engaño

El traje de paja de arroz que volvía invisible

Ilustración: svenstoffels

Esta historia sucedió en una aldea japonesa en una fecha que supera los más remotos tiempos que alguien puede recordar. Hace tanto tiempo que ocurrió, que nadie recuerda el nombre del lugar.

Era, eso sí, una aldea singular con unos habitantes todavía más singulares. Ninguno de ellos había sido bendecido con la inteligencia humana, pero es que, por otra parte, tampoco ninguno tenía las hechuras para poder recibir el nombre de hombre o mujer. Unos tenían cabezas calvas y alargadas como huevos de gallina; otros grandes y redondas como sandías y unos terceros parecía que tuvieran patatas sobre los hombros.

Entre los habitantes, había uno que era tan inútil que no servía para nada pero, sin embargo, tenía un temperamento tan malicioso que no se encontraba a gusto si no fastidiaba a sus vecinos. Como nadie recuerda ya su nombre, lo llamaremos señor Orokana.

Un día, el señor Orokana se encontró con un tengu y decidió engañarlo. A partir de ahí, las cosas se empezaron a complicar…

Para quien no lo sepa, un tengu es una criatura verdaderamente extraordinaria que vive en las montañas y los bosques. Su nariz es de una longitud extraordinaria y en la espalda lleva dos alas que le permiten volar. Su vestido es lo más extravagante que uno pueda imaginar y sobre la cabeza, luce un pequeño sombrero negro. Además de todo eso, tiene poderes mágicos. Así, que sólo una persona sin ningún seso se atrevería a burlarse de un tengu. Es más, cualquiera que no fuera un tonto rematado se alejaría rápidamente de él. Sin embargo, precisamente de esta clase de tontos era el señor Orokana.

El día en el que todo sucedió, el señor Orokana estaba tallando una larga pipa en una caña de bambú.

Primero pensó utilizarla como cerbatana, para soplar y lanzar piedras con ella; luego creyó que podría ser un magnífico telescopio. Y fue precisamente al mirar a través del largo tubo, cuando descubrió a un tengu que se acercaba volando hacia él.

—¡Ajá! —murmuró el señor Orokana—. Aquí viene alguien con el que me puedo divertir. Voy a engañar a ese tengu para que me regale el bonito traje de paja de arroz que lleva.

Sin pensarlo dos veces, se puso a mirar hacia el cielo a través de su tubo de bambú mientras lanzaba exclamaciones de sorpresa.

Aquello fue demasiado para el tengu, el cual, como todos los tengu del mundo, era muy curioso. Se puso a dar vueltas alrededor del señor Orokana sin parar de rogarle que lo dejase echar un vistazo a través del tubo:

—¡Porfavorporfavorpofavor!, ¡déjame mirar!

—¿¡Cómo!? ¿Que quieres que te deje mi precioso telescopio nuevo?  —preguntó dándole la espalda al tengu sin dejar de mirar a través de la caña de bambú— ¡Oh! ¡Qué bonita se ve la Luna, veo los valles y las llanuras que hay en su superficie! ¡Qué lástima que tú no puedas verla, amigo.

Naturalmente, esto hizo que el deseo del tengu de mirar a través del tubo aumentara, por lo que ofreció sus elegantes zapatos de madera a cambio de poder mirar. Sin embargo, el señor Orokana no quiso ni oír hablar del cambio. Luego ofreció su sombrero negro, pero también fue rechazado. Finalmente, cuando ya no hubo otro remedio, el tengu ofreció su traje tejido con paja de arroz. Aquello era, precisamente, lo que quería el señor Orokana, así que cerraron apresuradamente el trato.

El señor Orokana se alejó del lugar del suceso tan rápido como pudo, dejando al pobre tengu comprobando que su insaciable curiosidad le había jugado una mala pasada.

Ya fuera del alcance del tengu, el señor Orokana se puso el traje y ¡plof!, desapareció. Orgulloso de sí mismo, decidió acercarse hasta la calle principal de la aldea. Allí disfrutó de lo lindo haciendo tropezar a la gente, volcando los puestos de comida, pellizcando las narices y asustando a los peatones gritándoles al oído.

La gente se escondía asustada, maravillándose de los extraños sucesos que estaban ocurriendo en una calle aparentemente normal.

El señor Orokana siguió haciendo de las suyas. Ahora tenía justo delante a un serio caballero que acababa de comprar unos elegantes zuecos, blancos como la nieve. En el momento en que se detuvo para abrir el paquete y admirar de nuevo su compra, se llevó el mayor susto de su vida al ver cómo los zuecos nuevos volaban de sus manos y se ponían a danzar alocadamente en el aire.

Después, el señor Orokana se acercó a la pescadería, donde la gente escogía su pescado para la cena. Acababa de llegar un besugo fresquísimo y todos lo estaban admirando por su tamaño y brillantez. De pronto, el enorme y rollizo besugo pareció que volvía a la vida porque, dando un fuerte coletazo sobre el mostrador, se alejó flotando calle abajo, como si de un pez volador se tratara.

El señor Orokana, que ya estaba cansado de tanto ir arriba y abajo, decidió volver a su casa para reposar.

Al llegar allí,  se despojó del traje maravilloso y se hizo otra vez visible. Su anciana madre, que no había visto entrar a nadie, ¡se llevó un susto morrocotudo!

El señor Orokana se puso a dormir y su madre aprovechó para sacudir el traje de paja de arroz para quitarle el polvo.

—¡Caramba! —dijo la mujer—. ¡Este traje está hecho una auténtica porquería! Será mejor quemarlo.

Dicho y hecho. Metió el traje en el ardiente horno donde en cuestión de segundos quedó reducido a un montón de grises cenizas.

Cuando se despertó, el señor Orokana buscó su traje. No lo veía por ninguna parte.

Su madre le confesó que lo había quemado.

El señor Orokana, profiriendo un furioso alarido, recogió cuidadosamente toda la ceniza y la metió en un saco. Creyó que, tal vez, los restos del traje podían conservar algo de su mágico poder. Se fue a su habitación, se desnudó y se restregó cuidadosamente las cenizas por todo el cuerpo, de la cabeza a los pies. Y, por muy extraño que parezca, ¡plof!, el señor Orokana desapareció por completo.

Alegre por el resultado obtenido, se marchó bailando hacia la aldea.

Cuando llegó, era de noche y en las tabernas la gente bebía sake. La deliciosa fragancia atrajo enseguida al señor Orokana hacia el interior de uno de los establecimientos. Una vez dentro, se sentó junto al enorme barril que contenía el licor y aprovechando que nadie lo veía, se amorró a la espita y empezó a beber avariciosamente.

Al oír el ruido que hacía al sorber, los que estaban en la taberna se volvieron sorprendidos hacia donde él estaba, pero nadie veía nada. Sin embargo, el sonido continuaba.

El tabernero se dirigió corriendo hacia el barril del cual provenía aquel extraño ruido y al llegar vio, justo en la punta del caño, lo que parecía una roja y húmeda boca flotando que, sin duda alguna se estaba bebiendo el sake.

Siguió observando sin dar crédito a lo que veía. Las gotas de licor resbalaban ahora por algo que empezaba a parecer una barbilla y pronto una nariz y unos penetrantes ojos se hicieron visibles.

Volviendo en sí de su asombro, el tabernero pegó un alarido, lo que hizo que aquel espectral rostro levantara la vista y lanzara una confundida mirada a su expectante observador. Sin perder si un segundo, la cara se levantó en el aire y salió flotando de la taberna.

¡Había ocurrido lo peor! La ceniza funcionaba mientras estaba seca, pero mojada perdía todo su poder de invisibilidad y ahora el señor Orokana se encontraba en un aprieto.

La multitud reunida en la taberna corría tras él, gritando al unísono:

—¡Queremos verte! ¿Dónde está el sake que has robado? ¡Bandido! ¡Ladrón! ¡Demonio! ¡Ya verás cuando te alcancemos!

Entre el miedo y la carrera, el señor Orokana empezó a sudar y su piel empezó a aparecer un trozo aquí y otro allá ante los asombrados ojos de sus perseguidores.

Cuando su cuerpo desnudo apareció por completo, el señor Orokana paró en seco para intentar cubrirse.

Uno de sus perseguidores le arrojó un quimono:

—¡Vaya, señor Orokana! ¡Pensamos que eras un demonio! ¿Qué es lo que te ha pasado?

El señor Orokana, avergonzado, relató la historia de su intercambio con el tengu.

Después de escuchar su relato, la multitud no daba crédito:

—¿De verdad te has acercado a un tengu? ¿De verdad lo has engañado y le has robado el traje? —exclamaron—. ¡Estás muy loco, señor Orokana!

La multitud estalló en carcajadas ante la necedad del señor Orokana. Y, hasta donde yo sé, el tengu todavía anda buscándolo para recuperar su traje.

FIN

La venta de la vaca

Ilustración: hockeychick

En un pequeño pueblo vivían un campesino y una campesina. Lo único que poseía la pareja era su cabaña, una vaca y una cabra. El hombre, que se llamaba Abundio, era muy limitado, tanto, que sus vecinos lo apodaban el Tonto. Pero su esposa, Petronila, era muy inteligente y con frecuencia remediaba las tonterías que hacía su marido.

Una mañana Petronila le dijo a su marido:

—Abundio, hoy hay feria en la aldea y he pensado en vender nuestra vaca. La pobre es muy vieja y da poca leche.

Abundio, después de pensar un rato, le dio la razón a su mujer:

—Petronila, creo que lo mejor será que vendamos la vaca. La pobre es muy vieja y da poca leche.

Se puso el traje de domingo y se fue al establo a recoger la vaca para llevarla al mercado.

—Abundio, atento y no te dejes engañar —le advirtió Petronila.

—Tranquila, mujer. Mucho tiene que madrugar el que me quiera engañar —contestó el tonto campesino, que se creía muy inteligente.

Abundio fue al establo pero, una vez allí, no sabía distinguir claramente cuál era la vaca y cuál era la cabra.

—¡Ya sé! —se dijo para sí después de cavilar largo rato—. Una vaca es más grande que una cabra, así que me llevaré el animal más grande al mercado y problema solucionado.

Dicho esto, desató la vaca y se la llevó.

No había andado mucho Abundio cuando tres jóvenes, que también iban a la feria, le echaron el ojo. Los tres pícaros, al ver al lugareño con la vaca, decidieron engañarlo. Acordaron que uno de ellos se adelantaría para tratar de comprarle el animal. Poco después, el segundo haría lo mismo y, por último, el tercero.

—¡Hola, amigo! —saludó el primero—. ¿Me vendería su cabra? ¿Cuánto vale?

—¿Cabra? —replicó el aldeano atónito—. ¿Cabra, dice? —Y con expresión incrédula, miraba, alternativamente, al comprador y al animal.

—Véndamela, por favor —continuó el joven muy serio—. Le doy seis monedas por ella.

—¿Venderle la cabra? —continuó repitiendo el lugareño, moviendo la cabeza de un lado a otro—. Yo pensaba que llevaba una vaca a la feria.  Y después de mirarla bien, sigo creyendo que es una vaca y no una cabra.

—¡No diga disparates! Lo que lleva a vender es la cabra más flaca que he visto en mi vida. Es mejor que guarde mis monedas. ¡No la quiero! ¡Adiós!

A continuación el segundo joven alcanzó a Abundio.

—Buenos días, buen hombre —le dijo afablemente—. ¡Qué día tan bonito hace! ¿Va usted al mercado? ¡Pero si lleva una cabra! Yo iba a la feria, precisamente, a comprar una cabra. ¿Me vende la suya? Le doy cinco monedas por ella.

El campesino, rascándose una oreja, dijo para sus adentros: «¡Pero qué raro! Este también dice que llevo una cabra. ¿Será posible? El bicho, en todo el camino, no ha abierto el hocico. Si hiciera ruido, podría saber si es la cabra o la vaca. ¡Maldita sea! La próxima vez, antes de salir, preguntaré a mi mujer».

—Pues vale —continuó el pícaro joven—, si no me quiere vender la cabra por cinco monedas, compraré otra en el mercado. Aunque creo que cinco monedas es mucho a cambio de una cabra tan flaca. Adiós.

Finalmente, llegó el tercer joven.

—Feliz día, caballero ¿Querría venderme su cabra?

El pobre campesino ya no sabía qué pensar. Al cabo de un momento de silencio contestó:

—Es la tercera persona que me dice que esto que llevo es una cabra, pero este animal es una vaca.

—¿Cómo dice? Está claro que está ciego o que me toma el pelo —repuso el chico mentiroso— ¡Pero si hasta un niño puede decirle que este animal no es una vaca, sino una cabra. Y por cierto, muy flaca.

—Recuerdo que el animal que estaba atado cerca de la puerta, el que yo traigo aquí, era una vaca. Además, puede ver que este animal tiene la cola larga y las cabras tienen la cola corta —contestó el tonto aldeano.

—Solo dice tonterías —contestó el tunante—. Pero, aun así, le ofrezco cuatro monedas por su cabra.

El pobre hombre, que ya dudaba hasta de sí mismo, vendió el animal por cuatro monedas y regresó a su casa. Mientras, los jóvenes siguieron su camino hacia el mercado.

Al llegar a casa, Petronila se indignó mucho cuando Abundio le entregó las cuatro monedas.

—¡Tonto! ¡Más que tonto y sin remedio! —exclamó colérica—. Te llevaste una vaca que vale, al menos, cincuenta monedas.

—Pero ¿qué podía hacer yo? Tres personas, una después de otra, me aseguraron que llevaba una cabra y…

—¿Tres? —interrumpió la mujer—. Seguro que fueron los mismos que pasaron por aquí y me preguntaron por el camino de la aldea. Habrán vendido nuestra vaca en el mercado y ahora lo estarán celebrando en alguna posada. ¡No perdamos tiempo! Ponte un sombrero grande para que no te reconozcan. Vamos a pagar a esos pícaros con la misma moneda.

Al llegar al mercado, visitaron varias fondas y, tal y como lo había sospechado la mujer, encontraron a los tres estafadores celebrando su triunfo en una de ellas.

La mujer habló con el posadero y le refirió, en pocas palabras, lo que le había pasado a su marido:

—Si nos ayuda —dijo la mujer al posadero, —podremos recobrar nuestro dinero. Mi plan es este: yo le pediré bebida y usted nos servirá. A la hora de pagar, me levantaré, revolveré dentro de mi sombrero y, a continuación, usted sacará de su bolsillo estas monedas que yo le doy ahora y dirá, bien alto, que la cuenta está pagada.

En su mesa, los tres pícaros seguían comiendo y bebiendo alegremente sin prestar atención a nada. Pero cuando Petronila se levantó por tercera vez y revolvió en su sombrero, uno de ellos le preguntó al posadero la causa de tan extraña conducta y este, haciéndose el misterioso, respondió:

—¡Es increíble lo de esa mujer! —respondió—. Tiene un sombrero mágico. Muchas veces había oído hablar de ese sombrero, pero esta es la primera vez que veo tal maravilla con mis propios ojos. Esa señora me pide bebida, se la llevo, revuelve su sombrero y, al momento, en mi bolsillo suena el dinero. Al principio no me parecía posible, pero usted mismo es testigo: los hechos son más seguros que las palabras.

El bribón se reunió con sus camaradas y les refirió la conversación.

—Debemos apoderarnos de ese sombrero a cualquier precio —dijeron los tres al unísono.

Fueron a sentarse con la pareja de campesinos y empezaron a hablar:

—Señora, su sombrero es muy bonito y me gustaría comprarlo. ¿Cuánto vale? —dijo el primero.

La mujer lo miró desdeñosamente y repuso:

—No lo vendo. No es un sombrero cualquiera. ¡Posadero! —gritó con voz firme—, ¡más bebida!

Cuando la bebida fue servida, Petronila se levantó, revolvió su sombrero y el posadero sacó al instante dinero de su bolsillo.

Los tres bribones estaban cada vez más pasmados de asombro y tanto importunaron y rogaron a la mujer, que esta acabó por exclamar:

—¡Está bien! No me molesten más. Les vendo el sombrero por cincuenta monedas.

Esta era la suma exacta que habían obtenido por la venta de la vaca. Muy alegres, entregaron el dinero a Petronila, que tan pronto como lo tuvo en el bolsillo se marchó a su casa del brazo de Abundio.

Los tres bribones también se fueron hacia otra fonda para probar el sombrero. Después de haber pedido varias bebidas, llamaron a la dueña para pagarle. El primero se levantó, revolvió el sombrero, y todos esperaron el efecto. Pero no sucedió nada. La dueña, extrañada por tal conducta, les dijo:

—Estoy esperando a que me paguen.

—Solo tiene que meter la mano en su bolsillo. Ahí está su dinero.

La mujer así lo hizo, pero no encontró nada.

—¡Qué raro! —dijo el segundo joven, un poco alarmado—. Dame el sombrero. Probaré yo.

El joven revolvió dentro del sombrero, a derecha e izquierda. Pero en balde. Los bolsillos de la posadera seguían tan vacíos como antes.

—¡No sabéis hacerlo! —gritó el tercero con impaciencia— Veréis cómo se debe hacer.

Y diciendo esto, revolvió el sombrero despacio y con cuidado. Pero no tuvo más éxito que sus compañeros.

Al fin, comprendieron que los habían engañado. Su indignación fue tanta, que es mejor no repetir lo que dijeron de Petronila.

Esta, entretanto, había llegado a su casa junto a su marido, que más contento que unas pascuas contaba las cincuenta monedas:

—¿Lo ves, Petronila? Ya te lo dije esta mañana: «Mucho tiene que madrugar el que me quiera engañar».

Su mujer prefirió no decirle nada porque era muy juiciosa y sabía que, muchas veces, el silencio es oro.

FIN

El gato, el gallo y el zorro

Ilustración: dreamstime

En otros tiempos vivió un anciano que tenía un gato y un gallo muy amigos uno de otro. Un día el viejo se fue al bosque a trabajar; el gato le llevó el almuerzo y el gallo se quedó para guardar la casa. Pasado un rato se acercó a la casa un zorro y situándose debajo de la ventana, se puso a cantar:

—¡Quiquiriquí, gallito de cresta de oro! Si te asomas a la ventana te daré un guisante.

El gallo abrió la ventana y, en un abrir y cerrar de ojos, el zorro lo agarró por el cuello para llevárselo a su choza. El gallo se puso a gritar:

—¡Socorro!, ¡socorro! El zorro me ha atrapado y me lleva por bosques obscuros, profundos valles y altos montes. ¡Gatito, compañero mío, socórreme!

Cuando el gato oyó los gritos, echó a correr en ayuda del gallo; encontró al zorro, le arrancó el gallo y se lo llevó a casa.

—Ten cuidado, querido Gallito, de no asomarte más a la ventana —le dijo el gato—. No hagas caso del zorro, que lo que quiere es comerte sin dejar de ti ni siquiera los huesos.

Al día siguiente, se fue de nuevo el anciano al bosque; el gato le llevó la comida y el gallo se quedó a cuidar de la casa, no sin haberle recomendado el buen viejo que no abriese la puerta a nadie y que no se asomase a la ventana.

Pero el zorro, que tenía muchas ganas de comerse al gallo, se puso debajo de la ventana y empezó a cantar como el día anterior:

—¡Quiquiriquí, gallito de cresta de oro!, asómate a la ventana y te daré un guisante y otras semillas.

El gallo, nervioso, se puso a pasear por la cabaña sin responder al zorro. Entonces, este repitió la misma canción y le echó un guisante por la ventana. El gallo, después de comérselo, le dijo al zorro:

—No, zorro, no me engañas; lo que tú quieres es comerme sin dejar de mi ni siquiera los huesos.

—¿Pero por qué te figuras que yo te quiero comer? Lo que yo quiero es que vengas a mi casa a hacerme una visita. Te presentaré a mi familia y te agasajaremos como te mereces.

Y otra vez se puso a cantar con una voz muy suave:

—¡Quiquiriquí, gallito de cresta de oro y cabecita de seda!, asómate a la ventana; así como te di un guisante te daré también semillas.

El gallo asomó la cabeza por la ventana y el zorro lo atrapó con sus patas y, sin perder ni un instante, se lo llevó a su choza.

El gallo, asustado, se puso a dar grandes gritos:

—¡Socorro!, ¡socorro! El zorro me ha atrapado y me lleva por bosques obscuros, profundos valles y altos montes. ¡Gatito, compañero mío, socórreme!

El gato oyó los gritos del gallo, lo buscó por todas partes y al fin lo encontró; se lo quitó a el zorro, lo llevó de regreso a casa y le dijo:

—¿No te había dicho, querido Gallito, que no mirases por la ventana? Cualquier día te comerá el zorro y no dejará de ti ni siquiera los huesos. Ten cuidado mañana porque iremos muy lejos de casa y no te podré oír ni ayudar.

Al día siguiente, el viejo se marchó otra vez al campo y el gato, como de costumbre, le llevó la comida.

Cuando el zorro vio que se habían marchado, se puso bajo la ventana de la cabaña y se puso a cantar la misma canción de siempre. La repitió tres veces, pero el gallo no respondía.

—¿Qué te pasa? –dijo el zorro–. ¿Por qué hoy, gallito, no me respondes?

—No, zorro; esta vez no me engañas; no miraré por la ventana.

El zorro le echó por la ventana un guisante y varias semillas y se puso a cantar muy dulcemente:

–¡Quiquiriquí, gallito de cresta de oro y cabecita de seda, asómate a la ventana! Yo tengo un gran palacio; en cada rincón hay sacos de grano y podrás comer tanto como quieras. ¡Si tú vieras cuántas golosinas tengo allí para ti! No creas lo que dice el gato, que si yo hubiese querido comerte ya lo habría hecho. Yo te quiero mucho, y mi deseo es que viajes y conozcas tierras nuevas para que aprendas a vivir bien en el mundo. ¿Me tienes miedo? Pues mira, asómate a la ventana, que yo me retiraré un poquito.

Y se escondió debajo de la ventana. El gallo saltó sobre el marco y se asomó. El zorro, de un golpe, lo agarró por el cuello y se lo llevó a su casa.

El gallo se puso a dar gritos desesperadamente llamando al gato para que lo socorriera; pero tanto el viejo como el gato estaban muy lejos y no lo oyeron.

Apenas el gato volvió a casa, se puso a buscar a su amigo, y no encontrándolo, pensó que le habría ocurrido la misma desgracia de siempre.

Cogió una lira y un palo y se fue en busca de la choza del zorro. Una vez llegó, se sentó y empezó a cantar acompañándose con la lira:

—Tocad, cuerdecitas de oro. ¿Está en casa el señor zorro? ¡Qué hermosas son sus hijas, la mayor Maniquí, la otra Ayuda Maniquí, la tercera Dame el Huso, la cuarta Carda la Lana, la quinta Cierra la Chimenea, la sexta Enciende el Fuego y la séptima Hazme Pasteles!

El zorro, oyendo cantar, dijo a su hija Maniquí:

—Sal a ver quién canta tan bonita canción.

Apenas Maniquí se presentó al gato, éste le dio un golpe en la cabeza con el bastón y la guardó en un saco que llevaba. Repitió la misma canción, y el zorro envió a su segunda hija, y después envió a la tercera, y así hasta la última.

Conforme salían de la choza, el gato les daba un golpe y las guardaba en su saco. Por fin salió el mismísimo zorro, y apenas el gato lo vio, le dio con el palo un golpe tan fuerte en la frente, que el zorro cayó rodando por el suelo para no levantarse más.

El gallo se puso muy contento, saltó por una ventana, dio las gracias al gato por haberlo salvado y volvieron los dos a casa del viejo, donde los tres vivieron muy felices durante muchos años.

FIN

El zorro y el lobo

Ilustración: vodoc

Un frío día de invierno, cierto pescador regresaba a su casa muy contento por la buena pesca cuando al borde del camino vio un zorro tirado a un lado de la carretera. Se acercó con cautela y descubrió que no se movía, así que supuso que estaba muerto.

—¡Qué suerte la mía! —exclamó, al tiempo que recogía al animal y lo arrojaba en la parte trasera de su carro, donde también estaban los peces que había capturado—. Con su piel me haré un buen abrigo para protegerme del frío.

Mientras el hombre continuaba satisfecho su viaje, el astuto zorro, que no estaba en absoluto muerto, tiró los peces del carro y luego saltó él.

Al llegar a su casa, el hombre se dio cuenta de que los peces y el zorro habían desaparecido.

—¿Dónde están? —se lamentó el pescador—. Había muchos peces y un zorro en mi carro.

Al darse cuenta de lo que había sucedido, el buen hombre se puso a llorar y a lamentarse, pero ya no había nada que hacer.

Mientras tanto, el zorro estaba dándose un gran festín con todo el pescado que había robado del carro. En eso estaba cuando llegó un lobo:

—Buenos días, primo —saludó con cortesía el recién llegado.

—Buenos días, amigo —respondió el zorro.

—Estoy muerto de hambre y como veo que tienes muchos peces ahí, ¿serías tan amable de darme unos cuantos? —preguntó el lobo.

—Lo siento, pero este pescado es mío. Mi esfuerzo me ha costado conseguirlo. Lo que deberías hacer es ir y pescar tú mismo —respondió el zorro.

—Yo no sé pescar.

—Es fácil, solo tienes que bajar al río, romper el hielo con una piedra, colocar tu cola dentro del agujero y esperar a que los peces piquen —le dijo el zorro al lobo.

Así que el ingenuo lobo bajó al río, hizo un agujero en el hielo e introdujo su cola en la grieta, pero como era invierno, pronto la cola se congeló en el agua, de modo que no importó lo fuerte que tiró para intentar sacarla; no pudo. No tuvo más remedio que sentarse sobre el hielo y pasar allí toda la noche.

A la mañana siguiente, muy de mañana, una mujer fue a buscar agua al río y al ver al lobo empezó a gritar:

—¡Socorro! ¡Un lobo, un lobo! ¡Que alguien me ayude!

Al oírla, los aldeanos acudieron a toda prisa y comenzaron a golpear al lobo con palos, piedras y todo lo que encontraron cerca.

No supo cómo lo consiguió, pero el pobre lobo finalmente pudo soltar su cola helada y escapar de la gente. Mientras huía pensaba: «Maldito zorro, ¡me vengaré de ti! ¡Me las pagarás!

A poca distancia, el zorro, que había sido testigo de todo lo ocurrido, se deslizó con cautela dentro de la choza donde la mujer que había gritado estaba preparando un pastel de frambuesas y se embadurnó el cuerpo con la mermelada de los frutos rojos.

Cuando el enojado lobo dio con el zorro, le dijo que se lo iba a comer y le contó cómo la gente lo había golpeado hasta casi matarlo. El zorro le respondió:

—Lo siento mucho, pero a mí me golpearon también y mucho más fuerte que a ti. Fíjate, yo estoy sangrando y tú no.

—Eso es verdad —asintió el lobo mientras miraba las supuestas heridas del zorro—. Te llevaré a mi casa y te curaré —Se ofreció solícito.

El lobo llevó al zorro a su casa y allí lo estuvo cuidando y alimentando hasta que llegó la primavera. Con los primeros rayos de sol, el zorro recuperó milagrosamente la salud y el lobo, al darse cuenta de ese nuevo engaño, gruñó enfadado:

—¡Me has traicionado otra vez! Esta vez no te vas a librar, ¡voy a comerte!

—¡Espera, espera! al menos dame la oportunidad de poner en orden mis asuntos antes de comerme. Vayamos a mi casa, podrás quedarte con todas mis pertenencias.

El lobo aceptó y el zorro lo condujo hasta lo más hondo del bosque, a un lugar en el que sabía que había una profunda cueva de la cual era imposible salir.

—Antes de empezar a comerme, entra para ver todo lo que tengo.

El incauto lobo así lo hizo y el zorro aprovechó para deslizar una pesada piedra que selló la entrada.

—¡Déjame salir! —suplicaba—. ¡Te prometo que no te comeré! ¡Te lo prometo!

—Te creo, te creo. Tú siéntate y espera, que ahora mismo te ayudo —contestó el zorro mientras se alejaba de allí.

FIN

El pastorcillo mentiroso

Ilustración: Niky-Chan

Érase una vez un joven pastorcillo que se pasaba la mayor parte del tiempo cuidando de su rebaño de ovejas. Muy de mañana, las llevaba a pastar a los campos que rodeaban la pequeña aldea en la que vivía. A diario, cuando el sol empezaba a asomar, hacía lo mismo: se levantaba, metía en su zurrón un trozo de pan y un poco de queso y, seguido de sus ovejas, se dirigía hacia las praderas, donde se pasaba todo el día. Una jornada de otra solo se diferenciaba porque llovía o hacía sol, por lo demás todas trascurrían de igual modo.

A menudo, mientras miraba a los animales pastar, pensaba en las muchas cosas que podría estar haciendo en aquel momento si no fuera porque tenía que trabajar y como el tiempo pasaba muy lento y se aburría mucho, echaba a volar la imaginación para divertirse. Un día, mientras dormitaba debajo de un árbol, se le ocurrió una idea… Pensó que podría pasar un buen rato divirtiéndose a costa de sus vecinos y empezó a gritar:

—¡Qué viene el lobo! ¡Qué viene el lobo!

La gente, sin perder ni un segundo, tomó lo que tenía más a mano para defenderse del animal y acudió corriendo a auxiliar al pobre pastorcito, que seguía pidiendo auxilio a gritos. Al llegar allí, los vecinos descubrieron que todo había sido una pesada broma del pastor, que, al ver reunidos a su alrededor a sus vecinos con cara de susto y armados hasta los dientes, se desternillaba de la risa por el suelo. Los aldeanos, muy enfadados, le afearon su actitud y regresaron a sus quehaceres.

Una vez se hubieron ido, pensó el pastor que aquello había sido muy divertido. ¡No se había reído tanto en toda su vida!, así, que decidió repetir su juego. Cuando vio que la gente ya se había alejada lo suficiente, volvió a gritar:

—¡Qué viene el lobo! ¡Qué viene el lobo!

De nuevo, la gente, al oír su grito de socorro, desanduvo el camino y acudió a toda prisa, pensando que, esta vez, sí que era cierto que lo atacaba el lobo y que, realmente, el pastor necesitaba su ayuda. Pero al llegar donde estaba el chiquillo, se lo encontraron riendo sin parar. más aún que la primera vez, y no paraba de burlarse de que hubieran vuelto otra vez para auxiliarlo. Esta vez, los aldeanos se enfadaron muchísimo y se marcharon muy molestos de la nueva mala pasada del pastor.

Cayó la noche; el pastor recogió su rebaño y se fue a su casa.

A la mañana siguiente, con los primeros rayos de sol, el pastor se dirigió al prado para que sus ovejas comieran. Cada vez que recordaba lo ocurrido el día anterior, le entraba la risa y, en modo alguno, pensaba en la mala pasada que les había hecho a sus vecinos ni en el mal rato que les había hecho pasar. Tan divertido estaba recordando su jugarreta, que no se dio cuenta de que, sigiloso, se acercaba a sus espaldas un gran lobo gris. Al oír crujir una rama, se dio media vuelta y vio al enorme animal. El miedo le recorrió el cuerpo de arriba abajo. El lobo se acercaba más y más, despacio, con las fauces abiertas, medio muerto de hambre, gruñendo… Y cuando ya estaba a pocos pasos del pastor, este empezó a gritar desesperadamente:

—¡Qué viene el lobo! ¡Qué viene el lobo! ¡Me va a comer! ¡Socorro!

Pero, aunque gritó, lloró e imploró sin parar, sus súplicas fueron en vano. Los aldeanos oyeron sus ruegos, pero hicieron caso omiso de ellos, porque no creyeron lo que decía el pastor. Recordaron las mentiras del día anterior y, esta vez, hicieron oídos sordos. Pensaron que ahora tampoco decía era verdad.

¿Y qué es lo que pasó? Pues que el pastor se subió a un árbol para salvarse del ataque y, desde allí, vio impotente cómo la fiera se abalanzaba sobre su rebaño y lo devoraba entero mientras él no dejaba, entre dentellada y dentellada del lobo, de gritar:

—¡Esta vez prometo que es verdad! ¡No os engaño! ¡El lobo está aquí y se está comiendo las ovejas!

Tarde y mal, el pastorcillo se dio cuenta de su mal comportamiento y se arrepintió de su actitud. Desde ese día, nunca más volvió a mentir ni a burlarse de sus semejantes y comprendió que, para divertirse, siempre es mucho mejor reírse con las personas que de las personas.

FIN

El árbol que hablaba

Ilustración: AlectorFencer

En una espesa selva vivía un lobo feroz. Un día, mientras intentaba cazar algo para comer, topó con un árbol de cuyas extrañas hojas rojas se desprendía un tenue resplandor. Curioso, se acercó más a él para observarlo mejor y fue entonces cuando oyó que el árbol hablaba.

El lobo se asustó y exclamó:

—Hasta hoy, jamás me había encontrado con algo tan maravilloso como un árbol parlante.

Tan pronto hubo pronunciado esas palabras, alguna cosa que no pudo ver lo golpeó y lo dejó inconsciente. No supo cuánto tiempo permaneció tendido a los pies del misterioso árbol, pero al despertar estaba demasiado asustado para pensar en otra cosa que en huir, así que se levantó de inmediato y no paró de correr hasta llegar a su casa.

El lobo estuvo meditando largo rato acerca de lo que le había ocurrido y se dio cuenta de que podría usar el árbol en beneficio propio. Volvió a salir de casa y fue paseando en busca de su vecino el antílope. Cuando dio con él, le contó la historia del árbol que hablaba, pero el antílope no creyó nada de lo que le contaba.

—Si no me crees, ven y tú mismo podrás verlo —propuso el lobo—, pero debes tener cuidado. Cuando estés delante del árbol asegúrate de decir estas palabras: «Hasta hoy, jamás me había encontrado con algo tan maravilloso como un árbol parlante». Si cuando estés ante él no pronuncias esta frase, morirás.

El lobo y el antílope se dirigieron hacia el lugar en el que estaba el árbol que hablaba y una vez ante él, el antílope dijo:

—Has dicho la verdad, lobo, hasta hoy, jamás me había encontrado con algo tan maravilloso como un árbol parlante.

Tan pronto dijo esto, alguna cosa lo golpeó y lo dejó inconsciente. El lobo cargó con él a su espalda y se lo llevó a su casa para comérselo. «Este árbol que habla solucionará todos mis problemas —pensó el lobo—. Si soy listo, nunca más volveré a pasar hambre».

Al día siguiente, el lobo paseaba como de costumbre cuando topó de frente con una tortuga. Le contó la misma historia que le había contado al antílope y la llevó hasta el lugar en el que estaba el árbol parlante. La tortuga se sorprendió mucho al oírlo hablar:

—No creí que esto fuera posible —dijo—, hasta hoy, jamás me había encontrado con algo tan maravilloso como un árbol parlante.

Inmediatamente fue golpeada por algo que no pudo ver y se desvaneció. El lobo la arrastró hasta su casa y la puso en una olla para hacer con ella una deliciosa sopa.

El lobo estaba orgulloso de sí mismo. Después del antílope y la tortuga dio cuenta de un cuervo, de un jabalí, y de un ciervo. ¡En su vida había comido mejor! Ahora usaba siempre la misma estrategia: contaba a sus presas la misma historia y les decía que debían pronunciar ante el árbol la fatídica frase y que si no la decían, morirían. Todos hacían lo que el lobo les decía y todos quedaban inconscientes. Luego el lobo cargaba con ellos hasta su casa. ¡Era un plan perfecto!, era simple e infalible, y él agradecía a los dioses de la selva haber puesto en su camino aquel árbol. Esperaba seguir comiendo como un rey el resto de su vida.

Un día, que se sentía hambriento salió a pasear en busca de una nueva víctima. Esta vez se tropezó con una liebre y el lobo le dijo:

—Hermana liebre, tengo un secreto que es probable que no lo conocieran ni tus antepasados.

—¿Y cuál es ese secreto, hermano lobo? —preguntó curiosa la liebre.

—En esta selva hay un árbol que habla —susurró el lobo.

Y, acto seguido, le contó a la liebre la misma historia de siempre y se ofreció a acompañarla a ver el árbol parlante. La liebre aceptó y fueron juntos hasta el lugar. Cuando ya estaban cerca del árbol el lobo le recordó:

—No olvides decirle al árbol lo que te he dicho.

—¿Qué debo decirle? —preguntó la liebre.

—La frase que debes pronunciar cuando estés en su presencia si no quiere morir —contestó el lobo.

—¡Ah!, sí —dijo la liebre.

Y empezó a hablar con el árbol.

—¡Oh!, gran árbol, ¡oh!, gran árbol —recitó—. ¡Oh! árbol majestuoso y…

—No, eso no es lo que has de decir —la cortó el lobo.

—Perdona —se excusó la liebre. Y volvió a recitar—. Árbol, ¡oh!, árbol, hasta hoy, jamás me había encontrado con algo tan maravilloso como un árbol raro.

—¡No, no y no! —se impacientó el lobo— no «un árbol raro», sino «un árbol parlante». Lo que tienes que decir es: «Hasta hoy, jamás me había encontrado con algo tan maravilloso como un árbol parlante».

Tan pronto como hubo dicho estas palabras, el lobo cayó inconsciente. La liebre se alejó despacio, girándose, de cuando en cuando, para observar aquel extraño árbol rojo y al lobo tendido bajo él. Luego sonrió:

—Así que este era su plan, señor lobo. Usted se pensó que esta liebre era boba y que hoy sería su comida.

La liebre puso tierra por medio y en su camino fue contando a todos los animales de la selva el secreto del árbol rojo que hablaba. El plan del lobo quedó al descubierto, y el árbol, sin poder herir a nadie más, continuó hablando solo.

FIN

El hueso de la ciruela

Ilustración: Alexei Pakhomov

Una madre compró ciruelas para darlas de postre a sus hijos. Las ciruelas estaban en un plato. Vania no había comido nunca ciruelas y no hacía más que olerlas. Le gustaron mucho. Y sintió deseos de probarlas. Todo el tiempo andaba rondando las ciruelas. Y, cuando se quedó solo en la habitación, no pudo contenerse, tomó una ciruela y se la comió. Antes del almuerzo, la madre contó las ciruelas y vio que faltaba una. Se lo dijo al padre.

Durante el almuerzo, el padre preguntó:

—Decidme, hijitos, ¿no se ha comido ninguno de vosotros una ciruela?

Todos dijeron:

—No.

Vania se puso rojo como la grana y dijo también:

—Yo no me la he comido.

Entonces, el padre dijo:

—Uno de vosotros se la ha comido, y eso no está bien. Pero no es lo peor. Lo peor es que las ciruelas tienen huesos, y si alguien no sabe comerlas y se traga uno, se muere al día, siguiente. Eso es lo que temo.

Vania se puso pálido y dijo:

—El hueso lo arrojé por la ventana.

Todos se echaron a reír, pero Vania estalló en sollozos.

FIN

El sueño

Ilustración: juliette5094

Érase una vez una mujer muy pobre, cuya única posesión era un mortero en el que, cada mañana, machacaba los granos que a su vecino, un rico terrateniente, le caían de la carreta cuando se dirigía a vender su trigo al mercado.

Con el primer canto del gallo, la mujer se ponía en pie y esperaba paciente, junto al camino, el paso del pesado carromato para recoger, antes de que los pájaros se lo comieran, el dorado manjar con el que amasaba el pan que le servía de alimento.

 Una mañana, en el mismo instante que pasaba la carreta, vio cruzar por el camino un veloz conejo y sin pensarlo dos veces, le tiró la mano de mortero a la cabeza.

Justo en el mismo instante, el rico terrateniente disparó su escopeta apuntando al conejo.

El conejo cayó muerto y el terrateniente y su vecina entablaron una disputa sobre cuál de los dos lo había matado.

—Te propongo un trato —dijo la mujer—, como ahora tienes prisa para llegar al mercado y yo debo amasar mi pan, guarda tú el conejo, pero invítame esta noche a cenar a tu casa y veremos cómo resolvemos la disputa.

El hombre aceptó y aquella noche se reunieron los dos en casa del terrateniente, que ya había preparado una cena estupenda para ambos.

Cuando acabaron de cenar, la mujer dijo:

—Escucha, a ver qué te parece mi propuesta. En este momento el conejo no es ni tuyo ni mío, puesto que yo digo que lo mató mi mano de mortero y tú afirmas que fuiste tú, con tu escopeta, el que lo hizo. Si te parece bien, me quedaré a dormir aquí en tu casa. Tú te acuestas en tu cama y mañana por la mañana, el que haya tenido el sueño más bonito se quedará con el conejo. No te preocupes por mí: si me das una manta vieja, dormiré en el suelo, aquí mismo en la cocina, cerca del fuego.

Y así lo hicieron. El cazador se fue a dormir al piso de arriba y la mujer se acurrucó en el suelo de la cocina.

A la mañana siguiente, el cazador bajó y le dijo a la mujer:

—Muy bien, podemos empezar. Cuéntame tu sueño.

—No, no, por favor, primero cuéntame tú el tuyo, ya que eres el anfitrión. Además, tú eres más importante que yo.

—De acuerdo entonces. Te lo contaré. Esta noche he soñado con una escala de oro larga, muy larga. La escala colgaba junto a mi cama, traspasaba el techo de la casa y subía hasta el cielo. Al principio me dio miedo subir por ella, porque no sabía qué encontraría al final, pero me decidí y, peldaño a peldaño, ascendí un buen rato, hasta que toqué las nubes, que se iban abriendo a mi paso. Por fin, llegué a un paraíso casi imposible de describir. En él sonaba la música más bella que oído humano haya escuchado jamás; el aroma penetrante de fragantes flores inundaba mi nariz. Probé manjares exquisitos, cuyo sabor no recordaba nada de lo que hasta ahora he comido. En fin, que soy incapaz de referir con detalle todas las maravillas que allí encontré. Tan bello era lo que me rodeaba, que no quería regresar, pero el gallo cantó, me desperté, abrí los ojos y estaba en mi cama. En resumen, he tenido un sueño espléndido. Y tú, ¿qué has soñado?

—Pues, aunque no te lo creas, yo he tenido, exactamente, el mismo sueño que tú. He visto la escala de oro, he visto cómo trepabas por ella hasta el cielo y, desde aquí abajo, he oído la música maravillosa y he olido las flores; ¡y hasta me ha parecido ver esos manjares que cuentas!, y como me he figurado que no ibas a querer volver y que te quedarías allí para siempre, me he comido el conejo.

FIN

El lobo bobo y la zorra astuta

Ilustración: Evolvana

Había una vez una zorra que tenía dos zorritas de corta edad. Cerca de su casa, que era una chocita, vivía un lobo, su compadre. Un día que pasaba por allí, vio que este había hecho mucha obra en su casa y la había puesto que parecía un palacio. Díjole el compadre que entrase a verla, y vio que tenía su sala, su alcoba, su cocina y hasta su despensa, que estaba muy bien provista.

—Compadre —le dijo la zorra—, veo que aquí lo que falta es un tarrito de miel.

—Verdad es —contestó el lobo.

Y como acertaba a la sazón a pasar por la calle un hombre pregonando:

¡Miel de abejas,

zumo de flores!

comprola el lobo, y llenó con ella un tarrito, diciéndole a su comadre que, estando rematada la obra de su casa, la convidaría a un banquete y se comerían la miel.

Pero la obra no se acababa nunca, y la zorra, que se chupaba las patas por la miel, estaba deshaciéndose por zampársela.

Un día le dijo al lobo:

—Compadre, me han convidado para madrina de un bautizo, y quisiera que me hiciese usted el favor de venirse a mi casa a cuidar de mis zorritas, entre tanto que estoy fuera.

Accedió el lobo, y la zorra, en lugar de ir al bautismo, se metió en casa del lobo, se comió una buena parte de la miel, cogió nueces, avellanas, higos, peras, almendras y cuanto pudo rapiñar, y se fue al campo a comérselos alegremente con unos pastores, que en cambio le dieron leche y queso.

Cuando volvió a su casa, dijo el lobo:

—Vaya, comadre; ¿qué tal ha estado su bautizo?

—Muy bueno —contestó la zorra.

—Y el niño, ¿cómo se llama?

—Empezili —respondió la supuesta madrina.

—¡Ay, qué nombre! —dijo su compadre.

—Ese no reza en el almanaque. Es un santo de poca nombradía —respondió la zorra.

—¿Y los dulces? —preguntó el compadre.

—Ni un dulce ha habido —respondió la zorra.

—¡Ay, Jesús, y qué bautismo! —dijo mal engestado el lobo—. ¡No he visto otro! Yo me he quedado aquí todo el día como una ama de cría con las zorritas por tal de comerlos, y se viene usted con las patas vacías. ¡Pues está bueno!

Y se fue enfurruñado.

A poco tuvo la zorra grandes ganas de volver a comer miel, y se valió de la misma treta para sacar al lobo de su casa, prometiéndole que le traería dulces del bautismo. Con esas buenas palabras convenció al lobo, y cuando volvió a la noche, después de haberse pasado un buen día de campo y haberse comido la mitad de la miel, le preguntó su compadre que cómo le habían puesto al niño. A lo que ella contestó:

—Mitadili.

—¡Vaya un nombre! —dijo el compadre, que, por lo visto, era un poco bobo—. No he oído semejante nombre en mi vida de Dios.

—Es un santo árabe —le respondió su comadre.

Y el lobo quedó muy convencido de este marmajo, y le preguntó por los dulces.

—Me eché un rato a dormir bajo un olivo, vinieron los estorninos y se llevaron uno en cada pata y otro en el pico —respondió la zorra.

El lobo se fue enfurruñado y renegando de los estorninos.

Al cabo de algún tiempo fue la zorra con la misma pretensión a su compadre.

—¡Que no voy! —dijo este—. Que tengo que cantarle la nana a sus zorrillas para dormirlas, y no me da la gana de meterme al cabo de mis años a niñera, sin que llegue el caso que traiga usted un dulce siquiera de tanto bautizo a que la convidan.

Pero tanta parola le metió la comadre y tantas promesas le hizo de que le traería dulces, que al fin convenció al lobo a que se quedase en su choza.

Cuando volvió la zorra, que se había comido toda la miel que quedaba, le preguntó el lobo que cómo le habían puesto al niño, a lo que contestó:

—Acabili.

—¡Qué nombre! ¡Nunca lo he oído! —dijo el lobo.

—A ese santo no le gusta que suene su nombre, respondió la zorra.

—Pero ¿y los dulces? —preguntó el compadre.

—Se hundió el horno del confitero y todos se quemaron —respondió la zorra.

El lobo se fue muy enfadado, diciendo:

—Comadre, ojalá que a sus dichosos ahijados Empezili, Mitadili y Acabili, se les vuelvan cuantos dulces se metan en la boca guijarros.

Pasado algún tiempo, le dijo la zorra al lobo:

—Compadre, lo prometido es deuda; su casa de usted está rematada, y tiene usted que darme el banquete que me prometió.

El lobo, que tenía todavía coraje, no quería; pero al fin se dejó engatusar, y se dio el convite a la zorra.

Cuando llegó la hora de los postres, trajo, como había prometido, la orza de miel, y venía diciendo al traerla:

—¡Qué ligera que está la orcita! ¡Qué poco pesa la miel!

Pero cuando la destapó se quedó cuajado al verla vacía.

—¿Qué es esto? —dijo.

—¡Qué ha de ser! —respondió la zorra—. ¡Que usted se la ha comido toda para no darme parte!

—Ni la he probado siquiera —dijo el lobo.

—¡Qué! Es preciso, sino que usted no se acuerda.

—Digo a usted que no, ¡canario! Lo que es que usted me la ha robado, y que sus tres ahijados, Empezili, Mitadili y Acabili, han sido empezar, mediar y acabar con mi miel.

—¿Conque tras que usted se comió la miel por no dármela, encima me levanta un falso testimonio? Goloso y maldiciente, ¿no se le cae a usted el hocico de vergüenza?

—¡Que no me la he comido, dale! Quien se la ha comido es usted, que es una ladina y ladrona, y ahora mismo voy al león a dar mi queja.

—Oiga usted, compadre, y no sea tan súbito —dijo la zorra—. El que comió miel, en poniéndose a dormir al sol la suda. ¿No sabía usted eso?

—Yo, no —dijo el lobo.

—Pues mucha verdad que es —prosiguió la zorra—. Vamos a dormir la siesta al sol, y cuando nos despertemos, aquel que le sude la barriga miel, no hay más sino que es el que se la ha comido.

Convino al cabo, y se echaron a dormir al sol.

Apenas oyó la zorra roncar a su compadre, cuando se levantó, arrebañó la orza y le untó la barriga con la miel que recogió. Se lamió la pata y se echó a dormir.

Cuando el lobo se despertó y se vio con la barriga llena de miel, dijo:

—¡Ay, sudo miel! Verdad es, pues yo me la comí. Pero puedo jurar a usted, comadre, que no me acordaba. Usted perdone. Hagamos las paces, y váyase el demonio al infierno.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar «El lobo bobo y la zorra astuta» con la voz de Angie Bello Albelda

Verdad y Mentira

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Ilustración: pesare

Cuentan que una vez, cuando los animales aún hablaban y el sol madrugaba más que ahora, se encontraron en medio de un camino la Verdad y la Mentira, que viajaban por el mundo captando adeptos para sus respectivas causas.

Entablaron una animada discusión sobre si era más conveniente ser sincero o mentiroso y al no ponerse de acuerdo, decidieron seguir juntas su periplo para comprobar cuál de las dos tenía razón.

Antes de emprender la marcha, pactaron que un día una y otro día la otra, se responsabilizarían de buscar alojamiento y sustento y de hablar con la gente que les saliera al paso y que cuando no fuera su turno no intervendrían, escucharan lo que escucharan.

Ya sospecharéis que la Verdad era muy sincera; siempre decía lo que pensaba y nunca jamás mentía. En cambio, la Mentira era justo todo lo contrario, no era en absoluto sincera, mentía y lisonjeaba para obtener provecho de sus aranas o bien para congraciarse con los demás, diciéndoles todo aquello que deseaban escuchar.

Al finalizar la primera jornada de viaje juntas, llegaron a una posada y la Verdad pidió alojamiento. Aclaró que estaban de paso y que solo se quedarían aquella noche. «Poco negocio haré con este par», pensó para sí el posadero. Y se dispuso a darles la peor habitación de todas, afirmando que era la única que le quedaba, a pesar de que en la posada no se alojaban otros viajeros.

La Mentira callaba, según lo acordado, mientras la Verdad, al ver aquella estancia cochambrosa, le fue indicando al posadero todo lo que estaba mal, roto o sucio. El posadero se quedó tan boquiabierto al escuchar tantas verdades juntas, que no acertó a replicar.

La Verdad y la Mentira se encerraron en su habitación y, desde allí, oyeron cómo el dueño de la venta preparaba la cena y, después, se sentaba a comer.

Esperaron en vano a que el hombre las avisara para tomar un bocado, hasta que la Verdad decidió salir y recriminarle al posadero su falta de hospitalidad. El posadero la escuchó ofendido y replicó que no servía cenas a quien lo criticaba, así que las dos viajeras no tuvieron más remedio que irse a dormir muertas de hambre.

Al día siguiente, al reemprender su viaje, la Mentira le dijo a la Verdad:

—Compañera, hoy me toca a mí. Te ruego que, oigas lo que oigas, no hables.

Atardecía cuando llegaron a la siguiente población y decidieron pasar allí la noche. La Mentira se dirigió sin tardanza a casa del alcalde para saludarlo y presentarse:

—Sepa usted, señor alcalde, que viajo de incógnito, con la única compañía de mi ayudante. Soy alguien muy importante, mi poder no tiene límites. Puedo conseguir todo aquello que me proponga. Incluso cosas que nadie creería.

Acto seguido, le pidió al alcalde que convocara a todos los habitantes para poder contar cuáles eran esas habilidades extraordinarias.

Cuando el pueblo al completo estuvo reunido en la plaza mayor, la Mentira pronunció su discurso. Contó que estaba de paso y que, únicamente, podía quedarse aquella noche, ya que gentes de otros pueblos reclamaban su presencia. Afirmó que estaban en presencia de alguien tan poderoso, que incluso podía resucitar a los muertos. No obstante, añadió, como era muy tarde y estaba cansada del largo viaje, se marchaba a descansar. Sin embargo, al día siguiente, a mediodía, y para demostrar lo que afirmaba, resucitaría a todos los difuntos que hubieran fallecido el último año.

Dicho esto, la gente se dispersó y la Mentira y su compañera de viaje se acomodaron en la suntuosa casa en la que eran alojadas las personas distinguidas que visitaban el pueblo.

No habían pasado ni cinco minutos, cuando el alcalde se presentó para advertir a la Mentira de que cuando resucitara a los muertos, ni se le ocurriera resucitar a su predecesor, puesto que él hacía solo una semana que había tomado posesión de su nuevo cargo. El motivo estaba claro: si resucitaba al anterior alcalde, perdería su puesto. La Mentira escuchó, pero no dijo ni que sí, ni que no.

Al cabo de un minuto de haberse marchado el alcalde, se presentó ante la Mentira una mujer, que contó que había perdido a su marido hacía once meses. El marido, que en vida había sido el mayor tacaño del que se tenga noticia, le había dejado en herencia una inmensa fortuna, de la que ahora disfrutaba y a la que tendría que renunciar si él regresaba. De nuevo, la Mentira escuchó, pero no dijo ni que sí, ni que no.

Tras la mujer, se presentaron otras personas con la misma súplica: que resucitara a cualquier difunto, menos al suyo. Aunque los motivos eran diversos, el más frecuente era el de las herencias. Dinero, objetos o propiedades que se verían obligados a devolver a sus legítimos dueños en caso de que volvieran a la vida. A todos escuchó la Mentira, pero a nadie le dijo ni que sí, ni que no.

Había ya oscurecido y se acercaba la hora de cenar, pero como cada uno de los que había visitado a la Mentira para pedirle que dejara a su muerto muerto y bien muerto la había intentado sobornar con una gran bandeja repleta de las más exquisitas y delicadas viandas, el problema fue elegir qué comer.

Mientras daban cuenta de aquellos manjares, la Verdad le dijo a la Mentira:

—Te has pasado con tus embustes. ¿Cómo has sido capaz de prometer devolver la vida a un muerto? Todo el mundo sabe que eso es imposible. Y más increíble aún, es que la gente te haya creído.

—Sí, hay cosas que todo el mundo sabe que son imposibles pero que, sin embargo, desean creer. Gracias a eso, hoy nos iremos a comer con la barriga bien llena y dormiremos en una cama mullida.

A mediodía, la plaza mayor estaba abarrotada, llena de curiosos que esperaban el milagro anunciado por la Mentira. Esta empezó su discurso:

—Buenos días,  sin que nadie se ofenda por ello, creo que es mi deber empezar por resucitar a la persona más importante de este pueblo. Es decir, al antiguo alcalde.

El nuevo alcalde se apresuró a responder:

—Mi predecesor dirigió nuestros destinos durante más de sesenta años. Se dedicó en cuerpo y alma al servicio de la comunidad y todos lo apreciamos por ello. Justo es que ahora lo dejemos tranquilo, ya hizo suficiente. Creo que será mejor empezar con otro.

—Ya habéis oído lo que dice el señor alcalde —dijo la Mentira—. La palabra de un alcalde es ley. Por lo tanto, empezaré con otro difunto.

Se dirigió entonces a la mujer que había perdido a su marido hacia casi un año. Sin embargo, ella también rechazó la oferta diciendo que su marido se había pasado la vida trabajando duramente y que él mismo había afirmado en los últimos tiempos que estaba ya cansado.

Acató la Mentira el deseo de la mujer y pasó a otra persona, y luego a otra y a otra, y a otra más, siguiendo el orden de las visitas recibidas la noche anterior. Todos ponían alguna excusa para que no se obrara el milagro en sus difuntos.

Finalmente, dijo:

—Ya lo veis, soy capaz de resucitar a los muertos, pero preferís que no lo haga, así que acataré vuestros deseos y los dejaré descansar en paz.

La gente empezó a dispersarse en dirección a sus casas y cuando la plaza quedó desierta, las dos viajeras se dirigieron a su alojamiento para recoger sus pertenencias antes de marcharse. Al abrir la puerta, casi ni pudieron entrar, tan llena estaba la casa de los regalos de agradecimiento que les había enviado la gente del pueblo.

De nuevo en ruta, la Verdad reflexionó:

—Yo siempre soy sincera y valoro la franqueza por encima de todas las cosas, pero lo cierto es que en el mundo hay muchos mentirosos y de eso, en parte, la culpa es de la propia gente, que prefiere creer cualquier embuste antes que aceptar la verdad. Además, hay personas tan simples que pagan muy caras las mentiras, cuando escuchar las verdades les saldría gratis. ¡Esto no hay quién lo entienda!

FIN

Si quieres, también puedes escuchar «Verdad y Mentira» con la voz de Angie Bello Albelda