cuento del martes

El zorro y el conejo

Ilustración: ShoJoJim

Había una vez un conejo que había construido su madriguera junto al muro de un campo sembrado de zanahorias. Un día, el conejo, que andaba desayunando una hermosa zanahoria, vio a un zorro que, pegado al muro, se acercaba andando. El conejo calculó la distancia que lo separaba de su madriguera y comprendió que no iba a tener tiempo de esconderse, así, que apoyó la espalda en el muro e hizo fuerza contra él. Al verlo de esa guisa, el zorro le preguntó:

—Amigo conejo, ¿qué haces?

—¡Vaya pregunta!, ¿acaso no lo ves? ¡Sujeto este muro!

—¿Y por qué sujetas el muro?

—¡Ah!, es que hace poco pasaron por aquí unos hombres sabios y me pidieron que aguantara esta pared para que no se caiga. Me advirtieron de que si la dejaba caer, el mundo se acabará. Hoy hace ya tres días que estoy aguantándola para salvar al mundo ¿Por qué no eres solidario y me ayudas un poquito? Tengo un hambre que ya ni veo, pero no me atrevo a moverme, porque si se acaba el mundo, ¡se acabó todo!

—¡Sería terrible que se acabara el mundo! —contestó el zorro asustado—. Te ayudaré a aguantar el muro un rato. Ve a comer, bebe también agua y luego vuelve.

El conejo no se lo hizo repetir dos veces, dejó al zorro aguantando la pared y, a grandes saltos, se alejó de allí todo lo que pudo.

Tres días estuvo el zorro aguantando el muro, pero al cuarto, muerto de hambre y de sed, dijo:

—Yo ya no aguanto más. Por mí, este muro se puede caer ahora mismo. Lo siento mucho si el mundo se acaba.

El zorro cerró los ojos y se alejó corriendo del muro. Al ver que no pasaba nada, se dio la vuelta y vio que la pared seguía en pie y, en ella, no había señal alguna que indicara que fuera a caerse en mucho tiempo.

—¡Qué pícaro el conejo! ¡Me la ha jugado! Voy a buscarlo ahora mismo y cuando lo encuentre… ¡Que se prepare! ¡Me lo comeré de un solo bocado!

Y se marchó, cruzando campos y bosques, en busca del conejo.

Al cabo de unos días, dio con él. El conejo estaba trabajando, construyendo una cueva. En cuanto el conejo vio al zorro, rápido, entró dentro de la madriguera y, desde el fondo, habló así al zorro:

—¿Qué tal, zorro? —le dijo—, ¿Te has enterado? Ahora hay otro anuncio. Hace dos días, encontré de nuevo a los hombres sabios y me dijeron que escarbara una cueva bien profunda. ¡Dicen que va a llover fuego!

—¿En serio? —dijo atónito el zorro.

—¡Y tan en serio!, por qué crees si no que ando cavando esta cueva, ¡porque va a llover fuego! Deberías cavar una tú también, así nos salvaremos los dos.

—¡Vale! Aunque es mucho trabajo…—contestó el zorro.

—¿Sabes qué? No te preocupes, como la mía ya está a medias, te la cedo y yo me haré otra.

—¡Muy bien! —respondió contento el zorro.

—El plazo está cerca, faltan solo dos días para que llueva fuego. ¡Hay que trabajar día y noche!

El conejo se alejó de allí, pies para qué os quiero, mientras el zorro trabajaba noche y día, sin descansar hasta que terminó.

Agotado, se encerró en su cueva y allí pasó los dos días siguientes, pero el hambre y la sed lo obligaron a tomar una decisión:

—¡Me da igual! Aunque me queme, salgo y ya está. ¡Ya no aguanto más!, ¡ya no aguanto más!

Con mucho cuidado, asomó el morro fuera de la madriguera, esperando quemarse los bigotes, pero no pasó nada de nada.

Al darse cuenta de que el conejo lo había vuelto a engañar, exclamó furioso:

—¡Esta vez no se libra! ¡Me lo comeré! ¡Ya no lo perdono más!

Y salió a la carrera tras la pista del conejo.

Al poco, lo encontró viviendo en un pueblo abandonado; descansaba dentro de un antiguo horno de leña. Cuando el zorro se abalanzó sobre él con la intención de comérselo, el conejo le dijo:

—¡Ay, hermano zorro!, antes de comerme, escucha lo tengo que decirte. El anuncio del fuego se aproxima, va a ser muy pronto. Resulta que no entendí bien a los sabios y las cosas serán de otra manera. Primero, habrá un diluvio de agua y, después, vendrá la lluvia de fuego. Mira este horno —susurró el conejo— ¿Sabes para qué sirve? Me encerraré dentro y quizá me salvaré —y añadió—. Si quieres, te encierras tú en él y yo ya me buscaré otro más pequeño. ¡Date prisa, que está a punto de diluviar!

El zorro, más que asustado, se metió de cabeza dentro del horno y el conejo se apresuró a cerrar la puerta. Después, empezó a echar agua por encima del horno y a tirar piedras contra él. Dentro, el zorro creyó que eran truenos y que el diluvio de agua ya había empezado:

—El conejo tonto ha tenido su merecido, se ha quedado fuera y no habrá tenido tiempo de encontrar otro horno. ¡Se habrá ahogado! ¡Vaya diluvio!

Después, el conejo reunió leña, la amontonó bajo el horno y le prendió fuego. En el interior, la temperatura empezó a subir. El zorro, que cada vez sentía más y más calor, exclamó:

—¡Pues era verdad lo que me dijo el conejo! Primero el diluvio de agua y ahora la lluvia de fuego.

A punto ya de quemarse, al zorro le llegó desde fuera la risa del conejo y comprendió que, de nuevo, lo había engañado.

Muy enfadado, abrió la puerta del horno de una patada y se alejó corriendo todo lo que pudo del conejo, el cual regresó a su madriguera junto al muro del campo sembrado de zanahorias.

FIN

El vendedor de lluvias

Ilustración: Hernán Kirsten

La tienda se encontraba al fondo de una calle serpenteante escondida y sin salida ubicada en la zona vieja de la ciudad. Era uno de esos lugares que sin buscarse se encuentran y cuando aparecen, así, tan inesperadamente, se adueñan de la situación como si siempre hubieran estado entre nuestras preocupaciones.

En la vitrina había una gruesa pátina de polvo color ladrillo molido que también se pegaba en los frascos que exhibían una curiosa mercancía, y para qué decir al interior de la tienda; parecía que por allí había pasado una tormenta de arena como esas fabulosas del desierto del Sahara.

Antes de entrar me volví a fijar en la frasquería de la vitrina: ¿Qué podría significar esa extraña cantidad de frascos cubiertos con polvo viejo? ¿Por qué tenían esas etiquetitas escritas a mano y en su interior, brumas azules, verdes, amarillas, rojas? ¿Por qué esas brumas se desplazaban como si lo hicieran de acuerdo con la acción de minúsculos vientos invisibles? Los frascos estaban llenos y sellados, a excepción de uno que se encontraba abierto y con su tapa en el piso de la vitrina. Muy cerca del frasco vacío había un letrero donde se podía leer:

En el interior de la tienda vi a un anciano sonriente, envuelto en un largo abrigo oscuro y con una bufanda enrollada hasta las orejas.

—¿Es verdad que vende lluvias? —dije como saludo, incrédulo. Pero también pensando en mi pueblo que sufría una sequía de meses.

—Lo estaba esperando. Como ya es tarde, después de atenderlo a usted, cerraré. ¿Cuánta lluvia necesita? Dígamelo de una vez, que para eso se requiere hacer un trabajo muy especial.

El cielo estaba arrebolado, con los tintes rojizos propios del atardecer y se apreciaba prácticamente despejado, como hacía tanto tiempo en todos estos lugares y también en mi pueblo. «¿Esperando?», pensé. «¿De dónde, si ni siquiera tenía la intención de llegar a este callejón sin salida?». Pero como creo en los momentos mágicos, en esos instantes que surgen inesperadamente y que generan territorios nuevos por explorar, le respondí como si estuviera diciendo la cosa más natural del mundo:

—Necesito suficiente lluvia como para apagar la sed de mi pueblo, de los animales, de las plantas, en fin, de la gente…

—Sí. Ya lo sé. Todos andan en lo mismo. No se imagina cuánto trabajo he tenido últimamente.

El anciano se desprendió del abrigo y de la bufanda ¡y me pareció tan delgado y con tantos años a cuestas! Enseguida se restregó los dedos e hizo un gesto como si hubiera pronunciado: «¡Manos a la obra!».

Yo abrí tamaños ojos cuando vi que tomó una gran caja y abriendo la puerta interior de la vitrina que daba a la calle, comenzó a tomar algunos de los frascos que allí se exhibían, mientras murmuraba entre dientes, como esas personas que están acostumbradas a vivir en soledad y hablan solas:

—Hum, lluvia intensa, restablecedora, recuperadora, ¡revitalizadora! Para ello tomaré este frasco que tiene una buena porción de nimbus. A propósito, ¿sabe qué significa nimbus?

—Ni idea —le dije un poco avergonzado de mi ignorancia.

—No hay problema. Nimbus en latín significa nube de precipitación. Se entiende, entonces, que le eche un frasco concentrado de nimbus, ¿verdad? Pero no solo eso necesita.

En la vitrina había tantos frascos recubiertos con ese polvo amarillento y también el que estaba vacío que antes me había llamado la atención. Entonces, no resistí en avisarle al anciano, con la intención de advertirle que tal vez se le hubiera escapado alguno de sus vapores. Pero él con una sonrisa socarrona me dijo:

—Tranquilo, que allí duermo yo.

Después siguió seleccionando frascos y mientras lo hacía iba remarcando sus actos como si estuviera dictando la receta más sabrosa y exclusiva.

—También necesitará estratonimbus y aire caliente para formar cumulonimbus, con ello tendrá la tormenta más hermosa, con truenos y relámpagos por añadidura, y este frasco con mucho viento norte, este otro con algo de sur y unos cuantos más con vientos cordilleranos que saben de historias de nieves, glaciares y del juguetón granizo y, además, este otro, con un poco del cálido viento puelche que siempre avisa la llegada de la lluvia.

—¿Y qué más?

Mi pregunta debió haberle sonado tan estúpida, pero quise asegurarme; es que estaba tan entusiasmado con todo eso de los vientos y las nubes. El anciano sonrió mientras echaba los frascos en la caja y me pasaba la boleta de pago.

—¿Qué más? —repitió mi tonta pregunta—, un paraguas, pues lo necesitará muy pronto. Ah, se me olvidaba. Destape los frascos en el cerro más alto de su pueblo y después… a esperar los resultados.

Cuando en el cielo ya aparecían las primeras estrellas, salí de la tienda cargando una enorme caja. Tenía que apresurarme para tomar el último bus que me llevaría a mi pueblo. Mientras, sentía en mi pecho un arrobamiento como los que experimenté siendo niño, cuando apresuré el sueño para despertar con la Navidad a la mañana siguiente, o cuando me instalé en el tren que me llevaría por primera vez a ver el mar, o cuando llegó mi padre con una canasta repleta con frutas, y, además, todos esos otros «cuandos» que guardaba en mi alma como el mejor de los tesoros.

De pronto, no sé por qué se me ocurrió mirar hacía la tienda y juraría que un vapor azulino se metía en el frasco vacío, ese que estaba olvidado en un rincón de la vitrina, muy cerca de donde se encontraba el letrero que anunciaba la venta de lluvias.

FIN

El sapo que quería ser estrella

Ilustración: Marshmellomeat

—He visto pasar una víbora con el cuerpo lleno de luces. Parecía una cadena de estrellas y era porque se tragó las luciérnagas del huerto —Así decía el sapo escondido, bajo el rosal, que aquella noche estaba cubierto de bichitos de luz—. Y pensar que si yo me tragara las luciérnagas de este rosal brillaría igual que la víbora. Y me convertiría en estrella. Y todos los que me desprecian por mi fealdad se morirían de envidia al verme tan hermoso. Sí, me voy a comer todas estas luciérnagas doradas.

En ese instante, sopló el viento y sacudió el rosal, derramando una lluvia de luces. El sapo abrió la boca y la primera luciérnaga le pintó de oro la garganta y siguió como una chispa, hasta el fondo de su panza.

—¡Bravo! ¡Ya empiezo a brillar!

Siguió lamiendo, una tras otra, las manchitas de luz que salpicaban el césped, hasta que no quedó ninguna.

—¡Es maravilloso! Ya nadie brilla en el huerto. ¡El único que brilla soy yo!

Y realmente parecía un sapo de cristal, un hermoso sapo verde, relleno de fuego. Loco de orgullo y alegría, se miró en el espejo de agua.

—¡Soy lo más hermoso de la naturaleza! —dijo y se tiró en el estanque.

Los peces se alborotaron y dijeron:

—¡Qué milagro! ¡Cayó una estrella al agua!

—¡Soy una estrella! ¡Soy una estrella! —repetía el sapo, echando chorros de luz por la boca y por los ojos. Una guirnalda de peces multicolores lo observaba, girando a su alrededor.

—¡Qué extraño! ¡La estrella tiene la forma de un sapo!

—Pero es una estrella. —Y continuaba la ronda de peces asombrados.

—Sigan girando, sigan girando, que soy una estrella y ustedes mis satélites —decía el sapo, loco de felicidad.

La noche empezó a desteñirse y el sapo temió que sus reflejos se apagaran con el día descubriendo su verdadera identidad. Por eso se fue nadando hacia arriba, seguido por los peces que le pedían a coro:

—Estrella hermosa, quédate en el agua.

—Ilumina la oscuridad en que vivimos.

—Serás la reina de este mundo submarino.

Pero el sapo llegó a la superficie y dijo:

—Tengo que volver al cielo antes de que salga el sol.

Dio un gran salto y dejó a sus amiguitos con el agua al cuello y la boca abierta de admiración.

Un gallo viejo y pensativo, que aquella noche no podía dormir, vio salir al extraño sapo del estanque. Abrió y cerró los ojos varias veces, lleno de asombro y, por fin, despertó a las gallinas que dormían en el mismo árbol.

—¡Miren, la estrella del amanecer cayó junto al estanque y está rebotando en el suelo! ¡Mírenla!

Todos despertaron de golpe y gritaron:

—¡Vamos a verla de cerca!

Y fueron volando hasta donde estaba el sapo luminoso.

—Tonterías, no es una estrella sino un sapo.

—¿Y por qué brilla tanto?

—Es un sapo que se escapó del infierno.

—No sean supersticiosas. Brilla porque se tragó las luciérnagas del huerto.

—¡Qué horror! ¡Es un sapo muy malo!

—Mató a esos pobres bichitos para robarles su luz.

—Merece un castigo.

—Sí, ¡merece un castigo!

Y decidieron atacarlo a picotazos. Pero apenas recibió los primeros golpes, el sapo dejó asombrado a todo el mundo: empezó a volar.

—¡Era una estrella verdadera y nosotros nos atrevimos a picotearla! —dijeron las gallinas deslumbradas.

—¡Yo todavía tengo su luz en mi pico! —dijo el gallo, dándose importancia.

El sapo no salía de su asombro al verse en el aire. Lo cierto es que las luciérnagas que estaban dentro de él, al sentir los picotazos resolvieron volar para salvarse, pero solo consiguieron levantar al sapo.

—¿Ahora quien dudará de que soy una estrella? ¡Si ya estoy en el cielo!

Y se puso a cantar, queriendo llamar la atención. Pero abrió tanto la boca que las luciérnagas empezaron a escaparse de su panza. Y él seguía cantando, sin darse cuenta de nada. Pero de repente, sintió que se caía. Todas las luciérnagas lo habían abandonado.

—¡Me voy a estrellar! —gritó el pobre—. Seré un vulgar sapo aplastado, yo que subí como una estrella. ¡Qué pobre final después de tan glorioso vuelo!

FIN

Cómo la Luna se volvió hermosa

Ilustración: Yoshitoshi

La Luna es muy hermosa con su rostro redondo y brillante, reluciendo con una luz suave y gentil sobre toda la humanidad. Pero hubo un tiempo en que no era tan hermosa como ahora. Hace seis mil años, la cara de la Luna cambió en una sola noche. Antes de cambiar, su rostro era tan oscuro y lúgubre que a nadie le gustaba mirarlo y, por eso, la Luna siempre estaba muy triste.

Un día se quejó a las flores y a las estrellas, ellas eran las únicas que la miraban a la cara. Les dijo:

—No me gusta ser la Luna. Desearía ser una estrella o una flor. Si fuera una estrella, incluso la más pequeña, algún gran general se preocuparía por mí y querría conquistarme; pero ¡ay!, solo soy la Luna y no le gusto a nadie. Si al menos pudiera ser una flor y crecer en un hermoso jardín, uno al que fueran las mujeres más hermosas de la tierra; me arrancarían y me colocarían entre sus cabellos y todos alabarían mi fragancia y mi belleza. Incluso aunque fuera una diminuta flor del desierto, y creciera donde nadie pudiera verme, los pájaros, seguramente, vendrían y cantarían dulces canciones para mí. Pero soy solo la Luna y nadie me honra.

Las estrellas respondieron:

—No podemos ayudarte. Nacimos aquí y no podemos abandonar nuestros lugares. Nosotras nunca tuvimos a nadie que nos ayudara. Solo cumplimos con nuestro deber, trabajamos todo el día y centelleamos en la noche oscura para hacer los cielos más hermosos. Pero eso es todo lo que podemos hacer por ti —agregaron, mientras sonreían fríamente a la triste Luna.

Entonces las flores sonrieron dulcemente y dijeron:

—No sabemos cómo podemos ayudarte. Siempre hemos vivido en el mismo lugar; en un jardín cerca de la doncella más hermosa del mundo. Pero como ella es dulce y amable con todos los que tienen problemas, le hablaremos de ti. La queremos mucho y ella nos quiere a nosotras. Su nombre es Tseh-N’io.

Pero a pesar de lo que las flores le habían prometido, la Luna estaba triste, así que una noche fue ella misma a visitar a la hermosa doncella Tseh-N’io y cuando la vio, se enamoró inmediatamente de ella y le dijo:

—Tu rostro es muy hermoso. Ojalá vinieras conmigo para que mi rostro fuera como el tuyo. Tus movimientos son suaves y llenos de gracia. Ven conmigo y seremos un solo ser. Seremos perfectas. Sé que incluso las peores personas del mundo solo tendrán que mirarte para amarte. Dime, ¿cómo llegaste a ser tan hermosa?

—Siempre he vivido junto a personas amables y felices y creo que ese es el motivo de mi belleza y de mi bondad —respondió Tseh-N’io.

Pasó el tiempo, y la Luna iba todas las noches a visitar a la doncella. Llamaba a su ventana y ella corría a abrirla. Viendo lo gentil y hermosa que era, su amor se hizo cada vez más fuerte y la Luna deseó con más intensidad estar con ella para siempre.

Un día, Tseh-N’io le dijo a su madre:

—Madre, la Luna quiere que me vaya con ella. Quisiera irme para vivir para siempre con ella. ¿Me dejas marchar?

Su madre no le dio importancia a tal pregunta, así que ni siquiera le contestó, pero Tseh-N’io les dijo a sus amigos que sería la novia de la Luna.

A los pocos días se marchó. Su madre la buscó por todas partes, pero no pudo encontrarla. Uno de los amigos de Tseh-N’io le dijo:

—Se ha marchado con la Luna.

Pasó un año y luego otro y otro, pero Tseh-N’io, la dulce y hermosa doncella de la Tierra, no regresó jamás. La gente decía:

—Se ha ido para siempre. Está con la Luna.

Desde entonces, la cara de la Luna es muy hermosa. Es alegre y brillante y da una luz suave y apacible a todo el mundo. Hay quien dice que la Luna, ahora, es como Tseh-N’io, la cual, una vez, fue la más hermosa de todas las doncellas de la Tierra.

FIN

Mario, el Pequeño Marinero, busca amigo

Ilustración: Hermes

El Pequeño Marinero Mario llevaba ya dos años viviendo en Isla Imaginada. En ese tiempo, había surcado con su barquito los mares que rodean la isla muchas veces, pero como le gusta madrugar ninguno de sus amigos, que son perezosillos, había querido acompañarlo.

Eso no le había importado mucho, porque disfrutaba de la brisa marina, se entretenía con los saltos de delfines y ballenas que salían a saludarlo a la superficie y después se echaba una siestecita en cubierta acunado con el movimiento de las olas. Pero ahora tenía en mente ampliar horizontes y realizar un gran viaje…

Había convencido a Simbad el Marino, de que le prestara su barco, que era más grande y seguro, ya que quería llegar más allá del horizonte donde le habían dicho que existían tierras de ensueño. Pero no quería ir solo, así que inició la tarea de buscar un amigo de aventuras. Tenía que gustarle el mar y ser un buen compañero de viaje, de amena conversación y de carácter agradable.

Pensó que era buena idea hacer una prueba a aquellos que quisieran presentarse como voluntarios.

Pidió a su amiga, La Pequeña Hada, que escribiera unas palabras para pegar en el tablón de anuncios, ya que tenía muy buena letra y esta, encantada de ayudar, así lo hizo.

—No te preocupes, amigo Mario, en un pispás lo cuelgo en la plaza para que todo el mundo lo vea —le comentó solícita.

Y así quedó el anuncio:

En apenas dos días, se presentaron varios candidatos, entusiasmados con la idea de realizar un gran viaje.

La primera que se presentó fue la señora Hormiga, Mario pensó que como ocupaba poco espacio sería buena compañera, pero durante el viaje de prueba la perdía constantemente ¡Era tan pequeñita que le daba miedo pisarla en cualquier momento! «La Señora Hormiga no me sirve, seguiré buscando», pensó.

Al día siguiente, salió temprano a navegar con Blancanieves que, muy ilusionada, quería conocer mundo. Pero, ¡ay!, al regresar a puerto, la cara y brazos de la pobre niña eran del color de las gambas que bailan en el fondo del mar. El sol había quemado su piel blanca y delicada. Así que Mario la descartó porque un marinero tiene que llevarse bien con el mar, pero también con el sol.

—Pues habrá que probar otra vez —se dijo.

El siguiente en la lista era el señor Ratón. Se veía muy dispuesto a navegar. «Demasiado nervioso», pensó Mario cuando lo vio llegar agitando su cola y sus orejas sin cesar.

En efecto, era tan nervioso que en todo el día no paró de dar vueltas por el barco, de acá para allá y en varias ocasiones lo pilló royendo las cuerdas que sujetaban las velas.

—Nada, que el ratoncillo no me vale ¡Si me descuido se come hasta las velas! —Mario estaba ya un poquito nervioso— —¡A ver si no voy a encontrar a nadie que pueda venir a navegar conmigo!

Aún le faltaban por probar algunos candidatos.

La gallina Fina fue la siguiente. Muy contenta, subió a la embarcación. Se la veía muy trabajadora, pero también muy parlanchina, se pasó el día entero ¡clo, clo! por aquí ¡clo, clo! por allá, sin parar de cloquear en ningún momento. Desde luego, con ella Mario no se aburriría, pero se lo pensó bien y como al desembarcar tenía un dolor de cabeza de campeonato la tachó también de la lista.

—¡No tengo que desesperar! Aún me quedan voluntarios en la lista.

Así que le llegó el turno al Sastrecillo Valiente

—¡Este seguro que me vale! Siendo tan valiente, no habrá dificultad que se nos resista —pensó el marinero.

Pero, ¡ay!, el valiente sastrecillo no había montado nunca en barco y al ratito de empezar a navegar su cabeza y su tripa se pusieron a dar vueltas cual tiovivo y su cara se fue tornando de color verdoso ¡Se había mareado!

—Pues será imposible hacer el viaje con él —se lamentó Mario.

Al siguiente día, el turno fue para el Señor Pato.

—El señor Pato seguro que no se marea ni come cuerdas ni cloquea todo el día —se dijo Mario esperanzado.

El día empezó muy bien. Al ratito de partir, el pato se echó al agua pues le gustaba mucho nadar y eso fue lo que hizo en todo el día: del agua al barco y del barco al agua.

Nuestro pequeño marinero estaba desconcertado. Si esto era lo que le esperaba en el viaje, de poca ayuda le iba a servir el señor Pato y, para rematar, al final del día el aspecto que presentaba era lamentable. Las plumas se le habían quedado hechas un asco por la sal del agua y los ojos le picaban.

Así que fue él mismo quién le dijo a Mario que no estaba preparado para el  viaje.

—¡Madre mía! ¿Y ahora qué voy a hacer? —se lamentaba—. Solo me queda un candidato y aunque no creo que me vaya a ser de utilidad no tengo más remedio que hacerle la prueba.

La candidata de la que hablaba el marinerito no era otra que la señora Vaca. «Pero ¿cómo se va a manejar una vaca en un barco? ¿Y si pesa demasiado y nos hundimos?». Estas cavilaciones mantenían nervioso a Mario y procuraba buscar también las ventajas de tener una vaca a bordo. «No habría problema con las cuerdas, ya que solo come forraje, su piel es gruesa y no se quemará, habla poco y no se tirará al agua cada dos por tres y esperemos que no se maree».

La señora Vaca llegó puntual el día de la prueba y, muy entusiasmada, subió al barco, que se tambaleó un poco, pero aguantó. Y es que el barco de Simbad el marino era sólido y resistente.

Desde el medio, dónde se instaló, llegaba a proa y a popa sin esfuerzo y aunque un poco torpe, era muy voluntariosa y obedecía las órdenes de Mario, que ya se veía cual capitán de barco con gorra y todo, mandando a la tripulación.

Fue el mejor día de todos. La señora Vaca era muy alegre, sabía muchas canciones, pero también le gustaba contemplar el mar y juntos pasaron ratos en silencio que Mario agradeció acordándose de la señora Gallina y su ¡clo, clo! incesante.

Al lado de la señora Vaca nuestro marinero se sentía seguro y en las noches frías en el mar le procuraría un calorcillo agradable. Ya se veía recostado en ella observando las estrellas en las noches claras.

—¡Creo que por fin he encontrado mi compañera ideal!

Mario estaba muy contento. Presentía que el viaje sería una maravillosa experiencia y que la señora Vaca se convertiría en una gran marinera y en una gran amiga.

Algunos vecinos de Isla Imaginada que los vieron llegar a puerto se reían y comentaban:

—¿Dónde se ha visto una vaca marinera?

—Este Mario ha perdido la chaveta ¡Vaya pareja más rara!

Pero a Mario no le importó lo que decían y en pocos días preparó lo necesario para el viaje.

Sabía que la voluntad, las ganas de aprender, la alegría y el compañerismo de la señora Vaca eran mucho más importantes que la habilidad, la belleza, la forma física y el tamaño.

Pasados tres meses, los que estaban en el puerto vieron aparecer en el horizonte el barco de Simbad y esperaron impacientes su llegada al muelle.

La señora Vaca y Mario bajaron a tierra bronceados y contentos. Contaban, a quién quisiera escucharlos, sus aventuras a través de los mares: ballenas enormes como islas, tormentas y huracanes, simpáticos delfines que los acompañaron durante largas jornadas y ¡hasta sirenas vieron! También habían avistado barcos pirata y habían rescatado náufragos, que devolvieron a sus tierras de origen.

Además de todo eso, portaban con ellos esquejes y brotes de plantas desconocidas en la isla que en poco tiempo llenaron los jardines de frutos exóticos y flores exuberantes.

Aquellos que se rieron de la rara pareja de marineros que formaban la señora Vaca y Mario tuvieron que reconocer que se habían equivocado y que no hay que juzgar nunca por las apariencias.

Nuestro Pequeño Marinero cumplió su sueño de realizar un gran viaje, pero lo que no soñó es que encontraría una amiga tan especial ¡Aunque tenía que tener cuidado de que no lo aplastara sin querer!

FIN

El gusano y el escarabajo

Ilustración: TetraModal

Había una vez un gusano y un escarabajo que eran amigos, pasaban charlando horas y horas.

El escarabajo sabía que su amigo tenía muy limitada la movilidad, su visión era muy restringida y su carácter era muy tranquilo comparado con los de su especie.

El gusano sabía que su amigo provenía de otro ambiente, comía cosas que le parecían desagradables y siempre iba muy acelerado si lo comparaba con su estándar de vida. Su aspecto era grotesco y hablaba con demasiada rapidez.

Un día, los amigos del escarabajo le cuestionaron la amistad hacia el gusano.

—Pero ¿cómo es posible que camines tanto cada día para encontrarte con el gusano?

A lo que el escarabajo respondió:

—Al gusano le cuesta horrores moverse.

—Pero ¿por qué sigues siendo amigo del gusano si ni siquiera te saluda efusivamente cuando te ve? Tú, en cambio, desde lejos ya muestras lo contento que estás de verlo.

—Ya, pero es que el no ve muy bien. Muchas veces ni se entera de que alguien lo saluda y cuando sí se entera, no sabe si soy yo o es cualquier otro.

Muchos fueron los «pero» que buscaron los amigos del escarabajo para cuestionar la amistad de este con el gusano. Tanto porfiaron, que, al final, el escarabajo decidió poner a prueba su amistad con el gusano y durante un tiempo dejó de visitarlo. «Esperaré a que sea él el que venga a buscarme», pensó.

Pasó el tiempo y, un día, al escarabajo le llegó la noticia de que el gusano se estaba muriendo. Su organismo lo traicionaba por el excesivo esfuerzo. Cada día emprendía el camino para llegar a casa de su amigo, pero la noche lo sorprendía siempre a mitad de camino y lo obligaba a retornar a su lugar de origen.

El escarabajo decidió ir a ver a su amigo sin decirle nada a nadie. En el camino, varios animales le contaron las peripecias que había pasado el gusano para intentar saber qué le había pasado a su amigo. Le contaron que, día a día, se exponía para ir a dónde él se encontraba pasando cerca del nido de los pájaros. De cómo sobrevivió al ataque de las hormigas y así sucesivamente.

Llegó el escarabajo hasta el árbol en que yacía el gusano esperando pasar a mejor vida.

Al verlo acercarse, con las últimas fuerzas que le quedaban, le dijo lo mucho que se alegraba de que se encontrara bien. Sonrió por última vez y se despidió de su amigo, feliz porque ahora sabía que nada malo le había sucedido.

El escarabajo, avergonzado de sí mismo, por haber confiado su amistad a otros corazones que no eran los suyos, había perdido muchas horas de regocijo que las charlas con su amigo le habían proporcionado.

Al final entendió que el gusano, siendo tan diferente, tan limitado y tan distinto de lo que él era, era su amigo, a quien respetaba y quería, no tanto por la especie a la que pertenecía sino porque le había ofrecido su amistad.

El escarabajo aprendió varias lecciones ese día. Primera, que la amistad está en uno mismo y no en los demás, si la cultivas en tu propio ser, encontrarás el gozo del amigo. Segunda, la distancia no define las amistades, tampoco la raza o las limitaciones propias o ajenas. Y, finalmente, lo que más le impactó fue entender que la amistad se destruye con las dudas y los temores, que son los que más la afectan.

Cuando pierdes a un amigo, una parte de ti se va con él. Las palabras, los gestos, los temores, las alegrías e ilusiones compartidas gracias a la confianza se van con él.

El escarabajo murió poco después. Nunca lo escucharon quejarse de aquellos que tan mal lo habían aconsejado, pues, al fin y al cabo, fue únicamente su decisión de poner en manos extrañas su amistad y seguir los consejos ajenos los que hicieron que perdiera a su mejor amigo.

FIN

El peral de doña Miseria

Ilustración: cidaq

Doña Miseria era una pobre anciana que vivía de limosnas. Tenía un hijo llamado Ambrosio, que siempre estaba hambriento y que, como su madre, hacía tiempo que recorría el mundo mendigando. A Miseria siempre la seguía un perrito mestizo, delgado y con pulgas, que nunca se despegaba de ella y que dormía a su lado en la pequeña choza en la que habitaba. Junto a la casita crecía un frondoso peral, del que se alimentaba, aunque pocas frutas recogía, pues los chicos del pueblo, en cuanto las peras estaban maduras, se las robaban.

Cierto día llegó a la puerta de su casa un hombre más pobre que ella y, como afuera nevaba y hacía mucho frío, doña Miseria lo acogió en la choza. Compartió con él lo poco que tenía para cenar y le dejó su propio jergón para que pudiera dormir. Por la mañana, al despertarse, le ofreció también un humilde desayuno.

El pobre, agradecido, se dirigió entonces a la anciana y le dijo:

—Miseria, aunque nada material posees, tienes un corazón bueno y noble, así que voy a concederte un deseo pues, aunque parece que soy un miserable, en realidad soy un ángel del cielo.

Miseria no quería nada, pero tanto insistió el ángel, que la anciana, acordándose del peral, le pidió:

—Deseo —dijo— que cuando alguien se encarame al peral, no pueda bajar de él hasta que yo le de permiso.

El deseo le fue concedido al instante y la idea de Miseria fue tan eficaz, que al cabo de poco tiempo, tras copiosos llantos, algún que otro susto y muchos rotos en la ropa de los niños, al peral no volvió a acercarse ni un solo chaval del pueblo.

Fueron pasando los años plácidamente hasta que una mañana de otoño una mujer alta y delgada, vestida con una negra túnica y con una guadaña en la mano, se acercó a la puerta de la choza y empezó a llamar con lúgubre voz a doña Miseria:

—Miseriaaaaa, llegó tu horaaaa. Tienes que venir conmigoooo.

Miseria reconoció al instante a la Muerte, pero así como casi nadie está preparado para recibirla de buen grado, la anciana tampoco pareció estar muy de acuerdo con marcharse con ella:

—¡Vaya, justo ahora que empezaba a disfrutar de la vida! —le dijo—. Estoy dispuesta a acompañarte, pero antes de marcharnos, ¿podrías hacerme el favor de subir al peral y recoger cuatro o cinco peras para el camino? Mientras, yo me preparé para el viaje sin retorno.

La Muerte, sin sospechar nada, se dispuso a recoger las peras, pero como estaban en lo más alto, no tuvo más remedio que encaramarse al árbol. Cuando ya estaba muy arriba, oyó las carcajadas de doña Miseria y su voz cascada que le decía:

—¡Señora Muerte, no me voy contigo! Y tú te quedarás en el peral hasta que a mí me dé la gana.

Y así fue. Miseria quiso que la Muerte se quedara en el árbol —con frío y calor, con sol y con lluvia— durante muchísimos años. Tantos, que en el mundo empezó a sentirse la ausencia de la Muerte. Nadie moría. Ni en las guerras ni por enfermedad ni por vejez ni por accidente nadie desaparecía. Había ancianos que habían cumplido ya quinientos años, y estaban tan aburridos de vivir, que rogaban al cielo que los hiciera desaparecer.

Un día, a la Muerte se le ocurrió una solución para solucionar su problema al ver pasar por el camino a un viejecito decrépito que no podía casi ni andar y que no paraba de lamentarse llamando a gritos a la muerte para que se lo llevara. La Muerte lo llamó y después de contarle lo que ocurría, le rogó que la ayudara:

—Ya ves mi estado y ahora ya sabes el motivo de por qué en el mundo no muere nadie. ¡Avisa a las gentes del pueblo y venid a cortar entre todos este maldito peral! Hasta que yo no baje de sus ramas, ni tú ni nadie podrá morir.

No tardaron los vecinos en llegar, armados con hachas y sierras, pero aunque mucho lo intentaron, no lograron hacer ni la más mínima mella en el tronco del viejo árbol. Algunos pensaron en ayudar a bajar ellos mismos a la Muerte, pero todos los que lo intentaron se quedaron atrapados en el peral junto a ella. Entonces empezaron a rogar a la vieja Miseria que se apiadase de todos ellos; de los que tanto sufrían por no morir y de los que estaban colgados del peral, incluida la Muerte. Tanto y tanto insistieron, tanto y tanto lloraron y suplicaron, que, finalmente, doña Miseria cedió, aunque le puso una condición a la Muerte:

—Para que te deje bajar de ahí arriba, Muerte, me has de prometer que nunca, nunca, nunca jamás te acordarás ni de mi hijo Ambrosio ni de mí. Solo podrás llevarnos si te lo pedimos tres veces.

Accedió la Muerte y Doña Miseria dejó bajar a todos del peral. La Muerte, por fin, podía seguir con su tarea. Tenía mucho trabajo pendiente y estuvo muy ocupada durante meses. Todos los que debían haber muerto durante los años que ella estuvo cautiva en el árbol, la vieron llegar aliviados y, de buen grado, se fueron con ella. A todos se llevó la Muerte, menos a la anciana y a su hijo, que aún sigue vivos. Es por eso que todavía hoy en el mundo sigue habiendo miseria y hambre.

FIN

El zorro y el lobo

Ilustración: vodoc

Un frío día de invierno, cierto pescador regresaba a su casa muy contento por la buena pesca cuando al borde del camino vio un zorro tirado a un lado de la carretera. Se acercó con cautela y descubrió que no se movía, así que supuso que estaba muerto.

—¡Qué suerte la mía! —exclamó, al tiempo que recogía al animal y lo arrojaba en la parte trasera de su carro, donde también estaban los peces que había capturado—. Con su piel me haré un buen abrigo para protegerme del frío.

Mientras el hombre continuaba satisfecho su viaje, el astuto zorro, que no estaba en absoluto muerto, tiró los peces del carro y luego saltó él.

Al llegar a su casa, el hombre se dio cuenta de que los peces y el zorro habían desaparecido.

—¿Dónde están? —se lamentó el pescador—. Había muchos peces y un zorro en mi carro.

Al darse cuenta de lo que había sucedido, el buen hombre se puso a llorar y a lamentarse, pero ya no había nada que hacer.

Mientras tanto, el zorro estaba dándose un gran festín con todo el pescado que había robado del carro. En eso estaba cuando llegó un lobo:

—Buenos días, primo —saludó con cortesía el recién llegado.

—Buenos días, amigo —respondió el zorro.

—Estoy muerto de hambre y como veo que tienes muchos peces ahí, ¿serías tan amable de darme unos cuantos? —preguntó el lobo.

—Lo siento, pero este pescado es mío. Mi esfuerzo me ha costado conseguirlo. Lo que deberías hacer es ir y pescar tú mismo —respondió el zorro.

—Yo no sé pescar.

—Es fácil, solo tienes que bajar al río, romper el hielo con una piedra, colocar tu cola dentro del agujero y esperar a que los peces piquen —le dijo el zorro al lobo.

Así que el ingenuo lobo bajó al río, hizo un agujero en el hielo e introdujo su cola en la grieta, pero como era invierno, pronto la cola se congeló en el agua, de modo que no importó lo fuerte que tiró para intentar sacarla; no pudo. No tuvo más remedio que sentarse sobre el hielo y pasar allí toda la noche.

A la mañana siguiente, muy de mañana, una mujer fue a buscar agua al río y al ver al lobo empezó a gritar:

—¡Socorro! ¡Un lobo, un lobo! ¡Que alguien me ayude!

Al oírla, los aldeanos acudieron a toda prisa y comenzaron a golpear al lobo con palos, piedras y todo lo que encontraron cerca.

No supo cómo lo consiguió, pero el pobre lobo finalmente pudo soltar su cola helada y escapar de la gente. Mientras huía pensaba: «Maldito zorro, ¡me vengaré de ti! ¡Me las pagarás!

A poca distancia, el zorro, que había sido testigo de todo lo ocurrido, se deslizó con cautela dentro de la choza donde la mujer que había gritado estaba preparando un pastel de frambuesas y se embadurnó el cuerpo con la mermelada de los frutos rojos.

Cuando el enojado lobo dio con el zorro, le dijo que se lo iba a comer y le contó cómo la gente lo había golpeado hasta casi matarlo. El zorro le respondió:

—Lo siento mucho, pero a mí me golpearon también y mucho más fuerte que a ti. Fíjate, yo estoy sangrando y tú no.

—Eso es verdad —asintió el lobo mientras miraba las supuestas heridas del zorro—. Te llevaré a mi casa y te curaré —Se ofreció solícito.

El lobo llevó al zorro a su casa y allí lo estuvo cuidando y alimentando hasta que llegó la primavera. Con los primeros rayos de sol, el zorro recuperó milagrosamente la salud y el lobo, al darse cuenta de ese nuevo engaño, gruñó enfadado:

—¡Me has traicionado otra vez! Esta vez no te vas a librar, ¡voy a comerte!

—¡Espera, espera! al menos dame la oportunidad de poner en orden mis asuntos antes de comerme. Vayamos a mi casa, podrás quedarte con todas mis pertenencias.

El lobo aceptó y el zorro lo condujo hasta lo más hondo del bosque, a un lugar en el que sabía que había una profunda cueva de la cual era imposible salir.

—Antes de empezar a comerme, entra para ver todo lo que tengo.

El incauto lobo así lo hizo y el zorro aprovechó para deslizar una pesada piedra que selló la entrada.

—¡Déjame salir! —suplicaba—. ¡Te prometo que no te comeré! ¡Te lo prometo!

—Te creo, te creo. Tú siéntate y espera, que ahora mismo te ayudo —contestó el zorro mientras se alejaba de allí.

FIN

El baño del cuento del martes

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Ilustración: Emma Pumarola

 

Este cuento y esta ilustración han sido posibles gracias a: 

genérico

Desde que el mundo es mundo se han contado cuentos. Pero a diferencia de ahora, en que la gente cree que los cuentos son solo cosa de niños, hubo una época remota en la que fueron muy importantes, y desde los reyes a los campesinos, desde los más grandes a los más chicos y de norte a sur de la tierra, las historias eran escuchadas alrededor del fuego por cualquiera que tuviera orejas. Y aquellas historias, si se escuchaban con atención, acababan por hacerse realidad.

Fue, precisamente, en aquellos lejanos tiempos cuando nuestra historia comienza.

Ocurrió en una ciudad de la baja Mesopotamia; una fértil tierra llena de agua situada entre dos ríos: el Tigris y el Éufrates y en la remota época en la que Sumu-abum reinaba.

En aquel tiempo, vivía allí un viejo sabio que había pasado toda su vida observando las estrellas y que, por ese motivo, era conocido por todo el mundo como el Observante.

Una noche, en la que haciendo honor a su nombre el Observante observaba las estrellas desde lo alto de un zigurat cercano a su casa, se dio cuenta, de pronto, de que podía ordenar el tiempo, y decidió repartir las horas en sesenta minutos y las semanas en siete días, tal y como todavía seguimos haciendo hoy.

La cosa no hubiera tenido más consecuencias si no hubiera sido porque, poco después, se puso tan de moda el invento de el Observante, que la gente empezó a organizarlo absolutamente todo alrededor del tiempo:

—¡Uy!, ¡las siete y diecisiete! ¡Debo pasar por la palmera a buscar dátiles antes de volver a casa!

—¡Por Enki! ¿¡Tan tarde se ha hecho ya!? ¡Tengo seis minutos para coger el último camello!

—¡Corre, corre! ¡Te veo mañana a las cuatro y ocho!

—¡¡¿A las cuatro y ocho?!! ¡Imposible! Deja que consulte mi tablilla temporal… Lo siento, pero a esa hora tengo astrólogo y luego voy a la pelu a pintarme la raya de kohl en los ojos. ¿Qué tal antes?, ¿a las doce y tres?

—Creo que puedo, pero te lo confirmo luego. Te mandaré un mensaje con mi paloma nueva; ¡es de la última generación y va que vuela!

De tal manera se obsesionaron con medir todo lo que hacían, que empezaron a depender de los minutos, las horas y los días y se olvidaron, por completo, del verdadero valor temporal. Ya no daban importancia a aquellas cosas para las que no es necesario controlar los minutos; como mirar las estrellas, hablar con los amigos, tomar el sol y contar cuentos.

Pero como todas estas cosas es imprescindible hacerlas, no tuvieron más remedio que encerrarlas en el tiempo para poder llevarlas a cabo. Así, que decidieron que mirarían las estrellas cuando hubiera un eclipse; tomarían el sol en verano; hablarían con los amigos los fines de semana, y contarían cuentos…  ¡Gran problema! ¿Qué harían con los cuentos?

Como a los cuentos es muy difícil poder encerrarlos en el tiempo, el asunto llegó a las más altas instancias del reino y después de debatirlo durante días enteros, el Consejo de Ministros del Rey Sumu-abum anunció a todos los habitantes de Mesopotamia que los cuentos se contarían por la noche, antes de ir a dormir y que no podrían ser más largos de catorce minutos.

A partir de entonces, los cuentos empezaron a ser cada vez más cortos y menos importantes y, poco a poco, fueron quedando relegados. Ya no se relataban alrededor de los grandes fuegos sino que, a toda prisa, se contaban después de la cena, justo antes de que la gente se acostara.

Los cuentos de todos los días de la semana se tomaron las nuevas normas con resignación y ninguno de ellos duraba más de los catorce minutos reglamentarios, pero el cuento del martes se negó en redondo a ser encapsulado en tan corto espacio de tiempo, ¡él tenía muchas cosas que contar! Por lo que después de dar vueltas y más vueltas a tan delicado asunto, pensó que la mejor manera de zafarse de las normas y alargar sus historias sería que la gente estuviera tan interesada en su cuento que se olvidara por completo del tiempo. Y empezó a pensar en qué cuento podría inventar.

Primero le dio vueltas a un relato sobre un diluvio, en el que la tierra quedaba completamente cubierta por el agua… Pero supuso que la gente se asustaría, así que lo soltó en el aire.

Imaginó después la historia de un hombre fuera del tiempo llamado Utnapishtim, que guardaba el secreto de la inmortalidad… Pero tampoco le convenció, así que también la dejó volar.

Inventó otros muchos relatos, pero ninguno acababa de gustarle y los iba dejando libres.

Ya empezaba a desesperarse cuando, de pronto, tuvo una brillante idea:  ¡No inventaría un cuento, inventaría un lugar! Un lugar lleno de agua en el que la gente se olvidaría del tiempo. Un lugar en el que se estaría tan bien, que nadie querría salir de allí y entonces él aprovecharía para contar largas historias. ¡Eso haría! «El baño del cuento del martes», así lo llamaría. Un rincón lleno de magia en el que el agua lavaría de la mente el tiempo y remojaría todas las preocupaciones. ¡Allí la gente sería tan feliz que los cuentos podrían cobrar vida!

Rápidamente, se puso manos a la obra y viajando en una ráfaga de viento susurró su idea al primer humano que se cruzó en su camino, que no fue otro que Alí Ibn Abbas Abu Muhammad Ibn Amir Taymullah Zuhayr Ibn Ubayy, un comerciante árabe cargado de especias que, procedente de la India, regresaba a su casa.

Durante el camino de vuelta, Abu, entusiasmado, fue imaginando todo lo que haría para hacer realidad  aquel sueño y al llegar a su país edificó un magnífico palacio lleno de aguas mágicas al que llamó «Aire. Baños árabes». «Aire» porque el viento le había susurrado la idea y «árabe» porque él lo era.

Allí, durante mil y una noches, entre baño y baño, el cuento del martes inventó historias fantásticas que fascinaron a todos los que las escuchaban.

La voz corrió rápidamente y las gentes de los más recónditos rincones del planeta copiaron esta costumbre. Se construyeron lujosos baños en los se contaban interminables cuentos, se tomaba té y se olvidaban, por un rato, todas las penas. No había ni una sola ciudad importante de la tierra que no tuviera un lujoso baño público, y la gente acudía allí antes de tomar cualquier decisión.

Aunque desde entonces han pasado muchos siglos, todavía hoy existen estos lugares mágicos en los que los relojes dejan de funcionar, el tiempo se detiene  y cualquier cuento puede hacerse realidad…

 …y nosotros sabemos dónde están…

Almería

Barcelona

Sevilla

 FIN