cuentos

El cofre volador

Ilustración: Anne Anderson

Érase una vez un comerciante tan rico, que habría podido empedrar toda la calle con monedas de plata, y aún casi un callejón por añadidura; pero se guardó de hacerlo, pues el hombre conocía mejores maneras de invertir su dinero, y cuando daba un ochavo era para recibir un escudo. Fue un mercader muy listo… y luego murió.

Su hijo heredó todos sus caudales, y vivía alegremente: todas las noches iba al baile de máscaras, hacía cometas con billetes de banco y arrojaba al agua panecillos untados de mantequilla y lastrados con monedas de oro en vez de piedras. No es extraño, pues, que pronto se terminase el dinero; al fin a nuestro mozo no le quedaron más que cuatro perras gordas, y por todo vestido, unas zapatillas y un viejo batín. Sus amigos lo abandonaron; no podían ya ir juntos por la calle; pero uno de ellos, que era un bonachón, le envió un viejo cofre con este aviso: «¡Embala!». El consejo era bueno, desde luego, pero como nada tenía que embalar, se metió él en el baúl.

Era un cofre curioso, echaba a volar en cuanto se apretaba la cerradura. Y así lo hizo; en un santiamén, el muchacho se vio por los aires metido en el cofre, después de salir por la chimenea, y se elevó hasta las nubes, vuela que te vuela. Cada vez que el fondo del baúl crujía un poco, a nuestro hombre le entraba pánico; si se desprendiesen las tablas, ¡vaya salto! ¡Dios nos ampare!

De este modo llegó a tierra de turcos. Escondió el cofre en el bosque, entre hojarasca seca, y se encaminó a la ciudad; no llamó la atención de nadie, pues todos los turcos vestían batín y pantuflas también. Se encontró con un ama que llevaba un niño:

—Oye, nodriza —preguntó—, ¿qué es aquel castillo tan grande, junto a la ciudad, con ventanas tan altas?

—Allí vive la hija del rey —respondió la mujer—. Se le ha profetizado que cuando se enamore será desgraciada. Por eso no dejan que nadie se le acerque, si no es en presencia del rey y la reina.

—Gracias —dijo el hijo del mercader, y volvió a su bosque. Se metió en el cofre y levantó el vuelo; llegó al tejado del castillo y se introdujo por la ventana en las habitaciones de la princesa.

Estaba ella durmiendo en un sofá; era tan hermosa, que el mozo no pudo reprimirse y le dio un beso. La princesa despertó asustada, pero él le dijo que era el dios de los turcos, llegado por los aires; y esto la tranquilizó.

Se sentaron uno junto al otro, y el mozo se puso a contar historias sobre los ojos de la muchacha. Decía que eran como lagos oscuros y maravillosos, por los que los pensamientos nadaban cual ondinas; luego historias sobre su frente, que comparó con una montaña nevada, llena de magníficos salones y cuadros; y luego le habló de la cigüeña, que trae a los niños pequeños.

Sí, eran unas historias muy hermosas, realmente. Luego pidió a la princesa si quería ser su esposa y ella le dio el sí sin vacilar.

—Pero tendréis que volver el sábado —añadió—, pues he invitado a mis padres a tomar el té. Estarán orgullosos de que me case con el dios de los turcos. Pero mira de recordar historias bonitas, que a mis padres les gustan mucho. Mi madre las prefiere edificantes y elevadas y mi padre las quiere divertidas, pues le gusta reírse.

—Bien, no traeré más regalo de boda que mis cuentos —respondió él, y se despidieron; pero antes, la princesa le regaló un sable adornado con monedas de oro. ¡Y bien que le vinieron al mozo!

Se marchó en volandas, se compró una nueva bata y se fue al bosque, donde se puso a componer un cuento. Debía estar listo para el sábado y la cosa no es tan fácil.

Cuando lo tuvo terminado, era ya sábado.

El rey, la reina y toda la corte lo aguardaban para tomar el té en compañía de la princesa. Lo recibieron con gran cortesía.

—¿Vais a contarnos un cuento —preguntó la reina—, uno que tenga profundo sentido y sea instructivo?

—Pero que al mismo tiempo nos haga reír —añadió el rey—.

—De acuerdo —respondió el mozo y comenzó su relato.

Y ahora mucha atención…

«Érase una vez un haz de fósforos que estaban en extremo orgullosos de su alta estirpe; su árbol genealógico, es decir, el gran pino, del que todos eran una astillita, había sido un añoso y corpulento habitante del bosque. Los fósforos se encontraban ahora entre un viejo eslabón y un puchero de hierro no menos viejo, al que hablaban de los tiempos de su infancia.

—¡Sí, cuando nos hallábamos en la rama verde —decían— estábamos realmente en una rama verde! Cada amanecer y cada atardecer teníamos té diamantino: era el rocío; durante todo el día nos daba el sol, cuando no estaba nublado, y los pajarillos nos contaban historias. Nos dábamos cuenta de que éramos ricos, pues los árboles de fronda solo van vestidos en verano; en cambio, nuestra familia lucía su verde ropaje, lo mismo en verano que en invierno. Mas he aquí que se presentó el leñador, la gran revolución, y nuestra familia se dispersó. El tronco fue destinado a palo mayor de un barco de alto bordo, capaz de circunnavegar el mundo si se le antojaba; las demás ramas pasaron a otros lugares y a nosotros nos ha sido asignada la misión de suministrar luz a la baja plebe; por eso, a pesar de ser gente distinguida, hemos venido a parar a esta cocina.

»—Mi destino ha sido muy distinto —dijo el puchero a cuyo lado yacían los fósforos—. Desde el instante en que vine al mundo, todo ha sido estregarme, ponerme al fuego y sacarme de él; yo estoy por lo práctico y, modestia aparte, soy el número uno en la casa. Mi único placer consiste, terminado el servicio de mesa, en estarme en mi sitio, limpio y bruñido, conversando sesudamente con mis compañeros; pero si exceptúo al balde, que de vez en cuando baja al patio, puede decirse que vivimos completamente retirados. Nuestro único mensajero es el cesto de la compra, pero ¡se exalta tanto cuando habla del gobierno y del pueblo!; hace unos días, un viejo puchero de tierra se asustó tanto con lo que dijo, que se cayó al suelo y se rompió en mil pedazos. Yo os digo que este cesto es un revolucionario; y si no, al tiempo.

»—¡Hablas demasiado! —intervino el eslabón, golpeando el pedernal, que soltó una chispa—. ¿No podríamos echar una cana al aire, esta noche?

»—Sí, hablemos —dijeron los fósforos—, y veamos quién es el más noble de todos nosotros.

»—No, no me gusta hablar de mi persona —objetó la olla de barro—. Organicemos una velada. Yo empezaré contando la historia de mi vida y luego los demás harán lo mismo; así no se embrolla uno y resulta más divertido. En las playas del Báltico, donde las hayas que cubren el suelo de Dinamarca…

»—¡Buen principio! —exclamaron los platos—. Sin duda, esta historia nos gustará.

»—…pasé mi juventud en el seno de una familia muy reposada; se limpiaban los muebles, se restregaban los suelos y cada quince días colgaban cortinas nuevas.

»—¡Qué bien se explica! —dijo la escoba de crin—. Diríase que habla un ama de casa; hay un no sé qué de limpio y refinado en sus palabras.

»—Exactamente lo que yo pensaba —asintió el balde, dando un saltito de contento que hizo resonar el suelo.

»La olla siguió contando, y el fin resultó tan agradable como había sido el principio.

»Todos los platos castañetearon de regocijo y la escoba sacó del bote unas hojas de perejil y con ellas coronó a la olla, a sabiendas de que los demás rabiarían. «Si hoy le pongo yo una corona, mañana me pondrá ella otra a mí», pensó.

»—¡Voy a bailar! —exclamó la tenaza y, ¡dicho y hecho! ¡Dios nos ampare, cómo levantaba la pierna! La vieja funda de la silla del rincón estalló al verlo

»—¿Me vais a coronar también a mí? —pregunto la tenaza; y así se hizo.

»—¡Vaya gentuza! —pensaban los fósforos.

»Le tocó, entonces, el turno de cantar a la tetera, pero se excusó alegando que estaba resfriada; solo podía cantar cuando estaba en el fuego; pero todo aquello eran remilgos; no quería hacerlo más que en la mesa, con las señorías.

»Había en la ventana una vieja pluma, con la que solía escribir la sirvienta. Nada de notable podía observarse en ella, aparte de que la sumergían demasiado en el tintero, pero ella se sentía orgullosa de eso.

»—Si la tetera se niega a cantar, que no cante —dijo—. Ahí afuera hay un ruiseñor enjaulado que sabe hacerlo. No es que haya estudiado en el conservatorio, mas por esta noche seremos indulgentes.

»—Me parece muy poco conveniente tener que escuchar a un pájaro forastero —objetó la cafetera, que era una cantora de cocina y hermanastra de la tetera—. ¿Es esto patriotismo? Que juzgue el cesto de la compra.

»—Francamente, me habéis desilusionado —dijo el cesto—. ¡Vaya manera estúpida de pasar una velada! En lugar de ir cada cuál por su lado, ¿no sería mucho mejor hacer las cosas con orden? Cada uno ocuparía su sitio y yo dirigiría el juego. ¡Mejor nos iría!

»—¡Sí, vamos a armar un escándalo! —exclamaron todos.

»En esto, se abrió la puerta y entró la criada. Todos se quedaron quietos, nadie se movió; pero ni un puchero dudaba de sus habilidades y de su distinción. «Si hubiésemos querido —pensaba cada uno—, ¡qué velada más deliciosa habríamos pasado!».

»La sirvienta cogió los fósforos y encendió fuego. ¡Cómo chisporroteaban y qué llamas echaban!

»Ahora todos tendrán que percatarse de que somos los primeros —pensaban—. ¡Menudo brillo y menudo resplandor el nuestro!». Y, pensando eso, se consumieron».

—¡Qué cuento tan bonito! —dijo la reina—. Me parece encontrarme en la cocina, entre los fósforos. Sí, te casarás con nuestra hija.

—Desde luego —asintió el rey—. Será tuya el lunes por la mañana —Lo tuteaban ya, considerándolo como de la familia.

Se fijó el día de la boda y en la víspera hubo grandes iluminaciones en la ciudad, se repartieron bollos de pan y rosquillas, los golfillos callejeros se hincharon a gritar «¡Hurra!» y a silbar con los dedos metidos en la boca… ¡Una fiesta magnífica!

«Tendré que hacer algo», pensó el hijo del mercader, y compró cohetes, petardos y qué sé yo cuántas cosas de pirotecnia, las metió en el baúl y emprendió el vuelo.

¡Pim, pam, pum! ¡Vaya estrépito y vaya chisporroteo!

Los turcos, al verlo, pegaban unos saltos tales, que las babuchas les llegaban a las orejas; nunca habían contemplado una traca como aquella.

Ahora sí que estaban convencidos de que era el propio dios de los turcos el que iba a casarse con la princesa.

No bien llegó nuestro mozo al bosque con su baúl, se dijo: «Me llegaré a la ciudad a observar el efecto causado».

Era una curiosidad muy natural.

¡Qué cosas contaba la gente! Cada una de las personas a quienes preguntó había presenciado el espectáculo de una manera distinta, pero todos coincidieron en calificarlo de muy hermoso.

—Yo vi al propio dios de los turcos —afirmó uno—. Sus ojos eran como rutilantes estrellas y la barba parecía agua espumeante.

—Volaba envuelto en un manto de fuego —dijo otro—. Por los pliegues, asomaban unos angelitos preciosos.

Sí, escuchó cosas muy agradables y al día siguiente era la boda.

Regresó al bosque para instalarse en su cofre; pero ¿dónde estaba el cofre? El caso es que se había incendiado. Una chispa de un cohete había prendido fuego en el forro y había reducido el baúl a cenizas. El hijo del mercader ya no podía volar ni volver al palacio de su prometida.

Ella se pasó todo el día en el tejado, aguardándolo; y aún sigue ahí esperando. Mientras, él recorre el mundo contando cuentos, aunque ninguno tan regocijante como el de los fósforos.

FIN

Tempus Fugit

7724d36476584689543eb06940a2dc10 (1)

Ilustración: Daniela Volpari

Sed fugit interea, fugit irreparabile tempus

Esta historia está dedicada a vosotros, amantes de los cuentos, y de un modo un poquito más especial a Sensi, que lo inspiró con uno de sus comentarios.
Gracias a todos por un 2015 lleno de buenos momentos.
Os deseamos que 2016 sea también un año de cuento y que en él se cumpla alguno de vuestros sueños.
.

Dong, Dong, Dong, Dong, Dong, Dong, Dong, Dong, Dong, Dong, Dong, Dong…

En una oscura y silenciosa casona, a las afueras de La Rosilla, allí donde habitan las termitas del hielo, resuenan las doce campanadas de la medianoche.

Todavía se balancea en el aire el último “dong”, cuando a través de la ventana grande del salón penetra un misterioso y brillante haz de luz.

Cualquiera podría pensar que un rayo de luna se ha abierto paso por entre las espesas nubes que cubren el cielo de esta gélida noche de diciembre, pero Cualquiera estaría completamente equivocado, porque esta claridad no es otra cosa que el medio de transporte de Lupicinia Cucú, Mensajera Real.

En su pico lleva un tarjetón blanco, adornado con una cenefa verde y roja de hojas de acebo. En él, con una preciosa caligrafía dorada, se lee:

Imagen 7

Tarjetones igual a este son repartidos hasta el más recóndito rincón del planeta en el que hay un reloj. Además de Lupicinia, dos armadillos, doce salmonetes, veinticuatro mariposas y cuatro capibaras se encargan, cada diciembre, de entregar en manecilla las invitaciones para la Gran Fiesta de Fin de Año.

En la señorial casona, al imponente reloj de caoba que preside el salón le da un vuelco el péndulo por la emoción y siente que sus segundos se aceleran. Hace semanas que espera la invitación:

—¡Ya estamos! Debo controlar estas palpitaciones o me volveré a adelantar de nuevo.

Después, ya más tranquilo, susurra al reloj de biscuit que hay sobre la mesa de mármol del rincón:

—¡Pst!, ¡Eh, tú!, ¡despierta, que ya ha llegado!

—¡Lo he visto!, ¡lo he visto!  —contesta este poniéndose aún más blanco a causa de los nervios— ¡Tenemos que avisar al resto!

Acompasan sus tiempos y los tic-tac de ambos resuena al unísono por todos los rincones del caserón.

Los relojes van abriendo sus ojitos…

El de arena se quedó ayer parado a las cuatro de la tarde, «¿¡ya es hora de merendar!?» —dice mientras se sacude el polvo.

En el de pulsera que nadie se pone, son las cinco y media de la madrugada; se despereza medio dormido, «Oooooaaaauuuuhh», estirando su correa azul cobalto.

El de pared, colgado en la cocina, marca las doce y cuatro; siempre puntual, siempre en su punto, sin pasarse nunca…

Uno a uno, todos los relojes que habitan en la casa se van despertando y hacen correr el tic-tac de que la invitación, ¡por fin!, ha sido recibida. ¡Hay que prepararse para la gran noche de pasado mañana!

Dentro de dos días, en la mansión de Don Tempus, se reunirán, como cada año, los relojes de toda la Tierra. Acudirán a la cita los modernos y los antiguos, los de péndulo, los de cuerda, los de sol, los de arena…

Por la gran avenida, con sus mejores galas, desfilarán clepsidras del brazo de despertadores; relojes de pulsera arrastrando sus largas y coloridas colas; relojes de bolsillo con lujosas cadenas de oro y de plata colgando de sus cuellos; grandes y ruidosos relojes de torre, a los que les gusta presumir y llamar la atención en calles y plazas…

A la gran fiesta incluso acudirán los relojes oxidados y parados; los que están hundidos en el fondo de los siete mares o los que no tienen manecillas. Todos se apresurarán para acudir puntuales a la cita, porque no hay manera de saber si habrá para ellos una segunda oportunidad. Entrarán en el gran salón temporal y aguardarán pacientemente su tiempo.

Los primeros en recibirlo serán los de Kiritimati, los seguirán los de Samoa, Nueva Zelanda, Tonga, Fiyi…, Australia, Japón, China… irán desfilando los relojes de todos los países y, por último, les llegará el turno a los de Hawái. Ellos cada año son los últimos, porque los salmonetes que les llevan las invitaciones aprovechan para bañarse en sus playas y siempre entregan tarde las invitaciones.

Ya falta muy poco para que Don Tempus recargue los relojes. Justo cuando las doce campanadas de la medianoche del 31 de diciembre empiecen a sonar, cada reloj recibirá su tiempo; el que gastará durante el año que está a punto de empezar.

¡Ya está aquí Don Tempus para repartir momentos a su antojo!:

—Tú, carrillón, tendrás noventa y nueve días de ensueños, sesenta horas de felicidad, veinte minutos de enfados…

—Reloj de arena, a ti te doy catorce períodos de dudas, seis meses enteros de melancolía, dos de aburrimiento…

—Reloj de sol, te doy tres tardes y media de cariño, seis horas de tristeza, ochenta y tres segundos de nervios…

—Tú, reloj de péndulo, solo tendrás dos meses de buenos propósitos, luego te pararás. Quizá para siempre…

—Despertador, te concedo trescientos minutos de espera, mil segundos robados, una hora de añoranza…

—Para ti, reloj de sobremesa, no hay tiempo…

Cada año, a medida que las campanadas de medianoche suenan a lo largo y ancho de este mundo dando paso al año nuevo, los relojes se van poniendo en marcha con su tiempo renovado.

Pero también cada año, en la mansión de Don Tempus, queda una montaña de instantes que parecen olvidados…

—Maestro Tempus, ¿qué seremos nosotros? ¿Acaso seremos tiempo perdido?

—No, vosotros sois mis mejores instantes, mis minutos más preciados. En vosotros he mezclado risas, llantos, miedos, cantos, recuerdos, ternura, inocencia… En vosotros va lo mejor de mí porque sois tiempo sin reloj, tiempo sin prisa, tiempo sin fin de sueños hermosos, tiempo sin tiempo… Vosotros sois el tiempo feliz añadido a los relojes de los que leen cuentos.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar «Tempus Fugit» con la voz de Angie Bello Albelda

logoAngie

La Mochila de los Cuentos Pequeños

mochila_magica_by_ciclomono

Ilustración: ciclomono

 

Esta es la historia de Mario, un niño al que le encantaba jugar en la calle con sus amigos. Jugaban al balón, a las canicas, al pilla-pilla, a cambiar cromos… Pero en realidad, lo que más le gustaba a Mario eran los cuentos.

Cuando caía uno nuevo en sus manos disfrutaba muchísimo imaginando las historias hechas realidad y no se cansaba de pasar las hojas infinitas veces, hasta dejarlas bien gastadas, mirando una y otra vez los dibujos.

Pero eran muy pocos los que sus papás podían comprarle, andaban muy justos de presupuesto y, por supuesto, lo primero eran los libros del colegio y el material escolar, lo que dejaba muy poco para cuentos.

A dos calles de casa de Mario se encontraba la librería «La Fantasía»; en su escaparate lucían nuevitos y relucientes los libros y cuentos recién publicados.

¡Cómo le gustaba a Mario ese escaparate! Aplastaba su naricilla en el cristal y se quedaba embobado con aquellos colorines y las letras brillantes y, cuando nadie lo miraba, metía la cabeza dentro del comercio para aspirar el maravilloso olor de las páginas nuevas.

Así lo observaba a menudo doña Lola, la dueña de «La Fantasía», hasta que se decidió a llamarlo un día:

—¡Oye, Mario, chaval!

—¿Es a mí?

—¡Pues claro! ¡Ven, entra!

«¿Qué querrá?»,  se preguntó Mario. Y, aunque un poco extrañado, dejó de jugar con sus amigos y entró porque conocía a la propietaria, ya que siempre compraban allí los libros del cole y las libretas.

Doña Lola lo condujo hasta la trastienda y le habló así:

—Mira Mario, quiero hacerte un regalo.

—¿Un regalo?

—¡Sí señor! ¡Te lo mereces!

—Yo, ¿por qué?

—Porque sé que te gustan los cuentos.

—¡Claro que me gustan los cuentos!

Mario estaba entusiasmado, pensó que doña Lola le iba a regalar un cuento nuevo, pero no fue así. ¡Qué decepción cuando la mujer apareció con una pequeña mochila! No era nada del otro mundo, de color incierto y con una cremallera ¡Y ni tan siquiera tenía dibujos!

Al ver su cara de decepción, la librera lo consoló:

—Mario, este es el mejor regalo que puedes recibir ¡Es la Mochila de los Cuentos Pequeños!

—No lo entiendo…

El pobre estaba desilusionado ¿Cómo podía ser que una mochila tan simple como aquella fuera su mejor regalo?

—Deja que te lo explique. Cada vez que quieras leer un nuevo cuento, solo tienes que abrir la mochila y allí lo vas a encontrar. Lo lees y luego lo vuelves a dejar dentro, porque esta mochila es mágica y de allí viajará a la mochila de otro niño del barrio ¿Qué digo del barrio? ¡De la ciudad, del país, de todo el mundo! Porque en todo el mundo hay niños como tú, a los que les encantan los cuentos. ¡Ah!, y recuerda que cuando te hagas mayor te corresponderá a ti elegir a otro niño para entregarle la Mochila de los Cuentos Pequeños, igual que yo hago ahora contigo. Pero ha de ser nuestro secreto ¡Si alguien se entera de esto, la magia desaparecerá!

Mario se quedó con la boca abierta; no sabía qué decir y, tras prometer guardar el secreto, dio las gracias aturullado y salió disparado de la librería hacia su casa. Se moría de ganas de encerrarse en su habitación, abrir la mochila y comprobar cómo era de mágica.

Cuando por fin la abrió, se llevó una sorpresa al ver un cuento nuevecito, pequeño, porque así habían de ser todos los cuentos de la mochila mágica; cuentos sin más misión que la de dibujar una sonrisa, un ¡Ohhhh! de asombro o un ¡Ayyyy! de emoción.

El primer cuento que encontró decía así:

El conejo Manolito que quería ser perrito

rabbit_by_nicobou

Ilustración: nicobou

Érase que se era, un conejito que vivía con Marita y Pepe, mimoso y consentido era el rey de la casa.

A sus dueños se les ocurrió un día sacarlo a pasear con correa, como si de un perro se tratara, y Manolito, que era un poquito cabezota, al ver pasear a los canes del vecindario con sus amos se dijo:

-Pues va a ser que yo no soy conejo ¡Que soy perrito!

Así de convencido estaba, que se negó a comer los vegetales que comen los conejos, y al fin, Marita y Pepe, desesperados, acabaron dándole pienso perruno, y ¡Manolito feliz!

Pero tenía una pena, y es que no sabía ladrar. Escuchaba los ladridos de los demás perros, pero él, por mucho que se esforzaba, no lograba que de su hociquito saliera ladrido alguno.

Y como a testarudo no lo ganaba nadie, seguía, día tras día, intentándolo. Y lo intentó con tantas ganas, que en uno de sus esfuerzos se escuchó bien fuerte un ¡guau!

En realidad, procedía de un perro que andaba de visita en su edificio, pero deseoso e impaciente, él imaginó que aquel ladrido era suyo, así que, muy ufano, dijo:

-¡Por fin he ladrado! ¡Soy un perrito! ¡Lo demostré!

Y quedó tan convencido toda su vida que, aunque nunca más volvió a ladrar, siempre decía:

-Para muestra, un botón.

Sus dueños, que lo querían mucho, nunca se atrevieron a negarle sus “cualidades perrunas” y, de este modo, Manolito vivió feliz hasta el fin de sus días.

Y colorín colorado, este cuento pequeño se ha acabado.

 

Nuestro amigo Mario disfrutó durante muchos años de las pequeñas historias que día tras día aparecían en la mágica mochila que, a pesar del tiempo transcurrido, seguía impecable; como el primer día. Así debía ser, ¡pues era grande su magia!

En la actualidad, Mario se ha hecho mayor y ha llegado la hora de que se desprenda de su Mochila de los Cuentos Pequeños.

Anda por ahí buscando niños y niñas a los que les entusiasmen los cuentos, al igual que a él cuando la librera le hizo el mejor regalo que pudiera recibir.

Si vosotros sois alguno de esos niños ¡Estad atentos!, y si veis a un señor que luce una gran sonrisa y que lleva una mochila muy pequeña de color incierto, con una cremallera y sin dibujos, preguntadle si es Mario.

Aunque ya sabemos que si alguno de vosotros la recibe no nos lo contará porque si no desaparecería la magia, nos contentaremos con imaginar las miles de historias que harán feliz a quien la tenga cuando lea los cuentos pequeños que contiene esta mochila mágica.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar «La Mochila de los Cuentos Pequeños» con la voz de Angie Bello Albelda

logoAngie

El Árbol (o ¿por qué tenemos historias nuevas constantemente?)

En un remoto lugar de la Tierra, a salvo de la codicia humana, en un lugar que ni siquiera aparece en los GPS y que los satélites desde el espacio no pueden espiar, allí, en aquel recóndito lugar, vive el Árbol de las Historias.

El Árbol de las Historias existe desde el mismo momento en que apareció la primera palabra. De hecho, no se sabe muy bien si el Árbol nació con la primera palabra o bien la primera palabra apareció porque el Árbol brotó. Sea como sea, el Árbol lleva allí tanto tiempo, como tiempo lleva el hombre sobre la Tierra.

Su tronco es de color marrón y es retorcido. Si lo miras con atención, tienes la sensación de que de sus raíces nacen troncos y más troncos. Todos ellos se van entrelazando hacia el cielo, hasta llegar a la gran copa. Allí, infinidad de hojas se despliegan en un espectáculo magnificente de luz y color. Pero si observas con más atención, te das cuenta de que cada una de las hojas del carrujo es una historia.

De cada historia, de cada cuento, de cada narración, de cada fábula contada por un chamán, una bruja o brujo, un abuelo o una abuela, por padres, profesores, bibliotecarios y escritores… de cada uno de los que cuenta o escribe alguna, nace una nueva hoja. De este modo, el Árbol, a través de las palabras, se va nutriendo y va creciendo.

Aun así, la tierra que lo rodea está llena de hojas marrones, secas, muertas, sin vida. Todas aquellas historias que por algún motivo han dejado de contarse, las que han caído en el olvido y ya nadie guarda en la memoria, se han ido marchitando en su copa y han caído del Árbol. Pero, como ocurre en la naturaleza, esto no es tan grave; ellas son el alimento de nuevas historias.

Por ese motivo, el Árbol ha podido vivir durante tantos y tantos años. En algunas épocas se ha visto vacío, casi sin hojas, aguantando con pocas historias. En otras épocas, en cambio, su esplendor creó una sombra tan alargada, que era capaz de proteger del sol a kilómetros de distancia.

Cada cuatrocientos años el Árbol florece y da un único fruto; un fruto grande, redondo y granulado. De color naranja. No se sabe muy bien cuál es su sabor, pero cuentan las leyendas que aquel que pueda comerse el fruto se convertirá en un gran creador de historias. Algunos dicen que Cervantes, William Shakespeare, Julio Verne, Virginia Woolf o Àusias March llegaron hasta el Árbol y pudieron comer su fruto.

Allí, al pie del Árbol, vive una persona vieja como la misma Tierra, antigua como el Árbol y sabia como la humanidad entera. Esa persona tiene un solo cometido: nutrir al Árbol de las Historias. Cada día se sienta allí y le cuenta historias, cuentos, fábulas, narraciones. Así el Árbol no morirá jamás.

Conoce el Árbol a la perfección; se enamora, como el Árbol, de todas las historias escritas en las hojas; llora con el Árbol cuando una hoja se marchita y cae; y se alegra por cada nueva hoja nacida. Cuando le cuenta historias, es capaz de percibir como el Árbol se estremece de emoción y siente cómo se alimenta con las palabras.

Hay una historia que al Árbol siempre le ha gustado mucho. El hombre siempre la empieza del mismo modo:

En un remoto lugar de la Tierra, a salvo de la codicia humana, en un lugar que ni siquiera aparece en los GPS y que los satélites desde el espacio no pueden espiar…

FIN

Si quieres, también puedes escuchar «El Árbol» con la voz de Angie Bello Albelda

logoAngie