Fábula

El color de los pájaros

Ilustración: Lucky978

Cuando el mundo estaba recién hecho y el tiempo aún no se medía, los pájaros tenían las plumas exactamente iguales; todas eran de color marrón. Las aves se podían diferenciar por su nombre, por la forma de su cuerpo o por su canto. Sin embargo, cuando miraban a su alrededor, veían que en la Tierra lucían hermosos colores por doquier. Los pájaros envidiaban el azul del cielo, el verde de las praderas y del mar, los siete colores del arco iris y las vivas tonalidades de las flores en primavera.

Un día, después de mucho parlamentar sobre el color de su plumaje, los pájaros decidieron formar un comité y pedir una cita con Madre Naturaleza para que solucionara su problema.

Madre Naturaleza, los recibió enseguida, los escuchó atentamente y estuvo de acuerdo en que no les vendría nada mal un poco de color, pero les puso una condición: ella no decidiría los tonos que lucirían los pájaros; deberían ser ellos mismos los que eligieran la tonalidad. Pero, ¡cuidado!, deberían pensar muy bien cuál elegirían, ya que, al ser tantos, debería repartir entre todos la pintura y solo podría pintarlos una vez.

Una vez de acuerdo, el águila, como portavoz de los pájaros, fue la encargada de comunicar la noticia a lo largo y ancho del planeta:

—¡Atención, atención! ¡Pájaros del mundo! Madre Naturaleza cambiará el color de las plumas a todos los pájaros que así lo deseen. Nos espera a todos la próxima semana en su palacio —gritaba el águila mientras sobrevolaba con sus poderosas alas selvas, bosques y valles.

La semana pasó lentamente. Todos los pájaros aguardaban impacientes el día y pensaban, nerviosos, en qué color les convenía más elegir.

La mañana del día señalado fueron volando al palacio de Madre Naturaleza.

La urraca llegó la primera y pidió:

—Creo que debo elegir colores de los cuales no me canse nunca. Algo clásico y elegante, que sirva para cualquier ocasión. Blanco o negro… Como no me decido, combinaré los dos. Quiero un negro azulado, de esos que brillan intensamente cuando les da el sol y un toque de blanco en el pecho y en la punta de las alas.

El siguiente en elegir fue el periquito:

—Yo prefiero algo menos formal. Una mezcla alegre será ideal. Quiero manchas blancas, azules y amarillas por todo el cuerpo.

Los que miraban estuvieron de acuerdo en que aquellos colores lo favorecían mucho.

El siguiente en la fila era el pavo real. Se acercó contoneándose y pidió con voz chillona:

—Como puedes observar, mi cola es especial, así que quiero que resalte. Me iría bien una combinación de colores armónicos, pero que no resulten aburridos. Azul, verde, amarillo, rojo y dorado sería perfecto.

Los demás pájaros se burlaron de él a escondidas. ¡Era tan presumido el pavo real!

El canario se acercó dando saltitos:

—¡Me encanta el sol! ¡Adoro el sol! ¡Quiero ser como el sol! ¡Por favor, pinta todas mis plumas de amarillo!

Después, llegó el turno del loro:

—No quiero pasar desapercibido. Quiero que se me vea bien desde muy lejos. Quiero que me pintes con tooooooooooodosssssssss los colores de tu paleta.

—¡Vaya desperdicio de pintura! —murmuraron algunos, enfadados ante tal atrevimiento y descaro. Pero el loro se alejó atusando sus plumas, más feliz que una perdiz.

Poco a poco, los pájaros fueron desfilando ante Madre Naturaleza. Los colores de su paleta se fueron gastando a medida que las aves elegían sus nuevas tonalidades. Todos lucían orgullosos sus recién estrenadas plumas y ella empezó a recoger sus utensilios de pintura.

De repente, una voz la frenó en seco y le hizo volver la cabeza. Por la puerta del palacio entraba corriendo un pequeño gorrión:

—¡Espera!, ¡espera!, por favor —piaba angustiado—, todavía falto yo. Estaba muy lejos y, como soy tan chiquito, he tardado mucho en llegar. ¡Yo también quiero cambiar de color!

Madre Naturaleza lo miró con tristeza:

—¡Lo siento! Ya no me quedan colores.

—¡Está bien!, no pasa nada —susurró el gorrión tristemente mientras se alejaba cabizbajo—, de todas formas, el color marrón tampoco está tan mal.

—¡Un momento! —gritó Madre Naturaleza—. Mira, he encontrado una pequeña gota de color amarillo en mi paleta. Debió sobrar al pintar al canario.

El gorrión se acercó corriendo muy contento. Madre Naturaleza mojó su pincel en la gota de pintura amarilla, se agachó y con mucho cuidado pintó al pajarito.

Por eso, si os fijáis bien en los gorriones, podréis descubrir una pequeña manchita amarilla; la última gota de color que había quedado en la paleta de Madre Naturaleza después de pintar a todas las aves del mundo.

FIN

El árbol que no sabía quién era

Ilustración: micorl

En un lugar que podría ser cualquier lugar, y en un tiempo que podría ser cualquier tiempo, existió un exuberante jardín en el que plantas y árboles de todo tipo crecían por doquier. Allí se podían ver manzanos, perales, naranjos, rosales… En aquel jardín reinaba la alegría. Todos estaban satisfechos y felices. Todos excepto un árbol que se sentía profundamente triste, porque aunque sus ramas eran grandes y verdes, no daban flores ni frutas.

—Todos tenéis algo que ofrecer, excepto yo. No sé para qué sirvo. No sé quién soy… —se lamentaba.

—Lo que te ocurre es que te falta concentración —le decía el manzano—. Concéntrate. Si realmente lo intentas, podrás dar fruta buenísima como yo. ¿Ves qué fácil es? Observa cómo están cargadas de hermosas manzanas mis ramas.

—No lo escuches —exigía el rosal—. Es más fácil florecer. Solo tienes que esperar a la primavera y las flores brotan solas. Ser un rosal y dar rosas es mejor que dar manzanas.  Además, son más bonitas y huelen mejor.

—Lo más importante es trabajar con ganas —le recriminaba el melocotonero—. Lo que te ocurre a ti es que no te esfuerzas lo suficiente. Mi esfuerzo me ha costado hacer crecer estos jugosos melocotones.

El árbol, desesperado, intentaba todo lo que le sugerían: se concentraba, aguardaba, paciente, la llegada de la primavera, se esforzaba… Pero todo era en vano. No conseguía parecerse a los demás y cada vez se sentía más inútil y triste.

Un día, llegó hasta aquel jardín una lechuza, la más sabia de las aves. Se posó sobre las verdes ramas del árbol y al ver la desesperación de este le dijo:

—No te preocupes. Tu problema no es grave… Lo que te ocurre a ti es exactamente lo mismo que les ocurre a otros muchos seres sobre la Tierra. No deberías dedicar tu vida a intentar ser como los demás. Deberías intentar ser tú mismo. Y para ser tú mismo, el primer paso es conocerte, saber cómo eres realmente, de qué eres capaz. Debes aprender a escucharte.

—¿Escucharme? ¿Ser yo mismo? ¿Conocerme? —preguntó el árbol angustiado y desesperado— ¡¿Pero cómo!?

—Eso deberás descubrirlo tú solo, yo no te puedo enseñar.

Dicho esto, la lechuza emprendió el vuelo y se alejó del jardín, dejando al árbol, desconcertado y confuso y aún más triste de lo que estaba, meditando sobre lo que le había dicho.

Pasó el tiempo y, finalmente, un día, el árbol comprendió. Cerró los ojos y los oídos y abrió el corazón para escuchar una voz que en su interior le susurraba: «Tú jamás darás manzanas, porque no eres un manzano. Tampoco florecerás cada primavera, porque no eres un rosal. Y nunca darás melocotones, porque no eres un melocotonero. Tú eres un roble. Tu destino es crecer grande y majestuoso, ofrecer tus verdes ramas para que aniden las aves, para que se cobijen en su sombra los viajeros y para adornar con su belleza los paisajes. Ese eres tú. ¡Sé tú mismo!, ¡sé el que eres!».

Poco a poco, el árbol se fue sintiendo cada vez más seguro de sí mismo. Se dispuso a ser lo que de verdad era. Ocupó su espacio en aquel jardín y fue admirado y respetado por todos. Solo entonces, todos los habitantes de aquel jardín fueron completamente felices. Cada cual celebrándose a sí mismo.

FIN

Reina por un año

Ilustración: Lainpinky131

Una vez una mujer sufrió un naufragio. Todo lo que llevaba con ella se perdió en el mar; y ella misma hubiera perecido ahogada si no se hubiera agarrado con firmeza a una tabla desprendida del barco hundido. Sujeta al trozo de madera logró nadar hasta tierra firme.

Apenas llegó a la orilla, se dio cuenta de que muy cerca había una torre altísima y en lo más alto de ella muchos centinelas hacían guardia. Uno de ellos, señalándola, gritó:

—¡Atención, soldados! Ahí llega nuestra reina. ¡Firmes!

Una multitud, que parecía haber surgido de la nada, corrió a su encuentro mientras gritaba:

—¡Aquí llega nuestra reina!

Aquellas gentes, ante la extrañeza de la recién llegada, recibieron a la náufraga con grandes muestras de respeto y cariño. Colocaron sobre sus hombros un manto púrpura y la condujeron en un palanquín hacia la cercana ciudad. Al llegar a la plaza principal, la dejaron, con mucho cuidado, sobre una gran tarima de madera y la engalanaron con flores mientras el pueblo, al unísono, voceaba:

—¡Viva la reina! ¡Viva la reina!

La llevaron en volandas por las calles y las avenidas de la ciudad en procesión solemne. En la torre, los soldados izaban estandartes y las campanas resonaban con alegres cantos de bienvenida. Hasta en el más remoto rincón del país se celebraba la llegada de la náufraga:

—¡Viva nuestra reina!

Al llegar ante un fastuoso palacio, todo él construido en mármol blanco, se pararon. Una comitiva de cortesanos ya esperaba a la mujer y dos sirvientes, ricamente engalanados, la introdujeron en la imponente construcción y la guiaron hasta el trono real. tallado en marfil, donde la hicieron sentar. Un chambelán le ciño la corona real de oro incrustada con piedras preciosas y le puso el cetro en la mano.

Los nobles se inclinaron ante ella y pronunciaron el juramento de fidelidad.

La mujer, que tan solo un rato antes había naufragado, se sentía muy extrañada con todo aquello y no comprendía nada. No podía creer ni a sus ojos ni a sus oídos. Estaba convencida de que todo lo que experimentaba era solo un sueño o peor aún, que había muerto ahogada.

Sin embargo, al día siguiente, cuando se despertó en el aposento real y las sirvientas la lavaron y la untaron con aceites aromáticos, la vistieron con trajes preciosos y la acompañaron hasta una sala en cuyo centro había una mesa con comidas exquisitas y sirvientes esperando su señal para cumplir el más pequeño de sus deseos, empezó a pensar en su nueva situación y a creer en un milagro.

Al terminar su desayuno, entraron ministros para deliberar con ella asuntos de estado. Altos oficiales le entregaron sus informes. Varios jueces le pidieron que firmara proyectos de ley. Los guardianes de la cámara del tesoro le entregaron las llaves. Ella lo hacía todo lo mejor que sabía, pero, por más vueltas que le daba, no podía entender el enigma. No podía entender por qué los habitantes de aquella isla habían elegido reina a una mujer que no conocían de nada y su corazón no encontraba tranquilidad ante aquellos incomprensibles acontecimientos. Quería encontrar la solución de aquel extraño misterio.

Llamó a una de sus sirvientas, la que le pareció de más confianza y le dijo:

—Explícame qué ocurre. Jamás en mi vida había oído que un país grande nombrara a una persona desconocida y extranjera monarca, ni tampoco que le confiaran todos los bienes y asuntos de la nación.

La sirvienta contestó:

—Mi reina, tengo prohibido revelar el secreto y si lo hiciera, el pueblo consideraría que los he traicionado.

Días más tarde, la reina la volvió a llamar e insistió mucho, diciéndole:

—Te juro que si no me desvelas el misterio ni comeré ni beberé y moriré.

La sirvienta, que la apreciaba, le dijo:

—Mi reina, hace siglos que este país tiene por costumbre no elegir soberano a alguien que haya nacido aquí; solo puede reinar un extranjero. Un día determinado del año, esperamos ante la puerta de la ciudad y la primera persona que llega es elegida para reinar doce meses. Al finalizar el plazo, el último día del último mes, la despojamos de sus atuendos reales y la vestimos con la ropa que traía al llegar. Después, la conducimos hasta la costa, la embarcamos y en barco la llevamos a una isla pequeña y muy árida, donde la abandonamos a su suerte.

Al escuchar aquello, la reina se asustó mucho y le preguntó a su sirviente:

—¿Alguno de los reyes anteriores sabía lo que le esperaba?

—No, mi reina —respondió la sirvienta—. Nadie antes se preocupó por el futuro. Pasaron sus días de reinado a lo loco.

La reina le dijo entonces:

—Tú eres inteligente y creo que me aprecias. Dame un consejo ¿Qué debería hacer para salvarme?

—¿Quién soy yo para aconsejar a mi reina? Aunque si quieres escuchar mi parecer, yo te sugeriría que mandaras a esa isla árida algunos sirvientes con sus familias y les ordenaras trabajar la tierra. Deberías decirles que plantaran pasto, hortalizas, árboles frutales… También deberías decirles que llevaran consigo animales domésticos. Deberías mandarles, además, que construyeran una casa para ti. De esta manera, toda la isla y lo que en ella hay será tu propiedad el día que termine tu reinado.

Aquella idea le gustó mucho a la reina y siguió el consejo de su criada. Eligió sirvientes dignos de confianza y, en secreto, los mandó a aquella isla. Allí, siguiendo las órdenes reales, realizaron su trabajo: construyeron casas y caminos, plantaron viñas y trabajaron muy duro hasta convertir la árida isla en un paraíso.

Terminado su año de reinado, llegó el momento de la prueba final. Sus siervos la despojaron de su preciosa vestimenta sin piedad, le arrebataron las llaves que le habían confiado y la vistieron con los harapos viejos con los que había llegado. Por un angosto sendero, la condujeron fuera de la ciudad, hasta llegar al puerto, donde aguardaba una nave de la marina real. La embarcaron y pusieron rumbo hacia la isla abandonada.

Ella miraba el horizonte. Estaba tranquila y sonreía, porque sabía que la esperaba un buen lugar en el que sería feliz. Un lugar que se había ido preparando mientras la fortuna le sonreía y en el cual podría descansar para siempre.

FIN

El zorro y la cigüeña

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Ilustración: Mylène Villeneuve

Zacarías, el zorro, tenía fama de ser el más marrullero y guasón de todos los animales del Bosque de las Sorpresas. Incluso se afirmaba que en muchas leguas a la redonda era imposible encontrar a alguien que fuera ni la mitad de ocurrente y agudo que él.

Por su parte, su vecina doña Catalina, la cigüeña, no le iba a la zaga en cuanto a astucia e ingenio. Como casi todos los pájaros, era muy desconfiada y siempre presumía de que aún no había nacido animal u hombre que pudiera tomarle la pluma. Afirmaba que jamás nadie se había atrevido todavía a burlarse de ella en su pico.

Un día, el zorro quiso dejarla en evidencia, así que pensó en jugarle una mala pasada. La visitó en su casa y la convidó a comer. La cigüeña aceptó enseguida la invitación, encantada de que su vecino tuviera esa deferencia, y al día siguiente se presentó muy puntual en casa de Zacarías. Iba de punta en blanco; con las plumas bien atusadas y perfumada con flores silvestres.

Al entrar, vio una gran mesa cubierta por un precioso mantel rosado y sobre ella una gran cesta con flores naturales, varios tipos de pan, una botella del mejor vino blanco, cubiertos de plata, copas… Era evidente que la mesa se había preparado con mimo y primor.

La cigüeña estaba contentísima, pero pronto quedó desencantada cuando vio que el dueño de la casa traía una sopera humeante de plata que contenía, únicamente, un consomé de pescado con un huevo desleído del que se desprendía un apetitoso aroma.

El zorro no tuvo problemas en lamer el contenido de su plato, pero a su invitada le fue imposible probar nada; su largo pico le impedía catar aquel manjar.

—¡Come, come que está rico! ¿Pero es que no te gusta mi consomé, amiga mía?

La cigüeña, furiosa al comprobar que lo que quería el zorro era burlarse de ella, miraba a su vecino como si quisiera fulminarlo con la mirada. A punto estuvo de protestar, gritar y encararse con el zorro, pero se mordió la lengua, se tranquilizó y con un tono de voz pausado y con voz muy apacible, se disculpó ante el zorro del siguiente modo:

—Perdona, Zacarías, pero no sé si será a causa de los nervios, pero se me ha quitado el apetito. Tu consomé con huevo tiene un aspecto inmejorable, pero no podré probar tan delicioso manjar, así que, si no te importa, me marcho a casa. No te ofendas, por favor. Seguro que es un malestar pasajero.

—¡Ay! ¡Pobre Catalina! ¿Quieres que te acompañe? Me quedo muy preocupado —dijo el zorro socarrón.

—No, no te molestes pero, si quieres, ven mañana por la noche a mi casa a visitarme y tomaremos algo.

El zorro, muy complacido, aceptó y al día siguiente, a la hora de la cena, se presentó en casa de su vecina Catalina, con el pelo brillante y bien cepillado y llamó al timbre.

—Vecino Zacarías, ¡qué ilusión! Como puedes ver, ya me he recuperado, aunque la verdad es que no acabo de estar del todo bien, así que he preparado un refrigerio suave: una hamburguesa de topo adobada con higos y uva, que además de alimentar tiene muchas vitaminas  —dijo la dueña de casa que sabía que aquel era el plato preferido del zorro—. Siéntete como en tu casa; toma asiento, que cenaremos. Mientras saboreamos la cena podemos charlar de todo un poco.

—¡Fantástico! Será estupendo compartir contigo comida y charla. Además has acertado de pleno. ¿Cómo sabías que una de mis comidas preferidas es la hamburguesa de roedor con higos y uva? ¡Se me está haciendo la boca agua! ¡Mmmmmmmmmmmmm!…

Así hablaba el zorro, mientras se iba relamiendo y pensaba en su comida predilecta, que ya estaba paladeando con la imaginación. Pero, ¡cuál no sería su disgusto cuando vio aparecer a Catalina con dos grandes botellas que tenían un cuello muy largo y estrecho! ¿Cómo podría el zorro alcanzar aquel manjar? ¿Cómo lo haría para meter el hocico en aquel largo cuello de cristal? Probó de mil maneras, pero fue imposible. No se pudo llevar a la boca ni un solo bocadito del contenido de aquel extraño recipiente.

La cigüeña, mientras tanto, saboreaba la hamburguesa con su fino pico y observaba burlona a su invitado. Al cabo de un rato, exclamó:

—¡Come, come que está rico! ¿Pero es que no te gusta mi hamburguesa, amigo mío? ¿No me habías dicho que es tu comida predilecta? Parece que no he acertado del todo… ¿Está demasiado condimentada? ¿Poco jugosa? ¿Tal vez salada?… ¡Qué mal me sabe! En otra ocasión te pediré consejo antes de prepararla. ¿O quizá es que estás indispuesto? La verdad es que no tienes muy buena cara.

—¡Es eso, querida vecina! No me siento bien. De hecho, me encuentro muy mal.

—¡Oh! ¡Qué lástima! No será tu estómago, ¿verdad?

—¡No, no! es… ¡es migraña! Hace ya días que me duele la cabeza y será mejor que no tome la hamburguesa. De noche es una comida pesada y si se me carga el estómago seguro que me pondré peor.

—¡Pues entonces déjala! Es mejor que te vayas a dormir sin cenar. Me sabría muy mal que te pusieras peor por mi culpa.

—No sabes lo mal que me sabe no poder comérmela y que la tengas que tirar… ¡Tiene tan buena pinta!

—Eso no es problema. No la tiraré, ¡ya me la comeré yo! Total, tú ni la has tocado. Y ahora creo que, si te duele la cabeza, lo mejor que puedes hacer es ir a tomar el fresco. ¡Hala, vete, vete! No hagas cumplidos. Márchate sin problema.

El zorro comprendió que de burlador había pasado a burlado y que la cigüeña lo estaba echando de su casa, así que se puso de pie y, muy hambriento, se alejó con el rabo entre las piernas y se internó en la espesura.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar «El zorro y la cigüeña» con la voz de Angie Bello Albelda

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