disconformidad

Intercambio de patas

Ilustración:  Gennady D. Pavlishin

Un día se encontraron la zorra y el alce.

—¿Qué hay de nuevo? —preguntó la primera al segundo.

—Nada de particular, vecina —contestó el alce—. Ayer sí que estuve a punto de tener un percance. Me perseguía un cazador y se me engancharon las astas en unas ramas … Me libre por los pelos… Esto de tener las patas tan largas es un problema… ¿Y tú qué tal vives? —preguntó el alce a la zorra.

—Pues mal, vecino —contestó la zorra—. A mí también me acechan los cazadores. Esto de tener las patas cortas es un problema; no puedo mirar a mi alrededor ni a los lejos, porque los arbustos me lo impiden…

Así siguieron un buen rato, cada cual lamentándose de lo mal que lo pasaba y de lo mal que estaba organizado el mundo. Había quien necesitaba tener las patas largas y las tenía cortas; y el que hubiera necesitado tenerlas cortas, las tenía largas. ¡Qué mal repartido estaba todo!

A la zorra, lista ella, se le ocurrió una brillante idea:

—Oye, vecino, ¿y si intercambiáramos nuestras patas?

—¡Qué idea tan genial se te acaba de ocurrir! ¡Venga! —contestó el alce.

Y dicho y hecho. En un abrir y cerrar de ojos, cambiaron sus cuatro extremidades.

La zorra miró a su alrededor feliz. Sobre aquellas patas tan largas veía muy lejos. Su vista se perdía en el lejano horizonte. Nada se veía en lontananza que fuera sospechoso. Corrió hacia una granja cercana con la idea de cazar una gallina. Intentó deslizarse dentro del gallinero, pero aquellas patas tan largas eran un estorbo. Decidió, entonces, deslizar una de ellas por una rendija del cercado para echarle la garra a una hermosa gallina blanca, pero sus esfuerzos fueron del todo inútiles. Las patas de alce están rematadas por pezuñas y no sirven para sujetar una presa. Suspiró la zorra y lamentó no tener sus patas de garras afiladas, tan cómodas para que la caza no se le escabullera.

En esto pensaba, cuando escuchó ruidos y vio que del interior de la casa salía alguien… La zorra, asustada, no esperó más. Puso patas en polvorosa con la barriga vacía.

El alce, a su vez, se había marchado feliz sobre las patas de la zorra y ahora era tan bajito que podía esconderse cómodamente entre las hierbas y pasar desapercibido.

—¡Qué maravilla de patas! —pensaba encantado—. Ahora nadie me verá desde lejos.

Empezó a caminar despacito con las patas de la zorra, pero eran endebles y les costaba soportar el peso de su cuerpo. Pronto sintió cansancio. Cansancio y hambre. Como siempre hacía, levantó la cabeza para comer los tiernos brotes y las hojas de los árboles. Lo intentó una vez. Lo intento dos. Pero sus esfuerzos eran inútiles. No alcanzaba porque tenía las patas demasiado cortas.

—¡Ay!, ¿por qué cambiaría mis queridas patas? —suspiró el alce—. ¡Con lo estupendas que eran ellas, tan esbeltas y tan recias! En cambio, estas… ¡Acabaran por matarme de hambre!

Y el alce rompió a llorar con desconsuelo.

De pronto, oyó cómo alguien corría a toda velocidad hacia donde él estaba, partiendo ramas y pisoteando la leña seca. El alce quiso escapar para ponerse a salvo del inminente peligro, pero ¿cómo podría hacerlo con las patitas cortas de la zorra? Emprendió la huida, pero no había dado ni dos pasos, cuando tropezó con un arbusto y se cayó. Cerró los ojos. «Creo que ha llegado mi hora», pensó.

Así estaba, cuando oyó que lo llamaba la zorra:

— ¡Eh, vecino!, ¿dónde estás que no te veo?

—¡Aquí!, ¡estoy aquí! —contestó el alce levantándose como pudo—. ¿Eras tú la que armaba tanto jaleo?

—¡Ay, sí! —contestó la zorra—. Estas patas tuyas son un completo desastre. Tenía la intención de deslizarme callandito, pero tus pezuñas, al romper las ramas, hacen un ruido espantoso. ¡Han estado a punto de atraparme y, encima, no he probado bocado en todo el día!

—Yo tampoco me adapto a tus patas —dijo el alce—. Son muy cortas y demasiado débiles… Y también estoy en ayunas. ¿Qué te parece si cambiamos otra vez, vecina?, ¿quieres?

Y, de nuevo, intercambiaron sus patas.

El alce golpeó el suelo con fuerza con sus pezuñas. ¡Qué bien!

—Esto de que los alces tengan las patas recias y las pezuñas duras está muy bien pensado —dijo.

Las duras pezuñas permitían al alce correr rápido sobre cualquier terreno, así podía escapar de los cazadores y como eran tan esbeltas, podía alcanzar la comida de los árboles.

La zorra, sobre las suyas, emprendió una veloz carrera. ¡Qué estupendo!

Ahora pisaba blandamente, sin hacer ruido, y sus patas terminaban en unas garras afiladas, ideales para atrapar a sus presas. Podía deslizarse y cazar sin que nadie la oyera.

—Esto de que las zorras tengan las patas cortas y las garras bien afiladas está muy bien pensado.

Se despidieron y cada cual tiró por su lado.

Desde entonces, los animales ya no intercambian sus patas.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar «Intercambio de patas» con la voz de Angie Bello Albelda