enano

El gigante más grande del mundo

Ilustración: gABOX1

Hace mucho tiempo, vivía en un pequeño pueblo la bruja Ojosgrandes, que tenía un hijo llamado Silón, el cual acababa de cumplir un año. Silón gateaba por el laboratorio de su madre mientras ella estaba ocupada en sus encantamientos.

Un día, ocurrió algo espantoso. Ojosgrandes estaba preparando un brebaje para hacer crecer sus manzanos y al terminar, dejó la poción mágica en un cuenco para que se enfriase. El niño vio el cuenco y el líquido dorado y brillante que contenía y quiso bebérselo, pero al intentar cogerlo se lo derramó en la cabeza. Silón empezó a llorar y se tragó dos de las gotas del líquido que resbalaban por su cara. La bruja profirió un grito y cogió a su hijito en brazos.

—¿Por qué habré dejado el cuenco al alcance del niño? Se ha tragado algunas gotas. Creo que no le harán daño… Pero ya lo veremos…

El niño crecía rápido y muy pronto adquirió el doble de corpulencia que los niños de su edad. Siguió creciendo tanto, que la gente se maravillaba al verlo.

La bruja sabía muy bien lo que había ocurrido: el filtro para que creciesen los manzanos ejercía su influencia en su hijo, convirtiéndolo en un gigante. La bruja empezó a temer a Silón, porque en cuanto se oponía a alguno de sus caprichos, él lo rompía todo con su extraordinaria fuerza. Por esta causa, el niño hizo, a partir de entonces, todo lo que se le antojaba y en el pueblo nadie se atrevía a contrariarlo, para no llevarse un golpe. De este modo Silón creció egoísta y malvado.

Cuando cumplió los veinte años era, sencillamente, enorme. Con la cabeza llegaba hasta las nubes y tenía unos pies tan grandes como un campo. Su voz era más fuerte que el trueno y comía más que cien hombres. Sin duda, era el gigante más grande del mundo entero y también el más egoísta. No quería trabajar, pero obligaba a los demás a que lo hiciesen por él, amenazándolos con destruir la población, en caso contrario.

Nadie sabía qué hacer con él. Todos los habitantes de la población tenían que proporcionarle comida y si no le daban lo que él necesitaba, empezaba a patear con tal fuerza, que se derrumbaban las casas.

Un invierno de mucho frío, SiIón ordenó a los habitantes del pueblo que le construyeran un gran castillo, pero a pesar de que ellos se esforzaron en complacerlo, no consiguieron alcanzar siquiera la altura de la cabeza del gigante. Así, pues, creyeron que sería mucho mejor proporcionarle una gran cueva. Como en el pueblo no había ninguna, los habitantes del pueblo rogaron a Ojosgrandes que los ayudara con su magia. La bruja compuso un poderoso filtro, pronunció siete palabras muy raras, arrojó el líquido al suelo y en el acto se abrió a sus pies una cueva lo bastante grande para alojar cómodamente a una docena de gigantes.

—Silón, estarás muy cómodo en esta cueva—le decía la gente.

—¡Ojalá pudiésemos tenerlo encerrado en esa cueva para siempre más! —suspiraban los vecinos— Pero en primavera saldrá de nuevo a estropearnos las cosas y a darnos sustos de muerte.

—¿Y no podríamos atarlo? —preguntó un duendecillo.

—¡Bah! —exclamaron todos— ¡Qué idea! ¿Crees que hoy alguien bastante atrevido para atar a Silón?

—Pues yo no tendría ningún inconveniente en encargarme de hacerlo—contestó el duendecillo— estoy seguro de que se me ocurriría un buen plan.

El duende fue a ver al herrero del pueblo:

—¿Podría usted hacerme una cadena lo bastante fuerte para que nadie en el mundo, ni siquiera el gigante Silón, fuese capaz de romperla? —preguntó.

—Eso es fácil—contestó el herrero y empezó a trabajar.

Al cabo de cuatro semanas, le mostró al duendecillo una cadena fuerte y pesada.

—Esta cadena no se romperá nunca —dijo el herrero, muy orgulloso de su trabajo— Será preciso que traigas treinta y cinco caballos para transportarla hasta la cueva de Silón.

Muchos curiosos se dirigieron atropelladamente a la cueva del gigante., El duendecillo se asomó y gritó:

—¡Silón! ¿Eres tan forzudo como antes? Dicen que te has debilitado.

—Si queréis os daré la prueba de lo contrario —contestó el gigante enojado— Soy mucho más fuerte que cualquier otro gigante del mundo entero.

—Pues, mira, aquí hay una cadena que ni siquiera tu podrás romper—dijo el duendecillo.

Silón dirigió una mirada desdeñosa a la cadena.

—Átame con esa cadena de juguete y ya verás cómo la rompo en un instante.

Eso era, precisamente, lo que deseaba el duendecillo. Llamó a la gente más fuerte de la población, para que lo ayudasen, y, al cabo de algunas horas de trabajo, consiguieron dejar al gigante bien sujeto a una roca.

—Bueno, ¡ya estás atado! —dijo el duendecillo, muy satisfecho.

Pero el gigante se limitó a sonreír. Estiró y un instante después, se rompieron con gran ruido varios eslabones y Silón quedó libre.

Todo el mundo fingió quedarse en extremo admirado por miedo de que el gigante sospechara la verdadera intención que tenían.

—Si queréis, traedme otra cadena todavía más fuerte y os mostraré lo que puedo hacer. Capaz sería de romper una cadena veinte veces más fuerte que esa —sonrió muy contento, en vista de que todo el mundo se alegraba de ser testigo de su fuerza enorme.

—¡Oh, no! ¡No podrías! —exclamaron varios—. Realmente no podrías.

—Probadlo si queréis —replicó el gigante.

El duendecillo fue nuevamente a casa del herrero y le refirió lo ocurrido, encargándole luego que fabricase una cadena veinte veces más fuerte, pues así el gigante no podría ya romperla.

—Me extraña mucho que haya podido romper la anterior —replicó maravillado el herrero— Pero, en fin, te haré la cadena que me encargas, amiguito, aunque para eso no puedo trabajar solo. Es preciso que me ayuden doce herreros más a fin de hacer la cadena más fuerte de las que se hayan visto en el mundo hasta ahora.

Estuvo terminada en tres semanas, porque los trece herreros trabajaron de día y de noche, sin parar. Luego, para el transporte, fue preciso emplear un millar de caballos.

Cuando Silón vio la enorme cadena, se puso serio.

—¡Jo! ¡Jo! —exclamó riéndose el duendecillo, al notar que miraba receloso la cadena— Esta es veinte veces más fuerte, como la pediste, asegurando que también serías capaz de romperla. El gigante más poderoso del mundo entero parece que tiene miedo ahora.

A Silón le molestó mucho la idea de que alguien pudiese burlarse de él. Miró nuevamente la cadena y luego contempló sus poderosos brazos.

—¡Atadme! —dijo con su tonante voz—. No tengo el más leve temor. Ya veréis con qué facilidad rompo en dos esa cadena.

Centenares de personas se ocuparon en atarlo y aseguraron en la roca los dos extremos de la cadena. Luego se retiraron todos para ver qué sucedía. Silón aspiró profundamente el aire y luego dio un tirón. La cadena resistió. Dio otro tirón, esforzándose más todavía, y entonces, la cadena se rompió y el gigante quedó libre.

Nuevamente los espectadores se vieron obligados a fingir que se maravillaban de aquella fuerza pasmosa y de que se alegraban mucho de que el gigante hubiese sido capaz de romper la cadena. Silón sonrió complacido, pues le gustaba mucho hacer gala de su vigor. Pero decidió no dejarse atar nunca más, por si acaso no podía liberarse.

—Ya me he cansado de estas estúpidas pruebas —dijo— y, por lo tanto, no quiero dejarme atar nunca más.

Todos comprendieron entonces la inutilidad de intentar cosa alguna contra el gigante, de manera que se alejaron de la cueva tristes y cariacontecidos. En cambio, el duendecillo no abandonó la esperanza.

—Puesto que trece herreros no han sido capaces de hacerme salir airoso en mi empeño, quizá lo consiga el enano Mirón— pensó.

Se dirigió hacia las cavernas subterráneas de los enanos de la montaña para buscar la morada de Mirón, que era el más inteligente y astuto de todos.

Sabía Mirón tantas cosas, que la cabeza le había crecido extraordinariamente, en tanto que sus brazos y sus piernas no se desarrollaron de la misma manera; era, pues, un personaje de raro aspecto, pero muy bondadoso y siempre dispuesto a ayudar.

El duendecillo le refirió lo sucedido con Silón y las dos cadenas. Luego le preguntó si sería capaz de ayudarlo.

—Me parece que sí —le contestó Mirón— Quédate aquí una semana y te daré algo que ningún gigante podría romper, aunque fuese tan grande como el mundo entero.

Por espacio de una semana, el duendecillo permaneció en la morada de Mirón y fue testigo de cómo trabajaba. El enano tomó las cosas más raras y las mezcló cuidadosamente: las huellas de seis tigres, un pedacito del arco iris que nadie es capaz de doblar, agua de un estanque sin fondo y raíces de una alta montaña. Otras muchas cosas usó que el duendecillo no averiguó qué eran; el enano las mezcló con cuidado, tomando toda clase de precauciones y, al mismo tiempo, canturreaba extrañas palabras.

En cuanto aquella mezcla estuvo lista, el enano metió las manos en ella y luego las sacó. Aquello substancia se pegó a sus dedos, como si fuese caramelo, y luego el enano arrolló tan extraño substancia en forma de hilo, en torno de un palito. Parecía un brillante hilo de seda y con él, Mirón hizo un ovillo hasta que no quedó nada en el fondo del cuenco.

—Ahora he de dejarlo secar una noche a la luz de la luna y ya estará listo —dijo.

—Pero ¿crees, Mirón, que eso será realmente bastante fuerte? —preguntó extrañado el duendecillo— Parece tan débil, que casi yo mismo me siento con fuerzas para romperlo.

El enano sonrió y no replicó. Por la mañana el enano entregó el hilo al duendecillo.

—No hay nadie en el mundo capaz de romper esto — le dijo— Ni siquiera yo mismo, que lo he fabricado, podría romper este hilo.

El duendecillo dio las gracias al enano y luego regresó a su pueblo. Al llegar mostró lo que traía consigo, pero todos se rieron de él. Sin embargo, desenrollaron el hilo y tiraron de él entre varios, aunque en vano, pues no consiguieron romperlo.

—A pesar de todo, Silón lo romperá en un abrir y cerrar de ojos. Es demasiado delgado. Y ¿cómo lo ataremos? Recuerda que dijo que no se dejaría atar otra vez.

—Tengo una idea— contestó el duendecillo— Silón siempre sale de su cueva para tomar el sol. Ataremos margaritas en el hilo, como si fuese una guirnalda y luego lo rodearemos con ella, como si quisiéramos adornarlo, él se dejará hacer, porque es vanidoso, y luego ya no podrá moverse.

—Bueno, no se pierde nada con probar—dijeron todos, aunque poco seguros del resultado— A pesar de todo, estamos seguros de que Silón romperá ese hilo como si fuese una telaraña.

Aunque nadie confiaba en el resultado, se afanaron en coger margaritas y las ataron a lo largo de aquel extraño hilo, de manera que al fin pareció una larga guirnalda de flores. En cuanto estuvo terminada, se dirigieron, cantando y bailando, a la cueva del gigante, como si estuviesen muy alegres y quisieran celebrar algo.

Silón los contempló sorprendido.

—Hemos venido a verte, SiIón —le dijeron—, porque eres el gigante más fuerte del mundo. Y, mira, hemos hecho en tu honor una guirnalda de margaritas: ¿Quieres que te adornemos con ella?

Silón consintió, sonriendo, aunque no dejó de examinar aquella cuerda, con el recelo de que ocultase una cadena. Mas al ver aquel delgado hilo sonrió, sin darle importancia.

Dejó que el duendecillo le rodease el cuerpo con las flores y luego el astuto y pequeño personaje sujetó los dos extremos en las rocas inmediatas.

—Ahora vamos, Silón —le dijo alejándose rápidamente del alcance de sus manos— Sal a tomar el sol, adornado de margaritas.

El gigante trató de dar un paso, pero aquel delgado hilo se lo impidió. Dio un ligero tirón, figurándose que el hilo se habría enredado en alguna parte, pero fue en vano. Ya irritado, tiró con toda su fuerza sin conseguir ningún resultado, porque la delgada hebra resistió.

Cuando Silón se dio cuenta de que lo habían engañado, dio tan fuerte rugido, que se estremecieron las chimeneas de los tejados y casi se cayeron al suelo. Mientras tanto, la gente huía despavorida, tapándose los oídos y Silón seguía tirando con todas sus fuerzas de aquel extraño hilo, asombrado de que tan débil hebra lo sujetase con tanta firmeza. Las margaritas se cayeron una a una y el gigante retorció el hilo entre sus enormes dedos. pero no pudo romperlo. Era aquel hilo muchísimo más fuerte que cualquier cadena.

Rabioso, comprendió que se había dejado coger y rugió colérico. Golpeó la tierra con sus pies, haciéndola estremecer, dio puñetazos contra las rocas que formaban la pared de la cueva y al fin la bóveda se estremeció de tal manera, que algunas piedras cayeron sobre su cabeza, lo que acabó de enfurecerle.

Durante todo el día y la noche siguiente no cesó en sus rugidos, en tanto que los habitantes del pueblo permanecían en sus respectivas casas, temblando de miedo y se preguntaban qué sería de ellos si el hilo llegaba o romperse. Únicamente el duendecillo no sentía el más pequeño temor, pues sabía de qué cosas estaba hecho aquel hilo milagroso.

Al día siguiente se acercó a la boca de la cueva y exclamó severamente:

—Escúchame, Silón. Estás atado para siempre más, pero lo tienes muy merecido, porque eres un gigante malo y egoísta, que nunca ha hecho un favor o nadie, sino todo lo contrario. Por consiguiente, eres nuestro prisionero. Si te conduces pacíficamente, te daremos de comer todos los días, pero si continúas rugiendo de rabia, te dejaremos morir de hombre.

Silón escuchó estas palabras, y comprendió que había sido derrotado. Se apaciguó y rogó al duendecillo que le hiciese llevar algo de comer, pues, por su parte, prometió portarse apaciblemente.

El duendecillo se alejó y, en breve, todos los habitantes del pueblo se enteraron de la gran noticia. El gigante mayor del mundo estaba atado y reducido a la impotencia, de modo que nunca más podría recobrar la libertad. Todo el mundo vitoreó al duendecillo y le dio palmadas amistosas en el hombro. Le regalaron cien talegas de monedas de oro y él, en el acto, pagó su deuda a los herreros que fabricaron las cadenas para sujetar al gigante. Con el resto de su dinero, compró una casa muy bonita, y en adelante vivió feliz.

En cuanto a Sifón, suele permanecer tranquilo, aunque a veces se pone furioso y parece que hay un terremoto en el pueblo. Pero no puede escaparse, aquel hilo maravilloso lo retendrá hasta el fin del mundo.

FIN

rainbow_pencil_avatar_by_shirokuro_chan¿Quién ha escrito y quién ha ilustrado este cuento?

Blancanieve y Rojaflor

Ilustración: Alexander Zick

Una pobre mujer vivía en una choza solitaria. Ante la puerta de su casa crecían dos rosales: uno, de rosas blancas; otro, de rosas rojas. La mujer tenía dos hijas que se parecían a sus dos rosales y les había puesto por nombre Blancanieve y Rojaflor.

Blancanieve era apacible y dulce y Rojaflor movida y nerviosa. A Rojaflor le gustaba correr y saltar por campos y prados, buscar flores y perseguir bichos y Blancanieve prefería estar en casa, junto a su madre, ayudándola en sus quehaceres o leyendo libros. Aunque eran muy diferentes, las dos niñas se querían con locura.

Blancanieve decía:

—Jamás nos separaremos.

Rojaflor contestaba:

—Jamás mientras vivamos.

Y la madre añadía:

—Lo que es de una, de la otra ha de ser.

Con frecuencia salían juntas al bosque, a recoger leña o frutos silvestres. Los animales, que las conocían, nunca les hicieron daño; al contrario, se acercaban confiados a ellas. La liebre comía hojas tiernas de su mano; el ciervo pacía a su lado, la gacela saltaba alegremente a su alrededor y los pájaros, posados en las ramas, les cantaban dulces canciones. Jamás tuvieron percance alguno en la floresta.

Una fría noche de invierno estaban las dos hermanas y la madre en casa, junto a la chimenea, cuando llamaron a la puerta.

—Mira quién es, Rojaflor. Tal vez sea un caminante que busca refugio —dijo la madre.

Rojaflor abrió la puerta y un gran oso pardo asomó su gorda cabezota. La niña gritó y retrocedió de un salto; Blancanieve se escondió bajo la mesa y la madre se quedó helada de espanto.

El oso entonces les dijo:

—No tengáis miedo, no os haré daño. Estoy helado de frío y solo quiero calentarme un poco. He visto que tratáis bien a los animales del bosque, por eso he venido.

—¡Pobre oso! —exclamó la madre—. Échate junto al fuego.

Las niñas también se acercaron y, al poco rato, ya eran sus amigas. Acariciaban su sedoso pelo, apoyaban los pies en su espalda, y le rascaban tras las orejas, como si de un gran perro se tratara. Y si él gruñía, se echaban a reír. El oso se dejaba querer.

Llegó la hora de acostarse y la madre y le dijo al oso:

—Puedes quedarte aquí, así estarás resguardado del frío y del mal tiempo.

Cuando amaneció, las niñas le abrieron la puerta, y el animal se alejó trotando por la nieve y desapareció en el bosque.

A partir de entonces, regresaba todas las noches a la misma hora; se echaba junto al fuego y dejaba que las niñas jugaran con él. Se acostumbraron tanto al oso, que cuando caía la noche, dejaban la puerta entornada para que pudiera entrar.

Al llegar la primavera, el oso le dijo a Blancanieve:

—Ya es primavera, debo marcharme y no volveré en todo el verano.

—¿Adónde vas, querido oso? —preguntó Blancanieve.

—Al bosque. Debo guardar mis tesoros para protegerlos de los malvados enanos. En invierno, cuando la tierra está helada, no pueden salir de sus cuevas ni abrirse camino hasta la superficie, pero ahora que el sol ha deshelado el suelo, suben a robar. Y lo que cae en sus manos y va a parar a sus madrigueras, es difícil que vuelva a ver la luz.

Blancanieve sintió una gran tristeza por la despedida de su amigo, pero le abrió la puerta. El oso se alejó rápidamente y desapareció entre los árboles.
Poco después, la madre envió a las niñas a buscar leña al bosque. Encontraron un gran árbol caído y, cerca del tronco vieron algo que saltaba de un lado a otro, pero sin distinguir de qué se trataba. Cuando se acercaron, descubrieron a un enanito de rostro arrugado y marchito, con una larguísima barba, blanca como la nieve, cuyo extremo se había quedado enganchado en una hendidura del árbol; por eso, el hombrecillo saltaba y saltaba, intentando soltarse.

Al ver a las niñas, clavó en ellas sus ojillos rojos y encendidos y les gritó:

—¿Qué hacéis ahí paradas? ¡Ayudadme!

—¿Qué te ha pasado, enanito? —preguntó Rojaflor.

—¡Tonta y curiosa! —replicó el enano—. Quise partir en trocitos este tronco para cocinar. Los tizones grandes queman la comida y mis platos son pequeños. Yo como mucho menos que vosotras, gente grandota y glotona. Tenía ya la cuña hincada y todo iba a las mil maravillas, pero esta maldita madera es demasiado lisa; la cuña saltó cuando menos lo pensaba y el tronco se cerró y mi hermosa barba quedó aplastada. No hay forma de sacarla. ¡Estoy aprisionado!

Tiraron y tiraron, pero, por más que se esforzaron, las niñas no pudieron desasir la barba.

—Iré a buscar ayuda —dijo Rojaflor.

—¡Bobaliconas! —gruñó el enano con voz gangosa—. ¿Ayuda para qué? A mí me sobra con vosotras dos. ¿No se os ocurre nada mejor?

—No te impacientes —dijo Blancanieve—, se me ocurre algo —Y sacando unas pequeñas tijeras del bolsillo, cortó el extremo de la barba.

Tan pronto como el enano se vio libre, agarró un saco lleno de oro, que había dejado entre las raíces del árbol y, cargándoselo a la espalda, gruñó:

—¡Has cortado un trozo de mi hermosa barba! ¡Qué gentezuela tan torpe!

Y se alejó, sin volverse a mirar a las niñas.

Poco tiempo después, las dos hermanas salieron de pesca y al llegar cerca del río vieron un bicho que avanzaba a saltitos hacia el agua. Parecía un saltamontes y pensaron que quería bañarse pero, al aproximarse, reconocieron al enano de barba blanca.

—¿Adónde vas? —preguntó Rojaflor—. Supongo que no querrás darte un baño en el río. Es peligroso.

—¡No soy tan tonto! —gritó el enano—. ¿Es que no veis que ese maldito pez me arrastra al río?

El caso era que el hombrecillo había estado pescando, pero quiso la mala suerte que una ráfaga de viento enredara el sedal en su barba justo cuando acababa de picar un pez gordo. El enano no tuvo fuerza suficiente para sacarlo, por el contrario, era el pez el que arrastraba al enanillo al agua. El hombrecillo se agarraba a las hierbas y juncos, pero sus esfuerzos no servían de gran cosa.

Las niñas habían llegado muy oportunamente; lo sujetaron e intentaron desenredar la barba, pero en vano: barba e hilo estaban sólidamente enmarañados. No hubo más remedio que acudir nuevamente a las tijeras y cortar otro trocito de barba. Al ver lo que hacían, el enano les gritó:

—¡Estúpidas! ¿No bastaba con haberme despuntado la barba, sino que ahora me cortáis otro trozo?¡Ojalá tuvieseis que echar a correr sin zapatos!

Y, cargando un saco de perlas que yacía entre los juncos, desapareció detrás de una piedra.

Otro día, la madre envió a las dos hermanas a la ciudad a comprar hilo, agujas, cordones y cintas. El camino cruzaba por un erial, en el que se veían, dispersas de trecho en trecho, grandes rocas. De pronto, observaron cómo una gran águila describía amplios círculos sobre sus cabezas, descendiendo cada vez más, hasta que se posó en lo alto de una de las peñas. Inmediatamente, oyeron un penetrante grito de angustia.

Corrieron hacia allí y vieron, con espanto, que el ave había apresado a su viejo conocido, el enano, y se aprestaba a llevárselo. Entre las dos sujetaron con fuerza al hombrecillo y no cejaron hasta que el águila soltó su presa.

Cuando el enano se hubo repuesto del susto, gritó con su voz gangosa:

—¿No podríais tratarme con más cuidado? Me habéis desgarrado la chaqueta, ¡torpes más que torpes!

Y cargando con un saquito de piedras preciosas, se metió en su cueva, entre las rocas.

Las niñas, acostumbradas a su ingratitud, prosiguieron su camino e hicieron sus recados en la ciudad.

De regreso, al pasar de nuevo por el erial, sorprendieron al enano, que había esparcido sobre el suelo las piedras preciosas de su saco. El sol poniente proyectaba sus rayos sobre las brillantes piedras, que refulgían y centelleaban como soles; y sus colores eran tan vivos, que las pequeñas se quedaron boquiabiertas, contemplándolas.

—¿Por qué os paráis? ¿Qué estáis mirando con esa cara de lelas? —gritó el enano; y su rostro ceniciento se volvió rojo de ira.

Se disponía a seguir con sus improperios cuando se oyó un fuerte gruñido proveniente del bosque y apareció un gran oso. Aterrorizado, el hombrecillo trató de emprender la fuga; pero el oso le dio alcance antes de que pudiera cobijarse en su escondrijo.

Entonces se puso a suplicar, angustiado:

—Perdóname la vida y te daré mi tesoro. ¿De qué te serviría comerte a una criatura tan pequeña y flacucha como yo? Mejor es que te comas a esas dos; ellas sí serán un buen bocado. Cómetelas y buen provecho te hagan.

El oso, sin hacer caso de sus palabras, se tragó al malvado hombrecillo de un solo bocado.

Las muchachas habían echado a correr; pero el oso las llamó:

—¡Blancanieve, Rojaflor!, no temáis; esperadme, que voy con vosotras.

Ellas reconocieron entonces su voz y se detuvieron.

Cuando el oso las hubo alcanzado, su espesa piel cayó al suelo y quedó transformado en un hermoso joven:

—Soy un príncipe —contó—, pero ese malvado enano me había encantado, Como no pudo robarme mis tesoros, me condenó a errar por el bosque en figura de oso salvaje. Solo su muerte podía liberarme de su hechizo.

Blancanieve se casó con el príncipe y Rojaflor, con su hermano. Entre los cuatro se repartieron las inmensas riquezas que el enano había acumulado durante siglos en su cueva.

La anciana madre vivió aún muchos años tranquila y feliz, al lado de sus hijas en el palacio. Con ella se llevó los dos rosales que, plantados delante de su ventana, siguieron dando todos los años sus hermosísimas rosas, blancas y rojas.

FIN

El agua de la vida

Ilustración: Arthur Rackham

Hubo una vez un rey que enfermó gravemente. No había nada que aliviara ni calmara su dolor. Después de mucho deliberar, los sabios decidieron que solo lo podría curar el agua de la vida, tan difícil de encontrar que no se conocía a nadie que lo hubiera logrado. Este rey tenía tres hijos, el mayor de los cuales decidió partir en busca de tan especial medicina. «Sin duda, si logro que mejore, me premiará generosamente», pensaba, pues le importaba más el oro que la salud de su padre.

En su camino encontró a un pequeño hombrecillo que le preguntó cuál era su destino.

—¿Qué ha de importarte eso a ti?, ¡enano! Déjame seguir mi camino.

El duende, ofendido por el maleducado príncipe, utilizó sus poderes para desviarlo hacia una garganta en las montañas que cada vez se estrechaba más, hasta que ni el caballo pudo dar la vuelta, y allí quedó atrapado.

Viendo que su hermano no volvía, el mediano decidió ir en busca de la medicina para su padre. «Toda la recompensa será para mí»,  pensaba ambiciosamente.

No llevaba mucho camino recorrido, cuando el duende se le apareció preguntando a dónde iba:

—¡Qué te importará a ti! Aparta de mi camino, ¡enano!

El duende se hizo a un lado, no sin antes maldecirlo para que acabara en la misma trampa que el mayor, atrapado en un paso de las montañas que cada vez se hizo más estrecho, hasta que caballo y jinete quedaron inmovilizados.

Al pasar los días y no tener noticias, el menor de los hijos del rey decidió ir en busca de sus hermanos y del agua milagrosa para sanar a su padre. Se puso en marcha y no tardó mucho en encontrar al hombrecillo, el cual también le preguntó cuál era su destino:

—Mi padre está muy enfermo, busco el agua de la vida, que es la única cura para él.

—¿Sabes ya a dónde debes dirigirte para encontrarla? —volvió a preguntar el enano.

—Aún no. ¿Tú puedes ayudarme?

—Has resultado ser amable y humilde y, por ello, mereces mi favor. Toma esta varilla y estos dos panes y dirígete hacia el castillo encantado. Toca la cancela tres veces con la vara, y arroja un pan a cada una de las bestias que intentará comerte. Busca entonces la fuente del agua de la vida tan rápido como puedas, pues si dan las doce, y sigues en el interior del castillo, ya nunca más podrás salir —añadió el enanito.

A lomos de su caballo, pasados varios días, llegó el príncipe al castillo encantado. Tocó tres veces la cancela con la vara mágica, amansó a las bestias con los panes y llegó a una estancia donde había una preciosa muchacha que le dijo:

—¡Por fin se ha roto el hechizo! En agradecimiento, me casaré contigo si vuelves dentro de un año.

Contento por el ofrecimiento, el muchacho buscó rápidamente la fuente de la que manaba el agua de la vida. Llenó un frasco con ella y salió del castillo antes de las doce.

Durante el camino de regreso, se encontró de nuevo con el duende, a quien relató su experiencia. Después le preguntó:

—Mis hermanos partieron hace tiempo, y no los he vuelto a ver. ¿No sabrías dónde puedo encontrarlos?

—Están atrapados por la avaricia y el egoísmo, pero tu bondad los hará libres. Vuelve a casa y por el camino los encontrarás. Pero ¡cuídate de ellos!

Tal como había anunciado el duende, el menor encontró a sus dos hermanos antes de llegar al castillo del rey. Los tres fueron a ver a su padre, quien después de tomar el agua de la vida se recuperó por completo. Incluso pareció rejuvenecer. El menor de los hermanos le relató entonces su compromiso con la princesa, y su padre, orgulloso, le dio su bendición y permiso para casarse. Así pues, al acercarse la fecha pactada, el menor de los príncipes se dispuso a partir en busca de su amada.

Ella, que ya lo esperaba ansiosa en el castillo, ordenó extender una carretera de oro para recibir a su amado, desde su palacio hasta el camino y ordenó a los guardianes:

—Dejad pasar a aquel que venga por el centro de la carretera. Cualquier otro será un impostor —advirtió, y se marchó a hacer los preparativos.

Efectivamente, los dos hermanos mayores, envidiosos, habían tramado, por separado, llegar antes que el menor y presentarse a la princesa como sus libertadores:

—Suplantaré a mi hermano y seré yo el que me case con la princesa. —Pensaba cada uno de ellos.

El primero en llegar fue el hermano mayor, que al ver la carretera de oro pensó que la estropearía si la pisaba y, dando un rodeo tomó un camino lateral a la derecha y se presentó a los guardas como el rescatador de la princesa. Mas éstos, obedientes, le negaron el paso.

El hermano mediano llegó después, pero apartó el caballo de la carretera por miedo a estropearla, y tomó el camino de la izquierda hasta los guardias, que tampoco lo dejaron entrar.

Por último llegó el hermano menor, que ni siquiera notó cuando el caballo comenzó a caminar por la carretera de oro, pues iba tan absorto pensado en la princesa que se podría decir que casi flotaba.

Al llegar a la puerta, le abrieron enseguida, y allí estaba la princesa esperándolo con los brazos abiertos, llena de alegría y reconociéndolo como su salvador.

Los esponsales duraron varios días, y trajeron mucha felicidad a la pareja, que invitó también al padre, el cual vivió muchos años sin enfermar gracias al agua de la vida.

FIN

Moc, moc, moc

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Ilustración: loish

Cuando viajas a Isla Imaginada puedes encontrarte cualquier cosa. Quien dice cosa, dice habitante. Lo que os voy a referir, me lo contaron en mi última visita.

Me gusta ir, de vez en cuando, para saludar a los personajes de mis cuentos y saber de sus vidas imaginadas. Ellos fueron los que me hablaron de un sitio especial que muy poca gente conoce.

Se encuentra al final de un camino escarpado, allí, en lo alto de un risco. Son unas cuevas casi invisibles, pues las entradas son pequeños agujeritos en la pared de la montaña. Si pasas por delante, parece una roca con la apariencia de un queso.

Pero, ¡ay!, es allí donde sestean o veranean unos personajillos que saben muy bien cómo fastidiarnos los inviernos: ¡los mocos! ¡Sí señor!, ¡los mocos!

Los mocos se refugian en sus cuevitas tras el invierno, a resguardo del sol y las altas temperaturas, que no son nada favorables a su naturaleza. Cogen fuerzas y vuelven apenas comienzan los primeros fríos y los chaparrones, cuando las hojas caducas se visten de otoño y caen de los árboles, los niños se enfundan sus abriguitos y gorros y todos comemos castañas y boniatos. Justo en ese momento, los mocos salen al exterior y esperan las corrientes de aire que los transportan a todo el mundo invernal y…

¡En marcha! ¡Ahí van!, dispuestos a arruinarnos los días de fiesta, los cumpleaños, los juegos con amigos y hasta los paseos y los días de escuela.

Te entran volando por la nariz y ni siquiera te das cuenta. Cuando ya están a gustito ahí dentro, con la humedad, calentitos, a ti te entra un cosquilleo y……¡Atchisssss! ¡Atchisssss!

¡Ya está! ¡Ya lo has pillado! Ahora seguirán las toses, los escalofríos, los dolores de cabeza y hasta los de barriga.

Aunque no hay que preocuparse mucho, los mocos son inquietos y se aburren pronto. No les gusta estar mucho tiempo en el mismo sitio y enseguida se buscan otra nariz a la que fastidiar durante unos días. Pero veréis lo que le pasó a un moquito perezoso.

Cuando sus compañeros empezaron a viajar por el aire en busca de narices en las que refugiarse, él se decía: «Mañana. Yo me iré mañana. ¡Vaya unas prisas!, ¡aún queda mucho invierno!»

Y al otro día seguía en el mismo lugar: «¡Pues que manía de viajar tan lejos!, ¡yo me quedo aquí cerquita!»

Como era tan perezoso, ni siquiera quiso salir de Isla Imaginada; cuando ya no tuvo más remedio, porque en su rincón hacía mucho frío, se montó sobre una corriente de aire pequeñita que pasaba por allí y que lo dejó en la puerta de la casa de Caperucita.

Estuvo dando vueltas por los alrededores y ¡zas!, se puso la mar de contento al ver acercarse por el camino al Lobo Feroz:

—¡Vaya suerte! ¡Eso sí que es una nariz en condiciones! ¡Ahí puedo pasarme todo el invierno!

Pero el Lobo, que era muy astuto, apenas sintió el cosquilleo en su nariz estornudó y lanzó al moco perezoso al suelo.

—¡Ehhhh! ¡Lobo! ¡A ver si tienes más cuidado! ¡Me vas a pisar!

El Lobo, asombrado por su impertinencia, se lo quedó mirando y le respondió:

—¿Es que tú no sabes que no puedes vivir aquí? ¿Acaso has visto alguna vez un personaje de cuento con mocos? ¿Qué tal lucirían Caperucita, Blancanieves o Ricitos de Oro con un moco colgando de sus naricitas? ¡Por no hablar de todos los príncipes, reyes, piratas o magos! ¡Ningún niño los tomaría en serio!

El pobre moco perezoso se quedó pasmado al comprender que el Lobo tenía razón. Pero lo peor, fue que se dio cuenta de que si no encontraba pronto una nariz calentita, se congelaría y ya no podría regresar nunca más a la cueva para pasar otro verano.

—Pero, señor Lobo, dime, ¿de verdad no podría encontrar una nariz aquí cerquita? No hace falta que sea la de un personaje protagonista, podría ser una cocinera, un lacayo, una campesina… No tengo preferencias, y pasado el invierno, me vuelvo a casa.

El Lobo, pensativo, anduvo unos pasos:

—¡Ummmmmmm! ¡Déjame pensar! La casa más cercana a esta es la de Blancanieves y los enanitos. Son muchos. Siete, para ser más exactos. Quizás sorprendas desprevenido a alguno de ellos. Son confiados y buenas personas, ¡puaj!, ¡un asco! Toma ese camino y en el tercer cruce gira a la derecha. No tiene pérdida. Es una casita pequeña con una puerta enana ¡Ja, ja!

Y así fue como el moco perezoso se encaminó en busca de la pequeña casa de los enanitos.

Tardó dos días en llegar, porque no encontró ninguna ventolera que lo quisiera llevar hasta allí y tuvo que ir haciendo aire-stop. De soplo en soplo, llegó agotado y deseando encontrar calor narigudo.

Entró por una ventanita de la cocina. Allí estaban, los siete enanitos y Blancanieves terminando su cena.

Era una pena no poder recalar en la naricilla respingona y preciosa de Blancanieves, pero estuvo de acuerdo con el Lobo. Una protagonista mocosa no quedaba bien en un cuento. Así que se conformaría con la de uno de los enanos.

Los estuvo espiando a fin de hallar cuál de ellos poseía la nariz más grande y cuando estuvieron bien dormidos dio un salto y se coló en la de uno de ellos.

—¡Ahhhhhhhh! ¡Esta nariz es un maravilloso refugio!

Nada más decir esto, el enanito sintió un cosquilleo extraño:

—¡Atchissssss! ¡Atchissssss! ¡Ja, ja!, ¡qué cosquillitas!

Al enanito le había gustado aquella sensación nueva que acababa de experimentar y no podía evitar reírse cada vez que estornudaba.

El moco y él se hicieron grandes amigos y el enano, a cambio de que no lo molestara demasiado,  dejó que pasara, incluso, los veranos en su nariz.

Como ya habréis adivinado, a ese enanito lo llamaron, desde entonces, Mocoso, y no es otro que aquel que vive en uno de los cuentos más famoso del mundo: «Blancanieves y los siete enanitos».

 FIN