duendes

Los duendes

Ilustración: George Cruikshank (1792-1878)

Había una vez un zapatero que, sin ninguna culpa por su parte, llegó a ser tan pobre, tan pobre, que, al fin, no le quedó más que el trozo de cuero indispensable para hacer un par de zapatos. Los cortó una noche, pensando coserlos a la mañana siguiente y, como estaba muy cansado, se acostó y se quedó dormido.

Al día siguiente, fue a buscar el trabajo que había preparado la víspera y se encontró hecho el par de zapatos. El pobre hombre no podía creer lo que veían sus ojos. Examinando detenidamente los zapatos, se dio cuenta de que cada puntada ocupaba el lugar preciso. ¡Aquellos zapatos eran una verdadera obra maestra!

Al poco, entró un comprador y tanto le gustó el par, que pagó por él más de lo acostumbrado. Con aquel dinero, el zapatero pudo comprar cuero para hacer dos pares. Los cortó al anochecer, dispuesto a trabajar en ellos al día siguiente, pero no fue preciso, pues al levantarse, allí estaban terminados, y para aquellos zapatos tampoco le faltó un nuevo comprador. Este se los pagó tan espléndidamente, que pudo comprar cuero para cuatro pares. Cortó el material y a primera hora de la mañana siguiente, cuando iba a ponerse a coser, estaban acabados también, y lo mismo sucedió los días siguientes. ¡Era algo, en todos los aspectos, portentoso! Los zapatos que cortaba por la noche aparecían cosidos por la mañana con el mayor primor y perfección y los vendía rápidamente. Corrió la voz y mucha gente fue a comprar aquellos zapatos. Total, que pronto el zapatero pudo empezar a vivir bien e incluso llegó a convertirse en un hombre acomodado.

Una noche, cuando el zapatero se iba a descansar, una vez concluido el trabajo, le dijo a su mujer:

—¿Qué te parece si no nos acostásemos esta noche y procurásemos ver quién nos hace el favor de coser estos zapatos magníficos?¡Ojalá pudiéramos pagárselos algún día!

La mujer estuvo de acuerdo y encendió una vela. Hecho esto, los dos se ocultaron tras una cortina, dispuestos a vigilar. Al sonar la medianoche, vieron entrar en la zapatería a dos duendecillos desnudos, que se sentaron delante de la mesa del zapatero y tomaron el trabajo que estaba allí preparado. Luego, comenzaron a coser, agujerear y clavetear, moviendo sus deditos tan hábil y velozmente, que el zapatero, maravillado, apenas podía seguirlos con la vista. Hasta que concluyeron la tarea y la colocaron sobre la mesa, los pequeños hombrecillos no pararon ni un momento. Después se levantaron de un salto y salieron corriendo a la calle.

Al día siguiente, por la mañana, la mujer del zapatero le dijo a su marido:

—Esos pequeños duendes nos han hecho ricos y debemos demostrarles que somos gente agradecida. Como andan desnuditos por el mundo, deben tener mucho frío. ¿Qué te parece si les cosemos unas camisas, chaquetas, chalecos y pantalones, así como un par de calcetines y un par de guantes de punto para cada uno? Tú, naturalmente, te encargarás de hacerles unos buenos zapatos.

El zapatero accedió con gusto a la proposición de su mujer. Enseguida los dos, muy ilusionados, se pusieron manos a la obra, y no abandonaron su trabajo hasta que lo tuvieron terminado del todo, al anochecer. Entonces se fueron a cenar, y cuando llegó la hora de acostarse dejaron los regalos sobre la mesa en lugar de los zapatos cortados de cada día. Después se colocaron de modo que pudieran observar lo que hacían los duendes. Al sonar las doce, entraron estos dispuestos a ponerse a trabajar, pero, al ver las preciosas prendas de ropa, se quedaron paralizados por la sorpresa. Enseguida se recuperaron y, a toda prisa, se vistieron camisas, chaquetas y pantalones mientras cantaban alegremente:

¡Oh! Qué trajes tan refinados,

con guantes y zapatos combinados.

Ahora somos duendes elegantes,

¡ya no seremos zapateros como antes!

Danzaron y cantaron dando vueltas por la zapatería y, por fin, sin dejar de bailar, salieron a la calle.

El zapatero y su esposa no volvieron a verlos jamás, pero gracias al trabajo de los duendecillos, pudieron vivir felices el resto de sus días.

FIN

El escondite (o ¿por qué hay montañas tan altas?)

2015-01-28 08 49 25

Ilustración: bridge-troll

Hace mucho, mucho tiempo, cuando los demonios y los ángeles se hablaban y el cielo todavía no estaba tan lejos del infierno, nuestro planeta estaba habitado por criaturas mágicas y misteriosas.

Por el aire volaban hadas, dragones, grifos y arpías; en mares y ríos, ninfas y sirenas reinaban con absoluta tranquilidad; en las profundidades de la tierra, enanos y trolls excavaban sinuosos túneles, y sobre la superficie de la tierra se podían encontrar miles y miles de otros seres fantásticos. Gnomos, elfos y duendes habitaban los bosques; pegasos, centauros y sátiros pastaban en las praderas; golems y unicornios vagaban por los acantilados; y los gigantes deambulaban de uno a otro lugar.

Todos estos seres vivían en paz y armonía, sin molestarse unos a otros. Pero entre ellos vivía otro ser, que no era ni mágico ni misterioso: el ser humano.

El ser humano fue cultivando odio y envidia hacia sus mágicos vecinos y así, poco a poco, de aquel odio nació el miedo. Miedo a lo desconocido, miedo a lo incomprendido, miedo hacia aquello que no podían controlar. De hecho, hoy día, los humanos todavía conservamos buena parte de ese miedo.

De aquel miedo, surgido del odio y la envidia, nació un grupo de hombres y mujeres que se llamaron los Cazadores.

La función de los Cazadores era acechar y matar a cualquier ser que no fuera humano. Y hay que decir que llevaban a cabo su trabajo con mucha diligencia. No había ni una sola criatura mágica que estuviera a salvo. Elfos, dragones, gnomos, sirenas… Absolutamente todos iban cayendo bajo sus artes maléficas. Incluso los gigantes fueron víctimas de sus maleficios.

Fue entonces, cuando las pocas criaturas que quedaban se reunieron en Consejo para determinar qué hacer.

—Yo digo que deberíamos calcinar a todos los seres humanos y ¡listo! —decía el dragón.

—Así únicamente generaremos más odio —le recordó el hada.

—Yo digo que los encantemos para que se olviden de nosotros —añadía la bruja.

—En el fondo del mar tenemos mucho espacio, podrían venir con nosotras —decía la sirena mientras se cepillaba su larga cabellera.

Y así discutían, uno tras otro, lo que debía hacerse.

Por fin, llegaron a un acuerdo, simple pero eficaz, aunque algunos no estaban muy convencidos: tenían que esconderse de los seres humanos.

Buscarían un lugar de difícil acceso, pero con espacio suficiente para todos. Y fueron los gigantes los que, finalmente, dieron con la solución.

Con sus enormes manos juntarían piedras y rocas para formar montañas y cordilleras. Entre las montañas dejarían espacios, que serían valles y prados, y trazarían caminos inaccesibles para los humanos. De este modo, todas las criaturas mágicas tendrían su propio espacio. Las únicas que rehusaron fueron las sirenas y los tritones. El fondo del mar era suficientemente profundo para esconderse para siempre. Y eso es lo que hicieron.

Construyeron las montañas más altas que jamás se habían visto sobre la tierra y todas las criaturas mágicas pudieron refugiarse en ellas.

Los Cazadores, por mucho que exploraban, nunca encontraban nada, y si por una casualidad eran capaces de dar con el rastro de una de las criaturas, los gigantes se encargaban de provocar aludes y desprendimientos para que los Cazadores retrocedieran. Con el tiempo, y a fuerza de no encontrar nunca ninguna criatura, los seres humanos convirtieron la historia en mito y este en leyenda.

Es por eso que en la actualidad tenemos montañas tan y tan altas, porque allí, en las más recónditas y misteriosas profundidades, todavía hoy se esconden las criaturas mágicas que antiguamente fueron nuestras vecinas.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar «El escondite (o ¿Por qué hay montañas tan altas?)» con la voz de Angie Bello Albelda

 logoAngie

Las dos fantásticas y el niño que nació bajo las margaritas

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Ilustración: Margarita Nava

 

Para Marc, para que siempre encuentres margaritas mágicas cerca de ti.

Hace mucho, mucho tiempo el mundo estaba habitado por mujeres muy especiales. Algunos las llamaban hadas; otros, brujas; otros, amazonas o duendes o gnomos… Pero la realidad es que eran solo mujeres, aunque mujeres extraordinarias. Nosotros, simplemente, las llamamos las fantásticas.

Las fantásticas habitaban juntas en los linderos de los bosques, lejos de las ciudades, porque su ciencia consistía en recoger plantas y flores y con ellas hacer pócimas mágicas que curaban enfermedades o alegraban el alma de los que estaban tristes.

Eran mujeres dulces y hermosas, llenas de amor. En sus casas todo estaba en su sitio y todo tenía su lugar. Los muebles y los suelos estaban relucientes, porque a las fantásticas no les gustaba la suciedad y no soportaban que en su casa hubiera polvo. Sus grandes bibliotecas, llenas de extraños ejemplares con fórmulas mágicas y complicados dibujos, seguían el más estricto orden. Los libros, como firmes soldados, bien alineados por colores, por tamaños o por temas guardaban en sus páginas todo el saber del mundo. Las fantásticas siempre sabían dónde estaba cada uno de ellos y de qué hablaba, porque los habían leído un montón de veces; por eso eran tan sabias. En sus jardines, los pájaros cantaban y siempre florecían las margaritas, porque las margaritas crecen cerca de la gente que es especial.

Pero como ocurre muchas veces en este mundo, las personas que son distintas a la mayoría son envidiadas y odiadas. Así, que aquellas mujeres fantásticas fueron acusadas falsamente de los más horrendos crímenes por aquellos que no limpiaban sus casas, por los que no leían libros y por lo que no eran sabios ni sabían curar enfermedades ni alegrar el alma. Gente movida por la codicia que se había propuesto acabar con ellas y apropiarse de todo lo que les pertenecía.

Duramente perseguidas, muchas fueron encerradas en sucias y oscuras prisiones y allí murieron de pena. Otras lograron escapar y se refugiaron en profundas cavernas de las que solo se atrevían a salir de noche, por eso muchos les tenían miedo y así se forjaron las leyendas sobre brujas malvadas.

El tiempo fue pasando. Los libros de las fantásticas, encerrados en polvorientas bibliotecas, no enseñaban a nadie y el saber se fue muriendo.

Después de siglos y siglos de oscuridad y tristeza, en algunos lugares, las fantásticas decidieron enterrar sus temores y plantar cara a los que no limpiaban sus casas, a los que no tenían libros, a los que no eran sabios, ni sabían curar enfermedades ni alegrar el alma. Algunas valientes se atrevieron a mostrarse tal y como eran, consiguieron recuperar sus libros de las olvidadas bibliotecas y todos sus tesoros y así fue cómo, por fin, se supo la verdad. Por eso pudimos escribir el cuento que ahora os contamos.

Alba y Ana fueron dos de estas fantásticas. Se querían mucho, así que decidieron construirse una casa para vivir juntas. La casa era perfecta. Era grande, estaba cerca de un bosque y los pájaros alegraban con sus trinos la vida de las dos enamoradas. Ordenaron los libros por colores y limpiaron hasta el último rincón y durante un tiempo fueron muy felices en su nuevo hogar… Hasta que un día, se dieron cuenta de que en su casa no florecían las margaritas.

Empezaron a consultar manuales de magia sin hallar solución al problema hasta que al fin, en un ejemplar de tapas azules y letras doradas llamado Grimorio de margaritas mágicas, encontraron la solución.

En aquel libro había complicadas fórmulas para hacer crecer margaritas en los lugares más insospechados y extraños: en el desierto, en la nieve, en cuevas marinas, en la luna… Al fin dieron con la fórmula adecuada y plantaron las flores que, en poco tiempo, empezaron a florecer y a reír… ¿A reír?

Pues sí, habéis leído bien: las margaritas, un buen día, empezaron a reír, porque, sin darse cuenta, Alba y Ana habían añadido más polvo de perla del debido y en lugar de la «fórmula para hacer crecer margaritas en la ciudad», habían fabricado la «fórmula para hacer crecer margaritas en la ciudad con un niño debajo». El resultado fue que, al mirar bajo las flores, encontraron a un niño precioso que reía y las miraba feliz, estirando hacia ellas sus rechonchos bracitos. Contentas con el hallazgo, lo tomaron en sus brazos y decidieron quedárselo para siempre y enseñarle toda la sabiduría de sus libros.

Lo llamaron Marc, porque lo habían encontrado bajo las margaritas y también en honor a Marte, el dios de la guerra, para que creciera fuerte y pudiera luchar siempre con valentía contra todos los que no limpiaban sus casas, no tenían libros, no eran sabios y no sabían curar enfermedades ni alegrar el alma.

Y es por eso que Marc lleva en sí toda la delicadeza de las flores y toda la fuerza de un dios.

FIN