cuentos por teléfono

Vamos a inventar los números

Ilustración: sushy00

—¿Por qué no inventamos los números?

—Bueno, empiezo yo. Casi uno, casi dos, casi tres, casi cuatro, casi cinco, casi seis.

—Es demasiado poco. Escucha estos: un remillón de billonazos, un ochete de milenios, un maravillar y un maramillón.

—Yo entonces me inventaré una tabla.

Tres por uno, concierto gatuno,

tres por dos, peras con arroz

tres por tres, salta al revés

tres por cuatro, vamos al teatro

tres por cinco, pega un brinco

tres por seis, no me toquéis

tres por siete, quiero un juguete

tres por ocho, nata con bizcocho

tres por nueve, hoy no llueve

tres por diez, lávate los pies.

—¿Cuánto vale este pastel?

—Dos tirones de orejas.

—¿Cuánto hay de aquí a Milán?

—Mil kilómetros nuevos, un kilómetro usado y siete bombones.

—¿Cuánto pesa una lágrima?

—Depende: la lágrima de un niño caprichoso pesa menos que el viento, y la de un niño hambriento pesa más que toda la tierra.

—¿Cuánto mide este cuento?

—Demasiado.

—Entonces inventémonos rápidamente otros números para terminar. Los digo yo, a la manera de Modena: unchi, doschi, treschi, cuara cuatrischi, mi mirinchi, uno son dos.

—Yo entonces voy a decirlos a la manera de Roma: unci, dusci, trisci, cuale cualinci, mele melinci, rife rafe y diez.

FIN

rainbow_pencil_avatar_by_shirokuro_chan¿Quién ha escrito y quién ha ilustrado este cuento?

El palacio para romper

Ilustración: ThreePoplarTrees

Hace tiempo, la gente de Busto Arsizio estaba preocupada porque los niños lo rompían todo. No hablamos de las suelas de los zapatos, de los pantalones y de las carteras escolares, no. Rompían los cristales jugando a pelota, rompían los platos en la mesa y los vasos en el bar, y si no rompían las paredes, era únicamente porque no disponían de martillos.

Los padres ya no sabían qué hacer ni qué decirles, y se dirigieron al alcalde.

—¿Les pondremos una multa? —propuso el alcalde.

—¡Muchas gracias! —exclamaron los padres—, pero así, los que tendremos que pagar los platos rotos seremos nosotros.

Afortunadamente, por aquellas partes hay muchos peritos. De cada tres personas una es perito, y todos peritan muy bien. Pero el mejor de todos era el perito Gamberoni, un anciano que tenía muchos nietos y, por lo tanto, tenía una gran experiencia en estos asuntos.

Tomó lápiz y papel e hizo el cálculo de los daños que los niños de Busto Arsizio habían causado rompiendo tantas y tan bonitas cosas. ¡El resultado fue espantoso! ¡Milenta tamanta catorce y treinta y tres!

—Con la mitad de esta cantidad —demostró el perito Gamberoni— podemos construir un palacio y obligar a los niños a que lo hagan pedazos; si no se curan con este sistema, no se curarán jamás.

La propuesta fue aceptada y el palacio fue construido en un cuatro y cuatro ocho y dos diez. Tenía siete pisos de altura y noventa y nueve habitaciones; cada habitación estaba llena de muebles y cada mueble atiborrado de objetos y adornos, eso sin contar los espejos y los grifos.

El día de la inauguración se entregó un martillo a cada niño y, a una señal del alcalde, fueron abiertas las puertas del palacio que había que romper.

Lástima que la televisión no llegara a tiempo para retransmitir el espectáculo. Los que lo vieron con sus ojos y lo oyeron con sus oídos aseguran que parecía, ¡Dios nos libre!, el inicio de la tercera guerra mundial. Los niños iban de habitación en habitación como el ejército de Atila y destrozaban a martillazos todo lo que encontraban a su paso. Los golpes se oían en toda Lombardía y en media Suiza. Niños tan altos como la cola de un gato se habían agarrado a armarios tan grandes como guardacostas y los demolieron escrupulosamente hasta que solo quedó un montoncito de virutas.

Los bebés de los parvularios, tan lindos y graciosos con sus delantalitos rosa y celeste, pisoteaban diligentemente los juegos de café reduciéndolos a un finísimo polvo, con el que se empolvaban la nariz.

Al final del primer día no quedó ni un vaso entero.

Al final del segundo día escaseaban las sillas.

El tercer día los niños se dedicaron a las paredes, empezando por el último piso; pero cuando llegaron al cuarto, agotados y cubiertos de polvo, como los soldados de Napoleón en el desierto, se fueron con la música a otra parte. Regresaron a casa tambaleantes, y se acostaron sin cenar.

Se habían desahogado por completo y no encontraban ya ningún placer en romper nada; de repente, se habían vuelto tan delicados y ligeros como las mariposas, y aunque hubiesen jugado al fútbol en un campo de vasos de cristal no hubiesen roto ni uno solo.

El perito Gamberoni hizo más cálculos y demostró que la ciudad de Busto Arsizio se había ahorrado dos remillones y siete centímetros.

El Ayuntamiento dejó libertad a sus ciudadanos para que hiciesen lo que quisieran con lo que todavía quedaba en pie del palacio. Y entonces pudo verse cómo ciertas personas con carteras de cuero y con gafas de lentes bifocales —magistrados, notarios, consejeros delegados— se armaban de un martillo y corrían a demoler una pared o una escalera, golpeando tan entusiasmados que a cada golpe se sentían rejuvenecer.

—Esto es mejor que discutir con alguien —decían alegremente—, es mejor que romper los ceniceros o el mejor juego de vajilla, regalo de tía Mirina…

Y venga martillazos.

En señal de gratitud, la ciudad de Busto Arsizio le impuso al perito Gamberoni una medalla con un agujero de plata.

FIN