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El sueño de Lucy

Ilustración: boum

Era Lucy una modesta y sencilla bombilla que vivía en la casa de los señores González; su trabajo consistía en alumbrar el sótano. Pasaba la mayor parte del día a oscuras y aburrida, esperando que alguien de la familia bajara a buscar algo de lo que allí almacenaban.

Algunos de sus compañeros en aquel sótano eran los miembros itinerantes de la despensa. Por allí pasaban latas de conserva, botellas de leche, cajas de galletas, aceites y un sinfín de víveres y productos de limpieza. Se quedaban poco, porque en la casa vivían dos jovenzuelos que comían por diez y ensuciaban por veinte. Apenas Lucy empezaba a intimar con una lata de atún, alguien se la llevaba para preparar una ensalada y la pobre bombilla se quedaba, otra vez, esperando que alguno de los González accionara el interruptor para poder lucir su luz clara y sentir el calorcillo de su filamento iluminando el sótano.

Allí, además de algunos viejos cachivaches, herramientas de bricolaje y enseres de jardín, había un rincón especial en el que guardaban a los más queridos compañeros de Lucy. Era la estantería de las cosas de Navidad. Varias cajas que contenían los muchos adornos que, año tras año, engalanaban la casa y el jardín de la familia González.

Unas semanas antes de las fiestas, los habitantes de esas cajas empezaban a ponerse nerviosos. Lucy oía el murmullo que provenía del fondo del sótano. Eran los espumillones y las bolas del árbol, deseosos de salir de las cajas y vivir otra Navidad en el salón. Se empujaban entre ellos y se hacían cosquillas. La estrella que siempre ponían en lo más alto del árbol los llamaba al orden:

—¡Silencio! ¡Quietos! Tened paciencia, que pronto saldremos de aquí.

—¡Seguro que ya está nevando, Estrella! ¡Nos lo vamos a perder! –decía un ángel de cerámica impaciente.

—Tranquilos, ya veréis como pronto bajarán a por nosotros. Mientras, ¡a callar todos! –remataba la estrella.

Lucy escuchaba estas conversaciones y su corazón transparente sentía un poquito de envidia. Su sueño era salir algún año del sótano para formar parte de las luces del árbol, o brillar fuera, en el jardín, iluminado la casa junto a cientos de sus pequeñas hermanas bombillas ¡Solo una Navidad! ¡Sería tan bonito!

Y es que Lucy disfrutaba escuchando a los adornos cuando, cansados, volvían a ser guardados en sus cajas. Le encantaba el modo en que narraban lo que habían vivido fuera: los niños correteando en la nieve, el olor de las deliciosas viandas que se preparaban en la cocina, las canciones que entonaba, desafinadas, el señor González, el trasiego de vecinos y parientes que compartían la Navidad en aquella casa… ¡Y tantas otras cosas!

—¡Qué suerte, chicas! Con lo bonita que estará la calle con tantos adornos. Y el árbol, que lucirá espléndido. ¡Ay!, ¡cómo me gustaría poder salir de este oscuro sótano!

—¡Oh!, Lucy, querida —tintineó una campanita dorada—, no pierdas la esperanza. ¡Tal vez este año te saquen de aquí!

—¡Ojalá!, ¡Es lo que más deseo en el mundo!

Todos los adornos conocían el deseo de la bombilla, pero no sabían cómo ayudarla:

—Nosotros no podemos hacer nada –susurró una de las bolas plateadas a la campanilla dorada.

—Pobre Lucy, nunca conseguirá salir de aquí —murmuró el angelito.

Todo esto lo escuchó un ratoncillo, vecino del sótano, que había salido de su escondite para ver si pillaba algo de la despensa. El ratoncillo se sintió conmovido por la pena de la bombilla y corrió a su casita, donde esperaban sus papás, los señores Roedor, y sus cinco hermanos. Les contó lo que había oído y les propuso ayudar a Lucy.

—Papá, mamá, por favor, vamos a ayudar a la pobre bombilla ¡se lo merece! Ha estado mucho tiempo ahí colgada, sola y aburrida ¡Porfi, porfi! ¡Es Navidad!

—¡Sí, mami, papi! ¡Vamos a ayudarla! –los pequeños ratoncillos se unieron a su hermano.

—Pero, hijos, ¿qué podemos hacer nosotros, unos pequeños ratones? – les contestó papá ratón.

—Pues la única forma de llevar a Lucy fuera del sótano es desenroscarla y cambiarla por otra bombilla—así habló mamá ratona, que había estado callada hasta entonces.

—¡Difícil empresa! Pero ¡lo intentaremos! –dictaminó papá ratón—. Lo primero será encontrar una bombilla que no quiera trabajar esta Navidad y ceda su puesto a Lucy.

Imaginaban que esto iba a ser un trabajo difícil, pero, aunque los ratones eran pequeños, su corazón era tan grande como un elefante y su determinación de ayudar a Lucy, firme. Así que papá ratón encargó a sus hijos que recorrieran las estanterías de los adornos y vocearan para que los oyeran bien todas las bombillas:

—¡Atención, atención!, bombillas de Navidad, ¿cuál de vosotras haría un favor a una compañera?

Las bombillas, alborotadas, preguntaban:

—¿Qué pasa? ¿Qué es ese griterío, ratones?

Cuando los pequeños les explicaron su idea para cumplir el sueño de Lucy, todas coincidieron:

—¡La bombilla Comodona! ¡No puede ser otra!

Y es que, según explicaron las otras bombillas, Comodona era la más holgazana de todas ellas. Cada año se quejaba de que la hacían trabajar demasiado en Navidad. Al empezar las fiestas, la colocaban en el árbol del salón y permanecía encendida tardes y noches, hasta que la familia se iba a dormir. Y la noche de Navidad incluso la dejaban encendida toda la noche para que Papá Noel no diera un traspiés. Comodona se pasaba todo el tiempo enfurruñada.

—¡Figuraos! –dijo una bombilla azul—, es tan comodona, que ni siquiera se ha asomado para ver qué pasa. ¡Con todo el revuelo que habéis montado!

—La iremos a despertar y seguro que acepta el cambio de mil amores —apostilló una bombilla verde.

¡Y claro que aceptó! Así, que la familia de ratoncillos y los adornos navideños trazaron el plan y cuando se lo contaron a Lucy, esta se puso tan nerviosa, que se encendía y se apagaba sin ton ni son de lo contenta que estaba.

El primer paso era desenroscar a Lucy, llevarla a la caja donde aguardaba Comodona y efectuar el cambio. Se pusieron manos a la obra. Todos a una, la familia Roedor empujó una escalera que se guardaba en el sótano y la colocaron justo debajo de Lucy. Papá ratón subió el primero, arrastrando varias cintas de espumillón. Tras él, tres de sus hijitos hicieron lo mismo y, con mucho cuidado, envolvieron la bombilla para que no se dañara.

Desde abajo, mamá ratona se encargó de dirigir la delicada operación:

—A la de tres, girad con fuerza. Una, dos y… ¡tres! ¡Otra vez! Una, dos y… ¡tres!

Cuando por fin Lucy estuvo desenroscada y acomodada sobre un gran lazo rojo de terciopelo, los ratoncillos la arrastraron hasta la caja de las bombillas. Allí fue recibida, con gran alegría, por todos los adornos, porque compartía con ellos el deseo de vivir la Navidad con la familia. Las campanitas repicaron en su honor y las bolas giraron contentas. Organizaron tal revuelo, que la gran estrella del árbol tuvo serios problemas para acallarlos.

Ahora había que transportar a Comodona, que encantada se dejaba hacer, hasta lo alto de la escalera y enroscarla para que nadie notara el cambio. Pasaría allí el invierno, sin alborotos ni ruidos, durmiendo la mayor parte del tiempo.

De nuevo, con la ayuda de los espumillones y el lazo rojo, los ratones llevaron a cabo su tarea con éxito. Solo quedaba esperar a que la familia González bajara al sótano a buscar toda la decoración navideña. Y eso fue lo que sucedió.

Después de mucho trabajo, las ventanas quedaron muy bonitas con sus guirnaldas luminosas; en las mesas se colocaron velas y plantas de Navidad; los barrotes de la escalera se adornaron con los espumillones; y el gran lazo rojo presidía la chimenea.

También fuera, la casa quedó impresionante. De la puerta pendía una corona de ramas que daría la bienvenida a todos los invitados cuando llegaran a celebrar las Fiestas; decenas de ciervos, ardillas, corderos y otros animalillos de madera, cerámica y paja quedaron esparcidos por el jardín para disfrute de los niños; cientos de bombillas de colores recorrían la fachada de la casa e iluminaban la calle casi, casi, como si fuera de día. Incluso hicieron un muñeco de nieve, que adornaron con un viejo sombrero y al que pusieron una gran zanahoria por nariz.

Pero, sin duda, el rey de los adornos era el árbol del salón, cuyas ramas llegaban hasta el techo. Era tan alto, que papá González tuvo que subirse a una escalera para colocar la gran estrella en lo alto. La familia estuvo adornándolo una tarde entera para dejarlo precioso, con sus bolas plateadas, sus campanitas y los angelitos. Y lo mejor fue cuando se iluminó con todo su esplendor.

—¡Ohhhhhh! ¡Qué bonito! –exclamaron a la vez.

¿Y a que no sabéis dónde estaba nuestra amiga Lucy? ¡Pues claro! En lo más alto del árbol la colocó papá González. Al sacarla de la caja, preguntó extrañado:

—¿De dónde ha salido esta bombilla? Es más grande que las otras ¿La recordáis del año pasado?

Mamá González sonrió divertida:

—Yo no la recuerdo… ¡Pero ya sé lo que ha pasado! ¡Ha venido aquí caminando ella sola desde otro sitio y se ha metido en la caja de las bombillas de Navidad! —dijo burlona—. Una bombilla tan valiente merece estar en lo más alto del árbol, junto a la gran estrella, para iluminarla bien.

Y así fue como se cumplió el sueño de Lucy, la modesta bombilla, que aquel año pasó los días más felices de su vida compartiendo con el resto de adornos la alegría que llenaba el hogar de los González.

¿Y qué fue de los Roedor? La familia al completo, escondida bajo el sofá, observaba orgullosa y feliz el resplandor que desprendía Lucy. Ellos, mejor que nadie, sabían que no hay nada más bonito en Navidad que ayudar a cumplir los sueños de los demás.

FIN

Pulgarcito

Ilustración: Carl Offterdinger

Érase una vez un leñador y una leñadora que tenían siete hijos, todos varones. El mayor tenía diez años y el menor siete. Quizá os parezca sorprendente que tuvieran tantos hijos en tan poco tiempo; pero es que todos, excepto el menor, habían llegado a pares. La familia era muy pobre y siete hijos eran una pesada carga, ya que todos comían y ninguno trabajaba. Además el pequeño era algo delicado y casi no hablaba. Era tan chiquitín, que al nacer no era más grande que un dedo pulgar y, por ese motivo, lo llamaron Pulgarcito. En la casa siempre le echaban la culpa de todo y, sin embargo, era el más listo de todos y aunque hablaba poco, escuchaba mucho.

Llegó un año de tanta hambruna, que la pobre pareja ya no sabía qué hacer. Una noche, cuando ya los niños dormían, el leñador, sentado con su mujer junto al fuego, dijo:

—Ya no podemos alimentar a nuestros hijos y no quiero verlos morir de hambre. He decidido que mañana los abandonaremos a su suerte en el bosque.

—¡No serás capaz! —exclamó la leñadora.

La pobre madre no quería ni oír hablar de abandonarlos, pero al pensar que aún sería más triste verlos morir de hambre, aceptó y se acostó llorando.

Pulgarcito, escondido debajo del taburete de su padre, había oído toda la conversación sin ser visto. Cuando se quedó solo, volvió a la cama, pero no podía conciliar el sueño dando vueltas a lo que había oído y se le ocurrió una idea… Se levantó, fue a la orilla del río, donde se llenó los bolsillos con guijarros blancos, y en seguida regresó a casa.

A la mañana siguiente, la familia partió. Pulgarcito nada dijo a sus hermanos de lo que sabía. Se internaron en el bosque, tan espeso que a diez pasos de distancia no se veían unos a otros. El matrimonio se puso a cortar leña y los niños a recoger astillas. El padre y la madre, al verlos ocupados, aprovecharon para alejarse de ellos sigilosamente y luego echaron a correr.

Cuando los niños vieron que estaban solos, se pusieron a llorar a mares. Pulgarcito nada decía; sabía muy bien por dónde regresarían a casa. En el trayecto de ida, había ido dejando caer, a lo largo del camino, las piedrecitas blancas que llevaba en los bolsillos:

—No tengáis miedo, hermanos; yo os guiaré de vuelta a casa —dijo—. ¡Seguidme!

Fueron tras él y al poco estaban en casa. Al principio, no se atrevían a entrar, y se pusieron a escuchar tras la puerta la conversación de sus padres:

—¡Ay!, ¿qué será de nuestros pobres hijos? ¿Qué estarán haciendo en el bosque? ¡Ay!, ¡ay!, ¡ay!, ¡quizás los lobos ya se los han comido! ¿Dónde estarán ahora?

Los niños, agolpados tras la puerta, se pusieron a gritar al unísono:

—¡Estamos aquí!, ¡estamos aquí!

Los padres abrieron la puerta y los abrazaron y los besaron:

Se sentaron a la mesa y se repartieron la poca comida que tenían mientras los niños contaban el miedo que habían pasado al creerse perdidos en el bosque.

Poco duró la alegría de los padres, el hambre y la preocupación los obligó, de nuevo, a pensar en abandonar en el bosque a sus hijos. Pero esta vez, para no fracasar, se internarían en el bosque mucho más que la primera vez.

Pulgarcito, escondido bajo el taburete, oyó los nuevos planes de sus padres y pensó en hacer lo mismo que en la ocasión anterior. Sin embargo, al levantarse de madrugada para ir a recoger los guijarros, no pudo salir, pues encontró la puerta cerrada con llave. No sabía qué hacer.

A la mañana siguiente, la leñadora dio a cada uno un pedazo de pan para desayunar y a Pulgarcito se le ocurrió que podía guardar su mendrugo en el bolsillo y utilizarlo en lugar de los guijarros. Dejaría caer miguitas de pan a lo largo del recorrido y, de ese modo, podría encontrar el camino de regreso.

Después de mucho andar, llegaron al lugar más lóbrego y alejado del bosque y allí, los leñadores abandonaron a los niños.

Pulgarcito no se preocupó, porque creía que podría encontrar la senda gracias a las miguitas de pan que había ido dejando caer durante el camino, pero cuando quiso volver, cuál no sería su sorpresa al comprobar que no había ni una sola miguita; ¡los pájaros se las habían comido!

Empezaron entonces a caminar, pero cuanto más andaban, más se extraviaban en el bosque. Cayó la noche. Por todas partes creían oír los aullidos de los lobos, acercándose para comérselos. Una lluvia torrencial los caló hasta los huesos. Muertos de hambre y frío, no sabían qué hacer.

Pulgarcito trepó a un árbol para ver si descubría algo y divisó una lejana lucecita. Después de caminar un rato, llegaron a una casa iluminada. Golpearon la puerta; una mujer abrió y les preguntó qué querían. Pulgarcito le contó que se habían extraviado en el bosque y que necesitaban cobijo. La mujer les dijo:

—Este lugar es peor que el bosque. Esta es la casa de un ogro come niños.

—-¿Y qué podemos hacer? —-respondió Pulgarcito—. También los lobos, con toda seguridad, nos comerán esta noche si no nos da cobijo en su casa, así que preferimos que sea el ogro quien nos coma; quizás se compadecerá de nosotros, si usted se lo pide.

La mujer del ogro creyó poder esconder a los niños de su marido hasta la mañana siguiente. Los dejó entrar y los llevó a calentarse a la orilla de la chimenea, en la que se asaba un cordero entero para la cena del ogro.

Al poco, se oyeron fuertes golpes en la puerta: era el ogro que regresaba de su cacería. En el acto, la mujer ocultó a los niños debajo de la cama y abrió la puerta. El ogro entró y se sentó a la mesa sin dejar de olfatear a derecha e izquierda:

—Huelo carne fresca…

—Tiene que ser —le dijo su mujer—, el ternero que estoy asando.

—No es el ternero. Huelo carne fresca… —repitió el ogro, observando de reojo a su mujer—. Aquí hay algo que no comprendo…

Y al decir estas palabras, se levantó de la mesa y fue derecho a mirar bajo la cama.

—¡Ahhhh! —rugió el ogro a su mujer—. Si me vuelves a engañar, te comeré a ti también.

Y sacó de un tirón a los niños de debajo de la cama; uno tras otro.

Los pobres se arrodillaron pidiendo clemencia, pero estaban ante el más cruel de los ogros come niños, el cual, lejos de sentir compasión, los devoraba ya con los ojos.

Cogió un enorme cuchillo y mientras lo afilaba, se acercaba a los infelices niños. Ya había cogido a uno de ellos cuando su mujer exclamó:

—Es muy tarde, ¿no es mejor esperar a mañana por la mañana?

—¡Cállate! —repuso el ogro.

—Pero todavía queda mucha comida —replicó la mujer—Hay un ternero asándose y aún queda la mitad de un puerco de ayer. Si los matas ahora, mañana no tendrás carne fresca.

—Tienes razón —aceptó el ogro—. Dales bien de cenar para que engorden y luego que se acuesten.

Este ogro tenía siete hijas ogresas que, como su padre, se alimentaban de carne fresca. Aún no eran malvadas del todo, pero prometían serlo, pues ya mordían a los niños que encontraban perdidos en el bosque.

Las siete estaban durmiendo en una gran cama, cada una con una corona de oro en la cabeza. En el mismo cuarto había otra cama del mismo tamaño y en ella la mujer del ogro puso a dormir a los siete niños.

A Pulgarcito, que no podía dormir porque temía que el ogro se arrepintiera de no habérselos comido esa misma noche, se le ocurrió una idea. Cuando todos dormían, se levantó e intercambió los gorros de sus hermanos y el suyo por las coronas de oro que las ogresas llevaban en la cabeza. Si el ogro entraba a oscuras, tomaría a sus hijas por los muchachos y se las comería a ellas.

La cosa resultó tal como había pensado. El ogro se despertó con hambre a medianoche, arrepentido de haber dejado para el día siguiente el trabajo, se levantó y cogió su enorme cuchillo. Subió al cuarto y se acercó a la cama donde estaban los muchachos; todos dormían, menos Pulgarcito, que tuvo mucho miedo cuando sintió la mano del ogro que tocaba su cabeza, tal y como había hecho antes con las de sus hermanos. Al notar el tacto de las coronas, el ogro se dirigió a la cama de las niñas, que llevaban los gorros y exclamó:

—¡Ajá!,¡aquí están estos tiernos niños!

Y diciendo estas palabras, clavó el enorme cuchillo en sus hijas las ogresas. Satisfecho, volvió a acostarse junto a su mujer.

Apenas Pulgarcito oyó los ronquidos del ogro, despertó a sus hermanos y les ordenó que lo siguieran. Corrieron durante toda la noche sin saber adónde se dirigían.

Al despertarse, el ogro ordenó a su mujer:

—¡Guísame a los niños!

La mujer, sin sospechar nada, subió a buscarlos y cuál no sería su disgusto al ver a sus siete hijas muertas y a los niños desaparecidos. Loca por el disgusto, empezó a llorar y a lamentarse. El ogro, al oír los gritos, subió para ver qué ocurría y su disgusto no fue menor que el de su mujer al ver lo ocurrido. Fuera de sí, exclamó:

—¡Esos desagraciados me las pagarán!

Y calzándose sus botas de siete leguas, se puso en camino.

Los niños estaban a solo cien pasos de la casa de sus padres cuando vieron como el ogro se acercaba a toda velocidad a ellos atravesando sin esfuerzo montañas y ríos.

Pulgarcito descubrió una roca hueca y todos se metieron dentro, pero sin perder de vista al ogro. Éste, agotado de tanto caminar (las botas de siete leguas cansan muchísimo), quiso reposar y, por casualidad, se fue a sentar sobre la roca donde estaban escondidos los niños y allí se durmió.

Pulgarcito les dijo a sus hermanos que huyeran deprisa y que no se preocuparan por él. Todos obedecieron y partieron raudos a casa y él se acercó al ogro con cautela, le sacó suavemente las botas de siete leguas y se las calzó él. Como las botas eran mágicas, tenían el don de adaptarse al tamaño de quien las calzara, de modo que se le ajustaron como si hubiesen sido hechas a su medida. Partió derecho a casa del ogro donde estaba la mujer.

—Su marido —le dijo Pulgarcito— está en grave peligro; ha sido capturado por una banda de malhechores que han jurado matarlo si no les da oro y dinero. En el momento de apresarlo, me vio y me pidió que me calzara sus botas para venir a avisarla de que me entregue todas las riquezas que tenga, sin guardar nada, porque de otro modo lo matarán sin misericordia.

La mujer, asustadísima, le dio en el acto todos los tesoros. Pulgarcito, cargado con ellos, volvió a casa de sus padres, donde fue recibido con la mayor alegría.

FIN

El joven cangrejo

Ilustración: kaozercomics

Un joven cangrejo pensó: «¿Por qué en mi familia todos caminan hacia atrás?, quiero aprender a caminar hacia adelante, como las ranas, y que se me caigan las muelas si no lo consigo».

Comenzó a ejercitarse a escondidas, entre las piedras del arroyo natal, y durante los primeros días se fatigaba mucho. Chocaba por todas partes, se magullaba la coraza y se le trababan las patas. Pero, transcurrido un tiempo, las cosas marcharon mejor, porque todo se puede aprender si se quiere.

Cuando estuvo seguro de poder hacerlo bien, se presentó ante su familia y dijo:

—Venid a ver.

E hizo una magnífica carrera hacia adelante.

—Hijo mío —estalló en llanto la madre—, ¿te ha dado vuelta la cabeza? Vuelve en ti, camina como tu padre y tu madre te han enseñado, camina como tus hermanos que tanto te quieren.

Pero sus hermanos no hacían más que reírse a carcajadas.

El padre lo miró severamente durante un rato y después le dijo:

—Basta ya. Si quieres quedarte con nosotros, camina como los otros cangrejos. Si quieres ser un cabeciduro, el arroyo es grande. Vete y no vuelvas más.

El valiente cangrejito quería mucho a los suyos, pero estaba demasiado seguro de estar en lo cierto para dudar; abrazó a su madre, se despidió del padre y de sus hermanos y se marchó por el mundo.

Su paseo despertó de pronto la sorpresa de un corrillo de ranas que, como buenas comadres, se habían reunido a charlar en torno de una hoja de nenúfar.

—Qué falta de respeto —dijo una rana.

—Vaya, vaya —dijo otra.

Pero el cangrejito prosiguió derecho, como si fuera dueño de la calle. De pronto, se sintió llamado por un viejo cangrejote de expresión melancólica que estaba solo junto a una piedra.

—Buenos días —dijo el joven cangrejo.

El viejo lo observó largamente, y después dijo:

—¿Qué cosa crees que estás haciendo? Yo también, cuando era joven, pensaba enseñar a los cangrejos a caminar hacia adelante. Y fíjate qué he ganado: vivo solo y la gente se cortaría la lengua antes de dirigirme la palabra. Ahora que aún estás a tiempo, fíjate en mí; resígnate a ser como los otros y un día me agradecerás el consejo.

El joven cangrejo no sabía qué responder y se quedó en silencio, pero por dentro pensaba: «Yo tengo razón».

Saludó gentilmente al viejo y reanudó altivamente su camino.

¿Andará lejos el joven cangrejo? ¿Habrá hecho fortuna? ¿Enderezará todas las cosas torcidas de este mundo?

Nosotros no lo sabemos, pero él sigue marchando con el coraje y la decisión del primer día. Solo podemos desearle de todo corazón:

—¡Buen viaje!

FIN

La familia feliz

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Ilustración: Yan’ Dargent

La mayor hoja verde que existe en la Tierra es, sin duda, la de la acedera. Si te la colocas en la barriga, te sirve de delantal, y en la cabeza, los días de lluvia, es casi tan práctica como un paraguas, ¡imagina lo grande que es!

Las acederas jamás crecen solas, ¡ni hablar! donde hay una, seguro que hay muchas más. Es una maravilla. Y toda esa maravilla, es pasto de los caracoles. De esos enormes caracoles blancos que las familias distinguidas de antaño se hacían cocinar en fricasé y se comían sin parar de decir: «Mmmmm, ¡délicieux!», convencidos de que tenían un sabor exquisito.

Bien, pues como decía, esos caracoles se alimentaban de acederas y, por ese motivo, se plantaban.

El caso es que había una vieja mansión donde ya no comían caracoles, porque se habían extinguido; no así las acederas, que crecían y crecían por sendas y bancales y de las que no había forma humana de deshacerse. Formaban un auténtico bosque; acá y allá asomaba un manzano o un ciruelo, pero, por lo demás, nadie habría podido suponer que aquello había sido alguna vez un jardín. Todo eran acederas; y allí, en medio de todas ellas, vivían los dos últimos y viejísimos caracoles.

Ni ellos mismos sabían la edad que tenían, aunque recordaban que habían sido muchos más, que procedían de una familia llegada de lejanas tierras, y que para ellos y los suyos habían plantado todo el bosque. Jamás habían salido de sus lindes, pero sabían que en el mundo había algo más, que llamaban «La Mansión», y que allá lo cocían a uno hasta que se ponía negro y lo servían en bandeja de plata. Lo que sucedía después, era un misterio. Por otra parte, no acertaban a imaginar qué era eso de ser cocido y servido en bandeja de plata, aunque no les cabía ni la menor duda de que sería algo fascinante y sumamente distinguido. Ni el abejorro, ni el sapo, ni la lombriz, a quienes habían interrogado, supieron darles razón, ya que a ninguno de ellos lo habían cocido ni servido en bandeja de plata.

Los viejos caracoles blancos eran los más ilustres del mundo, de eso sí estaban seguros. El bosque existía por ellos, y la mansión estaba allí para que ellos pudieran ser cocidos y servidos en bandeja de plata.

Vivían muy solos y muy felices y como no tenían hijos, habían adoptado a un caracolito ordinario, al que educaron como si fuera su propio hijo, pero no había forma de que el pequeño creciera, pues no dejaba de ser un caracol ordinario. No obstante, los ancianos…, bueno, en especial la mamá caracol, aseguraba que observaba cómo crecía y le había pedido al papá que, como no podía verlo, palpara al menos la cáscara. Así lo hizo él y afirmó que la madre tenía razón.

Un día, la lluvia cayó con fuerza.

—Escucha cómo tam-tamborilea en las acederas —dijo el padre caracol.

—¡Sí! Y las gotas caen hasta aquí —apuntó mamá caracol—. ¡Resbalan por el tallo! Ya verás cómo va a quedar todo esto. Menos mal que tenemos nuestra casa y que el pequeño también tiene la suya. No se puede dudar de que han hecho mucho más por nosotros que por cualquier otro ser vivo. ¡Salta a la vista que somos los reyes de la creación! Tenemos casa desde que nacemos y plantaron todo el bosque de acederas por nosotros. Me gustaría saber hasta dónde llega y qué hay más allá.

—¡No hay nada más allá! —dijo papá caracol—. Mejor que donde estamos no se puede estar en ningún sitio, ¡y yo no deseo nada más!

—Pues a mí —dijo la madre—, me gustaría ir a la mansión y que allí me cocieran y me sirvieran en bandeja de plata. Todos nuestros antepasados pasaron por eso, así que seguro que debe de ser algo excepcional.

—Tal vez la mansión se haya venido abajo —dijo papá caracol—. O tal vez la ha cubierto el bosque de acederas y la gente no puede salir. Por otra parte, no hay ninguna prisa, pero tú siempre vas acelerada y el niño ya está siguiendo tu ejemplo. En tres días ya se ha encaramado a lo alto de ese tallo, ¡me da vértigo solo de verlo ahí arriba!

—No lo regañes —repuso mamá caracol—. El chiquillo sube con cuidado y estoy segura de que nos dará muchas alegrías. Los viejos no tenemos más razones para vivir. ¿Has pensado alguna vez dónde podemos encontrarle esposa? ¿Crees que en este bosque de acederas vivirá alguien de nuestra especie?

—Caracoles negros creo que sí hay —dijo el anciano—. Babosas sin casa, pero son muy vulgares y, en cambio, se dan mucha importancia. Tal vez podríamos encargárselo a las hormigas, que siempre van de un lado a otro como si tuvieran muchas cosas que hacer. Es posible que sepan de alguna esposa para nuestro caracolillo.

—Conozco, en verdad, a la mejor de todas —afirmó una de las hormigas—, pero mucho me temo que no no hay nada que hacer, pues se trata de una reina.

—Eso no importa —contestaron los ancianos—. ¿Tiene casa?

—¡Tiene un palacio! —dijo la hormiga—. Un magnífico palacio hormiguero, con setecientos pasillos.

—Muchas gracias —dijo mamá caracol—, pero nuestro hijo no va a vivir en ningún hormiguero. Si eso es todo lo que podéis hacer, se lo encargaremos a los mosquitos blancos, que vuelan por todas partes, tanto si llueve como si hace sol, y se conocen el bosque de acederas de arriba abajo.

—¡Tenemos una esposa para él! —contestaron los mosquitos—. A cien pasos de hombre de aquí, sobre un agraz, hay una caracolita con casa. Está muy sola y en edad casadera. ¡Son solo cien pasos de hombre!

—¡Muy bien!, pues que venga —repusieron los ancianos—. ¡Él posee un bosque entero de acederas y ella un simple arbusto!

Y fueron a buscar a la señora caracolita. Tardó ocho días en llegar, pero eso precisamente fue lo bueno, en eso se notaba que era de su misma clase.

Y se celebró la boda. Seis luciérnagas alumbraron lo mejor que supieron, por lo demás, todo trascurrió sin alborotos, pues los viejos caracoles no soportaban las francachelas ni el bullicio. Mamá caracol, eso sí, pronunció un maravilloso discurso. Papá no fue capaz de hablar a causa de la emoción.

A los recién casados les dejaron en herencia todo el bosque de acederas, diciendo lo que siempre habían dicho: que era el mejor del mundo y que algún día, si vivían recta y honradamente y se multiplicaban, ellos y sus hijos entrarían en la mansión, donde los cocerían hasta dejarlos negros y los servirían en bandeja de plata.

Finalizado el discurso, los ancianos entraron en sus casas, de las cuales no volvieron a salir nunca más, pues se durmieron definitivamente.

La joven pareja de caracoles reinó en el bosque y tuvo una numerosa descendencia, pero jamás los cocieron y jamás los sirvieron en bandeja de plata, por lo que dedujeron que la mansión se había venido abajo y que todos los hombres del mundo se habían extinguido y, como nadie les llevó la contraria, la cosa debía de ser verdad. La lluvia tam-tamborilea para ellos sobre las hojas de acedera, para que pudieran escuchar música de tambor y el sol brillaba en su honor, para dar color al bosque de acederas. Y fueron muy felices y toda su familia fue también muy feliz. ¡Y tanto que lo fue!

FIN

Una tranquila Navidad

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Ilustración: Lytayvea

En la profundidad de un hermoso bosque tenían sus madrigueras, una junto a la otra, la familia Conejo y el señor Marmota.

El señor Marmota era muy serio, formal y algo antipático. Cada año, al llegar los primeros fríos, hacía acopio de comida: trébol, diente de león, alfalfa, bayas y alguna que otra fruta que pudiera encontrar. Se daba un festín descomunal y ¡a dormir! Pasaba todo el invierno hecho un ovillo en un rincón calentito de su guarida y se despertaba al llegar la primavera.

En pasados inviernos, nada turbó el sueño del señor Marmota, pues sus vecinos, los Conejo, eran muy educados y procuraban no hacer ruido.

Durante el verano, se afanaban en llenar su despensa de cereales y verduras para que no les faltara alimento mientras hiciera frío. Pero aquel invierno fue diferente… La tranquila madriguera de los Conejo se vio bendecida por el nacimiento de diez pequeños que eran el orgullo de sus papás. Lindos gazapos, unos blancos como algodón y otros grises como nubes de primavera.

¡Se acabó la tranquilidad en Casa Conejo!

Había conejitos y conejitas todo el día arriba y abajo, riendo, persiguiéndose, peleando por un grano de maíz o un trozo de manzana, y sus pobres padres intentando, inútilmente, poner paz en tan tremendo guirigay.

Y, claro está, con la llegada de la Navidad andaban todavía más alborotados. Esperaban que alguna sorpresa apareciera por la chimenea y ya se relamían los hocicos pensando en degustar las ricas comiditas y dulces de esos días. La sopa de trigo con albondiguillas de alfalfa y los roscos de zanahoria eran sus manjares preferidos.

En la cocina, tenían formado un gran lío, todos querían colaborar y andaban metiendo sus patitas en harina y sus naricillas en las ollas.

Además, mamá y papá Conejo se había propuesto enseñarles canciones navideñas y ahí andaban ensayando sin parar, pues querían que el coro sonara perfecto.

Entre risas, habían decorado la madriguera con ramas de madroño y acebo, colgado nabos y zanahorias glaseadas que se zamparían más tarde, y en el techo, habían abierto un pequeño agujerito para que la luz de la estrella más brillante los alumbrara la noche de Navidad.  ¡Todo estaba precioso!

¿Y qué hay del señor Marmota? ¿Cómo se había tomado tanta agitación en casa de sus vecinos? ¡Pues muy mal! Recorría su madriguera refunfuñando:

—¡Aquí no se puede dormir! ¡Este escándalo no hay quién lo aguante! ¿Es que no pueden celebrar la Navidad en primavera?

Los señores Conejo ya le habían explicado que es imposible cambiar la Navidad de fecha. Es una tradición antiquísima y todo el mundo la celebra a la vez. Así, que el señor Marmota andaba dando vueltas con unas ojeras enormes y bostezando sin parar:

—¡Pues vaya fastidio! ¡Yo no le veo la gracia! Cantar canciones, hacer roscos y golosinas. ¡Vaya diversión!

Había descubierto en la pared un pequeño orificio por el que veía a la familia Conejo y ya que era imposible dormir, se pasaba horas enteras espiando a sus vecinos. ¡Pobre señor Marmota! Nunca había disfrutado la Navidad, pues siempre la pasaba durmiendo y solo.

Una de esas tardes de juegos y algarabías en la que todos los conejitos tomaban chocolate caliente y galletas de cebada, llamaron a la puerta de los señores Conejo.

—¿Quién será?

Al abrir la puerta, la familia Conejo vio a una marmota que tiritaba, todo el pelaje cubierto de nieve y los bigotes congelados.

—Perdón por llamar tan tarde. Un jabalí se puso a excavar mi casita y me la ha destrozado. He salido a buscar otra, pero se me está haciendo de noche. ¿Podrían dejarme un rinconcito para pasar la noche? ¡Prometo que mañana me iré!

Mamá Conejo le dio una manta y una taza de chocolate.

—¡Pasa! ¡Pasa! Caliéntate junto al fuego.

La señora Marmota, agradecida, se sentó junto a los conejitos, contentos de recibir una visita.

Papá Conejo llamó aparte a mamá Conejo:

—¡No se puede quedar aquí! ¡Si no tenemos sitio suficiente ni para nosotros!

A la conejita, entonces, se le ocurrió una brillante idea:

—¡Ya está! Le diremos a nuestro vecino que la aloje. ¡No podrá negarse! ¡Es de su misma especie!

El señor Marmota, que lo había presenciado todo a través del agujero en la pared, pensó para sí «¡Pues lo que faltaba! ¡Un extraño en mi casa!».

—¡Toc, toc, toc! ¡Señor Marmota abra por favor!

Ceñudo y murmurando se dirigió a la puerta pero, al abrir, su enfado se esfumó como el humo. Se quedó prendado de los dulces ojitos de la marmota, y cuando los señores Conejo le explicaron lo sucedido, no pudo negarse a acogerla.

Estaba asombrado de que su corazón latiera sin control y de que en su tripa sintiera como si un hormiguero entero se hubiera mudado allí. ¡El señor Marmota se había enamorado! ¡Un flechazo!  ¡Eso es lo que pasó!

Al quedarse solos, se le atragantaban las palabras y sin saber qué decir no se le ocurrió otra cosa que hablarle a la marmota de sus vecinos.

—Ya verás que aquí no se puede dormir. Esos conejitos no paran de hacer ruido. ¡Todo el día con cantos y risas! ¡Ven y mira! Ahora mismo están reunidos junto a la estufa.

La invitada miró por el agujero espía y contempló a los conejitos sentados alrededor de sus papás, escuchando con atención. Les estaban contando la historia de la familia, de cómo los abuelos tuvieron que dejar, antaño, un bosque parecido a este a causa de un desgraciado incendio y de cómo los conejos de otros lugares los acogieron y les ofrecieron sus madrigueras durante las noches de invierno.

—Así, hijos míos, sabed que la familia y los amigos son la posesión más importante que un conejo pueda tener porque, adónde vaya, jamás se sentirá solo si lo acoge un hermano conejo.

A los ojos de la marmota se asomó una lagrimita de emoción:

—Señor Marmota, ¡la risa de los niños es la música de la vida! Deberías estar contento de tener una familia tan amorosa cerca. ¡No me digas que no has pensado nunca en fundar tú una!

El señor Marmota no supo qué responder, así que propuso que aprovecharan que los pequeños se iban a dormir para hacer ellos lo mismo.

—En aquel rincón estaremos bien. No hay corrientes de aire y dormiremos calientes. Por lo menos hasta que se despierten los dichosos gazapos.

Y así lo hicieron. Pasaron la noche acurrucados para darse calor.

Cuando el trajín de sus vecinos despertó al señor Marmota, se dio cuenta de que había dormido de maravilla.

La marmota se despertó poco después, se desperezó y dijo:

—Señor Marmota, muchas gracias por tu hospitalidad, pero he de marchar en busca de una casa nueva.

—¡Con este tiempo no puedes marcharte! ¡Mira cómo nieva! ¡Quédate hasta la primavera!

Ciertamente, la nieve caía sin parar y sería imposible excavar un nuevo refugio.

Justo entonces, una de las pequeñas conejitas llamó a la puerta:

—¡Buenos días! Mis papás me mandan para decirles que están invitados esta noche a la cena de Navidad. ¡Habrá muchas cosas ricas para comer!

—¡Desde luego! Iremos encantados —exclamó la marmota, entusiasmada con la propuesta.

Ya se ocultaba el sol cuando se dirigieron a casa de la familia Conejo, donde los acogieron con amabilidad —olvidando lo antipático que el señor Marmota había sido con ellos—  y les ofrecieron su hospitalidad en una noche tan bonita.

Poco a poco, el ceño antaño fruncido del señor Marmota dio paso a una dulce sonrisa y, para sorpresa de todos, hasta se atrevió a cantar con los conejitos y a participar en sus juegos.

La marmota lo miraba de reojo y supo que jamás lo dejaría ya solo, ella era la que había obrado el milagro.

¡Aquella fue una Navidad maravillosa! ¡La primera de muchas!

En los años siguientes, en la madriguera de los señores Marmota, la Navidad también estuvo llena de risas y cantos, dulces y sorpresas ya que pequeñas marmotitas vinieron a llenar de amor el otrora triste y solitario refugio del señor Marmota.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar «Una tranquila Navidad» con la voz de Angie Bello Albelda

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La familia Ciem

Para Martes de Cuento

Ilustración: Marcos Ortega

Érase una vez la familia Ciem formada por papá Calixto Ciem, mamá Carolina Ciem, el hijo Carlitos Ciem y la benjamina de la familia, Cloe Ciem. Los cuatro vivían felices en el claro del Bosque Verde, que limita con las Colinas de los Gigantes, así llamadas por tener el perfil de dos hombres enormes.

Habían llegado no hacía mucho a aquellos parajes procedentes de un lejano valle. Se vieron obligados a abandonar su casa porque las musarañas y los castores se enzarzaron en una guerra terrible y se peleaban continuamente por controlar el agua del único río que discurría por aquellas tierras. Por eso, un día de primavera, los miembros de la familia Ciem, ya cansados de tantos gritos y de ver pasar por encima de sus cabezas troncos, piedras y alguna que otra piña, decidieron emigrar. Estaban seguros de que, tarde o temprano, acabarían teniendo que lamentar algún terrible accidente, por lo que una mañana, antes de que el sol se desperezara, se pusieron sus calcetines, prepararon un hatillo con sus posesiones y, pasito a pasito, echaron a andar.

El caso es que nuestra familia, como ya habréis adivinado por su peculiar apellido, pertenecía a la clase de los quilópodos, a los que se conoce, vulgarmente, como ciempiés y, claro está, esto suponía un elevado número de pies que poner en marcha, pues entre los cuatro sumaban, nada menos, que ¡cuatrocientos!, una auténtica barbaridad de pies.

Anduvieron y anduvieron con sus cuatrocientas patitas a la vez y, a fuerza de tanto andar, sus calcetines se fueron desgastando y cuando llegaron al Bosque Verde ya no quedaba ni rastro de ellos; habían quedado deshilachados a causa de la larga caminata.

Durante la primavera y el verano eso no fue un inconveniente, puesto que hacía mucho calor y andar descalzos era muy agradable; el problema era que se acercaba el invierno y tenían que empezar a pensar en comprar calcetines nuevos para todos y, claro, cuatrocientos calcetines son muy caros y aunque tanto mamá Ciem como papá Ciem no dejaban de trabajar y trabajar, no estaban seguros de poder afrontar aquel gasto y eso los preocupaba mucho. Si no lograban comprar los calcetines antes de que llegaran los primeros fríos, no tendrían más remedio que cargar de nuevo su hatillo y buscar otro hogar, ya que sin calcetines no resistirían el crudo invierno. Pero ellos no querían marcharse, ¡se vivía tan bien allí y tenían tantos amigos!

Y es que desde que se habían establecido en el Bosque Verde, su relación con el resto de animales había sido fantástica —excepto con un armadillo muy antipático llamado Armando Broncas, que no era amigo de nadie porque todo le parecía mal—, los Ciem se habían ganado el cariño y el respeto de todos por su carácter alegre y porque siempre habían ayudado a quien los había necesitado.

Mamá Carolina había enseñado una receta nueva a base de miel y hojas de castaño a Ursula Osa, la chef del restaurante del bosque, que había ganado con ella un premio de cocina muy prestigioso.

Papá Calixto ayudó a Pipo, el pájaro carpintero, a reconstruir su casa de madera después de que una terrible plaga de termitas la dejara muy maltrecha.

Carlitos, el hijo mayor, cuidaba de los más pequeños y los entretenía haciendo juegos malabares con sus cien patas a la vez o contándoles cuentos cuando sus papás salían a trabajar.

Y Cloe, aunque aún era muy pequeña, había ayudado a Tiburcio, el topo, a aprobar los exámenes. El pobre veía muy mal la letra pequeña de los libros y para que pudiera estudiar, ella le leía en voz alta las lecciones.

Cuando se corrió la voz de que los Ciem tenían dificultades, los habitantes del Bosque Verde, sin perder ni un instante, se movilizaron y convocaron una asamblea urgente y sin que la familia lo supiera, acordaron colaborar con los gastos. Además, la oruga Lisa, la dueña de la mercería, hizo un precio especial.

De este modo, gracias a la contribución de todos, la familia Ciem al completo consiguió los calcetines que necesitaba: los de papá Calixto eran marrones, los de mamá Carolina de color lila, Carlitos los eligió de mil colores, como el arcoíris, y la pequeña Cloe decidió que el mejor color sería el amarillo ya que —dijo— sería como llevar rayos de sol en los pies.

Así fue como todos ellos, al llegar el invierno, tuvieron sus calcetines, los pies calentitos y no hubo necesidad de que se marcharan a otro lugar.

Y colorín colorado… ¡este cuento se ha terminado! porque, por lo que nos han contado, aún siguen viviendo juntos y muy felices en el Bosque Verde.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar «La familia Ciem» con la voz de Angie Bello Albelda

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Tres tristes tortugas

Tortuga__by_faboarts

Ilustración: faboarts

Por si no lo sabías, las tortugas viven doscientos años y aunque parezca una eternidad, eso no es vivir para siempre, porque un día mueren.

Todos los seres de la tierra que respiramos llega un día en el que gastamos toda la vida que trajimos al nacer y entonces desaparecemos.

Es como si en nuestro interior, una pila repleta de energía, como la que les ponemos a los muñecos para que funcionen, se terminara. Cuando ocurre eso, tanto los muñecos como nosotros nos quedamos inmóviles. La diferencia es que a los muñecos les podemos cambiar la pila para que sigan funcionando, pero a los seres vivos no, porque no existe pila de recambio. Así que cuando la pila se agota, desaparecemos.

Sí, incluso las tortugas. Sí, incluso nosotros. Yo, que te cuento este cuento desapareceré. Y tú, que me estás escuchando, también. Todos. Absolutamente todos, sin excepción, morimos.

Morir es una palabra que a mucha gente no le gusta y por eso evita pronunciarla. Aunque en realidad, nadie sabe a ciencia cierta qué significa.

Morirse no es como ir a la Luna o a la selva, que aunque están muy lejos hay quien ha vuelto para contar lo que allí ha visto. No, los que se mueren no regresan, así que nadie sabe adónde van. Y es aquí donde empieza este gran misterio sin solución que tres tristes tortugas intentaron una vez resolver.

Estas tres tortugas eran miembros de una misma familia: padre, madre e hija. Vivían felices y contentas en la ladera de una montaña que siempre estaba verde y sus días trascurrían en apacible armonía. Se levantaban muy temprano y salían juntas en busca de las hojas más jugosas para desayunar, que tiernas y apetitosas, todavía húmedas de rocío, encontraban en los pastizales.

Cada martes, sin excepción, después de tomar su desayuno, cruzaban en fila india el pequeño arroyo que había detrás de su casa. Atravesaban la corriente por un camino hecho con piedras que conducía a la otra orilla y, desde allí, se dirigían hacia un bosquecillo cercano en el que vivían los abuelos tortuga.

Las tres tortugas pasaban el día contando a los abuelos todo lo que habían hecho durante la semana, tomaban el sol y mascaban las amapolas que la abuela había preparado, con esmero, especialmente para ellos.

Cuando el sol estaba a punto de ponerse, emprendían el camino de regreso para no atravesar el río de noche. El abuelo siempre les decía que era muy peligroso y cada martes les repetía la misma historia, la de aquella tortuga temeraria que fue arrastrada por las aguas.

Transcurrió mucho tiempo sin que nada alterara la plácida vida de las tortugas, hasta que un martes, al llegar a casa de los abuelos, las amapolas de la abuela no los estaban esperando y tampoco oyeron los consejos del abuelo.

El más absoluto silencio reinaba en aquel trocito de bosque y abandonados y vacíos, en medio del prado, solo vieron los caparazones de los abuelos tortuga.

Por más que registraron la casa y sus alrededores, por más que los llamaron a gritos, no hubo forma de dar con ellos y las tres tortugas se pusieron muy tristes.

¿Qué había pasado? ¿Adónde habían ido? ¿Volverían a verlos alguna vez?

Lloraban sin parar y se lamentaban, mientras acariciaban los oscuros caparazones vacíos.

Muy cerca de donde estaban, sobre la rama de un arce, un cuervo negro las observaba. Al verlas tan tristes las llamó:

—¡Pst! ¡Tortugas! No estéis tan tristes. Yo he visto cómo esta noche una brillante luz que bajaba del cielo se las ha llevado. Si miráis hacia allí cuando oscurezca, veréis que se han convertido en estrellas y que desde el cielo os miran y velan por vosotros.

Al pie del árbol dormitaba un lince, que al oír las palabras del cuervo protestó airado:

—¡¿Pero qué tonterías estás diciendo?! ¡No has podido en modo alguno ver eso que afirmas! Porque yo mismo he sido testigo de lo que ha pasado.

Y dirigiéndose a las tortugas añadió:

—No hagáis caso al cuervo. Estaba muy oscuro, pero yo he visto con mis propios ojos cómo abandonaban sus caparazones para entrar en el majestuoso cuerpo de aquellas águilas —Y al mismo tiempo que señalaba a las aves con el dedo preguntó—. ¿Acaso no estáis viendo cómo vuelan en círculo sobre vuestras cabezas y os llaman con sus gritos?

Cuervo y lince empezaron a reñir acaloradamente y el alboroto atrajo a otros animales, que se sumaron a la discusión:

—Ni estrellas ni águilas. ¡Se han ido al cielo de los animales! Allí es donde vamos todos. En ese lugar tenemos todo lo que aquí hemos deseado y no se pasa ni hambre ni frío. Lo sé de buena tinta —sentenció un topo asomando la nariz por un agujero.

—¡De eso ni hablar! ¿Cómo vamos a fiarnos de ti?, ¡pero si no ves más allá de tus propias narices! —replicó una mariposa que revoloteaba cerca—. Renacerán. Eso es lo que pasará. Nosotras, las mariposas, sabemos mucho de esto. Puede parecer que desaparecemos dentro de nuestra crisálida, pero renacemos trasformadas en algo mejor. Todos empezamos siendo seres feos que se arrastran, luego parece que desaparecemos, pero acabamos convertidos en hermoso seres alados.

Las tres tristes tortugas ya no sabían qué pensar, a quién escuchar, ni qué creer. Todos y cada uno de los animales del bosque parecían saber, perfectamente, qué había ocurrido con los abuelos tortuga y todos les decían qué debían hacer:

—Os vigilan desde el cielo. No os preocupéis.

—Son águilas que vuelan libres. No lloréis.

—Están felices en el paraíso. Alegraos.

—Se han transformado en seres alados. No sufráis.

—Bla, bla, bla, bla.

Una vieja lechuza, vecina de los abuelos tortuga, que miraba mucho pero hablaba poco, se acercó y les dijo a las tres tristes tortugas:

—Lo que ha ocurrido es que los abuelos tortuga se han muerto. Yo no sé qué quiere decir morirse, ni tampoco sé adónde han ido, ni si algún día los volveremos a ver. Lo que sí sé, es que su marcha duele mucho y también sé que esta pena atrancada en la garganta solo podemos sacarla llorando. Así que lloremos. Lloremos mucho, para que nuestras lágrimas arrastren hacia fuera toda la tristeza y los recuerdos hermosos puedan salir. Porque aunque nos siga doliendo mucho su ausencia, y nos duela no ver sus caras; ni recibir sus abrazos y sus besos; porque aunque ya no volvamos a oír su voz pronunciando nuestro nombre, en nuestra mente los seguiremos viendo, escuchando, sintiendo y recordando y todo lo que nos dieron y nos enseñaron seguirá vivo en nosotros y así la muerte no podrá llevárselos del todo, porque la muerte solo se lleva del todo aquello que olvidamos.

Las tres tristes tortugas y la vieja lechuza acariciaron los viejos caparazones de los abuelos tortuga y, despidiéndose de ellos por última vez, los enterraron bajo un frondoso lentisco.

Caía el sol y el resto de animales seguía picoteándose, arañándose, mordiéndose y queriendo imponer su razón.

Las tres tristes tortugas, con lágrimas en los ojos, les dieron la espalda y recordando los consejos del abuelo, se encaminaron hacia el río para cruzar antes de que anocheciera. Sobre sus caparazones, llevaban las amapolas frescas para la cena que habían encontrado en la despensa de la abuela.

FIN

¡Qué cochinada!

01_Celso

La mayor parte del tiempo, Celso estaba solo. Deseaba tener amigos, pero era imposible invitar a nadie a su casa.

¿Por qué?

La verdad es que se sentía avergonzado. Su familia era muy holgazana y muy sucia. No limpiaban nunca la casa, no barrían nunca el suelo, no fregaban los platos y no hacían las camas. Se bañaban solo una vez al año; ¡y eso si no tenían más remedio!

La casa estaba tan sucia que era incluso peligroso andar por ella. Celso siempre resbalaba con los juguetes, que nunca estaban en su lugar. En la familia siempre había alguien enfermo o herido.

Los padres de Celso no se ocupaban de nada. La mayor parte del tiempo se la pasaban durmiendo.

Cada mañana, Celso se levantaba temprano y se marchaba al colegio. Sus hermanos todavía dormían, se levantaban siempre muy tarde y luego, en el último momento, saltaban de la cama y corrían detrás de Celso hacia la escuela, sin ducharse y sin coger el desayuno.

El maestro siempre les decía a los hermanos de Celso que se sentaran aparte. Eran, simplemente, sucios y malolientes, incluso podría decirse que eran unos puercos. A Celso le hubiera gustado que sus hermanos cambiaran, aunque solo fuera un poco, pero eso parecía imposible.

Un día, en clase tenían que pintar un dibujo. Podían pintar lo que quisieran y Celso decidió pintar un arcoíris.

Trabajó mucho en el dibujo y al terminar, el arcoíris de Celso era el dibujo más bonito de todos. El maestro lo enseñó a toda la clase y le dio el primer premio.

—¡Lo has hecho muy bien!

Celso no estaba acostumbrado a los premios y sintió un poco de vergüenza.

—No es tan bueno -dijo, intentando no darle importancia.

Pero estaba muy contento de su éxito. «¿Qué dirán mamá y papá?», se preguntó mientras caminaba con su dibujo hacia casa.

Para su sorpresa, en casa quedaron muy impresionados:

—¡Mirad esto! ¡Tenemos un auténtico artista en la familia! -dijo su papá con orgullo.

—Es el arcoíris más bonito que he visto nunca —añadió la mamá de Celso.

El abuelo asintió con la cabeza y dijo que aquel dibujo era obra de un artista.

—Lo colgaremos aquí, en esta pared —dijo el padre.

—¡Mmmm!… no sé… —intentó decir Celso, pero su papá añadió con firmeza:

—No seas vergonzoso, hijo mío, ¡todo el mundo tiene que ver el dibujo!

Cuando el dibujo ya estuvo colgado, Celso lo miró:

—¿No creéis —dijo bajito— que quedaría mucho mejor si la pared estuviera un poco más limpia?

—Probablemente, hijo mío, —dijo el padre— Tal vez tengas razón. Intentaré limpiar la pared.

El papá de Celso empezó a fregar la sucia pared con agua y jabón.

—¡Mirad! —exclamó— ¡Hay papel pintado debajo!

—Y es muy bonito —dijo la mamá.

Después, Celso le dijo a su padre:

—Gracias por limpiar la pared. La verdad es que ahora el cuadro se ve mejor.

—¡Cierto! Y es que un cuadro bonito como este, necesita un lugar bonito. Pero ahora que la pared ya está limpia, no está bien que el suelo esté sucio. Tal vez deberíamos hacer algo con esta paja vieja.

—¡Dejadme a mí! —interrumpió el abuelo— hace ya cincuenta años que quiero cambiar la paja y no encontraba el momento. Ahora tengo un buen motivo para hacerlo.

Y sacó la paja vieja y puso de limpia por todos sitios.

Toda la familia estuvo de acuerdo en que el cuadro de Celso lucía mejor en un entorno limpio.

—¡Pero nos hemos olvidado de las cortinas! —dijo la mamá de Celso— ¡No podemos dejarlas así! Las limpiaré.

Las descolgó y las llevó al lavadero para lavarlas. Necesitaron mucha agua y mucho jabón y, como había tanta espuma, algunas burbujas los salpicaron. Esto gustó tanto a la familia que, de repente, todos se metieron en el lavadero para tomar un baño de espuma. Pasaron toda la tarde bañándose y jugando, gritando y riendo.

Ahora Celso se sentía bien. Incluso invitó a algunos de sus amigos de clase a su casa. Su mamá les dio galletas y su papá sacó su vieja armónica y tocó bonitas canciones. También el abuelo jugó con ellos. Los amigos de Celso quedaron encantados con la familia y Celso estuvo de acuerdo con ellos.

Desde ese momento, la vida de Celso y de su familia fue muy agradable. Animado por sus padres, fue a clases de dibujo para desarrollar su talento. La madre, el padre el abuelo, e incluso sus hermanos mantuvieron la casa limpia y ordenada – y ellos también se mantuvieron limpios. Solo, de vez en cuando, retozaban en el barro y Celso también retozaba con ellos.

FIN