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La niña maquinista

Ilustración: Leonidafremov

Había una vez un hombre llamado Dragoş que vivía con su mujer y sus dos hijos, Ştefan y Adriana, en un pueblecito de Rumanía de la región de Maramureş llamado Viseu de Sus. Dragoş trabajaba como maquinista del Mocaniţa, un tren a vapor de vía estrecha que atraviesa el Valle de Vaser, un riachuelo de Maramureş, afluente del Viseul. Este tren se había inaugurado en el año 1933, cuando se usaba solamente para el transporte de leña, pero hoy se usa también como transporte turístico. Muchas veces cuando los niños no tenían escuela, Dragoş los llevaba en el Mocaniţa. A Ştefan y Adriana les gustaba contemplar el paisaje delimitado por riachuelos con agua cristalina y con bosques llenos de frondosos abetos. De los dos, Adriana era la que mostraba mucho más interés por todo lo que estuviera relacionado con el Mocaniţa. Leía libros sobre él y soñaba con llegar a ser maquinista de tren como su padre.

Sin duda, Ştefan tenía más interés por los deportes y soñaba con ser un famoso futbolista. Aunque su padre deseaba que su hijo continuara con la tradición familiar y se hiciera maquinista como él. En ningún momento se le pasó por la cabeza que este fuese el sueño de Adriana, aunque ella fuera la que siempre se interesaba por el funcionamiento del Mocăniţa y deseara aprender a llevarlo. Cuando Adriana le preguntaba a su padre qué había que hacer para que el tren funcionase, este le respondía a regañadientes diciendo que el trabajo de maquinista «no era trabajo para chicas».

Cierto día frío de invierno, cuando los Montes de Maramureş estaban cubiertos de nieve, Ştefan enfermó de gripe y como el camino estaba cortado Adriana no pudo ir a la escuela. Como no tenía nada que hacer y le hacía mucha ilusión ir en el tren, Adriana le preguntó a su padre si podía acompañarlo. Su padre estuvo de acuerdo y los dos se marcharon con el Mocăniţa. En invierno, normalmente, a causa de las nieves abundantes en los Montes de Maramureş, el Mocăniţa atravesaba el Valle de Vasel con dificultad y consumía mucho más carburante. Cuando se encontraban a mitad del camino de vuelta entre Făina y Măcârlau, Dragoş empezó a sentirse mal y a marearse. Como consecuencia de ello, no se sentía ni en disposición ni en condiciones de seguir conduciendo el tren. Le dolía la cabeza terriblemente y se le nublaba la vista. Dragoş paró el tren enseguida y Adriana le preguntó asustada:

—¿Qué te pasa, papá?

Dragoş le contestó:

—Tenemos un problema, no puedo seguir conduciendo el tren y estamos en medio de las montañas. Seguramente no pasará nadie por aquí antes de 4 horas, hasta que llegue el próximo tren.

Al oír esto, Adriana sugirió a su padre que la dejase conducir el Mocăniţa dándole las indicaciones oportunas. Al principio su padre pensaba que esta sugerencia era una locura pero, tras pensarlo unos minutos, se dio cuenta de que no tenía otra salida. El carburante era insuficiente y podían morir congelados esperando la llegada del siguiente tren. Así que Adriana encendió el motor y el tren empezó a moverse. No podía creerlo, ¡era la maquinista del Mocăniţa! Adriana conducía lentamente, recordando las instrucciones que le había dado su padre, hasta llegar a la estación de Viseu de Sus. Una vez allí, Adriana bajó del tren y pidió ayuda. La gente que se encontraba en la estación se abalanzó para ayudar a bajar al padre del tren. Y mientras esperaban a que viniera el servicio de urgencias, Adriana les relató a todos los hechos acontecidos. Una vez recuperado, el padre de Adriana, orgulloso de su hija, contó a todos cómo gracias a ella pudieron llegar a casa sanos y salvos. Desde aquel día, nunca más subestimó la capacidad de su hija para ser maquinista de tren y la apoyó en su elección. Con el paso del tiempo, Adriana se convirtió en maquinista, cumpliendo así su sueño.

FIN