cuento del martes

El gusano y el escarabajo

Ilustración: TetraModal

Había una vez un gusano y un escarabajo que eran amigos, pasaban charlando horas y horas.

El escarabajo sabía que su amigo tenía muy limitada la movilidad, su visión era muy restringida y su carácter era muy tranquilo comparado con los de su especie.

El gusano sabía que su amigo provenía de otro ambiente, comía cosas que le parecían desagradables y siempre iba muy acelerado si lo comparaba con su estándar de vida. Su aspecto era grotesco y hablaba con demasiada rapidez.

Un día, los amigos del escarabajo le cuestionaron la amistad hacia el gusano.

—Pero ¿cómo es posible que camines tanto cada día para encontrarte con el gusano?

A lo que el escarabajo respondió:

—Al gusano le cuesta horrores moverse.

—Pero ¿por qué sigues siendo amigo del gusano si ni siquiera te saluda efusivamente cuando te ve? Tú, en cambio, desde lejos ya muestras lo contento que estás de verlo.

—Ya, pero es que el no ve muy bien. Muchas veces ni se entera de que alguien lo saluda y cuando sí se entera, no sabe si soy yo o es cualquier otro.

Muchos fueron los «pero» que buscaron los amigos del escarabajo para cuestionar la amistad de este con el gusano. Tanto porfiaron, que, al final, el escarabajo decidió poner a prueba su amistad con el gusano y durante un tiempo dejó de visitarlo. «Esperaré a que sea él el que venga a buscarme», pensó.

Pasó el tiempo y, un día, al escarabajo le llegó la noticia de que el gusano se estaba muriendo. Su organismo lo traicionaba por el excesivo esfuerzo. Cada día emprendía el camino para llegar a casa de su amigo, pero la noche lo sorprendía siempre a mitad de camino y lo obligaba a retornar a su lugar de origen.

El escarabajo decidió ir a ver a su amigo sin decirle nada a nadie. En el camino, varios animales le contaron las peripecias que había pasado el gusano para intentar saber qué le había pasado a su amigo. Le contaron que, día a día, se exponía para ir a dónde él se encontraba pasando cerca del nido de los pájaros. De cómo sobrevivió al ataque de las hormigas y así sucesivamente.

Llegó el escarabajo hasta el árbol en que yacía el gusano esperando pasar a mejor vida.

Al verlo acercarse, con las últimas fuerzas que le quedaban, le dijo lo mucho que se alegraba de que se encontrara bien. Sonrió por última vez y se despidió de su amigo, feliz porque ahora sabía que nada malo le había sucedido.

El escarabajo, avergonzado de sí mismo, por haber confiado su amistad a otros corazones que no eran los suyos, había perdido muchas horas de regocijo que las charlas con su amigo le habían proporcionado.

Al final entendió que el gusano, siendo tan diferente, tan limitado y tan distinto de lo que él era, era su amigo, a quien respetaba y quería, no tanto por la especie a la que pertenecía sino porque le había ofrecido su amistad.

El escarabajo aprendió varias lecciones ese día. Primera, que la amistad está en uno mismo y no en los demás, si la cultivas en tu propio ser, encontrarás el gozo del amigo. Segunda, la distancia no define las amistades, tampoco la raza o las limitaciones propias o ajenas. Y, finalmente, lo que más le impactó fue entender que la amistad se destruye con las dudas y los temores, que son los que más la afectan.

Cuando pierdes a un amigo, una parte de ti se va con él. Las palabras, los gestos, los temores, las alegrías e ilusiones compartidas gracias a la confianza se van con él.

El escarabajo murió poco después. Nunca lo escucharon quejarse de aquellos que tan mal lo habían aconsejado, pues, al fin y al cabo, fue únicamente su decisión de poner en manos extrañas su amistad y seguir los consejos ajenos los que hicieron que perdiera a su mejor amigo.

FIN

El peral de doña Miseria

Ilustración: cidaq

Doña Miseria era una pobre anciana que vivía de limosnas. Tenía un hijo llamado Ambrosio, que siempre estaba hambriento y que, como su madre, hacía tiempo que recorría el mundo mendigando. A Miseria siempre la seguía un perrito mestizo, delgado y con pulgas, que nunca se despegaba de ella y que dormía a su lado en la pequeña choza en la que habitaba. Junto a la casita crecía un frondoso peral, del que se alimentaba, aunque pocas frutas recogía, pues los chicos del pueblo, en cuanto las peras estaban maduras, se las robaban.

Cierto día llegó a la puerta de su casa un hombre más pobre que ella y, como afuera nevaba y hacía mucho frío, doña Miseria lo acogió en la choza. Compartió con él lo poco que tenía para cenar y le dejó su propio jergón para que pudiera dormir. Por la mañana, al despertarse, le ofreció también un humilde desayuno.

El pobre, agradecido, se dirigió entonces a la anciana y le dijo:

—Miseria, aunque nada material posees, tienes un corazón bueno y noble, así que voy a concederte un deseo pues, aunque parece que soy un miserable, en realidad soy un ángel del cielo.

Miseria no quería nada, pero tanto insistió el ángel, que la anciana, acordándose del peral, le pidió:

—Deseo —dijo— que cuando alguien se encarame al peral, no pueda bajar de él hasta que yo le de permiso.

El deseo le fue concedido al instante y la idea de Miseria fue tan eficaz, que al cabo de poco tiempo, tras copiosos llantos, algún que otro susto y muchos rotos en la ropa de los niños, al peral no volvió a acercarse ni un solo chaval del pueblo.

Fueron pasando los años plácidamente hasta que una mañana de otoño una mujer alta y delgada, vestida con una negra túnica y con una guadaña en la mano, se acercó a la puerta de la choza y empezó a llamar con lúgubre voz a doña Miseria:

—Miseriaaaaa, llegó tu horaaaa. Tienes que venir conmigoooo.

Miseria reconoció al instante a la Muerte, pero así como casi nadie está preparado para recibirla de buen grado, la anciana tampoco pareció estar muy de acuerdo con marcharse con ella:

—¡Vaya, justo ahora que empezaba a disfrutar de la vida! —le dijo—. Estoy dispuesta a acompañarte, pero antes de marcharnos, ¿podrías hacerme el favor de subir al peral y recoger cuatro o cinco peras para el camino? Mientras, yo me preparé para el viaje sin retorno.

La Muerte, sin sospechar nada, se dispuso a recoger las peras, pero como estaban en lo más alto, no tuvo más remedio que encaramarse al árbol. Cuando ya estaba muy arriba, oyó las carcajadas de doña Miseria y su voz cascada que le decía:

—¡Señora Muerte, no me voy contigo! Y tú te quedarás en el peral hasta que a mí me dé la gana.

Y así fue. Miseria quiso que la Muerte se quedara en el árbol —con frío y calor, con sol y con lluvia— durante muchísimos años. Tantos, que en el mundo empezó a sentirse la ausencia de la Muerte. Nadie moría. Ni en las guerras ni por enfermedad ni por vejez ni por accidente nadie desaparecía. Había ancianos que habían cumplido ya quinientos años, y estaban tan aburridos de vivir, que rogaban al cielo que los hiciera desaparecer.

Un día, a la Muerte se le ocurrió una solución para solucionar su problema al ver pasar por el camino a un viejecito decrépito que no podía casi ni andar y que no paraba de lamentarse llamando a gritos a la muerte para que se lo llevara. La Muerte lo llamó y después de contarle lo que ocurría, le rogó que la ayudara:

—Ya ves mi estado y ahora ya sabes el motivo de por qué en el mundo no muere nadie. ¡Avisa a las gentes del pueblo y venid a cortar entre todos este maldito peral! Hasta que yo no baje de sus ramas, ni tú ni nadie podrá morir.

No tardaron los vecinos en llegar, armados con hachas y sierras, pero aunque mucho lo intentaron, no lograron hacer ni la más mínima mella en el tronco del viejo árbol. Algunos pensaron en ayudar a bajar ellos mismos a la Muerte, pero todos los que lo intentaron se quedaron atrapados en el peral junto a ella. Entonces empezaron a rogar a la vieja Miseria que se apiadase de todos ellos; de los que tanto sufrían por no morir y de los que estaban colgados del peral, incluida la Muerte. Tanto y tanto insistieron, tanto y tanto lloraron y suplicaron, que, finalmente, doña Miseria cedió, aunque le puso una condición a la Muerte:

—Para que te deje bajar de ahí arriba, Muerte, me has de prometer que nunca, nunca, nunca jamás te acordarás ni de mi hijo Ambrosio ni de mí. Solo podrás llevarnos si te lo pedimos tres veces.

Accedió la Muerte y Doña Miseria dejó bajar a todos del peral. La Muerte, por fin, podía seguir con su tarea. Tenía mucho trabajo pendiente y estuvo muy ocupada durante meses. Todos los que debían haber muerto durante los años que ella estuvo cautiva en el árbol, la vieron llegar aliviados y, de buen grado, se fueron con ella. A todos se llevó la Muerte, menos a la anciana y a su hijo, que aún sigue vivos. Es por eso que todavía hoy en el mundo sigue habiendo miseria y hambre.

FIN

El zorro y el lobo

Ilustración: vodoc

Un frío día de invierno, cierto pescador regresaba a su casa muy contento por la buena pesca cuando al borde del camino vio un zorro tirado a un lado de la carretera. Se acercó con cautela y descubrió que no se movía, así que supuso que estaba muerto.

—¡Qué suerte la mía! —exclamó, al tiempo que recogía al animal y lo arrojaba en la parte trasera de su carro, donde también estaban los peces que había capturado—. Con su piel me haré un buen abrigo para protegerme del frío.

Mientras el hombre continuaba satisfecho su viaje, el astuto zorro, que no estaba en absoluto muerto, tiró los peces del carro y luego saltó él.

Al llegar a su casa, el hombre se dio cuenta de que los peces y el zorro habían desaparecido.

—¿Dónde están? —se lamentó el pescador—. Había muchos peces y un zorro en mi carro.

Al darse cuenta de lo que había sucedido, el buen hombre se puso a llorar y a lamentarse, pero ya no había nada que hacer.

Mientras tanto, el zorro estaba dándose un gran festín con todo el pescado que había robado del carro. En eso estaba cuando llegó un lobo:

—Buenos días, primo —saludó con cortesía el recién llegado.

—Buenos días, amigo —respondió el zorro.

—Estoy muerto de hambre y como veo que tienes muchos peces ahí, ¿serías tan amable de darme unos cuantos? —preguntó el lobo.

—Lo siento, pero este pescado es mío. Mi esfuerzo me ha costado conseguirlo. Lo que deberías hacer es ir y pescar tú mismo —respondió el zorro.

—Yo no sé pescar.

—Es fácil, solo tienes que bajar al río, romper el hielo con una piedra, colocar tu cola dentro del agujero y esperar a que los peces piquen —le dijo el zorro al lobo.

Así que el ingenuo lobo bajó al río, hizo un agujero en el hielo e introdujo su cola en la grieta, pero como era invierno, pronto la cola se congeló en el agua, de modo que no importó lo fuerte que tiró para intentar sacarla; no pudo. No tuvo más remedio que sentarse sobre el hielo y pasar allí toda la noche.

A la mañana siguiente, muy de mañana, una mujer fue a buscar agua al río y al ver al lobo empezó a gritar:

—¡Socorro! ¡Un lobo, un lobo! ¡Que alguien me ayude!

Al oírla, los aldeanos acudieron a toda prisa y comenzaron a golpear al lobo con palos, piedras y todo lo que encontraron cerca.

No supo cómo lo consiguió, pero el pobre lobo finalmente pudo soltar su cola helada y escapar de la gente. Mientras huía pensaba: «Maldito zorro, ¡me vengaré de ti! ¡Me las pagarás!

A poca distancia, el zorro, que había sido testigo de todo lo ocurrido, se deslizó con cautela dentro de la choza donde la mujer que había gritado estaba preparando un pastel de frambuesas y se embadurnó el cuerpo con la mermelada de los frutos rojos.

Cuando el enojado lobo dio con el zorro, le dijo que se lo iba a comer y le contó cómo la gente lo había golpeado hasta casi matarlo. El zorro le respondió:

—Lo siento mucho, pero a mí me golpearon también y mucho más fuerte que a ti. Fíjate, yo estoy sangrando y tú no.

—Eso es verdad —asintió el lobo mientras miraba las supuestas heridas del zorro—. Te llevaré a mi casa y te curaré —Se ofreció solícito.

El lobo llevó al zorro a su casa y allí lo estuvo cuidando y alimentando hasta que llegó la primavera. Con los primeros rayos de sol, el zorro recuperó milagrosamente la salud y el lobo, al darse cuenta de ese nuevo engaño, gruñó enfadado:

—¡Me has traicionado otra vez! Esta vez no te vas a librar, ¡voy a comerte!

—¡Espera, espera! al menos dame la oportunidad de poner en orden mis asuntos antes de comerme. Vayamos a mi casa, podrás quedarte con todas mis pertenencias.

El lobo aceptó y el zorro lo condujo hasta lo más hondo del bosque, a un lugar en el que sabía que había una profunda cueva de la cual era imposible salir.

—Antes de empezar a comerme, entra para ver todo lo que tengo.

El incauto lobo así lo hizo y el zorro aprovechó para deslizar una pesada piedra que selló la entrada.

—¡Déjame salir! —suplicaba—. ¡Te prometo que no te comeré! ¡Te lo prometo!

—Te creo, te creo. Tú siéntate y espera, que ahora mismo te ayudo —contestó el zorro mientras se alejaba de allí.

FIN

El baño del cuento del martes

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Ilustración: Emma Pumarola

 

Este cuento y esta ilustración han sido posibles gracias a: 

genérico

Desde que el mundo es mundo se han contado cuentos. Pero a diferencia de ahora, en que la gente cree que los cuentos son solo cosa de niños, hubo una época remota en la que fueron muy importantes, y desde los reyes a los campesinos, desde los más grandes a los más chicos y de norte a sur de la tierra, las historias eran escuchadas alrededor del fuego por cualquiera que tuviera orejas. Y aquellas historias, si se escuchaban con atención, acababan por hacerse realidad.

Fue, precisamente, en aquellos lejanos tiempos cuando nuestra historia comienza.

Ocurrió en una ciudad de la baja Mesopotamia; una fértil tierra llena de agua situada entre dos ríos: el Tigris y el Éufrates y en la remota época en la que Sumu-abum reinaba.

En aquel tiempo, vivía allí un viejo sabio que había pasado toda su vida observando las estrellas y que, por ese motivo, era conocido por todo el mundo como el Observante.

Una noche, en la que haciendo honor a su nombre el Observante observaba las estrellas desde lo alto de un zigurat cercano a su casa, se dio cuenta, de pronto, de que podía ordenar el tiempo, y decidió repartir las horas en sesenta minutos y las semanas en siete días, tal y como todavía seguimos haciendo hoy.

La cosa no hubiera tenido más consecuencias si no hubiera sido porque, poco después, se puso tan de moda el invento de el Observante, que la gente empezó a organizarlo absolutamente todo alrededor del tiempo:

—¡Uy!, ¡las siete y diecisiete! ¡Debo pasar por la palmera a buscar dátiles antes de volver a casa!

—¡Por Enki! ¿¡Tan tarde se ha hecho ya!? ¡Tengo seis minutos para coger el último camello!

—¡Corre, corre! ¡Te veo mañana a las cuatro y ocho!

—¡¡¿A las cuatro y ocho?!! ¡Imposible! Deja que consulte mi tablilla temporal… Lo siento, pero a esa hora tengo astrólogo y luego voy a la pelu a pintarme la raya de kohl en los ojos. ¿Qué tal antes?, ¿a las doce y tres?

—Creo que puedo, pero te lo confirmo luego. Te mandaré un mensaje con mi paloma nueva; ¡es de la última generación y va que vuela!

De tal manera se obsesionaron con medir todo lo que hacían, que empezaron a depender de los minutos, las horas y los días y se olvidaron, por completo, del verdadero valor temporal. Ya no daban importancia a aquellas cosas para las que no es necesario controlar los minutos; como mirar las estrellas, hablar con los amigos, tomar el sol y contar cuentos.

Pero como todas estas cosas es imprescindible hacerlas, no tuvieron más remedio que encerrarlas en el tiempo para poder llevarlas a cabo. Así, que decidieron que mirarían las estrellas cuando hubiera un eclipse; tomarían el sol en verano; hablarían con los amigos los fines de semana, y contarían cuentos…  ¡Gran problema! ¿Qué harían con los cuentos?

Como a los cuentos es muy difícil poder encerrarlos en el tiempo, el asunto llegó a las más altas instancias del reino y después de debatirlo durante días enteros, el Consejo de Ministros del Rey Sumu-abum anunció a todos los habitantes de Mesopotamia que los cuentos se contarían por la noche, antes de ir a dormir y que no podrían ser más largos de catorce minutos.

A partir de entonces, los cuentos empezaron a ser cada vez más cortos y menos importantes y, poco a poco, fueron quedando relegados. Ya no se relataban alrededor de los grandes fuegos sino que, a toda prisa, se contaban después de la cena, justo antes de que la gente se acostara.

Los cuentos de todos los días de la semana se tomaron las nuevas normas con resignación y ninguno de ellos duraba más de los catorce minutos reglamentarios, pero el cuento del martes se negó en redondo a ser encapsulado en tan corto espacio de tiempo, ¡él tenía muchas cosas que contar! Por lo que después de dar vueltas y más vueltas a tan delicado asunto, pensó que la mejor manera de zafarse de las normas y alargar sus historias sería que la gente estuviera tan interesada en su cuento que se olvidara por completo del tiempo. Y empezó a pensar en qué cuento podría inventar.

Primero le dio vueltas a un relato sobre un diluvio, en el que la tierra quedaba completamente cubierta por el agua… Pero supuso que la gente se asustaría, así que lo soltó en el aire.

Imaginó después la historia de un hombre fuera del tiempo llamado Utnapishtim, que guardaba el secreto de la inmortalidad… Pero tampoco le convenció, así que también la dejó volar.

Inventó otros muchos relatos, pero ninguno acababa de gustarle y los iba dejando libres.

Ya empezaba a desesperarse cuando, de pronto, tuvo una brillante idea:  ¡No inventaría un cuento, inventaría un lugar! Un lugar lleno de agua en el que la gente se olvidaría del tiempo. Un lugar en el que se estaría tan bien, que nadie querría salir de allí y entonces él aprovecharía para contar largas historias. ¡Eso haría! «El baño del cuento del martes», así lo llamaría. Un rincón lleno de magia en el que el agua lavaría de la mente el tiempo y remojaría todas las preocupaciones. ¡Allí la gente sería tan feliz que los cuentos podrían cobrar vida!

Rápidamente, se puso manos a la obra y viajando en una ráfaga de viento susurró su idea al primer humano que se cruzó en su camino, que no fue otro que Alí Ibn Abbas Abu Muhammad Ibn Amir Taymullah Zuhayr Ibn Ubayy, un comerciante árabe cargado de especias que, procedente de la India, regresaba a su casa.

Durante el camino de vuelta, Abu, entusiasmado, fue imaginando todo lo que haría para hacer realidad  aquel sueño y al llegar a su país edificó un magnífico palacio lleno de aguas mágicas al que llamó «Aire. Baños árabes». «Aire» porque el viento le había susurrado la idea y «árabe» porque él lo era.

Allí, durante mil y una noches, entre baño y baño, el cuento del martes inventó historias fantásticas que fascinaron a todos los que las escuchaban.

La voz corrió rápidamente y las gentes de los más recónditos rincones del planeta copiaron esta costumbre. Se construyeron lujosos baños en los se contaban interminables cuentos, se tomaba té y se olvidaban, por un rato, todas las penas. No había ni una sola ciudad importante de la tierra que no tuviera un lujoso baño público, y la gente acudía allí antes de tomar cualquier decisión.

Aunque desde entonces han pasado muchos siglos, todavía hoy existen estos lugares mágicos en los que los relojes dejan de funcionar, el tiempo se detiene  y cualquier cuento puede hacerse realidad…

 …y nosotros sabemos dónde están…

Almería

Barcelona

Sevilla

 FIN