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La esmeralda mágica

Ilustración: yaamas

Hace muchos, muchos años, en una pequeña aldea, vivió una vez una niña, llamada Lula, que solía jugar debajo de una vieja haya cercana a su casa.

Cada vez que había una gran tormenta, cuando la fuerte lluvia daba paso al brillante arcoíris, alrededor de aquel árbol, formando círculos como si quisieran abrazar el grueso tronco, crecían infinidad de hongos, los cuales servían de asiento a un numeroso grupo de pequeños gnomos que desde tiempo inmemorial vivía en las raíces de la añosa haya. Los gnomos eran tan chiquitos como muñequitos en miniatura, pero tan poderosos, que eran capaces de hacer las cosas más maravillosas que imaginar se pueda. Un día, Lula los vio y al poco, ella y los gnomos, ya eran grandes amigos.

La pequeña mantenía en secreto esa amistad —la gente no suele creer en los gnomos y se burla de las personas que sí creen en su existencia—, pero siempre que podía, jugaba y se divertía mucho con ellos.

Llegó un invierno especialmente helado y el padre de la niña decidió hacer leña de aquella haya. Lula le rogó de todas las formas que no cortara aquel árbol, ya que era la morada de sus diminutos amigos. El padre, aunque la miró sin creerla, consintió en lo que le pedía su hija a condición de que Lula se ocupara de conseguir leña para la casa hasta que llegara el buen tiempo.

La pequeña pasó aquel invierno trabajando muy duro, recorría la comarca y juntaba leña para cumplir la promesa que salvaría el haya; y el padre, a su vez, cumplió la suya, porque así suelen hacerlo los padres.

Al llegar la primavera, llegó a oídos de los gnomos el sacrificio realizado por Lula para salvar el viejo árbol en el que vivían y decidieron recompensarla regalándole una cadena de oro, de la que pendía una gran esmeralda.

—Esta piedra —dijeron—, tiene poderes mágicos y te concederá todo aquello que hace felices a los humanos. Mientras la lleves colgada en el cuello serás amada, tendrás dinero y conseguirás para ti todo lo que quieras para llegar a ser inmensamente rica y poderosa. Sin embargo, para el resto de la gente será solo una simple esmeralda; muy valiosa, cierto, pero sin poder alguno.

Muy pronto Lula comprobó la verdad de esas palabras: tenía cuanto deseaba y todo lo que emprendía le salía bien sin ningún esfuerzo, aunque como no ambicionaba ni gloria ni riquezas, le daba poco uso a su esmeralda encantada.

Pasaron plácidos los años y llegó un verano en el que hubo una gran sequía y el hambre se apoderó de hombres y animales, porque se perdieron todas las cosechas.

Lula intentó solucionar esos males con su piedra encantada, pero todo fue en vano; sus poderes únicamente actuaban en su beneficio, no para el de los demás. Ella podía salvarse del hambre y la miseria, pero nunca podría ayudar a sus semejantes.

No se conformó Lula con aquello y, rápidamente, se dirigió a la ciudad más cercana, vendió la piedra preciosa, por la cual le dieron una fortuna, y volvió a su comarca con una enorme carreta cargada de alimentos, ropas y hasta grano para los animales. Para que nadie se enterara de que había sido ella quien trajera todo aquello, lo fue dejando frente a las casas de noche, sin que nadie la viera.

A la mañana siguiente, todos los habitantes encontraron grandes paquetes frente a sus puertas y fue como la mañana del día de Reyes. Hubo alegría y alivio, aunque nadie supo nunca a quién debían dar las gracias.

Pero Lula estaba preocupada, porque tendría que confesar a sus amigos, los gnomos, que había vendido la maravillosa piedra que le regalaran cuando era niña y quizá no comprendieran por qué lo había hecho si la esmeralda le podía proporcionar todo aquello que podía desear.

Finalmente, lo contó con un poco de miedo, pensando que se enojarían. Sin embargo, los gnomos comprendieron que Lula no necesitaba una piedra encantada para conseguir la felicidad, le bastaba con su propia bondad. Por eso le hicieron otro obsequio para que luciera en su cuello; esta vez le dieron un humilde pañuelo, que se ajustaba con un pequeño anillo hecho con un hueso de caracú.

Aquel pañuelo le recordaría siempre que de nada sirven las riquezas ni el propio bienestar cuando no se pueden compartir, que lo que se consigue sin esfuerzo carece de verdadero valor y que dar amor a las personas que están cerca es la mayor alegría que alguien puede gozar, porque no hay felicidad más completa y hermosa que la que se obtiene al regalar felicidad.

FIN

El alfiletero de la anjana

Ilustración: aiduqui

Las anjanas son unas hechiceras que viven en Cantabria; poseen grandes poderes. Premian a las personas buenas y castigan a las malas.

También viven allí unos seres malignos, los cuales solo piensan en hacer daño a la gente, llamados ojáncanos. Reciben este extraño nombre porque tienen un solo ojo en medio de la frente. Los ojáncanos viven en cuevas y  han sido siempre enemigos de las anjanas.

Un día, una anjana perdió un alfiletero que tenía clavados cuatro alfileres con un brillante cada uno y tres agujas de plata con el ojo de oro.

Una vendedora muy pobre, que pregonaba su mercancía de pueblo en pueblo, lo encontró, pero la alegría le duró poco porque en seguida pensó que, si intentaba venderlo, todos creerían que lo había robado. Así que, no sabiendo qué hacer con él, resolvió guardarlo.

Esta vendedora vivía con su hijo, que la ayudaba en sus tareas pero, un día, su hijo fue al monte y no volvió, porque un ojáncano lo raptó.

Desconsolada, al ver que pasaban los días y que su hijo no volvía y sin saber que estaba en poder del ojáncano, lo creyó perdido o muerto y lo lloró amargamente, pues era su único hijo.

La vendedora siguió yendo de pueblo en pueblo con el alfiletero siempre en su bolsillo.

Una mañana, andando por un sendero, encontró una vieja que cosía bajo un árbol. Cuando la vendedora pasó justo frente a ella, a la vieja se le rompió la aguja:

—¿No tendrá usted una aguja por casualidad? —preguntó la anciana a la vendedora

Esta lo pensó durante un momento y al fin le contestó:

—Sí que tengo. Encontré un alfiletero que tiene tres, así que tome usted una —y se la alargó a la vieja.

Siguió la vendedora su camino y pasó delante de una muchacha que estaba cosiendo y le sucedió, exactamente, lo mismo, así que le dio la segunda aguja del alfiletero.

Más tarde, pasó junto a una niña que estaba cosiendo, se repitió la historia  y la vendedora le entregó la tercera aguja.

Ya solo le quedaban los alfileres clavados en el alfiletero, pero sucedió que un poco más adelante se encontró con una mujer que se había clavado una espina en el pie. La mujer le preguntó si no tendría un alfiler para poder sacarse la espina y, claro, la vendedora le regaló uno de sus alfileres.

Un poco más adelante se encontró con otra muchacha que lloraba con desconsuelo porque se le había roto el tirante de su vestido, con lo que la vendedora empleó sus tres últimos alfileres en recomponerlo y, con esto, se quedó con el alfiletero vacío.

Siguió adelante por la senda y se encontró que al final de la misma había un caudaloso río, pero no había puente por donde atravesarlo, de manera que empezó a caminar por la orilla con la esperanza de encontrar un vado. De pronto, de su bolsillo salió una voz. Era el alfiletero que le decía:

—Ve a la orilla del río y apriétame entre tus manos.

La vendedora así lo hizo y, de repente, apareció un puente que cruzaba el río de lado a lado. La vendedora pasó sobre él y alcanzó la otra orilla. Entonces el alfiletero volvió a hablar:

—Cada vez que desees algo o necesites ayuda, apriétame.

La vendedora siguió su camino, pero tuvo la mala suerte de no encontrar posada alguna donde poder comer y empezaba a sentir mucha hambre. Entonces se acordó del alfiletero y se dijo: «¿Y si el alfiletero me diese algo de comer?».

Apretó el alfiletero y en sus manos apareció un pan recién horneado, por lo que, muy contenta, se lo comió y después prosiguió su camino.

No había recorrido mucho trecho, cuando pasó frente a una casa en la que había una mujer que lloraba la pérdida de su hija.  Afirmaba que se la había arrebatado un ojáncano. Compadecida, la vendedora le dijo que ella misma iría al bosque a ver si podía encontrar a la chica desaparecida.

En seguida se acordó del alfiletero y como no sabía por dónde empezar a buscar, lo apretó fuertemente para pedir ayuda.

Apareció una corza con una estrella en la frente. La corza echó a andar y la vendedora se fue tras ella hasta que el animal se detuvo ante una gran piedra y allí se quedó esperando.

Desconcertada, la vendedora volvió a apretar el alfiletero para pedir ayuda y apareció un martillo. Cogió el martillo y golpeó la piedra con todas sus fuerzas y esta se rompió en mil pedazos. Ante sus ojos apareció la cueva de un ojáncano. Precedida por la corza, se adentró en ella y aunque la cueva estaba en la más completa oscuridad, la estrella en la frente del animal iluminaba el camino.

Recorrieron la cueva entera, hasta el final, donde el paso quedaba cortado y allí, en un oscuro rincón, la vendedora vio a un muchacho dormido. Se acercó a él y reconoció que era su hijo, el que el ojáncano había robado hacía tiempo. Lo despertó y se abrazaron con inmensa alegría los dos y, en seguida, se apresuraron a salir de la cueva con la ayuda de la corza.

Al volver a casa de la mujer que lloraba la pérdida de su hija, vieron que ya no lloraba y reconocieron, por su aspecto, que en realidad era una anjana.

La anjana les dijo:

—Ésta será vuestra casa desde ahora. Y tú, —añadió dirigiéndose al joven— no vuelvas nunca más al bosque sin tener mucho cuidado. Ahora aprieta por última vez el alfiletero —ordenó a la madre.

La vendedora lo apretó y aparecieron cincuenta ovejas, cincuenta cabras y seis vacas. Cuando madre e hijo acabaron de contarlas, vieron que la corza, la anjana y el alfiletero habían desaparecido para siempre.

FIN

La pequeña cerillera

Ilustración: roserika

Hacía un frío terrible. Estaba nevando y comenzaba a oscurecer. Era la última noche del año, la víspera de Año Nuevo. En medio de ese frío y esa oscuridad, una niña pequeña y pobre, con la cabeza descubierta y los pies descalzos, caminaba por la calle.  Sí, llevaba zapatillas al salir de casa, pero de poco le sirvieron. Eran unas zapatillas muy grandes, habían sido de su madre, y la niña las había perdido al cruzar corriendo la calle, tratando de esquivar a dos coches que se acercaban a toda velocidad. Una de las zapatillas no hubo forma de encontrarla; la otra se la llevó un chiquillo; dijo que la utilizaría de cuna cuando tuviese hijos.

Así que la pobre andaba descalza, con los piececitos amoratados por el frío. En un viejo delantal llevaba cerillas y sostenía entre sus manos un paquete entero de ellas. En todo el día nadie le había comprado ni una, nadie le había dado una mísera moneda. Caminaba hambrienta y aterida de frío, ¡pobre cerillera! Los copos de nieve se posaban sobre su largo pelo rubio, que formaba preciosos rizos en el cuello; pero no estaba ella para pensar en tales adornos.

Se veían luces en todas las ventanas y hasta la calle llegaba un delicioso aroma a guiso. Era la víspera de Año Nuevo, sí, no lo olvidaba.

En un ángulo que formaban dos casas —una de ellas se adentraba en la calle más que la otra—, se sentó la cerillera acurrucada en el suelo y encogió sus piernecitas bajo el cuerpo, pero incluso así sentía frío. No se atrevía a regresas a su casa, pues no había vendido ni una sola cerilla ni tampoco había conseguido ni una triste moneda y seguro que su padre le pegaría. Además, en su casa también hacía frío; solo los cobijaba el tejado y por él se colaba el viento por todas partes, a pesar de la paja y los trapos con los que habían intentado tapar los huecos. Tenía las manos casi congeladas de frío. ¡Ay, el calor de una cerilla le vendría muy bien!… ¡Si se atreviera a sacar una de la caja, encenderla y calentarse los dedos! Y sacó una: «¡ras!». ¡Cómo chisporroteaba! ¡Cómo ardía! Dio una llama clara y cálida, como la de una velita, cuando la resguardó con la palma mano; ¡una luz maravillosa! A la niña le pareció que estaba sentada frente a una gran estufa de hierro, con pies y chimenea de latón; el fuego ardía alegremente en su interior, ¡y cómo calentaba! La niña alargó los pies para entrar en calor, pero la llama se extinguió, la estufa se esfumó y ella se quedó sentada, con un trocito de cerilla quemado en la mano.

Encendió otra cerilla, que al arder y proyectar su luz sobre el muro, lo volvió transparente como si fuese una gasa. La niña pudo ver, a través de la pared, el interior de una sala; en ella había una mesa puesta, cubierta con un blanco mantel y adornada con fina porcelana. Sobre la mesa, humeaba un pato relleno de ciruelas y manzanas. Y lo mejor de todo fue que el pato saltó de la fuente y, contoneándose por el suelo, con cuchillo y tenedor sobre su espalda, se acercó hacia la niña. Pero cuando ya lo alcanzaba, la cerilla se apagó y no quedó más que la fría y gruesa pared ante ella.

Encendió la tercera cerilla y se encontró sentada bajo un precioso árbol de Navidad. Era todavía más alto y más bonito que el que había visto a través de las puertas de cristal de la casa del rico comerciante la pasada Navidad. Miles de velitas ardían en sus verdes ramas y de las ramas colgaban postales de colores, como las que adornaban los escaparates de las tiendas. La pequeña levantó sus bracitos… y, entonces, la cerilla se apagó. Todas las lucecitas navideñas se elevaron hacia el cielo y ella se dio cuenta de que eran las rutilantes estrellas; una de ellas cayó y trazó en el firmamento una larga estela de fuego.

—Alguien está muriendo —murmuró la niña.

Su abuela ya fallecida, la única persona que la había tratado con cariño, le había dicho una vez: «Cuando una estrella cae, se eleva un alma al cielo».

De nuevo, frotó una cerilla contra la pared. Todo se iluminó y en medio del resplandor apareció su anciana abuela, nítida, radiante, dulce y dichosa.

—¡Abuela! —exclamó la pequeña—. ¡Llévame contigo! Sé que desaparecerás cuando se apague la cerilla. ¡Desaparecerás igual que la estufa, el delicioso asado y el gran árbol de Navidad!

Y se apresuró a encender todas las cerillas que le quedaban, porque no quería perder a su abuela. Los fósforos brillaron de tal manera, que la luz era más clara e intensa que la del día. La abuela nunca había sido tan hermosa ni tan grande. Tomó en sus brazos a la niña y, envueltas las dos en felicidad y luz, volaron alto, muy alto. Y ya no hubo frío, ni hambre, ni miedo. Estaban en un reino celestial.

En el ángulo de las dos casas, la fría madrugada descubrió a la chiquilla, rojas sus mejillas y la boca sonriente… Había muerto de frío en la última noche del año viejo. La primera mañana del nuevo año iluminó el pequeño cuerpecito, que sostenía entre las manos un paquete de cerillas casi consumido. «¡Quiso calentarse!», decía la gente. Pero nadie supo las maravillas que había visto, ni el resplandor con que estaban envueltas ella y su abuela cuando entraron en la dicha del Año Nuevo.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar «La pequeña cerillera» con la voz de Angie Bello Albelda

Sal en la cola

Ilustración: John Bauer

Érase una vez un niño que siempre deseaba alguna cosa.

A veces deseaba un caballo, otras un trineo o un castillo o una navaja. Pero como su padre había muerto y su madre era una pobre barrendera, nunca podía hacer realidad sus sueños.

Una vez, recibió el consejo de un viejo sabio:

—Si quieres que tus deseos se cumplan, debes ir al bosque y echar un pellizco de sal sobre la cola de una urraca. Eso sí, tienes que darte prisa y pedir tu deseo mientras la sal permanece en la cola, ya que, de otro modo, no se cumpliría.

Desde aquel día, siempre llevaba sal en los bolsillos. Salía temprano y volvía tarde a casa; vio muchas urracas, pero no pudo acercarse a ninguna.

Una mañana, se encontró con una que era más tratable que las otras. Pudo acercarse tanto, que casi la podía tocar. Pero cuando estaba a punto de sacar la sal, voló y fue a sentarse en un árbol, desde donde se reía de él.

Lo estuvo engañando durante todo el día y al llegar la noche, Olle estaba tan cansado, que se tumbó debajo de un pino y cerró los ojos para no ver a aquel pájaro malvado que no hacía más que reírse de él.

Pero la urraca seguía allí y saltaba de una rama a otra, hasta que por fin lo llamó por su nombre:

—iOIIe! iOlle!

—iPero cómo! — exclamó—. ¿Puedes hablar?

—Sí, has de saber que soy una princesa encantada —dijo la urraca—. Y, por supuesto, conseguirás lo que quieras si me ayudas. Consígueme una bonita navaja para que pueda pulir mi pico y mis garras. Si me la traes, yo me quedaré quieta para que puedas echar sal en mi cola.

Le pareció bien al chico y a la mañana siguiente salió a recoger fruta, la vendió y consiguió suficientes monedas para comprar una navaja bien bonita.

Con ella fue al bosque y cuando vio a la urraca, desplegó la hoja de la navaja para que brillara bien. Ella se acercó saltando y miró la navaja, primero con un ojo y luego con el otro.

—iBuah! —dijo la urraca—. Esa no es navaja para una noble princesa como yo. Debería, por lo menos, tener el mango de oro.

Y voló al árbol de nuevo.

Olle se quedó tan triste, que las lágrimas afloraron a sus ojos.

—Intentaré conseguirte una con mango de oro —dijo.

—No, gracias, ya no quiero una navaja —contestó la urraca—. Quiero un bonito trineo. Me divertiría montar en trineo este invierno.

Olle tenía que conseguirle un trineo. Se puso a tallar cucharones de madera y los cortó tan bonitos con su navaja nueva, que rio de alegría. A medida que los fabricaba, los vendía en la ciudad. Sin embargo, no talló uno para él.

Ganó tanto dinero, que pudo comprar un hermoso trineo y fue al bosque a ver a la urraca.

—iAquí tienes el trineo! —gritó arrogante, porque estaba seguro de que a la urraca le iba a gustar.

La urraca bajó de su árbol, picoteó el hierro y pisoteó el cojín. Y explotó en una carcajada.

—¿Te parece que es suficientemente bueno para una criatura tan fina como yo? —Y se posó en su rama—. No, de seda y plata debería ser.

Olle luchaba contra el llanto.

—Tendré que buscar uno mejor entonces —dijo.

—No vale la pena, no vale la pena —gimoteó la urraca—. Ahora quiero un caballo y un carruaje. Pero que sean muy bonitos; sino es inútil que intentes esparcir sal en mi cola.

Olle cogió el trineo y lo alquiló a buen precio en una pendiente donde los ricos solían jugar. Todos querían montar en él, porque el trineo era el más rápido en muchas millas. Sin embargo, él no montó ni una sola vez.

Por fin había ahorrado tanto dinero que pudo comprar un caballo. Lo enseñó a hacer cabriolas y lo exhibió. Con el dinero que obtuvo, compró otro caballo y montó un espectáculos con los dos para obtener más ganancias, con las que compró un elegante carruaje con incrustaciones de plata. Cuando todo estuvo listo, volvió al bosque en busca de la urraca.

La encontró sentada en su rama.

—Eso puede ser algo —dijo al ver la plata brillando. Pero después de inspeccionar el carruaje, sacudió la cabeza—. Me gustan los carruajes abiertos. Y los caballos deberían ser blancos, no marrones.

—Ay, ay, ay —Suspiró Olle.

Tuvo que sentarse en una piedra para tranquilizarse. Criatura más caprichosa que aquella urraca era imposible encontrar. Aunque, claro, para eso era una princesa.

—Como no entiendes ni de caballos, ni de carruajes —dijo la urraca—, si quieres que te ayude, dame un castillo con cien habitaciones y un hermoso parque.

Olle suspiró profundamente. Aquello era demasiado. Pero se acordó de su carruaje. Empezó a trabajar con él en la ciudad y todos querían alquilarlo, porque, aunque no le gustó a la urraca, lo cierto es que era el más bonito de aquellos alrededores. Sin embargo, Olle nunca se paseó en él.

Pronto ganó tanto dinero, que pudo comprar otro carruaje y luego otro, y otro más. Al fin consiguió una compañía de alquiler de carruajes y ganaba más dinero que nunca.

Ahora resultaba fácil construir un castillo; lo hizo de mármol blanco brillante y marchó al bosque en busca de la urraca. Esta lo siguió al interior del castillo. A saltitos inspeccionó todos los rincones y cuando hubo revisado todo dijo:

—Pues sí, esto puede pasar. Pero necesito tres cofres de oro para mantenerlo.

—iQué desvergüenza! —gritó Olle.

—Tú mismo, sino no podrás echar sal en mi cola —Salió volando por la ventana y desapareció.

«Bueno, si he conseguido todo esto, quizá pueda conseguir un poco más», pensó Olle.

Ahora sabía cómo actuar. Trabajó duro y consiguió llenar tres enormes baúles de monedas de oro. Buscó a la urraca y volvió con ella al castillo.

—Sí —dijo—, ahora parece que todo está bien. Esparce, pues, la sal en mi cola.

¡Por fin había llegado el momento deseado!

Sonriente y satisfecho metió, Olle, la mano en el bolsillo y sacó un pellizco de sal. La urraca se quedó totalmente quieta y él esparció los pequeños granos brillantes sobre su cola.

—Bueno, ¿qué deseas? —preguntó la urraca.

¿Qué podía desear? Había estado tan ocupado trabajando para conseguir los deseos de otro, que había olvidado totalmente los suyos.

—Uno, dos… —contó la urraca.

—iEspera un poco!, iespera un poco! Déjame pensar…

Pero por nada del mundo pudo recordar qué quería.

—…¡tres! —acabó la urraca, y en un santiamén saltó y la sal cayó de su cola. Y ahí estaba, sentada en la ventana riéndose de Olle.

Pero el que se enfadó de verdad fue Olle.

—No te guasees de mí — gritó—. Ya sé lo que quiero: voy a comprarme una escopeta para matarte.

—Eso no estaría nada bien, Olle —dijo la urraca—. ¿Quieres matarme? ¿A mí?, ¿a la que te ha conseguido todos tus deseos, tantos, que ya no sabes qué desear? ¿No tienes ya una navaja y un trineo y caballos y carruajes y un castillo y dinero?

Era verdad. Tenía todo lo que había deseado. Ahora sólo tenía que sentarse y disfrutarlo.

—Y pensar que he trabajado tanto para poder esparcir sal en tu cola, para que al final no me haga ninguna falta.

—Así es, intenta explicarte eso —dijo la urraca riendo más que nunca—. Levantó el vuelo y desapareció.

Pero Olle no se molestó en buscar respuestas. Se quedó en su castillo y vivió dichoso el resto de sus días.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar «Sal en la cola» con la voz de Angie Bello Albelda

El califa, el pastor y la felicidad

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Ilustración: Bahloul

Un frío día de invierno, el califa de Córdoba salió de caza con su séquito. Quiso la mala fortuna, que un golpe huracanado de viento asustara su caballo, que desbocado echó a correr sin control. Tan veloz huía el despavorido animal, que no tardaron en perderlos de vista aquellos que los seguían.

De repente, el califa vio que ante ellos se abría un profundo barranco y comprendió que su montura se despeñaría sin remedio con él encima. Ya rezaba las últimas oraciones, cuando un humilde cabrero que había llevado a pastar sus cabras junto al precipicio, les salió al paso y consiguió dominar al brioso corcel justo al borde de la sima.

El califa, más que agradecido al ver que el pastor había arriesgado su vida por salvar la suya, quiso recompensarlo y le ofreció la felicidad como galardón por su buena acción. Juró a su salvador, por su barba, que le daría todo cuanto le pidiese y lo emplazó a acudir a su palacio al día siguiente.

No faltó el cabrero a su cita y, muy de mañana, se dirigió a la corte del califa, que había dado órdenes de que lo condujeran a su presencia en cuanto llegara.

Ben Adab, que así se llamaba aquel pastor dueño de cincuenta cabras, fue conducido sin demora hasta el monarca, que ya lo esperaba.

—Buen hombre —dijo el soberano—, dime qué necesitas para ser feliz. Cumpliré la promesa que te hice por mi barba y tu deseo será satisfecho al instante.

—Sería feliz si tuviera un rebaño de cien cabras. Ahora tengo cincuenta, pero si me das cincuenta más, mi dicha será completa.

—Veo que precisas bien poco para ser feliz —respondió sonriendo el califa—, así que te concedo las cincuenta cabras que me pides y, además, te regalo una pequeña casa y prados propios en los que paste tu ganado.

Loco de felicidad, y agradecido porque el califa le había dado mucho más de lo que él le había pedido, se marchó y se instaló en su nuevo hogar y, poco a poco, fue relacionándose con sus nuevos vecinos.

Un día, lo visitó un propietario muy rico, que le contó que tenía una mansión, doscientas cabras y unos prados muy grandes, donde los animales se alimentaban.

Aquella noche, el pastor no pudo dormir. No hacía más que pensar en las doscientas cabras y se decía a sí mismo: «¡Qué tonto fui! Debí pedirle al califa doscientas cabras y ahora sería tan importante como mi vecino». Así estuvo, piensa que te piensa, hasta quedarse dormido de puro agotamiento.

A la mañana siguiente, el pastor decidió ir a la corte y pidió audiencia. El califa lo recibió enseguida.

Contó cabizbajo y avergonzado sus pensamientos de la noche al soberano. Este, después de escucharlo con atención, no pudo más que reír ante lo que le solicitaba. Le recordó que le había prometido, por su barba, darle cuanto le pidiese y que, por tanto, le entregaría otras cien cabras y así tendría doscientas, las mismas que su vecino.

El feliz pastor puso rumbo a su casa, pero a medida que se acercaba a ella, pensaba: «O sea, que si en lugar de doscientas cabras le hubiera pedido trescientas, o quinientas, o tal vez mil, también me las habría concedido. ¡Pero mira que soy tarugo! Podría tener más cabras que mi vecino y me he conformado solo con doscientas».

Estuvo unos cuantos días rumiando y dando vueltas a la cuestión y, por fin, se animó a regresar al palacio para contarle al califa que tampoco ahora era feliz y que quería más cabras y unos prados más extensos para alimentarlas.

El monarca, que había jurado por su barba que le concedería todo lo que pidiera, hizo realidad sus deseos y el hombre volvió a casa pletórico:

—¡Esto sí que es la felicidad!

Pero no le duró mucho su contento, porque todo lo que poseía pronto le pareció poco al pastor y empezó a pensar y a pensar cómo conseguir la felicidad y decidió que sería feliz si dejaba de vivir en el campo y se instalaba en la corte.

Con la ayuda del califa, se mudó a un nuevo hogar en la capital, pero con el correr de los días y a fuerza de pedir, lo que empezó siendo una casa, acabó convirtiéndose en un palacete; las mulas de su establo se trocaron en briosos caballos andaluces de pura raza; y las charlas con sus vecinos se transformaron en festejos y galas en los que nunca se terminaba ni la comida ni la bebida.

Al califa cada vez le hacían menos gracia los constantes caprichos del pastor, pero como le había jurado por su barba que le daría lo que fuera con tal de conseguir su felicidad, siguió otorgándole al insaciable cabrero todo cuanto pedía.

Sin embargo, el ambicioso Ben Adab nunca tenía bastante y llegó un día, en el que se dirigió al palacio a pedir un nuevo deseo al califa.

—Mi Señor —le dijo—, tú juraste por tu barba darme todo cuanto te pidiese para hacerme feliz.

—Cierto es —respondió el califa—, y si hasta ahora no has logrado ser feliz, no puedes decir que haya sido por mi culpa.

—Es verdad, todo me lo has concedido  —dijo Ben Adab—. Por eso, ahora, te pido ser califa y ocupar tu lugar. Solo así seré feliz.

Al oír aquello, el califa ordenó llamar al barbero real y allí mismo se hizo afeitar la barba. Después, dirigiéndose al pastor le dijo:

—Como ya no tengo barba, ya no tengo que cumplir nada de lo que juré por ella, así que tú tampoco tienes por qué dejar de ser lo que eras.

Dicho esto, mandó a sus sirvientes que despojaran al ambicioso pastor de todos los bienes que le había concedido y que lo devolvieran al lugar donde lo había encontrado por primera vez. Y allí sigue, con sus cincuenta cabras al borde del barranco, tal y como estaba aquel día que el califa juró por su barba.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar «El califa, el pastor y la felicidad».

El pescador y el genio

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Ilustración: Ada Sinache

Hace mucho, muchísimo tiempo en un lejano país vivió un anciano pescador que tenía la costumbre de echar su red al agua solo cuatro veces al día y nada más. Una mañana, se dirigió al acantilado donde solía pescar, dejó su cesta en el suelo, echó la red al agua y esperó a que se hundiera. Cuando tocó fondo, el pescador recogió las cuerdas para sacar la pesca a la superficie y, al empezar a tirar, notó mucho peso. Tiró contento con más fuerza, pensando que sacaría muchos peces, pero solo pescó un borrico muerto.

Al verlo, exclamó desconsolado:

—¡Qué mala suerte he tenido! Paciencia.

Exprimió el agua de la red, la volvió a lanzar con todas sus fuerzas y aguardó a que llegara al fondo. De nuevo tiró de ella para sacarla y notó que pesaba más que antes, por lo cual creyó que esa vez si estaría repleta de buena pesca. Consiguió al fin sacarla a flote con gran esfuerzo y encontró un cofre enorme, lleno de arena y cerámica rota.

Cuando vio la pesca, se lamentó de su mala suerte:

—¡Qué tristeza! ¡Tanto esfuerzo para nada! ¡Salgo de casa en busca de Fortuna y resulta que Fortuna hace tiempo que se mudó! ¿Es así, Fortuna, como dejas a los sabios sin nada para que los necios se queden con todas las riquezas de este mundo?

Después, lanzó la red por tercera vez y, al sacarla, la encontró llena de cacharros, suciedad y vidrios, pero ni un solo pez y se lamento de nuevo:

—¿Ignoras, ingenuo, que ni tu pluma de caña ni las líneas armoniosas de tu escritura han de enriquecerte jamás, como tampoco la pesca podrá hacerlo? Solo echo la red cuatro veces al día, ¡y ya van tres!

Por cuarta vez, lanzó la red y esperó a que tocase el fondo. Tampoco en esta ocasión, a pesar de todos sus esfuerzos, conseguía recogerla, pues a cada tirón que daba, parecía que más se enganchaba en las rocas del fondo. Entonces se desnudó, se lanzó al mar y maniobrando alrededor, consiguió desprender la malla y la arrastró hasta la playa. Al abrirla, encontró dentro una tinaja dorada que tenía la boca cerrada con una pesada tapadera. Sobre ella, había grabados unos signos muy extraños que parecían antiquísimos y de los que no entendió el significado.

El pescador exclamó feliz:

—No hay peces, pero venderé la tinaja. ¡Me darán un buen dinero por ella!

La intentó cargar, pero era tan pesada que ni se movió. Entonces, el pescador dijo para sí: «No tengo más remedio que abrirla; meteré en mi saco todo lo que contenga y luego lo venderé por partes». Sacó el cuchillo y rompió el sello de plomo. Empujó con todas sus fuerzas el pesado recipiente para intentar volcarlo y vaciar el contenido en la arena, pero al hacerlo, de dentro solo se escapó una espesa humareda que formó una extraña columna. El pescador no salía de su asombro.

Una vez que hubo salido todo el humo, comenzó a condensarse en torbellinos, y al fin se convirtió en un genio que llegaba a las nubes. Su cabeza era como una cúpula; sus manos semejaban rastrillos; sus piernas eran mástiles; su boca una caverna; sus dientes, piedras; su nariz, una alcarraza; sus ojos, dos antorchas y su barba aparecía revuelta y enmarañada.

Al ver al genio, el pescador quedó mudo de espanto, temblándole las carnes, encajados los dientes, la boca seca, y los ojos cegados con la luz que desprendía aquel gigantesco ser.

El genio, mirando al pescador, le suplicó:

—¡Por favor, no me mates!

—¿Matarte yo?, ¿un humilde pescador? —replicó el anciano— ¡Imposible! Pero, por favor, cuéntame tu historia ¿qué hacías encerrado en esa tinaja?

Entonces el genio contestó:

—Así que no fuiste tú… Así que solo eres un pescador… Entonces te daré una buena noticia…

—¿Qué noticia es esa?

—Te dejo elegir el modo en el que vas a morir.

—¿Cómo? ¿Pero yo qué te he hecho? ¿Por qué deseas mi muerte? Te he salvado; te he liberado de tu cárcel.

—Te contaré mi historia, pescador. Soy un poderoso genio al que, mediante engaños, consiguieron encerrar en esta tinaja, que luego sellaron y lanzaron al mar. Al principio decía: «Haré inmortal a quien me libere», pero pasaron cien años y nadie me liberó. Después me dije: «Daré incontables tesoros a quien me libere», pero pasaron doscientos años y nadie me liberó. Entonces pensé: «Concederé tres deseos a quien me libere», pero pasaron cuatrocientos años y nadie me liberó. En los siguientes ochocientos años, me encolericé y me dije: «Mataré a quien me libere, aunque dejaré que elija el modo de morir».

El pescador le contestó:

—¿Es así como devuelves mal por bien?! ¡Los malvados no conocen la gratitud!

—Ya hemos hablado bastante, ¡elige!

Viéndose perdido, el pescador recurrió a la astucia:

—Ya que tengo que morir, me concedes, al menos, que antes te haga una pregunta para saciar mi curiosidad.

—Pregunta, que yo te responderé con la verdad.

—¿Cómo siendo tú tan grande es posible que quepas en esta tinaja tan pequeña?

—Es muy fácil, ¡fíjate!, puedo convertirme en humo.

Y el genio comenzó a agitarse y se convirtió de nuevo en una espesa humareda que subía hasta el cielo. Después, se fue condensando y empezó a entrar en la tinaja dorada, poco a poco, hasta desaparecer por completo. Entonces, el pescador cogió rápidamente la tapadera, tapó el recipiente y lo volvió a echar al mar con el genio dentro.

En la orilla, colocó un gran letrero advirtiendo de que, si alguna vez alguien encontraba aquella tinaja, por nada del mundo debía abrirla. Fue en ese cartel donde nosotros leímos esta historia y así os la hemos contado.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar “El pescador y el genio” con la voz de Angie Bello Albelda

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Tempus Fugit

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Ilustración: Daniela Volpari

Sed fugit interea, fugit irreparabile tempus

Esta historia está dedicada a vosotros, amantes de los cuentos, y de un modo un poquito más especial a Sensi, que lo inspiró con uno de sus comentarios.
Gracias a todos por un 2015 lleno de buenos momentos.
Os deseamos que 2016 sea también un año de cuento y que en él se cumpla alguno de vuestros sueños.
.

Dong, Dong, Dong, Dong, Dong, Dong, Dong, Dong, Dong, Dong, Dong, Dong…

En una oscura y silenciosa casona, a las afueras de La Rosilla, allí donde habitan las termitas del hielo, resuenan las doce campanadas de la medianoche.

Todavía se balancea en el aire el último “dong”, cuando a través de la ventana grande del salón penetra un misterioso y brillante haz de luz.

Cualquiera podría pensar que un rayo de luna se ha abierto paso por entre las espesas nubes que cubren el cielo de esta gélida noche de diciembre, pero Cualquiera estaría completamente equivocado, porque esta claridad no es otra cosa que el medio de transporte de Lupicinia Cucú, Mensajera Real.

En su pico lleva un tarjetón blanco, adornado con una cenefa verde y roja de hojas de acebo. En él, con una preciosa caligrafía dorada, se lee:

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Tarjetones igual a este son repartidos hasta el más recóndito rincón del planeta en el que hay un reloj. Además de Lupicinia, dos armadillos, doce salmonetes, veinticuatro mariposas y cuatro capibaras se encargan, cada diciembre, de entregar en manecilla las invitaciones para la Gran Fiesta de Fin de Año.

En la señorial casona, al imponente reloj de caoba que preside el salón le da un vuelco el péndulo por la emoción y siente que sus segundos se aceleran. Hace semanas que espera la invitación:

—¡Ya estamos! Debo controlar estas palpitaciones o me volveré a adelantar de nuevo.

Después, ya más tranquilo, susurra al reloj de biscuit que hay sobre la mesa de mármol del rincón:

—¡Pst!, ¡Eh, tú!, ¡despierta, que ya ha llegado!

—¡Lo he visto!, ¡lo he visto!  —contesta este poniéndose aún más blanco a causa de los nervios— ¡Tenemos que avisar al resto!

Acompasan sus tiempos y los tic-tac de ambos resuena al unísono por todos los rincones del caserón.

Los relojes van abriendo sus ojitos…

El de arena se quedó ayer parado a las cuatro de la tarde, “¿¡ya es hora de merendar!?” —dice mientras se sacude el polvo.

En el de pulsera que nadie se pone, son las cinco y media de la madrugada; se despereza medio dormido, “Oooooaaaauuuuhh”, estirando su correa azul cobalto.

El de pared, colgado en la cocina, marca las doce y cuatro; siempre puntual, siempre en su punto, sin pasarse nunca…

Uno a uno, todos los relojes que habitan en la casa se van despertando y hacen correr el tic-tac de que la invitación, ¡por fin!, ha sido recibida. ¡Hay que prepararse para la gran noche de pasado mañana!

Dentro de dos días, en la mansión de Don Tempus, se reunirán, como cada año, los relojes de toda la Tierra. Acudirán a la cita los modernos y los antiguos, los de péndulo, los de cuerda, los de sol, los de arena…

Por la gran avenida, con sus mejores galas, desfilarán clepsidras del brazo de despertadores; relojes de pulsera arrastrando sus largas y coloridas colas; relojes de bolsillo con lujosas cadenas de oro y de plata colgando de sus cuellos; grandes y ruidosos relojes de torre, a los que les gusta presumir y llamar la atención en calles y plazas…

A la gran fiesta incluso acudirán los relojes oxidados y parados; los que están hundidos en el fondo de los siete mares o los que no tienen manecillas. Todos se apresurarán para acudir puntuales a la cita, porque no hay manera de saber si habrá para ellos una segunda oportunidad. Entrarán en el gran salón temporal y aguardarán pacientemente su tiempo.

Los primeros en recibirlo serán los de Kiritimati, los seguirán los de Samoa, Nueva Zelanda, Tonga, Fiyi…, Australia, Japón, China… irán desfilando los relojes de todos los países y, por último, les llegará el turno a los de Hawái. Ellos cada año son los últimos, porque los salmonetes que les llevan las invitaciones aprovechan para bañarse en sus playas y siempre entregan tarde las invitaciones.

Ya falta muy poco para que Don Tempus recargue los relojes. Justo cuando las doce campanadas de la medianoche del 31 de diciembre empiecen a sonar, cada reloj recibirá su tiempo; el que gastará durante el año que está a punto de empezar.

¡Ya está aquí Don Tempus para repartir momentos a su antojo!:

—Tú, carrillón, tendrás noventa y nueve días de ensueños, sesenta horas de felicidad, veinte minutos de enfados…

—Reloj de arena, a ti te doy catorce períodos de dudas, seis meses enteros de melancolía, dos de aburrimiento…

—Reloj de sol, te doy tres tardes y media de cariño, seis horas de tristeza, ochenta y tres segundos de nervios…

—Tú, reloj de péndulo, solo tendrás dos meses de buenos propósitos, luego te pararás. Quizá para siempre…

—Despertador, te concedo trescientos minutos de espera, mil segundos robados, una hora de añoranza…

—Para ti, reloj de sobremesa, no hay tiempo…

Cada año, a medida que las campanadas de medianoche suenan a lo largo y ancho de este mundo dando paso al año nuevo, los relojes se van poniendo en marcha con su tiempo renovado.

Pero también cada año, en la mansión de Don Tempus, queda una montaña de instantes que parecen olvidados…

—Maestro Tempus, ¿qué seremos nosotros? ¿Acaso seremos tiempo perdido?

—No, vosotros sois mis mejores instantes, mis minutos más preciados. En vosotros he mezclado risas, llantos, miedos, cantos, recuerdos, ternura, inocencia… En vosotros va lo mejor de mí porque sois tiempo sin reloj, tiempo sin prisa, tiempo sin fin de sueños hermosos, tiempo sin tiempo… Vosotros sois el tiempo feliz añadido a los relojes de los que leen cuentos.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar “Tempus Fugit” con la voz de Angie Bello Albelda

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Los deseos ridículos

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Érase un pobre leñador tan harto de su dura vida que, según cuentan, lo único que deseaba ya era morirse para ir a descansar a orillas del Aqueronte, puesto que ni uno solo de sus anteriores deseos se había cumplido.

Cierto día se fue al bosque, y como era su costumbre, comenzó a quejarse y a lamentar su suerte. Así estaba, cuando se le apareció Júpiter con su rayo en la mano. Fue tan grande el espanto del leñador, que se arrojó al suelo, sin atreverse a mirar al dios, y murmuró:

—No quiero nada. No deseo nada.

—No temas —le dijo Júpiter—. Son tantas tus quejas, que quiero convencerte de que no tienen fundamento. Escúchame, puesto que soy el soberano del mundo, y no olvides mis palabras: verás realizados tus primeros tres deseos, sea lo que sea lo que desees. Elige bien lo que pueda hacerte dichoso; elige bien lo que pueda dejarte completamente satisfecho, y ya que tu felicidad depende de esos tres deseos, reflexiona muy bien lo que quieres antes de pedirlo.

Pronunciadas estas palabras, Júpiter regresó al cielo; y el leñador, loco de contento, cargó su haz de leña, que esta vez no le pareció tan pesado, y regresó a su casa, diciéndose mientras tanto:

—He de reflexionar mucho antes de pedir un deseo. El caso es muy importante y quiero que mi esposa me aconseje en esto.

Al llegar a su cabaña, entró saltando y gritando:

—Esposa mía, enciende una buena lumbre y prepara abundante cena pues somos ricos, pero que muy ricos. Y tanta es nuestra dicha que todos nuestros deseos se verán cumplidos.

Y le contó a su mujer lo que le había pasado en el bosque.

Cuando oyó la historia, la leñadora empezó a hacer proyectos, pero enseguida advirtió a su marido:

—Cuidado con que nuestra impaciencia nos perjudique. Procedamos con calma. Pensemos muy bien y consultemos antes con la almohada, que siempre es buena consejera.

—Sabias son tus palabras; opino lo mismo. Pero antes de acostarnos, comamos alguna cosa.

Encendieron la lumbre y se sentaron frente a la chimenea, dispuestos a celebrar su feliz suerte comiendo y bebiendo.

Tan a gusto estaban, que el leñador exclamó:

—¡Qué maravilla! Tenemos lumbre, pan, queso y vino. Lo único que falta ahora es una buena salchicha para asar. ¡Cómo me apetecería comerme una!

No bien hubo pronunciado estas palabras, cuando su mujer vio, con gran sorpresa, como una enorme salchicha salía de una de las esquinas de la chimenea y serpenteando se dirigía hacia ellos. Lanzó un grito de espanto pero, de repente, cayó en la cuenta de que aquella aparición se debía al ridículo deseo formulado por su marido:

—¡Pero mira que eres tonto! —exclamó—, pudiendo conseguir un Imperio entero, oro, perlas, rubíes, diamantes, ropa fina… Solo a ti se te ocurre desear tamaña tontería.

—¡De acuerdo, me he equivocado!, reconozco que he sido un tonto; procuraré enmendar mi error y hacerlo mejor la próxima vez.

—¡A buenas horas dices esto!; se necesita ser muy imbécil para hacer lo que tú has hecho.

Tanto y tanto dijo la mujer, y tanto y tanto le recriminó, que el hombre perdió la paciencia y exclamó furioso:

—¡Maldita salchicha que te hace hablar más de la cuenta! ¡Ojalá se te quedara colgada de la nariz! ¡Así te callarías de una vez!

Dicho y hecho. El Cielo escuchó sus palabras y la salchicha quedó colgando de la nariz de la esposa del leñador.

El deseo se había realizado. Ella se quedó muda de asombro, y él con la boca abierta y rascándose el cogote. Se restableció el silencio hasta que, por último, la mujer que había perdido los bríos y no apartaba la mirada de la salchicha, murmuró:

—¿Y bien?

Por un segundo, a él se le pasó por la cabeza dejar las cosas como estaban:

—Solo falta formular el tercer deseo… Puedo transformarme en rey… Pero entonces tú serías una reina con tres palmos de narices. Elige: reina con una nariz más larga que un día sin pan, o leñadora con tu antigua nariz.

Mucho discurrió la mujer antes de decidirse, al fin y al cabo, una vez fuera coronada reina a todo el mundo le gustaría su nariz, ya que querrían congraciarse con ella, pero sus ojos no podían apartarse de la salchicha que con cada movimiento se balanceaba como una rama mecida por el viento, así que la leñadora prefirió quedarse sin trono y recuperar su antiguo aspecto.

El leñador formuló el último deseo y su esposa volvió a quedarse como antes. Aunque para convencerse de que realmente su nariz era la de siempre y que la salchicha había desaparecido, se palpó la cara con las dos manos para comprobarlo.

No mejoró su posición, no se convirtieron en reyes y su bolsa no se llenó de monedas de oro pero, a partir de entonces, aprendieron a ser dichosos el uno junto al otro con lo que tenían.

Moraleja

¡Cuántos hay que de lamentos

llenan los cielos y tierra

y sin cesar de sus labios

solo salen duras quejas!

¡Cuán dichoso yo sería,

—van diciendo— si pudiera

hacer esto o bien aquello!

—¡Hazlo!, la suerte contesta,

y en vez de crecer su dicha,

crecen a veces sus penas,

que solo es dichoso el hombre

que con poco se contenta,

a su suerte se acomoda

y delirios no alimenta.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar “Los deseos ridículos” con la voz de Angie Bello Albelda

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