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El agua de la vida

Ilustración: Arthur Rackham

Hubo una vez un rey que enfermó gravemente. No había nada que aliviara ni calmara su dolor. Después de mucho deliberar, los sabios decidieron que solo lo podría curar el agua de la vida, tan difícil de encontrar que no se conocía a nadie que lo hubiera logrado. Este rey tenía tres hijos, el mayor de los cuales decidió partir en busca de tan especial medicina. «Sin duda, si logro que mejore, me premiará generosamente», pensaba, pues le importaba más el oro que la salud de su padre.

En su camino encontró a un pequeño hombrecillo que le preguntó cuál era su destino.

—¿Qué ha de importarte eso a ti?, ¡enano! Déjame seguir mi camino.

El duende, ofendido por el maleducado príncipe, utilizó sus poderes para desviarlo hacia una garganta en las montañas que cada vez se estrechaba más, hasta que ni el caballo pudo dar la vuelta, y allí quedó atrapado.

Viendo que su hermano no volvía, el mediano decidió ir en busca de la medicina para su padre. «Toda la recompensa será para mí»,  pensaba ambiciosamente.

No llevaba mucho camino recorrido, cuando el duende se le apareció preguntando a dónde iba:

—¡Qué te importará a ti! Aparta de mi camino, ¡enano!

El duende se hizo a un lado, no sin antes maldecirlo para que acabara en la misma trampa que el mayor, atrapado en un paso de las montañas que cada vez se hizo más estrecho, hasta que caballo y jinete quedaron inmovilizados.

Al pasar los días y no tener noticias, el menor de los hijos del rey decidió ir en busca de sus hermanos y del agua milagrosa para sanar a su padre. Se puso en marcha y no tardó mucho en encontrar al hombrecillo, el cual también le preguntó cuál era su destino:

—Mi padre está muy enfermo, busco el agua de la vida, que es la única cura para él.

—¿Sabes ya a dónde debes dirigirte para encontrarla? —volvió a preguntar el enano.

—Aún no. ¿Tú puedes ayudarme?

—Has resultado ser amable y humilde y, por ello, mereces mi favor. Toma esta varilla y estos dos panes y dirígete hacia el castillo encantado. Toca la cancela tres veces con la vara, y arroja un pan a cada una de las bestias que intentará comerte. Busca entonces la fuente del agua de la vida tan rápido como puedas, pues si dan las doce, y sigues en el interior del castillo, ya nunca más podrás salir —añadió el enanito.

A lomos de su caballo, pasados varios días, llegó el príncipe al castillo encantado. Tocó tres veces la cancela con la vara mágica, amansó a las bestias con los panes y llegó a una estancia donde había una preciosa muchacha que le dijo:

—¡Por fin se ha roto el hechizo! En agradecimiento, me casaré contigo si vuelves dentro de un año.

Contento por el ofrecimiento, el muchacho buscó rápidamente la fuente de la que manaba el agua de la vida. Llenó un frasco con ella y salió del castillo antes de las doce.

Durante el camino de regreso, se encontró de nuevo con el duende, a quien relató su experiencia. Después le preguntó:

—Mis hermanos partieron hace tiempo, y no los he vuelto a ver. ¿No sabrías dónde puedo encontrarlos?

—Están atrapados por la avaricia y el egoísmo, pero tu bondad los hará libres. Vuelve a casa y por el camino los encontrarás. Pero ¡cuídate de ellos!

Tal como había anunciado el duende, el menor encontró a sus dos hermanos antes de llegar al castillo del rey. Los tres fueron a ver a su padre, quien después de tomar el agua de la vida se recuperó por completo. Incluso pareció rejuvenecer. El menor de los hermanos le relató entonces su compromiso con la princesa, y su padre, orgulloso, le dio su bendición y permiso para casarse. Así pues, al acercarse la fecha pactada, el menor de los príncipes se dispuso a partir en busca de su amada.

Ella, que ya lo esperaba ansiosa en el castillo, ordenó extender una carretera de oro para recibir a su amado, desde su palacio hasta el camino y ordenó a los guardianes:

—Dejad pasar a aquel que venga por el centro de la carretera. Cualquier otro será un impostor —advirtió, y se marchó a hacer los preparativos.

Efectivamente, los dos hermanos mayores, envidiosos, habían tramado, por separado, llegar antes que el menor y presentarse a la princesa como sus libertadores:

—Suplantaré a mi hermano y seré yo el que me case con la princesa. —Pensaba cada uno de ellos.

El primero en llegar fue el hermano mayor, que al ver la carretera de oro pensó que la estropearía si la pisaba y, dando un rodeo tomó un camino lateral a la derecha y se presentó a los guardas como el rescatador de la princesa. Mas éstos, obedientes, le negaron el paso.

El hermano mediano llegó después, pero apartó el caballo de la carretera por miedo a estropearla, y tomó el camino de la izquierda hasta los guardias, que tampoco lo dejaron entrar.

Por último llegó el hermano menor, que ni siquiera notó cuando el caballo comenzó a caminar por la carretera de oro, pues iba tan absorto pensado en la princesa que se podría decir que casi flotaba.

Al llegar a la puerta, le abrieron enseguida, y allí estaba la princesa esperándolo con los brazos abiertos, llena de alegría y reconociéndolo como su salvador.

Los esponsales duraron varios días, y trajeron mucha felicidad a la pareja, que invitó también al padre, el cual vivió muchos años sin enfermar gracias al agua de la vida.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar «El agua de la vida» con la voz de Angie Bello Albelda

Rumpelstiltskin

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Ilustración: diegosimone

Érase una vez un molinero muy pobre que un día se topó de frente con el rey, el cual paseaba muy cerca de su molino. A fin de parecer una persona importante, el molinero le contó que tenía una hija capaz de hilar paja y convertirla en oro.

—Ese talento es digno de admirar. Si tú hija es tan hábil como afirmas, llévala mañana a palacio y la pondré a prueba.

Al día siguiente, al llegar la muchacha, el rey la condujo a una habitación llena de paja, le entregó una rueca y un huso y le dijo:

—¡Ponte a trabajar! Tienes tiempo hasta el amanecer, si cuando regrese no has convertido esta paja en oro, morirás.

Después, cerró la puerta con llave tras él y la dejó sola en el interior.

La hija del molinero, sin saber qué hacer, se puso a llorar desconsoladamente. No tenía la menor idea de cómo convertir la paja en oro.

De repente, la puerta se abrió y entró un enano contrahecho que le dijo:

—¡Buenas noches. niña!, ¿por qué lloras?

—Porque tengo que hilar toda esta paja para convertirla en oro y no tengo ni idea de cómo hacerlo.

—¿Qué me das si hilo por ti? —preguntó el enano

—Te daré mi collar —respondió la chica.

El enano se guardó el collar en el bolsillo, tomó entre sus manos la rueca y empezó a hilar a toda velocidad «zummmmmmm, zummmmmmmmm, zummmmmm». A sus pies, se iban amontonando bobinas de hilo de oro. Toda la noche estuvo trabajando.

Al salir el sol, llegó el rey y al ver la paja transformada en oro, se quedó atónito y encantado, pero en su avaricioso corazón se despertó el deseo de poseer aún más riquezas, así que condujo a la hija del molinero a una habitación más grande que la primera, llena hasta el techo de paja y le ordenó:

—Si valoras en algo tu vida, convierte este montón de paja en oro. ¡Ponte a trabajar! Tienes tiempo hasta el amanecer, si cuando mañana regrese no has convertido esta paja en oro, morirás.

La muchacha no sabía qué hacer, estaba desesperada, pero, como el día anterior, se abrió la puerta, apareció el diminuto hombrecillo y dijo:

—¿Qué me das si hilo por ti?

—Te daré mi anillo

El enano se guardó el anillo en el bolsillo, tomó entre sus manos la rueca y empezó a hilar a toda velocidad y, otra vez, convirtió toda la paja en brillante oro.

El rey no cabía en sí de gozo, pero su codicia no tenía límite y todavía no estaba satisfecho, así que llevo a la hija del molinero a una habitación aún más grande que las dos anteriores, llena de paja a rebosar y le dijo:

—Si consigues hilar toda esta paja, me casaré contigo.

«Es hija de un molinero, cierto —pensó—, pero no podría encontrar una esposa mejor aunque buscara por todo el mundo».

Al quedarse sola la muchacha, el enano apareció por tercera:

—¿Qué me das si hilo por ti?

—No me queda nada para darte —respondió la chica.

—Entonces tienes que prometerme que, cuando seas reina, me entregarás el primer hijo que tengas.

«Quién sabe qué sucederá antes de que yo llegue a reina y tenga un hijo» —reflexionó la hija del molinero. Y como no tenía otra manera de salir de aquel aprieto, le prometió al enano lo que este le había exigido y el hombrecillo se puso a hilar.

A la mañana siguiente, la hija del molinero se convirtió en reina y no volvió a pensar más en el enano ni en lo que había sucedido.

Justo al cabo de un año, dio a luz a un hermoso niño y cuál no sería su consternación cuando pocos días después, de repente, se abrió la puerta de su habitación y apareció el enano:

—Dame lo que prometiste.

La reina, al recordar su promesa, le ofreció al hombrecillo todas las riquezas de su reino a cambio de su hijo, pero el enano se negó a escucharla:

—¡No! Ni todas las riquezas del mundo son comparables al valor de este niño.

Al oír esto, la reina se puso a llorar de tal modo que el enano, compadeciéndose de ella, le dijo:

—Te daré una oportunidad: tienes tres días para averiguar mi nombre, si lo adivinas, dejaré que te quedes a tu hijo.

El primer día, la reina le dijo al enano los nombres más extraños que ella recordaba, pero ninguno de ellos era el correcto, así que la reina mandó a todos sus mensajeros por el mundo para que trataran de averiguar el nombre del enano.

Al segundo día, cuando el hombrecillo llegó, la reina empezó a recitar todos los nombres exóticos que recordaba: «Gaspar, Melchor, Baltasar…». Pero cada vez que pronunciaba uno, el enano respondía:

—¡No, no! ¡Ese no es mi nombre!

Al tercer día regresaron los mensajeros, pero ninguno había sido capaz de encontrar lo que la reina pedía. Sin embargo, el último que llegó contó lo siguiente:

—Durante mi viaje, paré para descansar en una alta colina rodeada de bosques, allí donde los zorros y las liebres viven; había una casa muy pequeña y ante ella ardía una hoguera. Me escondí para observar y vi cómo el ser más grotesco que imaginar se pueda, danzaba como un loco alrededor del fuego, repitiendo sin cesar la misma cantinela:

Hoy horneo,

mañana cerveza bebo,

y pasado mañana al príncipe me llevo.

A la reina no engaño,

pero jamás sabrá que Rumpelstiltskin me llamo.

Es fácil imaginar el alborozo de la reina al oír la canción.

Al poco rato llegó el enano:

—Veamos, señora reina, ¿ya sabes cuál es mi nombre? Solo te quedan tres oportunidades.

—¿Es Conrado?

—¡No!

—¿Acaso es Gustavo?

—¡No!

—¿Tal vez sea Rumpelstiltskin?

—¡El diablo te lo ha dicho! ¡El diablo te lo ha dicho! —gritó el hombrecillo y golpeó el suelo con tanta rabia, que su pie derecho se hundió hasta la rodilla.

Para poder salir de su propia trampa, se sujetó con ambas manos a su pie izquierdo y tiró y tiró; con tanta fuerza, que se rompió la pierna antes de poder sacarla. Entonces, sin dejar de protestar, se marchó cojeando y nunca jamás se lo volvió a ver.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar “Rumpelstiltskin” con la voz de Angie Bello Albelda

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Tal vez hoy no es martes y tal vez esto no es cuento…

O quizá sí. En la Isla Imaginada todo es posible. Porque algunos dicen que la vida es como un sueño, pero nosotros pensamos que vivir es como un cuento que escribimos día a día.

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Ilustración: libelle

Y en nuestro cuento estáis todos vosotros, los que nos ayudáis a que este espacio sea una realidad y por eso os queríamos dar las gracias de una forma especial y se nos ocurrió que la mejor forma de hacerlo era con este regalo:

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Todos los que comentasteis en la entrada «El duende desmemoriado» habéis sido incluidos por orden de participación para el sorteo del duende Quelet (medidas aproximadas 10×10×8 cm):

Pat, La mariposa violeta, de Mundo nuevo en la Tierra

Exudus999, de Tintas creativas

Soraya, de Diario de una musicóloga

Isabel, de Destino la naturaleza y de Apalabrando los días

Sensi, de El diario de Sensi

Aurora, de La desdicha de ser salmón y de El viento sobre las colinas de Éire

Las tejas rojas

Jerby, de Blogramé

Natalia, de Los talleres de Natalia

Carmen, de Pensamientos Collier

Toni, de La Llar del Pagès

María, de Te miro me miras… Nos miramos

Eva, de El blog de una empleada doméstica

Puros refranes

Tintero y pincel

Vero Tapia, de Ruka de colores

Nini

Aquileana, de La audacia de Aquiles

Queríamos que todo fuera transparente, así que hemos organizado un sorteo certificado abierto a todos que se celebrará el 7-6-2015, a las 16:00 hora española. ¡Mucha suerte!

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El resultado del sorteo:

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El duende desmemoriado

Sortearemos el duende Quelet entre todos los seguidores de Martes de cuento que dejen un comentario en esta entrada antes del sábado 6-6-15

Quelet siempre había sido un duende alegre y locuaz. Había viajado mucho y había enseñado a otros duendes a descubrir qué talento se escondía en sus corazones con la ayuda de las artes secretas de su oficio de Maestro de los Talentos; pero Quelet se había ido haciendo viejo y sus piernas cansadas no le permitían ya transitar sus incansables caminos llenos de sabiduría y buenos consejos.

Se retiró a su hura vacía y destartalada pensando que en ella hallaría el merecido reposo, pero los días se le hacían largos y las noches se llenaban de inquietantes ruidos.

Muy de mañanita, Quelet salía a estirar las piernas y se dejaba acariciar por el deslumbrante sol que sonreía a la magia y a los milagros desde lo alto del cielo; pero después de andar un rato, se sentía fatigado y se retiraba a su hura solitaria y oscura, sin darse cuenta de que el silencio le pesaba en el corazón y le robaba las palabras. Salir a pasear llenaba sus ojos de luz y presencias amistosas, pero al volver a casa se olvidaba de lo que había visto y le costaba recordar, incluso, las horas de las comidas o la de acostarse. Poco a poco, Quelet se fue volviendo desmemoriado.

Un día cualquiera, Quelet salió a pasear como solía hacer y se encontró con otro duende como él que lo saludó alegremente.

—¡Quelet! —lo llamó—. Hola amigo mío… ¡Cuánto tiempo!

Y ya no paró de hablar y de hablar… Quelet lo miraba sonriendo amablemente, escuchando todo lo que el otro le decía, pero incapaz de recordar quién demonios era aquel duende tan vivaracho.

Al volver a su hura, Quelet se quedó en el portal sentadito al sol, mientras reflexionaba largamente sobre lo que le había ocurrido.

De pronto, se dio cuenta de algo que no había previsto que le pudiera suceder nunca jamás: ¡se estaba volviendo un duende desmemoriado! ¡Él, que siempre había tenido una memoria excelente!

—Esto no puede ser… —se dijo a sí mismo—. No…, no… Tengo que pensar en algo…

Quelet sabía que cuando los duendes se hacían viejos a veces perdían un poco el oremus, había visto casos muy notables, pero nunca se había detenido a pensar qué significaba realmente perder la memoria.

—Perder mis recuerdos … —se lamentó—, todas mis vivencias, mis alegrías, mis tristezas … No acordarme de la gente o de lo que tengo que hacer … No recordar lo que más amo o he amado…

De repente, el duende se sintió muy triste: ¿qué ocurriría con todos sus recuerdos?, ¿qué ocurriría con todo aquello que amaba tanto si no era capaz de recordarlo?

Tenía los ojos casi anegados de lágrimas cuando se dio cuenta de que estaba sentado sobre una vieja cepa, casi tan vieja como él. Sus gastados dedos acariciaban dulcemente la rugosa corteza del tronco y parecía que querían decirle algo…

—¡Claro! —exclamó— ¡Puedo hacer cajas! Cajas mágicas para conservar mis recuerdos… así, si algún día los pierdo, siempre podré recuperarlos buscándolos en mis Cajas de Recuerdos.

Y, rápidamente, se puso manos a la obra. No tenía suficiente destreza para trabajar la madera, pero su paciencia infinita, forjada a lo largo de años y años de enseñar a los demás duendes a encontrar su talento, suplía su falta de habilidad y su inexperiencia.

De hecho, proponerse el reto de hacer algo nuevo a su edad resultó liberador para Quelet. Sus oxidadas manos, con tenaz voluntad, aprendían a dominar las herramientas y la madera y en muy poco tiempo tenía tantas cajitas de tamaño y de colores distintos, que se corrió la voz de que Quelet, el Maestro de los Talentos, había descubierto uno nuevo para sí mismo.

Un día, un duende joven que aún no había descubierto qué don de magia se escondía en su corazón, pasó ante la hura de Quelet y tras saludarlo cortésmente el joven Getet preguntó:

—¿Qué hacéis, Maestro?

—Hago Cajas de Recuerdos.

—¿Y por qué? —se interesó Getet al instante.

—Para acomodar en ellas todos mis recuerdos… —dijo Quelet contento—. Hay un momento en la vida —explicó repentinamente serio— que uno ya no puede fiarse de su cabeza… y entonces toca trabajar con las manos para conservar todo aquello que no se quiere perder…

Getet observó aquellas cajas largamente. Se sentía cautivado por los colores y las formas que el viejo Quelet dibujaba con su cincel sobre las tapas de sus incontables Cajas de Recuerdos. Y, de repente, sintió un impulso.

—¿Puedo ayudarlo, Maestro? —dijo medio avergonzado por su osadía.

Quelet lo miró con atención. Había dedicado toda su vida a ayudar a los más jóvenes a descubrir los talentos ocultos en sus corazones… pero ahora… Ahora no tenía tiempo para volver a su viejo oficio y veía muy claro en el corazón de Getet que no había encontrado su talento. Sin embargo, algo en los ojos del joven duende hizo que se decidiera…

—Hay mucha faena —reconoció el viejo Quelet—, y me vendría bien una ayuda. ¡Tengo tantos recuerdos!

—Yo os ayudaré… —dijo Getet alegremente.

Y desde aquel día, Getet no dejó de ir puntualmente a la hura de Quelet para ayudarlo en su incansable tarea. Pulía cajas, las pintaba, las organizaba por colores e incluso ayudaba a Quelet a elegir qué objetos mágicos contendrían para que el viejo duende pudiera evocar las cosas que, inevitablemente, acabaría olvidando con el paso del tiempo.

La labor de Quelet y de Getet los mantenía tan ocupados, que el joven se convirtió en el mejor discípulo del Maestro de los Talentos. Los recuerdos del anciano estaban tan llenos de experiencias, sentimientos y vivencias que Getet, gracias a ellos, aprendía un mundo entero de conocimientos, tan valiosos como los tesoros mágicos más antiguos.

Con el tiempo, las Cajas de Recuerdos de Quelet se hicieron imprescindibles en su vida. Desgraciadamente, el paso de los años iba arrebatando más y más memoria a su mirada y cuando esta se apagaba, una sombra de tristeza teñía de luto su amable cara.

Entonces, Getet se acercaba a su viejo Maestro y abría una Caja cualquiera. El viejo Quelet contemplaba el tesoro que guardaba la caja con atención y estupefacción. Removía lo que fuera que contenía entre las manos y así se entretenía largo rato, sin entender qué debía ser o representar aquello. Getet se sentía un poco apenado al ver que su Maestro no reconocía el contenido de la caja, siempre era así; pero enseguida, con voz animosa, le contaba a Quelet qué eran aquellos prodigios que la magia hacía posible.

La expresión de Quelet solía ser de sorpresa y de genuina felicidad, como la de esos niños pequeños que sueñan al escuchar las palabras de un cuento. Tal vez el viejo Quelet fuera incapaz de evocar sus propios recuerdos o de reconocer en las mágicas imágenes y en las bondadosas palabras de su discípulo el hilo de su propia historia, pero el viejo duende aún podía emocionarse con lo que tanto sus Cajas Mágicas como Getet le contaban de sí mismo. Era, —casi, casi— como volver a construir una vida a partir de cero.

FIN

El firme soldadito de plomo

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Ilustración: Jordi Goy

Había una vez veinticinco soldaditos de plomo, todos hermanos, fundidos de un mismo cucharón. Fusil al hombro, mirando de frente. El uniforme, rojo y azul era precioso.

Lo primero que escucharon los soldaditos en cuanto se levantó la tapa de la caja en la que estaban fue:

—¡Soldaditos de plomo!

Lo dijo un niño, mientras daba palmadas de contento. Eran su regalo de cumpleaños. Los sacó de la caja y los alineó sobre la mesa. Todos eran exactamente iguales. Todos excepto uno, que era diferente porque le faltaba una pierna. Había sido fundido el último y no hubo plomo suficiente. Pero aunque solo tenía una pierna, se sostenía tan firme como los demás. Y es precisamente de este soldadito del que queremos contar la historia.

En la mesa donde los alinearon había otros muchos juguetes, y entre ellos destacaba un precioso palacio de papel, por cuyas ventanas se veían las salas interiores. Enfrente, unos arbolitos rodeaban un espejo que semejaba un lago, en el cual nadaban y se reflejaban unos cisnes de cera. Todo era en extremo encantador, pero lo más lindo era una muchacha que estaba ante la puerta abierta del castillo. De papel también ella, llevaba una preciosa falda de tul azul  y alrededor de sus hombros una cinta, también azul, que tenía en el centro una gran estrella de oropel. Como era una bailarina, tenía los brazos extendidos y una pierna levantada, tanto, que el soldadito de plomo, desde donde estaba colocado, no podía verla y creyó que tenía una sola pierna como él.

—He aquí a la compañera que necesito -pensó-. Pero es una aristócrata. Vive en un palacio, y yo en una caja de madera junto a otros veinticuatro soldados; no es lugar para ella. Sin embargo, debo tratar de conocerla.

Y se colocó detrás de una tabaquera que había sobre la mesa, desde donde, sin que nadie lo molestara, podía observar a tan distinguida dama, que se sostenía sobre una sola pierna sin perder el equilibrio.

Por la noche, guardaron los soldaditos de plomo en su caja y los habitantes de la casa se fueron a dormir. Este es el momento en que los juguetes aprovechan para jugar por su cuenta y así lo hicieron también en aquella casa.

El cascanueces empezó a dar volteretas, el yeso pintaba en la pizarra y los soldaditos de plomo alborotaban en su caja, porque también querían jugar, pero no podían levantar la tapa.

Con tanto jaleo, se despertó el canario, y se sumó al alboroto recitando versos.

Los únicos que no se movieron de su sitio fueron el soldadito de plomo que, firme sobre su pierna, miraba embelesado a la bailarina y la bailarina, que se seguía sosteniendo sobre la punta de su pie.

El reloj dio las doce y la tapa de la tabaquera saltó por los aires. En su interior no había tabaco, sino un duendecillo negro. Era una caja sorpresa.

—¡Soldado! —dijo el duende—, ¡deja de mirar a la bailarina!

Pero el soldado se hizo el sordo.

—¡Ya verás mañana! —exclamó el duende.

Cuando los niños se levantaron, pusieron al soldado en la ventana  y fuera por obra del duende o del viento, esta se abrió de repente y el soldadito cayó de cabeza desde el tercer piso. Fue una caída terrible. Quedó clavado entre los adoquines con su bayoneta, cabeza abajo y con su única pierna estirada.

La criada y el niño bajaron enseguida y a pesar de que estuvieron a punto de pisarlo, no lo vieron. Si él hubiera gritado “¡Estoy aquí!”, lo habrían encontrado, pero al soldadito no le pareció apropiado dar gritos yendo de uniforme.

Empezó a llover. Las gotas caían cada vez más seguidas, hasta que se convirtieron en un auténtico aguacero. Cuando aclaró, pasaron por allí dos niños.

—¡Anda! —exclamó uno—. ¡Un soldadito de plomo! ¡Lo haremos navegar!

Hicieron un barquito de papel, embarcaron en él al soldado y lo pusieron en el agua. El barquichuelo fue arrastrado por la corriente, mientras los niños lo seguían batiendo palmas.

¡Qué olas! ¡Qué corriente! Claro, con el diluvio que había caído. El pequeño barquito tropezaba y se tambaleaba continuamente, girando bruscamente, pero el valiente soldadito seguía firme; sin pestañear, mirando siempre al frente, con su arma al hombro.

De pronto, el barquito entró en un lugar oscuro. “¿Adónde iré a parar? — pensaba-. La culpa de todo esto es del duende. ¡Ay!, si al menos en este viaje me acompañara la bailarina. ¡No me importaría esta oscuridad!”

De repente, una rata enorme le gritó:

—¿Pasaporte? ¡A ver el pasaporte!

Pero el soldadito de plomo no respondió y siguió firme, sujetando con más fuerza su fusil.

El barquito siguió su camino y la rata fue tras él, rechinando los dientes y gritando:

—¡Que alguien lo detenga! ¡No ha pagado peaje! ¡No me ha enseñado su pasaporte!

La corriente se volvía cada vez más impetuosa. El soldadito veía ya la luz del sol al final de aquella oscuridad. Entonces, oyó un estruendo que hubiera asustado al más valiente y vio que el arroyo por el que navegaba se precipitaba como una catarata en un gran canal.

Estaba ya tan cerca que era imposible detenerse. El barquito salió disparado, pero el soldadito siguió tan firme como pudo. ¡Nadie podía decir que hubiera pestañeado siquiera!

La barquita giró sobre sí misma con un ruido sordo y empezó a hundirse. Al soldadito ya le llegaba el agua al cuello. La barca se hundía por momentos. El papel se deshacía. El agua cubría la cabeza del soldado…

En aquel momento, se acordó de la linda bailarina y pensó que ya nunca más volvería a ver su rostro. Y le pareció oír una voz que decía:

—¡Adiós, valiente soldado!

El papel se deshizo por completo y el soldado empezó a hundirse; pero en ese mismo instante, se lo tragó un gran pez.

¡Aquello sí que estaba oscuro! Muchísimo más oscuro que en la alcantarilla y, además, ¡era tan estrecho! Sin embargo, el soldadito seguía firme, tendido cuan largo era y sin soltar su fusil.

El pez seguía moviéndose, hasta que, de repente, se quedó inmóvil. De pronto, se hizo una gran claridad, y alguien exclamó:

—¡El soldadito!

El pez había sido pescado, llevado al mercado y vendido; y ahora estaba en la cocina, donde la cocinera lo estaba limpiando. Cogió al soldadito y lo llevó a la sala. Todos querían ver a aquel valiente soldado que había viajado en la barriga de un pez.

Lo pusieron de pie sobre la mesa y —¡qué cosas más extrañas suceden a veces en la vida!— se encontró en el mismo cuarto, con los mismos niños y con los mismos juguetes sobre la mesa.

Ahí estaba el soberbio palacio y la linda bailarina, sosteniéndose sobre la punta del pie y con la otra pierna en el aire. Aquello emocionó tanto al soldadito que a punto estuvo de llorar lágrimas de plomo. Miró a la bailarina y la bailarina lo miró a él, pero no se hablaron.

Uno de los niños, cogió con la punta de los dedos al soldadito y lo tiró a la chimenea sin dar explicaciones. No había duda: el duende de la caja tenía la culpa.

El soldado de plomo sintió un intenso calor, pero no sabía si a causa del fuego o del amor. Había perdido su color, aunque nadie podría decir si a consecuencia de la pena o del viaje.

Miró a la bailarina, y sus miradas se encontraron. Él sintió que se derretía, pero siguió firme, con su fusil al hombro.

La puerta se abrió, y una ráfaga de viento levantó por los aires a la bailarina, que volando fue a caer en la chimenea; junto al soldado, y allí se inflamó con una llamarada y desapareció.

Al día siguiente, cuando la criada barrió las cenizas de la chimenea encontró, muy juntitos, un trocito de plomo en forma de corazón y una estrella de oropel.

FIN

El Duende del Tiempo

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Ilustración: kperusita

Cada primero de enero, justo al cambiar de año, el Duende del Tiempo le regala a cada persona una cajita llena de tiempo. En ella hay 365 días. O lo que es lo mismo, 8 760 horas; 525 600 minutos; 31 536 000 segundos.

Cada uno de enero somos millonarios en tiempo y sin embargo…

… y sin embargo, a medida que se crece, se va desaprendiendo a usar este valioso regalo;  y es por eso que la mayoría de los adultos no tiene ni la menor idea de administrar el tiempo que recibe. Porque el tiempo no es oro; el tiempo tiene su propio valor, su propia medida y sus propias leyes.

Si intentas ahorrarlo acabas perdiéndolo, en cambio, si lo pierdes, acumulas momentos.

Si lo inviertes muy rápido no te da interés, pero si lo inviertes despacio, a medida que pasan los años, los recuerdos son cada vez más interesantes.

Si lo gastas en esas cosas que llaman «útiles», se marchita, pero si lo gastas en esas cosas que llaman «inútiles», florece.

Así, que aunque el tiempo pueda parecer muy extraño, no lo es, lo que ocurre es que va a su ritmo y, por mucho que te empeñes en otra cosa, el Duende del Tiempo solo pone en cada hora 60 minutos y en cada minuto 60 segundos. Nada más y nada menos.

Al Duende del Tiempo no le gustan las prisas y no soporta la impaciencia. Puede hacer que cinco minutos sean eternos o, por el contrario, que años enteros pasen en un suspiro. Si tú quieres correr, él correrá más rápido y si estás impaciente y deseas que algo llegue deprisa, él hará que todo vaya muy despacio. Lo mejor que puedes hacer es no pelearte con él porque siempre acaba ganando.

Al Duende del Tiempo le gusta oír por las mañanas:

—¡Buenos días!, ¿qué tal has dormido?, ¿qué has soñado?, ¿qué planes tienes para hoy?

Entonces sonríe y ya puedes estar seguro de que el día será brillante y alegre.

En cambio, si se despierta escuchando:

—Deprisa: despierta y levántate. Deprisa: tómate el desayuno. Deprisa: vístete. Deprisa: que llegaremos tarde.

El Duende del Tiempo se pone de muy mal humor y entonces seguro que el día será oscuro y triste.

Tampoco soporta las prisas por la noche:

—Deprisa: acábate la cena. Deprisa: lávate los dientes. Deprisa: ponte a dormir que mañana hay que madrugar.

Al Duende del Tiempo le gusta oír otras cosas:

—¿Qué tal te ha ido el día?, ¿a qué has jugado?, ¿qué has imaginado?, ¿de qué has hablado con tus amigos?

De las preguntas que se hacen al final del día depende que el Duende del Tiempo le pida al Duende del Sueño que envíe pesadillas o dulces sueños.

El Duende del Tiempo no comprende por qué la gente mayor malgasta tan deprisa el tiempo que les regala, porque el tiempo que no se invierte en cosas hermosas es un tiempo que se pierde irremediablemente.

Así, que escucha bien sus consejos y, este año, aprovecha bien tu tiempo…

Cada mañana, abre despacio los ojos y disfruta de cada despertar.

Recuerda tus sueños antes de levantarte de la cama.

Mójate bajo la lluvia.

Saborea un pastel con los ojos cerrados.

Pasea por el campo y respira hondo.

Escucha el silencio.

Observa qué hace una hormiga.

Déjate acariciar por el sol.

Sumérgete en las olas y recoge piedras en la arena de la playa.

Mira a los ojos a un perro o a un gato mientras lo acaricias suavemente.

Pasea por la ciudad y observa a la gente.

Lee libros.

Ríete sin motivo.

Hay tantas cosas por hacer. Párate y disfruta.

Ama despacio.

Mira despacio.

Escucha despacio.

Disfruta despacio.

Habla despacio.

Siente despacio.

Porque disfrutar de cada instante es la única forma de vivir de verdad.

Antes de decir «No tengo tiempo» o «Deprisa», recuerda el valioso regalo que recibes del Duende del Tiempo y no olvides que vivir es, precisamente, aprender a invertir, segundo a segundo, el tiempo que se te otorga.

El Duende del Tiempo es eterno y sabe muy bien de lo que habla así que… ¡hazle caso!

FIN

El chico que dibujaba gatos

Ilustración: whimsycatcher

Hace mucho, mucho tiempo, en una pequeña aldea japonesa, vivía un campesino muy pobre con su esposa y sus cuatro hijos.

El hijo mayor era sano y fuerte, y ayudaba a su padre en la siembra y en la cosecha del arroz. Las dos hijas trabajaban con su madre en la casa y en el jardín. Todos estaban acostumbrados a trabajar duro desde muy temprana edad.

Sin embargo, el hijo más joven, aunque era muy listo, era pequeño y débil y no podía trabajar en los campos de arroz con su padre y su hermano mayor.

Un día, los padres hablaron sobre el futuro de su hijo menor, porque sabían que nunca podría ser agricultor.

—Nuestro hijo pequeño es muy inteligente. Tal vez, si lo enviamos como alumno del anciano sacerdote del templo pueda serle de ayuda —propuso la madre.

También el padre pensó que la sabiduría de su joven hijo podría ser útil en el templo. Así que se dirigieron allí y preguntaron al sacerdote si estaba dispuesto a tomar a su hijo menor como alumno.

El sacerdote le planteó al muchacho preguntas muy complicadas. Sorprendido por su sabiduría y por las respuestas inteligentes que recibió, estuvo de acuerdo en tomarlo como alumno a condición de que lo obedeciera en todo.

Aunque verdaderamente el muchacho se esforzó por obedecer y aprendió con el anciano sacerdote muchas cosas, había un problema: cuando se quedaba solo para estudiar, en lugar de estudiar pintaba gatos. Y ni siquiera el deseo que tenía de ser un buen alumno, lo ayudó a solucionar este problema, porque en el fondo de su corazón era un artista.

Pintaba gatos grandes y gatos pequeños, gatos gordos y gatos flacos, gatos altos y gatos bajos, gatos mansos y gatos salvajes. Los pintaba en sus cuadernos de estudio y en el suelo, y en las paredes y, lo que era peor, pintaba gatos en los grandes biombos de papel del templo.

El anciano sacerdote estaba muy enojado, y le explicó que dibujar gatos en lugar de estudiar era algo que no debía hacer, pero no sirvió de nada.

Un día, el sacerdote, que estaba cada día más triste, porque el joven seguía dibujando gatos en lugar de estudiar, le ordenó:

—Empaca tus cosas y márchate a tu casa. Un alumno siempre debe escuchar la voz de su maestro y tú no me escuchas.

Después, le dio su último consejo:

—Guárdate de los lugares grandes por la noche. Permanece en los lugares pequeños.

Dicho esto, regresó a su habitación y cerró la puerta.

El muchacho no entendió qué quería decir el sacerdote con aquello y temió ir a pedirle una explicación.

Mientras empaquetaba sus cosas iba pensando:

—Si regreso a casa, mis padres se enfadarán conmigo y me castigarán. Tal vez sea preferible que vaya a una gran ciudad y allí, en alguno de los templos, quizá pueda seguir estudiando.

Abandonó la aldea y se dirigió a la ciudad caminando sin prisa, disfrutando del viaje, observando las flores y las mariposas.

Al llegar a la ciudad, se dirigió al templo principal. Ya había oscurecido y todo el mundo dormía, así que no hubo nadie que le dijera que un duende maligno controlaba aquel lugar y había expulsado de allí a todos los sacerdotes y a todos los alumnos. Nadie que le dijera que muchos soldados habían intentado desalojar al duende sin éxito.

Después de llamar una y otra vez sin obtener respuesta, empujó la puerta y esta se abrió. El chico entró y gritó:

—¿Hay alguien aquí?

Nadie contestó.

Vio luz cerca de una de las puertas, se dirigió hacia allí y se sentó para esperar a que saliera algún sacerdote.

El duende siempre mantenía una pequeña luz encendida con el fin de atraer a la gente durante la noche y comérsela. Pero el muchacho, naturalmente, no sabía esto.

Mientras esperaba, se dio cuenta de que todo estaba descuidado y sucio. Pensaba en que, sin duda, se necesitarían muchos estudiantes para limpiar aquello, cuando vio un escritorio. En sus cajones encontró papel, plumas y tinta. Y, por supuesto, inmediatamente empezó a dibujar gatos.

Terminó todo el papel, pero continuó pintando en el suelo, y después en los enormes biombos del templo hasta que todo estuvo lleno de dibujos de gatos. Entonces, se sintió muy cansado y quiso reposar, pero recordó el consejo del viejo sacerdote:

—Guárdate de los lugares grandes por la noche. Permanece en los lugares pequeños.

Y aquel templo, en efecto, era muy grande.

Se puso a buscar y encontró un armario muy amplio, entró en él, apoyó la cabeza sobre su hatillo y se durmió.

A medianoche, lo despertó un espantoso gemido. Oyó carreras, gruñidos y tremendos golpes. Se asomó con cautela, pero no vio nada en medio de la oscuridad, así que volvió a cerrar la puerta y siguió durmiendo hasta que se hizo de día.

A la mañana siguiente, al abrir el armario, vio al duende tendido en el suelo, muerto.

—Un duende… ¿Quién lo habrá matado? —se preguntó.

Al mirar a su alrededor, se fijó en que las bocas de todos los gatos que había pintado estaban manchadas de rojo y comprendió que habían sido los gatos los que habían matado al duende. Entonces, también entendió las palabras del viejo sacerdote:

—Guárdate de los lugares grandes por la noche. Permanece en los lugares pequeños.

Cuando la gente de la ciudad se enteró de que el duende había sido por fin vencido, declararon al muchacho héroe.

Los soldados se encargaron de retirar el cadáver del templo y los sacerdotes pudieron regresar a él. Deseaban que el muchacho se quedara con ellos como alumno, pero él decidió otra cosa: ya no quería ser sacerdote, quería ser artista.

A partir de entonces, sus dibujos de gatos se hicieron famosos en todo el mundo. Es posible que, alguna vez, también vosotros veáis alguno de los que dibujó.

FIN