cuento popular

La esmeralda mágica

Ilustración: yaamas

Hace muchos, muchos años, en una pequeña aldea, vivió una vez una niña, llamada Lula, que solía jugar debajo de una vieja haya cercana a su casa.

Cada vez que había una gran tormenta, cuando la fuerte lluvia daba paso al brillante arcoíris, alrededor de aquel árbol, formando círculos como si quisieran abrazar el grueso tronco, crecían infinidad de hongos, los cuales servían de asiento a un numeroso grupo de pequeños gnomos que desde tiempo inmemorial vivía en las raíces de la añosa haya. Los gnomos eran tan chiquitos como muñequitos en miniatura, pero tan poderosos, que eran capaces de hacer las cosas más maravillosas que imaginar se pueda. Un día, Lula los vio y al poco, ella y los gnomos, ya eran grandes amigos.

La pequeña mantenía en secreto esa amistad —la gente no suele creer en los gnomos y se burla de las personas que sí creen en su existencia—, pero siempre que podía, jugaba y se divertía mucho con ellos.

Llegó un invierno especialmente helado y el padre de la niña decidió hacer leña de aquella haya. Lula le rogó de todas las formas que no cortara aquel árbol, ya que era la morada de sus diminutos amigos. El padre, aunque la miró sin creerla, consintió en lo que le pedía su hija a condición de que Lula se ocupara de conseguir leña para la casa hasta que llegara el buen tiempo.

La pequeña pasó aquel invierno trabajando muy duro, recorría la comarca y juntaba leña para cumplir la promesa que salvaría el haya; y el padre, a su vez, cumplió la suya, porque así suelen hacerlo los padres.

Al llegar la primavera, llegó a oídos de los gnomos el sacrificio realizado por Lula para salvar el viejo árbol en el que vivían y decidieron recompensarla regalándole una cadena de oro, de la que pendía una gran esmeralda.

—Esta piedra —dijeron—, tiene poderes mágicos y te concederá todo aquello que hace felices a los humanos. Mientras la lleves colgada en el cuello serás amada, tendrás dinero y conseguirás para ti todo lo que quieras para llegar a ser inmensamente rica y poderosa. Sin embargo, para el resto de la gente será solo una simple esmeralda; muy valiosa, cierto, pero sin poder alguno.

Muy pronto Lula comprobó la verdad de esas palabras: tenía cuanto deseaba y todo lo que emprendía le salía bien sin ningún esfuerzo, aunque como no ambicionaba ni gloria ni riquezas, le daba poco uso a su esmeralda encantada.

Pasaron plácidos los años y llegó un verano en el que hubo una gran sequía y el hambre se apoderó de hombres y animales, porque se perdieron todas las cosechas.

Lula intentó solucionar esos males con su piedra encantada, pero todo fue en vano; sus poderes únicamente actuaban en su beneficio, no para el de los demás. Ella podía salvarse del hambre y la miseria, pero nunca podría ayudar a sus semejantes.

No se conformó Lula con aquello y, rápidamente, se dirigió a la ciudad más cercana, vendió la piedra preciosa, por la cual le dieron una fortuna, y volvió a su comarca con una enorme carreta cargada de alimentos, ropas y hasta grano para los animales. Para que nadie se enterara de que había sido ella quien trajera todo aquello, lo fue dejando frente a las casas de noche, sin que nadie la viera.

A la mañana siguiente, todos los habitantes encontraron grandes paquetes frente a sus puertas y fue como la mañana del día de Reyes. Hubo alegría y alivio, aunque nadie supo nunca a quién debían dar las gracias.

Pero Lula estaba preocupada, porque tendría que confesar a sus amigos, los gnomos, que había vendido la maravillosa piedra que le regalaran cuando era niña y quizá no comprendieran por qué lo había hecho si la esmeralda le podía proporcionar todo aquello que podía desear.

Finalmente, lo contó con un poco de miedo, pensando que se enojarían. Sin embargo, los gnomos comprendieron que Lula no necesitaba una piedra encantada para conseguir la felicidad, le bastaba con su propia bondad. Por eso le hicieron otro obsequio para que luciera en su cuello; esta vez le dieron un humilde pañuelo, que se ajustaba con un pequeño anillo hecho con un hueso de caracú.

Aquel pañuelo le recordaría siempre que de nada sirven las riquezas ni el propio bienestar cuando no se pueden compartir, que lo que se consigue sin esfuerzo carece de verdadero valor y que dar amor a las personas que están cerca es la mayor alegría que alguien puede gozar, porque no hay felicidad más completa y hermosa que la que se obtiene al regalar felicidad.

FIN

Purita boba

Ilustración: Sei00

Vivía una vez, en una pequeña aldea, una muchacha cuyo nombre era Purita, pero a la que todos llamaban Purita boba. Como a ella no le gustaba que la llamaran así, un día, mató la única vaca que tenía e invitó a todos los del pueblo a comer para decirles que no lo hicieran.

Mientras comían, los vecinos se burlaba de ella:

—¿De qué vivirás ahora que has matado la vaca?

Y en lugar de Purita boba, empezaron a llamarla Purita bobaza.

Visto lo visto, Purita cogió la piel de la vaca y se fue a la capital a venderla.

Al llegar a las afueras de la ciudad, como hacía mucho calor, decidió tomar el fresco; se echó al pie de un árbol y se cubrió con la piel.

Mientras echaba la siesta, sucedió que un cuervo, creyendo que era una vaca de verdad, se posó sobre ella y la empezó a picotear. Purita se despertó, atrapó el ave y se la guardó.

Se dirigió al mercado, vendió la piel por siete monedas de oro y tomó el camino de regreso a su pueblo, pero antes de llegar a su casa, oscureció, así que decidió pasar la noche en una fonda cochambrosa, en la cual, para alojarla, le pidieron un dineral.

En la fonda, Purita encargó comida para dos y fue a su habitación a lavarse las manos. Aprovechó entonces para poner tres monedas bajo el felpudo de la puerta principal, y otras cuatro en la escalera que conducía a las habitaciones: dos monedas en el primer escalón y dos en el último.

Hecho esto, bajó al comedor y esperó a que le sirvieran la cena, pero nadie la atendía porque los posaderos creían que esperaba a alguien.

—¿Es que nadie nos va a servir? —preguntó Purita.

—Pero, ¿no esperarás a tu acompañante? —preguntó, a su vez, la dueña de la fonda.

—Mi acompañante es este cuervo.

Los posaderos, intrigados, le preguntaron:

—¿Y a qué se dedica el animal?

—Es adivino —dijo Purita—. Puede adivinar cualquier cosa.

Entonces le pidieron que adivinase algo y Purita, pasando la mano por el cuerpo del cuervo, de la cabeza a la cola, ordenó:

—¡Cuervo, adivina!

Y el cuervo graznó:

—¡Gra!, ¡gra!

—¿Qué es lo que ha dicho? —inquirió intrigada la posadera.

—Ha dicho —contestó Purita— que bajo el felpudo de la puerta principal hay tres monedas de oro.

La posadera fue corriendo, levantó el felpudo y allí, donde el cuervo había dicho, encontró las tres monedas de oro.

Maravillada, volvió y le dijo a Purita:

—Véndeme el cuervo.

Pero Purita, no contestó. Volvió a pasar la mano por encima del cuerpo del cuervo y volvió a pedirle:

—¡Cuervo, adivina!

—¡Gra!, ¡gra! —repitió el cuervo.

—¿Y ahora qué ha dicho? —preguntó de nuevo la posadera— ¿Qué es lo que ha dicho ahora?

—Ha dicho —contestó Purita—, que en la escalera hay cuatro monedas. Dos en el primer escalón y dos más en el último.

Allá que se fue la posadera corriendo, las encontró enseguida y volvió aún más maravillada:

—Me tienes que vender ese cuervo. Te daré por él mil monedas de oro.

Y dicho y hecho, Purita metió las monedas en la bolsa, dejó allí el cuervo y se volvió a su pueblo.

En cuanto llegó al pueblo, avisó a todo el mundo y cuando estuvieron todos reunidos en la plaza mayor, abrió la bolsa y enseñó a sus vecinos las mil monedas de oro.

—Mirad, esto es lo que he obtenido en la capital por la piel de la vaca.

Al ver aquello, todos los vecinos mataron sus vacas y se fueron a vender las pieles a la ciudad. Pero resultó, que después de haberlas vendido, apenas si obtuvieron dinero suficiente para pagarse el viaje de vuelta, y volvieron muy enfadados al pueblo diciendo que iban a escarmentar a Purita boba.

Cuando llegaron al pueblo, se dirigieron directamente a casa de la muchacha y la destrozaron entera de arriba abajo.

Al día siguiente, Purita reunió los escombros de su casa, los metió en un saco y se fue a la capital a venderlos.

Llegó muy cansada y quiso desayunar, pero el dueño del establecimiento no quería dejarla pasar con el saco:

—Deja que lo entre, contiene cosas muy valiosas que llevo a vender al mercado. —le dijo Purita.

—¡Aquí no quiero sacos! Lo puedes dejar en el patio, con los cerdos, pero te cobraré por dejarlo ahí.

Purita aceptó y mientras tomaba su desayuno, la piara de cerdos se comió todo lo que contenía el saco.

Al ver lo ocurrido, Purita le dijo al tendero que los cerdos se habían comido lo que contenía el saco y que era muy valioso. Empezaron a discutir y ya se disponía Purita a llamar al juez, cuando el tendero le ofreció dos mil monedas de oro que ella se avino a aceptar y con ellas en la bolsa se volvió al pueblo.

Llegado que hubo al pueblo, tocó las campanas para congregar a todo el mundo y así que estuvieron todos, abrió su bolsa, mostró el oro y contó que aquel era el beneficio de vender los escombros de su casa en la capital.

Los vecinos se apresuraron entonces a destrozar sus casas, cargaron los escombros en sacos y se fueron a la ciudad a venderlos. Allí estuvieron mucho rato pregonando su mercancía, hasta que unos guardias los detuvieron y les dieron una buena paliza por estafadores.

Volvieron al pueblo jurando vengarse de Purita boba, pero ella se había escondido para que no la encontraran. Entonces, los vecinos quemaron su casa.

Purita boba recogió las cenizas y anunció que se iba a venderlas a la capital. Mezcló con las cenizas las joyas que el fuego no había quemado y cuando llegó a la ciudad se sentó en un banco.

Al poco rato, pasó un señor que le preguntó:

—Chica, ¿qué llevas en ese saco?

Y Purita boba le contó que llevaba sus joyas entre la ceniza para que no se le estropearan. El señor pensó que Purita era boba y le ofreció por el saco cinco mil monedas de oro que Purita aceptó.

De regreso al pueblo, mostró sus ganancias y contó a sus vecinos que aquello era lo que le habían dado por las cenizas.

Los vecinos quemaron sus casas y corrieron a la capital para vender las cenizas y como no vendieron nada, regresaron decididos a escarmentar a Purita de una vez por todas.

La cogieron y la metieron en un saco con la intención de tirarla al río, pero como antes tenían otras cosas que hacer, ataron el saco a un árbol, cerca de la orilla, con la idea de volver más tarde y acabar la faena.

Cuando oyó que se alejaban, Purita boba empezó a gritar:

—¡Que no me caso con él! ¡Aunque sea un príncipe, yo no me caso con él!

Acertó a pasar por allí una pastora con su rebaño y al oír las voces de Purita, le dijo que la liberaría a condición de casarse ella con el príncipe, pero que si no aceptaba, se quedaría dentro del saco. Purita aceptó y cambiaron de lugar: la pastora se metió en el saco y Purita se marchó con las ovejas.

Volvieron los vecinos y echaron el saco al río, sin sospechar que no era Purita la que estaba dentro.

Al volver al pueblo, se encontraron con Purita, que pastaba las ovejas, y le dijeron:

—¡Pero, bueno! ¿A ti no te hemos echado al río? ¿De dónde vienes, entonces, con las ovejas?

Y les respondió Purita boba:

—Es que el río está lleno de ellas. Y si más hondo me echáis, más ovejas hubiera encontrado.

Los vecinos corrieron hacia el río y empezaron a tirarse de cabeza y cada vez que uno gorgoteaba, porque tragaba agua, los demás preguntaban a Purita:

—¿Qué dice? ¿Qué dice?

Y Purita les contestaba:

—Que os tiréis, que os tiréis, que hay muchas ovejas.

Y todavía están en el río buscando ovejas, mientras Purita lleva cada mañana su rebaño a pastar.

FIN

La niña sabia

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Ilustración: YaninSalas

Dos hombres viajaban juntos por el mismo camino. Uno de ellos era pobre y montaba una yegua; el otro era muy rico y montaba un caballo.

Ambos se detuvieron a pasar la noche en la misma posada y dejaron a los dos animales juntos en la cuadra. Mientras todos dormían, la yegua del pobre alumbró un potro y este, después de dar un par de pasos, se fue a acurrucar junto al caballo del rico.

A la mañana siguiente, el rico despertó a todo el mundo con sus gritos:

—¡Levantaos! ¡Mirad! A mi caballo le ha nacido un potro.

El pobre se levantó y al ver lo ocurrido exclamó:

—¡Eso no puede ser! ¿Dónde se ha visto que de un caballo nazca un potro? El potro es de mi yegua.

El rico repuso:

—Si lo hubiese parido tu yegua, estaría a su lado y no junto a mi caballo.

Discutieron largo tiempo sin llegar a un acuerdo y al fin se dirigieron a los Tribunales. El rico sobornaba a los jueces para que le dieran la razón y el pobre solo podía apoyarse en la lógica.

Tanto se enredó aquel pleito, que la cuestión llegó hasta el mismísimo zar, quien mandó llamar a los dos hombres y les propuso cuatro enigmas para poder impartir después justicia:

—¿Qué es lo más fuerte y rápido del mundo?

—¿Qué es lo más ancho y nutritivo?

—¿Qué es lo más blando y suave?

—¿Qué es lo más agradable?

Después les advirtió:

—Tenéis tres días para resolver estas cuestiones. Al cuarto día, venid a darme las respuestas. Después, decidiré quien se ha de quedar el potro.

El rico se acordó de que tenía una vecina con fama de ser muy lista y se dirigió hacia su casa para pedirle consejo. Cuando la mujer vio su cara turbada, le preguntó:

—¿Por qué estás tan preocupado, vecino?

—Porque tengo tres días para resolver cuatro enigmas que me ha planteado el zar.

—Veamos qué enigmas son esos.

—El primero: ¿qué es en el mundo lo más fuerte y rápido?

—¡Vaya tontería! ¡Mi yegua! No hay nada más rápido ni más fuerte en este mundo.

—El segundo: ¿qué es lo más ancho y nutritivo?

—¡Vaya tontería! ¡Mi cerdo! Llevo tiempo dándole de comer y está tan ancho que ya no cabe en la porqueriza. Cuando lo mate, será lo más nutritivo del mundo.

—El tercero: ¿qué es lo más blando y suave?

—¡Vaya tontería! ¡Mi cama! Mi colchón es de plumas y no hay nada en el mundo más blando y suave.

—El cuarto: ¿qué es lo más agradable?

—¡Vaya tontería! Mi nieta Allochka. Es guapa y lista y en el mundo no hay nadie más agradable que ella.

—¡Muchas gracias! Me has sacado de un gran aprieto. Jamás olvidaré este favor.

Entretanto, el hombre pobre llegó a su casa llorando. Su hija, una niña de siete años, salió a recibirlo y al ver a su padre tan desconsolado le preguntó:

—¿Qué te pasa, querido padre? ¿Por qué lloras?

—¡Ay!, hija mía, el zar me ha planteado cuatro enigmas a los que debo dar respuesta en tres días, y yo no sería capaz de resolverlos ni en tres años.

—Dime qué te ha preguntado.

—¿Qué es en el mundo lo más fuerte y rápido?, ¿qué lo más ancho y nutritivo?, ¿qué lo más blando y suave? y ¿qué lo más agradable?

—¡No te preocupes padre! Cuando te presentes ante el zar respóndele lo siguiente: “Lo más fuerte y rápido es el viento cuando sopla con toda su furia. Lo más amplio y nutritivo, es la tierra, que alimenta a todos los que nacen y viven sobre ella. Lo más suave, la mano que acaricia y que al acostarnos ponemos debajo de la cabeza como si fuera la más blanda almohada. Y ¿qué otra cosa conoce el hombre más agradable que los sueños?”

Pasado el plazo, los dos hombres se presentaron ante el zar. El monarca, después de haberlos escuchado, le preguntó al pobre:

—¿Has resuelto tú solo los enigmas o alguien te ha ayudado?

El pobre contestó:

—Majestad, fue mi hija de siete años la que me dio las respuestas.

—Puesto que tu hija es tan sabia, ve y dale este hilo de seda para que me teja una colcha para mañana.

El campesino tomó el hilo de seda y volvió a su casa más desesperado que antes.

—¡Qué desgracia! —le dijo a la niña—. El zar ordena que tejas con este hilo una colcha para él.

—No te preocupes —contestó ella.

Rompió una escoba, cogió una astilla y dándosela a su padre le dijo:

—Ve a palacio y dile al zar que con esta astilla ordene a su carpintero hacer un telar para que yo pueda tejer su colcha.

El campesino le entregó la astilla al zar y repitió lo que su hija le había dicho. Este, después de escuchar la respuesta, le dijo al campesino:

—Ya que tu hija es tan sabia, dale estos ciento cincuenta huevos para que los empolle y me traiga mañana ciento cincuenta pollos.

El campesino volvió a su casa muy apurado.

—¡Oh hijita!, hemos salido de las brasas para caer en el fuego.

—No estés triste, padre.

Guardó los huevos en la despensa y envió a su padre de vuelta al palacio:

—Dile al zar que para alimentar a los pollitos necesitaré grano. Que ordene labrar el campo, sembrar trigo, recogerlo y trillarlo para que mañana puedan comer cuando rompan el cascarón.

El padre le repitió al zar las palabras de su hija.

—Puesto que tu hija es tan sabia, dile que se presente ante mí. Pero no quiero que venga ni a pie ni a caballo, ni desnuda ni vestida; ni sin regalo, ni con él.

«Esta vez, mi hija no podrá resolver tantas dificultades. ¡Estamos perdidos!», pensó el pobre hombre. Y se dirigió a su casa para contarle a la pequeña lo ocurrido.

—No te apures, padre. Ve al mercado y compra una liebre y una codorniz vivas.

Al día siguiente, la niña se desnudó y se envolvió el cuerpo en una red de pescador, se sentó a lomos de la liebre y con la codorniz en la mano se dirigió al palacio del zar.

Al verla, el zar salió a su encuentro:

—Gran señor, aquí tienes mi regalo.

Al alargar la mano para coger la codorniz, el ave emprendió el vuelo.

—De acuerdo, lo has hecho todo según lo había ordenado. Y ahora contesta una última pregunta para que pueda dictar sentencia: tú y tu padre sois muy pobres, ¿con qué os alimentáis?

—Como no tiene caña de pescar, mi padre atrapa con las manos los peces que nadan en la arena, me los trae a casa y yo cocina sopa con ellos.

—¡Pero mira que eres tonta, niña! ¿De verdad te crees eso? ¡Es imposible que los peces naden en la arena! Los peces solo viven en el agua.

—¿Y tú te crees mucho más listo que yo? ¿Dónde has visto que un caballo pueda dar a luz a un potro?

Avergonzado, el zar contestó:

—Tienes toda la razón.

Y sin más dilación, entregó el potro al hombre pobre.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar “La niña sabia” con la voz de Angie Bello Albelda

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