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La Befana

Ilustración: Abigail Larson

En Italia, existe una antigua leyenda sobre una anciana llamada Befana, que la noche del 5 de enero vuela en su escoba, de casa en casa, para entregar sus regalos…

 

Cuentan que cuando los tres Magos de Oriente iban de viaje hacia Belén siguiendo la brillante estrella para llevar sus presentes al niño Jesús, se perdieron en Italia. Un oscuro nubarrón ocultó la luz del astro que los guiaba en su camino y como no sabían adónde dirigirse decidieron parar y preguntar a los que se cruzaban en su camino.

Melchor se dirigió, en primer lugar, a una joven pastora:

—Buenas noches, seguíamos una brillante estrella que nos conduce hacia Belén, pero la hemos perdido de vista y no sabemos qué camino seguir.

—¿Belén dices? Nunca oí hablar de un pueblo llamado así. Y creo que la estrella que seguís se ha apagado, pues yo la estuve mirando mucho rato, pero ahora ya no la veo.

Dieron las gracias a la pastora y siguieron adelante. Al poco, se encontraron con un grupo de viajeros y Gaspar se dirigió a ellos:

—Buenas noches, buena gente, ¿han visto por casualidad una brillante estrella que lucía en el cielo hace un rato? Vamos tras ella para llegar a Belén, pero ha desaparecido.

—La estrella no la he visto, pero Belén está en dirección contraria. No tienen pérdida, es un pueblo entre montañas muy hacia el norte —dijo un viejecito con bastón.

—No, no, marido. Tú te confundes —añadió la señora que había junto a él—. Belén está al sur, junto al río que atraviesa el valle.

—Señores —intervino un tercer viajero—, no hagan caso de lo que dicen estos dos carcamales. Para llegar a Belén deben tomar el próximo desvío a la izquierda.

Otros viajeros se unieron a la discusión y cada uno de ellos les daba una información distinta. Los Reyes, más desorientados aún que al principio, decidieron seguir adelante sin seguir ninguna de las indicaciones.

Aunque los tres Magos fueron preguntando a mucha gente, nadie supo responder.

Ya perdían la esperanza de encontrar el camino para llegar a tiempo a Belén y entregar los presentes al Niño recién nacido cuando, barriendo el porche de una casa, vieron a una anciana decrépita y arrugada. Aquella mujer, a la que llamaban la Befana, daba auténtico miedo. Con sus largos cabellos blancos, su ropa negra y su escobón, parecía una auténtica bruja.

La gente del lugar la temía porque hablaba poco y se pasaba la vida limpiando su casa o recolectando hierbas en los bosques. Los niños, sobre todo, huían de ella, porque decían que su escoba era mágica y podía volar. Aseguraban que, montada en ella, la vieja mujer visitaba lugares misteriosos.

Baltasar, el más valiente de los tres, se acercó, seguido de sus compañeros, para preguntar por el camino y la anciana Befana, que quizá sí que había visitado Belén montada sobre su escoba, le dio las indicaciones precisas para llegar hasta allí.

—Debéis seguir por este camino hasta el mar que hay al sur y al llegar allí, tomad un barco en dirección al país de las arenas eternas. Allí preguntad por el camino que lleva a Belén, no hay pérdida.

Los tres Reyes, agradecidos por la información que habían recibido, la invitaron a que los acompañara a adorar al Niño que acababa de nacer. Le contaron que era un dios y que ellos le llevaban regalos: oro, incienso y mirra, pero ella no quiso oír hablar de abandonar su casa.

—No, gracias, aún me queda mucho por limpiar y no puedo perder más tiempo. ¡Que tengáis buen viaje!

Los Reyes partieron y la vieja Befana se quedó barriendo su casa. Sin embargo, no había pasado mucho rato, cuando se arrepintió de la decisión que había tomado. Al fin y al cabo, no tenía muchas oportunidades de ver recién nacidos ni tampoco de viajar acompañada de Reyes Magos.

La Befana puso comida y algunas de sus pertenencias en un gran saco y salió corriendo tras ellos, pero ya era demasiado tarde. Por más que buscó, no pudo dar con ellos.

Se dirigió entonces hacia Belén, pero al llegar allí, ya no había nadie. Las gentes del lugar le contaron que los Reyes habían regresado cada uno a su hogar y que el recién nacido, con sus padres, hacía poco que se había marchado. Fue entonces cuando la Befana decidió recorrer el mundo para buscar al recién nacido y, en su recorrido, regalaba a todos los pequeños que encontraba las provisiones y los bienes que llevaba en su saco con la esperanza de que alguno de ellos fuese el Niño Dios.

Desde aquel día, cada 5 de enero, al caer la noche, la Befana sobrevuela Italia montada en su escoba y entrega a las niñas y niños que se portan bien un regalo y caramelos. A los que se portan mal, la anciana Befana solo les da un trozo de carbón.

FIN

El hombrecito de jengibre

Ilustración: kuroneko3132

Esta historia se la contó la tatarabuela de mi abuela a su hijita un día que no quería comer

Había una vez una viejecita y un viejecito que vivían en una casa vieja y pequeña en la linde de un espeso bosque. Habría sido una anciana pareja muy feliz de no ser porque le faltaba una cosa para ser completamente dichosa: un niño. Efectivamente, no habían podido tener hijos y ahora, junto a los dos ancianos, no había un nietecito al que contarle cuentos ni tampoco con el que compartir regalos, besos, comidas, juegos… ¡y hubieran deseado tanto tener uno!

Un día, cercanas las fiestas de Navidad, la viejecita decidió hornear galletas de jengibre. Mientras amasaba los ingredientes, se le ocurrió que sería divertido darle a una de las galletas la forma de un niñito y así lo hizo: manos, cabeza, piernas, ojitos hechos de pasas, una preciosa chaqueta de azúcar glaseado con botones de chocolate… Fue cortando aquí y allá, pegando esto y aquello hasta conseguir dar forma a un dulce y pequeño hombrecito de jengibre. Después, colocó la bandeja en el horno para que las galletas se doraran y salió al jardín para contemplar los campos nevados.

Al cabo de un rato, volvió a la cocina para ver si las galletas ya estaban listas, pero cuál no sería su sorpresa al oír unos extraños ruidos procedentes del horno y una voz que repetía:

—¡Socorro! ¡Me quemo! ¡Que alguien me saque de aquí!

La anciana se acercó con cautela, abrió la puerta del horno y, de repente, de allí dentro saltó el pequeño hombrecito de galleta y huyó, pies para qué os quiero, tan rápido como pudo.

La viejecita llamó a su marido a gritos y ambos corrieron tras el pequeño hombre de galleta. Pero, por mucho que corrieron, no pudieron atraparlo.

El hombrecito de galleta llegó a un granero en el que tres trilladores trillaban trigo y, al pasar junto a ellos, les gritó:

Escapé de una viejecita,

escapé de un viejecito,

corre que correrás,

pero no me atraparás.

Yo soy de galleta y corro más.

Los tres trilladores dejaron de trillar trigo y empezaron a correr tras el hombrecito de galleta con la intención de comérselo. Pero, aunque corrían rápido, no pudieron atraparlo.

El hombrecito de galleta llegó a un campo lleno de labradores y, al pasar junto a ellos, les gritó:

Escapé de una viejecita,

escapé de un viejecito,

escapé de tres trilladores.

Corre que correrás,

pero no me atraparás.

Yo soy de galleta y corro más.

Los labradores comenzaron a correr tras él, pero no pudieron atraparlo.

El hombrecito de galleta llegó a un prado en el que una vaca pastaba tranquilamente y, al pasar junto a ella, le gritó:

Escapé de una viejecita,

escapé de un viejecito,

escapé de tres trilladores.

escapé de los labradores.

Corre que correrás,

pero no me atraparás.

Yo soy de galleta y corro más.

La vaca mugió enfada y, de inmediato, se puso a correr tras el hombrecito. «¡Esa galleta tiene que estar riquísima!», pensó. Pero, aunque era la vaca que más corría de toda la región, no pudo darle alcance.

El hombrecito de galleta llegó a un cobertizo en el que un orondo cerdito comía sin parar y, al pasar junto a él, le gritó:

Escapé de una viejecita,

escapé de un viejecito,

escapé de tres trilladores.

escapé de los labradores,

escapé de la vaca tragona.

Corre que correrás,

pero no me atraparás.

Yo soy de galleta y corro más.

El cerdo, al olfatear aquel manjar con patas, corrió tras la galleta con la boca bien abierta, pero no pudo atraparla.

El hombrecito de galleta corrió y corrió, hasta que en medio del camino encontró a un viejo zorro al que le gritó:

Escapé de una viejecita,

escapé de un viejecito,

escapé de tres trilladores.

escapé de los labradores,

escapé de la vaca tragona,

escapé del cerdo cochino.

Corre que correrás,

pero no me atraparás.

Yo soy de galleta y corro más.

—Perdona, galleta, soy viejo y ando mal del oído, ¿qué me has dicho? —preguntó el viejo zorro— ¿Por qué no te acercas un poco más y me lo repites? Es que estás muy lejos.

El hombrecito de jengibre se acercó un poco y repitió más alto:

Escapé de una viejecita,

escapé de un viejecito,

escapé de tres trilladores.

escapé de los labradores,

escapé de la vaca tragona,

escapé del cerdo cochino.

Corre que correrás,

pero no me atraparás.

Yo soy de galleta y corro más.

—Perdona, galleta, pero no hay forma de entender lo que me dices. ¿Que has huido de qué?

El hombrecito de jengibre se acercó más:

—Te he dicho que escapé de una viejecita…

—Mira chico, lo siento mucho, pero ya te he dicho que soy zorro viejo y estoy un poco sordo. Como no vengas más cerca, no te voy a entender. ¡Ponte a mi lado!

La galleta, que corriendo era muy rápida, pero pensando era muy lenta, se colocó junto al zorro para repetirle su célebre cantinela:

—Te decía que escapé de una vieje…

Pero antes de que pudiera acabar su frase, el zorro le dio el primer bocado.

—¡Vaya!, ¡menudo mordisco me has dado! Me he ido un cuarto…  —exclamó el hombrecito de galleta. Y después—: ¡Oh!, me he ido medio… —Y después—: ¡Ay!, me he ido tres cuartos … —Y al final—: ¡Uy!, ¡Me he ido entero!

Después de decir eso, el hombrecito de galleta de jengibre ya no habló nunca más.

FIN

Si pincháis en la foto, encontraréis una receta para preparar vuestro propio hombrecito de jengibre.