Florianís

Segunda aventura de Florianís

 

Ilustración: M.ª Fe Quesada

Donde se narra el singular episodio de ejemplar desenlace protagonizado por el caballero  Florianís, la vaca, la cabra, la oveja y el majestuoso león.
(conoce más sobre las aventuras de Florianís).

Cierto día en que andaba el caballero Florianís buscando algo para comer, se topó sorpresivamente con una vaca ocupada en la misma tarea.

—¡Ay de mí! —se quejaba la pobre vaca—. Tengo hambre y no encuentro nada para comer.

—Buenos días, vaca —saludó el caballero, no porque anduviera por el mundo saludando a cualquiera, sino porque era una manera de empezar a charlar; nada más.

—Buenos días —respondió la vaca, que era muy atenta, aunque bastante desconfiada—. ¿Con quién tengo el gusto de hablar? —preguntó, porque no era cosa de andar hablando con cualquiera.

—Soy el caballero Florianís, para servirla, señora. Escuché sus lamentos, y le diré que mi situación es semejante a la suya: tengo hambre y no encuentro nada para comer. Sólo me quedan dos zanahorias y una cebolla, pero no pierdo la esperanza de encontrar algunas verduritas más para hacerme una rica sopa.

—A mí me quedan una papa y dos dientes de ajo —dijo la vaca—. ¿Qué le parece si entre los dos buscamos algo más y después nos ponemos a preparar la sopa? —sugirió, porque si una cualidad tenía esta vaca, era precisamente la de ser muy práctica.

—Cómo no —aceptó encantado el caballero—. Vayamos por aquel camino, tal vez encontremos algo.

Juntos y hambrientos se fueron los dos, mirando a un lado y a otro, recogiendo algunos hongos al pie de los árboles y unas pocas hierbas para agregar a la olla. En eso estaban cuando vieron pasar por allí a una cabra y una oveja llevando una canasta.

—Buenos días, señoras —saludó el caballero Florianís—. ¿Andan de paseo? —preguntó, por preguntar.

Muy apenadas, la oveja y la cabra se pusieron a contar su difícil situación, ya que hacía dos días que no comían y por ese motivo andaban buscando algunas verduritas, con la ilusión de poder prepararse algún plato de comida.

—¡Igual que nosotros! —exclamó Florianís—. ¿Qué les parece si juntamos todo lo que tenemos y preparamos una sopa para los cuatro?

Por supuesto que les pareció bien.

Sin perder tiempo, juntaron unas ramas secas, encendieron el fuego y alistaron la olla para el puchero. Ya estaba el agua a punto de hervir, y muy atareados los cuatro limpiando las verduras y también saboreando de antemano la comida que habrían de compartir, cuando los sorprendió una voz desconocida.

—¿Hay un lugarcito para mí?

La voz era alta y grave; era una voz majestuosa. Todos se dieron vuelta de inmediato y, ¡cómo no sorprenderse!, detrás de un árbol, asomando su monárquica cabeza, un león sonreía bonachonamente.

—No se asusten, amigos —Intentó tranquilizarlos el recién llegado—. Soy un pacífico león muerto de hambre, y como veo que están cocinando, les propongo colaborar con algunos ingredientes, así luego podré participar de la comida.

—Cómo no… señor… león…—dijo tímidamente la cabra—. Bienvenido a… nuestro almuerzo.

El león abrió su mochila y sacó un chorizo, un ramo de perejil y un puñado de porotos. Echó todo en la olla y se sentó, dispuesto a esperar su porción de puchero.

Mientras tanto se pusieron a charlar, sorprendidos los cuatro amigos al ver a un león tan cortés y tan humilde. Pero ya llevaba la charla bastante tiempo, cuando el caballero Florianís decidió interrumpirla para inspeccionar la olla.

—Señores, el almuerzo está listo —anunció—. Por favor, si cada uno me alcanza su plato, procederé a servir.

—¡Ajá! —dijo el león, acercándose a la olla—. Veo que el puchero es abundante. ¿Se puede saber cómo va a repartirlo, estimado caballero?

—Pues en partes iguales —respondió Florianís—. Somos cinco, así que serviré cinco platos bien llenos. Uno para cada uno.

Ya estaban la cabra, la vaca y la oveja esperando que les llenaran el plato, cuando imprevistamente se adelantó el león.

—Un momento, caballero cocinante, detenga el cucharón —gritó con gesto amenazador, olvidándose de la humildad y la cortesía que hasta ahora había tenido—. Ninguno tocará esta olla —prosiguió—. Yo haré el reparto.

—¿Ah, sí? ¿Y se puede saber cómo piensa repartir? —quiso saber Florianís.

—Como corresponde, ni más ni menos. La primera parte será para mí —continuó—, y eso no se discute porque soy el león. La segunda me la merezco porque no existe nadie tan valiente como yo. La tercera también es para mí porque soy el más audaz. La cuarta me la he ganado por derecho natural. Y si alguno intenta tocar la quinta —concluyó—, tendrá que rendirme cuentas de semejante osadía.

Así diciendo y amenazando a todos con sus garras y feroces rugidos, los echó del lugar para poder comer tranquilo el sabroso puchero.

La oveja, la cabra y la vaca, temblando de miedo, se escondieron detrás de unos árboles. El caballero, en cambio, quiso hacer frente a la situación, pero se dio cuenta de que él solo no podía, ni siquiera usando su espada. Entonces corrió hasta los árboles donde estaban refugiadas sus amigas, para tratar de convencerlas de que se unieran a él y lucharan contra el león.

—Es muy fuerte —dijo la oveja—. Nos devorará a los cuatro.

—¡Es feroz! —exclamó la vaca—. Nadie puede contra él.

—Es muy valiente —aseguró la cabra—. No le teme a nada.

—Pero es uno solo —razonó el caballero Florianís— y nosotros somos más.

—¿Y qué podemos hacer? —preguntaron las temerosas.

—Defender nuestra olla y nuestros estómagos —contestó Florianís—. Cada una de ustedes con un palo y yo con mi espada —prosiguió— atacaremos al león.

¡Veremos quién es más fuerte!

De este modo marchó el pequeño ejército con el caballero Florianís a la cabeza. Y espada va y espada viene, y palazos por aquí y por allá, lograron entre todos ahuyentar al león, que escapó muerto de miedo, sin haber probado ni siquiera la parte del puchero que con justicia le hubiera correspondido y que por prepotente perdió.

FIN