creación

El conejo y el venado

Cuentan, que hace mucho, mucho tiempo los animales no eran como son ahora. Dicen, que cuando el Gran Señor de los Montes los creó les dio otro aspecto…

El conejo, por ejemplo, no era como lo conocemos, porque en lugar de sus grandes orejas tenía dos cuernos en medio de la cabeza… Sus cuernos eran casi del tamaño de su cuerpo y pesaban una barbaridad, así que el pobre animal casi no podía brincar, que ya se sabe que es su modo favorito de moverse por el campo.

Entre los seres creados estaba también el venado, un animal veloz y hermoso pero al que algo, en su aspecto, lo afeaba: su cabeza parecía demasiado pequeña en comparación a su cuerpo y de ella colgaban dos largas orejas, que aún le daban un aspecto más extraño.

Un día, el venado oyó que el conejo tenía unos majestuosos cuernos, así que fue a buscarlo y después de mucho andar, dio con él.

—¡Conejo, conejo! —gritó con todas sus fuerzas.

—¿Quién me llama? —inquirió el conejo.

—Soy yo, el venado. He venido hasta aquí para admirar tus bellos cuernos.

—¡Ay, venado!, cierto que son muy bonitos, pero ¡ni te imaginas lo que pesan! Apenas puedo brincar con ellos —contestó compungido el conejo.

Al venado se le iluminaron los ojos. Era el momento de poner en marcha su plan:

—Conejo, ¿qué tal si te libero un rato de tu peso? Préstame tus cuernos, que quiero ver cómo me quedan a mí.

El conejo se los prestó, y el venado se dirigió al lago para admirarse con su nueva imagen.

—Estos cuernos me quedan mucho mejor que mis orejas largas —pensó el venado.

El conejo, entretanto, esperó y esperó, pero el venado no volvía con los cuernos que le había prestado.

—¡Venado!, ¿dónde estás? —llamó a gritos—. ¡Devuélveme mis cuernos!

Pero el venado, que ahora corría feliz entre la hierba, le contestó también gritando:

—¡No! ¡Ni hablar! ¡Ahora son míos!

Muy enfadado, el conejo se lanzó en su persecución dando grandes brincos, pues ahora, sin la cornamenta sobre su cabeza, era mucho más ligero.

—¡Venado, devuélveme los cuernos! ¡Venado, devuélveme los cuernos! —gritaba cada con cada salto.

Cuando los dos se cansaron de correr, se sentaron sobre la hierba y el venado, mirando al conejo, le dijo:

—Ay, conejo, te veo raro sin nada sobre la cabeza. La verdad es que estás un poco feo. ¿Sabes qué?, como no pienso devolverte tu cornamenta porque a mí me queda mucho mejor que a ti, te regalo mis orejas.

Dicho y hecho. Puso junto al conejo las dos largas orejas y se marchó veloz de allí.

El conejo no tuvo más remedio que colocarse aquellas largas orejas sobre la cabeza y, en cuanto lo hizo, empezó a escuchar el canto de los pájaros, el ruido del viento y hasta oyó, a lo lejos, el ruido de las pezuñas del venado contra el suelo. Se puso muy contento, pues ahora tenía las mejores orejas del mundo, y, además, se había librado de sus pesados cuernos y podía brincar tan alto como quisiera.

Feliz, el conejo pensó que, después de todo, aquel cambio no había sido tan mala idea.

FIN

¡No me jorobes!

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Ilustración: stefanogesh

Al principio del mundo, cuando todo era joven y nuevo y los animales empezaban a repartirse los trabajos para ayudar al hombre, había un dromedario muy holgazán, habitante del desierto Bramante, en el que siempre bramaba el viento, que se negaba a trabajar. Se pasaba el día tendido en la arena, tomando el sol y masticando palitos. Cada vez que alguien le dirigía la palabra, contestaba invariablemente:

—¡No me jorobes!

Solo contestaba eso, «¡No me jorobes!». Nada más. Después, seguía durmiendo o masticando ramitas, sin hacer caso de nada ni de nadie.

Un lunes por la mañana llegó hasta el desierto en el que habitaba el dromedario un caballo. Llevaba una silla de montar y un freno en la boca.

—Dromedario, dromedario ya tengo trabajo. Ven a trotar conmigo.

—¡No me jorobes!

El caballo se alejó de allí y fue a contarle al hombre lo que le había dicho el dromedario.

Después, recibió la visita de un perro con un palo en la boca que le dijo:

—Dromedario, dromedario ven a atrapar cosas con la boca para devolvérselas al hombre.

—¡No me jorobes!

El perro se marchó y fue a contarle al hombre lo que había dicho el dromedario.

Tras el perro, llegó un buey con su yugo al cuello:

—Dromedario, dromedario ven conmigo a arar los campos.

—¡No me jorobes!

El buey se marchó y le contó al hombre lo que había dicho el dromedario.

Aquella misma noche, el hombre convocó al caballo, al perro y al buey y les comunicó lo siguiente:

—¡Ay!, amigos míos, lo siento muchísimo, pero está visto que ese jorobador del desierto Bramante no sirve para nada, de lo contrario, ya estaría aquí colaborando con nosotros. Es terriblemente perezoso y no puedo hacer otra cosa que dejarlo en paz; pero entended que alguien tendrá que hacer su trabajo, así, que lo repartiré entre vosotros tres para compensar. A partir de mañana, tendréis que trabajar el doble.

Aquello enfureció mucho al trío, que celebraron enseguida, al borde del desierto, una larga reunión, un panchayat. un powwow y una indaba.

El dromedario, que merodeaba por allí cerca masticando hierbajos, se acercó con parsimonia hasta donde estaban y dijo indolente:

—¡No me jorobes!

Y dicho esto, se marchó por donde había venido.

Así estaban las cosas, cuando apareció un genio rodando en una nube de polvo (los genios del desierto se trasladan de este modo) y se detuvo ante los tres que celebraban la tediosa conferencia.

—Genio del desierto, ¿te parece justo que en un mundo tan nuevo habite un ocioso?

—¡Claro que no! —respondió el genio.

—Pues bien —prosiguió el caballo—, que sepas que en medio de tu desierto vive alguien de largas patas y cuello largo que desde el lunes no ha hecho nada de nada. Ni siquiera quiere trotar.

—¡Fiuuuuuuuu! —Silbó el genio a modo de respuesta—. Seguro que te refieres al dromedario. ¿Y él qué dice?

—Dice «¡No me jorobes!» —contestó el perro— Y tampoco quiere recoger un palo y llevarlo de vuelta al hombre.

—¿Dice alguna otra cosa?

—Solo «¡No me jorobes!», y tampoco quiere arar —añadió el buey.

—Bien —afirmó el genio—, esperad un minuto y veréis cómo lo jorobo yo a él.

El genio, en su polvoriento transporte, se fue a buscar al dromedario y le dijo:

—Larguirucho y haragán amigo, ¿es cierto que te niegas a entrar en el reparto de tareas de este mundo nuevo?

—¡No me jorobes! —respondió el dromedario.

El genio se sentó frente a él con la barbilla apoyada en su mano y empezó a pensar en un poderoso encantamiento. Mientras tanto, el dromedario admiraba su estilizado reflejo en un charco de agua.

Por fin, habló el genio:

—Desde el lunes no trabajas y, por tu culpa, hay tres que han de repartirse tu trabajo.

—¡No me jorobes! —exclamó el dromedario.

—Yo, de ti, no volvería a decir eso —le advirtió el genio— y me pondría a trabajar ahora mismo.

Y entonces, el dromedario repitió:

—¡No me jorobes!

Nada más pronunciarlo, su recta espalda, de la que estaba tan orgulloso, se hinchó y se hinchó, hasta que se formó sobre ella una enorme joroba.

—¿Te das cuenta? —dijo el genio— Tú mismo te has jorobado por haragán. Hoy es jueves, y desde el lunes, cuando se empezaron a repartir los trabajos, tú has estado ocioso. Ahora vas a tener que hacer algo.

—¡No me jorobes!, ¿cómo pretendes que haga algo con esta joroba en la espalda? —replicó el dromedario.

—Esa joroba tiene un propósito: con ella podrás vivir tres días sin comer ni beber, los mismos días que no has trabajado. No podrás decir que no he hecho nada por ti. ¡Joróbate! Y ahora únete al trío y cumple con tu parte.

Desde aquel día y hasta hoy, el dromedario, cargado con su joroba —aunque es mejor decir «giba», para no herir sus sentimientos—, trabaja, aunque nunca ha podido recuperar los tres días que perdió al principio del mundo ni tampoco, según cuentan caballo, perro y buey, ha aprendido a comportarse.

FIN

La llave de la felicidad

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Ilustración: ciclomono

Cuando el universo aún olía a nuevo y diosas y dioses andaban atareados fabricando y construyendo aquí y allá mundos con mares, montañas y cielos, hete aquí que uno de ellos, que se sentía terriblemente solo, creó la Tierra y quiso poner sobre ella a un ser que lo acompañara y le diera conversación.

Se puso manos a la obra y creó el oro, la plata y los diamantes; pero aunque todos eran preciosos, no consiguió que le hablaran.

Creó las nubes, las estrellas y la arena; pensando que, como eran infinidad, alguno tendría el don de la palabra, pero tampoco le dijeron nada.

De sus manos salían objetos bellos, pero incapaces de hablar.

Entonces, creó un mosquito, que hablaba demasiado y le impedía dormir, porque cuando no le hacía caso, lo despertaba de un picotazo. No tuvo más remedio que apartarlo de su lado y enviarlo a la Tierra para que volara a sus anchas.

A continuación creó un gato, pero no tardó en darse cuenta de que era un animal demasiado independiente y que cuando lo llamaba para conversar, nunca estaba cerca. También lo mandó a la Tierra, para que la recorriera entera.

Seguidamente creó un perro, pero con él no podía tener buenas conversaciones; solo escuchaba y siempre le daba la razón en todo. Además, obedecía sin rechistar le pidiera lo que le pidiera. Aun las cosas más extrañas, el can las hacía gustosamente, y aunque desde su creación siempre fueron muy buenos amigos, tampoco al dios le sirvió como conversador.

Elefantes, rosas, palmeras, tigres, caimanes, águilas, anguilas… creó infinidad de animales y plantas, pero las tertulias con ellos no fueron lo que esperaba.

Más tarde, creó un ser de fuego que se le parecía mucho y lo llamó «ángel». Con él vivió largas tardes de charlas interesantes hasta que, un buen día, el ángel encontró por casualidad una llave que aquel dios guardaba en uno de sus bolsillos, abrió con ella la puerta de la felicidad y se fundió en el resplandor de su creador.

Y todo volvió a empezar, porque el dios quedó tan solo como lo había estado al principio.

Después de tantos fracasos, la divinidad paró de crear y reflexionó durante algunos siglos, pasados los cuales, decidió crear un nuevo ser con el que poder hablar; lo moldearía con barro y lo llamaría «humano» y también se le parecería, pero como no quería que volviera a ocurrir lo que había ocurrido con el ángel, antes debía pensar el modo de impedir que su nueva creación hallara la llave de la felicidad ya que, si lo hacía, volvería a quedarse solo.

Siguió cavilando, pero no se le ocurría nada. Se preguntaba dónde podría ocultar la llave para que el hombre no diese con ella. Tenía, desde luego, que esconderla en un lugar recóndito donde nunca jamás pudiera hallarla nadie.

Pensó en ocultarla en el fondo del océano, en una cueva abisal custodiada por siete tritones y dos pulpos gigantes, pero no le pareció un lugar seguro, porque sabía que los hombres, un día, navegarían los mares y la llave podría salir a flote.

Pensó también en ocultarla en una caverna del Himalaya y poner un yeti para que vigilara la puerta, pero aquel tampoco era un lugar seguro; llegaría un tiempo en el que los seres humanos pisarían aquellas nieves eternas.

Incluso pensó en ocultarla en un remotísimo rincón sideral, pero en un futuro lejano, la humanidad volaría por el espacio estelar recorriendo el universo entero y acabaría por dar con ella. ¡Ni siquiera estaría segura atada a la cola de un cometa!

Ninguno de aquellos lugares satisfizo al dios y pasó quince siglos en vela dándole vueltas al asunto y preguntándose cuál sería el lugar más seguro para esconder la llave de la felicidad. Descartó el oro, la belleza y la tierra. Descartó la plata, los diamantes, los palacios suntuosos y el amor. Descartó el orgullo, la fama y la envidia… Estaba convencido de que el hombre terminaría por encontrar la llave la pusiera donde la pusiera y ningún escondite le parecía suficientemente seguro. Una sola pregunta daba vueltas en su mente: «¿Dónde la ocultaré…?»

A la mañana del sexto día del decimoquinto siglo, cuando el sol disipaba la bruma matutina, el dios abrió de súbito los ojos y sonrió. Se le acaba de ocurrir el escondite perfecto. El único lugar en el que nadie buscaría jamás la llave de la felicidad y ese lugar era dentro del hombre mismo.

Fue así como aquel dios creó al ser humano a su imagen y semejanza y en su interior ocultó la llave de la felicidad. Desde entonces, los hombres no han parado de buscarla en los lugares más recónditos y extraños, sin sospechar que los acompaña vayan adonde vayan y hagan lo que hagan. Muy pocos humanos conocen este secreto, pero sabréis enseguida quiénes lo han descubierto porque, si os fijáis bien, las personas que encuentran la llave de la felicidad desprenden una luz especial.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar «La llave de la felicidad» con la voz de Angie Bello Albelda

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El Bosque Azul

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Ilustración: esyre

Cuentan que todos los animales que están en el mundo entraron por las tres puertas que había en un principio. Por una puerta pasaron los que andan por el agua; por otra, los que vuelan, y por otra, los que viven en la tierra.

Por esta última puerta pasaron, antes que todos, el elefante, el león, el tigre y el oso y la cerraron, para que nadie se colara sin permiso.

Uno de ellos, por turno, era portero. Y los otros animales que iban llegando tenían que explicar qué servicios le darían al mundo. Si no servían para nada, no los dejaban entrar.

Aceptaron enseguida al mono, porque quería ser portero. Y también entraron muchos otros animales, después de explicar cada uno qué sabía hacer.

Los más chiquitos, como el piojo, la pulga y el mosquito se colaron en este mundo de contrabando, escondidos en el pelaje de animales más grandes.

Cuando ya fueron muchos, buscaron un lugar donde reunirse a conversar y eligieron el Bosque Azul.

Allí discutían todos los temas que les interesaban, y lo que decidían era ley para todos.

Un día llegó a la puerta de los animales terrestres uno que tenía cuatro patas escamosas, una cola larga con plumas blancas y negras, pico chato y ojos grandes. En la barriga tenia plumas y en el lomo un caparazón.

Este animal tan raro golpeó la puerta y esperó a que le abrieran.

El elefante preguntó:

—¿Tu nombre?

—Muliñandupelicascaripluma.

—¿Cómo? No entiendo. Escríbelo, por favor.

—No sé escribir.

—Ah… ¿y quieres entrar en el mundo?

—Para eso vine.

—¿Sabes que aquí todos trabajan y que es necesario servir de alguna forma?

—Si tú lo dices, así será.

—Veo que no tienes trompa. ¿Cómo haces para comer?

—Como puedo.

—¿Y qué es lo que comes?

—Lo que venga.

El elefante consideró que el caso era demasiado complicado y llamó al león, al que todos habían elegido presidente de la asamblea de los animales.

El león preguntó:

—¿Qué servicios nos prestarás?

—Los que me toquen.

Al león también le pareció complicado el asunto, así que llamó al mono, quien ya había conseguido que el león lo nombrara su secretario para las reuniones en el Bosque Azul.

Vino el mono, miró a ese bicho tan raro y le preguntó:

—¿Comes bananas?

—Si es algo bueno…

—¿Te gustan los cocos?

—Dame uno para probarlo.

—¿Sabes abrirlos?

—Dámelos abiertos.

—¡Este quiere engañarnos! —exclamó el mono.

El león rugió y el extraño animal que quería entrar dijo, asustado:

—Los servicios que prestaré serán muy grandes. Para alimentarme libraré al mundo del animal más inútil.

—Por ahí deberías haber empezado —dijo el león—. Vamos a estudiar tu caso. Quédate afuera y espera nuestra decisión.

A la noche, los animales se reunieron en el Bosque Azul.

El mono se puso los lentes y leyó:

—Vamos hablar del Muli…. ñandú… peli… cascari… pluma.

En seguida se oyeron risas y silbidos.

Pidió la palabra el tigre y dijo:

—Yo no puedo creer que exista un animal con semejante nombre. Me parece que se burla de nosotros.

—¡Silencio! —rugió el león—. Que el secretario vuelva a leer el nombre del candidato.

Así lo hizo el mono y esta vez nadie se atrevió a chistar.

El hipopótamo pidió entonces la palabra y dijo:

—Propongo que se acorte ese nombre.

—Yo le sacaría eso de “pluma” —opinó el lobo—. No sirve más que para confundir.

—Yo pido que se le saque lo de “cáscara” —dijo el zorro.

—Y yo, “dupeli” —agregó el tigre.

Entonces dijo el león:

—Que el secretario lea el nombre final.

Y leyó el mono:

—Muliñán.

—Suena bien —dijo el hipopótamo—. Mu-li-ñán…Mu-li-ñán

—Ahora —continuó el león— hay que resolver si se le permite o no la entrada. Él asegura librará al mundo del animal más inútil, pues se alimentará de él.

—Pido la palabra —intervino el búho—. Para entrar en el mundo todos demostramos nuestra utilidad. El Muliñán tiene que explicarse. ¡Aquí todos servimos para algo!

—Puede haber habido algún error —observó el cóndor—. El señor búho, por ejemplo, todavía no se sabe para qué sirve.

—Sirvo —respondió el búho— para comer muchos bicharracos que hacen daño. Yo no ataco, como algunos, a las aves más hermosas y más buenas.

—Pido la palabra —rebuznó el burro—. Propongo que se lo destine a reemplazarnos en nuestros trabajos. ¿Por qué tenemos que cargar cosas pesadas?…

—Quisiera saber —preguntó la martineta— cuáles serían entonces los servicios que prestaría el burro.

—Me dedicaría a la música. Creo que mis rebuznos son una prueba de talento para el arte.

El león pidió silencio, y le dio la palabra al oso hormiguero, que dijo:

—¡Dejemos al burro y sus rebuznos y pensemos en el Muliñán!

El león concedió la palabra al elefante, que dijo:

—Voto por dejar entrar al Muliñán. Propongo que se dedique a perseguir y comer a los ratones.

—¡Qué disparate! —dijo el búho—. El elefante olvida que ya existimos los encargados de comernos a los ratones.

—Propongo —dijo el lobo— que nos vayamos a dormir y que, con más calma, mañana por la noche terminemos de considerar esta cuestión.

A la noche siguiente, al empezar la asamblea, el tigre exclamó:

—¡Señor presidente! La asamblea se ha reunido nada más que para resolver si entra o no el Muliñán.

—¡Señor presidente! —añadió el leopardo con tono llorón—. ¡Me preocupa la situación de ese animal que quiere entrar! Hablamos y hablamos sin resolver nada. ¡Se va a morir de hambre!

Y la pantera lloraba a lágrimas viva, mientras decía:

—¡Pobrecito Muliñán!… ¡Esperando tanto tiempo!… ¡Y no se decide nada!

El benteveo pidió la palabra:

—Estoy conforme con que el Muliñán entre y se alimente de lo más inútil del mundo. Yo creo que lo más inútil es lo más feo, y lo más feo es el murciélago.

—El murciélago, señores —mugió el búfalo— es un animal muy útil. Durante las noches, caza sin descanso una cantidad de bichitos odiosos que luego molestan durante el día. Yo propongo que el Muliñán se alimente de tábanos.

—Si seguimos así —interrumpió el zorro—, nunca llegaremos a una solución.

El búfalo no ha calculado los millares de tábanos diarios que necesitaría el Muliñán para alimentarse.

El elefante se acercó al presidente y le habló al oído. Cuando se retiró, el león dijo:

—El elefante ha venido a anunciarme que Muliñán nos pide una respuesta.

Hubo un instante de silencio, y luego una batahola de bufidos, cacareos y silbidos.

—Pido la palabra —gritó el pavo—. ¡Nuestra situación es intolerable, nos rellenan y nos comen! ¡Propongo que el Muliñán sirva para eso: que lo engorden, y lo metan en el horno y se lo coman en Navidad!

Sus palabras provocaron fuertes carcajadas.

La nutria opinó:

—Nunca oí una pavada más grande que la que acaba de decir el pavo. ¡Hasta el lirón se ha despertado con tanta risa!

La comadreja pidió la palabra y dijo:

—Propongo que aceptemos al Muliñán, con la condición de que coma lo más inútil, que son las víboras y las serpientes.

—¡Qué disparate! —exclamó la perdiz—. Víboras y serpientes se alimentan de ratas y ratones que devoran las cosechas.

—Los más inútiles —señaló el cóndor— son los buitres y los caranchos, esas desagradables aves de rapiña.

—¡Apoyado! —exclamó el águila.

—Sin embargo —replicó el ciervo—, limpian el campo al alimentarse de los animales muertos.

—¡Los inútiles son ellos! —afirmó el carancho, mirando al cóndor y al águila con desprecio.

—Los inútiles —chilló la ardilla— son los peces. Imposible comerlos… ¡No sirven para nada!

—¡Y qué sabes tú sobre peces! —le contestó la gaviota.

—¡Señores —dijo el lobo—, no perdamos tanto tiempo. Lo único inútil es lo que está debajo de la tierra.

—¡Que el Muliñán se alimente de lombrices!

—¡Que salga la lombriz! ¡Que hable y se defienda! —ordenó el león.

Ante la sorpresa de todos, la humilde lombriz se asomó a la superficie de la tierra y dijo:

—¿Ustedes dicen que yo no sirvo para nada? Si estoy aquí es porque soy necesaria, quizá más que ningún otro de los animales.

Las risas, cacareos, chillidos y rebuznos obligaron a la lombriz a suspender su discurso.

Cuando se callaron continuó:

—Debería darles vergüenza: ¡Todos ustedes viven gracias a nosotras!

—Vamos, vamos —replicó el lobo—. ¡Hay que hablar claro!

—¡Silencio! –rugió el león.

Todos callaron y la lombriz continuó:

—Si la tierra no está en buenas condiciones, no pueden existir los vegetales, y tampoco los animales. ¿Y quiénes son las encargadas de trabajar la tierra para que sea fértil? Somos nosotras las que renovamos la tierra trabajando día y noche. Excavamos, ventilamos y purificamos. Sin nosotras, el suelo sería reseco y duro. Por eso somos tan numerosas, para que en la tierra exista vida.

—Recibimos una lección de quien está tan abajo, tan abajo que ni sabía yo que existía —dijo el cóndor.

—¡Con todo mi poder, yo sería incapaz de realizar la tarea de la lombriz! —exclamó el león.

—¡Un aplauso, señores, por estas palabras! Los más pequeños también somos importantes —zumbó el mosquito.

—¡Alto ahí! —gritó el mono secretario—. Ese no tiene derecho a opinar. ¡Es de los que se colaron!

Pero el mosquito, al oír las primeras palabras del mono, ya se había escapado.

—¡Lo que dijo la lombriz —añadió el cascarudo— debe servir para que se nos tenga más consideración a los humildes y no seamos pisoteados por los grandes.

—Ya ven —agregó la golondrina— que todos los seres son de alguna utilidad. Los mosquitos se colaron en el mundo, pero nosotras nos alimentamos de ellos durante el día y los murciélagos los comen de noche.

—Es muy útil que alguien se coma los mosquitos y los tábanos —dijo la cebra.

—Este desorden es intolerable —exclamó el tigre.

—¡Señores! Lo mejor será que votemos por sí o por no. ¡Que el secretario junte los votos! —decidió el león.

Así lo hizo el mono secretario, pero era tan grande la batahola, que era imposible saber qué opinaba la mayoría. Algunos, muy astutos, habían votado dos veces. Otros, como los murciélagos, hacían ruidos que nadie entendía.

Ante la confusión, el león resolvió darle tiempo al Muliñán para que pensara en qué podría ser útil y de qué se alimentaría.

Dicen que, cada tanto, los animales vuelven a reunirse en el Bosque Azul. Pero todavía no pudieron tomar una decisión sobre el Muliñán. Por eso, ese raro animal aún no ha entrado en el mundo.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar «El Bosque Azul» con la voz de Angie Bello Albelda

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Los mosquitos (o ¿por qué los mosquitos me pican a mí?)

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Ilustración de Joan Batllori i Comas coloreada por Hermes, de Tintas Creativas

 

¿Conocéis un animal que va haciendo «zum, zum», se alimenta de sangre y muchas veces lo hace cuando estamos durmiendo?… ¿No? Otra pista. Una vez que ha comido la sangre que necesita, te deja en el cuerpo un granito que pica, ¡y pica mucho! Sí, exacto, ¡el mosquito!

Tenéis que saber que si los mosquitos nos molestan y nos importunan con sus picaduras, es culpa… No, no tiene nada que ver con que tengamos más o menos azúcar, sino que….

 

Hete aquí que hace mucho, mucho tiempo, cuando las ranas tenían pelo y la música aún no existía, que los mosquitos no comían sangre. Se dedicaban a comer néctar como sus parientes a rayas, las abejas, o sus primos lejanos, los colibrís. No probaban sangre de ningún tipo; ¡ni tan siquiera había pasado por su diminuta cabeza hacerlo! Eran felices teniendo lo que tenían y punto.

Era un tiempo en que la convivencia entre especies era pacífica y todos se entendían. La única ley que existía era la ley de la naturaleza. Todo ser vivo sabía que esa ley consistía en comer y ser comido, pero no por ello se guardaban rencor. Cuando los lobos cazaban jabalíes, lo hacían con el más profundo respeto hacia la otra especie y también todo el mundo sabía el valor de las hierbas y de las plantas que les servían de alimento. Pero al cabo de unos cuantos años, llegó al planeta una nueva especie.

Aquella especie andaba sobre dos patas y poseía una gran inteligencia capaz de crear lo que llamaban herramientas. Como habréis podido adivinar, esa especie era el ser humano. Poco a poco, fue adquiriendo la supremacía sobre el resto de los seres vivos, creyéndose mejor y superior al resto del mundo.

Así pues, con el paso del tiempo, fue colonizando todos los hábitats naturales, echando a las especies que habitaban en ellos. Comenzaron con las cuevas, donde vivían los osos y los tejones; luego, se apropiaron de las tierras de pasto de las cabras para edificar sus pueblos. En otros lugares en lugar de quedarse con las tierras, colonizaron los árboles, y echaron de ellos a los pájaros que los habitaban.

Al principio, los animales intentaron sublevarse contra ese ataque indiscriminado de sus lugares de caza y pesca y de sus hogares, pero por mucho que se esforzaban no había forma; el hombre siempre se inventaba alguna de sus llamadas herramientas para hacer frente a los ataques. Así que, unas tras otras, todas las bestias se fueron retirando y se hicieron cada vez más escasas y evasivas.

Esta situación también afectó a los mosquitos, los cuales vivían en las praderas, junto a los gamos y otros animales, disfrutando de las flores, del cielo y de la brisa cálida del verano. Pero con la llegada del ser humano, se vieron relegados a vivir en los pantanos, donde las flores apenas crecían y, muchas veces, la suciedad hacía casi insoportable la vida. Los mosquitos, muy furiosos, se reunieron en comité para encontrar una solución urgente a dicha situación. Pero por mucho que discutían, charlaban y se gritaban unos a otros, no había forma de hallar respuesta alguna a todos sus interrogantes.

Fue en esa época, que un mosquito que estaba revoloteando por uno de los pocos prados que aún quedaban, divisó una flor amarilla preciosa, casi al final de la verde pradera. Al verla, no se lo podía creer, debía de ser la última flor de la temporada, «su néctar será delicioso», pensó el mosquito.

Ya estaba a punto de llegar, cuando apareció un hombre que arrancó la flor para poder olerla. Cuando el mosquito vio esta atrocidad, no pudo contener la ira que había ido creciendo en su interior y se lanzó contra aquel ser que era mil veces más grande que él y, con toda su furia, le clavó en el brazo la trompa que hasta ese momento le había servido para chupar el néctar. Extenuado como estaba y aún con la trompa clavada en el brazo, aspiró profundamente y una bocanada de sangre le entró en la boca.

Justo en ese momento, descubrió el secreto mejor guardado hasta entonces de la naturaleza: los seres humanos eran hijos de las flores, pero ni ellos mismos lo recordaban. Aquella bocanada de sangre que había probado era la cosa más dulce que había saboreado jamás, más que el néctar. Fue entonces cuando decidió ir a hablar con el consejo de sabios de los mosquitos.

Y allí, en medio del pantano, los mosquitos decidieron poner en práctica lo que hasta hoy siguen haciendo: a partir de aquel día, se alimentarían de la sangre de los humanos, y no dejarían de hacerlo hasta que aquellas nuevas bestias no se comportaran con armonía con la naturaleza y los mosquitos y el resto de los animales recuperaran sus posesiones.

FIN