dragón

El dragón y la mariposa

Ilustración: Luis de Horna

PRIMER ACTO

 

En un oscuro torreón

vivía en tiempos un dragón,

que Plácido se llamaba

y todo lo destrozaba:

lleno de pinchos y malas artes

escupía fuego por todas partes.

 

Pero un día vino un profesor

con un libraco, y sin temor

al fiero dragón se acercó,

y de cabo a rabo lo examinó.

Midió al bicho con interés:

¡treinta metros de largo es!

 

Ingrato, el monstruo se tragó

el metro, y al que lo midió.

No le dolió su mala acción,

Pues bien le supo al muy glotón.

 

Pero el libro se le empachó

y una indigestión le dio,

y vomitó con desagrado

a sabio y libro antes tragado.

 

El sabio sus gafas agarró

y se marchó sin un adiós.

Mas, ¡mira!, el libro se ha dejado

a mala idea u olvidado.

 

El dragón se puso a leer,

¡nunca lo hubiera debido hacer!

Pues apenas el libro abrió

su nombre escrito se encontró,

Y conoció el significado

de un nombre tan inapropiado.

“PLACIDO”: manso y apacible,

dulce, tranquilo, muy sensible.

 

Gritó el dragón el alma en vilo.

“¡Yo no soy dulce ni tranquilo!”

Y para demostrarnos lo contrario,

Rompió en seguida su diccionario.

Y se pasó quinientos días

Haciendo mil y una fechorías.

 

Pero aunque trágico le pareciera,

Plácido su nombre era.

Enfermó de la tristeza,

¡le dolía la cabeza!

En la cama se metió

Y ya nunca más salió.

 

SEGUNDO ACTO

 

Sobre la hierba frondosa

danzaba una mariposa.

Se llamaba BÁRBARA, y como ves,

es dulce, bella y muy cortés.

Bailaba el vals que era un primor

revoloteando de flor en flor.

 

Tan delicada y tan sensible

que cualquier ruido era insufrible.

Nunca podía dormir la siesta

con aquella autopista tan molesta,

y corrió a buscar por eso

sosiego en un bosque espeso.

 

Apenas se hubo instalado

Zumbó un abejorro a su lado.

«¡Bárbaro!», dijo ella, «¡ruidoso!,

me estás estorbando el reposo».

Zumbó el abejorro: «¡Buuu,

la única “Bárbara” eres tú!»

Bárbara perdió el color:

«¡Cielos, mi nombre es un horror!».

 

Ya nunca más volvió a bailar,

y de puntillas se puso a andar;

pero con eso nada consiguió

pues su nombre tampoco varió.

Decidió, desesperada,

vivir sola y retirada

y en el desierto y en soledad

expiar su «barbaridad».

 

Pero un día una serpiente

pasó en zig-zag por allí enfrente:

«Qué risa me da», le contó,

«a un dragón conozco yo

que se ha metido en la cama

porque Plácido se llama.

Y ahora te encuentro a ti.

Ja, ja la vida es así».

Guiñó un ojo insinuante

y de allí se fue reptante.

 

Ella conservó en su mente

lo que dijo la serpiente.

Tras doce días de reflexión,

gritó: «Hallé la solución».

 

Y con ligero equipaje

emprendió su largo viaje

hasta llegar, de un tirón,

a la torre del dragón.

 

Blancos huesos había en la entrada

y ella llamó muy asustada.

 

Entró por fin al torreón

y en la cama halló al dragón

quejándose a voz en grito;

mas ella le habló bajito:

«Sé qué es lo que te enfermó,

pues Bárbara me llamo yo.

¿Cambiamos ya que son nuestros

esos nombres tan mal puestos?».

 

Al pronto, él no la entendió,

pero al rato se aclaró,

y le estrechó entusiasmado,

la mano (¡con mucho cuidado!).

Y muy contentos, en suma,

cogieron papel y pluma,

y por escrito dejaron

el acuerdo que tomaron.

 

Se fue contenta y gozosa

Plácida la mariposa,

y Bárbaro, el fiero dragón,

la despidió con emoción.

FIN

rainbow_pencil_avatar_by_shirokuro_chan¿Quién ha escrito y quién ha ilustrado este cuento?

Sueño de dragón

Ilustración: Alvia Alcedo

A los dragones les gusta soñar. Les gusta porque siempre sueñan cosas hermosas. Los sueños de los dragones no son como los otros sueños, un humo que se va. Son sueños que van tomando forma hasta que se los mira y se los ve de cuerpo entero. Si un dragón sueña con un árbol enorme, lleno de flores, cuando se despierta encuentra a su lado un lapacho, un ceibo o un jacarandá. Si sueña con mariposas, apenas abre los ojos ve un mundo de mariposas con alas doradas, con alas azules, con alas de todos los colores revoloteando por el monte.

¿Cómo, si no fuera por los sueños de un dragón, podríamos entender que de repente aparezcan millares de golondrinas en el cielo? ¿Cómo podríamos explicarnos que de un día para otro el campo se llene de flores rojas? ¿Cómo podríamos entender que de la nada salga un arco iris? ¿De dónde aparece un sol radiante en medio de la lluvia?

Solo se explica por el sueño de un dragón. Y los dragones quedan contentos con sus sueños, porque saben que producen cosas hermosas. Pero una vez un dragón tuvo una pesadilla. Soñó con una espantosa serpiente de siete cabezas, horriblemente perversa, que quería destruir el mundo entero.

—¡Odio las flores! —dijo una de las siete bocas.

—¡Odio los pájaros! —dijo otra mostrando los colmillos repletos de veneno.

—¡Odio los monos! —dijo una tercera cabeza.

—¡Los mataremos a todos! —dijo otra.

—¡Los mataremos y los comeremos! —rugió la quinta.

—¡A los monos y a todos los animales del mundo!

—¡Y los comeremos y los comeremos y los comeremos! —dijo la séptima.

Entonces se despertó el dragón y alcanzó a ver las siete cabezas que se perdían a la distancia buscando monos y pájaros y flores y a todos los animales del mundo para matarlos y comerlos.

—¡Qué hice! —se asustó el dragón.

Pero no había tiempo para lamentos, y corrió por el sendero marcado por la serpiente donde no quedaban ni rastros de flores ni de animales. El dragón voló y pasó por arriba de la serpiente y bajó cortándole el camino.

—¡Qué lindo dragón! —dijo una cabeza.

—¡Lo mejor para comenzar a comer! —dijo la segunda.

La tercera no habló. Ya había estirado su cuello con la velocidad de una centella hacia el cuerpo del dragón. Fue un movimiento casi invisible por la rapidez, pero el dragón que sabía con quién estaba soñando, ya no estaba en ese lugar.

—¡Así me gusta! –dijo otra cabeza.

—¡Qué bien que pelea!

—¡Así nos podemos divertir!

—¡Solo matar y comer es aburrido!

—¡Lo mejor es pelear!

—¡Pelear y matar y comer!

Y la serpiente atacó largando mordiscones para un lado y para el otro.

El dragón se las veía negras tratando de golpear con sus poderosas garras alguna de esas cabezas que nunca estaban en el lugar donde llegaba el golpe. Apenas logró en un momento rozar a la serpiente con las garras y sacarle una escama del cuerpo. Apenas una escama que voló y cayó a lo lejos. Entonces probó con el fuego. Nada en el mundo podía resistir el fuego de un dragón. Dio un paso para atrás, resopló, y largó la llamarada roja más grande que nunca hubiera largado un dragón. Un fuego espantoso, largo, oscuro, que recorrió todo el espacio donde estaba la serpiente. Ardieron los árboles de alrededor y la tierra despidió un humo espeso, enrojecida por el calor.

El dragón miró el humo que comenzaba a borrarse, buscando los restos de la serpiente, y se distrajo. Cuando se dio cuenta del tremendo salto de la serpiente, ya que estaba envuelto en sus poderosos anillos. Las siete cabezas gritaban y reían y giraban enloquecidas.

—¡Dragón estúpido! ¿No sabías que no hay nada que nos guste más que el fuego?

—¡El fuego nos entusiasma como ninguna otra cosa!

El dragón tiraba tremendos golpes, pero las cabezas siempre estaban en otro lugar, y los anillos de la serpiente apretaban cada vez más. Entonces el dragón voló, voló hasta muy arriba, cerca de las estrellas, donde el frío es como el espanto y todo se convierte en un hielo de muerte que solo aguantan los dragones.

—¡Eso, un poco más alto! Después del fuego no hay nada que nos guste más que el frío gritaron las siete cabezas.

Entonces el dragón bajó, bajó como una flecha, se zambulló en el medio del río, en esa zona profunda donde no llegan ni los peces. Así ahogaría a la serpiente.

—¡Eso, eso! —gritaron las siete cabezas—. Nada nos gusta más que estar bajo el agua. Pero después queremos otro poco de fuego.

La serpiente seguía enroscada en el dragón. Siete días y siete noches volaron, lucharon, cayeron, nadaron, subieron, bajaron, siempre como un solo cuerpo. Sin descansar. Al final, en un descuido de la serpiente, el dragón logró escapar de sus anillos. Pero ya no sabía qué hacer. Había probado todas sus argucias y había usado toda su fuerza de dragón, pero la serpiente parecía invencible.

—¡Nos estamos divirtiendo como nunca! —gritaron las siete cabezas.

—¡Jamás nos había pasado algo tan hermoso! ¡Te queremos, dragón! ¡Que esta pelea no se acabe en mucho tiempo!

—¡Nos aburren las peleas tontas con animales tontos!

—¡Queremos pelear, pelear y pelear!

—¡Atacá de nuevo, dragón! ¡Te estamos esperando!

El dragón retrocedió un poco.

—¡Estás escapando, dragón cobarde!

El dragón pensó en volar, volar muy alto y muy lejos, y olvidarse para siempre de esa serpiente. Pero entonces ella mataría a todos los animales. No había caso. Escapar no servía. Pero si… quizás sí podría servir…

El dragón voló hacia lo alto. Subió y subió, burlándose de la serpiente, mientras las siete cabezas lo llenaban de insultos. Y llegó hasta el lugar más alto, arriba de todas las nubes y las sombras. Entonces planeó en círculos. En grandes círculos, dejándose llevar por el viento. Y allí, mientras planeaba, cerró los ojos y se durmió.

Ya sabía lo que tenía que soñar. Y soñó.

Soñó con pájaros y flores, soñó con ríos crecidos, soñó con el arco iris, y cuando en medio del sueño apareció la serpiente de siete cabezas que peleaba enloquecida de furia, se dio vuelta en el aire para borrar su sueño. Porque los sueños se borran si uno se da vuelta para el otro lado mientras está soñando. La serpiente se borró. Se borró de golpe, sin dejar ningún rastro de serpiente. Entonces el dragón abrió los ojos. Estaba cansado, pero voló muy rápido para volver a ver el sitio de su pelea. El lugar estaba como antes. Como siempre. Estaban los árboles y las flores. Estaban las mariposas y los monos. Y no había rastros de la serpiente. Ningún rastro de la pelea.

Apenas una escama que brillaba y no brillaba en el suelo.

FIN

Los doce primeros

Ilustración: Kitakutikula

Cuando el mundo era nuevo y todavía se comprendía el lenguaje secreto de plantas, nubes y mares, el Emperador de Jade, soberano del cielo y de la tierra, quiso ordenar el tiempo, así que envió emisarios por el mundo para convocar a todos los animales que vivían en él:

—Animales, os he reunido en mi palacio porque he decidido dividir el tiempo en periodos de doce años. He construido un zodíaco y a cada uno de esos doce años le asignaré el nombre de uno de vosotros —Los animales murmuraron emocionados, pero enseguida enmudecieron para seguir escuchando lo que decía el Augusto de Jade—. No obstante, hay dos pequeños problemas. El primero, es que solo doce de vosotros podrán presidir los años de forma cíclica. Y el segundo, es que debo decidir el orden con el que lo haréis. Por tanto, he organizado una carrera, para que sea la llegada a la meta la que resuelva la disposición. El ganador presidirá el primer año, el segundo el segundo… y así, sucesivamente, hasta llegar al decimosegundo, el cual completará el ciclo de doce años y después volveremos a empezar.

Casi todos se apuntaron para participar en la competición, excepto el perezoso y la tortuga, que sabían que lo tenían muy difícil y se rindieron antes de empezar.

Los participantes, en la línea de salida, aguardaron la señal del Emperador de Jade para ponerse en marcha:

—Uno, dos y… ¡tres!

El dragón y el tigre se situaron en cabeza desde el primer momento. No en vano eran los animales más poderosos de toda China. Luchaban el uno contra el otro para obtener el triunfo. El dragón lanzaba su letal fuego para retrasar al tigre, pero este, con sus poderosas patas, evitaba con ágiles saltos las hogueras.

Muy de cerca, los seguía la serpiente, que se aprovechaba del camino que abría el fuego del dragón para deslizarse con más facilidad sin encontrar obstáculos a su paso. Todo le fue bien hasta que el dragón tuvo que retirarse momentáneamente de la carrera reclamado por sus hermanos para resolver un asunto urgente.

El buey, de zancada lenta y pesada, también se valió de la disputa entre dragón y tigre para obtener ventaja y, contra todo pronóstico, logró instalarse en cabeza de carrera, puesto que conservó hasta el último momento, cuando fue adelantado.

Lo que pasó es que, sin él saberlo, transportaba sobre su cuerpo a dos polizones, uno de los cuales aprovechó su esfuerzo para arrebatarle, en el último segundo de carrera, la primera posición.

Los dos animales que viajaban cómodamente a lomos del buey eran un gato y una rata, ambos buenos amigos hasta que pasó lo que pasó… Pero, antes de descubrirlo, deberemos seguir el curso de la competición…

A poca distancia del tigre y del dragón, el conejo saltaba como nunca lo había hecho en su vida, deseoso de alzarse con la victoria.

También un mono y un gallo corrían jadeantes para conseguir inscribir su nombre en el zodíaco chino, hasta que el mono, de repente, detuvo su carrera. Al pasar junto a un espeso bosque decidió que tendría más ventaja si se movía de árbol en árbol, donde su agilidad le haría adelantar muchos puestos.

Al verlo, el gallo, que no tenía ni idea de trepar, pensó por un momento en abandonar la carrera, pero cambió de opinión y decidió que también él explotaría sus habilidades y en lugar de seguir corriendo con sus cortas patitas, empezó a aletear y consiguió, con varios golpes de ala, adelantar de golpe a cuatro de sus competidores: caballo, cabra, cerdo y perro, que quedaron a la zaga. Esta ventaja no le duró demasiado al pobre gallito…

El cerdo, que sudaba a mares, frenó en seco al olfatear unas apetitosas trufas. Se desvió y empezó a escarbar bajo un roble plantado al borde del camino. Enterró su morro en la tierra y no lo levantó hasta acabar con todas. Su decisión le costó llegar el último y si hubiera encontrado una trufa más, hoy ni siquiera estaría en la lista de los doce del zodíaco.

La carrera tocaba a su fin. En la línea de llegada aguardaba ya el Emperador de Jade. Solo un caudaloso río separaba a los animales de la meta.

El buey hundió las pezuñas en el barro y buscó un lugar para vadear la corriente. Sobre su lomo la rata y el gato se sujetaban con fuerza.

Ya hemos dicho que ambos animales habían sido buenos amigos hasta entonces, pero se enemistaron para siempre cuando ya estaban a punto de alcanzar la orilla. Fue entonces cuando la rata, para asegurarse la victoria, saltó a tierra dándose impulso con sus patas sobre el lomo del gato. Este perdió el equilibrio y cayó con estrépito al río.

La rata fue la primera en tocar tierra.

El buey quedó segundo.

El tigre sorteó el río de un ágil salto y llegó el tercero.

Llegó el turno del conejo, que brincó de una orilla a otra, seguido del dragón, que cruzó volando la meta el quinto, a escasos centímetros.

Sexta fue la serpiente, que se valió de un tronco que flotaba en el agua para alcanzar la orilla y, desde allí, se arrastró hasta la meta.

El caballo trotó hasta la línea de llegada el séptimo y, después de él, mojados y titiritando, llegaron juntos la cabra, el mono y el gallo, que cruzaron la meta con una diferencia de segundos.

El perro, que hasta llegar el río iba tercero, llegó en undécimo lugar, porque al cruzar las aguas no pudo resistirse y se entretuvo buceando.

Cerró el desfile ganador el cerdo, que al llegar aún masticaba un trocito de trufa.

El gato, magullado y empapado por culpa de la rata, cruzó la meta en decimotercer lugar, por lo que no obtuvo su puesto en el zodíaco chino.

Aquel desgraciado incidente fue el origen del odio que separa a los dos animales y la causa de que, todavía hoy, los mininos quieran vengar la ofensa dando caza a cualquier roedor que se cruce en su camino. También, como consecuencia de aquel penoso suceso, los gatos no quieren acercarse al agua.

El resto de los animales fue llegando después del felino, pero, ninguno consiguió inscribir su nombre entre los vencedores.

Los doce triunfadores rodearon al Emperador de Jade y aguardaron en respetuoso silencio. El Augusto habló así:

—El tiempo ya tiene nombre. A partir de hoy, los años seguirán cíclicamente este orden: el primero llevará el nombre de la rata, la vencedora. El año siguiente será el año del buey. A continuación, llegarán, sucesivamente, los años del tigre, del conejo, del dragón, de la serpiente, del caballo, de la cabra, del mono, del gallo y del perro. Cerrará el ciclo el año del cerdo. Después, volveremos a empezar, de nuevo, con la rata.

De este modo, el Emperador de Jade asignó el nombre que ostentan los años del zodiaco chino.

Y si tú aún no sabes bajo qué signo naciste, haz clic sobre un interrogante…

Ilustración: freepik

FIN

El rey y el dragón

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Ilustración: Taluns

Refieren las leyendas que, en un lejano país rodeado de altas montañas coronadas de nieve sempiterna, vivió un rey muy, muy sabio al que lo que más le gustaba en el mundo eran los dragones.

Desde muy joven, empezó a recopilar libros que, en cualquier idioma, hablaran sobre ellos; los estudiaba con ahínco, los clasificaba y, con el tiempo, consiguió reunir la más completa y docta colección de obras sobre la materia. Tan magna era, que sabios de todo el planeta hacían cola para poder consultar los innumerables tratados, prontuarios, opúsculos, epítomes, ensayos, compendios y monografías que se alineaban en las largas estanterías de la egregia biblioteca de palacio.

A fuerza de leer, estudiar e investigar, aquel rey se convirtió en el erudito de dragones más destacado que ha existido —e incluso nos atrevemos a afirmar que existirá jamás— sobre la Tierra. Conocía a la perfección la naturaleza y el carácter de esos seres. Podía recitar de carrerilla, al derecho y al revés, los alimentos que preferían y cuáles detestaban; en qué postura dormían; qué tierras habitaban; cómo se rascaban o qué los hacía reír o estornudar… En fin, cualquier hábito, rareza, costumbre o manía que tuviera que ver con los dragones, lo dominaba aquel rey, para el que la «ciencia dragonística» no guardaba secretos.

Tal era el entusiasmo que sentía por los dragones, que publicó un bando en el que ofrecía la mitad de su reino a la persona que le llevara uno vivo. Algo que, sin duda, habría solucionado la vida del afortunado en cuestión y la de todos sus descendientes si hubiera sabido cómo viajar hasta Imaginación, apresar a una de esas criaturas y volver vivo para conducirla a la presencia de aquel extravagante monarca.

Su pasión lo llevó a contratar a los mejores arquitectos para que le construyeran un gran palacio en forma de dragón y en sus paredes colgó cuadros, tapices y esmaltes de dragones firmados por los más afamados artistas del orbe.

También mandó pintar frescos en cada una de las tres mil cuatro habitaciones del castillo, con dragones de todo tipo y en todas las posturas imaginables: dragones llameantes, verdes, de río, de tierra. Dragones azules, dormidos, despiertos, voladores, sibilantes. Dragones de lustrosa piel rosa clarito durmiendo la siesta… En fin, que se mirara hacia donde se mirara, no había rincón en el que no hubiera un dragón.

El escudo real, un lebrel sobre campo de gules, también fue modificado. El can que desde hacía generaciones custodiaba fielmente el apellido familiar, fue confinado al desván de palacio y en su lugar, se colocó un dragón rampante de aspecto imponente y fiero, que arrojaba fuego amarillo por sus fauces.

El anillo del monarca fue fundido y el mejor orfebre de la comarca esculpió la silueta del mismo dragón que exhibía el escudo. Cada vez que el rey sellaba sus cartas, era como si el dragón cobrara vida y escupiera cera roja por aquella bocaza amenazante.

Se confeccionó ropa nueva para todos los nobles de la corte con telas estampadas con dragones. Los uniformes de los sirvientes lucían, asimismo, dragones bordados con hilos de colores y en las cofias y gorros se cosieron alas que asemejaban las del dragón volador de Changchun.

En los amplios jardines que rodeaban el palacio, los setos de los parterres se podaron en forma de dragón. Se instalaron fuentes de dragones esculpidos en piedra que arrojaban agua por sus fauces y se plantaron macizos de flores rojas y verdes, que recordaban los colores de la piel y del fuego de los dragones llameantes de Transnistria. En ese mismo jardín, el jardinero cortaba cada mañana flores de dragonaria, con las que llenaba los jarrones de palacio para que sirvieran de vegetal adorno.

La «Fiesta Anual», que coincidía con el cumpleaños del rey, pasó a denominarse «Gran Festival del Dragón» y en él actuaban famosos tragafuegos, con sus sables y antorchas envueltos en llamas.

Durante los festejos, mucha gente se disfrazaba de dragón y el primer chambelán repartía farolillos entre los asistentes, que formaban una alegre comitiva ardiente hasta el palacio para desearle al rey feliz cumpleaños. El monarca observaba el espectáculo desde el torreón más alto, imaginando que aquella estela de fuego pertenecía a un auténtico dragón —al parecer, este es el origen de las velas que hoy encendemos en las tartas de cumpleaños.

La vida transcurría apacible en aquel lejano reino rodeado de montañas hasta que en una fría noche de invierno el aire se llenó de un penetrante olor de azufre y un ensordecedor ruido despertó al apacible pueblo. Nadie osaba asomarse a la ventana para saber qué ocurría.

En el palacio real, el sueño del soberano se vio interrumpido cuando la cabeza de un enorme monstruo se asomó por una de las ventanas de sus aposentos. La furibunda bestia miró fijamente al adormilado monarca y lanzó sobre él una terrible llamarada. Por fortuna, el rey pudo apartarse antes de que aquel fuego devorador churruscara por completo su peluca.

Al darse cuenta de que no soñaba, el aterrorizado monarca pidió ayuda a gritos:

—¡Auxilio! ¡Socorro! ¡A mí la guardia! ¡Matad a esa bestia! ¡Libradme de este engendro del abismo! —clamaba el rey completamente histérico y fuera de control.

En singular y desigual batalla, los caballeros se batieron con el espeluznante bicho hasta que consiguieron ahuyentarlo.

Nadie sabe el motivo pero, según cuentan, al rey le dejaron de gustar los dragones después de aquella noche.

FIN

Un dragón en la cocina

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Bartolomé Adalberto Fructuoso del Churrusco y Quequemo VI era, como su nombre indica, el sexto de su linaje que llevaba este nombre. Solo los primogénitos más feroces de esta saga de dragones, que desde hacía siglos aterrorizaban la región de Pantagualago, lo habían llevado. La familia de dragones Churrusco y Quequemo era la última que quedaba en la tierra.

Al pobre dragón le pesaba tanto su nombre, que había decidido, en contra de la voluntad de toda su familia, que lo llamaran Fru.

Fru vivía con su madre, su padre, sus cuatro abuelos, sus ocho bisabuelos y catorce de sus dieciséis tatarabuelos, ya que dos de ellos habían decidido mudarse a la playa. Eran ya muy ancianos y el clima húmedo de Pantagualago era muy perjudicial para su reuma. Habitaban todos juntos en un inmenso castillo que había pertenecido a la familia desde ya nadie recordaba cuándo.

Como único heredero de tan rancia estirpe, Fru era educado por los mejores maestros de la zona, que le enseñaban las técnicas más depuradas del control del fuego, de los bramidos más espantosos, del vuelo en picado y, en fin, de todas aquellas habilidades en las que se espera que destaque un buen dragón.

Pero aunque Fru se esforzaba muchísimo por contentar a su familia, no había forma de que aprendiera a ser un dragón perfecto. En lugar de una terrible llamarada, de su nariz solo salía un pequeño chorro de fuego, claramente insuficiente para reducir a cenizas un bosque o un pueblo entero; en lugar de un bramido terrorífico, de su garganta salían alegres gorgoritos que más que aterrorizar a la gente la hacía reír. Y el más grande de los problemas: se mareaba al volar. En cuanto empezaba a alejarse del suelo y miraba hacia abajo, su piel pasaba del verde brillante al rosa pálido, a su alrededor todo daba vueltas y lo máximo que había conseguido era elevarse cuatro palmos del suelo antes de caer.

Y es que eso de ser un dragón normal, a Fru no le hacía ni fú ni fa. Él no quería quemar ni aterrorizar y muchísimo menos aún quería volar, por mucho que todos los Bartolomés Adalbertos Fructuosos del Churrusco y Quequemo de su estirpe lo hubieran hecho durante siglos antes que él. Lo que más deseaba en el mundo Fru era ser cocinero.

Cuando la noticia llegó a oídos de la familia, se armó un jaleo espantoso y más de una nariz empezó a echar llamaradas de indignación. Su madre, su padre, sus cuatro abuelos, sus ocho bisabuelos y catorce de sus dieciséis tatarabuelos trataron de convencerlo de que su idea era peregrina. Incluso los dos tatarabuelos que vivían en la playa fueron a visitar a Fru para intentar razonar con él. Nada de lo que le dijeron sirvió de nada. Después de haberlo meditado mucho, Fru había tomado una decisión y nada ni nadie podían hacerlo cambiar de idea.

A la mañana siguiente, después de despedirse de toda la familia, se dirigió hacia la ciudad y allí pidió trabajo en una salchichería. Con el fuego que salía de su nariz, en lugar de quemar bosques y pueblos, asaba las más deliciosas salchichas con queso y lechuga que nadie hubiera probado jamás. Y aquella salchichería, con su súper fruchicha especial, se convirtió en la más famosa del mundo.

Su madre, su padre, sus cuatro abuelos, sus ocho bisabuelos y sus dieciséis tatarabuelos no tuvieron más remedio que reconocer que Fru había tomado una decisión muy acertada, así que, siguieron su ejemplo y dejaron de aterrorizar a los habitantes de la región de Pantagualago, se trasladaron con Fru a la ciudad y todos se pusieron a asar salchichas.

A partir de entonces, no se han vuelto a ver dragones sobre la faz de la tierra, pero sabemos que aún existen porque hay salchicherías y en cada una de ellas se esconde un dragón cocinero.

FIN