elfos

La barba de Papá Noel

Ilustración: RobbVision

En las lejanas y frías tierras de Laponia se encuentra el taller más increíble del mundo porque en él trabaja y vive Papá Noel. Allí fue donde unos inviernos atrás sucedió esta historia…

En el taller trabajan todo el año elfos, duendes, hadas y sus ayudantes para que en la noche de Navidad todos los niños del mundo reciban un regalo. Fabrican juguetes de madera, muñecas, juegos de construcción, cuentos, instrumentos musicales, lápices de colores, pinturas, libretas, mochilas, plastilinas, coches, cocinitas… y una lista inacabable de regalos que han de estar listos, envueltos en bonitos papeles de colores y preparados para ser llevados en el mágico trineo de Papá Noel.

Así, que llegado el mes de diciembre todos andan muy atareados. Tanto, que hasta el mismísimo Papá Noel se pasea por la fábrica y los almacenes revisando todos los detalles.

En esa labor se encontraba una tarde, la actividad era febril; faltaban solo tres días para Navidad cuando sucedió que a un joven elfo se le derramó un bote enterito de pintura azul y se formó un charco muy grande. Tanta prisa tenía el pobre elfo que no se detuvo a recoger el estropicio y pasó lo peor que podía pasar: Papá Noel, al pasar por allí, resbaló y, ¡zas!, fue a dar con su oronda figura en el suelo. ¡Horror!, su cara, incluida su blanca barba, se tiñeron al instante de un bonito color azul.

Todos los que presenciaron el accidente corrieron a socorrerlo y al verlo con su barba azul se miraron unos a otros boquiabiertos.

—¡Venga, venga! —decía Papá Noel—, ¡aquí no ha pasado nada! Con agua y jabón se limpia la pintura y ¡solucionado!

Gnomos y hadas se pusieron inmediatamente a la tarea de limpiar la barba de Papá Noel, pero sabían que no era nada fácil, ya que la pintura derramada era de gran calidad, pues era la que usaban para pintar los juguetes de madera… ¡y nunca se borraba!

Fueron a por toallas, esponjas, jabones, champús, espumas… y consiguieron limpiarle la cara, pero de la barba… ¡nada!, la pintura no se iba. Su barba seguía azul como el cielo.

Papá Noel  estaba perdiendo la paciencia

—¡Dejadme a mí! ¡Ya me quitaré yo esta pintura! Así no puedo presentarme ante los niños del mundo. La barba de Papá Noel siempre ha sido blanca y siempre lo será.

De este modo, resuelto a resolver el problema fue al baño y con un estropajo de los fuertes comenzó a frotar y frotar su barba……pero, ¡ay!, fue mucho peor el remedio que la enfermedad; en el estropajo fueron quedando mechones azules de la magnífica barba de Papá Noel.

—¡Ay!, ¡ay!, ¡ay! ¡Qué gran desgracia! ¡Me quedé sin mi barba!

¡Pobre Papá Noel! Estaba desconsolado

—¡No quedará más remedio que retrasar la Navidad hasta que me crezca de nuevo!

Pero los elfos, duendes y, sobre todo, Mamá Noel no lo iban a permitir. ¡Los niños tenían que recibir sus regalos la noche de Navidad! La solución solo podía ser una: ¡habría que fabricar una nueva barba a toda prisa!

Probaron con espuma de afeitar, pero en cuanto Papá Noel salió al frío exterior se congeló la espuma y hubo que quitársela inmediatamente.

Usaron también nata, pero estaba tan buena, que Papá Noel, que era muy goloso, acabó por comérsela a lametazos.

Una barba de algodón salió volando cuando una ráfaga de viento entró por la puerta.

Intentaron también a hacer una barba con espaguetis, pero unos pajarillos empezaron a picotearla y en un plis-plas se quedó sin ella.

Hasta probaron a hacer una de cartón, pero era muy incómoda y, además, quedaba tan fea que a nadie le gustó.

Desesperados estaban cuando oyeron a Mamá Noel lamentarse:

—¡Ojalá tuviéramos lana! ¡Haríamos con ella una preciosa barba!

¡Esa sí que era una idea estupenda! Todos aplaudieron entusiasmados, menos Papá Noel, que se opuso al instante:

—Eso es imposible; es invierno y las ovejas necesitan su lana para abrigarse ¡No podemos pedirles que se desprendan de ella para hacer mi barba! ¡Se helarían de frío!

Entonces, el pequeño elfo, que había derramado la pintura, fue a dar con la solución:

—Papá Noel, amigos… quizás podríais perdonar mi torpeza si encuentro la manera de reunir la lana suficiente para hacer la barba.

—¡A ver!, ¡habla pues! —lo animó Papá Noel.

—Es verdad que no podemos pedir a las ovejas de nuestro establo que nos cedan toda su lana para hacer la barba, pero sí que podríamos pedir un rizo de lana a cada una de las ovejas del territorio de Laponia ¡Hay decenas de granjas! Y si cada una de ellas nos da un mechón, ¡tendremos más que suficiente para tejer una barba bien bonita!

¡Dicho y hecho! Inmediatamente se pusieron a trabajar. No dudaron en que las buenas gentes de Laponia colaborarían en tan solidaria tarea.

Los duendes secretarios redactaron mensajes en los que explicaban la situación y pedían, por favor, a los granjeros que cortaran un rizo de lana de cada una de sus ovejas.

Ante la imposibilidad de mandar a las palomas mensajeras, que no hubieran resistido los helados vientos del invierno, las encargadas de llevar los mensajes y recoger los rizos de las ovejas fueron una colonia de águilas de cola blanca, magníficas aves capaces de volar a todos los rincones del territorio.

Fueron despegando las águilas con mochilas colgando de sus picos y en el pueblo de Papá Noel todos quedaron expectantes, pero convencidos de que pronto comenzarían a llegar con las mochilas llenas de la lana de las generosas ovejas.

No tuvieron que esperar mucho. Las águilas se dejaron llevar por vientos de cola y rápidamente tornaron con la ansiada lana.

No encontraron ningún pastor que se negara a colaborar en la tarea. Todos adoraban a Papá Noel y estaban orgullosos de que viviera en su país. Además, ¡sus niños también esperaban su visita la noche de Navidad!

Cuando todas las aves regresaron, Mamá Noel se puso a la tarea de tejer la barba nueva de Papá Noel, que se había mantenido mientras tanto refugiado junto al fuego, pues sin su barba se sentía desnudo y friolero.

El trabajo de tejer era delicado y lento: había que lavar la lana, cardarla, hilarla y, por último, tejerla. Así que Mamá Noel trabajó durante todo un día y toda una noche y al amanecer de la víspera de Navidad la barba nueva de Papá Noel estuvo terminada. ¡Había quedado preciosa y además muy calentita!

Esa noche, los habitantes de Laponia vieron pasar volando en su trineo a un orgulloso Papá Noel que lucía una blanquísima barba y contentos se fueron a dormir; sabían que todos habían colaborado para que los regalos llegaran puntuales a sus destinos.

Por si acaso, después de terminado el viaje de Papá Noel de aquella Navidad, la barba de lana fue guardada en un baúl, a buen recaudo, en previsión de que algún otro «accidente» en el futuro pusiera en peligro la majestuosa barba de Papá Noel.

FIN

Digitalín y los elfos

nana____lullaby____by_arkenaya-d4ha7zj

Ilustración: Arkenaya

Hace mucho tiempo, en un tranquilo valle situado en lo más verde de la verde Irlanda, vivía un humilde cestero.

El hombre era extraordinariamente hábil en su oficio y en muchas leguas a la redonda no había nadie capaz de trenzar tan bien y con tanta rapidez como él canastas, cestas y cunas con juncos y paja.

Dada su excelente reputación, el trabajo nunca le faltaba y, aunque sin grandes lujos, vivía feliz y contento en una pequeña choza apartada de la aldea.

Su único pesar era la joroba de su espalda. Cuando iba al pueblo, mucha gente la señalaba riéndose y esto apenaba al pobre hombre, porque aunque la mayoría intentaba disimular, él se daba cuenta de que se burlaban de él.

En el pueblo lo llamaban despectivamente “Digitalín”, porque en verano prendía de su sombrero un ramito de digitalina en flor, cuyas campanillas solían balancearse al compás del viento.

Las chanzas hacían que el pobre cestero apenas se atreviera a dejarse ver y solo salía de su taller cuando necesitaba comida. Iba al mercado de la ciudad al amanecer y regresaba ya bien entrada la noche, cuando todos estaban dormidos en su casa.

En una ocasión, el cestero volvía en plena noche del mercado cargado de víveres. Estaba muy cansado y decidió acortar camino cruzando a través del bosque de los elfos. Tan agotado estaba, que decidió descansar un rato y se echó sobre la hierba para contemplar la Luna.

Cavilaba tristemente cuando le pareció escuchar una dulce melodía proveniente de las profundidades de la tierra. Aquella extraña música parecía disminuir de tono y después elevarse. Digitalín aguzó el oído y, al final, percibió con absoluta nitidez unas alegres notas que consiguieron alegrar su triste alma. Muchas voces coreaban sin cesar la misma tonada:

—Lunes, martes… Lunes, martes…

La repetían de todas las formas posibles: con un tono alegre y juguetón que, lentamente, se iba transformando en un triste y melancólico lamento; la susurraban primero y la voceaban después; pronunciaban las palabras muy despacio, como saboreando cada letra, o a tan vertiginosa velocidad que se fundían. Cantaban un rato, callaban después y, al momento, volvían a empezar:

—Lunes, martes… Lunes, martes…

Maravillado, el cestero no pudo resistir la tentación y empezó a cantar también. Al principio lo hizo muy flojito, como para sí, luego susurró y cuando ya no pudo aguantar más, cantó a pleno pulmón, aprovechando los momentos de silencio y continuando la estrofa:

—Miércoles, jueves… Miércoles, jueves…

Al cabo de un rato, los cantores subterráneos salieron en tropel y aplaudieron a Digitalín. Lo aclamaron y vitorearon como si hubiese realizado alguna hazaña fuera de lo común. Todos vestían trajes de seda verde y adornaban sus cabecitas con gorritos rojos cuya forma era como las campanillas de la digitalina.

Un poco más calmados, lo circundaron y lo condujeron bajo tierra para que participara en la fiesta que estaban celebrando en su palacio subterráneo.

Aquel palacio era la maravilla de las maravillas; en él brillaban miles y miles de luces que se reflejaban en los ladrillos de oro y plata con los que estaba construido. Resplandecía de tal modo, que casi cegaba.

El cestero comió de los exquisitos manjares que allí había y bebió las más exóticas bebidas. No cabía en sí de gozo, estaba rodeado de amigos y sonreía agradecido a los elfos. Todos juntos empezaron a cantar:

—Lunes, martes… Lunes, martes…  —decían los elfos.

—Miércoles, jueves… Miércoles, jueves…  —añadía Digitalín.

Entonces todos los elfos se reían, pero el que mejor se lo pasaba era el más anciano, que aseguraba no haberse reído tanto en toda su vida. Era el Rey de los elfos y estaba tan alegre que le preguntó a Digitalín si había alguna cosa que los elfos pudieran hacer por él.

—Tan solo deseo una cosa —suspiró el cestero—, pero, seguramente será imposible.

—Dilo —insistió el Rey de los elfos— Dinos qué deseas. Deberías saber que para nosotros no hay nada imposible.

El pobre cestero estuvo callado durante un buen rato, hasta que al final exclamó:

—¡Lo único que deseo en esta vida es poder librarme de mi joroba!

El Rey de los elfos dio un suave golpecito sobre la giba de Digitalín y, después, el resto de elfos hizo lo propio. Con cada golpe, el cestero tenía la agradable impresión de sentirse cada vez más y más ligero hasta que, al final, vio como su joroba, causa de todos sus males, yacía en el suelo medio aplastada.

La luz del sol despertó a Digitalín, que pensó que todo había sido un sueño, hasta que comprobó que su joroba había desaparecido por completo. Entonces comenzó a dar saltos y más saltos de alegría.

Digitalín, ya no era un jorobado. La gente lo miraba, sin dar crédito a lo que veían sus ojos. Se había convertido en un guapo joven.

La noticia de aquel milagroso acontecimiento se esparció por todo el país y todo el mundo hablaba de lo mismo.

Un día, mientras el cestero se encontraba trabajando en el portal de su cabaña, apareció ante él un jorobado que le preguntó con muy malos modos:

—¿Eres tú el cestero que antes era jorobado?

—Sí, soy yo —respondió Digitalín—. ¿Qué deseas?

El hombre lo miro despectivamente de arriba abajo y, finalmente, le dijo malhumorado:

—Acaso estás ciego, ¿a ti qué te parece que quiero?

El cestero le contó lo sucedido de principio a fin, sin olvidar ni un solo detalle.

Aquel jorobado, que no solo tenía fea la espalda sino también el alma, se dirigió al lugar que Digitalín le había indicado y ajeno al precioso paisaje que lo rodeaba, se sentó en la hierba a esperar, fijando toda su atención en un enorme trozo de pan con queso que sacó de su bolsa.

No tardó en oír el canto de los elfos y molesto porque interrumpían su refrigerio, se puso a gruñir, a vociferar y a chillar de tal forma que incluso los mismos elfos se callaron asustados.

Al poco, se volvió a oír el dulce canto procedente de las profundidades de la tierra:

—Lunes, martes, miércoles, jueves… Lunes, martes, miércoles, jueves…

Cuando ya la habían cantado de todas las formas posibles, volvían a empezar:

—Lunes, martes, miércoles, jueves… Lunes, martes, miércoles, jueves…

Y así una y otra vez.

Entonces, el impaciente jorobado no pudo resistir por más tiempo y sin ninguna gracia, lanzó un ronco alarido:

—¡Y viernes y sábado y domingo!

De repente, como si con su vozarrón desacompasado el jorobado hubiese roto el encanto, el bosque entero se quedó mudo y los elfos, presurosos, salieron de bajo tierra y rodearon al inoportuno visitante.

Sin embargo, esta vez no le propusieron al extraño que los acompañase bajo tierra, ni le pidieron que participara de su fiesta, ni que cantara con ellos. Tampoco lo invitaron a degustar los exquisitos manjares de los que tan bien hablara el cestero. En vez de esto, preguntaron airados:

—¿Qué es lo que quieres, aguafiestas? ¿Por qué interrumpes así nuestra canción? ¿Quién te manda chillar tanto?

—¿Qué yo chillo? —se ofendió el jorobado—; ¡Chilláis vosotros! Además —protestó—, ¿creéis que resulta divertido estar oyendo todo el rato “lunes, martes, miércoles, jueves…”, sin llegar a oír nunca el resto de la semana?

Entonces fue cuando los elfos se enfadaron de verdad. Comenzaron a cuchichear y diez de ellos volvieron por donde habían venido. El impertinente jorobado, por un instante, pensó que, arrepentidos por haberlo tratado tan mal, habían ido a buscar regalos y comida.

Cuál no sería su sorpresa cuando los vio reaparecer cargados con la joroba del cestero y sin pensárselo dos veces, los elfos la pegaron encima de la espalda del visitante que ahora, para su desgracia, en lugar de tener una joroba tenía dos.

Por más que suplicó y suplicó a los elfos que le quitasen las jorobas, ya no se podía hacer nada. El poder de los elfos es indisoluble y lo que ellos hacen, hecho está y es imposible de deshacer… a no ser que los convenzas.

FIN

El escondite (o ¿por qué hay montañas tan altas?)

2015-01-28 08 49 25

Ilustración: bridge-troll

Hace mucho, mucho tiempo, cuando los demonios y los ángeles se hablaban y el cielo todavía no estaba tan lejos del infierno, nuestro planeta estaba habitado por criaturas mágicas y misteriosas.

Por el aire volaban hadas, dragones, grifos y arpías; en mares y ríos, ninfas y sirenas reinaban con absoluta tranquilidad; en las profundidades de la tierra, enanos y trolls excavaban sinuosos túneles, y sobre la superficie de la tierra se podían encontrar miles y miles de otros seres fantásticos. Gnomos, elfos y duendes habitaban los bosques; pegasos, centauros y sátiros pastaban en las praderas; golems y unicornios vagaban por los acantilados; y los gigantes deambulaban de uno a otro lugar.

Todos estos seres vivían en paz y armonía, sin molestarse unos a otros. Pero entre ellos vivía otro ser, que no era ni mágico ni misterioso: el ser humano.

El ser humano fue cultivando odio y envidia hacia sus mágicos vecinos y así, poco a poco, de aquel odio nació el miedo. Miedo a lo desconocido, miedo a lo incomprendido, miedo hacia aquello que no podían controlar. De hecho, hoy día, los humanos todavía conservamos buena parte de ese miedo.

De aquel miedo, surgido del odio y la envidia, nació un grupo de hombres y mujeres que se llamaron los Cazadores.

La función de los Cazadores era acechar y matar a cualquier ser que no fuera humano. Y hay que decir que llevaban a cabo su trabajo con mucha diligencia. No había ni una sola criatura mágica que estuviera a salvo. Elfos, dragones, gnomos, sirenas… Absolutamente todos iban cayendo bajo sus artes maléficas. Incluso los gigantes fueron víctimas de sus maleficios.

Fue entonces, cuando las pocas criaturas que quedaban se reunieron en Consejo para determinar qué hacer.

—Yo digo que deberíamos calcinar a todos los seres humanos y ¡listo! —decía el dragón.

—Así únicamente generaremos más odio —le recordó el hada.

—Yo digo que los encantemos para que se olviden de nosotros —añadía la bruja.

—En el fondo del mar tenemos mucho espacio, podrían venir con nosotras —decía la sirena mientras se cepillaba su larga cabellera.

Y así discutían, uno tras otro, lo que debía hacerse.

Por fin, llegaron a un acuerdo, simple pero eficaz, aunque algunos no estaban muy convencidos: tenían que esconderse de los seres humanos.

Buscarían un lugar de difícil acceso, pero con espacio suficiente para todos. Y fueron los gigantes los que, finalmente, dieron con la solución.

Con sus enormes manos juntarían piedras y rocas para formar montañas y cordilleras. Entre las montañas dejarían espacios, que serían valles y prados, y trazarían caminos inaccesibles para los humanos. De este modo, todas las criaturas mágicas tendrían su propio espacio. Las únicas que rehusaron fueron las sirenas y los tritones. El fondo del mar era suficientemente profundo para esconderse para siempre. Y eso es lo que hicieron.

Construyeron las montañas más altas que jamás se habían visto sobre la tierra y todas las criaturas mágicas pudieron refugiarse en ellas.

Los Cazadores, por mucho que exploraban, nunca encontraban nada, y si por una casualidad eran capaces de dar con el rastro de una de las criaturas, los gigantes se encargaban de provocar aludes y desprendimientos para que los Cazadores retrocedieran. Con el tiempo, y a fuerza de no encontrar nunca ninguna criatura, los seres humanos convirtieron la historia en mito y este en leyenda.

Es por eso que en la actualidad tenemos montañas tan y tan altas, porque allí, en las más recónditas y misteriosas profundidades, todavía hoy se esconden las criaturas mágicas que antiguamente fueron nuestras vecinas.

FIN