.

Verano tenía un carácter alegre y ruidoso y enseguida hacía un montón de amigos. En su paleta abundaban los colores ardientes e intensos y tan pronto usaba el amarillo chillón para pintar la arena y el sol, como el azul claro y límpido para los cielos diurnos. Al moverse, desprendía olor a agua fresca, y era como si tras de sí arrastrará todos los mares, los ríos y las fuentes de la Tierra.

Otoño era, de las cuatro divinidades, la más melancólica, así que le encantaba poner un aire tristón a todo lo que pintaba. En su paleta solo había colores ocre, castaños y rojizos y para acordarse de que debía estar siempre triste, prendía entre su pelo las hojas que arrancaba de los árboles. Por eso, al caminar, desprendía un tenue olorcillo a moho que no era en absoluto desagradable. Su mejor amigo era el viento, que siempre remolineaba a su lado.

Invierno era taciturno y fue el único de los cuatro que no estuvo de acuerdo en que un mundo de colores sería mejor. Él prefería el blanco y el negro y esos eran los colores que ponía en su paleta. Aquellos que lo rodeaban, decían de él que era antipático y frío, pero los que se preocupaban por conocerlo a fondo, descubrían que podía ser fantástico. A él no le gustaba demasiado moverse, así que solía sentarse en un rincón, muy quieto, y observaba lo que hacían sus hermanos. Si en su quietud alguien lo molestaba en exceso, gritaba y se enfurruñaba y de su boca saltaban blancas gotitas de helada saliva que se esparcían por doquier, salpicándolo todo. A causa de su agrio carácter, no tenía muchas amistades.

Pasó el tiempo, y la convivencia entre los hermanos se fue haciendo cada vez más difícil. Llegaba Primavera y pintaba tiernas hojitas verdes sobre un árbol, cuando a Verano ya le faltaba tiempo para pintar abejas cerca, «Para dar más color y alegría» —decía riendo—. Invierno, molesto con el zumbido de las abejas y con las risas, pegaba uno de sus gritos y todo quedaba blanco. A Otoño, sobresaltado, le faltaba tiempo para arrancar las hojas del árbol y prenderlas en su pelo.

Continuamente ocurría lo mismo.

Los animales y las plantas empezaron a murmurar y a quejarse de los cuatro hermanos. Era realmente incómodo tener que ir cambiando de ropa varias veces al día y preocuparse por lo que comerían o por lo que vestirían.

Los osos polares amanecían en un paisaje helado pintado por Invierno, a media mañana comían la miel que había esparcido Primavera, por la tarde los calentaba un sol de justicia pintado por Verano y por la noche, el viento que iba de la mano de Otoño, enredaba el pelo de sus abrigos blancos.

Las manzanas no sabían si ponerse la piel verde, roja o amarilla así que los manzanos optaron por especializarse, hablaron entre ellos y cada uno eligió un color y un nombre.

La situación empeoraba. La Tierra empezaba a estar ya harta de que sus colores combinaran tan mal y de no saber qué ropa ponerse, por lo que decidió convocar una reunión urgente, a la que asistieron los cuatro hermanos.

Las conversaciones duraron doce largos meses pero, ¡por fin!, después de tensas negociaciones, y algún que otro grito de Invierno, llegaron a un acuerdo: se separarían e irían a vivir a lugares distintos y cada tres meses se trasladarían para poder ir a visitar a los amigos que tenían en todos los lugares del planeta.

Allí donde estuvieran, vivirían solos y durante un trimestre serían los únicos encargados de pintar el mundo.

Invierno, a causa de su carácter adusto, consiguió que le asignaran una vivienda permanente tanto en el Polo Sur como en el Polo Norte y Verano, que tenía muchísimos amigos a los que no podía estar mucho tiempo sin ver, consiguió también casa en el ecuador terrestre y un par de apartamentos en desiertos y playas.

Desde entonces, las estaciones se suceden ordenadamente y solo coinciden con sus hermanos durante unos días, cuando recogen sus pinturas y hacen las maletas para irse a otro lugar.

La Tierra ha conseguido combinar perfectamente su vestuario según el hermano que la pinta y animales y plantas han regularizado sus ciclos.

Con su acuerdo, consiguieron dar al mundo colores tan preciosos que los artistas más afamados de todos los tiempos, antes de pintar, consultan con ellos para conseguir plasmarlos exactamente igual en sus obras.

Si miras las ilustraciones de «Martes de cuento», verás como muchos lo han conseguido…

FIN

Lila

lila

Un día, durante la noche, todo se volvió lila. Realmente todo. Desde el cielo y el mar y las montañas, hasta los árboles y los animales y las personas. Desde el edificio más alto, hasta la hormiga más diminuta. Las personas se miraban unas a otras y pensaban que estaban soñando, pero no despertaban y todo permanecía lila.

Al principio la gente se sorprendió, luego se alarmó y hubo también quien pensó que era muy divertido, porque incluso el presidente del país se volvió lila. Todas las familias eran lilas, y también los maestros, los médicos, los trabajadores de las carreteras, la reina de Inglaterra y el presidente de Mozambique, los conductores de taxis. Tooooooooooodos.

A excepción de un arrendajo azul que permaneció azul claro. Y como fue el único que no se volvió lila, lo capturaron y lo metieron en una jaula.

La gente viajaba de un lugar a otro en coches lila, en autobuses lila. Montaban en bicicletas lila y, en casa, se sentaban en muebles lila e incluso comían comida lila. ¡Hasta las tabletas de chocolate de volvieron lila! y también las pizzas, y el zumo de naranja.

Los científicos más eminentes del mundo se reunieron a fin de comprender qué estaba pasando. ¿Les había ocurrido algo a los ojos de la gente o se trataba de una broma pesada de la naturaleza?

Examinaron. Investigaron. Debatieron. Discutieron y escribieron un artículo tras otro, pero no pudieron explicarlo.

Poco a poco, la gente empezó a acostumbrarse. Algunos afirmaban que el lila era el color más importante del mundo puesto que todo era lila. Debatieron. Se reunieron en clubs. Convocaron reuniones. Escribieron libros y filmaron películas sobre la importancia o la no importancia del color lila.

En especial, discutieron sobre el color del arrendajo azul, porque eso era solo un poco de azul y ellos eran mucho lila.

La gente discutió sobre el significado de ese fenómeno. Hubo quien dijo que el arrendajo azul era un pájaro muy especial y que, tal vez, no era en absoluto un pájaro, puesto que había conservado su color.

Otros decían que eso era una tontería, porque el arrendajo azul comía semillas, bebía agua y acicalaba sus plumas como cualquier otro pájaro.

Y exactamente un año después de que el mundo se volviera lila, se despertó la gente por la mañana y vio que el mundo se había vuelto amarillo.

Todo excepto el arrendajo azul. De hecho, un mundo amarillo no es diferente de uno lila. Simplemente la gente decía “amarillo” en lugar de “lila” cuando hablaban entre ellos.

Sin embargo, el arrendajo azul aún fue más importante porque permaneció azul y la gente no comprendía qué significaba. Venían desde muy lejos y hacían largas colas para contemplarlo.

Y exactamente dos años después de que el mundo se volviera lila y un año después de que se convirtiera en amarillo, el mundo se vistió con un nuevo color. Cambió a naranja y después a rosa. Y el arrendajo azul causaba más polémica y suscitaba un interés aún mayor porque permanecía azul.

En el quinto año todo se convirtió en azul.

La primera cosa que la gente fue a ver fue al arrendajo. ¿Habría permanecido azul?

En efecto, era todavía azul. Ya no había dos colores en el mundo. Había un solo color: azul. Y como el arrendajo era azul como todos, la gente dejó de interesarse por él. Pronto dejó de ser importante y dejaron de ir a verlo.

Un día, seis meses después de que la gente se volviera azul, alguien abrió la jaula y el arrendajo voló. Feliz por su libertad.

Al día siguiente, el mundo volvió a recuperar todos sus colores. Como si no hubiera pasado nada.

Comenzaron, así, a ver cosas nuevas pero, con el tiempo, la gente se acostumbró y olvidó que una vez el mundo fue lila; después amarillo; y naranja; y rosa; y azul.

Se acostumbraron a hablar de hierba verde y de autobuses rojos.

Pero, alguna vez, pensaban en qué había pasado con el arrendajo azul y en qué haría y, sobre todo, en si todavía era azul y en el significado de todo ello.

FIN