cuento popular

La medusa tonta

Ilustración: Gregory Stephenson

Había una vez un rey y una reina dragones marinos que decidieron casarse. Grande fue el alboroto que causó la alegre noticia. Los peces, pequeños y grandes, llegaron para presentar sus respetos y ofrecer presentes a la pareja de recién casados; y durante varios días todo fueron festejos y alegría.

Pero ¡oh fatalidad!, incluso los dragones marinos tienen que soportar duras pruebas. Apenas había transcurrido un mes del enlace real, cuando el rey dragón cayó enfermo. Los doctores lo trataron con todos los medios que estaban a su alcance, pero sin resultado. Al final, con gran pesadumbre, declararon que no había nada que hacer. La enfermedad seguiría su curso y probablemente el monarca moriría, pero tal vez quedaba una esperanza…

Uno de los médicos le dijo a la reina:

—Sé de algo que curaría al rey: tan solo debemos conseguir el hígado de un mono vivo para que se lo coma y se recuperará enseguida.

—¿¡El hígado de un mono vivo!? —exclamó la Reina—. ¡Pero eso es imposible! Nosotros, los dragones marinos, vivimos en el mar, mientras que los monos viven lejos de aquí, entre los árboles, en tierra firme. ¿¡El hígado de un mono vivo!? ¡Qué locura más grande!

En este punto, el rey dragón rompió a llorar amargamente:

—Una cosa tan pequeña —se quejó—, y tú no quieres concedérmela. Siempre sospeché que no me querías de verdad. ¡Oh! Ojalá no me hubiera casado contigo.

Su voz se quebró en sollozos y ya no pudo decir nada más.

Por supuesto que la reina dragona no quería que nadie pudiese pensar que estaba siendo malvada con su buen esposo, así que enseguida envió a buscar a su fiel sirviente la medusa y le dijo:

—Sé que lo que te voy a encomendar es una tarea difícil, pero confío en ti. Lo que quiero es que vayas tierra adentro y convenzas a un mono para que te acompañe hasta aquí. Para persuadirlo, puedes contarle cuánto mejor se vive aquí en Dragonlandia, que donde él vive ahora. Cuídate de que llegue sano y salvo, porque lo que realmente necesito es cortarle el hígado y utilizarlo como medicina para el rey dragón, quien, como bien ya sabes, está gravemente enfermo.

Así que la medusa partió a su extraño viaje errante.

Tenemos que apuntar que en aquellos tiempos la medusa era como cualquier otro pez, con ojos, aletas y cola. Pero, además, tenía una singularidad que la diferenciaba de todos los demás habitantes marinos: sus pequeños y numerosos pies, que le permitían tanto caminar por tierra como nadar velozmente en el agua.

A la medusa no le llevó muchas horas nadar hacia el país en donde vivían los monos; y la suerte quiso que nada más llegar viese a un espléndido ejemplar de mico saltando entre las ramas de los árboles cerca del lugar en donde la medusa había pisado tierra.

La medusa lo llamó:

—¡Eh! ¡Señor mono! He venido para hablarle de un país mucho más bello que este. Se encuentra bajo las olas y se llama Dragonlandia. Hace un tiempo muy agradable todo el año, los árboles están colmados de deliciosos frutos maduros, y no existen esas criaturas tan malas llamadas hombres. Si me acompañas, te llevaré hasta allí. Súbete a mi espalda.

El mono pensó que sería divertido conocer un país nuevo, así que saltó a las espaldas de la medusa y se zambulleron en el agua. Cuando llevaban medio trecho recorrido, el mono empezó a preguntarse si no habría gato encerrado. Parecía un poco raro verse abordado de esa manera por una extraña. Así que le preguntó a la medusa:

—¿Por qué has venido a buscarme precisamente a mí?

La medusa contestó:

—Mi señora, la reina dragona, te necesita para quitarte el hígado y dárselo como medicina a su esposo, el rey, que está muy enfermo.

«¡Ah!, así que de eso se trata el juego, ¿no?», pensó el mono. Pero se guardó sus pensamientos y tan solo respondió:

—Nada me proporcionaría mayor placer que estar al servicio de sus majestades. Pero resulta que dejé mi hígado colgado de una rama de ese gran castaño en el que estaba brincando. El hígado es algo que pesa bastante, por lo que generalmente me lo quito para jugar durante el día. ¡Da la vuelta rápido! ¡Tenemos que volver a buscarlo!

La medusa estuvo de acuerdo en que era lo único que podía hacerse dadas las circunstancias. Porque —tonta criatura como era— no se dio cuenta de que el mono le estaba contando un cuento para evitar que lo matasen y le diesen su hígado al rey dragón.

Cuando alcanzaron la orilla de Monolandia de nuevo, el mono dio un rápido bote desde la espalda de la medusa hasta alcanzar la rama más alta del castaño. Entonces dijo:

—No veo mi hígado por aquí. Quizás alguien se lo haya llevado. Pero voy a buscarlo. Tú, mientras tanto, es mejor que vuelvas y le cuentes a tu señora lo que ha sucedido. Se preocupará si no estás de vuelta en casa antes de que anochezca.

Así que la medusa emprendió la marcha por segunda vez; y cuando llegó a casa, le contó a la reina dragona todo tal y como había sucedido. La reina se encendió de ira y llamó a gritos a sus guardias, diciéndoles:

—¡Llevaos a esta individua de mi presencia! ¡Lleváosla y hacedla papilla! ¡Dadle una paliza por tonta! ¡Que no quede ni un solo hueso sano en todo su cuerpo!

Así que los guardias la apalearon, tal y como la reina había ordenado, y esa es la razón por la cual, hasta el día de hoy, las medusas no tienen huesos y no son sino una masa pulposa.

En cuanto al rey dragón, cuando supo que no tendría el hígado del mono, ¡vaya!, pues se convenció de que no le quedaba más remedio que curarse sin él.

FIN

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Los seis sabios ciegos y el elefante

Hace mucho tiempo, en la India, vivían seis sabios ciegos que pasaban sus días estudiando para ser más y más eruditos.

Después del estudio, solían reunirse y discutían durante horas. Ponían en común lo aprendido y luego decidían quién, de entre los seis, había aprovechado mejor el tiempo.

Un día, la discusión versó acerca de la forma exacta que tenía un elefante, pero no consiguieron ponerse de acuerdo en cómo era exactamente ese animal. Como ninguno de ellos había tenido la oportunidad de tocar uno, decidieron salir al día siguiente a la busca de un ejemplar para satisfacer su curiosidad y salir de dudas.

Guiados por un joven lazarillo, se pusieron en fila y cada uno de los sabios puso su mano derecha en el hombro derecho de quien lo precedía. De esta forma, emprendieron la marcha y anduvieron por una estrecha senda que se adentraba en la selva.

No pasó mucho tiempo cuando el joven lazarillo, deteniendo la marcha, les dijo que frente a ellos había un gran ejemplar de elefante. Llenos de alegría, los seis sabios ciegos se felicitaron por su suerte. Finalmente podrían resolver el problema.

El más decidido, lleno de impaciencia, se adelantó a toda prisa con los brazos extendidos. Quería ser el primero en tocar al animal, pero tuvo la mala suerte de tropezar con una rama, cayó de bruces y fue a dar contra el costado del animal, que en ese momento descansaba echado sobre el suelo:

—Amigos míos, el elefante —exclamó— es como una pared de barro secada al sol.

El segundo, con las manos extendidas, avanzó con más precaución y lo primero que tocó fue el colmillo del elefante:

—Sin duda la forma de este animal se asemeja a una lanza.

Justo en el momento en el que el elefante empezaba a levantarse, avanzó el tercer ciego hacía él y le agarró la trompa. La palpó, notando su forma, sintiendo cómo se movía, y exclamó:

—Escuchad todos, un elefante no es otra cosa que una serpiente larga y ondulante.

El cuarto sabio se desvió y acabó por topar con la cola del animal, que el elefante movía a derecha y a izquierda para espantar a los insectos. La agarró como pudo y no dudó en afirmar:

—Está claro que este animal es como una robusta cuerda que se mueve a merced del viento.

El quinto sabio avanzó y al palpar una de las orejas no dudó en decir:

—Ninguno de vosotros está en lo cierto; el elefante es como un gran abanico.

El sexto sabio, un anciano muy anciano que andaba encorvado, se acercó con lentitud apoyado en su bastón. Tan doblada estaba su espalda a causa de la edad, que pasó por debajo del elefante y tropezó con una de sus gruesas patas traseras:

—¡Amigos míos! Ahora mismo lo estoy tocando y os puedo asegurar que el elefante es como el grueso tronco de un árbol.

Acabada su inspección, volvieron a formar una fila y tomaron el camino de regreso muy satisfechos.

Al llegar a su casa, se sentaron alrededor de la mesa de estudio y retomaron la discusión sobre la verdadera forma del elefante. Cada uno de ellos defendía acaloradamente su verdad a gritos y afirmaba que los demás estaban equivocados.

El joven lazarillo, sin atreverse a intervenir, observaba la escena en silencio, pero no pudo evitar pensar: «Los seis sabios han tocado el mismo elefante, pero cada uno de ellos, basándose en su experiencia, se ha hecho una idea totalmente diferente de cómo es en realidad. Ciertamente, todos tienen una parte de razón, pero ninguno tiene la verdad completa».

Sin hacer ruido, el chico se marchó dejando a los seis sabios inmersos en su inútil discusión sobre quién tenía la razón. Una disputa que, por cierto, dicen que aún dura, porque los sabios todavía no han sido capaces de ponerse de acuerdo sobre la verdadera forma que tienen los elefantes.

FIN

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El vendedor de sombreros

Ilustración: Roberto del Real

Había una vez un vendedor de sombreros que vivía en un pueblo muy lejano. Allí tenía una tienda en la que trabajaba fabricando sombreros de todo tipo: sombreros de paja, de fieltro y de telas de muchos colores, sombreros para fiestas y bodas, bautizos y funerales; sombreros para la lluvia y el sol.

Pero no le iba muy bien, pues todos en el pueblo ya tenían sombrero, no usaban sombrero, o simplemente no tenían dinero para comprarse uno.

Un día, cuando había terminado de hacer un buen montón de hermosos sombreros, decidió ir a venderlos a los pueblos vecinos.

Los echó todos en una canasta, tomó su viejo sombrero de paja y su bastón, y salió muy temprano anunciando:

—¡Vendo sombreros! ¡Vendo hermosos sombreros!

El vendedor caminó varias horas, y atravesó bosques y ríos, hasta que llegó a una pradera.

Luego se sentó cerca de unos árboles y abrió la canasta para contemplar sus sombreros. «Están todos tan bien hechos, y se ven tan elegantes. ¿Cómo no me van a comprar algunos?» pensaba el hombre, Luego, como estaba un poco cansado, decidió dormir una siestecita.

Después de unas horas, despertó y quiso continuar con su camino, pero cuál no fue su sorpresa cuando descubrió que la canasta estaba vacía y los sombreros ya no estaban dentro. ¡Todos los sombreros habían desaparecido!

El hombre estaba muy enojado y ya estaba pensando en volver cuando, de pronto, vio algo que lo dejó con la boca abierta: allí, en las ramas de los árboles había muchos monos y todos ellos llevaban puesto ¡UN SOMBRERO!

El hombre no sabía si reír o llorar. Entonces se puso a gritar con todas sus fuerzas:

—¡Monos, devuélvanme mis sombreros! ¡Son míos!

Y el hombre les hacía gestos para que le devolvieran sus sombreros,

Los monos se reían mucho de él y saltaban de rama en rama imitando todos los gestos del hombre.

El vendedor levantaba los brazos y los monos hacían lo mismo.

El vendedor pateaba sobre el suelo y los monos hacían lo mismo.

El vendedor les sacaba la lengua y los monos hacían lo mismo.

Cansado el hombre gritó por última vez:

—¡Ladrones! ¡Son unos ladrones! ¡Devuélvanme mis sombreros! —Y luego con desesperación tomó su viejo sombrero de paja y lo lanzó al suelo—.¡Tomen, también pueden llevárselo!

Y en esto que no termina de decirlo, los monos, imitándolo, tiraron también los sombreros al suelo.

El vendedor, sin pensarlo dos veces, corrió y rápidamente los recogió.

Los puso todos dentro de la canasta: los sombreros de paja, de fieltro y de telas de muchos colores, sombreros para fiestas y bodas, bautizos y funerales; sombreros para la lluvia y el sol y se fue anunciando:

—¡Vendo sombreros! ¡Vendo hermosos sombreros!

Luego apuró el paso y se dirigió al pueblo más cercano.

Dicen por allí que aquella tarde los vendió todos. Todos, todos y aunque alguien quiso comprarle su viejo sombrero de paja, él dijo que no.

FIN

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La liebre que engañó al tigre

Ilustración: ReevolveR

En una de las grandes selvas de la India vivían, como es natural, una porción de animales de distintas especies. Pero no vivían en paz, porque les robaba la calma un feroz tigre que se almorzaba, comía y cenaba a cuantos vecinos se le antojaba, y los pobres no sabían qué hacer para quitarse de encima aquel azote de lomo rayado y afilados colmillos. Por lo menos querían que el tigre reglamentase su vida y no comiese más que lo estrictamente necesario para vivir.

Transigían con darle carne, puesto que el tigre no estaba acostumbrado a comer paja, y no había más remedio que darle tajadas.

Después de muchos conciliábulos, los animales de la selva decidieron llamar a capítulo al feroz tigre, el cual debía ser, sin duda, un tigre razonable, porque no se almorzó al mensajero y acudió puntualmente al llamamiento de sus vecinos y futuras víctimas.

Ya en presencia de aquella especie de congreso que se había reunido para recibirlo, lanzó un potente rugido que sembró la alarma en el ánimo de los más esforzados.

—Aquí me tenéis —dijo—, y desembuchad pronto lo que tengáis que comunicarme, porque me caigo de sueño. He pasado mala noche. Se me indigestó la cena y estoy, lo que se dice, muerto.

—¡Ojalá! —exclamó por lo bajo una gacela.

—¿Qué dices ? —preguntó el tigre al oír refunfuñar a la gacela.

—Digo que ojalá no se hubiera usted puesto malo, porque lo aprecio mucho —repuso la interpelada temblando de miedo.

—Muchas gracias, vecinita —dijo el tigre cortésmente—. Ahora al grano, aunque no me gusta. ¿Para qué me habéis llamado?

Y aquí surgió un grave problema. Los animales que más habían vociferado cuando estaban solos, eran mudos en presencia del tigre, porque siempre suele ocurrir lo mismo con los valentones. Por fin habló un mono que, por su facilidad de palabra y de trepar a los árboles, podía explicarse mejor y huir de rama en rama en caso de que el tigre tomase a mal sus palabras y quisiera imponerle silencio violentamente.

—Escucha, tigre carnicero —le dijo—. Te hemos llamado para decirte que estamos hartos de ser víctimas tuyas y queremos reglamentar tu comida. Es preciso que no mueran tantos animales para satisfacer tus feroces apetitos.

—¡Oh, qué poco entiendes la vida, amigo mono! —respondió el tigre que, al parecer, estaba satisfecho y, por lo tanto, no le importaba perder el tiempo discutiendo—. Lo que tú tomas por un mal, no es sino un bien desde mi punto de vista. Todos hemos venido al mundo para trabajar y yo trabajo como el primero para procurarme el sustento. ¿No es trabajo, dime, levantarme por la noche, y, cuando la mayoría de vosotros está durmiendo a pierna suelta, echar me al bosque a buscar qué comer?  ¡Qué culpa tengo yo de que no me entre la hierba? Yo me considero en el deber de comer carne, pues para eso tengo colmillos, y trabajo para adquirirla andando a veces leguas enteras en busca de ella y aguzando el ingenio para vencer la astucia de aquellos que, lejos de considerarse honrados con ir a parar a mi vientre, huyen y se ocultan con un cuidado que me obliga a trabajar aún más.

—Te conocemos, tigre, y aunque vengas ahora dándotelas de infeliz, sabemos muy bien que matas muchos más animales de los que realmente te hacen falta para tu sustento. Por eso vamos a hacerle una proposición.

—¿Qué proposiciones podéis hacerme que sean capaces do convencerme? El trabajar es digno de criaturas honradas, y yo no aceptaré nada que contribuya a librarme de mi trabajo. Sin embargo, os escucho y, si puedo complaceros, lo haré con mucho gusto.

—Pues lo que queremos proponerte —continuó el mono—, es lo siguiente: no salgas de caza por las noches para que tu celo por el trabajo no te incite a matar animales que no necesitas; estate en tu casa, o paséate tranquilamente, y si te comprometes a no matar a nadie, nosotros nos comprometemos a traerte diariamente una víctima para que te la comas. Así, tú no tendrás que preocuparte y nosotros sabremos que has de comerte al año trescientos sesenta y cinco animales o trescientos sesenta y seis si el año es bisiesto, mientras que siendo tú el cazador matarías diez veces más animales.

El tigre se quedó pensativo y, después de haberse rascado las dos orejas y el hocico, respondió:

—En principio no me parece mal la idea y estoy dispuesto a ensayarla desde esta noche. Pero os advierto que, si en la práctica no me da buen resultado, volveré al trabajo como siempre.

Y así se hizo.

Desde aquella noche los animales de la selva entregaban una víctima diaria al tigre y todo marchó como una seda durante algún tiempo. Los animales se sorteaban, y al que le tocaba la china iba a entregarse a los colmillos del tigre.

Al cabo ele algún tiempo le tocó la desgracia, porque no podemos decir la suerte, a la liebre, y esta no la recibió con agrado.

—¿Cuánto tiempo va a durar esta odiosa opresión? —dijo.

Sus vecinos comenzaron a gritar y a protestar contra el que todos creían era un deseo de romper el convenio, y solo se quedaron medio satisfechos cuando la liebre les indicó que tenía un plan para acabar con el tigre. No hay que decir que todos quisieron saber qué pensaba hacer, pero la liebre contestaba con un refrán que se usa en la India: «Antes de emprender tu viaje esconde tres cosas: tu dinero, la fecha de salida y el camino que vas a recorrer».

En una palabra, la liebre ocultó su plan y, por la noche, emprendió el camino hacia la guarida del tigre, tan tarde, que el animal estaba ya hambriento y enfadado por el retraso de su víctima.

Cuando llegó la liebre, aparentemente muy precipitada, el tigre la regañó muchísimo, y la liebre tuvo que esforzarse para lograr que escuchara su explicación.

—Escucha, tigre —dijo cuando pudo hacerse oír—, venía para acá con un amigo cuando encontramos otro tigre que nos cogió a los dos. Yo le dije que tuviera cuidado conmigo, porque estaba destinada al servicio de mi rey, pero el tigre desconocido me amenazó terriblemente, y dijo que te iba a destrozar a ti; más, por fortuna, con esta labia que tengo, conseguí que me dejase un respiro para venir a comunicarte lo ocurrido. Lo que sí te advierto, ¡oh, tigre!, es que no esperes más víctimas —concluyó—. El camino está cerrado por ese tigre, y si deseas que llegue tu cotidiano alimento tendrás que despejar el camino.

Al oír esto, el tigre montó en cólera, y diciendo a la liebre que le indicase el sitio en el cual estaba su rival, echó a andar.

La liebre lo llevó por un camino hasta un pozo que en el mismo había, pero antes de llegar se detuvo muy asustada

—¿Dónde está ese tigre? —preguntó, impaciente, su acompañante—. ¿Qué te pasa que no andas?

—¿Cómo quieres que ande con el miedo que tengo? —repuso la liebre—. ¿No ves que estoy temblando? Por nada del mundo me acercaré a ese pozo, porque ahí está el tigre con mi amigo.

El tigre insistió en que le mostrase el otro tigre y la liebre accedió a condición de que la cogiera en brazos. Así lo hizo su acompañante, y entonces la liebre le dijo que se asomara al pozo.

En efecto, en el fondo se veía al otro tigre con otra liebre en brazos, y, sin esperar a más el tigre verdadero, puesto que el otro no era sino su imagen reflejada en el agua con la claridad de la luna, soltó a la liebre y se arrojó al pozo, donde se ahogó.

La liebre, loca de contento por el triunfo de su ardid, corrió al pueblo con la buena nueva de la muerte de su enemigo y todos la aclamaron.

FIN

Un bosque de cuentos

Ilustración: CindysArt

Érase una vez una niña pequeña que importunaba a todo el mundo para que le contara un cuento. Pedía cuentos a su madre, a su abuela, a su tía, a su padre, a su abuelo y hasta a la vecina. A quienquiera que encontrara en su camino, le pedía que le contara un cuento. Pero no todos tenían ganas de contar cuentos, así que solían poner alguna excusa para escapar de aquella pequeña amante de las historias.

Como aquel día no consiguió que nadie le contara un cuento, la niña, muy triste, se encaminó hacia el bosque que se extendía muy cerca de su casa.

En el bosque se encontró con un cuclillo, que posado sobre una rama gritaba:

—¡Cucú! ¡cucú!

—Explícame por qué cantas siempre la misma canción —le dijo la niña.

Entonces el cuclillo le contó su historia.

—Hace mucho, mucho tiempo, un cuclillo volaba con su huevo en el pico y como no sabía dónde colocarlo, lo puso en un nido extraño. De ese huevo salió un pequeño cuclillo, que creció y creció y se hizo más grande que los papás pajaritos que lo alimentaban. El nido se le quedó pronto pequeño al joven cuclillo y, entonces, arrojó fuera a los pequeños pajaritos hermanos que habían crecido junto a él. Sin embargo, el buen espíritu del bosque, el que todo lo ve, le dijo: «Como castigo por lo que has hecho, nunca vivirás en un nido propio. Tus huevos los llevarás en el pico por el aire y los abandonarás en nidos ajenos. Tus hijos no te conocerán, pero siempre te llamarán: ¡Cucú! ¡cucú! Por eso cantamos siempre la misma canción. ¡Cucú!, ¡Cucú! Chilló el pájaro alzando el vuelo.

—¿Esto es un cuento o una historia verdadera? —preguntó la niña.

—¡Cucú! ¡Cucú! —se oyó a lo lejos.

La niña no supo qué pensar y siguió andando hasta penetrar más profundamente en el bosque.

Caminando, caminando llegó hasta un grupo de altos abetos. Bajo sus pies crujía una alfombra de pardas agujas. En lo alto, soplaba el viento entre las frondosas copas de aquellos altivos árboles gigantes. Bajo ellos, en la más profunda oscuridad, se alzaban tres abetos chiquitos, que tenían únicamente una ramita verde.

—¿Por qué tenéis solo una rama verde? —preguntó la pequeña.

Uno de los tres abetos tomó la palabra y dijo:

—Nosotros somos los abetos más jóvenes de este bosque y queríamos elevarnos los tres juntos hacia el sol, pues habíamos oído que era muy hermoso. Nos pusimos nuestros vestidos de fiesta y extendimos los brazos para subir, pero nuestros hermanos mayores nos cerraron el paso. «¡El sol nos pertenece! —nos dijeron—. Nosotros somos más grandes y hermosos que vosotros. ¡No podéis pasar!». Orgullosos, se elevaban cada vez más alto, más alto, hasta llegar al sol. «¡Dejadnos subir a nosotros también! —les rogábamos cada día—. Solo queremos que nos caliente un rayito de sol». Pero ellos nos ocultaban con sus ramas, para que el sol no pudiera encontrarnos. Nuestros vestidos verdes se fueron cayendo a causa de la pena y ya solo nos queda una rama verde, que pronto perderemos también. Cuando eso pase, moriremos.

Entonces preguntó la niña:

—¿Esto es un cuento o una historia verdadera?

Los tres pequeños abetos guardaron silencio, pero dejaron caer algunas agujas de sus ramas y pareció que lloraban.

La pequeña arañó la tierra con cuidado alrededor de los pequeños abetos, desenterró sus raíces y los arrancó de la tierra, uno después de otro. A continuación, los plantó de nuevo en un claro del bosque y los regó con agua del manantial.

Al ver aquellos tres pequeños arbolitos desvalidos, el sol se apiadó de ellos y los acarició con sus cálidos rayos diciendo:

—Mis rayos tejerán para vosotros el más hermoso vestido verde y pronto creceréis fuertes. Yo os vigilaré de la mañana a la noche.

Siguió la niña su camino. El sendero que atravesaba el espeso bosque parecía no tener fin.

De repente, en medio del camino se encontró con una pequeña ardilla asustada.

—¿Qué te ocurre? —preguntó la niña.

Y la ardilla le dijo:

—En un lejano bosque, entre hojas verdes, hay un árbol y sobre él, una casita redonda. En ella, vivía yo con mi mamá y mis cuatro hermanos. Cuando salía a buscar comida, mamá siempre nos advertía: «No salgáis hasta que yo regrese a casa». Mis cuatro hermanos siempre obedecían, pero yo solo miraba al exterior a través de la puerta redonda. Las hojas, el cielo, el viento… Todos me saludaban diciendo: «¡Sal, te contaremos un cuento!». Un día me escapé. Escuché y escuché cuentos, saltando de árbol en árbol, y, sin darme cuenta, me encontré en medio de este bosque sin saber regresar. ¡Estoy perdida y solo quiero ir con mi mamá!

—¿Esto es un cuento o una historia verdadera? —preguntó la niña.

De pronto, la pequeña rompió a llorar y gritó:

—¡Mamááááááá!

Dio media vuelta y desanduvo el camino que había recorrido. Corrió y corrió por el bosque hasta quedarse sin aliento y al llegar a su casa, se lanzó a los brazos de su madre. Le contó su aventura en el bosque y los cuentos que allí había escuchado… ¿O tal vez eran historias verdaderas? La pequeña no lo sabía, pero lo que sí sabía es que lo que allí oyó, lo recordaría durante toda su vida.

FIN

El monstruo de las siete cabezas

Ilustración: RacieB

En remotos tiempos, vivían en una gran finca, entre bosques seculares, siete hermanos y una hermana. Un buen día la muchacha se fue a recorrer mundo, marchándose muy lejos de su tierra.

Transcurrió el tiempo y después de vivir muchas aventuras, la muchacha empezó a sentir añoranza. Por fin, un día decidió regresar para visitar a sus hermanos. Compró siete pasteles, uno para cada uno, y siete camisas para llevárselas de regalo. Hizo la maleta, montó sobre su caballo y se puso en camino.

Recorrió muchas leguas y, por fin, llegó a un espeso bosque, en el que vivía el monstruo de las siete cabezas que al ver a la chica le dijo:

—Niña de los siete hermanos, te voy a comer.

Espantada, la joven no supo qué hacer. Empezó por arrojar los pasteles que llevaba a sus hermanos sobre las cabezas del monstruo, pero cada cabeza se tragó uno y el monstruo volvió a decir:

—Niña de los siete hermanos, te voy a comer.

Entonces, la joven le arrojó las siete camisas, pero el monstruo se las tragó también y, al terminar repitió:

—Niña de los siete hermanos, te voy a comer.

En un abrir y cerrar de ojos devoró el caballo. La muchacha al ver cómo desaparecía el animal entre las fauces del monstruo pensó que ella seguiría la misma suerte y, con rapidez, trepó hasta la copa de un alto pino. El monstruo de siete cabezas, al ver que la muchacha había trepado tan alto y que no podía alcanzarla, empezó a roer el tronco del árbol para hacerlo caer. La pobre chica,  más muerta que viva, pensaba en cómo salir de aquel apuro. Mientras daba vueltas, pasó un gorrión volando junto a ella.

—Pequeño gorrión, ¡ayúdame! Vuela y di a mis siete hermanos que el monstruo de las siete cabezas me quiere comer — le rogó la muchacha.

—Pío, pío… Lo siento, pero es primavera y los campos están cubiertos de granos; no tengo tiempo de ayudarte —replicó el pajarito sin detener su vuelo.

Al poco, pasó volando un cuervo.

—Cuervo negro, ¡ayúdame! Vuela y di a mis siete hermanos que el monstruo de las siete cabezas me quiere comer —suplicó la niña de los siete hermanos.

—Cra, cra… No puedo ayudarte, tengo prisa —graznó el cuervo sin detenerse.

Finalmente, la muchacha le pidió a un cuclillo que había cerca que la ayudara. Esta vez, el pajarillo la ayudó. Fue volando hasta casa de los siete hermanos y cantó posado en el alféizar de la ventana del mayor:

Cu, cu… Hermano mayor de siete,

tu hermana está en el pino.

El monstruo de siete cabezas

el tronco roe y pronto se la comerá.

El hermano mayor no hizo caso.

El cuclillo se posó entonces en la ventana del segundo hermano y repitió la canción, pero tampoco este hizo caso. Fue de ventana en ventana, pero ninguno de los siete lo quiso escuchar.

El cuclillo volvió al bosque y le dijo a la joven que sus hermanos no le habían hecho caso. Entonces, la muchacha se quitó el anillo que llevaba y le rogó que se lo llevara a su hermano menor y le dijera que el monstruo de las siete cabezas ya había roído la mitad del árbol.

Raudo y veliz, el cuclillo voló hasta el alféizar de la ventana del hermano más pequeño y se puso a cantar. El muchacho se asomó con intención de echar al pájaro que lo importunaba con su canto. Pero al reconocer el anillo de su hermana, preguntó al cuclillo de dónde lo había sacado. En respuesta, este cantó:

Cu, cu… Hermano menor de siete,

tu hermana está en el pino.

El monstruo de las siete cabezas

el tronco ha roído hasta la mitad

y pronto se la comerá.

Afilad siete espadas,

montad siete caballos,

y a vuestra hermana salvad.

El hermano menor corrió a contarles a los otros lo que acababa de decir el cuclillo y los siete corrieron a afilar las siete espadas y los siete montaron en sus siete caballos. Después, salieron hacia el bosque a galope tendido.

Mientras tanto, el monstruo de siete cabezas, que casi había acabado de roer el tronco del pino, oyó los cascos de los caballos que se acercaban.

—Niña de los siete hermanos, ¿qué escucho?, ¿acaso son tus hermanos a los que oigo venir?  —preguntó.

Pero el cuclillo contestó:

Cu, cu… No son sus hermanos,

son árboles que crujen,

son hojas que caen,

es el viento que sopla,

es el río que corre.

El monstruo de siete cabezas se tranquilizó al oír aquello y siguió royendo el tronco del pino. ¡Ya le faltaba muy poco! Dio un último bocado y el pino se tambaleó. La niña de los siete hermanos seguía fuertemente agarrada en lo más alto de la copa del árbol.

En aquel momento, los siete hermanos aparecieron; se abalanzaron sobre el monstruo de las siete cabezas, desenvainaron las espadas y cada uno le cortó una cabeza al monstruo.

Y así fue cómo la niña de los siete hermanos pudo librarse del terrible monstruo de las siete cabezas.

FIN

El traje de paja de arroz que volvía invisible

Ilustración: svenstoffels

Esta historia sucedió en una aldea japonesa en una fecha que supera los más remotos tiempos que alguien puede recordar. Hace tanto tiempo que ocurrió, que nadie recuerda el nombre del lugar.

Era, eso sí, una aldea singular con unos habitantes todavía más singulares. Ninguno de ellos había sido bendecido con la inteligencia humana, pero es que, por otra parte, tampoco ninguno tenía las hechuras para poder recibir el nombre de hombre o mujer. Unos tenían cabezas calvas y alargadas como huevos de gallina; otros grandes y redondas como sandías y unos terceros parecía que tuvieran patatas sobre los hombros.

Entre los habitantes, había uno que era tan inútil que no servía para nada pero, sin embargo, tenía un temperamento tan malicioso que no se encontraba a gusto si no fastidiaba a sus vecinos. Como nadie recuerda ya su nombre, lo llamaremos señor Orokana.

Un día, el señor Orokana se encontró con un tengu y decidió engañarlo. A partir de ahí, las cosas se empezaron a complicar…

Para quien no lo sepa, un tengu es una criatura verdaderamente extraordinaria que vive en las montañas y los bosques. Su nariz es de una longitud extraordinaria y en la espalda lleva dos alas que le permiten volar. Su vestido es lo más extravagante que uno pueda imaginar y sobre la cabeza, luce un pequeño sombrero negro. Además de todo eso, tiene poderes mágicos. Así, que sólo una persona sin ningún seso se atrevería a burlarse de un tengu. Es más, cualquiera que no fuera un tonto rematado se alejaría rápidamente de él. Sin embargo, precisamente de esta clase de tontos era el señor Orokana.

El día en el que todo sucedió, el señor Orokana estaba tallando una larga pipa en una caña de bambú.

Primero pensó utilizarla como cerbatana, para soplar y lanzar piedras con ella; luego creyó que podría ser un magnífico telescopio. Y fue precisamente al mirar a través del largo tubo, cuando descubrió a un tengu que se acercaba volando hacia él.

—¡Ajá! —murmuró el señor Orokana—. Aquí viene alguien con el que me puedo divertir. Voy a engañar a ese tengu para que me regale el bonito traje de paja de arroz que lleva.

Sin pensarlo dos veces, se puso a mirar hacia el cielo a través de su tubo de bambú mientras lanzaba exclamaciones de sorpresa.

Aquello fue demasiado para el tengu, el cual, como todos los tengu del mundo, era muy curioso. Se puso a dar vueltas alrededor del señor Orokana sin parar de rogarle que lo dejase echar un vistazo a través del tubo:

—¡Porfavorporfavorpofavor!, ¡déjame mirar!

—¿¡Cómo!? ¿Que quieres que te deje mi precioso telescopio nuevo?  —preguntó dándole la espalda al tengu sin dejar de mirar a través de la caña de bambú— ¡Oh! ¡Qué bonita se ve la Luna, veo los valles y las llanuras que hay en su superficie! ¡Qué lástima que tú no puedas verla, amigo.

Naturalmente, esto hizo que el deseo del tengu de mirar a través del tubo aumentara, por lo que ofreció sus elegantes zapatos de madera a cambio de poder mirar. Sin embargo, el señor Orokana no quiso ni oír hablar del cambio. Luego ofreció su sombrero negro, pero también fue rechazado. Finalmente, cuando ya no hubo otro remedio, el tengu ofreció su traje tejido con paja de arroz. Aquello era, precisamente, lo que quería el señor Orokana, así que cerraron apresuradamente el trato.

El señor Orokana se alejó del lugar del suceso tan rápido como pudo, dejando al pobre tengu comprobando que su insaciable curiosidad le había jugado una mala pasada.

Ya fuera del alcance del tengu, el señor Orokana se puso el traje y ¡plof!, desapareció. Orgulloso de sí mismo, decidió acercarse hasta la calle principal de la aldea. Allí disfrutó de lo lindo haciendo tropezar a la gente, volcando los puestos de comida, pellizcando las narices y asustando a los peatones gritándoles al oído.

La gente se escondía asustada, maravillándose de los extraños sucesos que estaban ocurriendo en una calle aparentemente normal.

El señor Orokana siguió haciendo de las suyas. Ahora tenía justo delante a un serio caballero que acababa de comprar unos elegantes zuecos, blancos como la nieve. En el momento en que se detuvo para abrir el paquete y admirar de nuevo su compra, se llevó el mayor susto de su vida al ver cómo los zuecos nuevos volaban de sus manos y se ponían a danzar alocadamente en el aire.

Después, el señor Orokana se acercó a la pescadería, donde la gente escogía su pescado para la cena. Acababa de llegar un besugo fresquísimo y todos lo estaban admirando por su tamaño y brillantez. De pronto, el enorme y rollizo besugo pareció que volvía a la vida porque, dando un fuerte coletazo sobre el mostrador, se alejó flotando calle abajo, como si de un pez volador se tratara.

El señor Orokana, que ya estaba cansado de tanto ir arriba y abajo, decidió volver a su casa para reposar.

Al llegar allí,  se despojó del traje maravilloso y se hizo otra vez visible. Su anciana madre, que no había visto entrar a nadie, ¡se llevó un susto morrocotudo!

El señor Orokana se puso a dormir y su madre aprovechó para sacudir el traje de paja de arroz para quitarle el polvo.

—¡Caramba! —dijo la mujer—. ¡Este traje está hecho una auténtica porquería! Será mejor quemarlo.

Dicho y hecho. Metió el traje en el ardiente horno donde en cuestión de segundos quedó reducido a un montón de grises cenizas.

Cuando se despertó, el señor Orokana buscó su traje. No lo veía por ninguna parte.

Su madre le confesó que lo había quemado.

El señor Orokana, profiriendo un furioso alarido, recogió cuidadosamente toda la ceniza y la metió en un saco. Creyó que, tal vez, los restos del traje podían conservar algo de su mágico poder. Se fue a su habitación, se desnudó y se restregó cuidadosamente las cenizas por todo el cuerpo, de la cabeza a los pies. Y, por muy extraño que parezca, ¡plof!, el señor Orokana desapareció por completo.

Alegre por el resultado obtenido, se marchó bailando hacia la aldea.

Cuando llegó, era de noche y en las tabernas la gente bebía sake. La deliciosa fragancia atrajo enseguida al señor Orokana hacia el interior de uno de los establecimientos. Una vez dentro, se sentó junto al enorme barril que contenía el licor y aprovechando que nadie lo veía, se amorró a la espita y empezó a beber avariciosamente.

Al oír el ruido que hacía al sorber, los que estaban en la taberna se volvieron sorprendidos hacia donde él estaba, pero nadie veía nada. Sin embargo, el sonido continuaba.

El tabernero se dirigió corriendo hacia el barril del cual provenía aquel extraño ruido y al llegar vio, justo en la punta del caño, lo que parecía una roja y húmeda boca flotando que, sin duda alguna se estaba bebiendo el sake.

Siguió observando sin dar crédito a lo que veía. Las gotas de licor resbalaban ahora por algo que empezaba a parecer una barbilla y pronto una nariz y unos penetrantes ojos se hicieron visibles.

Volviendo en sí de su asombro, el tabernero pegó un alarido, lo que hizo que aquel espectral rostro levantara la vista y lanzara una confundida mirada a su expectante observador. Sin perder si un segundo, la cara se levantó en el aire y salió flotando de la taberna.

¡Había ocurrido lo peor! La ceniza funcionaba mientras estaba seca, pero mojada perdía todo su poder de invisibilidad y ahora el señor Orokana se encontraba en un aprieto.

La multitud reunida en la taberna corría tras él, gritando al unísono:

—¡Queremos verte! ¿Dónde está el sake que has robado? ¡Bandido! ¡Ladrón! ¡Demonio! ¡Ya verás cuando te alcancemos!

Entre el miedo y la carrera, el señor Orokana empezó a sudar y su piel empezó a aparecer un trozo aquí y otro allá ante los asombrados ojos de sus perseguidores.

Cuando su cuerpo desnudo apareció por completo, el señor Orokana paró en seco para intentar cubrirse.

Uno de sus perseguidores le arrojó un quimono:

—¡Vaya, señor Orokana! ¡Pensamos que eras un demonio! ¿Qué es lo que te ha pasado?

El señor Orokana, avergonzado, relató la historia de su intercambio con el tengu.

Después de escuchar su relato, la multitud no daba crédito:

—¿De verdad te has acercado a un tengu? ¿De verdad lo has engañado y le has robado el traje? —exclamaron—. ¡Estás muy loco, señor Orokana!

La multitud estalló en carcajadas ante la necedad del señor Orokana. Y, hasta donde yo sé, el tengu todavía anda buscándolo para recuperar su traje.

FIN

La lavandera y el panadero avaro

Ilustración: Fuytski

En una pequeña aldea, frente a la panadería del pueblo, vivía María, una joven lavandera muy humilde. Todos en el pueblo la apreciaban porque era muy trabajadora y tenía buen corazón. Se ganaba la vida lavando la ropa de la gente del pueblo y esta, que era tan pobre como ella, le pagaba con huevos y hortalizas.

El panadero, vecino de María, era un hombre codicioso y antipático, que nunca tenía una palabra amable para nadie. Aun así, como horneaba los mejores panes de la comarca, su tienda siempre estaba llena de gente y él era un hombre muy rico.

Cada mañana, cuando María se levantaba al amanecer para lavar la ropa miraba hacia la ventana del panadero, por la que se escapaba el delicioso olor de los panes recién horneados.

—¡Qué bien huele! —decía la lavandera aspirando aquel aroma con los ojos cerrados—. El olor de ese pan, me hace volar a lugares lejanos y maravillosos.

Un día, el panadero escuchó las palabras de María y le dijo furioso:

—¡Pues si vuelas con el olor de mis panes, tendrás que pagar por ello!

María rio.

—¡Vaya ocurrencia, señor panadero! ¿¡Cómo pretende cobrar por un olor!?

—¡Pues claro que cobraré! Cada día me levanto muy de madrugada para mezclar la harina, la levadura, la mantequilla y la sal y amaso y amaso la mezcla hasta que me duelen los brazos. Tú te aprovechas de mi trabajo sin darme nada a cambio. ¡Deberías pagarme diez monedas de oro al año!

Los vecinos, que habían escuchado toda la conversación, se reían y hacían bromas:

—¿Habéis oído lo que pretende el panadero? ¡Quiere que María le pague por oler el pan!

El panadero estaba cada vez más furioso; le parecía que todos estaban en su contra y se burlaban de él. Cerró de un portazo la panadería y se fue, a toda prisa, a ver a la juez del pueblo para exponerle el caso.

A la mañana siguiente, en la plaza mayor del pueblo había un cartel colgado que decía lo siguiente:

Al leer la inapelable orden, María se asustó mucho. ¡Ella no tenía diez monedas de oro! Ni lavando durante un año entero la ropa de todos habitantes de la aldea podría reunir aquella cantidad.

Sin embargo, aquel día, al entregar la ropa limpia a una anciana que vivía a las afueras del pueblo, esta le dijo:

—Toma, María, te doy la única moneda que tengo para que la lleves al juzgado. Son los ahorros de toda mi vida.

María, muy agradecida, le dio las gracias y le prometió devolvérsela lo antes posible.

En cada casa a la que acudió a entregar la ropa, la historia se repitió y, en muy pocas horas, María logró reunir la cantidad que le reclamaba el panadero y aún más.

El día del juicio María se presentó puntual al juzgado. Llevaba las monedas de oro dentro de una bolsa.

El pueblo entero se había dado cita en los tribunales para asistir al juicio entre María y el panadero.

La juez pidió silencio y ordenó al panadero avaro que expusiera su caso.

— Cada día me levanto muy de madrugada para mezclar la harina, la levadura, la mantequilla y la sal y amaso y amaso la mezcla hasta que me duelen los brazos. María se aprovecha de mi trabajo sin darme nada a cambio. ¡Exijo que me pague diez monedas de oro al año!

A continuación, la juez interrogó a María:

—¿Es cierto que cada mañana hueles el pan del panadero?

—Sí, es cierto.

—¿Es cierto que disfrutas con ese olor?

—Sí, es cierto.

—¿Has traído las diez monedas de oro dentro de una bolsa como ordené?

—Sí, señoría. Aunque no creo que sea justo pagar al panadero solo por oler su pan porque…

—Eso lo decidiré yo —interrumpió la juez—. Me retiro ahora a meditar. Dentro de quince minutos emitiré mi veredicto.

María, el panadero y todo el pueblo, reunido en la sala del juzgado, aguardaron pacientes.

Pasado un cuarto de hora, la juez salió y habló así:

—Ya tengo mi veredicto. — dijo—. María, te declaro culpable por oler cada mañana el pan del panadero sin darle nada a cambio. Te condeno a que te acerques hasta él y sacudas la bolsa con las diez monedas de oro en su oído.

María obedeció y todos escucharon el sonido proveniente de la bolsa.

La juez miró al panadero y le preguntó:

 —¿Has oído el sonido de las monedas?

—¡Sí! —respondió el panadero.

—¿Te gusta ese sonido?

—¡Claro! —repitió el panadero.

—Bien —dijo la juez—, pues date por satisfecho. Ya que María se aprovecha de los olores de tu panadería, en adelante tendrá que pagarte con el sonido de sus monedas de oro una vez al año. ¡Caso cerrado!

FIN

La esmeralda mágica

Ilustración: yaamas

Hace muchos, muchos años, en una pequeña aldea, vivió una vez una niña, llamada Lula, que solía jugar debajo de una vieja haya cercana a su casa.

Cada vez que había una gran tormenta, cuando la fuerte lluvia daba paso al brillante arcoíris, alrededor de aquel árbol, formando círculos como si quisieran abrazar el grueso tronco, crecían infinidad de hongos, los cuales servían de asiento a un numeroso grupo de pequeños gnomos que desde tiempo inmemorial vivía en las raíces de la añosa haya. Los gnomos eran tan chiquitos como muñequitos en miniatura, pero tan poderosos, que eran capaces de hacer las cosas más maravillosas que imaginar se pueda. Un día, Lula los vio y al poco, ella y los gnomos, ya eran grandes amigos.

La pequeña mantenía en secreto esa amistad —la gente no suele creer en los gnomos y se burla de las personas que sí creen en su existencia—, pero siempre que podía, jugaba y se divertía mucho con ellos.

Llegó un invierno especialmente helado y el padre de la niña decidió hacer leña de aquella haya. Lula le rogó de todas las formas que no cortara aquel árbol, ya que era la morada de sus diminutos amigos. El padre, aunque la miró sin creerla, consintió en lo que le pedía su hija a condición de que Lula se ocupara de conseguir leña para la casa hasta que llegara el buen tiempo.

La pequeña pasó aquel invierno trabajando muy duro, recorría la comarca y juntaba leña para cumplir la promesa que salvaría el haya; y el padre, a su vez, cumplió la suya, porque así suelen hacerlo los padres.

Al llegar la primavera, llegó a oídos de los gnomos el sacrificio realizado por Lula para salvar el viejo árbol en el que vivían y decidieron recompensarla regalándole una cadena de oro, de la que pendía una gran esmeralda.

—Esta piedra —dijeron—, tiene poderes mágicos y te concederá todo aquello que hace felices a los humanos. Mientras la lleves colgada en el cuello serás amada, tendrás dinero y conseguirás para ti todo lo que quieras para llegar a ser inmensamente rica y poderosa. Sin embargo, para el resto de la gente será solo una simple esmeralda; muy valiosa, cierto, pero sin poder alguno.

Muy pronto Lula comprobó la verdad de esas palabras: tenía cuanto deseaba y todo lo que emprendía le salía bien sin ningún esfuerzo, aunque como no ambicionaba ni gloria ni riquezas, le daba poco uso a su esmeralda encantada.

Pasaron plácidos los años y llegó un verano en el que hubo una gran sequía y el hambre se apoderó de hombres y animales, porque se perdieron todas las cosechas.

Lula intentó solucionar esos males con su piedra encantada, pero todo fue en vano; sus poderes únicamente actuaban en su beneficio, no para el de los demás. Ella podía salvarse del hambre y la miseria, pero nunca podría ayudar a sus semejantes.

No se conformó Lula con aquello y, rápidamente, se dirigió a la ciudad más cercana, vendió la piedra preciosa, por la cual le dieron una fortuna, y volvió a su comarca con una enorme carreta cargada de alimentos, ropas y hasta grano para los animales. Para que nadie se enterara de que había sido ella quien trajera todo aquello, lo fue dejando frente a las casas de noche, sin que nadie la viera.

A la mañana siguiente, todos los habitantes encontraron grandes paquetes frente a sus puertas y fue como la mañana del día de Reyes. Hubo alegría y alivio, aunque nadie supo nunca a quién debían dar las gracias.

Pero Lula estaba preocupada, porque tendría que confesar a sus amigos, los gnomos, que había vendido la maravillosa piedra que le regalaran cuando era niña y quizá no comprendieran por qué lo había hecho si la esmeralda le podía proporcionar todo aquello que podía desear.

Finalmente, lo contó con un poco de miedo, pensando que se enojarían. Sin embargo, los gnomos comprendieron que Lula no necesitaba una piedra encantada para conseguir la felicidad, le bastaba con su propia bondad. Por eso le hicieron otro obsequio para que luciera en su cuello; esta vez le dieron un humilde pañuelo, que se ajustaba con un pequeño anillo hecho con un hueso de caracú.

Aquel pañuelo le recordaría siempre que de nada sirven las riquezas ni el propio bienestar cuando no se pueden compartir, que lo que se consigue sin esfuerzo carece de verdadero valor y que dar amor a las personas que están cerca es la mayor alegría que alguien puede gozar, porque no hay felicidad más completa y hermosa que la que se obtiene al regalar felicidad.

FIN

Purita boba

Ilustración: Sei00

Vivía una vez, en una pequeña aldea, una muchacha cuyo nombre era Purita, pero a la que todos llamaban Purita boba. Como a ella no le gustaba que la llamaran así, un día, mató la única vaca que tenía e invitó a todos los del pueblo a comer para decirles que no lo hicieran.

Mientras comían, los vecinos se burlaba de ella:

—¿De qué vivirás ahora que has matado la vaca?

Y en lugar de Purita boba, empezaron a llamarla Purita bobaza.

Visto lo visto, Purita cogió la piel de la vaca y se fue a la capital a venderla.

Al llegar a las afueras de la ciudad, como hacía mucho calor, decidió tomar el fresco; se echó al pie de un árbol y se cubrió con la piel.

Mientras echaba la siesta, sucedió que un cuervo, creyendo que era una vaca de verdad, se posó sobre ella y la empezó a picotear. Purita se despertó, atrapó el ave y se la guardó.

Se dirigió al mercado, vendió la piel por siete monedas de oro y tomó el camino de regreso a su pueblo, pero antes de llegar a su casa, oscureció, así que decidió pasar la noche en una fonda cochambrosa, en la cual, para alojarla, le pidieron un dineral.

En la fonda, Purita encargó comida para dos y fue a su habitación a lavarse las manos. Aprovechó entonces para poner tres monedas bajo el felpudo de la puerta principal, y otras cuatro en la escalera que conducía a las habitaciones: dos monedas en el primer escalón y dos en el último.

Hecho esto, bajó al comedor y esperó a que le sirvieran la cena, pero nadie la atendía porque los posaderos creían que esperaba a alguien.

—¿Es que nadie nos va a servir? —preguntó Purita.

—Pero, ¿no esperarás a tu acompañante? —preguntó, a su vez, la dueña de la fonda.

—Mi acompañante es este cuervo.

Los posaderos, intrigados, le preguntaron:

—¿Y a qué se dedica el animal?

—Es adivino —dijo Purita—. Puede adivinar cualquier cosa.

Entonces le pidieron que adivinase algo y Purita, pasando la mano por el cuerpo del cuervo, de la cabeza a la cola, ordenó:

—¡Cuervo, adivina!

Y el cuervo graznó:

—¡Gra!, ¡gra!

—¿Qué es lo que ha dicho? —inquirió intrigada la posadera.

—Ha dicho —contestó Purita— que bajo el felpudo de la puerta principal hay tres monedas de oro.

La posadera fue corriendo, levantó el felpudo y allí, donde el cuervo había dicho, encontró las tres monedas de oro.

Maravillada, volvió y le dijo a Purita:

—Véndeme el cuervo.

Pero Purita, no contestó. Volvió a pasar la mano por encima del cuerpo del cuervo y volvió a pedirle:

—¡Cuervo, adivina!

—¡Gra!, ¡gra! —repitió el cuervo.

—¿Y ahora qué ha dicho? —preguntó de nuevo la posadera— ¿Qué es lo que ha dicho ahora?

—Ha dicho —contestó Purita—, que en la escalera hay cuatro monedas. Dos en el primer escalón y dos más en el último.

Allá que se fue la posadera corriendo, las encontró enseguida y volvió aún más maravillada:

—Me tienes que vender ese cuervo. Te daré por él mil monedas de oro.

Y dicho y hecho, Purita metió las monedas en la bolsa, dejó allí el cuervo y se volvió a su pueblo.

En cuanto llegó al pueblo, avisó a todo el mundo y cuando estuvieron todos reunidos en la plaza mayor, abrió la bolsa y enseñó a sus vecinos las mil monedas de oro.

—Mirad, esto es lo que he obtenido en la capital por la piel de la vaca.

Al ver aquello, todos los vecinos mataron sus vacas y se fueron a vender las pieles a la ciudad. Pero resultó, que después de haberlas vendido, apenas si obtuvieron dinero suficiente para pagarse el viaje de vuelta, y volvieron muy enfadados al pueblo diciendo que iban a escarmentar a Purita boba.

Cuando llegaron al pueblo, se dirigieron directamente a casa de la muchacha y la destrozaron entera de arriba abajo.

Al día siguiente, Purita reunió los escombros de su casa, los metió en un saco y se fue a la capital a venderlos.

Llegó muy cansada y quiso desayunar, pero el dueño del establecimiento no quería dejarla pasar con el saco:

—Deja que lo entre, contiene cosas muy valiosas que llevo a vender al mercado. —le dijo Purita.

—¡Aquí no quiero sacos! Lo puedes dejar en el patio, con los cerdos, pero te cobraré por dejarlo ahí.

Purita aceptó y mientras tomaba su desayuno, la piara de cerdos se comió todo lo que contenía el saco.

Al ver lo ocurrido, Purita le dijo al tendero que los cerdos se habían comido lo que contenía el saco y que era muy valioso. Empezaron a discutir y ya se disponía Purita a llamar al juez, cuando el tendero le ofreció dos mil monedas de oro que ella se avino a aceptar y con ellas en la bolsa se volvió al pueblo.

Llegado que hubo al pueblo, tocó las campanas para congregar a todo el mundo y así que estuvieron todos, abrió su bolsa, mostró el oro y contó que aquel era el beneficio de vender los escombros de su casa en la capital.

Los vecinos se apresuraron entonces a destrozar sus casas, cargaron los escombros en sacos y se fueron a la ciudad a venderlos. Allí estuvieron mucho rato pregonando su mercancía, hasta que unos guardias los detuvieron y les dieron una buena paliza por estafadores.

Volvieron al pueblo jurando vengarse de Purita boba, pero ella se había escondido para que no la encontraran. Entonces, los vecinos quemaron su casa.

Purita boba recogió las cenizas y anunció que se iba a venderlas a la capital. Mezcló con las cenizas las joyas que el fuego no había quemado y cuando llegó a la ciudad se sentó en un banco.

Al poco rato, pasó un señor que le preguntó:

—Chica, ¿qué llevas en ese saco?

Y Purita boba le contó que llevaba sus joyas entre la ceniza para que no se le estropearan. El señor pensó que Purita era boba y le ofreció por el saco cinco mil monedas de oro que Purita aceptó.

De regreso al pueblo, mostró sus ganancias y contó a sus vecinos que aquello era lo que le habían dado por las cenizas.

Los vecinos quemaron sus casas y corrieron a la capital para vender las cenizas y como no vendieron nada, regresaron decididos a escarmentar a Purita de una vez por todas.

La cogieron y la metieron en un saco con la intención de tirarla al río, pero como antes tenían otras cosas que hacer, ataron el saco a un árbol, cerca de la orilla, con la idea de volver más tarde y acabar la faena.

Cuando oyó que se alejaban, Purita boba empezó a gritar:

—¡Que no me caso con él! ¡Aunque sea un príncipe, yo no me caso con él!

Acertó a pasar por allí una pastora con su rebaño y al oír las voces de Purita, le dijo que la liberaría a condición de casarse ella con el príncipe, pero que si no aceptaba, se quedaría dentro del saco. Purita aceptó y cambiaron de lugar: la pastora se metió en el saco y Purita se marchó con las ovejas.

Volvieron los vecinos y echaron el saco al río, sin sospechar que no era Purita la que estaba dentro.

Al volver al pueblo, se encontraron con Purita, que pastaba las ovejas, y le dijeron:

—¡Pero, bueno! ¿A ti no te hemos echado al río? ¿De dónde vienes, entonces, con las ovejas?

Y les respondió Purita boba:

—Es que el río está lleno de ellas. Y si más hondo me echáis, más ovejas hubiera encontrado.

Los vecinos corrieron hacia el río y empezaron a tirarse de cabeza y cada vez que uno gorgoteaba, porque tragaba agua, los demás preguntaban a Purita:

—¿Qué dice? ¿Qué dice?

Y Purita les contestaba:

—Que os tiréis, que os tiréis, que hay muchas ovejas.

Y todavía están en el río buscando ovejas, mientras Purita lleva cada mañana su rebaño a pastar.

FIN