frío

La Navidad de Pepa y Pipo

Ilustración: wolfgirl117

Hace muchísimos años, al final de un verano de calores sofocantes, dos hermanos golondrina, Pepa y Pipo, contemplaban el bosque desde la rama de un alto árbol.

Estaban tristes; sabían que en pocos días debían emprender un largo viaje hacia un lejano país buscando temperaturas templadas para huir del frío invierno.

—¡Ay, Pipo! Me da mucha pena tener que alejarme de este lugar tan lindo ¡Me gustaría quedarme aquí para siempre!

—Ya lo creo Pepa, ¡es tan bonito! Y desde que aquellas ardillas nos hablaron de la nieve y de la Navidad, solo pienso en que sería maravilloso podernos quedar a pasar aquí el invierno.

Y es que los dos hermanitos habían entablado conversación con una familia de ardillas que, viendo llegar los primeros frescos del otoño, ansiaba que llegaran pronto los días fríos y las navidades.

Las ardillitas explicaron con detalle lo divertido que lo pasaban y lo bonito que estaba el bosque en invierno.

—Chicos, ¡no sabéis lo que es el bosque nevado! ¡Parece una gran tarta de nata!

Y les contaron cómo el aire se llenaba de olores maravillosos salidos de las chimeneas de todas las guaridas, cuevas, madrigueras y huecos de los árboles.

Les contaron, también, que sus casitas lucían engalanadas con guirnaldas hechas de ramitas, bayas y frutos que al terminar las fiestas pasaban a las barriguitas de los más pequeños del bosque.

Les hablaron de que los animalitos comían esos días platos festivos que, además, compartían con la familia y los amigos, que se unían para cantar y bailar canciones típicas. Y si todo iba bien, Papá Noel dejaba en la puerta algún regalito para regocijo de todos.

—Estoy pensando, hermano —apuntó Pepa—, que no veo por qué no podemos quedarnos a pasar aquí este invierno. Aves como nosotros, urracas, águilas, milanos y búhos, lo hacen.

—¿Y quieres decir que no nos vamos a congelar? —preguntó Pipo.

—¡Eso son paparruchas de viejas golondrinas! ¡Yo confío en mis plumitas!

Y, de esta manera, la obstinada Pepa convenció a su hermano y decidieron pasar el invierno en el bosque para disfrutar de la Navidad.

Claro que tendrían que buscar un refugio calentito y con buenas vistas ¡No querían perderse nada de lo que sucediera en el bosque!

Animados por la decisión, corrieron a contárselo a sus amigas las ardillas que, contentas, les prometieron ayudarlos a buscar casita e hicieron correr la noticia.

Para todos los animalitos era un notición que dos osadas golondrinas decidieran pasar allí el invierno

—Oh, son muy valientes —dijo el señor Oso—. Yo pronto me iré a dormir, pero si quieren venir a mi cueva dejaré la puerta entornada.

—Señor Oso, tu cueva está muy lejos y es muy fría —apostilló mamá Coneja—. Estarán mejor en nuestra casa, aunque tendrán que acostumbrarse a vivir con siete gazapos haciendo trastadas sin parar.

—De ninguna manera, de ninguna manera —interrumpió el señor Sapo—. Vendrán a la laguna a vivir con nosotros.

Aquí es cuando intervino el gran Búho, que observaba la escena desde la rama de un abeto:

—¡Silencio, sapo tontorrón! ¿¡No ves que en la laguna se helarían en un tris!? Creo que lo más adecuado es que, si no queda más remedio que alojar a semejantes inconscientes, se vengan a mi refugio conmigo.

Los habitantes del bosque se miraron extrañados por el ofrecimiento del señor Búho, de por sí serio, pero reconocieron que su casa era de las mejores del bosque.

Estaba en un gran boquete de un roble magnífico, a tres metros del suelo, lo que lo aislaba de la humedad y le proporcionaba una panorámica bellísima.

—¡Eso sí! —siguió hablando el búho—, cada día uno de vosotros se hará cargo de ellas. Si quieren conocer la Navidad, que sea de verdad, que visiten todas nuestras casas y coman igual que nosotros, y después, si no se han congelado, que lo cuenten al mundo entero. ¡Ah!, y avisad al lobito Perico para que sea su medio de transporte. No queremos que vuelen de un sitio a otro con el frío, sus alas se helarían y eso sería fatal.

Esas fueron las palabras del gran Búho y todos estuvieron de acuerdo en que, una vez más, era el más sabio e inteligente de todos ellos.

En cuanto Pepa y Pipo se enteraron del plan, respiraron aliviados, sus buenos vecinos no dejarían que les pasara nada malo y se pusieron a esperar la nieve con impaciencia, calentitas en el roble magnífico.

Allí se presentaba cada día el lobito Perico después del desayuno y las dos golondrinas se apretujaban en su lomo, protegidas por el pelaje del animal y por los abriguitos que la mamá Loba les había confeccionado con pelo de su propia cola.

De esta manera, pasaron unos días felices compartiendo con los habitantes del bosque su rutina invernal, aunque al volver al roble cada noche sus cuerpecillos temblaban de frío y casi ni sentían las patitas.

Fueron de paseo con el señor Ciervo encaramados en sus astas imponentes. Patinaron en el lago helado subidos en las plumas del gran Cisne y fueron a ver el ensayo del coro de las ranas, que preparaban el concierto de Navidad, aunque salieron con tremendo dolor de cabeza como podéis imaginar.

En el refugio de los zorros, aprendieron a jugar al parchís y con el señor Erizo cocinaron galletas riquísimas, aunque tuvieron mucho cuidado de no acercarse mucho a él para no pincharse con sus púas.

Pero el día más divertido fue el de Navidad, que pasaron en la madriguera de los conejos. Siete conejitos nerviosos e impacientes eran un torbellino de actividad.

Tanto salían a jugar al escondite y al pillapilla armando tremendo alboroto en el bosque, como se peleaban por hacer la bola de nieve más grande.

Tras la riquísima merienda, papá Conejo los reunió alrededor del fuego y les contó historias de antiguos conejos y chistes divertidos.

Así, al llegar la noche, cuando Perico, el lobito, los dejó en el tronco del Gran Búho, Pepa y Pipo estaban agotados, helados de frío pero muy felices.

—¿Qué tal habéis pasado el día? —preguntó el Búho—. ¡Estáis temblando! ¡Y vuestras alas están medio congeladas!

—¡Oh, lo hemos pasado muy bien! —contestó Pepa—. Son todos muy simpáticos y amables con nosotros, pero no resisto más el frío.

—Yo tampoco. ¡Hasta mi piquito se ha quedado helado! —añadió Pipo.

Esa era la realidad. A pesar de los esfuerzos de los animalitos por abrigarlos y protegerlos, los hermanos golondrina no estaban hechos para resistir bajas temperaturas y el Gran Búho lo sabía y así les habló:

—Amigos míos, era vuestro deseo vivir una Navidad en el bosque nevado y lo habéis cumplido, ahora debéis volver con vuestra familia a las tierras del sur. No dudéis de que una Navidad puede tener el mismo calor y alegría en un bosque nevado que en una pradera templada. Y es que la Navidad se lleva en el corazón. Ahora podéis contar a todos que reír, jugar, compartir, cantar y comer juntos es lo importante.

Las pequeñas golondrinas estuvieron de acuerdo, llevarían a sus hermanos el mensaje de la Navidad para que, a partir de entonces, la celebraran allá donde estuvieran, con frío o calor.

Pepa y Pipo se despidieron con mucha pena de los animalitos del bosque y les dieron mil gracias por los días tan bonitos que les habían hecho pasar y les prometieron volver en primavera.

La encargada de llevar a Pepa y Pipo a su destino fue el Águila Real, veloz como ninguna, que acomodó a las pequeñas aves entre sus plumas e inició el largo viaje hacia el Sur, dejando atrás el más hermoso paisaje del mundo: decenas de animalitos de gran corazón diciendo hasta pronto a sus amigas las golondrinas.

FIN

El coleccionista de copos de nieve

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Ilustración: Israel Campos

Permitidme que os cuente la historia del señor Eladio Frías, hombre del tiempo de profesión; cazador de copos por afición.

Viajaba siempre en globo, saltando de Polo en Polo, en busca de trozos de hielo con los que ampliar su colección.

Una bella estrella helada se encontró escalando un día la cima del Himalaya. Y en la misma expedición, pero bajando el K2, paró para guardarse dos.

Más peliaguda fue su caza en la lejana Groenlandia; un esquimal enfadado persiguió al señor Eladio porque le había robado un trocito de su iglú.

En otra ocasión —esta vez fue en Suiza—, mientras Eladio esquiaba, se topó con un alud. Recogió, aquella vez, más de cien copos de nieve que guardó en su baúl.

En la Antártida, un pingüino le hizo un regalo especial: una bola de nieve blanca, que escondía en su interior una estrella coronada por diez puntas estrelladas.

Eladio no descansaba ni siquiera en vacaciones. Bajo un ardiente sol de playa, derramó su granizado sobre la arena porque en él descubrió encerrada otra hermosa estrella helada.

Donde los copos caían, iba Eladio y recogía de cada país su tesoro. Su colección helada era tan desmesurada, que su casa, toda entera, parecía una nevera.

Lo cierto es que el señor Frías buscaba la estrella más bella. Según decían, el copo más hermoso que, más que un puñado de nieve, parecía un brillante congelado.

Y fue en un mes de diciembre que, al regresar al hogar, Eladio vio junto a su puerta un trozo de hielo especial. Descubrió, sobre la nieve, la estrella de Navidad.

FIN

Abrigos de nubes

01_abrigoHace mucho, muchísimo tiempo, hubo una vez en la que el mundo era todo de hielo.

Aquellos fueron días muy, muy fríos. En el cielo, densas nubes ocultaban el sol y en la tierra, miraras hacia donde miraras, un espeso manto blanco lo cubría todo. Los habitantes del planeta estaban tristes porque no entendían lo que ocurría y la gente permanecía día tras día en las cavernas para guarecerse del intenso frío. Apenas podían comer y la tierra se iba quedando sin habitantes.

En esa época, el ser humano aún hablaba con los animales y con las plantas y fue, precisamente, gracias al maravilloso don de entender a la naturaleza que la raza humana se salvó de perecer congelada y pudo perdurar.

Esta es la historia de lo que ocurrió.

En una escarpada región montañosa vivía una tribu de humanos que compartía una profunda y oscura cueva con una familia de osos pardos. Personas y osos unían sus fuerzas para conseguir sobrevivir.

Los humanos sabían hacer fuego, así que su labor era mantener la cueva limpia y caliente mientras que los osos, con sus poderosas zarpas, se encargaban de escarbar el hielo en busca de líquenes y plantas comestibles y pescaban peces bajo la superficie del lago helado cercano a la cueva.

Los dos grupos convivían en paz y armonía, pero las provisiones cada vez escaseaban más y los osos apenas tenían suficiente para ellos, por lo que poco podían ofrecer a los humanos y estos, acuciados por el hambre, decidieron enviar a un explorador hacia los valles para ver si en aquella zona la comida era más abundante.

Pasaron los días y el explorador no volvió.

Entonces decidieron enviar a otro; y luego a otro; y a otro; y a otro más. Pero ninguno de ellos regresó a la cueva.

Como los humanos no sabían qué hacer, decidieron consultar a Jum, la osa más sabia de la región. Después de reflexionar durante largo rato, Jum concluyó que el problema era que hacía demasiado frío para los humanos y que tan solo lograrían llegar al valle si se abrigaban bien. Pero los humanos no tenían pelo como los osos, así que estaban en un grave aprieto: o se morían de hambre dentro de la cueva o se morían de frío en el exterior. Parecía que su dilema no tenía solución.

La sabia osa pensó y pensó y, finalmente, halló la solución: tejería ropa de abrigo para que los humanos pudieran guarecerse del frío; y la tejería de nubes, el mejor material de la tierra para soportar la lluvia, la nieve y el granizo, ya que las nubes solo se deshacen cuando brilla el sol.

Jum se puso manos a la obra y, en poco tiempo, confeccionó un abrigo para cada uno de los miembros de la tribu. A medida que iba tejiendo abrigos de nube, los humanos se los iban poniendo y se marchaban hacia el valle hasta que, al final, ya no quedó nadie en la cueva.

Jum había tejido tantos abrigos que casi no quedaban nubes en el cielo y el sol, tímidamente, asomó y la nieve comenzó a deshacerse.

En el valle, los humanos encontraron alimentos en abundancia y decidieron quedarse a vivir allí.

Transcurrió el tiempo, el sol volvió a resplandecer con toda su intensidad y, poco a poco, los abrigos de nubes se fueron haciendo jirones hasta que, un día, desaparecieron por completo.

A partir de entonces, las nubes fueron solo nubes y los hombres olvidaron el lenguaje de la naturaleza. Olvidaron también su amistad con los osos y olvidaron, que una vez, cuando el mundo era todo de hielo, les habían salvado la vida.

FIN