enfermedad

Las sandalias de madera mágicas

Ilustración: Thiefoworld

Hace mucho tiempo, en Nagoro, una pequeña aldea del Japón, vivió una joven llamada Dai cuyo hijito cayó gravemente enfermo después de un crudo invierno. Para poder curarlo, la joven se vio en la necesidad de conseguir una gran suma de dinero y no tuvo otro remedio que pedírselo prestado al señor más rico del pueblo. Gracias a este dinero, el pequeño mejoró, pero para poder saldar la deuda, ella tuvo que trabajar incansablemente. Cuando la joven aún no había reunido toda la cantidad que debía, su hijito volvió a enfermar y no solo le fue imposible devolver lo que le había prestado el rico señor, sino que no tuvo otro remedio que ir a pedirle más dinero. Cuando fue a verlo, este, muy enfadado, le dijo:

—¿Qué estás diciendo? ¿Cómo te atreves a pedirme más dinero? Ya te presté antes y no me lo has devuelto. Estoy teniendo demasiada paciencia contigo ¡Ni se te ocurra volver por aquí si no es para saldar tu deuda!

La joven Dai no sabía qué hacer. Estaba tan preocupada por no haber encontrado una solución, que no quería volver a casa sin remediar su problema, así que decidió pasear por el bosque para pensar en qué podía hacer. En eso estaba cuando, de pronto, apareció un misterioso anciano en mitad del camino que se dirigió hacia ella:

—Buenos días —saludó amablemente el anciano a la pobre joven.

Sobresaltada, Dai le respondió:

—Buenos días, discúlpeme, buen hombre, no lo había visto —Y continuó caminando ensimismada en sus pensamientos.

El anciano la siguió y le preguntó con una sonrisa:

—¿Te importa que camine junto a ti? Quiero contarte algo que estoy seguro de que te va a interesar mucho. —Y comenzó a andar junto a ella—. Sé que estás pasando por momentos muy difíciles y quiero ayudarte. Toma estas getas, cálzatelas y tropieza con ellas, ya verás qué sucede.

Extrañada, la chica hizo lo que el anciano le indicaba, se calzó las sandalias de madera y tropezó con ellas. Ante su sorpresa, comenzaron a brotar de la nada monedas y monedas de oro. Entonces el anciano le advirtió:

—Estas sandalias solucionarán tus problemas. Puedes tropezar con ellas tantas veces como quieras, pero ten mucho cuidado, porque si tropiezas demasiadas veces, con cada tropiezo encogerás un poco.

Feliz por tan valioso regalo, Dai se dirigió a su casa, se calzó de nuevo las sandalias y tropezó con ellas. Al instante, empezó a brotar dinero de la nada. Repitió varias veces la misma operación hasta conseguir lo suficiente para poder curar a su hijito y para devolver el préstamo. Pensó en volver a tropezar para conseguir más dinero, pero entonces recordó las palabras del anciano, se quitó las sandalias y las guardó.

A la mañana siguiente, cuando la joven fue a devolver el préstamo, el rico señor quiso saber cómo había podido conseguir tanto dinero en tan poco tiempo y Dai le contó la historia de las sandalias de madera mágicas, que hacían brotar monedas de oro de la nada y le advirtió también que abusar de su poder hacía encoger a quien las calzaba. El señor insistió muchísimo en que se las prestara, a lo que ella accedió.

Muy contento, el rico hombre se puso las sandalias y se dirigió con rapidez a la habitación contigua. Dai empezó a escuchar un incesante ruido de tropiezos tras la puerta, «patapaf, patapaf, patapaf, patapaf», seguido del ruido de las monedas al caer sobre el suelo, «clinc, clinc, clinc, clinc».

Al cabo de un rato, en la estancia contigua reinó el más absoluto silencio. Dai abrió con cautela la puerta y se asomó para comprobar qué sucedía. En el centro de la habitación, una enorme montaña de monedas casi rozaba el techo y, junto a ella, se veían las sandalias de madera mágicas y la ropa del señor de la casa. El rico avaro había tropezado demasiadas veces y de él ya no quedaba ni rastro.

FIN

Las tres princesitas delicadas

Ilustración: Arbetta

En vete a saber tú dónde y en tiempos de no sé quién, vivieron, una vez, una reina y un rey que tenía tres hijas. Las tres eran inteligentes, hermosas, simpáticas, listas… En fin, que tenían todos aquellos dones que la naturaleza suele conceder a las princesas de un cuento. Pero ¡ay!, las tres tenían el mismo problema: eran en extremo delicadas.

La mayor se llamaba Dina y era delicada como una azucena. La segunda llevaba por nombre Nina y era delicada como un clavel. Y la más pequeña, llamada Tina, era tan delicada como una rosa.

Vivían todos felices en su castillo hasta que una mañana de otoño decidieron salir a pasear por los jardines que rodeaban el palacio.

Mientras deambulaban entre los parterres, de un árbol se desprendió una hoja y quiso la mala suerte que aterrizara justo en medio de la cocorota de la princesa Dina, la mayor, la cual, al sentir el golpe, exclamó:

—¡Ay, mi cabecita!

No pudo decir más. Dina cayó al suelo desmayada.

Fue atendida enseguida por los más eminentes médicos de la corte, que le aplicaron hielo y le pusieron una tirita en el enorme chichón que le había salido por culpa de aquella hoja, pero desde entonces, la pobre Dina ya siempre tuvo fuertes jaquecas.

Pasó el tiempo, y hete aquí que, una mañana, Nina, la segunda princesita, se despertó llorando desconsoladamente:

—¡Ay, mi espaldita!

Se quejaba Nina mientras sollozaba e hipaba sin parar.

Al examinar su espalda, las criadas descubrieron en ella un enorme cardenal. Intentaron darle friegas con alcanfor para calmar el dolor, pero cada vez que acercaban la mano, los desgarradores gritos de la princesa retumbaban por todo el palacio.

Acudieron los médicos sin perder ni un segundo y después de estudiar la situación, concluyeron que la culpable del mal que aquejaba a la princesa era una arruga que había en sus sábanas de seda.

Con sumo cuidado, le pusieron emplastos y le vendaron el morado, pero a la pobre Nina, desde aquel día, su espalda no dejó de darle problemas.

Los reyes, abatidos, se lamentaban:

—¡Qué pena más grande! De nuestras tres hijas, dos están muy delicadas, ¿qué podemos hacer para que no le ocurra nada a la tercera?

Después de dar vueltas al problema y después de mucho pensar, los reyes decidieron poner a salvo a la más pequeña de sus hijas, la única que hasta ese día no había sufrido percance alguno.

Resolvieron que lo mejor, para no correr riesgos, sería encerrarla en una urna de cristal. Creyeron que si la mantenían aislada la princesita Tina estaría segura. Así que ordenaron a los mejores arquitectos del reino que construyeran para ella una habitación del vidrio más puro y transparente.

Pasó el tiempo y la princesita vivía al amparo de su refugio transparente alejada de cualquier peligro. Pero un día, al abrir la puerta para darle la comida, se coló dentro una mosca, la cual, al verse encerrada, se puso nerviosa y empezó a volar sin parar alrededor de la princesa, que con la corriente de aire que producían las alas del insecto, se constipó:

—¡Achís, achís, achís!

Los reyes no se han repuesto jamás del disgusto.

Todavía hoy, en aquel reino, se discute sobre cuál de las princesas es la más delicada de las tres, pero siguen sin ponerse de acuerdo.

FIN

El agua de la vida

Ilustración: Arthur Rackham

Hubo una vez un rey que enfermó gravemente. No había nada que aliviara ni calmara su dolor. Después de mucho deliberar, los sabios decidieron que solo lo podría curar el agua de la vida, tan difícil de encontrar que no se conocía a nadie que lo hubiera logrado. Este rey tenía tres hijos, el mayor de los cuales decidió partir en busca de tan especial medicina. «Sin duda, si logro que mejore, me premiará generosamente», pensaba, pues le importaba más el oro que la salud de su padre.

En su camino encontró a un pequeño hombrecillo que le preguntó cuál era su destino.

—¿Qué ha de importarte eso a ti?, ¡enano! Déjame seguir mi camino.

El duende, ofendido por el maleducado príncipe, utilizó sus poderes para desviarlo hacia una garganta en las montañas que cada vez se estrechaba más, hasta que ni el caballo pudo dar la vuelta, y allí quedó atrapado.

Viendo que su hermano no volvía, el mediano decidió ir en busca de la medicina para su padre. «Toda la recompensa será para mí»,  pensaba ambiciosamente.

No llevaba mucho camino recorrido, cuando el duende se le apareció preguntando a dónde iba:

—¡Qué te importará a ti! Aparta de mi camino, ¡enano!

El duende se hizo a un lado, no sin antes maldecirlo para que acabara en la misma trampa que el mayor, atrapado en un paso de las montañas que cada vez se hizo más estrecho, hasta que caballo y jinete quedaron inmovilizados.

Al pasar los días y no tener noticias, el menor de los hijos del rey decidió ir en busca de sus hermanos y del agua milagrosa para sanar a su padre. Se puso en marcha y no tardó mucho en encontrar al hombrecillo, el cual también le preguntó cuál era su destino:

—Mi padre está muy enfermo, busco el agua de la vida, que es la única cura para él.

—¿Sabes ya a dónde debes dirigirte para encontrarla? —volvió a preguntar el enano.

—Aún no. ¿Tú puedes ayudarme?

—Has resultado ser amable y humilde y, por ello, mereces mi favor. Toma esta varilla y estos dos panes y dirígete hacia el castillo encantado. Toca la cancela tres veces con la vara, y arroja un pan a cada una de las bestias que intentará comerte. Busca entonces la fuente del agua de la vida tan rápido como puedas, pues si dan las doce, y sigues en el interior del castillo, ya nunca más podrás salir —añadió el enanito.

A lomos de su caballo, pasados varios días, llegó el príncipe al castillo encantado. Tocó tres veces la cancela con la vara mágica, amansó a las bestias con los panes y llegó a una estancia donde había una preciosa muchacha que le dijo:

—¡Por fin se ha roto el hechizo! En agradecimiento, me casaré contigo si vuelves dentro de un año.

Contento por el ofrecimiento, el muchacho buscó rápidamente la fuente de la que manaba el agua de la vida. Llenó un frasco con ella y salió del castillo antes de las doce.

Durante el camino de regreso, se encontró de nuevo con el duende, a quien relató su experiencia. Después le preguntó:

—Mis hermanos partieron hace tiempo, y no los he vuelto a ver. ¿No sabrías dónde puedo encontrarlos?

—Están atrapados por la avaricia y el egoísmo, pero tu bondad los hará libres. Vuelve a casa y por el camino los encontrarás. Pero ¡cuídate de ellos!

Tal como había anunciado el duende, el menor encontró a sus dos hermanos antes de llegar al castillo del rey. Los tres fueron a ver a su padre, quien después de tomar el agua de la vida se recuperó por completo. Incluso pareció rejuvenecer. El menor de los hermanos le relató entonces su compromiso con la princesa, y su padre, orgulloso, le dio su bendición y permiso para casarse. Así pues, al acercarse la fecha pactada, el menor de los príncipes se dispuso a partir en busca de su amada.

Ella, que ya lo esperaba ansiosa en el castillo, ordenó extender una carretera de oro para recibir a su amado, desde su palacio hasta el camino y ordenó a los guardianes:

—Dejad pasar a aquel que venga por el centro de la carretera. Cualquier otro será un impostor —advirtió, y se marchó a hacer los preparativos.

Efectivamente, los dos hermanos mayores, envidiosos, habían tramado, por separado, llegar antes que el menor y presentarse a la princesa como sus libertadores:

—Suplantaré a mi hermano y seré yo el que me case con la princesa. —Pensaba cada uno de ellos.

El primero en llegar fue el hermano mayor, que al ver la carretera de oro pensó que la estropearía si la pisaba y, dando un rodeo tomó un camino lateral a la derecha y se presentó a los guardas como el rescatador de la princesa. Mas éstos, obedientes, le negaron el paso.

El hermano mediano llegó después, pero apartó el caballo de la carretera por miedo a estropearla, y tomó el camino de la izquierda hasta los guardias, que tampoco lo dejaron entrar.

Por último llegó el hermano menor, que ni siquiera notó cuando el caballo comenzó a caminar por la carretera de oro, pues iba tan absorto pensado en la princesa que se podría decir que casi flotaba.

Al llegar a la puerta, le abrieron enseguida, y allí estaba la princesa esperándolo con los brazos abiertos, llena de alegría y reconociéndolo como su salvador.

Los esponsales duraron varios días, y trajeron mucha felicidad a la pareja, que invitó también al padre, el cual vivió muchos años sin enfermar gracias al agua de la vida.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar «El agua de la vida» con la voz de Angie Bello Albelda

La flor de lililá

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Ilustración: escume

En un tiempo muy lejano, cuando los dragones surcaban los cielos y los herreros confeccionaban pesados trajes de hierro, vivió una reina que contrajo una misteriosa enfermedad que en poco tiempo la dejó completamente ciega.

Intentaron sanar sus ojos magas, hechiceros, brujas y brujos pero nada funcionó. Finalmente, una sabia curandera le comunicó que solo recuperaría la vista si se aplicaba un ungüento preparado con los pétalos de la flor de lililá; el problema era que nadie sabía dónde crecía aquella flor ni qué aspecto tenía.

Deseosa de encontrar el remedio para su terrible mal, la reina reunió a sus tres hijos y les comunicó que aquel de ellos que consiguiera encontrar la flor heredaría el trono.

El primero que partió fue el mayor. Montado en su corcel blanco, se alejó de palacio a galope tendido.

Al cabo de varias horas de viaje, se cruzó con una anciana que le pidió comida:

—Que tengas un buen día, muchacho. ¿Serías tan amable de darme un poco de pan? Me muero de hambre.

—¡Come rayos y centellas y apártate de mi camino, vieja! –gritó el joven malhumorado, mientras espoleaba al caballo.

Y, sin mirar atrás, siguió adelante en busca de la flor de lililá.

Pasaron los días y en el palacio, impacientes al ver que el mayor tardaba tanto en regresar, decidieron que el segundo de los hermanos partiera en busca de la flor. El joven montó en su negro corcel y pronto se perdió de vista en la lejanía.

También él se encontró con la anciana y también él pasó de largo, contestando con rudeza a su ruego, tal y como había hecho su hermano mayor:

—¡Come rayos y centellas y apártate de mi camino, vieja!

Transcurridas unas semanas sin que ninguno de los dos regresara a palacio con la flor de lililá, la más pequeña de los tres decidió probar suerte. Montó en su caballo alazán y dejando tras de sí una nube de polvo, se alejó veloz del castillo.

En el mismo lugar por el que habían pasado anteriormente sus hermanos, se encontró con la misma anciana:

—Joven, tengo hambre, ¿podrías darme un poco de pan?

—¡Naturalmente! Aquí tienes una hogaza entera.

—Muchas gracias, hijita. Dime, ¿qué haces por aquí?

—Busco la flor de lililá. Mi madre se ha quedado ciega y dicen que solo un ungüento preparado con los pétalos de esa flor puede curar sus ojos.

—Yo puedo ayudarte. Toma esta vara de avellano y sigue adelante por este mismo camino hasta que veas una roca negra. Cuando la encuentres, golpéala tres veces con la varita y espera. La piedra se abrirá y en su interior descubrirás el jardín más hermoso que ojos humanos hayan contemplado jamás. En ese jardín crece la flor de lililá. La reconocerás enseguida, porque desprende una fragancia arrebatadora y porque sus pétalos asemejan terciopelo. Pero, ve con cuidado, porque el jardín está custodiado por un fiero dragón. Deberás estar alerta: si el dragón tiene los ojos abiertos, es que duerme; si por el contrario tiene los ojos cerrados, es que está ojo avizor.

La joven princesa agradeció a la anciana su ayuda y se marchó.

No tardó en encontrar la piedra negra, la golpeó con la vara de avellano y todo sucedió tal y como la anciana le había predicho. Comprobó que los ojos del dragón estaban bien abiertos y pasó junto a él sin hacer ruido; se adentró en el jardín, guiada por el perfume de la flor de lililá, la cortó y se la guardó en su talega. Luego, puso rumbo a palacio.

En el camino de regreso, se encontró a sus hermanos, sentados a la vera del camino, cansados de tanto buscar inútilmente la flor. La hermana pequeña les contó su aventura y los tres, muy contentos, se pusieron en marcha para llevar el remedio a su madre. Sin embargo, los dos mayores pronto comprendieron que sería la pequeña la que se ceñiría la corona y, cegados por la envidia, decidieron deshacerse de ella. Desoyendo sus súplicas, le arrebataron la flor, la encerraron en una profunda cueva, tapiaron la entrada con pesadas rocas y huyeron de allí.

Al llegar al palacio, entregaron la flor de lililá a su madre, contando que la habían encontrado ellos y que, por tanto, les correspondía a cada uno la mitad del reino. Pero la reina, aunque ya restablecida de su misteriosa enfermedad, estaba tan triste por la pérdida de su hija pequeña que se resistía a nombrarlos herederos. Tenía todavía esperanzas de que la princesa regresara.

Entretanto, y por arte de magia, a la entrada de la cueva en la que la princesa estaba cautiva había crecido un cañaveral y un pastor, que había llevado a pastar allí a sus ovejas, cortó una caña para tallar una flauta. Al soplar en ella, del instrumento se escapó esta triste canción:

¡Ay!, pastor, sóplame fuerte,

porque te quiero contar:

mis hermanos me encerraron

por la flor de lililá.

El pastor, sin dejar de tocar la flauta, se dirigió a la ciudad y al pasar frente al palacio, la desconsolada reina, que estaba asomada a la ventana, escuchó aquella extraña melodía y lo llamó. Tomó entre sus manos el mágico instrumento, sopló en él y, al hacerlo, la flauta cantó:

¡Ay!, madre, sóplame fuerte,

porque te quiero contar:

mis hermanos me encerraron

por la flor de lililá.

Sin dar crédito a lo que oía, la reina le pidió al pastor que la condujera sin tardanza al lugar en el que había cortado aquella caña encantada.

Cuando llegaron allí, la misma anciana con la que los hermanos se habían cruzado le contó a la reina la verdad de lo sucedido y apartando la pesada roca que cubría la cueva, le devolvió, sana y salva, a su hija pequeña.

Regresaron madre e hija a palacio y la reina anunció a todos sus súbditos el nombre de su heredera y, acto seguido, desterró para siempre a sus dos hijos mayores.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar «La flor de lililá» con la voz de Angie Bello Albelda

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La máquina del tiempo

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Ilustración: Emma Pumarola

  Este cuento y esta ilustración han sido posibles gracias a: 

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Aunque hasta ahora había sido uno de los secretos mejor guardados del mundo, lo que estaban a punto de descubrir Marieta y Luigi iba a cambiar por completo el curso de la historia.

Aquella tarde, Tobías, su papá, los había llevado al hospital porque Anita, la madre de los niños, estaba ingresada. La habían operado y aún tardaría un tiempo en regresar a casa. Le regalaron una caja de galletas para la merienda, un libro y un cactus.

Después de merendar, Anita les dio permiso para salir al jardín que rodeaba el hospital.

—Pero no os alejéis mucho. Que os podamos ver desde la ventana— les advirtió.

Lo más divertido de ir al hospital era que los dejaban pasear solos por el enorme jardín vallado.

—Luigi, hoy imaginaremos que… -De pronto, Marieta se quedó muda.

Acababa de ver como unos niños entraban sigilosamente en uno de los pabellones de la derecha y quiso saber qué tramaban.

—Ven Luigi, quizá nos dejen jugar con ellos. A lo mejor están celebrando una fiesta…

Se dirigieron hacia el pabellón y vieron, a través de una de las ventanas, que aquellos niños vestían pijamas.

—¡Qué raro! —se extrañó Luigi—, si es la hora de la merienda… Como no sea una fiesta de disfraces…

—Puede ser… —añadió Marieta—.  Mira a esa niña del pañuelo en la cabeza: es una pirata. Y aquel de allí, el que lleva esos tubos que le salen de la nariz… ¡ese es un buzo! Y ese otro, el que arrastra ese palo con una botella arriba, pues va disfrazado de robot, y el de las gafas…, mmmm, ¡ese no sé!

-¡Pues ese es un sabio!

Sin atreverse a entrar, siguieron observando a través de la ventana.

Dentro del pabellón, el grupo de niños amontonaba los más diversos objetos sobre una mesa: pulseras, lápices, bolsos, un par de bufandas, monedas y billetes, llaveros… Hablaban entre ellos, y aunque Luigi y Marieta no podían oír lo que decían, señalaban las cosas que había en la mesa y parecía, por sus gestos, que guardaban un gran secreto.

De repente, como si notara que alguien los estaba espiando, la niña que llevaba el pañuelo en la cabeza, miró hacia la ventana y sorprendió a Marieta y a Luigi, que se quedaron petrificados donde estaban, sin saber qué hacer.

La puerta del pabellón se abrió y el niño de las gafas los invitó a pasar:

—¡Adelante!, que no os vamos a morder…

—¿Por qué vais en pijama?, ¿estáis celebrando una fiesta de disfraces?

—No, no es una fiesta. Estamos en el hospital porque estamos enfermos; por eso llevamos pijama. Y vosotros, ¿qué hacéis aquí?

—Hemos venido a darle la merienda a mamá. La han operado. ¿Y a vosotros qué os pasa? ¿Qué enfermedad tenéis? —preguntó curiosa Marieta

—Tenemos cáncer.

—Yo he tenido muchas veces anginas o dolor de barriga, pero nunca he tenido cáncer. ¿Duele? —interrogó Luigi.

—A veces.

—¿Y a qué jugáis? —quiso saber Marieta.

—No jugamos, estamos construyendo una máquina del tiempo. Nuestros padres, los médicos y los enfermeros nos dicen siempre que en el futuro el cáncer se curará tan rápido como un resfriado, pero nosotros no queremos esperar tanto. Queremos viajar en el tiempo para poder curarnos ya. Si esperamos mucho, el cole habrá terminado y no podremos pasar de curso con nuestro amigos.

—¡Una máquina del tiempo! ¡Suena divertido! ¿Nos dejáis construirla con vosotros?

—¡Claro! Para construirla, necesitamos pulseras, bolsos, lápices, dinero para comprar cosas… ¡todo lo que se os ocurra! Cada día venimos aquí, pero siempre falta alguna pieza, así que no hay forma de ponerla en marcha. Cuando vengáis, podéis traernos algo. Aunque sea pequeño. En una máquina tan complicada como esta, nunca se sabe qué funcionará. ¡Hasta el tornillito más pequeño es importante!

—Marietaaaaaaaaaaaaaa, Luigiiiiiiiiiiiiiiii —las voces de Anita y Tobías llegaron desde el jardín.

—¡Son mamá y papá! ¡Nos tenemos que marchar! Volveremos luego con cosas para construir la máquina. ¡¡Adiós!!

En el jardín, los padres de los dos niños buscaban a sus hijos con cara de preocupación. Al verlos, Anita los riñó aliviada:

—¿¡No os hemos dicho millones de veces que no os alejéis!? ¡Estábamos muy preocupados! ¡Pensábamos que os habíamos perdido para siempre! ¿Dónde os habíais metido?

—Allí —dijeron al unísono señalando el pabellón—. Estamos construyendo una máquina del tiempo y necesitamos…

—Muy bien —los interrumpió Tobías—, pero ahora ¡a casa!, que todavía tenéis que hacer los deberes o no pasaréis de curso. Ya construiréis esa máquina mañana…

 …pero mañana es AHORA y el tornillito más pequeño cuenta.

Construir la máquina del tiempo solo será posible con TU AYUDA. Colabora un poco, POR FAVOR…

…mira todo lo que puedes hacer. ES IMPORTANTE…

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FIN

Si quieres, también puedes escuchar «La máquina del tiempo» con la voz de Angie Bello Albelda

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La hucha de los deseos

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Ilustración: Lauren Castillo

Pablo estaba en la habitación de juegos, dentro de la tienda de campaña con una linterna encendida y con un libro entre las manos.

Se pasaba horas y horas leyendo. Sus compañeros de clase pensaban que era un bicho raro, pero a él le daba igual.

Hacía unos días que Lucía, la enfermera que cuidaba a su madre, le había regalado El Principito y Pablo estaba encantado descubriendo el libro.

Lucía era la enfermera que su padre había contratado hacía ya un mes, al empezar la primavera, porque su madre había sufrido un accidente.

A Pablo le gustaba Lucía, y se divertía mucho con ella. Conseguía que aquellos extraños días fueran un poco más alegres. Pero le apenaba ver a su madre tan triste, tan rara, tan poco ella. Había perdido la sonrisa mágica que a él tanto le gustaba y casi no tenía fuerzas para nada.

Antes del accidente solían jugar mucho juntos. Su madre inventaba juegos diferentes, divertidos y muy bonitos. Sabía que su madre era especial, y que como ella, no había muchas.

A uno de los juegos solían jugar antes de ir a dormir. Los dos escribían un deseo y lo dejaban bajo la almohada. Su madre siempre le decía que tenían que ser deseos pequeños, para que se hiciesen realidad al día siguiente. Porque cuanto más grande era el deseo, mayor era el tiempo que tardaba en cumplirse.

Pablo no sabía cómo, pero al día siguiente el deseo siempre se realizaba. Cada día era emocionante para él.

Ahora deseaba que todo volviese a ser como antes, o por lo menos, lo más parecido posible. Muchas veces se preguntaba cuánto tiempo duraría todo aquello.

Quería volver a jugar al juego de los deseos. Pero desde el accidente, no había podido, porque el juego ya no funcionaba igual.

Una tarde, cuando el autobús del cole lo dejó en casa, Pablo estaba muy triste. Aquel día, en la escuela, unos niños de su clase le dijeron que su madre se iba a morir. Pablo se entristeció tanto que lloró durante todo el día.

Los niños, en ocasiones, pueden ser muy crueles y, quizá sin darse cuenta, dicen cosas sin saber la importancia que tienen y sin sospechar lo serias que pueden llegar a ser.

Lucía lo esperaba con una sonrisa y ya le había preparado la merienda, pero él llegaba con cara de cerilla y sin ganas de nada. Lucía se sorprendió mucho y le preguntó qué había pasado. Después de contárselo, Pablo añadió:

– Me gustaría que mamá estuviera bien y poder seguir jugando al juego de los deseos, porque pediría que esos niños se fueran de clase, y aunque tardase en cumplirse me daría igual.

– ¿Y qué juego tan chulo es ese?- le preguntó Lucía.

Pablo se lo explicó  y a Lucía se le ocurrió una idea.

– ¡Tú y yo vamos a inventar un juego aún mejor! Vamos a seguir pidiendo deseos, pero ahora lo que vamos a hacer es meter todos los deseos que pidamos en una hucha.

– ¿En una hucha? Pero si las huchas son para ahorrar dinero – interrumpió Pablo.

– El resto de huchas sí, ¡pero la nuestra no! En todas las demás huchas se pone dinero, y al final, todas acaban siendo iguales, porque el dinero no puede dar cosas tan bonitas y especiales como que un deseo se haga realidad. En cambio, la nuestra será mágica y dentro solo habrá deseos, así no se podrán escapar, y cuando tu mamá se ponga buena, podréis hacerlos realidad juntos.

A Pablo le pareció una idea genial. Enseguida cogió la hucha que tenía en su habitación y la decoró con dibujos y recortables, y escribió con letras muy grandes:

“HUCHA DE LOS DESEOS”

No dijo nada a sus padres, y pidió a Lucía que tampoco contara nada, sería una sorpresa, y cuando su madre estuviera mejor, podrían abrirla y hacer que todos los deseos se hicieran realidad. Pero uno detrás de otro, porque todos a la vez serían muchos.

Cada día, antes de dormir metía un nuevo deseo dentro. Lucía siempre le preguntaba, y él siempre decía:

– Estoy pidiendo deseos tan grandes, que cada día pesa más- Y reían juntos sin parar.

– Sigue metiendo deseos y no te rindas, porque aunque sean muy grandes, al final se harán realidad. Está bien tener deseos pequeños que se puedan ir cumpliendo en el día a día, pero cuando más grande es un deseo, mayor es la ilusión por conseguir que se cumpla. Recuerdo que mi abuelo y yo solíamos ir a la playa en agosto a ver las lágrimas de San Lorenzo, una lluvia de estrellas fugaces que durante unas noches hace que parezca que el cielo llore. Mi abuelo pensaba que lloraba de felicidad. Me decía que tenía que pedir deseos y que los deseos que pidiera tenían que ser, como mínimo, tan grandes como yo.

Lucía siempre se emocionaba al recordar los momentos vividos junto a su abuelo. Pablo la escuchaba con mucha atención. Le encantaban sus historias.

La primavera tocaba a su fin y daba paso a un verano verde, azul y soleado. El pequeño Pablo se esforzó mucho por sacar buenas notas para que sus papás estuvieran contentos.

Llegaron las vacaciones y Pablo se fue unos días al campo, con sus primos. No quería marcharse de casa, pero todos pensaron que sería lo mejor para él. Por supuesto, lo primero que metió en su macuto, fue la hucha.

Los días en el campo pasaron rápido entre risas, juegos en la casa del árbol, baños en la piscina, guerras de globos y pistolas de agua y meriendas en el porche. Pronto llegó la hora de regresar.

Pablo volvió con ganas de ver a sus padres para contarles todo lo que había hecho y también para contarle a Lucía que ya no cabían más deseos en la hucha, pues estaba llena.

Cuando el pequeño entró por la puerta, no podía creer lo que estaba viendo: ¡¡su mamá estaba en la cocina preparando la merienda!!  Aunque todavía estaba delicada, estaba fuera de peligro y podía empezar a hacer vida normal.

Se abrazaron, lloraron, rieron y se dieron tantos besos que hasta les quedaron marcas en las mejillas.

Pablo abrazó también muy fuerte a su padre y a Lucía, y le dio las gracias una y otra vez por haber cuidado a su mamá y haber conseguido que se recuperara.

Entre risas y emociones, Pablo sacó la hucha para enseñársela a sus padres y decirle a su querida Lucía que estaba llena de deseos.

– Mamá cuando estabas malita, Lucía y yo inventamos un juego parecido al nuestro, pero metiendo los deseos en una hucha. Ahora la hucha está llena y sé que se pueden pedir grandes deseos. Solo tienes que concentrarte en uno y no rendirte hasta conseguirlo.

Su madre lo abrazó tan fuerte como pudo y lloró de emoción durante largo rato.

Al abrir la hucha, en todos y en cada uno de los papelitos se podía leer:

«DESEO QUE MI MAMÁ SE PONGA BUENA»

FIN