flores

Mario y Marga, aventura en Isla Flora

Ilustración: Alejandra Nores

Nuestro amigo Mario, el Marinero, acudía cada día al puerto de Isla Imaginada porque allí estaba su barco.

Una mañana de fines de verano, llamó su atención una pequeña flor blanca que había sobre la cubierta del navío.

—¿Cómo habrá llegado hasta mi barco esta florecilla? —Y, ¡zas!, de un manotazo la apartó.

—¡Ay! ¡Ay! ¡Qué bruto eres, Mario! Porque tú eres Mario el Marinero, ¿verdad?

Sorprendido, Mario miró a su alrededor, pero no vio a nadie. Solo un albatros volando a lo lejos y a la pequeña flor que, ¡cielos!, caminaba hacia él sobre dos patitas que salían de su tronco, como pequeñas raíces.

—¿Qué pasa? Ja, ja, ja, ¿no has visto nunca andar a una flor? —se burló.

Mario estaba obnubilado, asustado y petrificado. Claro que había oído hablar a las flores. De hecho, la Rosa Triste era una de sus mejores amigas ¿¡Pero caminar!? ¿Estaría soñando?

Como si le hubiera leído el pensamiento, la flor le dijo:

—¡Borra ya esa cara de sorpresa! No estás soñando. Las flores tenemos sentimientos y escondemos muchos secretos que no todo el mundo conoce. Yo soy Margarita Blanca 30 y vengo a pedirte ayuda.

—¿Margarita Blanca 30?, ¿qué clase de nombre es ese? ¿De dónde vienes? ¿Cómo sabes que me llamo Mario?

—Pues muy fácil —replicó la flor— soy una Margarita de color blanco y la número 30 de mi familia. De alguna manera me tendré que llamar, ¿no?

—¡Claro!, pero aún no me has dicho de dónde vienes y porqué sabes mi nombre.

Entonces, Margarita Blanca 30 le contó a Mario la historia que la había llevado hasta allí.

Le explicó que venía de Isla Flora, el lugar donde nacen las flores que adornan nuestros jardines y hogares. Allí, las semillas son plantadas por jardineros, que las cuidan y les procuran agua y alimento para que se conviertan en hermosas flores que luego son repartidas por el mundo entero. Del transporte se encarga el Capitán Girasol, que recorre con su barco las costas llevando a bordo su bonito cargamento.

Pero he aquí que, un aciago día, tres desgracias acontecieron en Isla Flora a causa de una feroz tormenta que se presentó sin avisar.

La primera fue que terribles olas inundaron el almacén del puerto. Los barriles de semillas que allí se guardaban fueron arrastrados por la fuerza de la tormenta y se hundieron en el fondo del mar.

La segunda fue que la tempestad pilló desprevenido al Capitán Girasol. Su barco no estaba bien amarrado a puerto y las olas eran tan fuertes, que lo alejaron de la Isla y se perdió en el horizonte.

La tercera fue que el pobre Capitán Girasol estaba tan aturdido y desesperado al ver cómo se alejaba su barco, que mientras corría hacia el puerto resbaló, ¡zas!, y se rompió una pierna.

Era una triple desgracia. ¿Cómo recuperarían los barriles de semillas del agua? Y si lo conseguían, ¿cómo los trasladarían de nuevo al puerto? ¡El único barco de la Isla se había perdido en alta mar y su capitán tenía la pierna rota!

¡Nunca se había visto algo semejante! Si no recuperaban las semillas, no habría flores que repartir y tampoco tenían barco ni capitán para repartirlas. Eso era muy, muy triste ¡No habría primavera! ¿Qué sería un cumpleaños sin flores?, ¿o una boda?, ¿o un regalo para mamá, papá o los abuelitos?

Delfines y pulpos se ofrecieron a rescatar los barriles, pero ¿cómo los trasladarían hasta Isla Flora? ¡Necesitaban un barco para llevarlos a puerto! ¡Necesitaban al Capitán Girasol! ¿Quién tenía un barco?, ¿quién podría ayudarlos?

El anciano Jacinto recordó que, una vez, alguien le habló de un pequeño marinero que había ayudado a una rosa a recorrer el mundo, así que preguntaron en invernaderos y jardines y, por fin, encontraron un viejo rosal que recordaba la historia:

—¡¡¡Sííííííí!!!, recuerdo a Rosa Triste; su aventura se hizo famosa entre las rosas. Debéis cruzar el mar hacia el Oeste y después de tres islotes desiertos, hallaréis la mágica Isla Imaginada. Allí, en el puerto, a Mario, el marinero. ¡Ojalá él nos pueda ayudar!

Flores, arbustos, árboles y jardineros estaban muy apenados y en una reunión extraordinaria, decidieron enviar a alguien a Isla Imaginada en busca de ayuda.

Nombraron a Margarita Blanca 30 representante de todas las flores, porque era muy aventurera y pizpireta y porque fue la única que se presentó voluntaria. No temía enfrentarse a lo desconocido y era pequeña y ligera, cualidad imprescindible para viajar a bordo del albatros que le serviría de transporte.

Mario escuchó la historia de la flor con suma atención y sorprendido por la existencia de la Isla Flora, estuvo de acuerdo en que era imprescindible rescatar las semillas del fondo del mar. ¡Las flores son las sonrisas de la tierra que están en nuestros hogares y jardines! ¡Había que salvarlas!

—Está bien, Marga —te llamaré así porque tu nombre es muy largo—, creo que os puedo ayudar. Primero, hay que encontrar el barco del Capitán Girasol. Después, yo lo conduciré a vuestra isla para llevar los barriles a puerto. ¡Mis amigos nos ayudarán! ¡En marcha!

Mario corrió en busca de La Pequeña Hada que, además de elaborar encantamientos, era la locutora de Radio Imaginada, la emisora de la isla, y ella retransmitió la historia.

La noticia corrió por todas partes y acudieron al puerto vecinos dispuestos a echar una mano o a curiosear. ¡De ninguna manera se querían perder los acontecimientos! Cuando vieron a la flor andante, se sorprendieron muchísimo, pero enseguida le cogieron cariño porque en Isla Imaginada estaban acostumbrados a toda clase de personajes.

La Rosa Triste llegó en su maceta en brazos de Tim, el pequeño elefante que había recuperado su trompa gracias a Mario.

Una vez reunidos todos, Mario subió al mástil de su barca y habló así:

—Amigos, ¡las flores del mundo nos necesitan! ¡Hay que encontrar el barco del Capitán Girasol! ¡Esta es ahora nuestra misión!

Pensaron y pensaron y a Tim, el elefantito, se le ocurrió que la única manera de encontrar el barco era desde el aire, ¿y quién tenía las alas más grandes en Isla Imaginada?, ¿quién volaba más veloz y tenía mejor vista?

Todos al unísono respondieron:

—¡El Dragón Dormilón!

Así era, el Dragón Dormilón vivía en una cueva no muy lejos del puerto, tenía unas alas poderosas y una vista de águila, no hacía daño a nadie y dormir era su pasatiempo favorito.

Para despertarlo todos se pusieron a gritar:

—¡Dragón Dormilón, despierta! ¡Dragón Dormilón, despierta! —Así, hasta cien veces.

Por fin apareció el Dragón Dormilón, con cara de sueño:

—¡Ahhhhh! —bostezó— ¿Qué pasa?, ¿por qué tanto alboroto?, ¿qué hacéis todos aquí?

Mario le contó el problema de las flores y le pidió ayuda para explorar el mar.

Sin perder ni un segundo, el Dragón Dormilón, acompañado de treinta y dos gaviotas, encargadas de vigilarlo para que no se echara una siestecita en algún islote, despegaron del puerto en formación, como un auténtico ejército volador.

Ahora solo quedaba esperar a que regresaran con buenas noticias. Entretanto, Mario puso a punto su barco para zarpar de inmediato.

Por fin, después de un tiempo que se les hizo larguísimo, vieron en el horizonte la gran sombra del Dragón Dormilón y esperaron expectantes.

Al aterrizar, lo rodearon, ansiosos de recibir noticias:

—¿Habéis encontrado el barco? ¿Está muy lejos? ¿No se ha hundido?

—Amigos, ¡hemos localizado el barco del Capitán Girasol! No se ha hundido, ¡está en perfectas condiciones!

Hubo hurras y vivas en agradecimiento al Dragón Dormilón, que dormía mucho, pero era un buen vecino, y a las gaviotas que lo acompañaron.

La pequeña Margarita Blanca 30 bailaba de contenta ¡La primera parte del plan había funcionado!

Ahora les tocaba a Mario y a Marga ponerse en marcha. ¡Ah!, y a la Señora Vaca, fiel compañera de viajes de Mario, que ya tenía experiencia en navegación. Guiados por las gaviotas, llegarían hasta la nave perdida, subirían a bordo y pondrían rumbo a Isla Flora. El Dragón Dormilón, mientras tanto, se fue a echar una cabezadita.

Después de varias horas navegando, avistaron el barco del Capitán Girasol. Mario subió a bordo y puso rumbo a Isla Flora. La Señora Vaca lo siguió con el barco del marinero.

Mario y la Señora Vaca no se imaginaban el gran recibimiento que tuvieron al llegar a Isla Flora. Era un espectáculo nunca visto; miles de flores agitaban sus pétalos en señal de bienvenida, dibujando un manto colorido y perfumado.

Por supuesto, el Capitán Girasol era el más entusiasmado de todos ¡Qué bien haber recuperado su barco! Ayudado por dos fuertes tulipanes, subió a bordo para comprobar que todo se encontraba en perfectas condiciones e iniciaron la Operación Rescate.

Una docena de delfines y peces espada, además de tortugas marinas y pulpos, escoltaron el barco hasta el lugar donde se habían hundido los toneles con las semillas y los subieron a bordo, asegurándose de que no se dejaban ninguno.

Todo salió a la perfección. Mario y la Señora Vaca se encargaron de organizar la carga a bordo pues el pobre Capitán Girasol, con su pierna escayolada, no podía ponerse de pie.

Gracias a la ayuda de Mario y de Isla Imaginada, no faltarían flores en ningún rincón del mundo.

El Marinero y la pequeña Margarita Blanca 30 se hicieron muy amigos y no fueron pocas las ocasiones en que Mario fue a visitarla con su barco.

También hay que decir que, a partir de entonces, cada primavera veían aparecer por el horizonte el barco del Capitán Girasol, proveniente de Isla Flora, cargado con miles de flores para que todos los hogares y jardines de Isla Imaginada lucieran preciosos. Y es que, como dice el refrán, «Es de bien nacidos ser agradecidos».

Ah, y si os preguntáis qué fue del Dragón Dormilón habrá que esperar a que se despierte para que nos cuente sus aventuras.

FIN

La flor más hermosa

Ilustración: hyamei

Cuentan que hace siglos, en el antiguo Japón, vivió una pareja de ancianos más ancianos que el tiempo que cultivaban un hermoso jardín en el cual crecían las flores más hermosas que ojo humano haya contemplado jamás. Como eran tan, tan viejos decidieron buscar a alguien que los ayudara en su delicada labor.

Enviaron mensajeros por todas las islas para anunciar que convocaban un concurso a fin de elegir a la persona más idónea para transmitirle todos los secretos del arte de cultivar flores. Esa persona recibiría en herencia el magnífico jardín cuando ellos dos murieran.

Para decidir quién sería el afortunado, celebrarían una gran reunión al cabo de tres semanas, a la que todo aquel que estuviera interesado podía acudir y en la que ellos explicarían a los asistentes el modo de participar.

Una anciana, vieja sirvienta de la pareja desde hacía muchos años, al escuchar aquello sintió un poco de tristeza porque sabía que su joven hija sentía un profundo amor por aquel hermoso jardín, por el cual se paseaba a menudo para admirar las hermosas flores que crecían en él. Si otra persona lo heredaba, quizá no podría volver a pisarlo jamás.

Cuando la anciana llegó a su casa le contó a su hija los planes de la pareja de ancianos y se asombró al saber que ella se proponía asistir a la reunión.

Sin poder creerlo le preguntó:

—Pero, hija mía, ¿qué vas a hacer tú allí? Los jardineros más expertos y más poderosos de Japón estarán en esa reunión. ¡No tienes ni la más mínima posibilidad! Sácate esa idea insensata de la cabeza. Sé que debes estar sufriendo, pero no conviertas tu sufrimiento en locura.

La hija respondió:

—No, querida madre, no estoy sufriendo y tampoco estoy loca. Yo sé que jamás seré la escogida para cuidar esas flores, pero es mi oportunidad de estar cerca de ellas, quizá por última vez. Eso me hará feliz.

Al cabo de tres semanas, la joven se dirigió a casa de los ancianos, donde ya estaban aguardando los más afamados jardineros de todo el reino. Hombres y mujeres conversaban sobre técnicas de riego, abono y poda. Ella escuchaba admirada la sabiduría que poseían y pensaba que, algún día, sería igual que ellos.

Se hizo el más absoluto silencio cuando salieron los dos ancianos, cogidos de la mano, y anunciaron su desafío:

—Ya sabéis que nuestro jardín es único en el mundo entero. En él florecen las especies más raras y valiosas y lo heredará aquella persona que nos traiga dentro de seis meses una flor única; la flor más bella.

Acto seguido los dos ancianos entregaron una semilla a cada uno de los asistentes y los despidieron.

Hay que hacer un inciso para aclarar que al poner aquella prueba seguían las tradiciones del pueblo japonés, que valora mucho la capacidad de las personas para cultivar algo, ya sean plantas, costumbres, amistades, relaciones o respeto.

El tiempo fue pasando y la joven, como no tenía tanta habilidad en las artes de la jardinería como el resto de los que habían asistido a la reunión, suplía sus carencias cuidando con mucha paciencia y ternura su semilla, pues sabía que si la belleza de la flor era semejante al amor que sentía por el jardín de los dos ancianos no tenía que preocuparse con el resultado; su flor sería la más bella.

Pasaron tres meses y nada brotaba de aquella semilla. La joven probó todos los métodos que conocía para hacerla crecer, pero el resultado era el mismo: la flor no germinaba.

Transcurrían los días y cada vez veía más lejos su sueño. Sin embargo, su amor por aquel jardín era cada vez más profundo.

El plazo llego a término. Los seis meses se había cumplido y de la semilla que le habían entregado los ancianos no había conseguido que saliera la flor.

Consciente de que su esfuerzo y dedicación habían sido infructuosos, la muchacha le comunicó a su madre que aun y así, sin importar el mal resultado obtenido, regresaría al palacio en la fecha y hora acordadas solo para estar cerca del jardín, quizá por última vez, y admitir ante los ancianos que ella no era la heredera que merecían.

A la hora señalada estaba allí, con su maceta vacía.

Miró a su alrededor. El resto de las personas llevaba cada una maceta con una flor, a cuál más bella. Las flores eran de las más variadas formas y colores. La fragancia que desprendían llenaba el aire. La joven estaba admirada. Nunca había visto una escena tan bella.

Llegó el momento esperado y la pareja de ancianos fue observando atentamente todas y cada una de las macetas, llena de curiosidad y asombro. Los dos viejecitos comentaban con sus propietarios este o aquel detalle de las flores y les preguntaban por las técnicas que habían empleado para hacerlas crecer.

Ante la muchacha se pararon un momento y al ver su maceta vacía la miraron a los ojos y pasaron de largo sin pronunciar ni una sola palabra.

Cuando hubieron terminado anunciaron el resultado:

—Nuestra heredera será aquella joven cuya maceta está vacía.

Los presentes tuvieron las más inesperadas reacciones. Unos se enfadaron, otros se quedaron mudos de asombro y los más empezaron a murmurar por aquella terrible injusticia que, según ellos, se estaba cometiendo.

Nadie entendía por qué los viejecitos habían escogido, justamente, a aquella joven que no había sido capaz de cultivar nada y pedían explicaciones.

Entonces, con mucha calma la anciana elevó su voz y explicó:

—Ella fue la única que cultivó la flor que la hizo digna de convertirse en la dueña de nuestro jardín: la flor de la honestidad. Todas las semillas que os entregamos hace seis meses eran estériles, así que de ellas no podía brotar nada.

Cuentan que, todavía hoy, la muchacha, ya una anciana, sigue cultivando hermosas flores en su jardín y busca a alguien honesto para que lo siga cuidando cundo ella muera.

FIN

La herencia

Ilustración: Marmaladecookie

En un lejano país vivía una reina que tenía tres hijas y quería elegir a una de ellas como su heredera. Era una decisión terriblemente difícil, porque los tres eran muy inteligentes, muy valientes y todas tenían la misma edad, pues eran trillizas, de modo que no había forma de decidirse.

Entonces preguntó a una gran maga y esta le sugirió que sometiera a las tres a una prueba para decidir cuál de ellas sería la más adecuada para gobernar el reino.

La reina se fue a su casa, reunió a su alrededor a sus tres hijas y les hablo así:

—Queridas hijas, debo emprender un largo viaje. Tal vez me ausente un año, dos o incluso tres… Os entrego a cada una de vosotras una bolsa. Dentro de ella hallareis unas semillas que a mi regreso os reclamaré. Aquella de vosotras tres que mejor las haya protegido, heredará el reino.

Dicho esto, la reina partió de viaje.

La primera hija pensó: «¿Qué haré con estas semillas? Ha dicho que debemos protegerlas». Y se le ocurrió que la mejor forma de hacerlo era encerrarlas en la caja fuerte en la que se guardaban las joyas y los tesoros más valiosos del reino.

La segunda hija pensó: «Si las guardo como ha hecho mi hermana, morirán, y una semilla muerta no sirve de nada; deja de ser una semilla». Y decidió que lo mejor que podía hacer era ir al mercado y vender las semillas. El dinero que obtuvo por ellas, lo guardó en la caja fuerte mientras se decía: «Cuando mi madre la reina regrese, iré al mercado con este dinero, compraré semillas nuevas, las mejores que encuentre, y se las devolveré, y serán incluso mejores que las que ella me ha entregado al partir».

La tercera hija se dirigió a los jardines del palacio y esparció las semillas por todas partes.

Pasaron tres largos años y la madre regresó.

La primera hija abrió la caja fuerte. Todas las semillas estaban muertas, apestaban. Al verlas, la madre le preguntó:

—¿Son éstas las semillas que te di? ¡Eso es imposible! ¡Estas no son mis semillas! Huelen muy mal; están muertas.

La segunda hija tomó el dinero que había guardado, corrió al mercado, compró las mejores semillas que pudo encontrar y regresó para entregarlas a su madre:

—Estas son semillas muy buenas, frescas, con muchas posibilidades… Pero no son las semillas que yo te di. Tu idea ha sido buena, pero no es lo que yo esperaba.

La reina, finalmente, se dirigió a su tercera hija y le preguntó:

—Veamos, ¿tú qué has hecho con las semillas?

La joven llevó a su madre al jardín; en él, cientos de flores crecían lozanas, esparciendo su aroma en el aire. Había flores por todas partes.

—Estas son las semillas que me entregaste. Si me das un poco de tiempo, las reuniré de nuevo y te las devolveré.

La madre, emocionada ante aquel hermoso jardín que su hija había hecho florecer, dijo:

—Tú serás la heredera de mi reino, hija mía. Tú has sabido comprender que plantar las semillas y cuidarlas es el único modo de obtener grandes frutos de ellas.

FIN