despertar

Dulces sueños

Ilustración: Kei Phillips

El príncipe besó a Bella y la princesa despertó.

¡Qué alegría! ¡Qué alboroto! Se había roto el encantamiento, después de cien años de sueño, por fin podrían ser felices para siempre.

Pero «siempre» era mucho tiempo. Sobre todo, para el príncipe.

Tras la boda, la cena, el baile y toda una noche de fiesta, el príncipe empezaba a estar un poco cansado y sugirió a la Bella Durmiente, ahora muy despierta, que se fueran a dormir.

—Pero si yo no tengo sueño. ¿Cómo voy a tener sueño después de tanto tiempo durmiendo?

El príncipe sonrió y siguió bailando con su princesa; sin embargo, unas horas más tarde hasta los músicos estaban agotados, no podían ni sujetar los instrumentos, y todos los invitados se habían ido a sus casas.

El mayordomo, sentado en la escalera del palacio, intentaba sujetarse la cabeza entre las manos, pero no podía: se caís de sueño.

—¿Y si nos fuéramos a dormir? —preguntó el príncipe.

—Yo no tengo ni pizca de sueño! Podríamos ir a montar a caballo —propuso Bella.

Y salieron a montar a caballo.

—¿Y si nos fuéramos a dormir? —preguntó de nuevo el príncipe.

—Es que yo no tengo sueño. ¡Podríamos darnos un baño en la piscina!

Y se bañaron en la piscina.

—¿Y si nos fuéramos a dormir?

—Pero si yo no tengo sueño para nada. Podríamos jugar al parchís.

Y jugaron cuarenta y tres partidas al parchís.

—Aunque yo prefiero las cartas —dijo animada Bella.

Esta vez fueron setenta y nueve partidas de cartas.

—¿Y si nos fuéramos a dormir? —preguntaba de vez en cuando el príncipe.

—¡Que yo no tengo sueño! Ya he dormido mucho. Podríamos dar un paseo por el bosque.

Y recorrieron el bosque de derecha a izquierda, de arriba abajo, desde el norte hasta el sur… Hicieron y deshicieron todos los caminos del bosque.

El príncipe estaba desesperado. Llevaba un montón de horas despierto y, aunque se lo pasaba muy bien con su joven y dinámica esposa, quería dormir.

Cuando regresaron al palacio después de haber visitado una granja cercana para ver cómo los cerdos se revolcaban en el barro, cómo las gallinas ponían huevos, cómo el burro comía zanahorias y cómo los campesinos hacían queso, el príncipe no se tenía en pie.

El mayordomo, que había tenido mejor suerte y había dormido toda la noche, aprovechó un descuido de Bella y susurró al oído del príncipe:

—Un remedio para que los niños se duerman es contarles un cuento. Igual también funciona con las princesas.

El príncipe sonrió. Sí, podía ser una buena idea.

—¿Y ahora qué hacemos? —preguntó la princesa—. Yo no tengo sueño.

—Si quieres, te cuento un cuento.

—Estupendo. En la biblioteca hay muchos libros de cuentos.

Efectivamente, en la biblioteca había muchos, muchísimos libros de cuentos. Y el príncipe cogió uno y empezó a leer despacio, con una voz suave y aterciopelada, para que la princesa se durmiera. Pero nada.

El príncipe leyó el libro entero. La princesa estaba encantada y con los ojos como platos.

El príncipe cogió otro libro y lo leyó de cabo a rabo. La princesa seguía encantada y con los ojos abiertos como un búho.

El príncipe leyó todos los cuentos chinos de la biblioteca. Y luego todos los cuentos griegos. Y después los rusos. Y los árabes, los japoneses, los indios, los franceses, los italianos; leyó casi todos los libros de la biblioteca y la princesa seguía encantada. Y despierta.

Desesperado, el príncipe cogió el último libro de cuentos, lo abrió y leyó:

—«Hace mucho tiempo, vivían un rey y una reina que querían tener un hijo…».

Aquellas palabras llamaron mucho su atención, por lo que leyó el título del cuento. Se llamaba «La Bella Durmiente».

—Un momento, cariño —le dijo a la princesa—. Ahora vuelvo.

El príncipe salió de la biblioteca y se leyó a toda prisa el cuento. Al cabo de unos minutos, regresó muy contento con el libro y otro objeto.

—¿Qué es eso? —preguntó ella.

—Un huso.

—¿Y para qué sirve?

—Pues para hilar y… para soñar. Ven, vámonos a la cama y te explico cómo funciona.

Desde ese día, la princesa se duerme cada noche con un pequeño pinchacito, que duele menos que el de un mosquito. Y, cuando el príncipe ha dormido sus nueve o diez horas, la despierta con un beso tierno y dulce.

FIN