cuento japonés

El traje de paja de arroz que volvía invisible

Ilustración: svenstoffels

Esta historia sucedió en una aldea japonesa en una fecha que supera los más remotos tiempos que alguien puede recordar. Hace tanto tiempo que ocurrió, que nadie recuerda el nombre del lugar.

Era, eso sí, una aldea singular con unos habitantes todavía más singulares. Ninguno de ellos había sido bendecido con la inteligencia humana, pero es que, por otra parte, tampoco ninguno tenía las hechuras para poder recibir el nombre de hombre o mujer. Unos tenían cabezas calvas y alargadas como huevos de gallina; otros grandes y redondas como sandías y unos terceros parecía que tuvieran patatas sobre los hombros.

Entre los habitantes, había uno que era tan inútil que no servía para nada pero, sin embargo, tenía un temperamento tan malicioso que no se encontraba a gusto si no fastidiaba a sus vecinos. Como nadie recuerda ya su nombre, lo llamaremos señor Orokana.

Un día, el señor Orokana se encontró con un tengu y decidió engañarlo. A partir de ahí, las cosas se empezaron a complicar…

Para quien no lo sepa, un tengu es una criatura verdaderamente extraordinaria que vive en las montañas y los bosques. Su nariz es de una longitud extraordinaria y en la espalda lleva dos alas que le permiten volar. Su vestido es lo más extravagante que uno pueda imaginar y sobre la cabeza, luce un pequeño sombrero negro. Además de todo eso, tiene poderes mágicos. Así, que sólo una persona sin ningún seso se atrevería a burlarse de un tengu. Es más, cualquiera que no fuera un tonto rematado se alejaría rápidamente de él. Sin embargo, precisamente de esta clase de tontos era el señor Orokana.

El día en el que todo sucedió, el señor Orokana estaba tallando una larga pipa en una caña de bambú.

Primero pensó utilizarla como cerbatana, para soplar y lanzar piedras con ella; luego creyó que podría ser un magnífico telescopio. Y fue precisamente al mirar a través del largo tubo, cuando descubrió a un tengu que se acercaba volando hacia él.

—¡Ajá! —murmuró el señor Orokana—. Aquí viene alguien con el que me puedo divertir. Voy a engañar a ese tengu para que me regale el bonito traje de paja de arroz que lleva.

Sin pensarlo dos veces, se puso a mirar hacia el cielo a través de su tubo de bambú mientras lanzaba exclamaciones de sorpresa.

Aquello fue demasiado para el tengu, el cual, como todos los tengu del mundo, era muy curioso. Se puso a dar vueltas alrededor del señor Orokana sin parar de rogarle que lo dejase echar un vistazo a través del tubo:

—¡Porfavorporfavorpofavor!, ¡déjame mirar!

—¿¡Cómo!? ¿Que quieres que te deje mi precioso telescopio nuevo?  —preguntó dándole la espalda al tengu sin dejar de mirar a través de la caña de bambú— ¡Oh! ¡Qué bonita se ve la Luna, veo los valles y las llanuras que hay en su superficie! ¡Qué lástima que tú no puedas verla, amigo.

Naturalmente, esto hizo que el deseo del tengu de mirar a través del tubo aumentara, por lo que ofreció sus elegantes zapatos de madera a cambio de poder mirar. Sin embargo, el señor Orokana no quiso ni oír hablar del cambio. Luego ofreció su sombrero negro, pero también fue rechazado. Finalmente, cuando ya no hubo otro remedio, el tengu ofreció su traje tejido con paja de arroz. Aquello era, precisamente, lo que quería el señor Orokana, así que cerraron apresuradamente el trato.

El señor Orokana se alejó del lugar del suceso tan rápido como pudo, dejando al pobre tengu comprobando que su insaciable curiosidad le había jugado una mala pasada.

Ya fuera del alcance del tengu, el señor Orokana se puso el traje y ¡plof!, desapareció. Orgulloso de sí mismo, decidió acercarse hasta la calle principal de la aldea. Allí disfrutó de lo lindo haciendo tropezar a la gente, volcando los puestos de comida, pellizcando las narices y asustando a los peatones gritándoles al oído.

La gente se escondía asustada, maravillándose de los extraños sucesos que estaban ocurriendo en una calle aparentemente normal.

El señor Orokana siguió haciendo de las suyas. Ahora tenía justo delante a un serio caballero que acababa de comprar unos elegantes zuecos, blancos como la nieve. En el momento en que se detuvo para abrir el paquete y admirar de nuevo su compra, se llevó el mayor susto de su vida al ver cómo los zuecos nuevos volaban de sus manos y se ponían a danzar alocadamente en el aire.

Después, el señor Orokana se acercó a la pescadería, donde la gente escogía su pescado para la cena. Acababa de llegar un besugo fresquísimo y todos lo estaban admirando por su tamaño y brillantez. De pronto, el enorme y rollizo besugo pareció que volvía a la vida porque, dando un fuerte coletazo sobre el mostrador, se alejó flotando calle abajo, como si de un pez volador se tratara.

El señor Orokana, que ya estaba cansado de tanto ir arriba y abajo, decidió volver a su casa para reposar.

Al llegar allí,  se despojó del traje maravilloso y se hizo otra vez visible. Su anciana madre, que no había visto entrar a nadie, ¡se llevó un susto morrocotudo!

El señor Orokana se puso a dormir y su madre aprovechó para sacudir el traje de paja de arroz para quitarle el polvo.

—¡Caramba! —dijo la mujer—. ¡Este traje está hecho una auténtica porquería! Será mejor quemarlo.

Dicho y hecho. Metió el traje en el ardiente horno donde en cuestión de segundos quedó reducido a un montón de grises cenizas.

Cuando se despertó, el señor Orokana buscó su traje. No lo veía por ninguna parte.

Su madre le confesó que lo había quemado.

El señor Orokana, profiriendo un furioso alarido, recogió cuidadosamente toda la ceniza y la metió en un saco. Creyó que, tal vez, los restos del traje podían conservar algo de su mágico poder. Se fue a su habitación, se desnudó y se restregó cuidadosamente las cenizas por todo el cuerpo, de la cabeza a los pies. Y, por muy extraño que parezca, ¡plof!, el señor Orokana desapareció por completo.

Alegre por el resultado obtenido, se marchó bailando hacia la aldea.

Cuando llegó, era de noche y en las tabernas la gente bebía sake. La deliciosa fragancia atrajo enseguida al señor Orokana hacia el interior de uno de los establecimientos. Una vez dentro, se sentó junto al enorme barril que contenía el licor y aprovechando que nadie lo veía, se amorró a la espita y empezó a beber avariciosamente.

Al oír el ruido que hacía al sorber, los que estaban en la taberna se volvieron sorprendidos hacia donde él estaba, pero nadie veía nada. Sin embargo, el sonido continuaba.

El tabernero se dirigió corriendo hacia el barril del cual provenía aquel extraño ruido y al llegar vio, justo en la punta del caño, lo que parecía una roja y húmeda boca flotando que, sin duda alguna se estaba bebiendo el sake.

Siguió observando sin dar crédito a lo que veía. Las gotas de licor resbalaban ahora por algo que empezaba a parecer una barbilla y pronto una nariz y unos penetrantes ojos se hicieron visibles.

Volviendo en sí de su asombro, el tabernero pegó un alarido, lo que hizo que aquel espectral rostro levantara la vista y lanzara una confundida mirada a su expectante observador. Sin perder si un segundo, la cara se levantó en el aire y salió flotando de la taberna.

¡Había ocurrido lo peor! La ceniza funcionaba mientras estaba seca, pero mojada perdía todo su poder de invisibilidad y ahora el señor Orokana se encontraba en un aprieto.

La multitud reunida en la taberna corría tras él, gritando al unísono:

—¡Queremos verte! ¿Dónde está el sake que has robado? ¡Bandido! ¡Ladrón! ¡Demonio! ¡Ya verás cuando te alcancemos!

Entre el miedo y la carrera, el señor Orokana empezó a sudar y su piel empezó a aparecer un trozo aquí y otro allá ante los asombrados ojos de sus perseguidores.

Cuando su cuerpo desnudo apareció por completo, el señor Orokana paró en seco para intentar cubrirse.

Uno de sus perseguidores le arrojó un quimono:

—¡Vaya, señor Orokana! ¡Pensamos que eras un demonio! ¿Qué es lo que te ha pasado?

El señor Orokana, avergonzado, relató la historia de su intercambio con el tengu.

Después de escuchar su relato, la multitud no daba crédito:

—¿De verdad te has acercado a un tengu? ¿De verdad lo has engañado y le has robado el traje? —exclamaron—. ¡Estás muy loco, señor Orokana!

La multitud estalló en carcajadas ante la necedad del señor Orokana. Y, hasta donde yo sé, el tengu todavía anda buscándolo para recuperar su traje.

FIN

El espejo de Matsuyama

Ilustración: Kitagawa Utamaro

Hace mucho, mucho tiempo vivía en un remoto lugar de Japón una joven pareja. Tenían una hija a la que ambos amaban de todo corazón. Los nombres de todos ellos ya cayeron en olvido, pero los que siguen narrando esta triste historia sí recuerdan que todo ocurrió en un lugar llamado Matsuyama.

Cuando la niña era aún muy pequeñita, el padre se vio obligado a ir a la capital del Imperio para arreglar ciertos asuntos. Al ser un lugar tan remoto y el viaje hasta allí tan pesado, ni la madre ni la niña lo acompañaron, así que él se marchó solo. Se despidió de ellas y les prometió que regresaría muy pronto cargado de preciosos regalos.

La joven madre, que nunca había ido más allá de la cercana aldea, no podía desechar cierto temor por el largo viaje que emprendía su marido; pero, al mismo tiempo, se sentía orgullosa de que fuese él, por aquellos contornos, la primera persona en ir a la rica ciudad, donde el rey y los poderosos habitaban, y donde seguro que había de ver muchas maravillas.

Pasado el tiempo, la mujer recibió una carta en la que su marido anunciaba su regreso y no es posible describir la alegría que sintió cuando el viajero volvió a casa sano y salvo. La pequeña, al ver de nuevo a su padre, daba palmadas y sonreía divertida al recibir los juguetes que este le había comprado. Y él no se hartaba de contar las cosas extraordinarias que había visto, durante su visita a la capital.

—Mira —le dijo a su mujer— Fíjate en esto, lo he traído especialmente para ti. Abre la caja y descríbeme lo que ves.

Le entregó entonces una cajita de madera blanca que ella se apresuró a abrir:

—Veo un disco de metal. Por un lado es de plata, con adornos de pájaros y flores, y por el otro, es una superficie brillante y pulida que… —Miró la joven esposa con asombro, porque desde la profundidad de aquel extraño objeto vio que la miraba, con labios entreabiertos y ojos llenos de curiosidad, un rostro que sonreía alegre.

—¿Qué ves? —insistió el marido, encantado con el pasmo de ella y muy ufano de mostrar lo que había aprendido.

—Veo a una mujer muy hermosa, que me mira y que mueve los labios como si hablase, y que lleva, ¡qué extraño!, un vestido exactamente igual que el mío.

—Esa que ves es tu cara —le replicó el marido, muy satisfecho de saber algo que su mujer no sabía—. Esto que tienes en la mano se llama espejo. En la ciudad cada persona tiene uno, por más que nosotros, aquí en el campo, no los hubiéramos visto hasta hoy.

Encantada la mujer con su regalo, se pasó algunos días mirándose a cada momento, Pero después pensó que tan prodigioso objeto era demasiado valioso como para usarlo a diario y lo guardó en su cajita, la cual ocultó con cuidado entre sus más estimados tesoros. Y como desde aquel día nunca volvió a hablar del espejo, el marido se olvidó de él por completo.

Fueron pasando los años y marido y mujer vivían dichosos. El centro de sus vidas era la niña, que iba creciendo y cada día se parecía más a su madre. Pero llegó un día en que sobrevino un tremendo infortunio para la familia hasta entonces tan dichosa. La mujer cayó enferma y aunque la cuidaron con desvelo, empeoró cada vez más, hasta que fue evidente que moriría.

Cuando supo que pronto debería abandonar a su marido y a su hija, se puso muy triste. Llamó a la niña y poniendo en sus manos la cajita de madera blanca que contenía el antiguo regalo, le dijo:

—Querida hija, estoy muy enferma y pronto moriré. Cuando yo ya no esté a tu lado, abre esta caja que te doy y mira cada día el objeto que contiene. Podrás ver mi cara en él y sabrás, así, que no me he marchado del todo y que siempre estaré a tu lado velando por ti.

La niña prometió con lágrimas en los ojos que haría lo que su madre le pedía.

Cuando la madre ya no estuvo a su lado, la niña abría la cajita cada día, sacaba con mucho cuidado el espejo y lo contemplaba largo rato. Allí veía la cara de su perdida madre, que la miraba sonriendo. Ya no estaba pálida y enferma, sino hermosa y joven. A ella le confiaba sus secretos.

El padre, después de observar durante un tiempo el comportamiento de su hija y constatar que cada día, sin falta, se miraba al espejo y parecía conversar con él, le preguntó la causa de tan extraña conducta.

La niña contestó:

—Miro todos los días el espejo para ver a mi querida madre y hablar con ella.

Enternecido, el padre no tuvo valor para sacar del error a su hija. No le dijo que aquella imagen que contemplaba en el espejo era su propio reflejo y que, quizá como efecto del amor que sentía, cada vez se parecía más al hermoso rostro de la madre perdida.

FIN