cuervo

El gran cuervo blanco

Ilustración: Checanty

En remotos tiempos, cuando la tierra y la gente eran todavía jóvenes, todos los cuervos eran blancos como la nieve.

En aquellos tiempos pasados, para sobrevivir, las gentes dependían de la caza de los grandes búfalos. Aquellos cazadores no tenían caballos, ni armas de hierro y muchísimo menos aún tenían armas de fuego. Salían de caza a pie y con armas de piedra y flechas de madera. Aquel era un trabajo arduo y duro, incierto y muy peligroso. A todo eso, además, se sumaba que los cuervos dificultaban la tarea de los cazadores, puesto que por aquel entonces eran los mejores amigos de los búfalos.

Sobrevolaban la pradera y vigilaban todo lo que sucedía. En cuanto descubrían que se acercaban los cazadores, se dirigían raudos hacia las manadas de búfalos, se posaban entre sus cuernos y los avisaban del inminente peligro:

—Cra, cra, cra, hermanos, ¡huid! Los cazadores se acercan. Llegan a través de aquel barranco.

O les advertían:

—¡Corred, corred!, acechan cazadores tras aquellas colinas. iCra, cra, cra!

Al oírlos, los búfalos iniciaban la estampida y el hombre, sin poder cazar, se moría de hambre.

Ante esta desesperada situación, los indios wintu se reunieron en consejo alrededor de una gran fogata para decidir qué hacer.

El anciano y sabio jefe habló así:

—De entre todos los cuervos, hay uno que es dos veces más grande que los demás. Ese cuervo es el gran jefe, así que debemos capturarlo a él y darle un buen escarmiento para que los otros aprendan. De lo contrario, moriremos  pronto de hambre.

—Cierto, gran jefe —respondieron todos los guerreros al unísono— Pero ¿cómo lo haremos? ¡Son demasiado astutos los cuervos!

En silencio, el anciano jefe se levantó de la piedra en la que estaba sentado, se dirigió a su tienda y, al poco, regresó con una gran piel de búfalo que aún conservaba la cabeza y los cuernos. La colocó sobre la espalda del más valiente de los guerreros y le ordenó:

—Ve en busca de los búfalos vestido con esta piel, pensarán que eres uno de ellos. Los cuervos tampoco sospecharán y así tú podrás capturar al gran cuervo blanco.

Disfrazado de búfalo, el joven se fue acercando al rebaño, como si estuviese pastando. Las grandes y peludas bestias no le prestaron atención.

Entretanto, los cazadores siguieron con sigilo al joven armados con sus arcos. Cuando ya estuvieron muy cerca del ganado, los cuervos, como siempre, llegaron volando para advertir a los búfalos:

-—Cra, cra, cra, hermanos, se acercan los cazadores para daros caza. ¡Huid de sus flechas!, cra, cra, cra.

Y también como siempre, los búfalos desaparecieron a la estampida. Todos excepto el joven disfrazado con la piel peluda, que fingía no haberse enterado de nada y seguía pastando tranquilamente.

Al verlo, el gran cuervo blanco, se acercó planeando, se posó sobre los hombros del cazador y sacudiendo sus alas, le dijo:

—Cra, cra, cra, hermano, ¿estás sordo? Los cazadores están cerca, sobre aquella loma. ¡Sálvate!

Justo en ese instante, el joven sacó el brazo de debajo de la piel y agarró al cuervo por las patas. Con una cuerda se las ató bien fuerte y sujetó el otro extremo a una gran piedra. Aunque el cuervo forcejeó, no pudo escapar y el muchacho cargó con él hasta la aldea.

Otra vez los hombres se reunieron en consejo alrededor del fuego.

—¿Qué haremos con este gran cuervo blanco que nos ha hecho pasar tanta hambre?

—¡Si por mi fuera, lo freiría y me lo comería! —respondió un cazador hambriento. Y antes de que alguien pudiese detenerlo, arrancó de un tirón el cuervo de manos de su captor y lo echó al fuego del consejo, con piedra y cuerda incluidos—. ¡Así aprenderás a no meterte donde no te llaman! —afirmó enojado.

Como era de esperar, la cuerda que sostenía la piedra ardió y el gran cuervo se las ingenió para salir volando de entre las llamas. Pero ya estaba chamuscado y muchas de sus plumas se habían carbonizado. Seguía siendo grande, pero ya no era blanco, sino más negro que la noche.

—Cra, cra, cra —graznaba desesperado, volando tan rápido como podía— ¡Dejadme tranquilo! No lo haré nunca más; no avisaré más a los búfalos, y prometo que tampoco lo hará el resto de los cuervos. ¡Lo prometo! ¡Lo prometo!, cra, cra, cra.

Así fue como el gran cuervo consiguió escapar. Pero desde aquel día, todos los cuervos del mundo son negros.

FIN

El cuervo y la zorra

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Ilustración: khadydemon

A las afueras de una pequeña aldea, en la linde de un espeso bosque, vivía un cuervo cuyo plumaje era más negro que una noche negra y más brillante que el azabache más brillante. Era por eso que era el animal más vanidoso del lugar.

El presumido cuervo atusaba con frecuencia su plumaje junto a un arroyo que discurría cerca del árbol en el cual vivía y acto seguido se asomaba a la cristalina superficie para admirar su imagen reflejada en las límpidas aguas, que asemejaban un gran espejo.

Había construido su nido sobre la copa de un castaño y desde lo alto divisaba los verdes campos, los vastos sembrados, los prados llenos de flores en los que pastaban ovejas y, justo enfrente, una preciosa casita blanca, en la que vivía una pastora que aquel día estaba atareada en la cocina preparando quesos con la ventana abierta de par en par.

El cuervo, que contemplaba desde las alturas el ir y venir de la muchacha, murmuró para sí con un suspiro:

—¡Mmmmmm! ¿¡Qué veo!? ¡Queso de oveja! ¡Se me hace el pico agua!

La pastora, a medida que iba terminando los quesos, los colocaba en el alfeizar de la ventana abierta para que les diera el aire y se mantuvieran bien frescos.

—¡Ay! —volvió a suspirar el cuervo sin quitar los ojos de los quesos— ¡Parecen tan apetitosos! —Y pensó que sería muy fácil apropiarse de uno cuando la pastora volviera a su faena.

En cuanto vio que la muchacha, absorta de nuevo en su quehacer, le daba la espalda, emprendió raudo el vuelo hacia la ventana abierta, tomó el queso con su pico y regresó de nuevo a su árbol dispuesto a saborear el manjar ajeno.

No lejos de allí, una astuta zorra que llevaba varios días sin comer y vigilaba también a la pastora esperando un descuido para llevarse algo de comida, fue testigo, con desesperación, del hurto del cuervo. Y al ver cómo el ave se posaba en el árbol con el preciado tesoro en su pico, pensó: “Si pudiera yo robarle el queso a ese ladrón…” Y se acercó, con paso ligero, al castaño en el que estaba posado el cuervo:

—Muy buenos días tenga usted, Don Cuervo.

El cuervo, sin abrir el pico con el que tenía sujeto el queso, miró hacia abajo y observó indolente desde su elevada posición a la amable y sonriente zorra.

—Perdone mi atrevimiento, pero no he podido resistirme a darle los buenos días –Y continuó adulando al ave con voz melosa—. Se ve usted tan distinguido sobre la rama de este castaño, con su negro plumaje tan elegante y ese porte ilustre… ¡¿Qué digo ilustre?! ¡Egregio! ¡Conspicuo! ¡Majestuoso!

El cuervo, que como ya sabemos era muy engreído, se puso muy contento al escuchar tales elogios, pero siguió muy callado, sin decir ni pío, fingiendo indiferencia, aunque con los ojos parecía que animaba a la raposa a proseguir su discurso.

—Si es lo que yo siempre digo a todo el que me quiera oír: no existe entre todas las aves que pueblan este planeta quien tenga la gallardía, el porte y la belleza de Don Cuervo.

El pájaro, posado en una alta rama, se esponjaba lleno de satisfacción. Y en su fuero interno estaba convencido de que todo cuanto decía aquel animal que tanto lo admiraba a sus pies era cierto. Porque, ¿acaso había otro plumaje más lindo y lustroso que el suyo?

Desde abajo volvió a sonar, con acento suave y embaucador, la meliflua voz de la astuta zorra:

—Bello es usted, a fe mía, y con el porte más admirable que yo haya podido ver. No sé si su voz estará a la altura de su belleza, pero si es tan melodiosa como deslumbrante es su cuerpo, será imposible encontrar entre las aves que vuelan por el mundo alguna a la que se le pueda igualar en perfección.

Al oír aquel discurso tan dulce y halagüeño, el cuervo quiso demostrar la armonía de su voz y la calidad de su canto, para que la zorra se convenciera de que su gorjeo no quedaba a la zaga de su plumaje. Y, llevado por su vanidad, quiso cantar.

Abrió su negro pico y comenzó a grajear, olvidándose por completo de que, al hacerlo, dejaba caer el queso al suelo. ¡Justo lo que esperaba ansiosa la astuta zorra!

Antes de que el codiciado bocado tocara tierra, se apresuró la raposa a apresar entre sus dientes la suculenta pitanza. Y entre bocado y bocado, le espetó burlonamente a la engañada ave:

—Don Cuervo bobo, ya que os habéis quedado tan hinchado y lleno con mis adulaciones y piropos y no necesitáis otro alimento para saciar vuestra insaciable hambre de alabanzas, podéis ahora hacer la digestión de tanto requiebro que, en tanto, yo me encargaré de hacer la digestión de este delicioso queso de oveja.

El cuervo comprendió, aunque tarde, que no debía haber admitido aquellas falsas alabanzas de la artera zorra. Y escarmentó, de esta forma, para siempre. Desde aquel día, aprendió a apreciar en su justo punto su valía y ya nunca más se dejó seducir por exagerados elogios.

Ahora, cuando en alguna ocasión escucha a algún adulador, huye de él, porque se acuerda de la zorra y sus candongas, que le enseñaron que todos los que halagan a los demás en exceso, sin tener méritos suficientes que lo justifiquen, lo hacen porque esperan lucrarse a costa del que lisonjean.

FIN