fases de la luna

La Vaca y la Luna

Ilustración: Seeburglar

Como ustedes saben, la Luna es una señora redonda, monda, oronda y lironda, que está siempre sentada en el cielo.

Y también habrán pensado muchas veces: ¿la Luna no se aburre allá arriba, tan sentada?

Ahora que los hombres ya van a visitarla a ella, ¿no se le habrá ocurrido nunca jugar a las visitas con nosotros? Podríamos hacerla saltar, botar y rodar como una pelota blanca.

Pues bien, yo les contaré un secreto, pero no lo repitan a nadie.

Hace mucho, mucho tiempo, cuando la Luna era chiquita, bajaba a la Tierra todos los lunes. Sí, venía a jugar y hacer travesuras. Y bajaba sin permiso del Sol, que se quedaba allá arriba sentado en su trono, muerto de calor, mirándola de reojo muy enojado. Y la Luna chiquita se divertía mucho aquí en la Tierra. Jugaba con los gatos, los chicos, las mariposas y las ovejas. Se bañaba en los arroyos y rodaba por los toboganes. Se caía de las hamacas y botaba por las calesitas.

Pero un lunes… un lunes le pasó un accidente, pobre la Luna, y desde entonces no quiso volver más a la Tierra. Se quedó sentada en el cielo para siempre, redonda, monda, oronda y lironda, repitiendo una triste canción que dice:

Y ahora les contaré, en secreto, qué le pasó a la Luna cuando bajó a la Tierra hace muchos, muchos años, por última vez.

Resulta que vino rodando por el cielo, como todos los lunes. Aterrizó en un campito verde lleno de flores y mariposas. El Sol brillaba muy fuerte, de puro enojado que estaba con la escapada de la Luna. Como se había agachado para mirarla mejor, hacía mucho calor. La Luna se bañó en el arroyo para refrescarse y después se sentó en el pastito muy tranquila cuando, como todos los lunes, se le acercaron sus amigos: chicos, sapos, ovejas, mariposas y grillos. Se pusieron todos a jugar, y la Luna rodaba de aquí para allá, de allá para aquí, riendo en jajajá y riendo en jijijí.

Jugaron a la escondida, a la mancha venenosa, al Martín Pescador… bailaron la rancherita y el pericón, hasta que por fin los chicos tuvieron que irse al colegio, las ovejas a almorzar, los grillos a cantar y las mariposas a mariposear. La Luna se quedó sola, y como estaba muy cansada de tanto brincar, decidió dormir una siestita. Durmió un rato muy largo.

Cuando se despertó, el Sol ya estaba resbalando por el horizonte, sin dejar de mirarla de reojo y con las cejas arrugadas como si fueran dos ciempiés. Al despertarse, la Luna sintió algo muy raro en la cabeza. Una cosa áspera, caliente y húmeda la acariciaba torpemente.

—¿Pero qué es esto? —gritó la Luna asustada.

Y se encontró con los ojos tontos y vacunos de una Vaca que la estaba lamiendo entusiasmada. La Luna se tocó la cabezota y notó con horror que le faltaba un buen pedazo. La Vaca a todo esto se relamía.

—¡Pero qué barbaridad! —le dijo la Luna—. ¡Me has estado lamiendo durante toda la siesta con esa lengua grandota y de papel de lija! ¿No te da vergüenza, Vaca vacuna?

La pobre Vaca se disculpó diciendo:

—Tunúus rucu gustu u sul. U cumu u mú mu gustu muchu lu sul…

(Las vacas hablan solamente con la U, de modo que esto, traducido del vacuno al castellano, quiere decir: «Tenías rico gusto a sal, y como a mí me gusta mucho la sal…»).

Y la pobre Luna se puso a llorar.

—¡Ahora sí que el Sol me va a retar, y con toda razón, porque ya no soy redonda, monda, oronda y lironda, me falta un pedazo, parezco un huevo!…

La Luna lloraba frotándose tristemente el pedazo de cabeza que le faltaba. A todo esto, la Vaca se relamía, y como única palabra de consuelo y disculpa, decía atentamente:

—Muuuuu.

El Sol se tapó con una nube y desapareció, para no seguir presenciando tamaña calamidad. La Luna, tristísima, se volvió al cielo, donde algunas veces, cuando se da vuelta un poquito, ustedes le podrán ver el buen pedazo de Luna que le gastó la vaca con su lengua de lija.

Por eso ahora la Luna prefiere no bajar más a la Tierra, y se queda sentada en el cielo todas las noches, repitiendo esa triste canción que dice:

Y a las tres, a las dos, y a la una, se acabó el cuento de la Luna.

FIN

El sastre y la Luna

Ilustración: 1927

La Luna se asomaba a la ventaba del sastre todas las noches y miraba cómo trabajaba.

El sastre se sentaba, con las piernas dobladas bajo su luz, cortaba con unas enormes tijeras y cosía.

Pero una noche, cuando la Luna se asomó a la ventana, vio al sastre acostado en su cama durmiendo, soñando un dulce sueño.

La Luna se asombró y le dijo:

—¡Hola, señor sastre!

El sastre se despertó, se puso en pie, le hizo una gran reverencia a la Luna y le preguntó:

—¿Qué quieres de mí, Luna?

—Parece que no tienes mucho trabajo, porque es muy temprano y ya te has puesto a dormir —respondió la Luna—. Así que he pensado en encargarte ropa. Aquí fuera hace mucho frío y como yo ya soy anciana, me vendría bien un buen traje que me calentara. Hazme uno bien bonito y yo, a cambio, iluminaré gratis tu taller.

Después de pensarlo, el sastre respondió:

—¡De acuerdo!, aunque no será una tarea fácil. Tienes una punta hacia arriba y otra hacia abajo y en medio estás doblada como si fueras una hoz. Pero un pedido es un pedido y necesito trabajar para comer.

El sastre tomó las medidas a la Luna y le prometió tener el traje listo en una semana.

La Luna regresó el día señalado. El sastre le probó el vestido, pero ¡el traje no le iba bien! Su barriga había crecido y parecía una hogaza de pan.

La Luna se quejó al sastre:

—Mira, amigo mío, este traje me va pequeño. ¿Cómo quieres que me lo ponga? Descóselo y hazlo más ancho. Dentro de una semana volveré.

El sastre descosió el traje, añadió trozos de tela allí donde hacía falta y volvió a coserlo. El traje, ahora, era mucho más ancho.

Pasó una semana y, al anochecer, la Luna volvió a casa del sastre.

—¡Estás muy gorda, Luna! —exclamó el sastre sorprendido— Ahora eres redonda como una calabaza. ¿Qué te ha sucedido? Estás hinchada. ¿Quizás te duele el estómago?

—Olvidé por completo advertirte de que suelo engordarme un poco. Pero, amigo mío, ahora puedes estar tranquilo; te asegura que no ganaré más peso, ni siquiera medio gramo.

El sastre se puso a trabajar de nuevo; descosió todas las costuras y añadió un trozo de tela muy grande. El traje, ahora, era realmente enorme.

La Luna apareció al cabo de una semana, al anochecer, pero ¡¿qué le había pasado?!, ahora era delgada como un palillo y el traje le colgaba como a un espantapájaros.

El sastre estaba muy enfadado porque había trabajado en vano. Le dijo a la Luna que no le cosería el traje. Cerró la ventana y se tumbó en su cama a descansar de la tarea inútil de las tres semanas anteriores.

La Luna se quedó sin su traje, por eso sigue viajando cada noche por el cielo; busca sin descanso un voluntario dispuesto a coserle uno.

FIN