conejo

Los doce primeros

Ilustración: Kitakutikula

Cuando el mundo era nuevo y todavía se comprendía el lenguaje secreto de plantas, nubes y mares, el Emperador de Jade, soberano del cielo y de la tierra, quiso ordenar el tiempo, así que envió emisarios por el mundo para convocar a todos los animales que vivían en él:

—Animales, os he reunido en mi palacio porque he decidido dividir el tiempo en periodos de doce años. He construido un zodíaco y a cada uno de esos doce años le asignaré el nombre de uno de vosotros —Los animales murmuraron emocionados, pero enseguida enmudecieron para seguir escuchando lo que decía el Augusto de Jade—. No obstante, hay dos pequeños problemas. El primero, es que solo doce de vosotros podrán presidir los años de forma cíclica. Y el segundo, es que debo decidir el orden con el que lo haréis. Por tanto, he organizado una carrera, para que sea la llegada a la meta la que resuelva la disposición. El ganador presidirá el primer año, el segundo el segundo… y así, sucesivamente, hasta llegar al decimosegundo, el cual completará el ciclo de doce años y después volveremos a empezar.

Casi todos se apuntaron para participar en la competición, excepto el perezoso y la tortuga, que sabían que lo tenían muy difícil y se rindieron antes de empezar.

Los participantes, en la línea de salida, aguardaron la señal del Emperador de Jade para ponerse en marcha:

—Uno, dos y… ¡tres!

El dragón y el tigre se situaron en cabeza desde el primer momento. No en vano eran los animales más poderosos de toda China. Luchaban el uno contra el otro para obtener el triunfo. El dragón lanzaba su letal fuego para retrasar al tigre, pero este, con sus poderosas patas, evitaba con ágiles saltos las hogueras.

Muy de cerca, los seguía la serpiente, que se aprovechaba del camino que abría el fuego del dragón para deslizarse con más facilidad sin encontrar obstáculos a su paso. Todo le fue bien hasta que el dragón tuvo que retirarse momentáneamente de la carrera reclamado por sus hermanos para resolver un asunto urgente.

El buey, de zancada lenta y pesada, también se valió de la disputa entre dragón y tigre para obtener ventaja y, contra todo pronóstico, logró instalarse en cabeza de carrera, puesto que conservó hasta el último momento, cuando fue adelantado.

Lo que pasó es que, sin él saberlo, transportaba sobre su cuerpo a dos polizones, uno de los cuales aprovechó su esfuerzo para arrebatarle, en el último segundo de carrera, la primera posición.

Los dos animales que viajaban cómodamente a lomos del buey eran un gato y una rata, ambos buenos amigos hasta que pasó lo que pasó… Pero, antes de descubrirlo, deberemos seguir el curso de la competición…

A poca distancia del tigre y del dragón, el conejo saltaba como nunca lo había hecho en su vida, deseoso de alzarse con la victoria.

También un mono y un gallo corrían jadeantes para conseguir inscribir su nombre en el zodíaco chino, hasta que el mono, de repente, detuvo su carrera. Al pasar junto a un espeso bosque decidió que tendría más ventaja si se movía de árbol en árbol, donde su agilidad le haría adelantar muchos puestos.

Al verlo, el gallo, que no tenía ni idea de trepar, pensó por un momento en abandonar la carrera, pero cambió de opinión y decidió que también él explotaría sus habilidades y en lugar de seguir corriendo con sus cortas patitas, empezó a aletear y consiguió, con varios golpes de ala, adelantar de golpe a cuatro de sus competidores: caballo, cabra, cerdo y perro, que quedaron a la zaga. Esta ventaja no le duró demasiado al pobre gallito…

El cerdo, que sudaba a mares, frenó en seco al olfatear unas apetitosas trufas. Se desvió y empezó a escarbar bajo un roble plantado al borde del camino. Enterró su morro en la tierra y no lo levantó hasta acabar con todas. Su decisión le costó llegar el último y si hubiera encontrado una trufa más, hoy ni siquiera estaría en la lista de los doce del zodíaco.

La carrera tocaba a su fin. En la línea de llegada aguardaba ya el Emperador de Jade. Solo un caudaloso río separaba a los animales de la meta.

El buey hundió las pezuñas en el barro y buscó un lugar para vadear la corriente. Sobre su lomo la rata y el gato se sujetaban con fuerza.

Ya hemos dicho que ambos animales habían sido buenos amigos hasta entonces, pero se enemistaron para siempre cuando ya estaban a punto de alcanzar la orilla. Fue entonces cuando la rata, para asegurarse la victoria, saltó a tierra dándose impulso con sus patas sobre el lomo del gato. Este perdió el equilibrio y cayó con estrépito al río.

La rata fue la primera en tocar tierra.

El buey quedó segundo.

El tigre sorteó el río de un ágil salto y llegó el tercero.

Llegó el turno del conejo, que brincó de una orilla a otra, seguido del dragón, que cruzó volando la meta el quinto, a escasos centímetros.

Sexta fue la serpiente, que se valió de un tronco que flotaba en el agua para alcanzar la orilla y, desde allí, se arrastró hasta la meta.

El caballo trotó hasta la línea de llegada el séptimo y, después de él, mojados y titiritando, llegaron juntos la cabra, el mono y el gallo, que cruzaron la meta con una diferencia de segundos.

El perro, que hasta llegar el río iba tercero, llegó en undécimo lugar, porque al cruzar las aguas no pudo resistirse y se entretuvo buceando.

Cerró el desfile ganador el cerdo, que al llegar aún masticaba un trocito de trufa.

El gato, magullado y empapado por culpa de la rata, cruzó la meta en decimotercer lugar, por lo que no obtuvo su puesto en el zodíaco chino.

Aquel desgraciado incidente fue el origen del odio que separa a los dos animales y la causa de que, todavía hoy, los mininos quieran vengar la ofensa dando caza a cualquier roedor que se cruce en su camino. También, como consecuencia de aquel penoso suceso, los gatos no quieren acercarse al agua.

El resto de los animales fue llegando después del felino, pero, ninguno consiguió inscribir su nombre entre los vencedores.

Los doce triunfadores rodearon al Emperador de Jade y aguardaron en respetuoso silencio. El Augusto habló así:

—El tiempo ya tiene nombre. A partir de hoy, los años seguirán cíclicamente este orden: el primero llevará el nombre de la rata, la vencedora. El año siguiente será el año del buey. A continuación, llegarán, sucesivamente, los años del tigre, del conejo, del dragón, de la serpiente, del caballo, de la cabra, del mono, del gallo y del perro. Cerrará el ciclo el año del cerdo. Después, volveremos a empezar, de nuevo, con la rata.

De este modo, el Emperador de Jade asignó el nombre que ostentan los años del zodiaco chino.

Y si tú aún no sabes bajo qué signo naciste, haz clic sobre un interrogante…

Ilustración: freepik

FIN

El sueño

Ilustración: juliette5094

Érase una vez una mujer muy pobre, cuya única posesión era un mortero en el que, cada mañana, machacaba los granos que a su vecino, un rico terrateniente, le caían de la carreta cuando se dirigía a vender su trigo al mercado.

Con el primer canto del gallo, la mujer se ponía en pie y esperaba paciente, junto al camino, el paso del pesado carromato para recoger, antes de que los pájaros se lo comieran, el dorado manjar con el que amasaba el pan que le servía de alimento.

 Una mañana, en el mismo instante que pasaba la carreta, vio cruzar por el camino un veloz conejo y sin pensarlo dos veces, le tiró la mano de mortero a la cabeza.

Justo en el mismo instante, el rico terrateniente disparó su escopeta apuntando al conejo.

El conejo cayó muerto y el terrateniente y su vecina entablaron una disputa sobre cuál de los dos lo había matado.

—Te propongo un trato —dijo la mujer—, como ahora tienes prisa para llegar al mercado y yo debo amasar mi pan, guarda tú el conejo, pero invítame esta noche a cenar a tu casa y veremos cómo resolvemos la disputa.

El hombre aceptó y aquella noche se reunieron los dos en casa del terrateniente, que ya había preparado una cena estupenda para ambos.

Cuando acabaron de cenar, la mujer dijo:

—Escucha, a ver qué te parece mi propuesta. En este momento el conejo no es ni tuyo ni mío, puesto que yo digo que lo mató mi mano de mortero y tú afirmas que fuiste tú, con tu escopeta, el que lo hizo. Si te parece bien, me quedaré a dormir aquí en tu casa. Tú te acuestas en tu cama y mañana por la mañana, el que haya tenido el sueño más bonito se quedará con el conejo. No te preocupes por mí: si me das una manta vieja, dormiré en el suelo, aquí mismo en la cocina, cerca del fuego.

Y así lo hicieron. El cazador se fue a dormir al piso de arriba y la mujer se acurrucó en el suelo de la cocina.

A la mañana siguiente, el cazador bajó y le dijo a la mujer:

—Muy bien, podemos empezar. Cuéntame tu sueño.

—No, no, por favor, primero cuéntame tú el tuyo, ya que eres el anfitrión. Además, tú eres más importante que yo.

—De acuerdo entonces. Te lo contaré. Esta noche he soñado con una escala de oro larga, muy larga. La escala colgaba junto a mi cama, traspasaba el techo de la casa y subía hasta el cielo. Al principio me dio miedo subir por ella, porque no sabía qué encontraría al final, pero me decidí y, peldaño a peldaño, ascendí un buen rato, hasta que toqué las nubes, que se iban abriendo a mi paso. Por fin, llegué a un paraíso casi imposible de describir. En él sonaba la música más bella que oído humano haya escuchado jamás; el aroma penetrante de fragantes flores inundaba mi nariz. Probé manjares exquisitos, cuyo sabor no recordaba nada de lo que hasta ahora he comido. En fin, que soy incapaz de referir con detalle todas las maravillas que allí encontré. Tan bello era lo que me rodeaba, que no quería regresar, pero el gallo cantó, me desperté, abrí los ojos y estaba en mi cama. En resumen, he tenido un sueño espléndido. Y tú, ¿qué has soñado?

—Pues, aunque no te lo creas, yo he tenido, exactamente, el mismo sueño que tú. He visto la escala de oro, he visto cómo trepabas por ella hasta el cielo y, desde aquí abajo, he oído la música maravillosa y he olido las flores; ¡y hasta me ha parecido ver esos manjares que cuentas!, y como me he figurado que no ibas a querer volver y que te quedarías allí para siempre, me he comido el conejo.

FIN

El conejo y el venado

Cuentan, que hace mucho, mucho tiempo los animales no eran como son ahora. Dicen, que cuando el Gran Señor de los Montes los creó les dio otro aspecto…

El conejo, por ejemplo, no era como lo conocemos, porque en lugar de sus grandes orejas tenía dos cuernos en medio de la cabeza… Sus cuernos eran casi del tamaño de su cuerpo y pesaban una barbaridad, así que el pobre animal casi no podía brincar, que ya se sabe que es su modo favorito de moverse por el campo.

Entre los seres creados estaba también el venado, un animal veloz y hermoso pero al que algo, en su aspecto, lo afeaba: su cabeza parecía demasiado pequeña en comparación a su cuerpo y de ella colgaban dos largas orejas, que aún le daban un aspecto más extraño.

Un día, el venado oyó que el conejo tenía unos majestuosos cuernos, así que fue a buscarlo y después de mucho andar, dio con él.

—¡Conejo, conejo! —gritó con todas sus fuerzas.

—¿Quién me llama? —inquirió el conejo.

—Soy yo, el venado. He venido hasta aquí para admirar tus bellos cuernos.

—¡Ay, venado!, cierto que son muy bonitos, pero ¡ni te imaginas lo que pesan! Apenas puedo brincar con ellos —contestó compungido el conejo.

Al venado se le iluminaron los ojos. Era el momento de poner en marcha su plan:

—Conejo, ¿qué tal si te libero un rato de tu peso? Préstame tus cuernos, que quiero ver cómo me quedan a mí.

El conejo se los prestó, y el venado se dirigió al lago para admirarse con su nueva imagen.

—Estos cuernos me quedan mucho mejor que mis orejas largas —pensó el venado.

El conejo, entretanto, esperó y esperó, pero el venado no volvía con los cuernos que le había prestado.

—¡Venado!, ¿dónde estás? —llamó a gritos—. ¡Devuélveme mis cuernos!

Pero el venado, que ahora corría feliz entre la hierba, le contestó también gritando:

—¡No! ¡Ni hablar! ¡Ahora son míos!

Muy enfadado, el conejo se lanzó en su persecución dando grandes brincos, pues ahora, sin la cornamenta sobre su cabeza, era mucho más ligero.

—¡Venado, devuélveme los cuernos! ¡Venado, devuélveme los cuernos! —gritaba cada con cada salto.

Cuando los dos se cansaron de correr, se sentaron sobre la hierba y el venado, mirando al conejo, le dijo:

—Ay, conejo, te veo raro sin nada sobre la cabeza. La verdad es que estás un poco feo. ¿Sabes qué?, como no pienso devolverte tu cornamenta porque a mí me queda mucho mejor que a ti, te regalo mis orejas.

Dicho y hecho. Puso junto al conejo las dos largas orejas y se marchó veloz de allí.

El conejo no tuvo más remedio que colocarse aquellas largas orejas sobre la cabeza y, en cuanto lo hizo, empezó a escuchar el canto de los pájaros, el ruido del viento y hasta oyó, a lo lejos, el ruido de las pezuñas del venado contra el suelo. Se puso muy contento, pues ahora tenía las mejores orejas del mundo, y, además, se había librado de sus pesados cuernos y podía brincar tan alto como quisiera.

Feliz, el conejo pensó que, después de todo, aquel cambio no había sido tan mala idea.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar «El conejo y el venado» con la voz de Angie Bello Albelda

Cómo tío Conejo les jugó sucio a tía Ballena y a tío Elefante

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Ilustración: WilsonWJr

Pues señor, allá una vez tío Conejo se fue a cambiar de clima a la orilla del mar.

Un día que andaba dando brincos por la playa se va encontrando con tía Ballena y tío Elefante que estaban en gran conversona (1).

Tío Conejo se escondió entre unos charrales y paró la oreja para ver en qué estaban.

Y en lo que estaban era en que el uno al otro no hallaban donde ponerse:

—Que, tía Ballena, a usté sí que no hay quien le gane en fuerzas y eso de que ya se tomara usté tener las mías, es hablar por el hueso de la nuca (2).

—Que, adió (3) tío Elefante, no me salga con eso. Usté sí que es ñeque. Sí, sí, donde se llora está el muerto…

Y que esto, y que lo otro, y que por aquí y que por allá.

Bueno, para no cansarlos con el cuento, llegaron a convenir en que los dos tenían fuerzas y que lo mejor que podían hacer era unirse para gobernar toda la Tierra.

Pero a tío Conejo no le hicieron naditica de gracia aquellos planes y se puso a pensar: «Pues lo que soy yo, les voy a dar una buena chamarreada (4) a ese par de monumentos, ¡Ay! ¡Y la enredada de pita que les voy a dar!

Y no fue cuento sino que enseguida se puso en funcia (5): se fue a buscar una coyunda muy fuerte, muy fuerte y muy larga, muy larga; después yo no sé de dónde se hizo de un tambor que escondió entre unos matorrales y corrió a buscar a tía Ballena. Por fin dio con ella.

—Tía Ballenita de Dios. ¡Qué a tiempo me la encuentro! ¡Viera qué caballada me ha pasado! ¿Pues no se me metió la única vaquita que tengo entre un barrial como a media legua de aquí?

—No diga esa niño, ¿y eso cómo?

—¡Sepa Judas! El caso es que allí me la tiene en ese atolladero y como es tan poquita, está llora y llora, con el barro hasta el pescuezo. Por vida suyita, tía Ballena, sáqueme de este apuro, usté que es la más fuerte de todos los animales y además tan noble.

Tía Ballena se volvió muy chiquiona (6) al oír estos pericos y al momento se puso a las órdenes de tío Conejo.

¡No faltaba más, sino que se le fuera a ahogar en barro su vaquita, estando ella allí!

—¡Quién otra lo podía hacer! —dijo tío Conejo—. Bien me lo habían dicho, que no la vieran tan grande que hasta que da miedo, pero con un corazón que es un alfeñique! Lo que vamos a hacer es que yo voy a amarrarle una punta de esta coyunda de la cola y la otra voy a ver cómo se la amarro a mi vaquita. Cuando todo esté listo toco en mi tambor. Al oír el redoble, se me pone usté a jalar con toda alma.

—Ni diga más, tío Conejo, no me llamo tía Ballena si no se la saco aunque esté hundida hasta los cachos (7).

De veras, tío Conejo amarró la coyunda de la cola de tía Ballena y después el muy papelero, cogió tierra adentro haciéndose el afanado. Apenas calculó que la otra no lo veía se puso a bailar en una pata y a cantar.

Después se fue a buscar a tío Elefante y cuando lo divisió se hizo el encontradizo:

—¡Ay, tío Elefante, solo Dios pudo habérmelo reparado! ¡Viera en las que ando!

—¿Qué es la cosa hombré? —preguntó tío Elefante.

—¿Pues qué me había de pasar? Qué le parece que tengo una novillita chúcara que se me ha metido entre un barrial a media legua de aquí y no hay modo de sacarla. Allí estoy desde buena mañana sudando la gota gorda y la confisgada (8) cada vez se hunde más. Mire, tío Elefante, usté que es tan fuerte y tan noble, que dicen que nadie le gana, por qué no hace una gracia conmigo y de un tironcillo con su trompa, como quien no quiere la cosa, me la saca.

Tío Elefante le dijo que bueno, que le explicara lo que tenía que hacer.

Tío Conejo contestó:

—Pues nada más que dejarse amarrar el extremo de esta coyunda de su trompa. Enseguida iré yo y con mil y tantos trabajos amarraré mi novillita de la otra punta. Cuando todo esté listo redoblaré en mi tambor y entonces usté se pone a jalar con toda alma porque está muy metida.

—No tengás cuidado y aunque fuera más pesada que mil vacas juntas yo la saco. Si eso es un juguete para mí. Amarrá bien, hombré.

Tío Conejo le requintó bien la coyunda en la trompa y luego se alejó en una pura micada (9) como si fuera muy agradecido.

Así que estuvo a la mitad de la distancia entre los dos, sacó el tambor y se puso a redoblar.

Tía Ballena comenzó a tirar, pero la vaquita no tenía trazas de salir. Tío Elefante jalaba y jalaba y nada.

—¡Demontres con la vaquita para pesar!

—¡Carasta! Si la novillita chúcara pesa más de lo que yo pensaba.

Y siguieron cada uno por su lado a más y mejor.

En una de tantas, como tío Elefante se iba arrollando la coyunda en la trompa, se trajo a tía Ballena a tierra; pero tía Ballena se calentó tanto, que no supo a qué horas se tiró al agua y fue a dar al fondo y ya me tienen al otro patas arriba, corriendo hacia la playa sobre el espinazo.

Del colerón (10) dió tal jalonazo que se volvió a traer a tía Ballena a la superficie.

—¿Quién es el atrevido que está en ese juguete conmigo? ¡Conque esa era la vaquita?

—¿Quién es el tal por cual que no me respeta? ¡Miren la novillita chúcara! —gritó tío Elefante que había hecho a un lado su cachaza y estaba más caliente que un avispero alborotado.

¡En esto se van viendo!

¡Ave María, Gracia Plena! ¡Aquello sí que era contento! ¡Qué bocas y lo que se dijeron!

—¡Yo te contaré, trompudo, labioso, poca pena! ¿No te da vergüenza ver que te cogí la maturranga? ¡Creyó que yo me iba a dejar, como soy una triste mujer, para quedarse gobernando solo!

–¡Callate, vieja bocona! ¡A vos sí que no se te puede creer! ¡Quería salir de mí para quedarse reinando…! ¡Convidándome para que gobernáramos juntos y ya con su tortón entre la jupa!

Y no fue cuento, sino que se pusieron otra vez a tirar de la coyunda cada uno por su lado. Por fin la coyunda no resistió y ¡traca! reventó, y tía Ballena bien acardenalada y con la cola desollada fue a parar a los profundos, y tío Elefante fue a dar por allá, otra vez patas arriba, con la trompa bien luyida. Y Tío Conejo que ya no aguantaba el estómago de tanto reír, escondido entre los charrales.

No hay para qué decir que tío Elefante y tía Ballena quedaron enemigos y se quitaron el habla para siempre. Y cabalmente eso era lo que tío Conejo andaba buscando, para que no volvieran a hacer planes de gobernar ellos dos la Tierra.

FIN

Una tranquila Navidad

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Ilustración: Lytayvea

En la profundidad de un hermoso bosque tenían sus madrigueras, una junto a la otra, la familia Conejo y el señor Marmota.

El señor Marmota era muy serio, formal y algo antipático. Cada año, al llegar los primeros fríos, hacía acopio de comida: trébol, diente de león, alfalfa, bayas y alguna que otra fruta que pudiera encontrar. Se daba un festín descomunal y ¡a dormir! Pasaba todo el invierno hecho un ovillo en un rincón calentito de su guarida y se despertaba al llegar la primavera.

En pasados inviernos, nada turbó el sueño del señor Marmota, pues sus vecinos, los Conejo, eran muy educados y procuraban no hacer ruido.

Durante el verano, se afanaban en llenar su despensa de cereales y verduras para que no les faltara alimento mientras hiciera frío. Pero aquel invierno fue diferente… La tranquila madriguera de los Conejo se vio bendecida por el nacimiento de diez pequeños que eran el orgullo de sus papás. Lindos gazapos, unos blancos como algodón y otros grises como nubes de primavera.

¡Se acabó la tranquilidad en Casa Conejo!

Había conejitos y conejitas todo el día arriba y abajo, riendo, persiguiéndose, peleando por un grano de maíz o un trozo de manzana, y sus pobres padres intentando, inútilmente, poner paz en tan tremendo guirigay.

Y, claro está, con la llegada de la Navidad andaban todavía más alborotados. Esperaban que alguna sorpresa apareciera por la chimenea y ya se relamían los hocicos pensando en degustar las ricas comiditas y dulces de esos días. La sopa de trigo con albondiguillas de alfalfa y los roscos de zanahoria eran sus manjares preferidos.

En la cocina, tenían formado un gran lío, todos querían colaborar y andaban metiendo sus patitas en harina y sus naricillas en las ollas.

Además, mamá y papá Conejo se había propuesto enseñarles canciones navideñas y ahí andaban ensayando sin parar, pues querían que el coro sonara perfecto.

Entre risas, habían decorado la madriguera con ramas de madroño y acebo, colgado nabos y zanahorias glaseadas que se zamparían más tarde, y en el techo, habían abierto un pequeño agujerito para que la luz de la estrella más brillante los alumbrara la noche de Navidad.  ¡Todo estaba precioso!

¿Y qué hay del señor Marmota? ¿Cómo se había tomado tanta agitación en casa de sus vecinos? ¡Pues muy mal! Recorría su madriguera refunfuñando:

—¡Aquí no se puede dormir! ¡Este escándalo no hay quién lo aguante! ¿Es que no pueden celebrar la Navidad en primavera?

Los señores Conejo ya le habían explicado que es imposible cambiar la Navidad de fecha. Es una tradición antiquísima y todo el mundo la celebra a la vez. Así, que el señor Marmota andaba dando vueltas con unas ojeras enormes y bostezando sin parar:

—¡Pues vaya fastidio! ¡Yo no le veo la gracia! Cantar canciones, hacer roscos y golosinas. ¡Vaya diversión!

Había descubierto en la pared un pequeño orificio por el que veía a la familia Conejo y ya que era imposible dormir, se pasaba horas enteras espiando a sus vecinos. ¡Pobre señor Marmota! Nunca había disfrutado la Navidad, pues siempre la pasaba durmiendo y solo.

Una de esas tardes de juegos y algarabías en la que todos los conejitos tomaban chocolate caliente y galletas de cebada, llamaron a la puerta de los señores Conejo.

—¿Quién será?

Al abrir la puerta, la familia Conejo vio a una marmota que tiritaba, todo el pelaje cubierto de nieve y los bigotes congelados.

—Perdón por llamar tan tarde. Un jabalí se puso a excavar mi casita y me la ha destrozado. He salido a buscar otra, pero se me está haciendo de noche. ¿Podrían dejarme un rinconcito para pasar la noche? ¡Prometo que mañana me iré!

Mamá Conejo le dio una manta y una taza de chocolate.

—¡Pasa! ¡Pasa! Caliéntate junto al fuego.

La señora Marmota, agradecida, se sentó junto a los conejitos, contentos de recibir una visita.

Papá Conejo llamó aparte a mamá Conejo:

—¡No se puede quedar aquí! ¡Si no tenemos sitio suficiente ni para nosotros!

A la conejita, entonces, se le ocurrió una brillante idea:

—¡Ya está! Le diremos a nuestro vecino que la aloje. ¡No podrá negarse! ¡Es de su misma especie!

El señor Marmota, que lo había presenciado todo a través del agujero en la pared, pensó para sí «¡Pues lo que faltaba! ¡Un extraño en mi casa!».

—¡Toc, toc, toc! ¡Señor Marmota abra por favor!

Ceñudo y murmurando se dirigió a la puerta pero, al abrir, su enfado se esfumó como el humo. Se quedó prendado de los dulces ojitos de la marmota, y cuando los señores Conejo le explicaron lo sucedido, no pudo negarse a acogerla.

Estaba asombrado de que su corazón latiera sin control y de que en su tripa sintiera como si un hormiguero entero se hubiera mudado allí. ¡El señor Marmota se había enamorado! ¡Un flechazo!  ¡Eso es lo que pasó!

Al quedarse solos, se le atragantaban las palabras y sin saber qué decir no se le ocurrió otra cosa que hablarle a la marmota de sus vecinos.

—Ya verás que aquí no se puede dormir. Esos conejitos no paran de hacer ruido. ¡Todo el día con cantos y risas! ¡Ven y mira! Ahora mismo están reunidos junto a la estufa.

La invitada miró por el agujero espía y contempló a los conejitos sentados alrededor de sus papás, escuchando con atención. Les estaban contando la historia de la familia, de cómo los abuelos tuvieron que dejar, antaño, un bosque parecido a este a causa de un desgraciado incendio y de cómo los conejos de otros lugares los acogieron y les ofrecieron sus madrigueras durante las noches de invierno.

—Así, hijos míos, sabed que la familia y los amigos son la posesión más importante que un conejo pueda tener porque, adónde vaya, jamás se sentirá solo si lo acoge un hermano conejo.

A los ojos de la marmota se asomó una lagrimita de emoción:

—Señor Marmota, ¡la risa de los niños es la música de la vida! Deberías estar contento de tener una familia tan amorosa cerca. ¡No me digas que no has pensado nunca en fundar tú una!

El señor Marmota no supo qué responder, así que propuso que aprovecharan que los pequeños se iban a dormir para hacer ellos lo mismo.

—En aquel rincón estaremos bien. No hay corrientes de aire y dormiremos calientes. Por lo menos hasta que se despierten los dichosos gazapos.

Y así lo hicieron. Pasaron la noche acurrucados para darse calor.

Cuando el trajín de sus vecinos despertó al señor Marmota, se dio cuenta de que había dormido de maravilla.

La marmota se despertó poco después, se desperezó y dijo:

—Señor Marmota, muchas gracias por tu hospitalidad, pero he de marchar en busca de una casa nueva.

—¡Con este tiempo no puedes marcharte! ¡Mira cómo nieva! ¡Quédate hasta la primavera!

Ciertamente, la nieve caía sin parar y sería imposible excavar un nuevo refugio.

Justo entonces, una de las pequeñas conejitas llamó a la puerta:

—¡Buenos días! Mis papás me mandan para decirles que están invitados esta noche a la cena de Navidad. ¡Habrá muchas cosas ricas para comer!

—¡Desde luego! Iremos encantados —exclamó la marmota, entusiasmada con la propuesta.

Ya se ocultaba el sol cuando se dirigieron a casa de la familia Conejo, donde los acogieron con amabilidad —olvidando lo antipático que el señor Marmota había sido con ellos—  y les ofrecieron su hospitalidad en una noche tan bonita.

Poco a poco, el ceño antaño fruncido del señor Marmota dio paso a una dulce sonrisa y, para sorpresa de todos, hasta se atrevió a cantar con los conejitos y a participar en sus juegos.

La marmota lo miraba de reojo y supo que jamás lo dejaría ya solo, ella era la que había obrado el milagro.

¡Aquella fue una Navidad maravillosa! ¡La primera de muchas!

En los años siguientes, en la madriguera de los señores Marmota, la Navidad también estuvo llena de risas y cantos, dulces y sorpresas ya que pequeñas marmotitas vinieron a llenar de amor el otrora triste y solitario refugio del señor Marmota.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar «Una tranquila Navidad» con la voz de Angie Bello Albelda

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La Mochila de los Cuentos Pequeños

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Ilustración: ciclomono

 

Esta es la historia de Mario, un niño al que le encantaba jugar en la calle con sus amigos. Jugaban al balón, a las canicas, al pilla-pilla, a cambiar cromos… Pero en realidad, lo que más le gustaba a Mario eran los cuentos.

Cuando caía uno nuevo en sus manos disfrutaba muchísimo imaginando las historias hechas realidad y no se cansaba de pasar las hojas infinitas veces, hasta dejarlas bien gastadas, mirando una y otra vez los dibujos.

Pero eran muy pocos los que sus papás podían comprarle, andaban muy justos de presupuesto y, por supuesto, lo primero eran los libros del colegio y el material escolar, lo que dejaba muy poco para cuentos.

A dos calles de casa de Mario se encontraba la librería «La Fantasía»; en su escaparate lucían nuevitos y relucientes los libros y cuentos recién publicados.

¡Cómo le gustaba a Mario ese escaparate! Aplastaba su naricilla en el cristal y se quedaba embobado con aquellos colorines y las letras brillantes y, cuando nadie lo miraba, metía la cabeza dentro del comercio para aspirar el maravilloso olor de las páginas nuevas.

Así lo observaba a menudo doña Lola, la dueña de «La Fantasía», hasta que se decidió a llamarlo un día:

—¡Oye, Mario, chaval!

—¿Es a mí?

—¡Pues claro! ¡Ven, entra!

«¿Qué querrá?»,  se preguntó Mario. Y, aunque un poco extrañado, dejó de jugar con sus amigos y entró porque conocía a la propietaria, ya que siempre compraban allí los libros del cole y las libretas.

Doña Lola lo condujo hasta la trastienda y le habló así:

—Mira Mario, quiero hacerte un regalo.

—¿Un regalo?

—¡Sí señor! ¡Te lo mereces!

—Yo, ¿por qué?

—Porque sé que te gustan los cuentos.

—¡Claro que me gustan los cuentos!

Mario estaba entusiasmado, pensó que doña Lola le iba a regalar un cuento nuevo, pero no fue así. ¡Qué decepción cuando la mujer apareció con una pequeña mochila! No era nada del otro mundo, de color incierto y con una cremallera ¡Y ni tan siquiera tenía dibujos!

Al ver su cara de decepción, la librera lo consoló:

—Mario, este es el mejor regalo que puedes recibir ¡Es la Mochila de los Cuentos Pequeños!

—No lo entiendo…

El pobre estaba desilusionado ¿Cómo podía ser que una mochila tan simple como aquella fuera su mejor regalo?

—Deja que te lo explique. Cada vez que quieras leer un nuevo cuento, solo tienes que abrir la mochila y allí lo vas a encontrar. Lo lees y luego lo vuelves a dejar dentro, porque esta mochila es mágica y de allí viajará a la mochila de otro niño del barrio ¿Qué digo del barrio? ¡De la ciudad, del país, de todo el mundo! Porque en todo el mundo hay niños como tú, a los que les encantan los cuentos. ¡Ah!, y recuerda que cuando te hagas mayor te corresponderá a ti elegir a otro niño para entregarle la Mochila de los Cuentos Pequeños, igual que yo hago ahora contigo. Pero ha de ser nuestro secreto ¡Si alguien se entera de esto, la magia desaparecerá!

Mario se quedó con la boca abierta; no sabía qué decir y, tras prometer guardar el secreto, dio las gracias aturullado y salió disparado de la librería hacia su casa. Se moría de ganas de encerrarse en su habitación, abrir la mochila y comprobar cómo era de mágica.

Cuando por fin la abrió, se llevó una sorpresa al ver un cuento nuevecito, pequeño, porque así habían de ser todos los cuentos de la mochila mágica; cuentos sin más misión que la de dibujar una sonrisa, un ¡Ohhhh! de asombro o un ¡Ayyyy! de emoción.

El primer cuento que encontró decía así:

El conejo Manolito que quería ser perrito

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Ilustración: nicobou

Érase que se era, un conejito que vivía con Marita y Pepe, mimoso y consentido era el rey de la casa.

A sus dueños se les ocurrió un día sacarlo a pasear con correa, como si de un perro se tratara, y Manolito, que era un poquito cabezota, al ver pasear a los canes del vecindario con sus amos se dijo:

-Pues va a ser que yo no soy conejo ¡Que soy perrito!

Así de convencido estaba, que se negó a comer los vegetales que comen los conejos, y al fin, Marita y Pepe, desesperados, acabaron dándole pienso perruno, y ¡Manolito feliz!

Pero tenía una pena, y es que no sabía ladrar. Escuchaba los ladridos de los demás perros, pero él, por mucho que se esforzaba, no lograba que de su hociquito saliera ladrido alguno.

Y como a testarudo no lo ganaba nadie, seguía, día tras día, intentándolo. Y lo intentó con tantas ganas, que en uno de sus esfuerzos se escuchó bien fuerte un ¡guau!

En realidad, procedía de un perro que andaba de visita en su edificio, pero deseoso e impaciente, él imaginó que aquel ladrido era suyo, así que, muy ufano, dijo:

-¡Por fin he ladrado! ¡Soy un perrito! ¡Lo demostré!

Y quedó tan convencido toda su vida que, aunque nunca más volvió a ladrar, siempre decía:

-Para muestra, un botón.

Sus dueños, que lo querían mucho, nunca se atrevieron a negarle sus “cualidades perrunas” y, de este modo, Manolito vivió feliz hasta el fin de sus días.

Y colorín colorado, este cuento pequeño se ha acabado.

 

Nuestro amigo Mario disfrutó durante muchos años de las pequeñas historias que día tras día aparecían en la mágica mochila que, a pesar del tiempo transcurrido, seguía impecable; como el primer día. Así debía ser, ¡pues era grande su magia!

En la actualidad, Mario se ha hecho mayor y ha llegado la hora de que se desprenda de su Mochila de los Cuentos Pequeños.

Anda por ahí buscando niños y niñas a los que les entusiasmen los cuentos, al igual que a él cuando la librera le hizo el mejor regalo que pudiera recibir.

Si vosotros sois alguno de esos niños ¡Estad atentos!, y si veis a un señor que luce una gran sonrisa y que lleva una mochila muy pequeña de color incierto, con una cremallera y sin dibujos, preguntadle si es Mario.

Aunque ya sabemos que si alguno de vosotros la recibe no nos lo contará porque si no desaparecería la magia, nos contentaremos con imaginar las miles de historias que harán feliz a quien la tenga cuando lea los cuentos pequeños que contiene esta mochila mágica.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar «La Mochila de los Cuentos Pequeños» con la voz de Angie Bello Albelda

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El chico y el cocodrilo

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Ilustración: Camelid

Un chico se adentró en la selva para recoger leña. Al mediodía ya había recogido un buen montón, la ató bien y tomó el camino de regreso hacia su aldea.

Al subir una colina, vio a poca distancia un lago que nunca antes había visto y pensó: «Iré a beber. Tengo mucha sed». Mientras estaba bebiendo, se encontró cara a cara con un cocodrilo y empezó a correr, pero el cocodrilo lo llamó:

—Niño, no corras, ¡ayúdame, por favor! Hace tres días que estoy aquí sin comida y si te vas, moriré.

El cocodrilo, que se llamaba Bambo, pensó que aquel tierno muchachito sería un bocado exquisito y añadió:

—Vine a este lago por un afluente del río, pero ahora el afluente se ha secado y yo no me puedo mover. Debes ayudarme a regresar de nuevo al río, prometo que no te haré nada.

El muchacho empezó a llorar.

—No llores —dijo Bambo— no pienso comerte.

—Aunque no me comas, tú eres más grande que yo, y más fuerte, y más largo. ¿Cómo podré transportarte? —preguntó el niño

—Esto no es ningún problema. Coge tu hacha y corta dos palos largos —respondió Bambo.

El chico cortó los palos y siguió las instrucciones del cocodrilo: puso uno de ellos en el suelo, el cocodrilo se puso encima y después el niño puso el otro palo sobre la espalda del cocodrilo. A continuación, ató palos y cocodrilo juntos desde la cabeza hasta los pies, lo levanto por la cola y lo arrastró hasta el río y durante todo el camino, lloraba y cantaba:

El cocodrilo me da miedo,

porque me comerá.

¡Ay!, miedo me da.

Bambo le repetía:

—No pienso comerte, porque si lo hiciera, significaría que recompenso tu buena acción con maldad.

Pero el chico no hizo caso y continuó llorando y cantando su canción.

Al llegar al río, el muchacho quiso poner al cocodrilo de espaldas antes de desatarlo, pero Bambo le dijo:

—Si me dejas aquí, patas arriba, moriré igualmente. ¿Me has traído a través de toda la colina para esto? Por favor, no me dejes tan cerca del río así.

El chico introdujo al cocodrilo en el río hasta que el agua le llegó a la cintura.

—Un poco más, un poco más —imploró Bambo.

—El agua me llega ya a la cintura y yo no sé nadar —contestó el chico—. Deja que te suelte aquí mismo.

—Por favor, muchacho, solo un poco más lejos.

El chico continuó hasta que el agua le llegó al cuello.

—Te soltaré aquí —dijo el muchacho.

El cocodrilo estuvo de acuerdo y una vez libre, se dio la vuelta y apresó con sus enormes fauces al chico.

—¿Cómo puedes hacerme esto? —sollozó el muchacho— ¿Has olvidado tu promesa?

—Debiste suponer que no hablaba en serio. Después de todo, lo dije porque estaba atrapado en el lago, pero llevo tres días sin comer y si te dejo escapar quizá no tendré fuerza para cazar e igualmente moriré. Es un poco desafortunado para ti, pero comprende mi situación.

—Sabía que me comerías. Por esto he estado llorando todo el rato. Sabía que recompensarías mi buena acción con maldad.

En la orilla del río había un árbol y el chico propuso al cocodrilo:

—Antes de comerme, expongamos nuestro caso al árbol a ver qué dice.

Al cocodrilo le pareció bien y contaron su historia al árbol. Al terminar, el árbol sacudió sus ramas y habló:

—Cocodrilo, creo que tienes razón. Nosotros, los árboles, sabemos lo ingratos que pueden ser los humanos. Se sientan bajo nuestra sombra para protegerse del sol abrasador. Les proporcionamos frutos y medicamentos, los ayudamos a que llueva para su bien y el de sus tierras, pero tan pronto como somos grandes y fuertes, vienen y nos cortan para sus egoístas propósitos. Son locos y desagradecidos. Cocodrilo, ¡cómete tu presa! —sentenció solemne el árbol.

—Ya lo has oído —dijo Bambo encantado—. Te voy a comer porque todo el mundo sabe lo ingratos que sois los humanos.

Justo en ese momento, una vaca se acercó a beber al río y el chico le dijo al cocodrilo:

—Pidamos una segunda opinión. Expongamos el caso a la vaca. Estoy seguro de que ella no estará de acuerdo con el árbol.

Llamaron a la vaca y cuando terminaron de contar su historia, esta levantó la cabeza y dijo:

—Cocodrilo, puedes comértelo. Los humanos son las criaturas más ingratas que existen. Mientras fui joven y los humanos podían beber mi leche, me daban comida y agua, pero ahora que soy vieja y mi leche se ha secado me han abandonado y no me dan ni siquiera de beber. Por lo tanto, cocodrilo, creo que tienes razón —sentenció la vaca.

Ya se disponía el cocodrilo a comerse al niño cuando un asno fue a beber.

—¡Espera! —gritó el chico—. Contemos nuestras historias al asno.

—¡Chico! —gritó enfurecido Bambo—, no importa lo que él diga, te voy a comer de todos modos.

—Aun así, pidamos una tercera opinión, por favor —rogó el joven.

Contaron su historia al asno y este, después de escuchar atentamente dijo:

—Cocodrilo, escucha, cuando yo era joven los humanos ponían sobre mi lomo todo tipo de cargas y me pegaban, pero ahora soy viejo y casi no puedo cargar ni conmigo mismo, por esta razón me han abandonado. Dejaron de darme hierba para comer y me negaron incluso el agua. Los humanos son los seres más ingratos de este mundo. Así que puedes comértelo —sentenció el asno.

—¡Ya lo has oído! —exclamó Bambo—. No pienso dejarte libre, no hay nada que te pueda salvar.

Pero antes de hincarle el diente, un conejo pasó corriendo hacia el río.

—Por favor, por favor, contemos también nuestra historia al conejo —suplicó de nuevo el muchacho.

—¡Chico! Tengo hambre y empiezo a estar aburrido de este juego —exclamó el cocodrilo.

—¡Oh! ¡Por favor! Sólo una vez más —insistió el chico.

—De acuerdo, pero el conejo va a ser el último al que vamos a consultar.

Llamaron al conejo y el niño empezó a contar la historia, pero el conejo lo interrumpió:

—¡Cállate! He oído hablar de lo mentirosos que son los humanos. ¡Que hable primero el cocodrilo!

Bambo empezó a hablar, pero el conejo lo interrumpió:

—Perdona, amigo, mis orejas son muy grandes pero no oigo muy bien. ¿Podrías acercarte un poco?

El cocodrilo y el chico avanzaron unos pasos hasta que el agua llegó al pecho del muchacho. El cocodrilo empezó de nuevo a hablar y el conejo volvió a decir:

—Perdona de nuevo, cocodrilo, pero aún no puedo oírte. Por favor acércate hasta la orilla.

El chico y el cocodrilo así lo hicieron y primero uno y después el otro, contaron su versión de la historia al conejo. Después de oír al muchacho, el conejo exclamó:

—¡Ya sabía yo que los humanos sois todos unos mentirosos! ¿Esperas que crea que siendo tan pequeño y el cocodrilo tan grande lo has podido cargar desde la colina hasta aquí? ¡Demuéstrame cómo lo has hecho!

El chico cogió los dos palos, puso al cocodrilo encima de uno de ellos y el otro sobre su lomo. Después lo ató desde la cabeza hasta la cola. ¡El cocodrilo estaba atrapado! No podía moverse. Entonces el conejo preguntó:

—Niño, ¿le gusta la carne de cocodrilo a tu gente?

—Es la carne que más les gusta.

—Bien, entonces aquí tienes tu presa —dijo el conejo.

El chico cargó con el cocodrilo y lo llevó hasta su casa. Mientras, el cocodrilo lloraba y cantaba:

El chico me da miedo,

porque me comerá.

¡Ay!, miedo me da!

Al llegar a la aldea, todos empezaron a gritar:

—¡Mirad! ¡Nuestro muchacho fue a por leña y nos trae un cocodrilo!

—Y esto no es todo —dijo el chico—, también hay un conejo entre los matorrales. ¡Tenemos que cazarlo!

Al oír aquello, el conejo exclamó:

—¡Debo huir y ocultarme! Realmente, los humanos son los seres más ingratos que existen.

Y aunque buscaron al conejo hasta el anochecer, no pudieron dar con él. Cuando finalmente desistieron y estaban volviendo a casa, el conejo llamó al chico y le dijo:

—Lo que afirmaron el árbol, la vaca y el asno sobre los seres humanos es totalmente cierto. Fui yo quien te salvó la vida, y ahora tú quieres comerme del mismo modo como el cocodrilo quiso hacer contigo. ¡No quiero volver a saber nada más de ti!

Se dice, que es por este motivo que los conejos corren tan rápido al ver a un ser humano. Cuentan, que antes de que esto sucediera, si alguien se perdía en la selva, un conejo siempre salía para indicarle el camino de regreso.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar «El chico y el cocodrilo» con la voz de Angie Bello Albelda

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El conejo y el cocodrilo

Hace mucho tiempo, el conejo y el cocodrilo eran amigos. Un día, la madre del cocodrilo se puso muy enferma y su hijo la llevó al hospital. Después de atenderla, el médico le dijo al cocodrilo:

—La cura de la enfermedad de su madre es el corazón del conejo.

Al oír eso, el cocodrilo salió desesperado y atravesó el río en busca del conejo. Cuando éste lo vio venir con una gran cara de tristeza, le preguntó:

—¿Amigo estás bien? ¿Qué ocurre?

—No, no estoy bien, mi madre está enferma y no consigo llevarla al médico por eso vengo a pedirte ayuda —le contestó el cocodrilo.

El conejo, sin desconfiar, aceptó ayudar a su amigo y se fueron juntos. Pero al rato, el cocodrilo le dice al conejo:

—Discúlpame amigo mío. La verdad es que vine a sacarte de tu casa para matarte porque el médico dice que tu corazón sirve para curar la enfermedad de mi madre.

Y el conejo, espabilado y listo, le contesta:

—Si es así, ¿por qué no me lo dijiste en mi casa? Tenemos que volver porque a mí no me gusta andar por ahí con mi corazón y siempre lo dejo en casa. Pero no te preocupes, que te daré no uno sino dos corazones.

Y así volvieron juntos a la casa del conejo.

Cuando llegaron este le advierte:

—Amigo mío aquí en casa tengo muchos corazones y nadie tiene que saber dónde los guardo, así que tendrás que esperarme aquí fuera.

El conejo entró dentro y escapó y nunca más volvieron a encontrarse. Y no sabemos si la madre del cocodrilo se murió o no, pero lo que sí sabemos es que colorín colorado este cuento ha terminado.

O casi ha terminado…
¡Sigue leyendo, por favor!

 –

Esta preciosa historia la ha escrito e ilustrado un alumno de 7º curso de la Escuela Primaria de Wimbe, situada en Pemba (Mozambique), y es solo una pequeña muestra de lo que encontrarás en el libro Cuentos de los Niños del Mañana. Fábulas tradicionales de Mozambique.

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Si alguna vez te has preguntado cómo aportar tu granito de arena para conseguir que el mundo sea un lugar mejor para todos, la respuesta es tan sencilla como invertir 7€ para adquirir el libro completo en formato pdf, o invertir 10 € y adquirir el libro completo en formato impreso, como el que ya tenemos nosotros y del que, con el permiso de Lara Ripoll, la persona que lo ha hecho posible, hemos copiado el cuento de este martes.

Pincha sobre la imagen para saber más cosas sobre estos pequeños artistas y de cómo puedes ayudar a construir un futuro mejor para muchos niños.

¡Comparte cultura!

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FIN

Waldo y la bolita de mazapán

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Ilustración: Hans Wilhelm

Era un precioso día de verano y Waldo no quería seguir sentado en casa, así que puso sus bolitas de mazapán preferidas dentro de la mochila y se dirigió a la montaña.

Para poder ver mejor el panorama, Waldo trepó a un alto pino, se sentó y se puso a contemplar el paisaje.

Este ascenso me ha dado hambre –se dijo y metió la mano en la mochila. Pero una bolita de mazapán le resbaló entre los dedos y se cayó.

—¡Ay! —se lamentó Waldo—, mi apetitosa bolita de mazapán, ¡tengo que recuperarla!

La bolita de mazapán cayó en la cabeza de Ricky, la ardilla.

—¡Ey! —dijo Ricky— cuando vio lo que la había asustado— ¡Una estrella fugaz! ¡La quiero! —y saltando del árbol se fue tras ella.

La bolita de mazapán despertó de sus sueños a Ula, la lechuza.

—¡Uh-uh-uh! —dijo— ¡Una perla del cielo! ¡Soy rica! —Y salió volando tras ella.

Ahora, la bolita de mazapán cayó, directamente, sobre la cabeza de Boby, el oso, que dormía bajo el árbol:

—¡Buuuu! —gritó— ¡Qué impertinencia! ¿Quién me ha despertado? ¡Es un botón de pantalón!, ¡y es grande! —dijo Boby— ¡Lo quiero! —Y se puso a correr detrás de la bolita de mazapán.

La bolita de mazapán empezó a rodar por la montaña y rebotó en la cabeza de Misha, el mapache.

—¡Oh! ¡Qué manzana tan bonita! —Se sorprendió Misha— ¡La quiero probar! —Y corrió a toda prisa tras la bolita de mazapán. Pero no era nada fácil atraparla.

La bolita despertó a Benny, el conejo.

—¡Una pelota para jugar! —dijo— ¡Esto es lo mío! y empezó a brincar tras la bolita a grandes saltos.

La bolita de mazapán siguió rodando y saltando, hasta que aterrizó sobre la cabeza de la gata Mina, que saltó enfadada.

—¡Un ratón!, ¡Un ratón! ¡Espera, que te vas a enterar! —Y empezó a perseguirlo.

Todos corrían tras la bolita de mazapán y decían:

—¡Mi estrella!

—¡Mi perla!

—¡Mi botón de pantalón!

—¡Mi manzana!

—¡Mi pelota!

—¡Un ratón, un ratón!

Pero la bolita de mazapán seguía rodando delante de ellos.

—¡Te pillé! —dijo Waldo al mismo tiempo que daba un salto gigante para atraparla.

Extendió la mano para coger la bolita de mazapán, pero la bolita resbaló de nuevo entre sus dedos y rodó, ¡adiós bolita!, metiéndose en un agujero que había en la pared.

—¡Ooooooooh! —gritaron a la vez decepcionados todos los que iban tras ella. Y, seguidamente, oyeron como alguien se relamía.

Era Frida, la ratoncita. Ella sí que sabía apreciar una sabrosa bolita de mazapán, así que… ¡se la comió entera!

FIN