flor mágica

Mario, Tim y Papayá

Ilustración: LordWiggyton

Hace ya tres años que nuestro amigo, el marinero Mario, arribó a Isla Imaginada donde ha hecho muchos amigos y es querido por su compañerismo y carácter alegre.

Como buen aventurero, ha recorrido mundo con sus amigos la Rosa Triste y la Señora Vaca y al comenzar esta historia estaba reparando su barquito para iniciar nuevas aventuras.

Al terminar su jornada de trabajo en la playa, de vuelta a casa, escuchó un sonido extraño, como un bufido:

—¡Buffffffff! ¡Buffffffff!

—Pero ¿qué es eso? —se preguntó curioso, encaminándose hacia el lugar de donde surgía tal ruido.

Acurrucado a la entrada de una cueva encontró un animal, más o menos de su tamaño, de color grisáceo, cola delgada y corta y grandes orejas. Los sonidos salían de dos agujeritos situados en medio de una cabeza grande. Parecía estar dormido.

—¡Ahí va! —se dijo Mario—. Son los ronquidos de este… de este…

No sabía qué nombre darle. Creía que conocía a todos los habitantes de Isla Imaginada, pero ese le era desconocido. Siendo un curiosón como era, decidió despertarlo.

—¡Oye tú! ¡Despierta! ¡Despierta!

El extraño animal se desperezó y fue cuando Mario pudo observarlo bien.

Todo él parecía un pequeño elefante…pero no, no podía ser ¡Todos los elefantes tienen trompa! Y a este bicho no se le veía por ningún lado, por lo que decidió preguntar:

—¡Hola! ¿Cuál es tu nombre? Nunca te había visto por aquí.

—¡Hola! Me llamo Tim y acabo de llegar a la Isla —contestó el recién llegado.

—Yo soy Mario. Y dime, ¿qué clase de animal o cosa eres? Perdona, pero nunca vi a nadie como tú, y he viajado muchísimo.

—Soy un pobre elefantito sin trompa —contestó con tristeza.

—¡Ahí va! ¡Qué cosa más extraña! ¿Qué le ha pasado a tu trompa? —preguntó asombrado Mario.

—Pues verás, nací con una buena trompa, pero agarré un resfriado de campeonato y no paraba de estornudar «¡Achissss! ¡Achissss!» ¡Todo el rato! Tanto estornudé, que con uno de esos estornudos mi trompa salió disparada por el aire y ya no volví a verla nunca más. La busqué hasta por la copa de los árboles y en el fondo de los ríos, pero no la encontré.

—¡Vaya! ¡Qué historia tan triste! ¿Y cómo acabaste aquí? —preguntó el marinero.

—Pues me daba tanta vergüenza no tener trompa que no quería que nadie me viera y comencé a caminar sin rumbo. Caminando, caminando llegué al mar y una buena amiga, la Ballena Elena, quiso que me subiera a su gran lomo y me transportó hasta aquí. Me dijo: «En Isla Imaginada nadie se va a burlar de ti. Te ayudarán y harás muchos amigos. Dales recuerdos de mi parte». ¿Y sabes qué es lo peor? Pues que tengo muchos problemas para comer porque no puedo alcanzar las ramas de los árboles para alimentarme y he de conformarme con las hojas que encuentro por el suelo ¡Como verás tengo un problema muy grande!

—¿Y de verdad que no te volverá a crecer la trompa? —se interesó Mario.

—Bueno… Por el camino, oí decir a algunos animales que en alguna parte del mundo crece una mágica flor con cuya infusión se reparan casos como el mío. Dicen que ha funcionado en leones que recuperaron sus melenas, jirafas que vieron crecer sus cuellos y tigres que recuperaron sus dientes habiéndolos perdido antes. Pero nadie me supo decir dónde encontrar esa flor ¡Será imposible dar con ella!

Pobre elefantito, estaba muy triste y es que el problema de la comida es muy importante. Si no se alimentaba bien, no crecería y sería para siempre un pequeño elefante sin trompa.

A Mario, la situación del pequeño elefante le encogió el corazón y se dispuso a ayudarlo. Convocó a los habitantes de la isla a una asamblea extraordinaria, que es lo que se hacía cuando había algún problema grave que resolver.

Acudieron decenas de vecinos, deseosos de ver al pequeño Tim, el elefante sin trompa. Algunos le llevaron ramitas tiernas y ricas bayas, para que no le faltara alimento. Parecía que lo dicho por la Ballena Elena era cierto; de verdad querían ayudarlo.

Mario tomó la palabra:

—Vecinos de la isla, os he convocado aquí para tratar el caso de nuestro nuevo amigo Tim. Sabemos que en algún lugar del mundo florece una flor que hará crecer de nuevo su trompa. Hay que averiguar dónde se encuentra e ir a buscarla.

Todos estuvieron de acuerdo en investigar, preguntar a los ancianos y sabios, al doctor, a la maestra y a todo a aquel que se les ocurriera que pudiera dar alguna pista sobre la flor.

—¡Todos a trabajar! Buscad en libros antiguos, recetarios de los abuelos y en todos los baúles y cajas secretas ¡Hay que saber dónde crece la flor salvadora!

Mientras tanto, el elefante no tuvo que preocuparse por su comida, los pequeños de la Isla se dedicaron a llevarle tiernos brotes y hojitas nuevas que hicieron muy feliz a Tim.

Mario iba camino de casa cavilando sobre dónde preguntar por la flor salvadora, cuando se topó con el viejo doctor Topo. El doctor Topo era veterinario, ya sabéis, el doctor de los animales. Había ejercido su profesión durante muchos años en Isla Imaginada y había curado a miles de animalitos antes de jubilarse.

Mario se decidió a preguntarle.

—Buenos días doctor Topo ¿Qué tal está?

El doctor Topo le contestó:

—Bien, bien, dando un paseo. ¿Qué es ese alboroto? ¿Qué hace todo el pueblo reunido?

En pocas palabras Mario puso al corriente al doctor de la mala suerte del elefante Tim.

—¡Caracoles! Nunca en mi vida vi nada igual, pero creo recordar que cuando era estudiante en alguna clase vimos un caso parecido. Seguramente guardo los apuntes en algún sitio y es posible que en ellos se hable de esa flor sanadora.

¡Buenas noticias! Si la memoria del doctor Topo no lo engañaba y encontraban su libreta de apuntes, puede que dieran con la ansiada flor.

—Doctor Topo, ¡vamos de inmediato a buscar esos apuntes! ¡Venga!, lo acompaño a su casa.

Y así fue. Llegaron a la casita del doctor y subieron al desván donde el viejo Topo guardaba toda clase de trastos y recuerdos. No era persona de tirar las cosas, y eso podría salvar al elefantito de una vida penosa.

Rebuscar entre los recuerdos de tantos años es un gran trabajo. Cajas llenas de libros y postales. Maletas con ropas antiguas, muebles inservibles y polvorientos y un sinfín de cajones y cofres.

Mario empezó con mucho entusiasmo la tarea de la búsqueda; el doctor Topo le iba indicando:

—Mira allí, en esa caja verde… no, allí no… Creo que están en aquellos muebles del fondo…

Pero nada, no aparecía. Mario empezaba a ponerse nervioso. A ver si el doctor Topo estaba equivocado…

Después de dos largas horas y ya desesperado, Mario acertó a ver una maleta que asomaba debajo de una vieja cama.

—¡Doctor!, ¿y esa maleta de debajo de la cama?

—¡Ohhhhh! ¡Sí! ¡Sí! ¡Ahí está seguro!

Rápidamente, Mario sacó la maleta de debajo de la cama y la abrió. Dentro encontró una docena de libretas antiguas, con hojas arrugadas y amarillentas. Al abrirlas, el polvo acumulado los hizo estornudar, sobre todo al doctor, que tuvo que abrirlas una por una hasta encontrar la que buscaba. En la portada se leía:

—¡Por fin! ¡Esta es! ¡Sabía que estaba aquí!

—¡Vamos, doctor, busque, busque! —lo apremiaba Mario.

El viejo Topo fue pasando las hojas de la libreta hasta hallar lo buscado y una sonrisa de satisfacción iluminó su cara:

—Escucha esto, hijo: La infusión de la Flor de la Esperanza tiene la capacidad de devolver a quien la tome tres días seguidos algún miembro o característica propia de su raza o especie que haya sido perdido por cualquier circunstancia. Se debe recolectar la primera semana de octubre en la Isla Imposible. ¡Y además viene con un mapa!

Mario quedó boquiabierto ¡La flor existía!

—Primera semana de octubre… ¿Qué día es hoy, doctor Topo?

—Hoy es 30 de septiembre.

Eso era un gran inconveniente. En una semana tenían que llegar a la Isla Imposible, situada a varios días de navegación. ¡Había que organizar otra asamblea para informar a las gentes de Isla Imaginada y partir lo antes posible!

Inmediatamente se hizo correr la voz y en una hora todos se habían reunido de nuevo en medio de gran alboroto.

Sin tiempo que perder, Mario comunicó a sus vecinos las novedades y que por desgracia él no podría partir en busca de la flor porque su barquito se estaba reparando.

—Entonces, ¿qué vamos a hacer? —se preguntaron todos.

Lo primero era encontrar un medio de transporte rápido y seguro para llegar a la Isla Imposible

—Pues tendría que ser en avión —opinó el Gallo Bartolito— es lo más rápido.

—No es lo más rápido —añadió La Pequeña Hada— lo más rápido es un cohete.

Esa frase empezó a dar vueltas en la cabeza de Mario.

—¡Sí señor! ¡La Pequeña Hada tiene razón! Un cohete es lo más rápido.

—Ja, ja, ja, ja, ja — rieron algunos—, ¿de dónde vamos a sacar un cohete?

Mario creyó haber hallado la solución:

—Amigos ¿Es que nadie se acuerda de nuestros amigos de Toy Story? Pasaron una buena temporada en Isla Imaginada.

—Mi buen amigo el astronauta Papayá, así llamo yo a Buzz Lightyear, posee un cohete de última generación y seguro que nos ayudaría. Ya sabéis, su lema es «Hasta el infinito y más allá».

—Entonces, ¿A qué esperamos? ¡Hay que avisarlo ya! — dijo el Gallo Bartolito.

Y así lo hicieron. Se comunicaron con la base de la Agencia Espacial, para que a través de su Comunicador Interestelar hiciera llegar el siguiente mensaje urgente:

No tuvieron que esperar mucho, pasadas unas horas, un ruido ensordecedor y una estela de humo blanco anunció la llegada de Papayá en su cohete.

Con gran estrépito, aterrizó en la Gran Playa a la que habían acudido todos ansiosos para darle la bienvenida y ver la impresionante figura del astronauta.

—Aquí estoy amigos, ¿qué es eso tan urgente para lo que soy requerido?

Mario le explicó a Papayá la situación de Tim, el elefante sin trompa, y su urgencia para viajar a la Isla Imposible.

—Pues hay que iniciar el viaje sin pérdida de tiempo. Estudiaré el mapa y pondré los motores en marcha ipso facto. Mario, tú vendrás conmigo, necesito un copiloto que baje a cortar la flor. Te dejaré mi traje espacial de recambio, que, además, es mágico; se adapta a la talla de quién lo ocupa ¡Vamos, en marcha!

Y así, tras algunos minutos estudiando el mapa y programando el cohete para la travesía, la nave espacial despegó de la Gran Playa con el mismo estruendo con el que había llegado.

Nadie quería moverse de allí, esperarían esperanzados el regreso del cohete.

La Pequeña Hada no dejaba de mirar al cielo, quería ser la primera en verlo regresar y así fue:

—¡Mirad, mirad! ¡Allí, allí! Se ve la estela blanca —afirmó la hadita.

Enseguida, el estrepitoso ruido de los motores confirmó que el cohete estaba de regreso.

En cuanto tomó tierra, corrieron hacia el cohete para ver bajar a Mario y Papayá.

—Amigos, ¡ya hemos regresado! ¡Hemos encontrado la flor!

Efectivamente, Mario llevaba en sus manos un gran ramo de flores multicolor, que suponían la salvación para Tim.

Los vítores en la playa se oyeron hasta en la montaña más alta de la isla, tal era la alegría de todos. El más contento, por supuesto, el elefantito que incluso dejó escapar una lagrimilla de emoción.

Despidieron al astronauta Papayá, que debía incorporarse a sus tareas en el puesto de mando espacial y le dieron miles de gracias por haberlos ayudado ¡Era un buen amigo!

Tim tomó su primera infusión delante de los curiosos vecinos, apretujados en la cocina donde La Pequeña Hada cocinaba sus famosas magdalenas. Ya solo quedada esperar. Recordad que había que tomarla tres días seguidos.

Pasó el primer día sin novedad. La cara del pobre elefantito era la distracción de la Isla. Los vecinos pasaron el día observándola, a ver si notaban algún cambio.

El segundo día a Tim le empezó a picar la nariz, ahí donde debía crecer la trompa y a lo largo del día un pequeño bultito le empezó a salir para alborozo general.

Ni que decir que en cuanto amaneció el tercer día Tim se tomó su tercera ración. El pequeño bulto de su nariz se hizo un poco más grande pasando el día y al anochecer se fue a dormir cansado de tanta emoción, pero esperanzado.

Al amanecer del cuarto día se escuchó en toda la isla un gran grito que despertó a todo el mundo y salieron a la calle para ver qué pasaba.

Lo que pasaba era que el elefante Tim corría por las calles de Isla Imaginada luciendo una magnífica trompa y gritando de contento

—¡Ha funcionado!

—¡Hurra! ¡Hurra! —vitoreaban todos los vecinos.

Mario se sentía muy feliz de haber ayudado al elefante Tim, que ya nunca más sería el elefante sin trompa. Y él ahora podía presumir de ser astronauta además de marinero.

Agradecido, Tim se quedó a vivir en Isla Imaginada y, con el tiempo, se convirtió en un gran elefante que siempre ayudaba a quién lo necesitaba.

En eso precisamente consiste la amistad: en procurar la felicidad de los amigos para ser tú feliz también.

FIN