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La Pequeña Hada y los sueños

Ilustración: Virginia Carrillo

La Pequeña Hada ya se ha convertido, después de cuatro años de estudios, en un hada titulada. Está muy, muy contenta con su resplandeciente diploma; lo ha puesto en un marco y lo ha colgado en la pared del salón. Ahora ya puede usar su varita mágica para prestar ayuda a quién pueda necesitarla; deshacer enredos y malentendidos —siempre con el fin de hacer el bien—; y procurar felicidad. Pero lo que nunca debe hacer es usar sus poderes contra nadie.

El mismo día que obtuvo su diploma, después de colgarlo y deseosa de ponerse a trabajar, lo primero que hizo fue poner una nota en el tablón de anuncios de la Plaza Mayor de Isla Imaginada, el lugar en el que vive y en el que también habitan todos los personajes de nuestros cuentos.

Decía así:

Se ofrece hada titulada para aquél que lo necesite. encantamientos, hechizos y sortilegios varios.

Firmado: Pequeña Hada, casita lila en el camino del Bosque Pequeño.

¡Listo! ¡Ahora a esperar clientela!

Muy ilusionada en empezar a trabajar, esperó en su casita lila a que alguien respondiera a su oferta.

Transcurrieron dos días sin que ocurriera nada, pero a la tarde del tercer día llamaron a su puerta.

—¡Toc! ¡Toc! ¡Toc!

—¡Enseguida voy!

La Pequeña Hada iba por el pasillo corriendo, nerviosa, pues no sabía a quién hallaría tras la puerta.

—¡Buenas tardes, señor Gallo y señora Gallina!

Efectivamente, los que habían llamado a su puerta eran don Gallo y doña Gallina, que venían acompañados de un precioso pollito, su hijo. Sus plumitas eran amarillas como los girasoles y su piquito colorado como las rosas rojas, pero la Pequeña Hada se dio cuenta de que los ojitos del pollito estaban tristes y tenían ojeras.

—¡Buenas tardes! ¿Eres tú la Pequeña Hada que ha puesto el anuncio en la Plaza Mayor?

—Sí, señor Gallo, la misma. Encantada de conocerlos, pero, por favor, pasen, pasen y cuéntenme qué los trae a mi casa.

La Pequeña Hada les ofreció bebida y pastelitos de maíz —¡era muy buena anfitriona!—, y le dejó al pollito varios cuentos y entretenimientos para poder charlar tranquilos y, entonces, doña Gallina le contó el problema que hasta ella los había llevado.

—Verás, Pequeña Hada, la ayuda que pedimos es para nuestro pollito Plumitas. Lleva ya varias semanas sin dormir bien. Tiene sueños feos, se despierta piando y asustado, despierta a los demás pollitos, sus hermanos y el gallinero se revoluciona.

También se despiertan los granjeros pensando que es la hora de empezar las labores, y al darse cuenta de que aún no ha salido el sol, quedan desconcertados y les cuesta volver a dormirse. Comprenderás, Pequeña Hada, por qué estamos tan preocupados. Plumitas, en sus sueños, ve un monstruo de color rosa que lo asusta. Nosotros sabemos que es solo un sueño y así se lo decimos, pero no funciona y ya no sabemos qué hacer para consolarlo.

Ilustración: Virginia Carrillo

Don Gallo y yo misma lo abrazamos con nuestras alas y le piamos dulces canciones para que vuelva a dormirse, le contamos cuentos bonitos y todos sus hermanos le desean sueños felices, pero al poco rato de quedarse dormido vuelve a despertarse.

La Pequeña Hada escuchó, muy atenta, sus explicaciones mientras observaba de lejos al pobre Plumitas. ¡Ella solucionaría aquel problema! ¡No consentiría que un animalito tan dulce e inocente sufriera por culpa de los malos sueños!

—Señor Gallo y Señora Gallina, ¡yo los ayudaré! Es un caso de urgencia máxima que ese monstruo rosa desaparezca para siempre. Vuelvan a verme dentro de tres días.

Los papás de Plumitas, muy agradecidos, quedaron en volver al cabo de tres días y la Pequeña Hada besó con ternura al pollito y le dedicó una gran sonrisa que hizo feliz por un momento al pequeñín.

Aquella noche, la Pequeña Hada se puso manos a la obra y se empleó a fondo tratando de encontrar el mejor remedio para los malos sueños de Plumitas. Consultó todos sus libros de encantamientos y hechizos. Repasó el manual de su flamante varita mágica. Estudió al detalle la enciclopedia del mundo de los sueños y hasta telefoneó a la Gran Hada Buena para consultarle qué hacer con los monstruos inoportunos.

Tras tanta agitación, y ya segura de haber hallado la solución, se echó un sueñecito reparador y al despertarse se encaminó al supermercado Mundo Mágico, que es el súper en el que las hadas compran lo necesario para elaborar sus encantamientos. En él venden polvo de estrellas, arena de desiertos de oro, hierbas mágicas y curativas, especias con poderes venidas de mundos lejanos, polen de flores milagrosas e infinidad de piedras y cristalitos de colores, varitas de repuesto, cajitas, estuches y recipientes varios donde guardar las elaboraciones y otros cientos de ingredientes secretos que no se pueden revelar.

Contenta, aunque un poquito nerviosa, tras repasar la compra para comprobar que no se dejaba nada —¡quería que el hechizo saliera bien!—, caminó deprisita para llegar a casa y comenzar a preparar el hechizo que hiciera desaparecer al monstruo rosa.

Pasó todo el día siguiente trabajando, ¡ni siquiera se acordó de comer!, y al caer el sol, dio por terminado el encantamiento con estas palabras mágicas:

Que un hada acompañe cada noche al que duerme

Que sus sueños sean dulces como un pastel

y los monstruos  se alejen para no volver.

Estrellas brillantes, luna redonda

Que este hechizo nunca se rompa.

Ahora solo había que esperar a que diera resultado.

Al día siguiente:

—¡Toc! ¡Toc! ¡Toc!

Era bien temprano cuando llamaron a la puerta y, efectivamente, eran los señores Gallo y Gallina.

—¡Buenos días! –saludó la Pequeña Hada con una gran sonrisa. ¡Pasen, por favor!

La Señora Gallina habló en primer lugar:

—Dime, Pequeña Hada, que has encontrado la solución al problema de Plumitas. ¡Eres nuestra última esperanza!

La Pequeña Hada les tendió un cofrecillo de madera adornado con cristalitos de colores y espejos que relucían y les explicó lo que debían hacer.

—Cuando Plumitas se vaya a dormir, esparcid en su almohada la purpurina mágica que hallaréis en el cofre.

—¿Y ya está? —preguntó desconfiado don Gallo.

—No os preocupéis, el encantamiento ya está hecho. Cuando Plumitas se duerma, un Hada de los Sueños lo acompañará para que nunca vuelva tener sueños feos.

El Señor Gallo y la Señora Gallina prometieron esparcir cada noche la purpurina en la almohada de Plumitas.

La Señora Gallina, antes de irse, quiso ver la purpurina y al abrir el cofre se quedó con el pico abierto: ¡allí dentro no había nada!

—Pequeña Hada, ¡aquí no hay nada! ¡Este cofre está vacío!

—Ohhhhh —exclamó la hadita— ¡Qué tonta! Me olvidé de advertiros que la purpurina es mágica y, como tal, es invisible. Bastará con que cojáis un pellizco del interior del cofre cada noche y hagáis el gesto de esparcirlo por la almohada. Ya os he dicho que es purpurina mágica. Además, no se agotará jamás; siempre que abráis el cofre, habrá purpurina mágica y podrán heredarlo vuestros hijos y nietos por si algún otro pollito necesitara de su magia.

Así que los señores Gallo y Gallina, confiados de los poderes de la Pequeña Hada, le agradecieron mil veces lo que había hecho por el pollito y quedaron en darle noticias sobre cómo había funcionado la purpurina invisible.

La Pequeña Hada esperaba, impaciente, noticias del gallinero y no hacía otra cosa que dar vueltas por la casa. Tantas vueltas dio, que hasta se mareó y tuvo que sentarse a descansar. Pasadas dos noches llamaron a la puerta:

—¡Toc! ¡Toc! ¡Toc!

—¡Hola señora Gallina! ¡Bienvenida!

La mamá de Plumitas apareció en la puerta con una gran cesta y una sonrisa enorme en su pico. Hasta las plumas de sus alas estaban revueltas de tanta agitación como llevaba.

—¡Ohhhhhh!, ¡Pequeña Hada!, ¡has salvado a nuestro pollito! Desde que esparcimos la purpurina mágica en su almohada, descansa toda la noche como un lirón y tenemos que despertarlo a la salida del sol porque duerme profundamente. ¡Está mucho más contento y todo el gallinero también!

Aquí te traigo una cesta de huevos para que hagas magdalenas. ¡He oído que te salen muy ricas!

Si en alguna ocasión necesitas la ayuda de una familia de gallinas, no dudes en mandar aviso a la granja. Además, hablaremos de tu buena magia para que en Isla Imaginada todos te conozcan.

La Pequeña Hada no podía estar más contenta, ¡había superado con éxito su primer encargo! Y, lo mejor de todo, era que había podido ayudar a un animalito a perder el miedo a los sueños.

Los sueños siempre deben ser bonitos y, si no es así, también nosotros podemos comprar un pequeño cofre y recitar las palabras mágicas mientras esparcimos sobre nuestra almohada purpurina invisible. ¡Así, un Hada de los Sueños velará mientras dormimos!

FIN

La gallina de los huevos de oro

Ilustración: gillendil

Érase una vez un campesino tan pobre, tan pobre, tan pobre que ni siquiera poseía una azada y tenía que pedirla prestada a su vecino para poder labrar el trocito de campo que circundaba su choza. Aquel hombre era el más pobre de toda la aldea.

Un día estaba el labrador plantando unos granitos de maíz mientras, con voz lastimera, se lamentaba de su mala suerte cuando se le apareció un pequeño duende, de largas barbas blancas y ojos traviesos, que le dijo:

—Hace rato que oigo tus tristes quejas y como me das mucha pena, haré que tu suerte cambie ahora mismo. Toma, te regalo esta gallina.

—¡Pobre de mí! ¿Y para qué quiero yo una gallina? ¡Soy tan pobre, que no podré alimentarla y se morirá de hambre! Y cuando muera, no podré hacer ni un caldo con ella… ¡Soy tan pobre, que no tengo olla para cocinarla!

—¡Bajo ningún concepto debes matar esta gallina!  Aunque parezca una vulgar ave de corral, aquí donde la ves, es una gallina extraordinaria. Cada mañana, justo al salir el sol, esta gallina cacarea y pone un huevo.

—¡Vaya maravilla! Cacarear y poner huevos… ¡Eso es lo normal en una gallina!

—Cierto. Pero lo que ya no es tan normal es que los huevos puestos sean de oro macizo…

El duendecillo desapareció sin añadir nada más y el incrédulo labrado tomó en sus brazos aquella gallina, que parecía de lo más vulgar con sus plumas y su pico, y se dirigió a su choza.

A la mañana siguiente, tal y como anunciara el duende, cuando el primer rayo de sol asomaba por el horizonte, la gallina abrió sus ojillos, cacareó y, ¡oh, sorpresa! puso un reluciente huevo de oro.

El labrador, contentísimo, recogió aquel valioso huevo que la gallina había puesto, lo envolvió en un paño y se dirigió a la ciudad. Allí lo vendió a un joyero, que le pagó una extraordinaria suma de dinero por él, el cual le aseguró que le compraría todos los que le llevara.

Loco de alegría, gastó todas las ganancias que había obtenido y, sin dinero, pero muy feliz, regresó a su choza.

Al día siguiente se repitió la misma historia: el sol salió, la gallina se despertó y después de atusarse las plumas puso otro huevo de oro. ¡Por fin la fortuna sonreía al pobre labrador!

Fueron pasando los días y la gallina, puntualmente, con la primera luz del alba, ponía un reluciente huevo de oro. El labrador lo recogía, se dirigía a la ciudad y lo vendía. Así que, poco a poco, con el producto de la venta de los huevos, fue convirtiéndose en el más rico de la comarca… pero también se convirtió en el más despilfarrador.

Aquel hombre, que además de ser lelo y poco previsor, porque todo el dinero que ganaba lo derrochaba en lugar de invertir una parte en la granja, tenía también muy poca paciencia, pensó: «¿Por qué tengo que esperar a que cada día la gallina ponga un huevo? Lo mejor que puedo hacer es matarla, abrirle la barriga y sacar todos los huevos de una sola vez».

Y, ni corto ni perezoso, eso hizo, pero para su disgusto, en el interior de la gallina no encontró nada de nada. Ni un solo huevo de oro halló en la panza del animal y aunque intentó coserle la herida a la pobre gallina y resucitarla haciéndole el boca a pico, sus intentos fueron por completo inútiles. La gallina no resucitó.

Fue así como aquel labrador tonto, por culpa de su impaciente avaricia, perdió su mágica gallina, perdió los huevos de oro que esta ponía y con ello, perdió toda su fortuna.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar «La gallina de los huevos de oro» con la voz de Angie Bello Albelda

El señor Korbes

Ilustración: Kristin Tercek

Érase que se era una vez, una gallinita y un gallito que decidieron salir juntos de viaje.

Construyeron un hermoso carruaje con cuatro ruedas encarnadas y engancharon cuatro ratoncitos para que tiraran de él.

La gallinita y el gallito montaron en el carruaje y emprendieron la marcha.

Al poco rato, se encontraron con un gato que les preguntó:

—¿Adónde vais?

Y ellos le respondieron:

Por el mundo vamos;

y del señor Korbes,

la casa buscamos.

—Llevadme con vosotros —suplicó el gato.

—Con mucho gusto —respondieron la gallinita y el gallito—. Siéntate detrás, no sea que te caigas por delante.

Y el carrito cantó:

Cuidado al saltar,

que mis ruedas coloradas

no se vayan a ensuciar.

Ruedecitas, rodad;

ratoncillos, silbad.

Por el mundo vamos

y del señor Korbes

la casa buscamos.

Durante el camino, subieron al carrito una piedra de molino; luego, un huevo; luego, un pato; luego, un alfiler y, finalmente, una aguja de coser. Todos se instalaron en el coche y siguieron viaje; y el carrito cantaba:

Cuidado al saltar,

que mis ruedas coloradas

no se vayan a ensuciar.

Ruedecitas, rodad;

ratoncillos, silbad.

Por el mundo vamos

y del señor Korbes

la casa buscamos.

Pero al llegar a la casa del señor Korbes, este no estaba.

Así que los ratoncitos aparcaron el coche en el granero; el gallito y la gallinita volaron a una percha; el gato se sentó junto a la chimenea; el pato fue a posarse en la barra del pozo; el huevo se envolvió en una toalla; el alfiler se clavó en un almohadón de la butaca; la aguja se instaló en la almohada de la cama y la piedra de molino se colgó sobre la puerta de entrada.

Llegó por fin el señor Korbes y se dirigió a la chimenea para encender el fuego; pero el gato bufó asustado y le llenó la cara de ceniza.

Corrió el señor Korbes al pozo para lavarse y el pato le salpicó de agua todo el rostro.

Quiso secarse con la toalla y se golpeó contra el huevo, que se rompió y se le enganchó en los ojos.

Deseaba descansar después de tantos tropiezos; sentóse en la butaca y lo pinchó en el trasero el alfiler.

Encolerizado, se echó en la cama y al apoyar la cabeza en la almohada, se clavó la aguja en el cogote.

Más que furioso, se dirigió a la calle; pero, al abrir la puerta, la piedra de molino le cayó en medio de la cabeza y casi lo mató.

¡Qué mala persona debía de ser ese señor Korbes para que le ocurriera tantas desgracias!

FIN

Si quieres, también puedes escuchar «El señor Korbes» con la voz de Angie Bello Albelda

Apartamento en alquiler

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Ilustración: Shmuel Katz

En un hermoso valle, entre viñas y huertas, se yergue una torre de cinco plantas. Pero… ¿quién vive en esa torre?

En la primera planta, vive una gallina rechoncha. Se pasa la vida en casa, dando vueltas en la cama. Está tan gorda, que le cuesta andar.

En la segunda planta, vive la señora cucú, todo el día se pasea; visita a sus hijos, que viven en otras casas.

En la tercera planta, vive una gata negra muy limpia, acicalada. En el cuello luce una cinta.

En la cuarta planta, vive una ardilla que, con parsimonia y alegría, casca nueces todo el día.

Y en la quinta planta, vivía el señor ratón. Pero hace una semana empacó sus pertenencias y se marchó. Nadie sabe adónde. Nadie sabe por qué.

Los vecinos de la torre han escrito un cartel, han clavado un clavo en la puerta y han colgado el cartel del clavo:

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Y he aquí, que por senderos, caminos y carreteras desfilan hacia la torre nuevos inquilinos.

Primero llega una hormiga, sube a la quinta planta y lee el letrero. Abre la puerta, entra y mira a su alrededor.

Todos los vecinos acuden a recibirla amablemente:

—¿Te gustan las habitaciones?

—Me gustan.

—¿Te gusta la cocina?

—Me gusta.

—¿Te gusta el pasillo?

— Me gusta.

—Entonces… ¡quédate con nosotros, hormiga!

—No, no me quedo.

—¿Por qué?

La hormiga contesta:

—Los vecinos no me gustan. ¿Cómo voy a vivir yo, la hormiga, en la misma casa que una gallina perezosa? Todo el día en la cama dando vueltas, tan gorda y pesada que casi ni puede andar.

La gallina se ofende y la hormiga se marcha.

Se marcha la hormiga; llega una liebre.

Muy veloz sube a la última planta. Lee el cartel, abre la puerta, entra y observa.

Todos los vecinos acuden a recibirla amablemente:

—¿Te gustan las habitaciones?

—Me gustan.

—¿Te gusta la cocina?

— Me gusta

—¿Te gusta el pasillo?

— Me gusta

—Entonces… ¡quédate con nosotros, liebre!

— No, no me quedo.

—¿Por qué?

—Los vecinos no me gustan. ¿Cómo voy a vivir aquí, yo, una madre de veinte lebratos. con una cucú que abandona a sus hijitos? Todos creciendo en nidos desconocidos, todos abandonados, todos desamparados. ¡¿Qué ejemplo daría a los niños?!

La cucú se ofende y la liebre se marcha.

Se marcha la liebre; llega un cerdo.

Lee el letrero: «Apartamento en alquiler», y después de leerlo, sube pesadamente y abre la puerta.

Se queda de pie, observando con sus pequeños ojillos las paredes, el techo y las ventanas.

Todos los vecinos acuden a recibirlo amablemente:

—¿Te gusta el apartamento?

—Me gusta.

—¿Te gusta la cocina?

— Me gusta, ¡a pesar de que no está sucia!

—¿Te gusta el pasillo?

— Me gusta.

—Entonces… ¡quédate con nosotros!

— No, no me quedo.

—¿Por qué?

—No me gustan los vecinos. ¡¿Cómo voy a vivir yo, un cerdo rosado, descendiente de cerdos rosados desde que el mundo es mundo, junto a una gata negra?! Ni me sentiría cómodo, ni sería apropiado para mí.

Gritan los vecinos:

—¡Fuera de aquí! ¡Vete, cerdo! Tampoco sería cómodo ni apropiado para nosotros que te quedaras.

Se marcha el cerdo y llega una ruiseñor.

Canta con voz melodiosa. La ruiseñor sube a la última planta. Lee el letrero, abre la puerta, observa el apartamento, las paredes, el techo…

Todos los vecinos acuden a recibirla amablemente:

—¿Te gustan las habitaciones?

—Me gustan.

—¿Te gusta la cocina?

— Me gusta.

—Entonces… ¡quédate con nosotros!

—No, no me quedo. Los vecinos no me gustan. ¿Cómo voy a vivir con calma y tranquilidad si la ardilla se pasa el día cascando nueces? ¡El ruido se oye desde lejos! ¡Terrible y horrible! Mis oídos están acostumbrados a otros sonidos, únicamente canciones y melodías.

La ardilla se ofende y la ruiseñor se marcha.

Se marcha la ruiseñor y llega una paloma.

Rápidamente, sin demora, sube a la última planta. Lee el letrero, abre la puerta, entra y observa.

—¿Te gustan las habitaciones?

—Las habitaciones… son estrechas.

—¿Te gusta la cocina?

—La cocina me gusta, aunque no es muy amplia.

— ¿Te gusta el pasillo?

—Hay muchas sombras; es un pasillo sombrío.

—Entonces… no te quedas con nosotros.

—¡Me quedo!, Y me quedo de buena gana porque me gustan los vecinos. La gallina es de buena cresta; la cucú, tan preciosa, la gata, tan limpia; y la ardilla, con sus nueces, sabe ser feliz. Yo creo que podemos vivir juntos en buena compañía, en paz y armonía.

La paloma alquiló el apartamento y, día tras día, arrulla en su casa.

Así, en este hermoso valle, entre viñas y huertas, se yergue una torre de cinco plantas. Y en la torre, hasta hoy, viven en paz buenos vecinos.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar “Apartamento en alquiler” con la voz de Angie Bello Albelda

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El gallito

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Ilustración: skidone

Andaba un día un gallito, con una gallina amiga, picoteando en el granero de una granja, cuando el gallito se atragantó con un granito.

La gallina, muy apurada, se fue corriendo hacia el río y le pidió un poco de agua:

—Río por favor, dame un poco de agua para que se la lleve al gallito, que se ha atragantado cuando picoteaba un granito. Y ahora está como muerto: quieto, yerto y sin aliento

—Si quieres que te dé agua, tendrás que pedirle una hoja al tilo.

—Tilo, por favor, dame una hoja para llevársela al río, para que me dé un poco de agua, para que beba el pobre gallito, que se ha atragantado cuando picoteaba un granito. Y ahora está como muerto: quieto, yerto y sin aliento.

—Si quieres una hoja, pídele a la granjera una tijera para cortarla.

—Granjera, granjera, déjame tu tijera para dársela al tilo, que se cortará una hoja que llevaré al río para que me dé agua, para que se la pueda llevar al pobre gallito, que se ha atragantado cuando picoteaba un granito. Y ahora está como muerto: quieto, yerto y sin aliento.

—Si quieres que te deje mi tijera —dijo la granjera—, pide un vaso de leche a la vaca para que pueda beber.

La gallina corrió adonde estaba la vaca:

—Hola, vaca, por favor, dame un vaso de leche para que beba la granjera. Ella me dará su tijera para llevársela al tilo y él se cortará una hoja que yo llevaré al río. El río me dará agua que yo llevaré al pobre gallito, que se ha atragantado cuando picoteaba un granito. Y ahora está como muerto: quieto, yerto y sin aliento.

—Para que yo le dé leche a la granjera, antes tendrás que pedir a esos segadores hierba para que pueda comer.

La gallina, presurosa, se dirigió al campo en el que trabajaban los segadores:

—Hola, hola, segadores, os vengo a pedir un poco de hierba para que coma la vaca, que a cambio me dará un vaso de leche para que beba la granjera. Ella me dejará sus tijeras, que llevaré al tilo para que se corte una hoja, que entregaré al río para que me dé un poco de agua para llevar al pobre gallito, que se ha atragantado cuando picoteaba un granito. Y ahora está como muerto: quieto, yerto y sin aliento.

—Para que te demos hierba, pide primero una guadaña al herrero.

La gallina, a toda prisa, se dirigió a la herrería:

—Señor herrero, señor herrero, deme por favor una guadaña para llevarla a los segadores, que cortarán la hierba que llevaré a la vaca para que coma, y ella me dará un vaso de leche, que llevaré a la granjera, que me dejará sus tijeras para llevarlas al tilo para que se corte una hoja, que le entregaré al río para que me dé un poco de agua, para llevar al pobre gallito, que se ha atragantado cuando picoteaba un granito. Y ahora está como muerto: quieto, yerto y sin aliento.

—Solo te daré la guadaña si me traes carbón.

La gallina fue a la mina para pedir a los mineros un poco de carbón.

—Mineros, buenos mineros, por favor, dadme un poco de carbón para llevarle al señor herrero que fabrique una guadaña, para llevarla a los segadores, que cortarán la hierba para dar de comer a la vaca, para que me dé un vaso de leche, que llevaré a la granjera, que me dejará sus tijeras, que llevaré al tilo para que se corte una hoja, que entregaré al río para que me dé un poco de agua, que llevaré al pobre gallito, que se ha atragantado cuando picoteaba un granito. Y ahora está como muerto: quieto, yerto y sin aliento.

Los mineros le dieron carbón, que llevó al herrero para que hiciera una guadaña, que entregó a los segadores para que cortaran hierba para que comiera la vaca. La vaca comió y le dio un vaso de leche, que le llevó a la granjera para que le dejara sus tijeras, que entregó al tilo para que se cortara la hojita que entregó al río, que la llenó de agua para que bebiera el pobre gallito…

Pero al llegar la gallina, ¡ay!, allí estaba muerto, quieto, yerto y sin aliento, aquel pobre gallito que se atragantó con un granito, un día que andaba con su amiga la gallina picoteando en el granero de una granja.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar “El gallito” con la voz de Angie Bello Albelda

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Una orquesta bestial

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Ilustración: Sandra Agudo

 

Desde antes de amanecer, Paolo, el pavo, estaba ensayando en su piano una canción muy especial que quería dedicar a Gala, la granjera de la granja en la que vivía. Gala cumplía siete años al día siguiente y ¡siete años no se cumplen todos los días!

Muy de mañana, se había dirigido al río empujando su piano y se había puesto a ensayar:

—Ding, ding, ding, ding, dooooong… Esta última nota no acaba de salir bien —titó Paolo.

Ya empezaba a asomar el sol, cuando pasó cerca del río Gisela, la gallina, que le preguntó a Paolo qué hacía allí:

—Mañana es el cumpleaños de Gala y quiero componer una canción muy especial para regalársela —contestó Paolo.

—¡Qué idea tan genial! —cacareó Gisela— ¡Voy a buscar mi gaita y te ayudaré!

Al cabo de un momento, llegó Gisela con su gaita y los dos empezaron a tocar:

—Ding, ding, ding, ding, dooooong.

—Titititit, titititi, titittooooooo.

La última nota no acababa de salir bien, pero ellos seguían insistiendo.

Celedonio, el cerdo, que era un poco tímido, hacía un rato que escuchaba detrás de una azalea:

—Quizá, si os ayudo con mi clarinete…—gruñó muy bajito.

—¡Estupendo! —dijeron a coro Paolo y Gisela.

Y los tres empezaron a hacer sonar sus instrumentos:

—Ding, ding, ding, ding, dooooong.

—Titititit, titititi, titittooooooo.

—Tarará, tarará, tararirooooooo.

—¿Pero se puede saber qué es este alboroto? —mugió Vidina, la vaca—. Si no sois capaces de componer una canción, es que sois unos músicos de pacotilla ¡Escuchad mi violín y aprended de mí!

Y empezó a tocar junto a Paolo, Gisela y Celedonio:

—Ding, ding, ding, ding, dooooong.

—Titititit, titititi, titittooooooo.

—Tarará, tarará, tararirooooooo.

—Binnz, binz, bonzzzzzzzzz.

En el río, los peces empezaron a alborotarse y Pantaleón, un anciano pirarucú, y Paulina, una perca muy presumida que siempre llevaba la aleta muy bien peinada, se unieron al grupo de músicos con sus panderetas:

—Ding, ding, ding, ding, dooooong.

—Titititit, titititi, titittooooooo.

—Tarará, tarará, tararirooooooo.

—Binnz, binz, bonzzzzzzzzz.

—Pam, pam, pooommm.

El sol ya estaba muy alto, cuando el resto de los animales de la granja, atraídos por la música, empezaron a llegar con sus instrumentos: Olivia, la oveja, con su oboe; Belinda, la burra, con su batería; y hasta se les sumo Ginés, el gato de Gala, con su guitarra:

—Ding, ding, ding, ding, dooooong.

—Titititit, titititi, titittooooooo.

—Tarará, tarará, tararirooooooo.

—Binnz, binz, bonzzzzzzzzz.

—Pam, pam, pooommm.

—Fiuuuuu, fiuuuuu, foooo.

—Chan, chan, chonnn.

—Rang, rang, rong.

No había forma. Algo fallaba. La última nota seguía saliendo muy mal y nadie sabía porqué:

—Es culpa de Olivia, que no entra a tiempo —maullaba Ginés.

—Es culpa de Vidina, que desentona —rebuznaba Belinda.

—Es culpa de Pantaleón y Paulina, que hacen demasiado ruido —graznaba Paolo.

—¡¡Basta!! ¡¡Silencio!! —ululó Lucía, la lechuza, que desde el principio lo había observado todo desde lo alto de una higuera— El problema es que no hay un director. ¡Necesitáis que alguien dirija vuestra orquesta!

Los animales se quedaron pensativos, ¿quién podía dirigirlos? Después de discutir largamente, decidieron que le propondrían a Dámaso, el gran danés que vigilaba la granja, que fuera el director de la orquesta y Paloma y Paula, dos palomas que estaban entre el público, se fueron volando a buscarlo. No tardó mucho Dámaso en llegar con su batuta, un palito de cedro perfumado y, después de dar unos cuantos ladridos para organizar a los músicos, empezó el concierto:

—Ding, ding, ding, ding —sonaba el piano de Paolo, el pavo.

—Titititit, titititi, titittiiiiii —sonaba la gaita de Gisela, la gallina.

—Tarará, tarará, tarará —sonaba el clarinete de Celedonio, el cerdo.

—Binnz, binz, binz —sonaba el violín de Vidina, la vaca.

—Pam, pam, pam  —sonaban las panderetas de Pantaleón, el pirarucú, y Paulina, la perca.

—Fiuuuuu, fiuuuuu, fiuuuuu —sonaba el oboe de Olivia, la oveja.

-Chan, chan, chan – sonaba la batería de Belinda, la burra.

—Rang, rang, rang —sonaba la guitarra de Ginés, el gato.

Todos juntos, formaban una orquesta bestial y, a la mañana siguiente, Gala tuvo el mejor cumpleaños de toda su vida.

FIN

Guillermina, la gallina voladora

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Ilustración: Peaje23

Esta es la fantástica, inigualable e increíble historia de Guillermina, la gallina voladora, que un día…

¿Cómo?, ¿qué las gallinas solo ponen huevos?, ¿que las gallinas no vuelan? ¿Quién ha dicho que no? Guillermina, sí. Guillermina voló.

Guillermina siempre andaba mirando al cielo. Desde pequeña había querido volar pero, como todo el mundo sabe, aunque las gallinas son aves, no pueden alzar el vuelo. A lo sumo, si se lanzan desde un lugar elevado moviendo las alas, caen sobre el suelo sin hacerse daño, aunque, la verdad, sin mucha gracia. Y esto era lo que hacía Guillermina.

Todas las mañanas, para bajar al suelo desde lo alto del palo del gallinero, agitaba fuertemente sus alas para conseguir volar un poco más lejos cada día, pero nunca lo lograba. Lo único que conseguía era rebotar un par de veces sobre la barriga antes de aterrizar, perder media docena de plumas por el camino y acabar frenando con el pico para no chocar contra la pared. Esto provocaba las burlas de todos los que andaban cerca.

Matilde y Magdalena, sus compañeras de palo, la señalaban con las alas y cacareaban a coro:

—Coc, coc. ¡No puedes volar! ¡Eres una gallina! ¡Eres una gallina! ¡Las gallinas no vuelan! ¡Las gallinas ponen huevos!

Macario, el cerdo, enroscando y desenroscando su rabito rosado, gruñía:

—Oink, oink. ¡No puedes volar! ¡Eres una gallina! ¡Eres una gallina! ¡Las gallinas no vuelan! ¡Las gallinas ponen huevos!

Marimanteca, la vaca, espantando moscas con sus orejas, mugía:

—Muuuu, muuuu. ¡No puedes volar! ¡Eres una gallina! ¡Eres una gallina! ¡Las gallinas no vuelan! ¡Las gallinas ponen huevos!

Y a pesar de que todo el mundo le repetía lo mismo mil veces para que se convenciera de una vez por todas de que lo que tenía que hacer era poner huevos y olvidar sus clases de vuelo, ella no hacía caso de las burlas y contestaba:

—¡Yo no quiero poner huevos! ¡Yo lo que quiero es volar y algún día lo conseguiré! ¡Ya lo veréis!

Siempre estaba dándole vueltas a la cabeza, pensando en cómo se las podía ingeniar para elevarse del suelo. ¡Nunca se daba por vencida!

Había probado a lanzarse desde lo alto del granero y aprovechar las corrientes de aire del atardecer, pero había acabado cayendo como una piedra, hundiéndose en la paja que Faustino, el granjero, amontaba bajo la ventana.

También había intentado agarrarse a las patas de una cigüeña, que había hecho escala en el tejado de la granja el otoño anterior, cuando iba de camino a África, pero no tenía suficiente fuerza en las alas para sujetarse y se había soltado. Por suerte, había ido a parar al abrevadero de los caballos y, aunque acabó completamente mojada, no se había hecho daño.

El último intento fue con la cometa que Elsa, la hija del granjero, había tirado a la basura, pero se hizo tal lío con el hilo, que tardó tres días en poder desenredarse.

Cada vez que un nuevo intento fracasaba, tenía que oír las burlas de los animales de la granja:

—¡No puedes volar! ¡Eres una gallina! ¡Eres una gallina! ¡Las gallinas ponen huevos! ¡Las gallinas no vuelan! ¡Pon huevos, Guillermina! ¡Pon huevos! ¡Deja de soñar! ¡Las gallinas no vuelan! ¡Pon huevos!

Pero ella seguía insistiendo. Deseaba volar y no se cansaba de pensar en cómo conseguirlo. Y tanto pensó y pensó y tanto se esforzó, que un buen día, las cosas dejaron de ser como eran y Guillermina, después de buscar sin descanso una solución para su problema, finalmente, la halló ante sus ojos.

Ocurrió, que una calurosa tarde de verano, Faustino, el granjero, que era muy aficionado a los aviones de juguete, aparcó su pequeña avioneta plateada y roja junto a la valla del gallinero para ir a buscar limonada fresca y a Guillermina, que andaba picoteando maíz muy cerca de allí, se le ocurrió una brillante idea: ¡pilotaría aquel avión!

Aprovechó que no había nadie cerca para subir al aeroplano y ponerlo en marcha.

La hélice giró. Primero muy despacio y después cada vez más y más deprisa, hasta que empezó a dar vueltas tan rápido que no se veían ni las aspas. Las ruedas empezaron a deslizarse sobre la gravilla y el ruido hizo salir a todos los animales, que exclamaron al unísono:

—¡Guillermina está loca! ¡Guillermina está loca! ¡No puede volar! ¡Es una gallina! ¡Es una gallina! ¡Las gallinas ponen huevos! ¡Las gallinas no vuelan! ¡Guillermina está loca!

No podían creer lo que estaban viendo y gritaban indignados:

—¡Las cosas no son así! ¡Se matará! ¡Las cosas no son así! ¡Las gallinas no vuelan! ¡Las gallinas tienen que poner huevos! ¡Guillermina está loca! ¡Las gallinas no vuelan! ¡No lo conseguirá! ¡Se matará! ¡Las gallinas no vuelan!¡Esta gallina está loca! ¡Las gallinas no vuelan!

Pero el avión ya empezaba a tomar altura y Guillermina era la que lo pilotaba. Guillermina, la valiente gallina que había conseguido lo que parecía imposible, se alejaba volando y, muy pronto, se perdió de vista en el cielo azul de verano.

Han pasado muchísimos años, pero si todavía sigue viva, ahora mismo debe estar volando, con su avioneta plateada y roja, por todos los cielos de este largo y ancho mundo.

FIN

¡Es la pura verdad!

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Ilustración: Juliana Daniluski

—¡Es una historia espantosa! —decía una gallina desde el extremo de la ciudad donde no había ocurrido la historia—. ¡Es una historia espantosa la de ese gallinero! ¡Yo no me atrevo a dormir sola esta noche! ¡Menos mal que somos varias en cada percha!

Y la contó de tal manera, que a las demás gallinas se les pusieron las plumas de punta y al gallo se le bajó la cresta de golpe. ¡Es la pura verdad!

Pero empecemos por el principio; que aconteció en un gallinero en el otro extremo de la ciudad. El sol bajaba y las gallinas subían; una de ellas, de plumas blancas y patas cortas, ponía su huevo reglamentario y, como gallina, era respetable en todos los sentidos, pero al subir a su percha se atusó con el pico y perdió una pluma.

—¡Allá va! —exclamó—. ¡Cuanto más me desplumo, más guapa me pongo!

Lo dijo en broma, siendo como era la bromista del gallinero y por lo demás, como ya se ha dicho, muy respetable. Y después de decir esto se quedó dormida.

Reinaba la oscuridad, las gallinas descansaban unas junto a las otras y la que estaba a su lado no dormía. Escuchaba y no escuchaba, como hay que hacer en esta vida para poder vivir en paz y tranquilidad. Sin embargo, no pudo evitar decir a su vecina:

—¿Has oído eso? No miro a nadie, pero ¡cierta gallina quiere desplumarse para estar más guapa! ¡Si yo fuera gallo la despreciaría!

Encima de las gallinas estaba la lechuza con su lechuzo y sus lechucitos. En esa familia todos andaban muy finos de oído y oyeron todas y cada una de las palabras de la vecina. Bizquearon y la lechuza madre se abanicó con las alas:

—¡No escuchéis! ¿Habéis oído lo mismo que yo? Lo he escuchado con mis propios oídos. ¡Lo que hay que oír! Una de las gallinas ha olvidado hasta tal punto lo que se espera de una gallina ¡que se está arrancando todas las plumas mientras el gallo la mira!

—Prenez garde aux enfants! —dijo la lechuza padre—. ¡Éstas no son cosas para niños!

—¡Esto tengo que contárselo a la lechuza de al lado! ¡Es tan honorable!

Y la madre emprendió el vuelo.

—¡Uh, uh! ¡Uhuh! —ululaban las dos en el palomar vecino a las palomas—. ¿Habéis oído? ¿Habéis oído? ¡Uhuh! ¡Hay una gallina que se ha arrancado todas las plumas por el gallo! Se está muriendo de frío, ¡eso si no está muerta ya, uhuh!

—¿Dónde? ¿Dónde? —zureaban las palomas.

—¡En casa del vecino! ¡Prácticamente lo he visto con mis propios ojos! ¡Es una historia casi indecente! ¡Pero es la pura verdad!

—¡Cierto, cierto, palabra por palabra! —dijeron las palomas, y bajaron zureando a su gallinero—. Hay una gallina, bueno, hay quien dice que son dos, que se han arrancado todas las plumas para no ser como las demás y así llamar la atención del gallo. Es un juego arriesgado, podrían acatarrarse y morir de fiebres, ¡y ya están muertas las dos!

—¡Despertad! ¡Despertad! —cantaba el gallo mientras subía volando a lo alto de la valla con el sueño aún pegado en los ojos; pero aun así cacareo—: ¡Tres gallinas han muerto de amor no correspondido por un gallo! ¡Se habían arrancado las plumas! Es una historia repugnante y yo no quiero quedármela, ¡que circule!

—¡Que circule! —gemían los murciélagos, y las gallinas cacareaban y los gallos cantaban:

—¡Que circule! ¡Que circule!

Y la historia corrió como la pólvora de gallinero en gallinero hasta que al final regresó al lugar del que había salido.

Hay cinco gallinas —se decía ya— que se han arrancado todas las plumas para ver cuál de ellas había adelgazado más por amor al gallo, y después se han dado de picotazos hasta sangrar y caer muertas, ¡para vergüenza y oprobio de sus familias y enorme perjuicio de su dueño!

La gallina que había perdido la pluma, como es natural, no reconoció su propia historia y, como era una gallina respetable, comentó:

—¡Siento desprecio hacia esas gallinas! ¡Pero hay muchas como ellas! No debemos pasar por alto algo así, y yo pondré de mi parte para que esta historia salga en los periódicos y recorra el país. ¡Se lo tienen merecido esas gallinas, y con ellas, sus familias!

Salió en el periódico y se imprimió en letras de molde, y es la pura verdad: ¡una pluma puede acabar convirtiéndose en cinco gallinas!

FIN

Si quieres, también puedes escuchar “¡Es la pura verdad!” con la voz de Angie Bello Albelda

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